El misterio de Belén - Ana Leonor Mora Castro - E-Book

El misterio de Belén E-Book

Ana Leonor Mora Castro

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Beschreibung

Después de la cena de Noche Buena unos nietos le piden a su abuela que les relate una historia, sentían nostalgia de sus años infantiles cuando su abuela les contaba cuentos antes de irse a la cama. Su abuela motivada por el ambiente navideño decide relatarles una historia que tenga que ver con el origen de la Navidad. Un tema que sus nietos desconocen completamente. Su abuela, sabiendo que sus nietos no tienen ninguna instrucción religiosa, considera que es el momento oportuno para iniciarlos en el conocimiento de Dios y se decanta por la historia de la venida al mundo del Mesías. Esta historia apasionó tanto a sus nietos que le rogaron a su abuela que querían saber más, pero su abuela estaba fatigada y no pudo contarla de una sola vez, por lo cual dividió la historia en tres partes, las cuales fue contando de un año para otro hasta completarla. Al final del relato sus nietos se quedaron profundamente emocionados y recompensaron a su abuela con su amor.

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Seitenzahl: 138

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Ana Leonor Mora Castro

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Imagen de portada:

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-774-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A mis hermanas con amor

NOTA DEL AUTOR

Si estás leyendo esta nota es que tienes en tus manos una historia que quizá conozcas o no; cuando la leas, te darás cuenta de que no es igual a la que normalmente se nos ha contado acerca del nacimiento del Mesías de Dios.

Esta historia está basada en hechos reales y en hechos revelados a ciertos santos que tuvieron la gracia de Dios para conocer estos hechos ocultos que nos facilitan la comprensión de los «Dogmas de Fe» relacionados con la Virgen María.

Fue por este motivo que decidí escribir este relato y para que todo aquel que lo lea, participe de toda la ternura que me hizo sentir cuando lo estaba escribiendo.

Deseo que este humilde relato contribuya a acercarte más al conocimiento de un hombre extraordinario que vino del cielo para compartir la vida, que él mismo había creado y también la muerte; para ser en todo igual a nosotros, menos en el pecado del cual vino a liberarnos y que nos perdona si realmente estamos arrepentidos.

El otro motivo principal que me movió a escribir este relato, es el hecho de que como sociedad hemos banalizado «la Navidad». La mayor parte de las personas percibe la Navidad como una época de regalos, de comidas copiosas, de encuentros familiares, que muchas veces acaban en tragedias, que nada tienen que ver con el verdadero significado de la Navidad que es el nacimiento del Mesías de Dios.

Por último, deseo que la lectura de este libro te sirva para la mejor comprensión de un acontecimiento que vino a cambiar nuestras vidas.

Espero que lo disfrutes.

EL MISTERIO DE BELÉN (Primera Parte)

«Yo soy la esclava del Señor, hágase en

mí según su palabra» (Lucas 1, 26-38).

I

Después de la cena de Nochebuena, la víspera del día de Navidad, se sentaron los nietos mayores alrededor de su abuela y le dijeron:

—Abuela, cuéntanos un cuento como cuando éramos pequeños. Todavía recordamos aquellos cuentos que nos hacían soñar, siempre eran muy emocionantes.

—Vamos a ver —dijo la abuela—, voy a contarles una historia real; como ya sois un poco mayores, podéis comprenderla en su totalidad.

Sucedió el día de Nochebuena, la víspera de Navidad en la ciudad de Belén, hace ahora más de dos mil años.

Aquella tarde en el campo, había muchos pastores guiando a sus rebaños hacia los prados que estaban a las afueras de la ciudad.

Eran ya las seis de la tarde y en la ciudad muchas personas se afanaban en buscar un hostal para pasar la noche. Una pareja buscaba con insistencia sin poder encontrar, en ninguna posada, un lugar donde poder descansar. Habían agotado todas las posibilidades, incluyendo a algunos amigos y conocidos del esposo de la mujer que al verla a ella a punto de dar a luz se excusaban y les denegaban el hospedaje.

El día había sido muy ajetreado, habían venido personas de todas las ciudades de Israel para empadronarse por orden del emperador Augusto.

José, que así se llamaba el esposo, era un hombre ya maduro, había venido desde Nazaret a empadronarse junto a su esposa María, joven adolescente de alrededor de los quince años. Estaban muy cansados después de recorrer todos los hostales y las casas de los amigos y conocidos de José sin poder encontrar dónde alojarse.

La noche se acercaba y José desconsolado no sabía qué hacer; como había nacido y crecido en Belén, conocía todos los rincones de su tierra. Entonces recordó que conocía una cueva donde se refugiaban las ovejas o reses y algún que otro pastor que le hubiera cogido la noche antes de llegar a su destino.

En la cueva había un pesebre donde comían los animales, mucho heno esparcido por el suelo y un abrevadero natural que manaba de una roca.

José tomó a su esposa que estaba a punto de dar a luz y la ayudó a subir a la mula que los había llevado a Belén y se encaminaron hacia la cueva.

Era ya de noche, casi las once cuando llegaron a la cueva. El cielo estaba claro, había luna llena y se veían muchas estrellas, sin embargo, José sacó de su equipaje una lámpara de aceite, la encendió y tomó las riendas de la mula para dirigirla a la boca de la cueva, la ató como pudo en una piedra, mientras, lámpara en mano buscó un lugar dentro de la cueva para colocarla y que alumbrara el camino hacia la entrada donde había dejado la mula, quedándole las manos libres para poder ayudar a María a bajarse de la mula.

Ya una vez dentro de la cueva, los esposos empezaron a disponer cómo iban a acomodarse para descansar.

José recogió la paja esparcida por el suelo para formar tres montones, el más pequeño lo puso en el pesebre; los otros dos montones los puso uno a cada lado del pesebre con la intención de poder estar siempre vigilantes del niño que iba a nacer.

—Abuela —dijeron los nietos—, cuéntanos un poco sobre la vida de José.

—Está bien —contestó la abuelita un poco pensativa—… José era un hombre bueno que se había quedado viudo. Tenía varios hijos: cuatro varones y dos niñas. Sus nombres eran: Justo, el mayor, Judas, el segundo, Asia, la tercera, Lidia la cuarta, Simón el quinto y por último Santiago, que tenía nueve años, cuando murió su madre. José se entristeció mucho y no sabía qué hacer con el pequeño Santiago, ya que los otros eran mayores de edad, pero una de sus hijas que aún se encontraba soltera, le dijo a José que no se preocupara, que ella se haría cargo de él.

Cuando enviudó José, tenía una carpintería en la cual trabajaba con sus hijos mayores. Tenía la intención de dejarles el taller a sus hijos para poderse marchar a Nazaret donde le había salido un trabajo, y como tenía unos ahorros, quería montar en Nazaret otra carpintería, pero todo esto solo era una idea.

A los dos años de la muerte de su esposa, se casó con la joven María de Nazaret; doncella que había permanecido en el templo de Jerusalén desde los tres años hasta los trece, edad en que le vino la pubertad. Cuando ese momento estaba por llegar, los sacerdotes del templo convocaron a todos los varones solteros, viudos o en edad casadera de todas las ciudades de Israel para entregarles, a cada uno, una vara de lirio sin florecer; las cuales habían sido expuestas previamente ante el Sancta Sanctórum.

Al varón que le floreciera la vara, sería el esposo que había elegido Dios para María. Los sacerdotes habían tomado todas estas disposiciones para seguir las instrucciones que Dios les había comunicado por medio del urim y el tumim que eran unos dispositivos que llevaban los sumos sacerdotes en el pectoral.

Un día José estaba trabajando en su taller, cuando le llegó la notificación de que tenía que presentarse al templo para recibir una vara de lirio sin florecer. «¡Qué raro!», pensó José. «¿Para qué servirá un lirio sin florecer?». En ese mismo momento cerró el taller y se marchó a Jerusalén para dirigirse al templo; cuando por fin llegó, se encontró con muchos otros hombres que igual que él, habían sido comunicados por los sacerdotes.

Cuando todos los hombres estuvieron presentes, los sacerdotes les fueron repartiendo uno a uno la vara de lirio sin florecer que recogían del altar; cuando dieron la última vara, se dispusieron a rezar con vara en mano. Rezaron una oración dirigiéndose a los sacerdotes para que pidieran a Dios que escogiera al que iba a ser el esposo de María. Al final de la oración cada uno regresó a su casa con su vara sin florecer para que la pusiera en agua.

José regresó a su casa y lo primero que hizo fue, poner la vara en una jarra con agua; la ubicó en una mesa, y como tenía mucho trabajo pendiente que hacer, se fue directo a su taller y se olvidó de la vara por varios días. Habían pasado quince días o más, cuando recordó que había dejado su vara en una mesa dentro de la jarra con agua y se fue presuroso a buscarla; se sorprendió muchísimo al ver que su vara había echado raíces y le habían nacido hojas, notó que había un brote en la punta de la vara que parecían varios lirios en botón.

José se emocionó muchísimo ante el milagro que acababa de presenciar, pero decidió ser prudente y esperar un día más para notificar a los sacerdotes. Quería estar seguro de que fuera la floración esperada y no simples brotes de hojas.

Al día siguiente, José se preparó para marcharse al templo y fue en busca de su vara; cuando llegó al lugar donde la tenía, vio que los lirios se estaban abriendo y eran de color blanco inmaculado y exhalaban un aroma exquisito, José cogió la vara con delicadeza y la llevó para presentarla a los sacerdotes, que cuando la vieron en flor, no dudaron en reconocer la prueba que Dios había dispuesto para elegir al esposo de María y le dijeron:

—Eres el único al que le ha florecido la vara. Dios te ha elegido para ser el esposo de María.

Ese mismo día se celebró el compromiso de José y María y quedó fijada la fecha de la boda.

Pasaron varios meses antes de la celebración de la boda. Ese tiempo, María permaneció en casa de sus padres hasta que se llegó el día señalado por los sacerdotes; para entonces, María había cumplido catorce años.

II

Uno de los nietos preguntó a su abuela:

—¿Por qué María era tan importante, quién era?

—¿María? ¿Quién era María?… Pues María era hija de Joaquín y Ana. ¿Por qué era importante? Ya lo veréis más adelante.

Los padres de María llevaban muchos años casados y no habían podido tener hijos. En ese tiempo era muy mal visto que un matrimonio no tuviera hijos y ellos sufrían mucho por eso; pero no se cansaban de rogarle a Dios que les diera un hijo, hasta que un día, Dios se compadeció de ellos y Ana se quedó encinta siendo ya muy mayores los dos para ser padres.

El día menos pensado, Ana y Joaquín fueron visitados por un ángel mensajero de Dios, que les anunció a cada uno por separado que iban a ser padres de una niña a la que llamarían María.

Dios tenía para ella grandes designios, entre ellos que iba a nacer sin el pecado original. Debía ser destetada a los tres años y llevada al templo para que allí fuera educada en las escuelas hasta que la niña llegara a la pubertad, entonces los sacerdotes le buscarían esposo y del templo saldría ya comprometida con el hombre que Dios les indicara.

Joaquín y Ana se quedaron muy asustados después de la aparición del ángel. Joaquín estaba trabajando en su campo, pues era un rico agricultor, cuando de pronto vio una luz dorada que se le aproximaba; de la luz salió un ángel bellísimo que le anunció su paternidad; le dijo que su esposa ya estaba encinta y le anunció el mismo mensaje que a su esposa Ana, después el ángel desapareció.

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Joaquín recogió sus herramientas y regresó presuroso a su casa, allí encontró a Ana muy nerviosa y le salió al encuentro para relatarle la aparición del ángel y el mensaje que este le había dado, que era el mismo que le dio a Joaquín. Los dos esposos se abrazaron llenos de felicidad y se postraron ante Dios para darle gracias.

Al cabo de nueve meses nació María y a pesar de amar con locura a su hija, sus padres cumplieron las indicaciones del ángel; cuando la niña cumplió tres años la llevaron al templo y la dejaron en la escuela de niñas que dirigían maestras religiosas.

Además de aprender a orar y estudiar las escrituras, cantaban en el coro del templo, danzaban y tocaban instrumentos musicales, hacían labores de casa y aprendían a tejer para hacer sus propias vestiduras, las de los sacerdotes y los encajes y telas para el culto.

La llegada de María al templo fue notable. Llegó acompañada de seis niñas que iban vestidas igual que María; con túnicas azules y mantos azul celeste. Llevaban brazaletes y collares de rosas y en la mano derecha una antorcha. Entraron todas al templo en procesión. A María la llevaron al parvulario por ser la más pequeña; allí habían religiosas que atendían a las niñas más pequeñas como si fueran sus madres, pero María había sido destetada recientemente y necesitaba una atención especial, por lo cual Dios envió a dos ángeles con apariencia de dos religiosas que preparaban los alimentos de la niña para evitar una infección viral o bacterias nocivas que pudieran poner en peligro su vida.

María fue creciendo en todos los aspectos, y cada día demostraba que era una niña excepcional, era perfecta en todo y fue modelo ejemplar para todas sus compañeras que la seguían y la admiraban. María se daba a querer por su dulzura y amabilidad, además de su extraordinaria belleza que ocultaba discretamente con su velo, tal era su humildad y modestia.

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María debía permanecer en el templo hasta que llegara su pubertad; cuando se acercaba ese momento, los sacerdotes decidieron buscarle esposo. Según los designios de Dios, debía permanecer en el templo hasta que se celebrara el compromiso matrimonial.

Cuando estaba casi a punto de cumplir los trece años, los sacerdotes le dijeron a María que tenía que casarse con el hombre que Dios predestinara para ella. Esta noticia no le agradó a María porque había ofrecido a Dios su virginidad y le parecía muy extraño que Dios quisiera casarla, pero tenía que aceptar su voluntad.

Joaquín y Ana fueron convocados por los sacerdotes para notificarles que María estaba llegando a la pubertad y que tenían que buscarle un esposo obedeciendo la voluntad de Dios; y él ya ha escogido al que ha de ser su esposo entre todos los varones de Israel, se llama José y es descendiente de la casa del rey David. Tenían que presentarse en el templo para que hicieran todos los preparativos para celebrar el compromiso matrimonial y fijar la fecha de la boda.

María estaba muy nerviosa, iba a ser la primera vez en muchos años que veía a sus padres, también iba a conocer a quien sería su esposo. Sus compañeras estaban afectadas por la inminente salida del templo, pues ya no la iban a ver y su ausencia se haría notar por el cariño y admiración que María despertaba en todas las personas que la trataban.

Por fin se llegó el día del compromiso de María y José. Los padres de María vieron a su hija hasta el día de su compromiso matrimonial. Estaban muy emocionados, llenos de felicidad de ver a su pequeña convertida en una hermosísima doncella de ondulados cabellos largos y ojos color de cielo raso.

¡Era tan hermosa!, pero tanta hermosura fue cubierta por un velo fino y largo que le cubría los cabellos. María estaba radiante de felicidad porque sabía que después de la ceremonia se iría a casa de sus padres a quienes tiernamente amaba.

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Los padres de María prepararon el ajuar de la novia y su traje de boda y dispusieron todo para la celebración del matrimonio. Convidaron a sus amistades para una celebración que duraría una semana como era costumbre en su tiempo.

José por su parte, avisó a sus hijos su próximo enlace con la joven María, que por su edad, bien podría ser su hermana pequeña, no obstante, tuvieron que aceptarla con el tiempo, sobre todo porque había sido la voluntad de Dios.

Por fin se llegó el día de la boda, todo estaba preparado en el templo para la celebración. Habían muchos invitados por parte de los padres de María, no así de parte de José, que solo fueron sus amigos, los hijos no quisieron asistir.

La boda se celebró y todos los invitados se marcharon del templo para festejar el enlace en unos salones que alquilaban para celebraciones de bodas. El local estaba situado en Jerusalén, cercano a la montaña de Sion.

Como los festejos de las bodas duraban tanto, los establecimientos de esta naturaleza estaban obligados a dar servicios de hospedaje, pero no había alcoba matrimonial, ni habitaciones dobles, todas eran individuales y estaban separadas en alas distintas, de hombres y de mujeres.

La celebración consistía en hacer un brindis por la felicidad de los nuevos esposos, que duraba cierto tiempo antes de la comida. La comida del día de la boda de María y José, estuvo compuesta de cordero asado y ensaladas; después venía el postre o frutas diversas.

Enseguida venía la danza que se prolongaba hasta la hora de la cena, la cual era frugal; consistía en verduras y hortalizas asadas, dátiles y