El Mocerío - Luis Ricardo Cerna - E-Book

El Mocerío E-Book

Luis Ricardo Cerna

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Beschreibung

Breve toma en la vida de un grupo latinoamericano gastrósofo de la generación del 68 en Heidelberg, considerando cinco ejemplares en cinco capítulos. El Guanaco es un estudiante salvadoreño de economía con aspiraciones revolucionarias y gran admiración de la Revolución de Octubre y de la República Democrática Alemana. El Flaco es otro estudiante colombiano de economía con muchos ideales de salón y uno de los cantores del conjunto, pero sin las aspiraciones revolucionarias del Guanaco. El Catracho es un estudiante hondureño de medicina que había escapado por orden de su madre de la atmósfera de plomo que reinaba en su país y sólo quería vivir en paz. El Sapo es un supuesto enfermero panameño del hospital militar de los Estados Unidos en Heidelberg que, en realidad, es miembro de la agencia TACO. El Chele es un estudiante peruano de lingüística con muchos pájaros en la cabeza y deseos de grandeza. El resto es comparsa encabezada por el Chocho con su impecable acierto como currutaca en todas las metáforas de la transición verbal en estampida gozosa que hace crepitar la obra con muchos disparates profundos en la sima de un charquito pacho que narra la vida de los protagonistas.

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Seitenzahl: 363

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Índice

Capítulo 1: El Guanaco

Capítulo 2: El Flaco

Capítulo 3: El Catracho

Capítulo 4: El Sapo

Capítulo 5: El Chele

Registro de Personas

Capítulo 1

El Guanaco

- “Los caminos de la vida no siempre coinciden” enunció el Flaco con su mejor aplomo filosófico mientras libraba de su envoltorio a un gran trozo de carne codiciado por todos los ojos presentes

- “Eso lo definen los Dioses de Los Vientos” especificó el Sapo poniendo la tapa a la olla con arroz y bajando la llama para evitar la formación excesiva de raspa en la misma

- “…de los vientos… de los pedos con los que el Chocho trata de asfixiarnos, diría yo” añadió el Chele abriendo viento en proa las ventanas de la cocina

- “Son los gritos de libertad de las masas oprimidas en los intestinos” Se excusó el Chocho repartiendo vasos con agua, pues, una vez más, la caja no había dado para más

- “Había decidido renunciar a mi vida de poeta en formación en mi ruta a este país desconocido” expuso el Catracho tomando con sus largos brazos de grúa una silla para sentarse con el pecho contra el respaldar entre dos ventanas dando cara a los otros

- “Bueno, supongo que excluyes las tertulias literarias en las noches interminables del ejercicio de la libertad y de la palabra subversiva en nuestro grupo” hizo hincapié el Guanaco tratando de no tropezar con las largas zancas del Catracho, quien decidió doblar sus delicadas zancas para evitar que el Guanaco le produjese con su torpeza clásica algún hematoma en ellas

- “País desconocido de mezclas extrañas de razas y tradiciones, acostumbrado ya a las guerras intestinas que han horadado con sangre en su historia lo más profundo de su razón de ser como país, atraído sin atenuantes por la oportunidad de ejercer en estas tierras el oficio de hechicero, educador meditabundo de tanto juventudes como multitudes” dijo el Catracho acurrucado en su silla y orando para que el Guanaco pasase sin tocarle las piernas hasta llegar a la silla que ya había premeditadamente elegido en el momento de cruzar el umbral de la puerta

- “Educador de juventudes, ya te vas para no volver” citó el Sapo sin más jugo que el bagazo mientras afinaba la nariz sobre la carne que adobaba el Chocho con toda el arte de un hechicero sin licencia

- “El ejercicio de la hechicería no tiene fronteras y además es el oficio más universal para la formación libertadora de las nuevas generaciones que deben orientar las riendas del país por el camino de la emancipación” le dijo el Guanaco con la convicción y firmeza de sus argumentos que con el desconsuelo y la congoja reflejados en su rostro marchito por el trasegar irremediable de los años, le recordaba, cómo su madre lo había despedido en el aposento de la vieja casa de paredes escarchadas y de techos altos impregnados con el olor a limón del patio trasero en una mañana cargada de lluvias empapada de remembranzas y adivinaciones

- “Tengo el presentimiento hijo…” le dijo mirándolo a los ojos con la templanza que da las vicisitudes de la vida como tratando de adivinar sus sensaciones íntimas “de que no vas a volver más porque el corazón me lo dice y el corazón de las madres nunca se equivoca” dijo su madre, cierta que tenía razón y sin atenerse a los dogmas del materialismo dialéctico que definen la materia como la base de la realidad, bien sea concreta o abstracta, ya que ella daba una superioridad a la conciencia, declarando la concepción del mundo desde su naturaleza cardíaca egoísta, como sistema ideal filosófico y no comunista, ya que no busca la relación entre lo material y lo espiritual como la esencia del mundo

- “Creo que no tienes razón…” dijo el Guanaco sin propia convicción y abundante escrúpulo tratando de evitar el contacto óptico directo con su querida madre, percibiendo lo material y eliminando lo espiritual estático con sus muchos cambios cualitativos contrarios a la existencia y a lo desconocido en lo conocido

- “Te conozco desde que naciste y sé que no tienes la fibra para aceptar nuestras realidades pero te doy mi bendición con el alma en la mano y no olvides nunca de ningún modo que lo más importante en la vida de un hombre es dejar la impronta de su decencia en todos los actos de su existencia” resumió su madre con tales palabras llenas de la sabiduría que da la vida, haciendo eco en su cabeza atormentada por la partida irremediable y las nostalgias de las noches libertarias mientras aspiraba por última vez con desesperación el aroma profundo y puro de los viejos limonares del patio a las gardenias en flor del jardín para llevarse el olor en su alma de poeta y en su piel rebelde el recuerdo eterno de su tierra emergente de la ignorancia inalterable de la ley de la dialéctica de unidad y lucha en la negación de la negación

- “¡Huye de la memoria de tu vida, Guanaco de mierda!” dijo el Sapo haciendo que se disipase la incertidumbre propia de los adioses finales y el olor de los viajeros presurosos cosido en el cuerpo moreno de la nueva misión de la vida del Guanaco, misión de la que todavía no tenía ninguna idea en la oposición a la división del pensamiento

- “¡A-dios no verás, Sapo de mierda, pero oirás mi poesía!” exclamó el Guanaco con la sonrisa triste y afligida de las despedidas irremediables, volteando su cuerpo para advertirle, por última vez, haciendo girar su mano derecha con una devoción infinita tosca, que estaba por traspasar el vado vedado, subrayando con la señal contraria a la cruz que no sentía amor cristiano por el Sapo cuando se metía en cosas que no eran de su incumbencia antes de doblar el antebrazo que mantenía apretado la otra mano

- “Terminen las huevadas de una vez, que vamos a comer pronto y luego jugamos póker” dijo el Chele antes de doblar la esquina para ordenar la mesa y dirigirse en silencio profundo bajo una llovizna tenue cargada de cuchillos en las miradas de los otros que inundaron los rincones de la cocina, mientras el Guanaco repetía sus vivencias de la despedida de su vieja en la estación de buses de Cojutepeque rumbo al Puerto de la Libertad que lo llevaba a su nuevo destino

- “Chele, estudiante del saber, decime, ¿cuál es el ave que canta al poner?” intervino el Chocho con la ingenuidad del pícaro que, como el gato, gusta jugar con el ratón atrapado, mientras el Guanaco seguía soñando su odisea después del viaje agotador agitado por las corrientes furiosas del mar que todavía le hacía saber el sabor de vómito en su delicado paladar

- “¡Eso es muy fácil: la gallina!” exclamó el Chele contento de saber directamente la respuesta a la adivinanza del erudito que está vez no era tan erudita, sino que muy fácil para inducir al interrogado a dar una respuesta rápida y sin mucho que pensar, mientras que el Guanaco continuaba su película cuando bajaba del barco con el cansancio acumulado de su espíritu y el peso inmortal de sus melancolías por fin a Puerto Corinto en un día soleado y bendecido por las brisas sofocantes de verano con olor a pescado frito de los kioscos de venta ubicados en la margen derecha del malecón de las playas, que impactaba con su aroma a los viajeros recién llegados perfumados y visitantes de los cercanos barrios

- “¡Mierda para el que tanto adivina!” respondió el Chocho, causando un estupor de risas entre los testigos que ya esperaban algo parecido

- “Adiós vieja, sabrás de mi por mi poesía” exclamó el Guanaco en su diálogo no verbal en las tupidas circunvalaciones de su mente con la sonrisa triste y afligida de las despedidas irremediables, volteando su cuerpo para advertirla por última vez, girando la vieja su mano derecha con una devoción infinita de ternura para bendecir con la señal de la cruz a su hijo nacido del amor, antes de dirigirse en silencio profundo bajo una llovizna tenue cargada de añoranzas, que le inundaron los rincones de los recuerdos de sus vivencias, a la estación de buses rumbo a Chinandega, escala intermedia hacia su nuevo destino

- “Despierta, imperial soñador meditabundo” dijo el Sapo al oído del Guanaco, quien se miraba vestido de blanco inmaculado y coronada su cabeza con un sombrero de pajita, obsequio de su padre para el viaje, mientras tomaba presuroso un taxi para regresar nuevamente a Corinto, donde había de tomar el buque carguero alemán “Ingolstadt” rumbo a Balboa, con sus maletas llenas de libros de poesía y revoluciones y de recordaciones de sus años locos en Ahuachapán y con el apremio de llegar pronto a su destino tomó el taxi y le ordenó en tono urgente al conductor que le llevase al puerto sobre el río para tomar dicho carguero destino a Balboa

- “¡Igualmente caballero!” respondió el Guanaco dando a entender claramente lo que pensaba sobre el Sapo, mientras la película le indicaba que después de atravesar la ciudad grande con olor a matarratón, con su cielo limpio y transparente y acicalada de palmeras gigantes y coquetas golpeadas por las brisas alocadas del Norte, llegó al puerto sobre la ribera del rio con sus aguas alborotadas, para embarcarse rumbo a la población de Balboa, no en el programado carguero alemán que había saltado el puerto de Corinto por razones de horarios superiores, sino que en el San Roque, un vapor más rápido, aunque viejo y cansado, de dos pisos con la torre del capitán en la mitad, con sus chimeneas largas y anchas vomitando chorros gruesos de humo gris que se perdían en la inmensidad del mar rumbo a Balboa, chorros de ceniza a fundirse en un abrazo eterno con el inmenso mar, de barandas amarillas carcomidas por el uso, la plataforma repleta de cables oxidados por los ruidos de los tiempos pasados, impulsado con pereza por una rueda grande y pesada de hierro dentada en la popa que producía un remolino incontrolable de aguas confundidas y de ruidos sórdidos y repetidos como avisando al cielo adornado de estrellas luminosas y danzarinas de Corinto, gran refugio de pescadores, de su presencia inconfundible en el brazo largo y estrecho del río hasta terminar su travesía de aventura en el viejo puerto de Balboa, capital portuaria de Panamá

- “Allá va el San Roque lleno de aventureros y de vendedores de ilusiones de fin de semana” gritaban los pescadores de camarón en vigilia por las noches de vientos impetuosos de la ciénaga de Corinto mientras hacían una pausa y sostenían la tarraya en sus manos grandes y callosas del oficio de pescador para observar como siempre, el rápido paso adormilado y fatigado de esa mole de hierro de dos pisos con su rueda giratoria que removía con violencia el limo fangoso de la ciénaga y sus pasajeros vestidos de blanco apostados en las barandas enmohecidas del segundo piso, iluminados por la luna mágica y altanera de marzo acorralada de luceros de colores brillantes y profundos bailando en la inmensidad de la noche como avisando a los pasajeros de las corrientes libertinas del espíritu del carnaval

- “¿Los luceros siempre se mueven así?” le preguntó a su vecino impactado por el espectáculo de los luceros danzarines

- “No Señor, sólo en carnaval” le contestó el vecino en la proyección de su película y llegaron a Puerto Balboa en una noche frenética adornada de luciérnagas alborotadas por el sonido profundo y seco de los tambores, iluminada por las luces y la algarabía de las guachernas que danzaban trastornadas en medio del resplandor de los mazos de velas, las polleras panameñas multicolores y el ritmo excitado de las caderas provocadoras, hipnotizadas por el fuego pecador del carnaval en un día de marzo del año que habría de cambiar el curso de su vida errante para siempre

- “¡Aleluya Guanaco de miércoles!” respondió el Sapo con una guatusa encantadora en el puño de pulgar tan inquieto como la pija que busca la vaina cercana, lo que no interrumpió la visualización de la película del Guanaco que continuó con el marasmo del viaje aun pesando en el espíritu cansado y aturdido de su cuerpo, bajó las escalinatas de hierro oxidado del San Roque, mientras observaba con detenimiento las olas del mar perturbadas por la época de las lluvias al otro lado de la carretera y los vientos atolondrados bajados de la sierra y, a continuación, se subió con la premura del forastero al primer taxi que encontró en la plataforma de tierra del viejo puerto en medio de la lluvia de mosquitos, las ventas de fritos alumbradas con mechones de petróleo, el bullicio de la gente y los vendedores ambulantes que aturdían con sus gritos destemplados el mosaico multicolor de la llegada de los pasajeros al viejo Balboa

- “Al Hotel Tobiexe” le ordenó al conductor del taxi del puerto con ese acento extraño de los foráneos que inundaban presurosos la población camino a la zona bananera atraídos por el vendaval del banano y las aventuras de vida fácil

- “Viaja para Chorrera mañana señor?” le preguntó el conductor con la curiosidad propia de su oficio suponiendo que sería un nuevo oficial de la bananera

- “No señor” contestó el Guanaco sin ánimo, pero dispuesto a entablar la conversación obligatoria para no pasar por maleducado o peor, orgulloso, pues era discípulo oculto de Kant, Hegel, Descartes y de los otros del mocerío de las transformaciones perennes de la vida

- “Entonces supongo que está de paso para la ciudad de Panamá” dedujo el taxista con la lógica imperativa del oficio manteniendo la distancia cortés

- “Soy el nuevo profesor de idiomas del Instituto San Juan de Bamba y vengo de El Salvador a instalarme durante un trimestre en la ciudad de Panamá, si la vida lo permite, en estas tierras bendecidas por la riqueza de su suelo” expresó en forma lisonjera el Guanaco mientras consideraba la suerte que había tenido al recibir la plaza de profesor para un trimestre antes de partir a Alemania para iniciar sus estudios, lo que le traería un par de dólares más en su reserva según le había explicado su tío antes de despedirlo con la buena noticia que se había realizado gracias a sus numerosas relaciones

- “Esa bendita riqueza sólo ha servido para enriquecer a unos pocos de este pueblo, a los Gringos de la United y a las putas francesas de Guacamayal, ya lo verá con sus propios ojos” contestó el conductor observándolo a través del espejo retrovisor

- “Aquí también hay United Fruit Company?” indagó sorprendido el Guanaco

- “Claro que sí, ellos son los dueños de una gran parte de las tierras del cultivo de banano. Ud. no conoce esto todavía profesor” le respondió el conductor con la seguridad y conocimiento de sus argumentos cuando arribaron en medio de la conversación a la Plaza del Centenario contigua al Hotel Tobiexe que se erguía majestuoso con sus columnas señoriales de mármol importado, sus pisos vistosos y resplandecientes de mosaico de ajedrez y su fachada solemne republicana rematada con un portón inmenso de maderas labradas en alto relieve que hacía homenaje a la época de riqueza arquitectónica adoptada por los hijos ilustres de Balboa llegados de todos los rincones del mundo para hacerse cargo de las fortunas heredadas y de las oportunidades del negocio del banano

- “¿Cuánto le debo?” preguntó al taxista cuando el taxi paró frente al portón esperando que prefiriera dólares, ya que los balboas brillaban por su ausencia en su billetera

- “¿En dólares o en balboas?” respondió el taxista automáticamente, aunque sabía que el pasajero recién llegado del extranjero probablemente no tenía balboas

- “¿Qué prefiere?” preguntó el Guanaco con aire de gran señor desde el fondo del taxi

- “Prefiero dólares” detalló el taxista sin mirarlo por el espejo retrovisor pues estaba cierto que su respuesta era del agrado del pasajero

- “De acuerdo” concedió el Guanaco con alivio esperando el enunciado del monto

- “Dos y setenta” constató el taxista después de efectuar su difícil contabilidad que en sí era de uno a uno

- “Aquí tiene tres dólares para que le quede un poco de propina” expuso el Guanaco dándole tres billetes de a uno

- “Muchas gracias profesor… si mañana tiene tiempo y ganas, le puedo mostrar un poco de Balboa” el taxista indagó con la cautela de un experimentado cazador al acecho de una buena presa, es decir, un buen negocio

- “Tengo que hacer acto de presencia en el instituto a las cuatro de la tarde, ¿qué tiene en mente?” expuso el Guanaco dándole un poco de cebo para que continuase con su decente propuesta que probablemente era estándar entre los taxistas de Balboa

- “Hacemos una excursión por Balboa y el centro histórico, visitamos los lugares célebres con explicación de hechos y fechas, almuerzo en un restaurante típico cerca del centro. paseo motorizado por el malecón y las playas y regreso al hotel” expuso el taxista pensando en visitar con el profesor el pacífico restaurante de su suegra al borde del centro

- “Duración?” demandó el Guanaco con la cortesía correcta de un buen negociante que se atiene a datos claros

- “De las nueve a las quince horas para la excursión de la puerta del hotel a la puerta del hotel o bien, de las nueve a las dieciséis horas, de la puerta del hotel con recogida de sus maletas en el hotel y transporte a su instituto para que pueda marcar tarjeta a tiempo a eso de las dieciséis horas” detalló el taxista añadiendo astutamente el rabo con la segunda sugerencia que sería probablemente la preferida por su pasajero

- “¿Y cuál es su precio?” preguntó el Guanaco, considerando que su presupuesto le permitía solamente un máximo de treinta dólares para tal imprevisto

- “Para la primera excursión le cobro 20 dólares, para la segunda 26 dólares” dijo el taxista esperando el regateo estándar

- “Le doy 22 dólares para su segunda sugerencia” exploró el Guanaco con toda la habitud de sus jóvenes años

- “24 para uste” dijo el taxista sacando a luz por primera vez un poco del deje panameño para acentuar simpatía y confianza en la negociación

- “22” repitió imperturbablemente el Guanaco esperando la nueva oferta del taxista

- “23 es mi límite definitivo” suplicó el taxista con voz de condenado a muerte en camino a la resurrección

- “De acuerdo” dijo el Guanaco, satisfecho de haber alcanzado un precio razonable para ambas partes

- “Entonces lo recojo aquí, mañana a las nueve” concluyó el taxista, contento de haber alcanzado el monto que desde un principio había calculado obtener para la excursión

- “¡Correcto, entonces hasta mañana!” se despidió el Guanaco con sonrisa de agradecido antes de bajar del taxi con el agobio de la soledad explotando en su espíritu y con las maletas cargadas de añoranzas y recordaciones de su El Salvador del alma, subió las escaleras anchas de manijas de mármol y de escalones de dominó, atravesó la puerta ancha y pesada de la entrada del hotel y apareció en el vestíbulo fresco y amplio con sus columnas eternas y gigantes adornadas con las luces trasnochadas de la penumbra, matizadas con la música de fondo de una canción nostálgica de un cantante desconocido que llegaba desde la estación del tren a través de un parlante que distorsionaba la melodía arrastrada por las brisas húmedas y cómplices con sabor a salitre de las noches de carnaval

- “¿A qué se debe tanto alboroto en la calle?” inquirió con la curiosidad del extranjero al recepcionista de turno del hotel antes de subir a su habitación del segundo piso

- “Estamos en carnaval señor. Bienvenido a Balboa, capital portuaria de Panamá y disfrute de nuestras fiestas” le aclaró el recepcionista de turno del hotel, el mismo que le recomendó un restaurante en las cercanías para cenar, después que se había refrescado en su cuarto, al que regresó después de la cena y paseo por el parque y donde despertó sobresaltado con las primeras luces de la mañana en medio del murmullo lejano del golpe de tambor del viejo Tololo, de la algarabía y los gritos alborotados de festejo popular de los amanecidos en la Plaza del Centenario que todavía no podía ubicar exactamente en su mente de inmigrante; se levantó con el cuerpo cansado por el ajetreo del viaje y el ruido sórdido y repetido de los motores del vapor todavía sonando en sus oídos y escribió la carta que le había prometido a su madre al llegar a su destino de viaje, cuando su película fue interrumpida nuevamente de manera repentina por el mocerío con hambre atroz y procesión de viandas

- “¡A comer y a misa una vez se avisa!” proclamó El Sapo con la olla de arroz en camino a la mesa tendida por el Chele, seguido del Chocho con la carne bañada en salsa picante y del Catracho con las legumbres a la cola, disturbando la película de recuerdos que soñaba el Guanaco sin darse cuenta que todos lo estaban observando desde largo rato

- “El Guanaco estaba pensando en la musaraña” estipuló el Flaco ex cátedra y pasó su plato al Sapo para que le sirviera arroz, plato que el Sapo pasó con arroz al Chocho para que sirviera carne y éste lo pasó, por su parte, al Catracho para que sirviera legumbres antes de regresar el plato al remitente, proceso que se repitió para cada uno de los platos de los presentes

- “¿Cómo va a pensar en la musaraña, si no sabe lo que es la musaraña?” anotó el Catracho mientras estaba ocupado sirviendo las legumbres en los diferentes platos que le acosaban

- “¡Sabihondo de miér…coles!” dijo el Guanaco después de haber confiscado su plato con las viandas y protegerlo con el cuchillo contra posibles intentos de asalto y robo de viandas y continuar viendo en su película cómo disfrutó la excursión por Balboa y cómo procesó profesionalmente su trimestre en el Instituto San Juan de Bamba; lo que le trajo más de mil dólares de ingresos extras antes de tomar en Colón el barco para Alemania, donde había de empezar sus estudios de economía, previa absolvencia del año preuniversitario, y donde encontró a estos malditos latinoamericanos del mocerío, mucho peores que una ladilla con currutaca

- “¿Una especie de araña?” se atrevió a indicar el Chele causando mucha risa entre los letrados cuando se le caían los ojos de la cara apreciando el gran trozo de carne que el Chocho le había dado, claro que de idéntico tamaño para todos los presentes

- “El Chele padece como siempre de cojuditis aguditis” declaró el Chocho después de tomar un trago de agua pura

- “Dejá de joder al Chele y al Guanaco y dame tu plato” ordenó el Sapo tratando de mantener el orden en el mocerío que se había reunido para lo que era costumbre de los viernes, jugar un poco al póker después de la cena común

- “No se me achicopale mi cuate que aquí tiene mi plato” dijo el Chocho presentando su plato al Sapo con cara de ángel ingenuo, quien controló que el Chocho no se fuera a servir un trozo mayor de carne mientras el Catracho le servía del lado su porción de legumbres, mientras el Sapo, por su parte, se servía arroz y pasaba el plato al Chocho y al Catracho para completar su porción con carne y legumbres

- “Antes que se me olvide, el club latinoamericano decidió efectuar una parrillada con música este verano” proclamó el Chocho durante la comida, quien era, casualmente, presidente del club latinoamericano de estudiantes de la universidad

- “¿Necesitan colaboradores?” preguntaron el Chele y el Flaco en coro disfrutando la carne perfectamente adobada

- “No, el equipo está completo y el conjunto musical también, lo único que tenemos que organizar todavía es una parrilla de tamaño adecuado, pero ya tenemos algunas ideas y si el Guanaco nos presta su carro, tenemos entonces solucionado el transporte de la parrilla al Heiligenberg” terminó el Chocho su corto comunicado bajo complacientes y benévolas miradas del mocerío

- “Mi carro está a la libre disposición. Bien, el Sapo, el Chocho y el Catracho cocinaron está vez, así que el Chele, el Flaco y yo nos encargamos de lavar la vajilla mientras los otros preparan la mesa para el juego” especificó el Guanaco lo que ya era costumbre de los viernes en el mocerío

- “Hoy me voy a las once porque mañana temprano tengo que hacer” anunció el Catracho antes que el juego comenzara, con lo que todos parecían estar de acuerdo, mientras el Chocho se encargaba de cobrar el depósito o camisa y repartir las correspondientes fichas en el mocerío, poniendo la caja del banco con las fichas excedentes y los depósitos sobre el poyo o antepecho de la ventana de la esquina

- “¿Ha puesto cada uno su entrada?” preguntó desconfiado el Sapo mientras daba a cada uno una carta abierta para determinar quién comenzaba repartiendo cartas

- “¿Cuánto es?” preguntó el Flaco haciéndose el gringo y poniendo su ficha en el centro de la mesa con la demora de un cerrado de mollera que no hace mal a nadie y no tiene ninguna mala conciencia

- “¡Retardado mental!” exclamó el Sapo con la indignación típica de una lumbrera intelectual muy convencido de sí mismo

- “Retirá eso, que ofendés a los incapacitados!” abogó el Chele en favor de los inocentes incapacitados mentales con más seso que el Flaco

- “Perdón, perdón… quería decir… cerrado de mollera” se corrigió el Sapo con toda la ambigüedad del caso, de lo que el Chele no se ocupó más

- “Cinco peniques como siempre cojudo de…” dijo el Catracho enervado por la concha del Flaco, pero sin terminar su frase ya que el Sapo lo interrumpió de forma tajante

- “El Chele reparte” dijo el Sapo señalando a la reina que le había tocado al Chele, cambiando el tema, y pasó la baraja al Chele quien comenzó a barajar y puso la baraja después del proceso a su mano izquierda para que el correspondiente vecino cortara antes de comenzar repartiendo las cartas comenzando por su derecha

- “¿Vale el orden de siempre: escalera, color y full?” preguntó el Chele para asegurarse de lo que siempre valía en la mesa y que todas las veces preguntaba

- “Sí, igual que siempre, escalera es menos que color y color es menos que full” confirmó el Chocho imperturbable y con cara de póker recontando las fichas que él mismo se había dado por su depósito obligatorio de cinco marcos

- “Par de jotas abre" dijo el Chele, queriendo decir que para abrir la mano se necesitaba un mínimo de par de jotas, cuando terminó de dar cartas, poniendo la baraja a medio camino del centro a la vista de todos, lo que era la rutina estudiantil de los viernes, fuera de los estudios, de este mocerío, lo que siempre acontecía con mucho chascarrido de los jugadores y sus hinchas transeúntes del piso que acostumbraban hacerles compañía por variado tiempo mientras discutían sobre la mejor forma de salvar al mundo

- “Bueno, son las once; juego mi última mano y me voy” dijo el Catracho después de consultar su reloj y cuando terminó la mano se levantó y cambió sus fichas, cristalizándose una pérdida de dos marcos y veinte peniques, lo que era perfectamente aceptable en su presupuesto, mientras que los otros siguieron jugando hasta la una de la mañana en el vano afán por hacer que perdiera el Chocho, quien era el que generalmente ganaba el banco para mucho pesar de los otros que no entendían por qué el Chocho tenía siempre tanta suerte en el juego y también con las mujeres

- “Oíme Flaco, ¿conocés a alguien que estudia en la República Democrática?” preguntó el Guanaco uno de esos días cuando los dos estaban preparando los exámenes finales en economía y tomaban un recreo adecuado para fortalecerse entremedio con el refrigerio que ya habían preparado de antemano, a como era costumbre entre ellos

- “De mis compañeros de bachillerato sé que Chapulín estudia en Dresde y Pomponio en Berlín y pasan una vida señorial con las mesadas que reciben de casa” contestó el Flaco recapacitando sobre la mejor estrategia para dar la primera mordida a su emparedado rascacielos sin perder nada del contenido de su obra de arte, a saber: base de rebanada de pan de centeno con mantequilla, lechuga, rebanadas de tomate, rebanada de jamón cocido, rebanada de queso holandés, pepinitos, rebanada de leberkäse o pastel de carne, queso brie, jamón crudo, queso camembert, rebanadas de tomate, lechuga y, en la cumbre, otra rebanada de pan de centeno con mantequilla

- “¿Podés facilitarme la dirección?” preguntó el Guanaco con toda su despreocupación posible, admirando simultáneamente el emparedado rascacielos del Flaco y la habilidad con que había dado el Flaco la primera mordida sin perder nada del exorbitante contenido

- “Creo que no será problema si no es de apuro” dijo el Flaco después de tomar un trago de jugo de manzana mezclado con agua mineral, un refresco muy popular en Alemania conocido como apfelschorle y que era el preferido del Flaco entre los refrescos sin alcohol

- “No, no hay nada de apuro” dijo el Guanaco mirando con cierto desprecio a su emparedado raquítico, comparado con el del Flaco, cierto de que el Flaco no le iba a demandar ninguna explicación indiscreta respecto al caso. Con lo que terminaron el tema para seguir aprendiendo la materia después del canónico refrigerio

- “Acabo de recibir las direcciones de Chapulín y de Pomponio” anunció el Flaco tres semanas más tarde cuando fue a buscar al Guanaco en su cuarto para preguntarle si tenía ganas de tomar una cerveza con él en el bar ubicado en el sótano del tercer dormitorio que tenía esa noche abierto y donde siempre se encontraban con algotros estudiantes de diversas nacionalidades

- “Muchas gracias Flaco” dijo el Guanaco guardando el apreciado papel en su billetera y ambos salieron del edificio del dormitorio con destino al bar número tres, en turno esa noche, y donde estuvieron de tertulia en tertulia con los otros estudiantes, con los que charlaron alegremente hasta que terminaron sus cervezas y se fueron a sus respectivos cuartos

- “Hola Flaco, aquí habla Pomponio” dijo Pomponio al auricular con todo el aplomo de un ejecutivo que sabe cómo abordar cualquier tema en cualquiera circunstancia, diez días más tarde, cuando el Flaco llegó finalmente al teléfono, después que Karl, un estudiante de medicina, residente en el mismo piso, que había tomado la llamada, le dio el recado que alguien lo llamaba por teléfono, probablemente de larga distancia, lo que motivó que el Flaco se apurase a llegar a la casilla del teléfono contigua al cuarto de baño con las duchas detrás del ascensor con pasillo intermedio dando a los otros dos pasillos de acceso a los cuartos, plano idéntico para todos los pisos y edificios del complejo, pasillo en forma de hache y opuesto a la cocina común con balcón donde acostumbraba reunirse el mocerío cada viernes para jugar al póker, después de una cena común canónica

- “Míjole… Pomponio, gusto de escucharte” exclamó el Flaco ofreciendo acceso a Pomponio para un retozo democrático del oído por vías del auricular con toda su inocencia típica, mientras se limpiaba un poco el sudor de la frente con la palma de la mano libre y se traía a mente la figura de Pomponio en el colegio y en Bremen: cara fina, cabello abundante, cuerpo un poco chato, pero atlético y de estatura no exagerada, inversamente proporcional a sus ambiciones políticas

- “La próxima semana estoy en Karlsruhe y me gustaría visitarte en Heidelberg por un par de horas” declaró Pomponio esperando consentimiento pleno para superar las incertidumbres del alma en el exilio de todos los desplazados

- “La próxima semana… el martes por la tarde tengo tiempo a partir de las quince horas” dijo el Flaco después de consultar mentalmente su horario de clases que conocía de memoria y que en este caso le daba tiempo holgado para regresar de la universidad, después de clases y del almuerzo en la Mensa central, uno de los cuatro comedores para estudiantes en el centro que tenía los martes generalmente menú con arroz delicioso

- “Me cabe bien, ¿dónde nos encontramos?” replicó Pomponio sin prejuicio, pero con alivio de que todo funcionaba a pedir de boca en el viaje, especialmente después de haber entregado sin percances los panfletos de propaganda política al intermediario en Karlsruhe, encargado del transporte ulterior clandestino a España

- “Lo mejor será que nos encontremos en el edificio donde vivo. La dirección que tenés es la del complejo con las residencias de estudiantes. Estoy alojado en el séptimo piso del edificio número uno, cuarto número nueve, saliendo del ascensor a la derecha y luego a la izquierda hasta el fin del corredor, frente a la puerta de la cocina” especificó el Flaco el camino a seguir hasta su cuarto, considerando que no era coincidencia que Pomponio buscara el contacto, después de meses de silencio y de haber dado al Guanaco, a su demanda, la dirección de Pomponio en Berlín

- “Perfecto, entonces hasta el martes a eso de las tres de la tarde” concluyó Pomponio terminando la llamada telefónica para contactar, seguidamente, al Guanaco, marcando el número que el Guanaco había indicado en su misiva pidiendo audiencia un par de semanas atrás

- “Aquí habla Pomponio. Usted me escribió pidiendo consulta para el estudio” explicó Pomponio al Guanaco cuando lo obtuvo, casi instantáneamente, al otro lado de la línea, ya que el Guanaco residía en el cuarto número dos del quinto piso del edificio dos, enfrente de la casilla telefónica y atendía frecuentemente el teléfono del piso cuando estaba presente y tenía tiempo, como fue entonces el caso

- “Eso es correcto. A como le había escrito, el Flaco me dio su dirección y deseo hablar con usted sobre las posibilidades de especialización en Berlín, a como ya había indicado en mi carta” repitió el Guanaco a rasgos generales lo que ya había indicado en su carta a Pomponio, directa indirectamente o concreta inconcretamente para no revelar la verdadera intención en caso de intercepciones postales muy comunes en aquel entonces en toda Alemania

- “Lo que usted desea es posible y también recomendable para su carrera, pero los detalles los prefiero discutir en persona. Yo estoy la próxima semana en Karlsruhe y ya he acordado un encuentro con el Flaco para el martes por la tarde. Sugiero que nos encontremos casualmente dicho martes por la tarde donde el Flaco para conocernos y para acordar otro encuentro más privado para el miércoles o jueves” especificó Pomponio su sugerencia, que naturalmente daba pie con bola en su itinerario estrecho con innumerables conferencias por todas partes en Alemania, preparado minuciosamente la semana pasada unánimemente con el Comité

- “Estupendo. Entonces nos vemos el martes por la tarde donde el Flaco” constató el Guanaco y terminó la conferencia telefónica muy complacido con la perspectiva del encuentro, aunque todavía no sabía a ciencia cierta, qué papel jugaba el capitalista social Pomponio, quien estudiaba en Berlín Oriental y vivía en Berlín Occidental, según había entendido las observaciones del Flaco dispersadas entre las muchas charlas pasadas sobre otros temas y que sabiamente había evitado profundizar con preguntas

- “Hola Flaco del carajo, te ves bien alimentado” dijo Pomponio en forma de saludo jovial al Flaco cuando éste abrió la puerta de su cuarto en respuesta al toque de redoble a la puerta de un redoblador profesional discreto con pasado de banda de guerra escolar

- “Bueno, no me miro tan bien alimentado como vos, Pomponio, pordiosero de polleras” dijo el Flaco redondeando con la mano derecha la zona de la barriga para acentuar lo que quería decir en términos de panza bien cuidada antes de dar un abrazo cordial de bienvenida al famoso burlador de Providencia

- “Es la política que me mata” explicó Pomponio lo que no tenía que explicar, pero que le daba mucho dolor de cabeza en su vanidad socialista cuando se miraba en cualquier espejo circunstancial que cruzaba su camino

- “Tengo el gusto de presentarte a mi compañero de estudios, el Guanaco” dijo el Flaco semi-girando de tal forma que Pomponio tenía acceso libre al cuarto, donde el Guanaco esperaba para saludar a la visita con todo el respeto debido de un escolar a su superior

- “¡Mucho gusto caballero!” declaró Pomponio en forma natural lo que la etiqueta demandaba en tales casos y que salía de su boca con el tono sincero de un presentador profesional y ancestral de televisión

- “¡El gusto es mío!” replicó el Guanaco con su mejor mímica de buena educación estrechando humildemente la mano del potentado y cambiaron un par de minutos las banalidades típicas en tales encuentros

- “Oíme Flaco, antes de venir ya he chequeado en mi hotel en el centro y dejé el carro parqueado en el hotel porque tienen parqueo y creo que es más fácil para mi regreso al hotel después de la cena” detalló Pomponio para coordinar su previa actividad con los planes del Flaco

- “¿Hasta qué hora tenés tiempo esta noche?” preguntó el Flaco echando un vistazo al reloj

- “Hasta la diez” especificó Pomponio

- “Entonces es mejor que vayamos directamente a la ciudad pues el bus viene en diez minutos” propuso el Guanaco y salieron del cuarto

- “¿Ya has estado en Heidelberg?” preguntó retóricamente el Flaco, pues sabía que Pomponio nunca había estado antes en Heidelberg, en el camino al ascensor

- “No, todavía no he tenido el placer de visitar esta famosa ciudad de Alemania” respondió el lisonjero Pomponio cuando abordaron el ascensor hacia abajo

- “Si querés podemos visitar el centro histórico y la universidad de Heidelberg” propuso el Flaco lo que ya había planeado el fin de semana, cuando salieron del ascensor en la planta baja

- “Buena idea y, luego los invito a cenar en algún restaurante por allí” añadió Pomponio, seguro que nadie se opondría a su propuesta siguiendo a sus guías al vestíbulo donde había una pared llena de casillas postales

- “Me rindo a la violencia de la invitación” expresó el Guanaco muy complacido, mientras el Flaco sacaba el correo de su casilla postal y cambiaba algunas palabras con otros estudiantes en el vestíbulo, haciendo lo que era costumbre, lo que Pomponio aprovechó para arreglar algo con el Guanaco para el día siguiente guiando al Guanaco fuera del edificio, de manera que el Flaco no podía captar lo que ellos hablaban, aunque los podía ver a través de los ventanales del frente izquierdo del edificio

- “¿Tenés tiempo mañana?” preguntó directamente Pomponio al Guanaco en estilo telegrama, una vez que estaban fuera del alcance de las orejas del Flaco delante del edificio

- “Después del seminario estoy libre a partir de las cinco” respondió conspirativa y brevemente el Guanaco respirando a fondo el aire fresco que siempre corría delante del edificio

- “Entonces, nos vemos mañana a las cinco en la ciudad, ¿alguna sugerencia?” demandó Pomponio

- “El portal de la universidad sería adecuado. Te lo indico más tarde cuando pasemos por allí” dijo el Guanaco dando la espalda al Flaco que se apresuraba a terminar el diálogo con los otros estudiantes para alcanzar a Pomponio y al Guanaco que comenzaron a marchar parsimoniosamente a la parada del bus con destino a la universidad

- “El bus es el medio de transporte más cómodo para ir a la universidad” explicaba el Guanaco cuando el Flaco los alcanzó captando todavía la última frase del Guanaco

- “Para ir a la universidad o a la ciudad, lo que en este caso es lo mismo” completó el Flaco tirando la propaganda que todavía había en su correo en la papelera situada estratégicamente en la parada del bus mientras esperaban la llegada del bus que siempre circulaba a tiempo

- “La universidad de Heidelberg es una de las más antiguas de Europa” expuso el Guanaco, con lo que dio cuerda al Flaco para contar todas las observaciones de interés turístico durante el transporte a la universidad, parada final del bus

- “En la plaza de la universidad tenemos la vieja y la nueva universidad. Nosotros vamos primero a la nueva universidad para ver el Aula máxima, la sala de lecturas 13 y la cafetería de los estudiantes en el sótano, el Kakaobunker. A continuación, hacemos algo de cultura y visitamos la vieja universidad” continuó el Flaco con el aplomo de un vendedor ambulante al final de su jornada

- “Antes de entrar a la universidad por el portal principal me permito hacer referencia al lema sobre el portal ‘dem lebendigen Geist’, algo así como ‘para el espíritu vivo‘, una frase original del Germanista Friedrich Gundolf que los nazis cambiaron en 1936 en ‘dem deutschen Geist’, lo que se cambió nuevamente después de la guerra” explicó el Guanaco, haciendo señal inteligente e imperceptible a Pomponio de que ese sería el punto de encuentro para el miércoles, lo que Pomponio confirmó con la cabeza sin que el Flaco se enterara del diálogo no-verbal de los dos

- “La vieja universidad comprende la sede del rectorado y el Aula, donde todavía se dan lecturas y por las noches hay también veladas de diferente naturaleza” detalló el Flaco el hito de la vieja aula preñada de fantasmas

- “¿Se puede visitar la famosa Aula?” preguntó Pomponio siempre interesado en temas de cultura general

- “Sí, si no hay lecturas podemos entrar y admirar los escaños y la decoración de madera antigua” explicó el Flaco abriendo cautelosamente la puerta del Aula para comprobar con gran alivio que estaba libre, haciendo señas para que los dos le siguieran al interior del Aula donde admiraron la decoración original de 1886

- “Dicen que tiene una acústica estupenda” anotó Pomponio admirando el piano de cola colocado en sitio estratégico para algún concierto próximo

- “Esta es la razón por la que siempre se dan conciertos y recitales en el Aula” añadió el Guanaco señalando al piano que Pomponio había admirado un poco antes

- “La próxima vez que vengás, podemos visitar con más tiempo la biblioteca con sus preciados manuscritos. Ahora podemos ir al Riviera, un restaurante italiano muy frecuentado por los estudiantes a la vuelta de la esquina en la Hauptstrasse” dijo el Flaco cuando salieron de la vieja universidad en dirección de la Hauptstrasse, donde doblaron a mano derecha y caminaron hasta llegar al Riviera, donde fueron recibidos con mucha atención por Gerardo, el camarero jefe, quien les señaló una de las mesas acostumbradas mientras buscaba el menú, lo que el Flaco rechazó decentemente con la mano como parroquiano habitual

- “¿Qué me recomiendan?” preguntó Pomponio con la diplomacia de un lagarto con un gran hueco en el estómago

- “Pizza, Spaghetti y Lasagne son los mejores platos” declaró el Guanaco ya seguro de lo que iba a ordenar esa noche

- “¿Qué quieren ustedes?” preguntó Pomponio sin prejuicio ya que daba por cierto que la cocina del restaurante producía buena calidad para los estudiantes críticos que poblaban como avispas el local

- “Pizza Prosciutto e funghi” respondieron en coro y espontáneamente el Flaco y el Guanaco sin haberse puesto de acuerdo de antemano

- “Entonces, Pizza Prosciutto e funghi para todos” ordenó Pomponio para completa satisfacción de Gerardo, el camarero jefe que siempre los atendía

- “Prego dottori” dijo Gerardo cuando sirvió las pizzas esperando la complacencia obligatoria y unánime de la mesa

- “Mille grazie Gerardo” dijo el Flaco mientras cada uno probaba su pizza, lo que produjo en los tres una mímica de asentimiento legítima que permitió el retiro satisfecho y discreto de Gerardo

- “En verdad, la pizza era deliciosa, pero ahora tengo que despedirme de ustedes porque estoy todavía muy cansado del viaje y mañana tengo un día pesado con muchas conferencias” dijo Pomponio después de haber cancelado la cuenta con la adecuada propina para Gerardo, cuando se levantaron de la mesa para salir del local

- “Bueno, te acompañamos al hotel para que no te perdás en el camino” dijo el Flaco y lo acompañaron al hotel que no estaba lejos de una de las paradas del bus y se despidieron de Pomponio para tomar el bus de regreso a la residencia mientras repasaban de memoria la materia que iban a tratar al día siguiente en el seminario

- “Pomponio es un tipo simpático y parece ser un tipo con mucho pisto” se atrevió a observar el Guanaco entremedio tratando de explorar un poco la mente del Flaco en cuanto a Pomponio

- “¿Pisto?” preguntó un poco despistado el Flaco ya que desconocía el término que seguro era regionalismo salvadoreño

- “Plata” explicó el Guanaco el significado del término en forma concisa para un forajido colombiano

- “¡Ah!, entiendo… Pomponio siempre ha sido un maestro de la diplomacia y un camaleón por excelencia que aprovecha siempre todo para su ventaja” respondió el Flaco sin revelar mucho de lo que pensaba sobre Pomponio y continuaron discutiendo los temas de la lectura y del seminario del siguiente día hasta llegar a la entrada de la residencia del Flaco, donde se despidieron con la brevedad correspondiente de dos guerreros muy cansados después de un largo día

- “Tuvimos mucha suerte con lo que habíamos preparado ayer para la lectura” observó el Guanaco al día siguiente, en camino a la mensa mientras ordenaba sus cuadernos y bloques de noticias en su bulto

- “¡Viejo, qué suerte! El profesor estaba muy contento con nuestras aportaciones” dijo el Flaco después de haber obtenido el azafate con la comida, buscando un asiento libre en una de las últimas mesas del comedor, donde solían sentarse para tomar el almuerzo

- “Te apuesto que en el seminario de la tarde nos va a dar sendas ponencias a presentar en dos semanas y esto en medio de nuestros exámenes para el diploma” se atrevió el Guanaco a enunciar el augurio eminente que el Flaco ya temía iba a pasar inevitablemente