El mulato - Aluísio Azevedo - E-Book

El mulato E-Book

Aluísio Azevedo

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Beschreibung

Como suele ocurrir con algunas de las novelas fundamentales del continente americano, "El mulato", un verdadero clásico de la narrativa brasileña, rompe los moldes europeos en los que se basa y consigue un tejido extraño, nuevo, engañosamente ingenuo, donde el naturalismo se libera de toda ortodoxia para dejarse conteminar por el dinamismo y la sorpresa del folletín romántico, la novela de aventuras o de misterio. Una combinación feliz y excéntrica que los lectores no podemos dejar de celebrar. Cumpliendo a cabalidad la máxima borgiana de que los libros se corrigen solos con el paso de los años, "El mulato" demuestra que su arsenal de clichés, sus estrafalarios personajes y todo el color local de sus descripciones están en realidad al servicio de una trama delirante que acaba configurando una lúcida parábola política y un alegato feroz contra las escuelas sociales del colonialismo y la educación clerical.

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Veröffentlichungsjahr: 2015

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ALUÍSIO AZEVEDO

El mulato

Traducción de

Juan Sebastián Cárdenas

EDITA A. Machado Libros

Labradores, 5. 28660 Boadilla del Monte (Madrid)

[email protected] • www.machadolibros.com

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni total ni parcialmente, incluido el diseño de cubierta, ni registrada en, ni transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro sin el permiso previo, por escrito, de la editorial. Asimismo, no se podrá reproducir ninguna de sus ilustraciones sin contar con los permisos oportunos.

© de la traducción: Juan Sebastián Cárdenas, 2008

© de la presente edición: Machado Grupo de Distribución, S.L.

DISEÑO DE LA COLECCIÓN: M.a Jesús Gómez, Alejandro Corujeira y Alfonso Meléndez

REALIZACIÓN: A. Machado Libros

ISBN: 978-84-9114-002-3

INTRODUCCIÓN

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Un velo de Maya Kitsch

1. HAGAMOS LA pregunta sin rodeos: ¿por qué valdría la pena reeditar El mulato si su autor, como nos informan las enciclopedias, no es más que un oscuro representante de la apolillada escuela naturalista brasileña? Es evidente que la introducción de este libro es también un intento de poner en suspenso una serie de prejuicios culturales muy arraigados: a su condición de escritor decimonónico, se le suma la de pequeña gloria de una tradición menor subsidiaria de otra mayor, en suma, alguien que se limitó a aclimatar técnicas europeas en tierras americanas y cuyas obras a lo sumo merecerían el comentario desdeñoso que alguien hizo a propósito de las ciudades latinoamericanas, a saber, que pasan de la barbarie a la decadencia sin hacer escala en el esplendor.

Desde semejante posición resultaría fácil y bastante cómodo dejar a Aluísio Azevedo descansando en su sepultura. Así que, ¿por qué reeditarlo? ¿Por qué traducirlo? ¿Para qué una mala copia americana cuando tenemos disponibles los originales europeos?

Una respuesta simple atañe a las condiciones reales y objetivas en las que El mulato vio la luz. Pero una menos obvia pasa por comprender en qué medida la obra deja de atenerse a esas mismas condiciones y es capaz de seguir suscitando opiniones y nuevas tomas de posición.

Como se ha señalado repetidas veces, el clima de recepción de El mulato no habría podido ser mejor. El auge de las popularísimas adaptaciones teatrales de obras de Zolà y otros naturalistas europeos, la agitación política promovida desde la prensa por un amplio sector de jóvenes republicanos, antimonárquicos y anticlericales, abanderados de la causa abolicionista, o el evidente desgaste de las estructuras burocráticas del Segundo Imperio, fueron algunos de los factores que jugaron a favor de la difusión de la novela. En el prefacio a la tercera edición, de 1889, Azevedo deja constancia de la excelente acogida que recibió el libro entre importantes personalidades de las letras brasileñas de aquel entonces, tales como Sílvio Romero, Araripe Júnior o Clóvis Bevilácqua. A dicho éxito contribuyeron las acaloradas polémicas suscitadas por El mulato tanto en periódicos de tirada nacional como en diarios locales del Maranhão –polémica muchas veces avivada por el propio Azevedo con artículos convenientemente firmados con pseudónimos–. Hay que resaltar que para entonces, a pesar de su corta edad, Azevedo ya tenía una amplia experiencia como columnista y caricaturista satírico en numerosas publicaciones de marcado acento liberal y anticlerical, así que conocía bien los mecanismos del escándalo publicitario y la propaganda de agitación. Entre los diecinueve y los veintiún años ya había pasado por la redacción de al menos tres publicaciones relevantes de Río de Janeiro y posteriormente, en 1879, tras la muerte de su padre –hecho que lo obligó a dejar la capital y regresar a São Luís de Maranhão, la ciudad en la que había nacido en 1857– fue cofundador del diario humorístico A Flecha y participó activamente en la creación de la revista progresista O Pensador. En 1881, estando aún en São Luís, Azevedo publicó El mulato, y las reacciones no se hicieron esperar. El diario ultracatólico Civilização promovió una intensa campaña en contra del libro, que a la postre redundó en el aumento de su difusión. Era apenas natural que el escándalo beneficiara una novela donde el villano es un cura lascivo y el héroe, un mestizo bastardo y masón de exquisitos modales. Ese mismo año, Azevedo volvió a Río de Janeiro, donde compaginó con asombrosa versatilidad su activismo político desde las páginas de los diarios liberales con su trabajo como dramaturgo, escenógrafo, pintor, caricaturista, autor de folletines populares y escritor de novelas cada vez más apegadas a la estética naturalista. Durante los siguientes doce años Azevedo trabajó sin descanso y escribió el resto de su obra, que incluye otras nueve novelas –entre ellas, otro clásico, O Cortiço– y más de una decena de piezas teatrales, crónicas y cuentos. En 1895, seis años después del final del Segundo Imperio, que culminó con el ascenso al poder del general Deodoro de Fonseca, y cuatro después de la firma de la Constitución de los Estados Unidos del Brasil, Aluísio interrumpió su carrera literaria e ingresó al servicio diplomático. Vivió en Vigo, Yokohama, Uruguay, Cardiff, Nápoles, Asunción, La Plata y finalmente, Buenos Aires, donde moriría en 1913 víctima de un paro cardiaco.

Digamos que el argumento dibujado por su biografía es bastante conocido: jovencito provinciano con ambiciones artísticas se muda a la capital, donde ingresa en los círculos bohemios en los que se gesta el inminente cambio social y político que acabará con un decadente sistema, en este caso imperial y basado en una economía feudal esclavista. Su participación en dichos círculos es frenética. Escribe una serie de obras de denuncia que provocan cierto revuelo. No obstante, a pesar de la polémica, su popularidad y prestigio como escritor se consolidan. Finalmente, cuando las condiciones políticas cambian y el poder pasa a manos de sus copartidarios y amigos, el escritor abandona su oficio e ingresa triunfalmente a ocupar su lugar de privilegio en algún órgano del nuevo statu quo. Es, sin duda, la historia de un ascenso social imparable. La vida de un hombre exitoso cuyas posiciones políticas y artísticas acaban imponiéndose –se abolió la esclavitud, se eliminó la monarquía, se liberalizó la economía, empezó un incipiente proceso de industrialización, el naturalismo dejó de resultar escandaloso–. Y aún así, basta regresar a las páginas de El mulato con un ojo puesto en las noticias actuales sobre inmigración, prejuicios étnicos y legislaciones xenófobas para comprobar la rabiosa vigencia de los problemas que aborda la novela. Las cosas, después de todo, no salieron tan bien como el Aluísio diplomático parecía creer y aquel mulato ha regresado una vez más de entre los muertos.

2. Como insinuaba antes, con el paso del tiempo algunas obras se liberan de las condiciones de lectura que en un momento determinaron su recepción e incluso su gestación. Quizás un indicador de la diferencia entre una obra de arte y una reliquia consistiría justamente en la capacidad de la primera para zafarse de las condiciones iniciales de lectura –una capacidad que podríamos identificar con la posibilidad intrínseca del arte para romper el círculo hermenéutico y continuar, digámoslo así, a la deriva–. La reliquia es un documento que representa, es decir, que sustituye y particulariza simbólicamente una ideología dominante dentro de las coordenadas históricas en las que el producto cultural ve la luz. Con la obra de arte sucede todo lo contrario: pasados los años ésta ya no cumple el papel de espejo de su época, ya no se aviene con esas aspiraciones estéticas e ideológicas que acunaron su aparición, en otras palabras, deja de representar y recobra su carácter inefable, su aspecto de pregunta que no acaba de cerrarse.

Esto es justamente lo que ha ocurrido con El mulato. El reduccionismo fisiológico empleado para describir el carácter de los personajes, el tono amargo de las denuncias contra los males sociales o el regodeo en las manifestaciones de la abyección humana, en fin, todos aquellos elementos con los que se juzgó en su momento el grado de fidelidad de la novela a los dictados de la escuela naturalista, no bastan para dar cuenta de las fuerzas que entran en juego en el texto. Más de medio siglo después un reputado árbitro del gusto como Álvaro Lins seguía definiendo a Aluísio como un “realista que nunca dejó de ser romántico” y cuyos libros estaban llenos de elementos “patéticos y sentimentales” a los que se sumaban “personajes superficiales, aspectos panfletarios del argumento, variaciones de planos reales y a veces fantásticos”1. Con todo, hay que decir que los obtusos reproches de Lins constituyen una definición bastante acertada de la colisión de géneros que se produce en El mulato, entre la paleta realista y cierta tendencia a la fantasía alegórica que Aluísio quizás habría heredado de una lectura oblicua de los clásicos románticos –Hugo, sobre todo, pero también Chateaubriand y Kleist–. Al introducir elementos fantásticos o alegóricos, la prosa de Azevedo señala las limitaciones morales y estéticas de cualquier intento de copiar fielmente la realidad. Y es precisamente en ese choque, en ese fracaso de la aspiración realista que acaba por ceder con sana ligereza a las hibridaciones del folletín, es en ese error en la copia del programa naturalista –y por programa entiendo aquí el término informático–, donde se plantea el tema capital del realismo: la crítica de la verosimilitud.

En un brillante ensayo publicado recientemente sobre cómo hablar de política en una novela, después de demostrar que en la caracterización de los personajes comunistas en el cine y la literatura realistas hay un claro intento de desprestigiar cualquier manifestación de las políticas emancipatorias, Belén Gopegui diagnostica que el meollo de la cuestión pasa por la manipulación de la verosimilitud por parte de unos “okupas”, productores del discurso dominante a quienes sería necesario expulsar, “no para ponernos nosotros en vuestro sitio, sino para que cualquiera pueda pasear por ella, por sus dependencias, asomarse a sus ventanas, recorrer sus parques y jardines”2 . La metáfora arquitectónica es muy sugerente pero oculta una serie de puntos oscuros que al menos quiero dejar esbozados: ¿Es acaso posible expulsar a los “okupas de la verosimilitud” sin ejercer una violencia contra ellos y contra el espacio donde se atrincheran? ¿Si la verosimilitud tiene dependencias, ventanas, parques y jardines, quiere decir eso que se trata de una arquitectura preconcebida? Si es así, ¿quién diseñó esa arquitectura? Una vez que recuperemos el espacio, ¿lo dejaremos como estaba y nos limitaremos a “pasear por sus dependencias” o bien podremos intervenir activamente en su remodelación? ¿La verosimilitud es una ruina o es una fábrica en plena producción?

Sea como fuere, imagino que Gopegui ha tomado prestada la idea marxista de la apropiación de los medios de producción y la ha aplicado a la verosimilitud, como si el problema fuera el control de la fábrica y no el propio hecho de que exista dicha fábrica. Lo que quiero decir es que la verosimilitud es una construcción histórica, sujeta a condicionamientos coyunturales de cada época y lugar. Y depende, por otro lado, de lo que se considera normal. Si una pequeña sociedad amazónica considera normal que los objetos inanimados cobren vida, en ese contexto un relato sobre unas piedras parlantes se asume como algo verosímil o incluso realista. Los realistas dan por sentado que las piedras no pueden hablar y desdeñan a los que escriben que las piedras hablan o sencillamente descalifican su trabajo como “literatura fantástica”. Y eso no resultaría tan molesto en un realista reaccionario, pero en un realista que asume una postura revolucionaria es casi intolerable, pues resta importancia o sencillamente ignora el potencial emancipatorio presente en la posibilidad de carnavalizar las convenciones con las que se asume de antemano lo que es normal y lo que no lo es. Por otro lado, si una sociedad construye su normalidad y por ende, su fábrica de la verosimilitud, dentro de unas condiciones de injusticia y explotación, lo más natural sería intentar deconstruir tanto lo primero como lo segundo. En el caso específico de El mulato resulta interesante constatar cómo la caducidad del contexto que hacía posible su verosimilitud es justamente lo que nos devuelve la novela transformada en una fábula política contemporánea, más cerca de El desierto de los tártaros y El mar de las Sirtes que de otras representantes del cerril naturalismo americano.

Asimismo, en su descripción de una sociedad hipócrita, incapaz de aceptar abiertamente que depende de la injusticia, de la presencia constante del mal, del horror y la violencia para mantenerse en pie, El mulato saca a la luz un estado de delirio colectivo aún vigente donde la impresión de lo real, lo que se percibe como el flujo cotidiano de los fenómenos, no sólo a través de la experiencia, sino también mediante las tecnologías de la representación –y Aluísio al menos parecía consciente de que el realismo naturalista era una más de esas tecnologías–, es una construcción falaz, un velo de Maya kitsch que es preciso presentar hasta en sus más irrisorios detalles para que caiga por su propio peso. Y la impresión definitiva es que, en el curso de la inexorable tragedia que se va fraguando con fingida inocencia y afectado candor, el libro no deja absolutamente nada en pie, ni siquiera los propios elementos con los que ha sido construido. Al final todo, empezando por el realismo, queda en suspenso, metido entre paréntesis.

Ahora bien, ¿qué hay detrás de aquel velo? Si nos atenemos a la biografía del autor cabe suponer que Azevedo llegó a creer que el advenimiento de la república acabaría con las injusticias denunciadas por él en sus novelas. En otras palabras, imaginó que la supresión de una forma específica de explotación –la esclavitud de los negros– y las reformas concomitantes del sistema socioeconómico, harían innecesarias las reivindicaciones políticas que inspiraron sus libros. Así que a la pregunta de qué hay tras el velo, Azevedo habría respondido: la carrera diplomática, el general Deodoro Fonseca, el comercio masivo del café, la economía liberal, la constitución del 1891. Es obvio que se equivocaba. Las formas de exclusión, raciales, políticas, religiosas, no han hecho más que crecer y multiplicarse. Por tanto, la pregunta queda en pie: ¿qué hay detrás del velo?

Juan S. Cárdenas

Notas al pie

1 Álvaro Lins, “Dois naturalistas: Aluísio Azevedo e Júlio Ribeiro”, Jornal de crítica (2a Serie), Río de Janeiro, José Olympio, 1943.

2 Belén Gopegui, Un pistoletazo en medio del concierto, UCM, 2008.

1

ERA UN día sofocante y tedioso. La pobre ciudad de São Luís do Maranhão parecía entumecida por el calor. A duras penas se podía salir a la calle: las piedras escaldaban, los ventanales y faroles al sol eran como enormes diamantes, las paredes tenían reverberaciones de plata pulida, las hojas de los árboles ni se movían, las carrozas de agua pasaban a cada instante estremeciendo las construcciones y los aguadores, en mangas de camisa, con los pantalones remangados, invadían sin ceremonia alguna las casas para llenar bañeras y vasijas. En ciertos puntos no había ni un alma en la calle. Todo estaba concentrado, adormecido. Sólo los negros hacían las compras para la cena o se buscaban la vida.

La Plaza Alegría presentaba un aire fúnebre. De un rancho miserable con las puertas y ventanas abiertas de par en par brotaba el gemido de las escarpias oxidadas de una hamaca, mientras una voz de mujer, tísica y aflautada, cantaba en falsete la “gentil Carolina era bela”. Al otro lado de la plaza, una negra vieja, delante de un inmenso tablón de madera, sucio, seboso, lleno de sangre y cubierto por una nube de moscas, pregonaba en un tono muy arrastrado y melancólico: “¡Hígado, riñones y corazón!”. Era una vendedora de sebo.

Los niños desnudos, con las piernitas arqueadas por la costumbre de cabalgar las cinturas maternas, las cabezas enrojecidas por el sol, la piel curtida, las barriguitas amarillentas e infladas, corrían y daban gritos de júbilo elevando sus cometas. Uno que otro blanco movido por la necesidad de salir atravesaba la calle, sudoroso, rojo y acalorado, a la sombra de un enorme paraguas. Los perros, echados en las aceras, lanzaban aullidos que parecían gemidos humanos y con un movimiento irascible mordían el aire queriendo atrapar los mosquitos. Allá, por los lados de São Pantaleão, se escuchaba pregonar: “¡Arroz de Venecia! ¡Mangos! ¡Mocajubas!”. Por las esquinas, en las tiendas vacías, se fermentaba un olor amargo a jabón de tierra y aguardiente. El tendero, sentado en el balcón, se entregaba a la pereza melancólica, acariciando su inmenso pie descalzo. Toda la ciudad se llenaba con el ruido monótono e invariable de las sirenas que venía de la playa de Santo Antônio, señal de que los pescadores volvían del mar. Hacia allá se dirigían las pescaderas, presurosas y diligentes, casi todas negras muy gordas, la batea en la cabeza, contoneando sus amplias caderas y sus tetas opulentas.

Praia Grande y la calle Estrela contrastaban todavía con el resto de la ciudad, porque aquella era justamente la hora de mayor movimiento comercial. En todas las direcciones se cruzaban los hombres sofocados. Se cruzaban los negros en carreta y los vendedores que hacían su trabajo en la calle. Proliferaban los chaquetones de mezclilla parda, con grandes manchas de sudor en omóplatos y axilas. A plena luz del sol, los comerciantes de esclavos examinaban a los hombres y niños que estaban allí a la venta; les revisaban los dientes, los pies y las ingles. Les hacían una pregunta tras otra, los golpeaban con el mango del paraguas en los hombros y los muslos para comprobar el vigor de su musculatura, como si estuvieran comprando caballos. En la Casa de la Plaza, bajo los almendros, en los portales de los almacenes, entre pilas de cajas con cebollas y patatas portuguesas, se discutía el cambio, el valor del algodón, el impuesto al azúcar, la tarifa de los géneros nacionales; corpulentos agentes resolvían negocios, hacían transacciones, perdían, ganaban, trataban de engañarse unos a otros con toda su maña de negociantes, hablando en una jerga que sólo ellos entendían, intercambiando bromas pesadas, si bien, en un derroche de amistad y camaradería, los rematadores cantaban en voz alta el precio de las mercaderías con una afectada apertura de vocales. Decían: “mil-rais”, en lugar de mil réis. A la puerta de las casas de subasta se aglomeraban los que querían comprar o los simples curiosos. Un caliente y grosero bullicio de feria flotaba en el aire.

El rematador guiñaba los ojos de un modo bastante expresivo. Empuñando el martillo con aire trágico, erguía el brazo para enseñar una copa de cachaça o, cómicamente acurrucado, hacía tambalear los bultos de harina o maíz. Y cuando llegaba el momento de dar por cerrado un trato, repetía a gritos el precio muchas veces y daba un ruidoso golpe con el martillo, arrastrando la voz en un tono cantarín y estridente.

Por la plaza se veían pasear los imponentes y monstruosos vientres de los capitalistas; se veían cabezas de color escarlata o ya sin pelo, goteando sudor por debajo del sombrero; risitas de protección, bocas sin bigote dilatadas por el calor, ágiles y sudorosas piernas enfundadas en los pantalones de mezclilla de Hamburgo. Y toda esa actividad, siendo como era un tanto fingida, parecía general y contagiosa. Incluso los ricos ociosos que iban allí sólo para tener algo que hacer en el día, los vendedores que mataban el tiempo y hasta los vagabundos desempleados, aparentaban diligencia y prisa.

El porche del rico Manuel Pescada, un porche amplio y sin cielorraso que cubriera las ripias y travesaños que soportaban el tejado, tenía un aspecto más o menos pintoresco, con su hermosa vista sobre el río Bacanga y sus celosías pintadas de verde-parís. Todo el porche se abría hacia un patio estrecho y largo, donde, a la caída del sol, languidecían dos pitangueros y se paseaba solemne un pavo real.

Las paredes, cubiertas de azulejos portugueses y rematadas en lo alto con papel pintado, mostraban en sus repetidas escenas de caza algunos puntos ya sin tinta y manchas blanquecinas que hacían pensar en parches de un pantalón raído.

Al lado, imponente junto a la mesa del comedor, seerguía un viejo mueble de jacarandá pulido, muy bien conservado, con los vidrios impecables para exhibir las platas y porcelanas de gusto moderno. En una esquina, olvidada en su caja de pino barnizado, dormía una máquina de costura Wilson, de las primeras que llegaron al Maranhão. En los intervalos de las puertas, simétricamente dispuestos, había cuatro estudios de Julien que representaban las estaciones del año en litografías. Frente al platero, un reloj balanceaba melancólicamente su péndulo del tamaño de un plato y marcaba las dos. Las dos de la tarde.

No obstante, la vajilla usada en el almuerzo aún estaba sobre la mesa. Una botella blanca con restos de vino de Lisboa hacía destellar la claridad reverberante que venía del patio. En una jaula colgada entre las ventanas de aquel lado gorjeaba un tordo.

Daba pereza estar allí. La corriente del Bacanga refrescaba el aire del porche y daba al ambiente un tono adormilado y apacible. Había una quietud propia de los días inútiles, una voluntad laxa de cerrar los ojos y estirar las piernas. Allá, en la margen opuesta del río, la silenciosa vegetación del Ángel de la guarda estaba provocando buenas siestas en el prado, bajo los mangos. Los árboles parecían extender los brazos, ofreciendo a la gente el sosegado frescor de sus sombras.

–Entonces, Ana Rosa, ¿qué me respondes?...– dijo Manuel estirándose aún más en su silla, presidiendo la mesa, frente a su hija. Sabes bien que no quiero contrariarte…deseo este matrimonio, deseo…pero, en primer lugar, conviene saber si él es de tu agrado. Vamos…¡habla!

Ana Rosa no contestó y continuó embelesada, haciendo girar bajo la punta de sus dedos rosados las migajas de pan que iba encontrando sobre el mantel.

Manuel Pedro da Silva, más conocido como Manuel Pescada, era un portugués de unos cincuenta años, fuerte, rozagante y trabajador. Tenía fama de buen negociante y de simpatizante del Brasil. Le gustaba leer en sus horas de descanso, estaba suscrito a los diarios serios de la provincia y recibía algunos periódicos de Lisboa. De pequeño le habían hecho memorizar varios fragmentos de Camões y tampoco le habían ocultado el nombre de otros poetas. Apreciaba con fanatismo al Marqués de Pombal, de quien conocía muchas anécdotas y cuya firma conservaba en su gabinete –un lugar al que él le sacaba mucho menos provecho que su hija, una fanática de las novelas–.

Manuel Pedro estaba casado con una señora de Alcântara llamada Mariana, muy virtuosa y, como la mayor parte de las maranhenses, estricta en asuntos religiosos. Al morir, la señora dejó un legado de seis esclavos a Nuestra Señora del Carmo.

Aquella época fue muy triste tanto para el viudo como para la hija huérfana, la pobre, justo cuando más necesitaba del amparo materno. Entonces vivían en Caminho Grande, en una casita rústica adonde se habían refugiado en busca de aires más benignos para las dolencias de Mariana. Manuel, sin embargo, que entonces ya era negociante y tenía su almacén en Praia Grande, se mudó después con la pequeña a la planta alta de la calle Estrela, en cuyas tiendas prosperaba, hacía diez años, en el comercio de paños al por mayor.

Para no quedarse sólo con la hija “que ya se hacía mujer”, invitó a su suegra doña Maria Bárbara a abandonar la finca en que vivía y mudarse con él y la nieta. “¡La niña necesitaba de alguien que la guiara, que la condujera! Y si hubiera tenido que meter en casa a una preceptora –¡Dios me guarde!–, ¿qué no habrían dicho por ahí?... ¡En el Maranhão se dice de todo! ¡Lo mejor era que doña Maria Bárbara se decidiera de una vez a dejar el campo y se mudara a la calle Estrela! No habría nada de qué arrepentirse… estaría ahí como en su propia casa: ¡un buen cuarto, buena mesa y absoluta libertad!”.

La vieja aceptó y se mudó a la casa del yerno, llevando a cuestas sus cincuenta y tantos años, con un batallón de sirvientes, sus criadas y con todos los corotos que aún conservaba del tiempo de su difunto marido. Al poco tiempo el buen portugués estaba arrepentido de haber dado aquel paso: pese a ser muy piadosa, pese a no salir del cuarto sin estar bien peinada, sin que le faltara ninguna de las cintas de seda negra con las que enmarcaba con extravagancia su rostro arrugado y macilento, pese a su gran fervor por la iglesia y pese a todas las misas que se tragaba al día, doña Maria Bárbara, pese a todo ello, resultó ser una “mala señora de la casa”.

¡Era una furia! ¡Una víbora! Golpeaba a los esclavos por hábito y por gusto, sólo hablaba a gritos y cuando se ponía a reñir —¡Dios nos ampare!—, ¡incomodaba a todo el vecindario! ¡Insoportable!

Maria Bárbara tenía el auténtico tipo de las viejas maranhenses criadas en la hacienda. Hablaba mucho de sus abuelos, casi todos portugueses, y era muy orgullosa, llena de escrúpulos de sangre. Cuando hablaba de los negros les decía “los sucios” y cuando se refería a un mulato decía “el animal”. Siempre fue así, y ninguna tan devota como ella: en Alcântara tuvo una capilla en honor a Santa Bárbara y obligaba a todos sus esclavos a rezar en ella cada noche, en coro, con los brazos abiertos, a veces encadenados. Recordaba entre grandes suspiros a su marido “el señor João Hipólito”, un portugués fino, de ojos azules y cabellos dorados.

Este João Hipólito fue un brasileño adoptivo que alcanzó cierta posición en la Secretaría del gobierno de la provincia. Murió con el rango de coronel.

Maria Bárbara sentía una profunda admiración hacia los portugueses, les dedicaba un entusiasmo sin límites y los prefería en todo a los brasileños. Cuando Manuel Pedro, que entonces era apenas un principiante en el comercio de la capital, pidió la mano de su hija, la señora dijo: “¡Bien! ¡Al menos estoy segura de que es blanco!”.

Pero Pescada no comprendió a su esposa ni fue amado por ella. La virtud, o tal vez fuera simplemente la maternidad, apenas consiguió hacer de Mariana una compañera fiel. La esposa vivió exclusivamente para la hija. Y es que la desgraciada, desde los quince años, hallándose aún en el irresponsable arrebato del primer amor, había elegido al hombre a quien entregaría su alma por el resto de su vida. Ese hombre, que hoy forma parte de la historia del Maranhão, era el agitador José Candido de Moraes e Silva, conocido con el apodo de Farol. Hizo todo lo posible para casarse con él, pero todos sus esfuerzos fueron en vano, no sólo por obra de las persecuciones políticas que atribularon la corta existencia de aquella fenomenal criatura desde su juventud, sino también por la inflexible oposición que semejante idea encontró en la propia familia de la muchacha, cuyo destino quedó, pues, ligado a la suerte del desventurado maranhense. ¿Quién diría que aquella pobre moza, nacida y criada en los sertones del Norte, sentiría, como cualquier hija de las grandes capitales, la mágica influencia que los hombres superiores ejercen sobre el espíritu femenino? Lo amó sin saber por qué. Sintió la fuerza dominante de su mirada, los ímpetus revolucionarios de su carácter americano, el heroísmo patriótico de su individualidad tan superior al medio en que floreció. La conmovieron las frases apasionadas y vibrantes de indignación con que éste fulminaba a los explotadores de su patria estremecida y a los enemigos de la integridad nacional. Y todo eso, sin que ella misma fuera capaz de explicarlo, la hizo apasionar por aquel bello y temerario mozo con todo el ardor de su primer deseo de mujer.

Cuando en la calle Remédios, que en aquel entonces era todavía un arrabal, el desdichado héroe, con poco más de veinticinco años, sucumbió al yugo de su propio talento y de su honra política, oculto, forajido, lleno de desdicha, odiado por unos como un asesino y adorado por otros como un dios, la pobre señora se dejó poseer por una gran tristeza que acabó por convertirla en una mujer débil y enferma, fea y cada vez más melancólica, hasta que murió silenciosamente pocos años después que su amado.

Ana Rosa no llegó a conocer a Farol, pero la madre, muy en secreto, le enseñó a comprender y respetar la memoria del talentoso revolucionario, cuyo nombre de guerra aún despertaba entre los portugueses la antigua rabia del motín del 7 de agosto de 1831: “Hija mía”, le dijo la infeliz ya en vísperas de su muerte, “no permitas nunca que te casen sin que ames de veras al hombre destinado a ti como marido. ¡No te cases por casarte! ¡Recuerda que el matrimonio debe ser siempre la consecuencia de dos inclinaciones irresistibles! La gente debe casarse porque ama y no amar porque ya se casó. ¡Si haces lo que te digo serás feliz!”. Finalmente le hizo prometer que, si algún día intentaban obligarla a aceptar una orden en contra de sus deseos, se rebelaría contra todo para evitar semejante desgracia, especialmente si ya estuviera enamorada de otro, y que en tal caso, fuese quien fuese este hombre, cometería los mayores sacrificios, que arriesgaría la propia vida por él, pues en eso consistía precisamente la verdadera honestidad de una moza.

Y esos fueron los consejos que Mariana le dio a su hija. Ana Rosa era aún muy pequeña, así que ni supo comprenderlos ni tenía edad para intentar hacerlo. Sin embargo, tan ligados estaban a la muerte de su madre que el recuerdo no le venía a la memoria sin las palabras de la moribunda.

Manuel Pedro, pese a su bondad, era uno de esos hombres más que ajenos a las sutilezas de los sentimientos. Para otra mujer habría sido un excelente esposo, pero no para Mariana, cuya sensibilidad romántica, lejos de conmoverlo, era no pocas veces un motivo de fastidio. Al enviudar no sintió, a despecho de su bondad natural, más que cierto disgusto por la ausencia de una compañera a la que ya se había acostumbrado. Con todo, no pensó en volver a casarse, convencido como estaba de que el afecto de la hija le alcanzaría de sobra para amenizar sus arduas jornadas de trabajo, y que con el auxilio inmediato de la suegra le bastaría para garantizar la decencia de su casa y el buen manejo de los gastos domésticos.

Ana Rosa, pues, creció entre los desvelos insuficientes de su padre y el mal genio de su abuela. Aún así, además de haber memorizado la gramática del Sotero dos Reis, leía uno que otro libro, tenía rudimentos de francés y tocaba cancioncillas sentimentales a la guitarra y al piano. No era tonta. Tenía la intuición perfecta de la virtud, un trato agradable y a veces lamentaba no ser más instruida. Era diestra con la aguja, bordaba como pocas y tenía una gargantita de contralto que daba gusto oírla.

Tanto es así que, de pequeña, había servido varias veces como ángel de la Verónica en las procesiones de la cuaresma. Y los canónigos de la catedral elogiaban el metal de su voz y le daban grandes cucuruchos de almendras de Mendubim, muy engalanados con su tosca y característica pintura facial hecha de goma arábiga y tintes de botica. En esas ocasiones ella se sentía radiante, con las mejillas rojas de carmín, la cabeza cubierta de rizos artificiales y el vestido amplio y corto como de bailarina. Y muy oronda, ufanándose de su guirnalda de oro y plata y de sus trémulas alas de cartón y gasa, caminaba triunfante y feliz por el pasillo que formaban las hermandades religiosas, atada a su padre por un pañuelo que representaba las promesas hechas por la madre o la abuela en tiempos de enfermedad en la familia.

Y así fue creciendo, siempre hermosa. De Mariana tenía los ojos negros y los cabellos castaños, mientras que del padre había heredado la firmeza corporal y unos dientes fuertes. Con la cercanía de la pubertad se insinuaron los caprichos románticos y las fantasías poéticas: le gustaban los paseos a la luz de la luna, las serenatas. Junto a su cuarto, mandó arreglar un gabinete de estudio con una pequeña biblioteca de poetas y novelistas. Tenía una figura en biscuit de Pablo y Virginia sobre la estantería y, escondido tras el espejo, el retrato de Farol que heredara de su madre.

Leyó con entusiasmo Graziella de Lamartine. Lloró mucho con esa lectura y desde entonces, todas las noches antes de dormirse, procuraba instintivamente imitar la sonrisa inocente que la procitana ofreciera a su amante. Era buena con los pobres, adoraba los pajaritos y no podía ver que alguien matara frente a ella ni siquiera una mariposa. Era un poco supersticiosa: no le gustaba ver chinelas bajo la hamaca y sólo se cortaba el pelo durante el cuarto creciente de la luna. “No es que crea en esas cosas”, se justificaba ella, “pero lo hago porque otros lo hacen…”. Hacía mucho tiempo que, sobre la cómoda, tenía una estampa litográfica y colorida de Nuestra Señora de los Remedios ante la cual rezaba todas las noches antes de dormir. Nada le parecía mejor y más agradable que un paseo por Cutim, de modo que cuando supo que se proyectaba la construcción de una línea de tranvías para esa zona sintió una satisfacción violenta y nerviosa.

Una vez cumplidos los quince años, ella comenzó poco a poco a descubrir extraños cambios. Percibió, sintió que una transformación importante se llevaba a cabo en su espíritu y su cuerpo: la sobresaltaban terrores infundados, la asaltaba la tristeza sin un motivo justificable. Un día, por fin, se despertó aún más preocupada, así que se sentó en la hamaca para reflexionar. Y con gran sorpresa reparó en que sus miembros últimamente se habían hecho más redondeados. Notó también que en todo su cuerpo la línea curva había suplantado a la recta y que sus formas eran ya por completo las de una mujer.

Entonces le vino un sobresalto de dicha que no tardó en convertirse en tristeza: se sentía muy sola, no le bastaba el amor del padre y de la vieja Bárbara. Quería un afecto más exclusivo, más suyo. Recordó entonces sus enamoramientos y se rió: “¡cosas de niña!”.

A los doce años se había encaprichado por un estudiante del Liceo. Habían conversado tres o cuatro veces en la sala del padre y ambos creyeron de veras estar enamorados. Poco después el muchacho siguió con sus estudios en la Escuela Central de la corte y ella jamás volvió a pensar en él. Después fue un oficial de la Marina. “¡Qué bien le quedaba el uniforme!... ¡Qué mozo tan guapo! ¡Atractivo! Y lo bien que se vestía…” Ana Rosa llegó a iniciar el bordado de unas babuchas que pensaba regalarle. Sin embargo, antes de que ella hubiera terminado con el primer pie, el muy bandido ya había desaparecido a bordo de la corbeta Baiana. A continuación vino un empleado de comercio. “¡Muy buen muchacho! ¡Muy cuidadoso con la forma de vestir y las uñas!... ”. Le parecía estar viéndolo todavía, metódico, escogiendo las palabras para pedirle que le concediera “la altísima honra de bailar una cuadrilha”.

–¡Ah, qué tiempos!– decía, aunque prefería no pensar en semejantes sandeces. “¡Cosas de niña, cosas de niña!”. Ahora lo que le convenía era un marido. “Uno mío”, el verdadero, legal. El hombre de su casa, el dueño de su cuerpo, alguien a quien ella pudiera amar abiertamente como amante y obedecer en secreto como esclava. Necesitaba entregarse y dedicarse a alguien. Sentía la absoluta necesidad de demostrar su competencia, pues se sabía capaz de ello, para hacerse cargo de una casa y educar a muchos hijos.

Con estos devaneos le venía siempre un leve estremecimiento febril, se quedaba excitada, idealizando a un hombre fuerte, valiente, con un gran talento y capaz de matarse por ella. Y en sus sueños agitados se dibujaba una silueta confusa pero encantadora que sorteaba precipicios para llegar a su lado, con el único objeto de hacerse merecedor de una sonrisa, de una dulce esperanza de matrimonio. Y soñaba con la boda: ¡un banquete espléndido! Y junto a ella, al alcance de sus labios, un joven apasionado y hermoso, un conjunto de fuerza, gracia y ternura que a sus pies ardía de impaciencia y la devoraba con miradas de fuego.

Después se veía como ama de casa, pensando mucho en los hijos, se soñaba feliz, muy dependiente de la prisión del nido y del dominio cariñoso de marido. Y soñaba con unos hijitos rubios, tiernos, balbuciendo graciosas y conmovedoras fruslerías, llamándola “mamá”.

–¡Oh! ¡Qué bueno sería!... Y pensar que hay mujeres por ahí que están en contra del matrimonio.

No. Ella no podía admitir el celibato, sobre todo para la mujer… “Para el hombre vaya y pase…viviría triste, sólo, pero en todo caso no dejaría de ser un hombre. Tendría otras distracciones. Pero una pobre mujer, ¿qué mejor futuro podría ambicionar sino el del matrimonio? ¿Qué placer más legítimo que la maternidad? ¿Qué compañía más alegre que la de muchos niños, esos diablitos tan encantadores?”. Y es que siempre le habían gustado mucho los niños: en no pocas ocasiones le pedía a algunos padres que enviaran a sus hijos a hacerle compañía y, en cuanto los tenía en casa, no consentía que nadie más se ocupara de ellos. Quería encargarse ella misma de darles de comer, de lavarlos, vestirlos y arrullarlos. Y estaba constantemente tejiendo camisitas y pañales, haciendo caperuzas y zapatitos de lana, y todo con mucha paciencia, con mucho amor, tal como solía hacer con sus muñecas cuando era pequeña. Si era el caso que alguna de sus amigas se casaba, Ana Rosa siempre le pedía a la novia un clavel del ramo o una flor de azahar de la guirnalda, que religiosamente se ponía en el pecho con un imperdible dorado. Y se inclinaba para mirarlos, cavilando en silencio, hasta que de sus labios brotaba un suspiro largo, muy largo, como el del viajante que en medio del camino ya se siente cansado y todavía no avista su destino.

¿Y el novio? ¿Por qué no venía? Ese hermoso mancebo, tan ardiente y tan apasionado, ¿por qué no se presentaba? ¡Ciertamente no sería ninguno de los hombres que Ana Rosa conocía en la provincia! Y entretanto, ella amaba…¿A quién? No sabía decirlo, pero amaba. ¡Sí! No importaba a quién, pero ella amaba, porque sentía que todo su cuerpo vibraba, fibra por fibra, pensando en ese alguien, íntimo y desconocido para ella; ese alguien que no llegaba y no salía de sus pensamientos, ese alguien cuya ausencia la hacía infeliz y le llenaba la existencia de lágrimas.

Pasaron los meses y nada. Corrieron tres años. Ana Rosa empezó a adelgazar visiblemente. Ahora dormía menos, estaba pálida, en la mesa apenas tocaba los platos.

–¡A ti te pasa algo, pequeña!– le dijo un día el padre, ya incómodo con aquel aire malsano de la hija. –No pareces la misma. ¿Qué es lo que te ocurre, Anica?

No era nada. Y Ana Rosa se sobresaltaba como si hubiera cometido una falta. “Cansancio, nervios, nada de que preocuparse”. Y aún así lloraba.

–¡Pero bueno, qué es esto! ¡Ahora lloras! Así que nada…hay que llamar al médico.

–¿Llamar al médico? ¡Pero papá, no hace falta!

Y tosía. Que la dejaran en paz, que no la estuvieran fastidiando con preguntas. Y tosía aún más sofocada.

–¿Ves? ¡Estás enferma! Llevas todo el día con ese “cof, cof” y lo único que dices es que no hace falta, que no es necesario llamar al médico. ¡No, señora! Con la salud no se juega.

El médico le recetó baños de mar en la Ponta d’Areia.

Los meses que pasó ahí fueron para ella una época deliciosa. Los aires de la costa, los juegos entre las olas, los largos paseos a pie, le devolvieron el apetito y le enriquecieron la sangre. Se hizo más fuerte y llegó a engordar.

Ahí en Ponta d’Areia trabó amistad con doña Eufrasinha, viuda de un oficial del quinto de infantería, un batallón que murió entero en la Guerra del Paraguay. Una mujer muy romántica: hablaba del marido entre requiebros y poetizaba su corta historia: “A dos días de habernos casado, se marchó para el campo de batalla y en el denuedo de su valentía, fue atravesado por una bala de artillería, muriendo al poco balbuceando con el labio ensangrentado el nombre de la esposa estremecida”.

Y con un suspiro hecho de deseos mal satisfechos, la viuda concluía pesarosa que “de los placeres de esta vida había conocido sólo diez días y diez noches”.

Ana Rosa se compadecía de la amiga y escuchaba de buena fe sus bagatelas. En su ingenua y conmovida sinceridad fácilmente se identificaba con la historia singular de aquel casamiento tan infeliz y tan simpático. En más de una ocasión llegó a llorar por la muerte del pobre mozo oficial de infantería.

Doña Eufrasinha instruyó a su nueva amiga en muchas cosas que ésta ni sospechaba: le enseñó ciertos misterios de la vida conyugal; podría decirse que le dio lecciones de amor, le habló mucho de los “hombres”, le dijo cómo una mujer experta debía lidiar con ellos, cuáles eran las mañas y las debilidades de los maridos o de los novios, cuáles eran los tipos de hombre preferibles, qué significaba tener “los ojos muertos, los labios gruesos y la nariz larga”.

La otra se reía. “Nunca me tomé en serio aquellas tonterías de Eufrasinha”. Pero íntimamente, gracias a las instrucciones de la viuda y sin darse cuenta, fue construyendo su ideal. Lo hizo menos espiritual, más humano, más verosímil, más susceptible de ser descubierto, y desde entonces, el hombre, dibujado apenas en el fondo de sus sueños, dio un paso al frente, se acentuó como una figura que hubiera recibido los últimos retoques del pintor y, al verlo tan correcto, pulcro y acabado, lo amó aun más, mucho más, tanto como lo amaría si éste fuera en efecto una realidad.

A partir de entonces, ese fue el ideal, correcto y pulcro, la base de sus deliberaciones respecto al matrimonio, el patrón con el que juzgaría a todo aquel que la cortejara. Si el pretendiente no tenía la nariz, la mirada, el gesto, el conjunto, en últimas, de todo ese modelo, bien podía perder toda esperanza de recibir la gracia de la hija de Manuel Pedro.

Eufrasinha se mudó a la ciudad. Ana Rosa ya había regresado. Se visitaban constantemente.

Y esas visitas, que se volvieron muy íntimas y recurrentes, fueron un consuelo para el afincado celibato de una y para la viudez precoz de la otra.

En el almacén del padre de Ana Rosa trabajaba un joven portugués de nombre Luís Dias; muy activo, económico, discreto, trabajador, con una bonita letra y muy estimado en la plaza. A su favor se contaban envidiables transacciones que demostraban su tino comercial. Nadie sería capaz de hablar mal de tan excelente mozo.

Al contrario, casi siempre que hablaban de él, decían: “¡pobre!” y ese “pobre” en realidad no tenía razón de ser, puesto que a Dias, gracias a Dios, no le faltaba de nada: tenía casa, comida, ropa lavada y almidonada, y sobre todo, el dinero que le dejaba su empleo. Pero lo cierto es que el pobre diablo de hombre, a pesar de sus prósperas circunstancias, inspiraba cierta lástima e impresionaba con su eterno aire de piedad, de súplica, de resignación y humildad. Daba pena e infundía compasión a quien lo viera, tan sumiso, tan pasivo, tan poca cosa, tan bestia de carga. Nadie, en ningún caso, le levantaría la mano sin experimentar la repugnancia de la cobardía. Antes bien, lo elogiaban: “¡Que no se fijen en aquel aire modesto porque ahí tienen a un empleado de verdad!”.

Varios negociantes le hicieron buenas ofertas para tenerlo a su servicio, pero Dias, siempre humilde y cabizbajo, se resistía con firmeza. Y con tanta constancia se opuso a las repetidas propuestas que todo el comercio, dando por hecho su casamiento con la hija del patrón, elogió la elección de Manuel Pedro y profetizó a los novios “un futuro muy hermoso y próspero”.

–Una buena elección, sí señor– decían con la mirada fija en él.

Manuel Pedro veía en aquella criatura, trabajadora y pasiva como un buey de carga y económica como un siervo, al hombre más apropiado para hacer feliz a su hija. Lo quería para yerno y socio; les decía a todos sus colegas que su Dias apenas saca al año, para sus gastos, la cuarta parte de lo ordenado.

–Ya tiene su capital, sin duda– calculaba él. –La mujer que lo quiera se llevará a un buen marido. Éste joven llegará lejos. ¡Tiene un gran porvenir este mozo!

Y poco a poco se fue acostumbrando a tratarlo como parte de la familia y a quererlo y distinguirlo como tal. Sólo faltaba que la pequeña se decidiera. ¡Pero no había caso! ¡Ella no quería ni verlo! Le tenía ojeriza. No podía aguantar ese pelo de escobilla, esa perilla sin bigote, aquellos dientes sucios, esos movimientos torpes de hombre sin voluntad propia.

–¡Un tacaño!– lo clasificaba Ana Rosa frunciendo la nariz.

En una ocasión el padre le habló del matrimonio.

–¿Con Dias?– preguntó espantada.

–Sí.

–¡Pero bueno, papá!

Y soltó una carcajada.

Manuel no se animó a añadir una palabra. En la noche, sin embargo, le contó todo en privado a su compadre, un viejo amigo, íntimo de la casa, el canónigo Diogo.

–¡Optima saepe despecta!– sentenció éste. Es necesario darle tiempo al tiempo, compadre. Esto está hecho…deje correr el barco.

Entretanto, Dias no se alteraba. Esperaba en silencio, pacíficamente, sin levantar la mirada, lleno siempre de humildad y resignación.

2

MANUEL PEDRO, en el porche de su casa, le pidió a la hija una respuesta definitiva respecto al casamiento. Ya habían pasado tres meses desde la estancia de Ana Rosa en Ponta d’Areia.

La hija continuó muda en su sitio, la mirada fija en el mantel de la mesa, como si buscara ahí una respuesta. El tordo cantaba en su jaula.

–Entonces, hija mía, ¿no le das siquiera una esperanza?

–Puede ser…

Y en ese momento se irguió…

–Bien. Así es como quiero verte.

El negociante pasó el brazo por la cintura de la jovencita, dispuesto a seguir conversando, pero fue interrumpido por unos pasos en el corredor.

–Con permiso– dijo el canónigo, ya en la puerta del porche.

–Siga, siga, compadre.

El canónigo entró despacio, con su sonrisa discreta y amable.

Era un viejo agraciado. Tendría al menos sesenta años, pero todavía se lo veía fuerte y bien conservado, la mirada vivaz, el cuerpo firme, aunque ungido de cierta blandura santurrona. Se calzaba esmeradamente con zapatos de charol. Mandaba traer de Europa medias y alzacuellos especiales y cuando sonreía, mostraba unos dientes limpios, todos recubiertos de oro. Tenía unos ademanes decididos, las manos blancas y unos cabellos blancos que daba gusto ver.

Diogo era el confidente y consejero del bueno de Manuel, quien no daba un paso sin consultar al compadre. Se había formado en Coimbra, una ciudad de la que hablaba maravillas. Dado que gozaba de cierta fortuna, se permitía de vez en cuando su viaje a Lisboa, “para ir a descargar los años ganados aquí en la costa”, explicaba el canónigo riendo.

Una vez que hubo entrado, extendió su mano para que Ana Rosa besara su enorme y elaborado anillo de amatista, hecho por encargo en Oporto. Y dándole palmaditas en la mejilla con su mano fina e impregnada de jabón inglés, le dijo:

–¿Qué tal, hija? ¿Cómo van esas rarezas?

Iban bien, muchas gracias. La joven sonrió.

–Y usted, Dindinho, ¿cómo está?

–Como siempre. ¿Qué noticias tiene de doña Babita?

Estaba de paseo.

–¿Acaso no ve la casa más sosegada?– le preguntó Manuel. –Se fue a misa y naturalmente almorzó por ahí con alguna amiga. ¡Dios la conserve por allá! Pero cuénteme, ¿qué milagro lo trae a estas horas por mi casa, compadre?

–Un asunto que le quiero comunicar; particular, una cosa un poco particular.

A continuación Ana Rosa anunció que se retiraría.

–No, no, quédate aquí –le dijo el padre. –Nosotros nos vamos para el despacho.

Y los dos compadres, conversando en voz baja, se fueron rumbo a una salita que había en la parte frontal de la casa.

Era un saloncito pequeño, con dos ventanas que daban a la calle Estrela, el suelo cubierto de esteras, las paredes empapeladas y el cielorraso con tablillas de paparauba pintadas de blanco. Había un escritorio muy alto, con el asiento inclinado, un cofre de hierro, una pila de libros de escrituración mercantil, una prensa con el copiador al lado y un vaso empolvado en cuyos bordes se apoyaba un pincel chato de cerdas anchas. Una silla de mimbre, un cajón con papeles inútiles, una lámpara de gas y dos escupideras.

¡Ah! Y en la pared, sobre la mesa, un calendario del año y otro de la semana, ambos con los sacos repletos de notas y recibos.

Era a esto a lo que Manuel Pedro llamaba pomposamente “su despacho” y donde se encargaba de la correspondencia comercial. Ahí, cuando se entregaba en cuerpo y alma a los intereses de su vida, a sus transacciones, a su trabajo, bien podían estarse muriendo afuera que el hombre no se daba por enterado.

Amaba de veras su trabajo y sería una santa criatura si no fuera por su pequeña manía de querer siempre comerciar con todo, lo cual en ocasiones podía llegar a desvirtuar hasta sus mejores intenciones.

Cuando entraron al saloncito, Manuel fue cerrando la puerta discretamente mientras el otro se apoltronaba en la silla con un suspiro de cansancio, alzándose la sotana lustrosa y de buen tamaño hasta la mitad de la canilla. Manuel encendía con fruición el cigarro de papel amarillo que había tomado del escritorio. El canónigo esperaba con aire espantado, con una noticia pendiendo de sus labios, la boca medio abierta, el tronco inclinado hacia delante, las manos apoyadas en las rodillas, la cabeza erguida, mirándolo con las cejas arrugadas detrás de los anteojos.

–¿Sabe quién está a punto de llegar?– le preguntó por fin, cuando vio a Manuel ya instalado en la silla del escritorio.

–¿Quién?

–¡Raimundo!

Y el canónigo dio una pitada.

–¿Cuál Raimundo?

–¿Cómo que cuál? ¡Mundico, el hijo de José, hombre! Tu sobrino. Aquel niño que tu hermano tuvo con la Domingas…

–Sí, sí, ya sé, ¿pero qué pasa?

–Faltan sólo unos días para que llegue…ahora bien…

El padre sacó unos papeles de la faltriquera y rebuscó entre ellos una carta, que le entregó al negociante.

–Es de Peixoto, Peixoto, de Lisboa.

–¿De Lisboa? ¿Cómo?

–¡Sí, hombre! De Peixoto de Lisboa que está hace tres años en Río.

–¡Ah!... ya veo, porque creía conveniente que el pequeño tenía que estar ahora en la corte. ¡Ah! Llegó el vapor del Sur…

–Pues eso. ¡Lee!

Manuel se puso las gafas sobre la nariz y leyó en silencio la siguiente carta enviada desde Río de Janeiro: “Reverendísimo, amigo y Señor canónigo Diogo de Melo. Nos alivia que ésta lo encuentre en el gozo de la más perfecta salud. Tenemos como fin comunicarle a su Excelencia que, en el paquebote del 15 del corriente, llegará a esa capital el licenciado Raimundo José da Silva, a nuestro cargo por petición de su Excelencia y del Sr. Manuel Pedro da Silva desde que estábamos establecidos en Lisboa. Queremos declarar también, aunque ya en su debido momento lo hubiéramos hecho, que pusimos todo nuestro empeño en hacer que nuestro recomendado entrara como empleado en nuestra casa comercial y que, visto que no lo conseguimos, tomamos entonces la resolución de remitirlo a Coimbra, con la intención de que éste se formara en Teología, cosa que igualmente no se realizó, porque, hecho el curso preparatorio, nuestro recomendado eligió la carrera de Derecho, en la cual se halla formado con distinciones y buenas notas.

Nos queda por declarar también con placer a su Excelencia, que el licenciado Raimundo fue siempre apreciado por sus maestros y condiscípulos y que ha cosechado buena fama en Portugal, así como después en Alemania y Suiza, además de en esta corte, donde, según dice él mismo, tiene la intención de fundar una empresa muy importante. No obstante, antes de establecerse aquí, desea el licenciado Raimundo efectuar en esa provincia la venta de tierras y otras propiedades de que allí dispone, y ese es el motivo de su viaje.

Por esta misma vía le escribimos al Sr. Manuel Pedro da Silva, a quien de nuevo presentamos las cuentas de los gastos que hicimos con su sobrino”.

A continuación venían las formalidades de rigor.

Terminada la lectura, Manuel llamó a Benedito, un criado de la casa, y le ordenó que fuera al almacén para averiguar si ya había llegado la correspondencia del Sur. El criado volvió poco después, diciendo que “todavía no, señor, pero Dias la fue a buscar al correo”.

–¡Hombre, claro!– exclamó Pescada. –El joven está bien encaminado, quiere liquidar lo que tiene por acá y establecerse en Río. ¡No! ¡Siempre tiene que cambiar de rumbo!...

–¡Bueno, bueno, bueno!– resopló el canónigo en tres tiempos. –Mejor no hablemos de eso. Río de Janeiro sigue siendo el Brasil y él haría una auténtica burrada si se quedara aquí.

–Si hiciera…

–Es más, ni siquiera tendría por qué venir, ya que…– continuó Diogo bajando la voz-, aquí nadie ignora su biografía; ¡todos saben de dónde salió!

–No digo que no venga, porque en fin, “el que quiere obedece y el que no quiere manda”, como dicen por ahí. ¡Pero será cuestión de que llegue, despache lo que tenga pendiente y ponga pies en polvorosa de nuevo!

–Eso, eso.

–Además, ¿qué diablos podría quedarse haciendo aquí? Vagando por la calle y gastando lo poco que tiene…claro que tiene alguna cosita para roer, tiene aquellas casas en São Pantaleão, tiene su puñado de acciones, su parte del dinero aquí en la casa, que para algo es socio comanditario y tiene las haciendas de Rosario, esto es, la hacienda, porque una de ellas está sin uso…

–¡La que nadie quiere! –observó el canónigo y fijó la mirada en un punto, dando a entender que alguna triste reminiscencia lo dominaba.

–Creen en las almas del otro mundo…– siguió Manuel. –El caso es que nunca más conseguí darles buen uso. Pues, compadre, me parece que esas tierras son muy buenas para la caña.

El canónigo seguía preocupado por el recuerdo de aquella chacra.

–Ahora –añadió el otro–, lo mejor es que se hiciera cura.

El canónigo volvió en sí.

–¿Padre?

–Era la voluntad de José…

–Vamos, hombre de Dios, déjese de cosas –contestó Diogo, levantándose con ímpetu. –¡Que ya tenemos mucho cura de color por ahí!

–Compadre, no se ponga así, no es eso…