El millonario y el bebé - Suzanne McMinn - E-Book

El millonario y el bebé E-Book

Suzanne Mcminn

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Beschreibung

Garrett Blakemore estaba decidido a descubrir si el niño que Lanie esperaba era realmente el heredero de los Blakemore o si aquella mujer era una cazafortunas. Poco a poco, sin embargo, Garrett se dio cuenta de que se sentía atraído por la embarazada belleza. ¿Era el amor que Lanie sentía por su bebé o su aparente fragilidad lo que le gustaba de ella? Lo único que Lanie quería era que su hijo conociera a la familia de su padre. Nunca se le hubiera ocurrido pensar que se sentiría atraída por el atractivo y desconfiado Garrett Blakemore. Y, sin embargo, cuando lo vio con su hijo en brazos, no pudo evitar desear que él la reclamara a ella y al niño como su familia.

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Seitenzahl: 154

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización

de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1999 Suzanne Mcminn

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El millonario y el bebé, el, n.º 1054- junio 2022

Título original: The Billionaire and the Bassinet

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1105-670-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Lanie Blakemore abrió la puerta de su casa una tarde de primavera en Deer Creek, Texas, y se encontró frente a una cara que no había creído volver a ver jamás.

Perpleja y nerviosa, se preguntaba si el hombre era real o un producto de su imaginación.

A su alrededor, el mundo parecía cobrar vida de repente. El zumbido de las avispas cerca de las parras armonizaba con el ruido que producían las sábanas colgadas en la cuerda del patio, moviéndose con la brisa. El dulce aroma de las galletas que acababa de sacar del horno se mezclaba con la fragante hierba recién cortada.

Lanie intentó alargar la mano para tocarlo, para comprobar que era real, pero no podía hacerlo. Sus manos parecían haber dejado de pertenecerla. El sonido ensordecedor de los latidos de su corazón la impedía oír el canto de los pájaros sobre uno de los robles, o el ruido de los coches que pasaban por la calle, ni siquiera las palabras que había pronunciado el hombre.

—¿Ben? —susurró, apoyada con una mano en el quicio de la puerta, mientras con la otra se sujetaba el abultado vientre.

El hombre estaba diciendo algo. Al menos, Lanie veía que movía la boca, pero seguía sin oírlo. Un segundo más tarde, todo se volvió negro.

 

 

Maldiciendo, Garrett Blakemore tomó a la mujer en brazos justo antes de que cayera al suelo. Era sorprendentemente ligera y frágil.

No se le había ocurrido pensar que su parecido con Ben afectaría tanto a la viuda de su primo. Lo último que había querido era darle un susto de muerte.

Al menos, no había querido asustarla todavía.

Mientras entraba en la casa, notaba el agradable olor que llegaba de la cocina y la fragancia suave y femenina de la mujer que sostenía en sus brazos. Era un aroma fresco e inocentemente excitante.

Garrett tuvo que apartar aquellos pensamientos de su mente a toda prisa. ¿Qué le estaba pasando?, se preguntaba. La inocencia de la viuda de Ben era más que cuestionable y su encanto femenino no la eximía de nada.

Lo que Garrett buscaba eran pruebas. Pruebas científicas y serias que demostraran que Lanie había contado la verdad en su carta. El padre de Ben, Walter Blakemore, necesitaba saber la verdad y Garrett le debía aquello al hombre que lo había criado como si fuera un hijo.

Y también se lo debía a Ben.

Garrett entró en el salón de la casa, preocupado por el desmayo de Lanie. Desmayarse no era bueno para nadie y menos para una mujer embarazada. Al menos, no había mentido en su carta sobre aquello.

El destartalado exterior de la casa contrastaba con el cuidado aspecto del interior, pensaba Garrett mientras dejaba a la mujer sobre un sofá en el salón.

Fuera, un camino lleno de hierba llevaba hasta un descuidado porche sobre el que colgaba un letrero en el que se anunciaba el nombre del lugar: Hostal Dulces Sueños. La casa parecía tener más de cien años y era una construcción de madera de dos pisos.

El interior estaba pintado de color melocotón y había modernos sofás mezclados con antigüedades. Alfombras hechas a mano cubrían los pulidos suelos de madera. Un jarrón con flores frescas decoraba una esquina. Era un lugar cálido, elegante y muy, muy femenino.

Torpemente, Garrett empezó a dar golpecitos en la mano de Lanie para despertarla. Era muy joven, pensaba observándola. Sólo la había visto una vez; en el funeral de Ben. Había llegado cuando el servicio había empezado y se había marchado nada más terminar, pero la recordaba bien. Recordaba su ondulado pelo rubio, la cara de facciones delicadas, los misteriosos ojos escondidos tras unas gafas de sol.

Y también recordaba que había sido la causa de la tristeza de su familia durante varios meses.

Pero en aquel momento parecía pequeña y vulnerable. Su cuerpo, aparte de las claras muestras de embarazo, parecía delgado debajo de la camiseta. Y, a pesar de todo, no podía dejar de sentir por ella cierto instinto protector. El sentimiento era extraño. Y en absoluto bienvenido.

Intentando apartar aquellos pensamientos de su mente, volvió a rozar su mano, llamándola por su nombre. Ella no se movía. Garrett intentaba recordar lo que sabía de primeros auxilios y comprobó que no llevaba nada demasiado apretado. La ancha camiseta rosa y los pantalones blancos de algodón no parecían ejercer un efecto constrictor, a pesar de que se ajustaban a sus muslos.

Unos muslos muy bien formados, no pudo evitar pensar, mientras deslizaba la mirada por sus piernas hasta unos pequeños pies calzados con zapatillas de tenis.

Garrett tuvo que tragar saliva. Se suponía que las mujeres embarazadas no eran sexualmente atractivas, pero él estaba encontrando difícil probar que eso era cierto.

Estaba cansado. Eso tenía que ser, se decía. Había dejado de pensar en las mujeres después de su matrimonio, una debacle de, afortunadamente, corta duración, que había echado por tierra las ideas que hubiera podido tener sobre el amor y la confianza.

Pero, aparentemente, su libido se rebelaba en aquel momento, reaccionando ante cualquier mujer que tuviera a menos de un metro, por inapropiada que fuera. Garrett apartó la mirada de las piernas de Lanie y, tomando uno de los almohadones que había sobre el sofá, lo colocó bajo sus pies.

—¿Lanie? —la llamó suavemente, mientras pasaba un dedo por su mejilla para despertarla. Se preguntaba de qué color serían sus ojos. Apenas había tenido tiempo de ver si eran verdes o azules… De repente, cuando retiraba la mano de su cara, ella empezó a abrirlos y Garrett encontró la respuesta. Tenía los ojos más azules que había visto en su vida, tan grandes como el estado de Texas e igual de misteriosos. Lenta, prudentemente, ella fijó sus ojos en él—. Lo siento. No quería asustarte. ¿Te encuentras mejor?

Lanie parpadeó, recordando dónde estaba, recordando al hombre que había frente a ella. El hombre que se parecía tanto a Ben… pero que no podía ser él. Tuvo que contener las lágrimas. Durante un segundo, sólo durante un segundo…

—Estoy bien —consiguió decir, mientras intentaba incorporarse. Pero tuvo que volver a tumbarse al sentir una naúsea. Se sentía débil, mareada.

—Con cuidado —dijo él. La voz del hombre también se parecía a la de Ben, pero era más profunda, más ronca. El parecido con Ben sólo era superficial. El cabello de aquel hombre era más oscuro que el de Ben, sus hombros más anchos, su mandíbula más cuadrada, sus labios más sensuales, sus ojos más penetrantes… Lanie tuvo que tragar saliva. Se sentía extrañamente vulnerable. Y sola. Él era un Blakemore. De eso estaba segura. Nadie podía parecerse tanto a Ben y no ser de la familia—. ¿Seguro que te encuentras mejor? —preguntó él, levantándose. Era muy alto y fuerte, mucho más que Ben.

—Sí —murmuró Lanie, mientras volvía a intentar incorporarse, con éxito aquella vez. Su cuerpo empezaba a responder, afortunadamente—. Nunca me había mareado —explicó, un poco avergonzada.

No sabía cuánto tiempo había estado sin sentido ni cómo había llegado hasta el sofá. Y la idea de haber estado en los brazos de aquel extraño la hacía sentir incómoda.

Recordaba un leve roce en su cara. Quizá habría sido su mano, pero no estaba segura. Sólo recordaba un roce suave, lleno de ternura. Pero aquel hombre de ojos penetrantes e impresionante estatura no podía haberla acariciado con aquella ternura, se decía.

—¿Quieres que llame a un médico? —preguntó él en ese momento. Sus palabras eran solícitas, pero su actitud seguía siendo impasible. Ella negó con la cabeza—. Soy Garrett Blakemore. Y tú eres Lanie McCall, supongo.

—Lanie Blakemore —corrigió ella. Los Blakemore nunca la aceptaron y seguían sin hacerlo. Sólo había visto a Walter Blakemore una vez, en el funeral de Ben. Y el hombre le había dado la espalda. Una bofetada no habría sido peor.

Aquel Garrett debía de ser el primo de Ben. Su marido le había contado que eran inseparables de niños, pero que se habían distanciado al hacerse mayores. Los dos se habían criados como hermanos cuando los padres de Garrett habían muerto en un accidente de avión. Garrett, según Ben, se encontraba muy a gusto en el mundo de los Blakemore, un mundo de negocios inmobiliarios, influencias y dinero. Le encantaban el poder, las interminables horas de trabajo, las presiones, los viajes. Garrett se sentía muy cómodo haciendo todo lo que Ben detestaba.

—He venido en nombre de Walter Blakemore —siguió diciendo él—. Para hablar sobre tu carta.

Lanie se puso inmediatamente alerta. Había tardado meses en escribir aquella carta. Ben le había dicho que su padre era un hombre autoritario, dominante, poderoso. Pero el niño era un Blakemore y su conciencia no le había dejado alternativa. Walter Blakemore tenía derecho a conocer a su nieto.Y su hijo, que nacería huérfano de padre, tenía derecho a conocer a su abuelo.

—Aún me falta un mes para dar a luz.

—Es verdad, pero tenemos que solucionar muchas cosas. Si te encuentras bien, podemos discutirlas ahora.

—¿Qué hay que solucionar? —preguntó ella, cubriéndose inconscientemente el vientre con la mano.

—¿Puedo sentarme? —preguntó Garrett a su vez, señalando una silla que había frente al sofá. Ella asintió con la cabeza. Era viernes por la tarde, un día de trabajo, pensaba Lanie. Probablemente, Garrett habría pasado la tarde en Austin, en alguna reunión de negocios, antes de conducir hasta Deer Creek y, sin embargo, su camisa no tenía una sola arruga. Su meticulosa apariencia aumentaba el aura de seguridad que emanaba del hombre. Garrett Blakemore era alguien acostumbrado a mandar, a dictarle eficientemente a todo el mundo lo que tenía que hacer y acostumbrado también a ser obedecido—. Walter está preocupado por el niño —dijo él abruptamente—. Le preocupa que nazca en un sitio en el que los servicios médicos no son de primera calidad y le gustaría llevarte a Austin.

Lanie estaba tan sorprendida que tardó un segundo en reaccionar.

—¿Qué has dicho?

—Tendrás un sitio donde vivir y los mejores cuidados médicos hasta que nazca el niño. Como sabes, Ben era hijo único y, si este niño es hijo de Ben, será el único nieto de Walter y su heredero…

—¿Si es hijo de Ben?

—Por supuesto, la paternidad de Ben, que conllevaría el derecho del niño a la herencia de los Blakemore, sólo puede ser establecida a través de un examen de ADN, que será realizado en el momento que nazca…

—¡No! —lo interrumpió ella. Que Walter Blakemore creyera que estaba mintiendo sobre el padre del niño por dinero le dolía más de lo que nadie pudiera imaginarse.

—Según tu carta, estás embarazada de ocho meses —siguió diciendo Garrett, imperturbable—. Ese es el mismo tiempo que ha pasado desde la muerte de Ben. Supongo que podrás entender la preocupación de Walter.

—No. No puedo —replicó ella, levantándose del sofá con dificultad. Cuando lo consiguió, sintió una punzada de dolor en el vientre y tuvo que morderse los labios para no gritar.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Garrett levantándose, un poco inseguro por primera vez.

—Estoy perfectamente. Y quiero que te marches. Ve a Austin y dile a Walter Blakemore… —pero no pudo seguir porque el dolor era demasiado fuerte.

—¿Qué te ocurre?

—No lo sé —contestó ella, sentándose de nuevo en el sofá—. Me parece… me parece que estoy de parto.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Qué has dicho?

—Me parece que estoy de parto —repitió ella, con voz temblorosa.

Aquello era justo lo que Garrett temía haber oído. Y él no estaba acostumbrado a tratar con mujeres embarazadas.

Especialmente con mujeres embarazadas que se ponían de parto.

—Creí que estabas embarazada de ocho meses —insistió él, incrédulo.

—Y estoy embarazada de ocho meses. O eso creía —dijo ella, angustiada—. Patty está fuera de la ciudad. No puedo tener el niño sin Patty.

—¿Quién es Patty?

—Una amiga. Es mi consejera de parto —contestó ella con un hilo de voz.

La angustia de Lanie afectaba a Garrett. En aquel momento, daba igual que el niño fuera de Ben o no. Lo único que importaba era que Lanie era un ser humano que necesitaba ayuda.

Y él también. No sabía nada sobre partos. Sabía mucho sobre negocios, acciones e inmobiliarias, pero no sabía nada sobre niños. Nada en absoluto.

—Tenemos que llamar al médico —dijo Garrett.

Y rápido. Lanie parecía muy asustada y él no lo estaba menos.

—Sí —dijo Lanie, sin moverse.

—¿Tienes la maleta preparada?

—¿Qué?

—¿No hay que tener la maleta hecha? —preguntó él, nervioso—. Para llevar tus cosas al hospital. Lo he visto en las películas.

De hecho, Garrett estaba empezando a sentirse como uno de aquellos nerviosos padres de las películas, en las que eran las madres las que siempre estaban muy tranquilas. Pero Lanie no parecía saberse el papel.

—Aún no la he hecho. Era demasiado pronto —dijo ella—. Mira, es posible que sea una falsa alarma. Ya ni siquiera me duele —intentó sonreír, como queriendo convencerse a sí misma.

Garrett no pensaba arriesgarse a jugar a los médicos en el salón. Lanie tenía que ir al hospital. No quería sentirse responsable por cualquier problema que tuviera el niño, fuera hijo de Ben o no.

—Te has mareado —insistió él—. ¿No tendrías que decirle eso a tu médico, al menos?

Lanie respiraba profundamente en aquel momento, mordiéndose los labios.

—Tienes razón.

—¿Cuál es el número de tu médico? —preguntó Garrett, nervioso. Lanie le dio el número y él lo marcó antes de pasarle el teléfono. Un segundo después, la oyó hablar con la enfermera y explicarle los síntomas; el endurecimiento del vientre, las punzadas y el mareo que había tenido lugar un poco antes. Lanie escuchó sin decir nada antes de dar las gracias y despedirse—. ¿Y bien?

—Me ha dicho que no me preocupe, que el desmayo no afecta al niño, pero que tienen que hacerme pruebas de anemia. Sobre las contracciones ha dicho que podrían ser una falsa alarma, pero tiene que asegurarse.

Lanie se sentía un poco avergonzada. Ella era una mujer fuerte y segura de sí misma y un par de contracciones la habían dejado convertida en un manojo de nervios. Ni siquiera quería recordar el desmayo. Era la primera vez que le ocurría en su vida.

Molesta, se levantó y fue a la cocina para buscar su bolso, esperando no encontrar a aquel Garrett Blakemore cuando volviera al salón.

Desafortunadamente, él estaba esperándola.

—¿Preparada? Mi coche está ahí fuera.

—Yo también tengo coche —replicó Lanie—. Y puedo conducir yo misma.

—Hace un minuto no estabas tan segura.

—He cambiado de opinión —insistió ella. La última persona a la que quería tener cerca era a un hombre que prácticamente la había acusado de mentir sobre la paternidad de su hijo. El dolor había desaparecido y su rabia contra los Blakemore volvía con toda su fuerza.

—Pero yo no he cambiado de opinión y no pienso dejar que conduzcas.

Lanie lo miró, irritada. Le había gustado más unos minutos antes, cuando estaba asustado. Desgraciadamente, parecía haber recuperado su arrogancia.

—Tu opinión no me importa —informó ella con frialdad, colocándose el bolso sobre el hombro—. Y, si no recuerdo mal, estabas a punto de irte. Además, sólo hay cinco minutos de aquí a la consulta de mi médico y puedo ir sola perfectamente —añadió, pensando si habría imaginado las contracciones. La presencia de aquel hombre la había alterado, eso era todo.

—Yo no he dicho que fuera a marcharme. Aún tenemos asuntos que tratar…

—Te equivocas. No tenemos nada que tratar —lo interrumpió ella—. No pienso ir a Austin contigo y no tengo el menor interés en la prueba de paternidad. Walter puede aceptar al niño o no hacerlo; es su problema —dijo, mirándolo a los ojos.

Lo único que quería era apartar a los Blakemore de su vida y, en aquel momento, sentía haber enviado la carta. Había querido darle la oportunidad a Walter Blakemore de conocer a su nieto, pero su reacción había sido insultante. Si Lanie aceptaba la prueba de paternidad, después la exigiría que se fuera a vivir a Austin, donde podría dominar la vida de su hijo, como había dominado la de su marido. Y no podía dejar que Walter le hiciera a su hijo lo que le había hecho a Ben.

—Me voy sola, así que ya puedes… ¡ay! —no pudo terminar la frase porque un agudo dolor en el abdomen hizo que se doblara sobre sí misma.

Garrett la rodeó con sus brazos, asustado. Lanie se sujetaba el vientre con la mano mientras apretaba fuertemente los labios para no quejarse. Pero podía sentir los fuertes brazos de Garrett a su alrededor; un gesto vigoroso, pero suave. ¿Cómo podía aquel hombre ser tan suave?, se preguntaba.

Cuando se soltó de su abrazo, lo miró y, durante un segundo, vio un brillo de ternura en los ojos del hombre. Un brillo que desapareció unos segundos más tarde.

—Mi coche está en la puerta —repitió él.