El mundo después - Sandra Labastie - E-Book

El mundo después E-Book

Sandra Labastie

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Beschreibung

«Se acerca el fin del mundo: preparaos». Las estaciones del que va a ser el último año del universo se suceden ante los ojos de una adolescente de trece años. Su vida cotidiana gira en torno a la Biblia (estudiar sus textos, asistir a la reuniones en el templo y predicar en las calles), pero ella, atrapada entre el desprecio hacia «el mundo», que su comunidad percibe como ajeno y amenazador, y los embates de la pubertad, comenzará, con la ayuda de un diccionario, a hacerse preguntas sobre su forma de vida. La novela explora las extraños regocijos de los elegidos de Dios, y, a través de la cándida voz de la protagonista, nos habla de las obsesiones y temores propios de la condición humana, pero también acerca de la capacidad de escapar de una vida sin esperanza. Labastie se adentra, con tanta audacia como lucidez, en la difusa frontera que separa (o aproxima) fe y locura. Seleccionada para el PREMIO DE LOS LECTORES de Francia.

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Seitenzahl: 171

Veröffentlichungsjahr: 2022

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EL MUNDO DESPUÉS

Título original: Les papillons rêvent-ils d’éternité ?, editado por primera vez enfrancés por Michel Lafon.

Todos los derechos reservados.

1ª edición: septiembre de 2022

Este libro ha recibido una ayuda a la edición del Departamento de Cultura

y Política Lingüística del Gobierno Vasco.

© 2014,Sandra Labastie

© De la presente edición: 2022, ALBERDANIA, SL

Istillaga, 2, bajoC - 20304 Irun

Tel.: 943632814

[email protected]

www.alberdania.net

Portada: Junkal Motxaile, a partir de una fotografía de Subbotina Anna(Shutterstock).

Impreso en Ulzama (Huarte, Navarra)

ISBN digital: 978-84-9868-746-0

ISBN papel: 978-84-9868-745-3

Depósito legal: D. 836/2022

V

EL MUNDO DESPUÉS

SANDRA LABASTIE

traducciónGabriela Torregrosa

ALBERDANIA

novela

Nuestranecesidaddeconsuelo esinsaciable.

Stig Dagerman

Invierno

El diccionario

A mamá no le gusta lo graso. Lo desgrasa todo. Refrigera la comida para que la grasa se convierta en una corteza blanca y luego la retira con una cuchara. El frío pone al descubierto la presencia de grasa. Es un poco como las tribulaciones del fin del mundo: dejan la fe al descubierto.

Durante el último temporal, un barco encalló en la playa. A veces, imagino que consigo subir a bordo, de noche, a escondidas de papá y mamá, y que me instalo en él. Ya no tengo ninguna obligación. Ya nadie me ve y yo ya no veo a nadie. También me imagino que se pone a llover de tal modo que el barco es arrastrado a alta mar. Estoy sola y rodeada de agua, como Noé en su arca. Tengo doce años y me gustaría no tener más responsabilidades.

Con frecuencia, mamá descubre un nuevo alimento bueno para la salud. Dice que hay que estar en forma para lo que nos espera y me mira comer sonriente. Ahora cultiva kombucha. Es un hongo procedente de Asia que se reproduce en un acuario donde macera en té azucarado. «Esta bebida tiene propiedades milagrosas», dijo la vendedora. «Está científicamente probado», añadió. Desde entonces, papá, mamá y yo bebemos cada mañana un vasito de kombucha.

La mujer del pastor se llama Dolores. Es rolliza y dulce, con unas manitas blancas como empapadas en leche. Siempre lleva un moño bajo muy apretado. A veces, mamá y ella van juntas al mercado. Dolores no pone a macerar el hongo a causa del pastor, que lo ve raro, pero cuando viene a casa mamá siempre le da un vaso. Es un poco como si tomásemos el aperitivo. Lo he visto en las películas. Cuando la gente se reúne, toma el aperitivo. Nosotros no bebemos alcohol. Es malo para el espíritu.

Tenemos un huerto. Papá dice que lo ideal sería no necesitar a nadie. En verano, tenemos tomates, lechugas, pimientos y fresas. Claro que no podemos alimentarnos solo de eso, así que nos vemos obligados a ir al supermercado. Dolores también tiene un huerto. Mamá y ella intercambian consejos para que la fruta y la verdura crezcan bien. Hablan del huerto y del fin del mundo. Mamá dice que el fin del mundo que se acerca es como un largo invierno que destruirá las plantas más frágiles, pero que, en secreto, otras plantas, humildes, discretas, resistentes al mal, sobrevivirán a la catástrofe. Esas plantas somos nosotros. El largo invierno es la voluntad de Dios.

Me gusta el invierno. Uno puede ponerse a cubierto. A veces, me pongo a cubierto sin querer. En el templo, por ejemplo. Escuchamos a los hermanos hablar durante horas, sin movernos, en sillas de madera. Son duras y hay que mantenerse erguido. Es difícil, pero me gusta pasar el rato con las hermanas y los hermanos. Papá y mamá están sonrientes y relajados. Estamos en familia. Sin embargo, a veces desaparezco discretamente. Desde que el barco encalló, pienso en él, imagino mi vida a bordo. La lluvia lo lleva lejos y yo navego alrededor del planeta. Pesco para alimentarme y bebo agua de lluvia. Nadie sabe dónde estoy. A veces, en el barco, tengo miedo, sola, por la noche. Entonces me encierro en la cabina del capitán y pongo el escritorio delante de la puerta. Siempre tengo miedo de que me hagan daño. Es algo en lo que pienso constantemente. Es porque sé lo que va a ocurrir. Dios nos ha elegido y el fin del mundo se acerca. Los otros van a ponerse contra nosotros y a hacernos mucho daño. Ya nos odian, y eso que la guerra final ni siquiera ha comenzado. Nos sentiremos más seguros cuando estén todos muertos…

La gente me da miedo, sobre todo cuando predicamos el evangelio. Hay que estar preparado todo el rato, un poco como cuando se sale en medio de la tormenta. Uno se abriga y contrae la cara, la endurece porque sabe que el viento y la lluvia van a arreciar. Por la noche, a la hora de acostarme, estoy tensa y me duele la cabeza de tanto haberme preparado para los ataques. A veces, me digo que hubiera preferido no ser una elegida. Por otro lado, esta soledad me parece agradable. «Es la soledad de los reyes», dice papá.

No hay nadie de mi edad en la congregación, pero tengo una amiga, Abigaïl. Tiene diecisiete años. Su madre se llama Monique; su hermano, Abel. Los tres se parecen. Abigaïl y Abel son gemelos. Son gorditos y llevan las mismas gafas, grasientas y empañadas. Cuando van de paseo por la ciudad, parecen dos bolas de billar lanzadas por una pista para derribar cualquier cosa que se ponga a su paso. La gente se burla de ellos. También se burla de mí. Es como esos ultrasonidos que enloquecen a los perros. En nuestra presencia, la gente se vuelve mala. Abigaïl entona cánticos de camino al instituto. Abigaïl y Abel tienen nombres bíblicos porque su madre ya amaba a Dios antes de su nacimiento. Abigaïl significa «mi alegría está en Dios». Abigaïl era una mujer muy sabia. Papá y mamá entraron en la Iglesia justo después de que yo naciera, por eso no tengo un nombre bíblico. Me da igual no llevar el nombre de una mujer de la Biblia. En la Biblia, las mujeres no hacen nada especial. En el colegio, saco buenas notas, pero eso no cuenta.

Hace unos días, los no creyentes celebraron el año nuevo. El pastor dijo: «¡Que lo aprovechen porque es el último!». Como hemos sido elegidos por Dios, Él nos ha informado de la fecha del fin del mundo. El día uno de enero, estábamos todos juntos en el templo, entre hermanos y hermanas, pero no lo hemos celebrado. Las fiestas son algo pagano.

Es una época difícil porque todo el mundo se desea un feliz año y nosotros tenemos prohibido responder, ni siquiera para decir «igualmente», que sería lo mismo que decir «feliz año» pero con otras palabras. La gente cree que somos groseros, cuando en realidad tendríamos que demostrar que somos buenos cristianos. Es un auténtico problema.

En este primero de enero, el primer día del último año del mundo, ha sucedido algo especial entre nosotros, los elegidos. Era como en primavera, que uno se pone contento sin saber por qué. «Es el último año de sufrimiento», dijo papá. Pronto seremos liberados.

A papá le gustan mucho el Antiguo Testamento y los guerreros que van a conquistar la tierra prometida. También le gustan las películas del Oeste. Mamá prefiere el Nuevo Testamento. Le gustan Jesús y los apóstoles. A mí lo que me gusta de las películas del Oeste son los indios. Es la razón por la que quiero dejarme el pelo largo, como los guerreros. Papá, mamá y los hermanos y las hermanas creen que es para parecerme a las mujeres de la Biblia. Abigaïl también lleva el pelo largo. Le gusta cepillárselo durante mucho tiempo antes de acostarse. Le llega hasta el trasero, pero lo tiene un poco deshilachado.

El sábado por la noche, se pone trenzas para que al día siguiente, en el templo, se le ondule el pelo. Su madre está orgullosa de su pelo largo. Dice que se parece a Abigaïl, la de la Biblia. Es lo que quieren todos los padres, que sus hijos se parezcan a los elegidos de la Biblia.

Predicamos incluso los días de lluvia. Llegamos a las puertas chorreando, como perros vagabundos. Todo el mundo nos rechaza. La Biblia habla de un lugar «donde mana leche y miel». Es la tierra prometida. Me gusta esta idea de un paisaje con ríos de leche y de miel. Así fue como se me ocurrió la idea de mi bebida preferida. Es un código entre mamá y yo. Cuando estoy triste, le pido una tierra prometida. Y ella me hace una leche caliente con miel. Cuando llueve, al volver de la prédica, mamá me prepara siempre una tierra prometida para reconfortarme. Lo que me deja hundida no es la lluvia, pero eso no se lo digo porque se pondría triste.

Tenemos muchos códigos papá, mamá, los hermanos y las hermanas y yo. Hablamos de una cosa y, en realidad, se trata de otra. Debe ser para protegernos de los no creyentes.

Cada estación, nos juntamos en una gran ciudad de la región. Hay que decir que hay otros como nosotros. Es algo agradable. Sí, en el mundo hay gente a la que no conocemos, a la que nunca hemos visto y que, sin embargo, son nuestros hermanos y hermanas. Si mañana los necesitamos, estarán ahí para nosotros. Es una sensación fascinante la de pertenecerse los unos a los otros. «Amaos los unos a los otros», decía Jesús. Somos hermanos y hermanas porque rezamos a la misma persona para que nos ayude cuando sufrimos y porque esperamos la misma catástrofe. Sí, es fascinante tener tantos amigos y enemigos al mismo tiempo.

Esta vez, el lugar de encuentro está a dos horas de camino a casa. Es una especie de nave industrial. Hace mucho frío. Podrían aparcar ahí lo menos cien camiones. He oído decir que somos tres mil personas. Tres mil sillas de plástico. Con tablas que hacen daño en el trasero, no son muy estables. Me recuerdan a los ciervos. Sus patitas tiemblan un poco, como si fueran a romperse. Los hermanos y las hermanas muy gordos rebosan de sus sillas y a mí me dan pena los pobres ciervos. Yo me vuelvo ligera en la mía. La muevo balanceándola muy suavemente de un lado a otro. Mamá no se da cuenta. Imagino también que la cierva escapa muy lejos al bosque, conmigo en su grupa. Soy pequeña y ligera. Somos parecidas la cierva y yo. La acaricio. Había olvidado que era de plástico. Durante dos días, permanecemos inmóviles, con los abrigos puestos. Nos entrenamos para los momentos difíciles. Un poco como un ejército que se prepara para la guerra. El micrófono les pone a los hermanos una voz impresionante, un poco como la de Dios a través de las nubes de las películas antiguas. Es una voz que da miedo y que adormece al mismo tiempo. Es una voz como venida de otro mundo. Me duele la espalda de tanto mantenerme erguida. Algunos niños pueden dibujar en un cuadernito, yo no. Mamá dice que ya soy lo bastante mayor para escuchar como una adulta. También dice que soy muy inteligente y que eso conlleva una gran responsabilidad.

El hotel está lleno de hermanos y hermanas. Hemos invadido la ciudad durante dos días. He contado las horas: dieciséis horas de discurso. También hay representaciones bíblicas, escenas de la Biblia interpretadas en trajes de época muy coloridos. Cada obra tiene una moraleja que hay que recordar. La da al final una voz. Es como un viaje en el tiempo, un viaje que solo nosotros podemos hacer. Nos sentimos un poco como en casa porque, al fin y al cabo, vivimos todos en la Antigüedad. «Eso nos ayuda a olvidar», dice papá. ¿A olvidar qué? El mundo en que vivimos.

Me he dado cuenta de que los no creyentes no conocen a los personajes de la Biblia. No entiendo cómo se puede vivir sin conocer a los profetas y a los apóstoles. Es un poco como vivir sin abuelos o sin saber sobre qué planeta del sistema solar estamos. Hay muchas cosas así que no entiendo. No consigo entenderme con los no creyentes por culpa de todos estos pequeños detalles.

Esta mañana, cuando volví al colegio, fue como regresar de otro país. Menos mal que mañana hay otra reunión en el templo, para que no olvidemos quiénes somos.

Por la noche, en mi habitación, con la luz apagada, intento dominar mis miedos para que el Diablo no lea en mi alma, para que no vuelva lo que sabe contra mí el día del Juicio Final. Aunque sé perfectamente que esto no funciona así. Seguro que el Diablo sabe a qué le tengo miedo. El Diablo lo ve todo. Por eso practico en mi cabeza para resistir a las peores torturas, como las que a veces mencionan las noticias de sucesos. Sé que nuestro enemigo acecha a la vuelta de la esquina, en los colegios, en los lugares de trabajo, incluso en nuestros corazones, que se infiltra por todas partes, como un líquido, que adopta todas las formas «para purificar a la comunidad de su chusma», dice el pastor. A veces, me da la impresión de que el Diablo habita en mí. Hay tantas palabras diabólicas… Es como hablar un idioma que los otros, en el colegio, no conocen.

No quiero casarme. Ellos dicen: «Pues claro que te casarás. Tú también sentirás impulsos». Siempre dicen esa palabra. Es como una amenaza que acecha en la congregación: las pulsiones. Como si en el templo hubiese una viuda negra escondida que pudiera aparecer en cualquier momento. Me da miedo.

En cuanto entro en el templo, siento como un puñetazo en el estómago porque las palabras golpean: fornicación, adulterio, concupiscencia. Estas palabras nunca las oigo fuera. Siempre esta lengua que solo hablamos entre nosotros. Es como una traducción diabólica para todas las palabras del diccionario. Me dicen que ya no soy una niña, que soy mayor porque han empezado a crecerme los pechos.

En la congregación, se dice que Abigaïl y Abel son muy inteligentes. Van al instituto. «Piensan demasiado», dice el pastor. ¿Para qué pensar si el fin del mundo se acerca? Me siento siempre al lado de Abigaïl durante las reuniones. Nos sentamos los cuatro delante, su madre, su hermano, ella y yo, siempre en el mismo sitio. Como sus piernas son muy cortas, han colocado un taburete debajo de sus sillas. A mí también me gustaría tener un taburete.

Abigaïl dice que, cuando acabe el instituto, será misionera. Los hermanos y las hermanas le dicen: «No merece la pena que pienses en ello porque antes de que termine el año todo habrá terminado». Entonces algunos dicen en voz baja: «Más le valdría hacerlo ahora en lugar de perder el tiempo en el instituto». Los hermanos y las hermanas también dicen que Abigaïl es demasiado fea para encontrar marido. Dicen: «Abel puede que sí. Para los hombres es diferente».

Abigaïl encuentra los versículos bíblicos más rápido que cualquiera de los hermanos y las hermanas de la fila. A veces, aún más rápido que el pastor. Cuando se trata de hallar un versículo en la Biblia, todo su cuerpo se concentra en sus manos y sus dedos. En función del versículo, abre primero la Biblia por la mitad o por la tercera parte, por las tres cuartas partes o por la décima parte. Conoce perfectamente el orden de los evangelios, la cronología del Antiguo Testamento, la sucesión de los profetas, de los reyes y los saqueos de la tierra prometida, pero también los libritos que no tienen mucho éxito y que uno nunca sabe dónde buscar: Oseas, Amós, Esdras, Judas. A veces ocurre que abre la Biblia justo por el libro que toca. Entonces, por lo general, se sonríe. Como sabe que la estoy mirando, me guiña un ojo. Luego, no tiene más que pasar las páginas hasta encontrar la buena. Al final, su dedo –fino como un bastón armado de una uña muy corta, muy dura y bien cuidada, sin una piel que sobrepase– se desliza por la página con ternura y precisión hasta señalar el versículo en cuestión. Entonces me tiende la Biblia para que lea con ella (porque yo soy menos rápida). A veces compito con ella, pero sin que ella lo sepa, claro (porque es una profanación utilizar la Biblia para competir). Mis libros preferidos son el Génesis y el Apocalipsis.

En la congregación, hay una hermana discapacitada. Se ríe sin motivo y, a veces, se tira pedos durante las reuniones. Solo me hace gracia a mí, que soy una niña. Fue una enfermedad la que la dejó así. Su marido instaló un gran sillón muy cómodo para ella. Cuando ella no está, el sillón se queda vacío. Un día, cuando era más pequeña, me senté en ese sillón y papá me dijo que me quitara inmediatamente de allí. A veces, me digo que debe ser cómodo ser ella, haber perdido la razón. Antes de estar enferma, tuvo un hijo, que ya no viene al templo. La última vez que lo vimos, iba vestido todo de negro, con los ojos maquillados y un aro en la nariz.

Me he dado cuenta de la manera en que el marido mira a Amanda. Es una joven viuda que quiere volver a casarse. Es rubia y de ojos azules. Le llega el pelo hasta la cintura. Tiene una boca de actriz de cine, pero manchas blancas por toda la piel. Yo conocía a su marido. Era amigo de papá. Se llamaba Marc. Venía a menudo a nuestra casa. Su padre y su madre también son hermanos y hermanas. Papá dice que es estupendo que toda la familia ame al mismo Dios. A veces, nos invitaban a todos a la casa del padre. Estaba en un bosque y olía a humedad. El padre es un hombre muy gordo que tiene una voz muy fuerte. Me recuerda a un ogro. Cuando estaba con él, Marc tartamudeaba. Me han dicho que su muerte fue un accidente. Recuerdo el día en que nos enteramos. El padre de Marc vino a casa. Papá y mamá me dijeron que subiera a mi habitación, pero yo me quedé en la escalera para escuchar. Escuché dos palabras: «arma» y «bosque». Aquellas dos palabras juntas eran aterradoras. Nadie volvió a hablar de ello en la congregación. Se convirtió en un secreto.

No entiendo bien la palabra fe. Intento comprender yo sola a qué se parece.

En papá,es como el fin de una tristeza muy vieja.

Hay otra palabra que no entiendo: espiritualidad. Los hermanos y las hermanas la utilizan a menudo. Es una de esas palabras que nunca oigo en el colegio. Mamá dice: «El mundo desprecia la espiritualidad». Cuando dice esta palabra, habla un poco demasiado alto, es como un grito de guerra (el de los indios de las películas del Oeste).

Entre elegidos, solo se habla del fin del mundo y del Diablo. Los hermanos y las hermanas conocen al detalle sus métodos y sus preferencias. Vivir con el Diablo es como vivir con un loco y tratar de seguir siendo normal.

Nos dicen que no hay que intentar comunicarse con los muertos bajo ningún concepto porque, en realidad, no se habla con ellos, sino con los demonios que se hacen pasar por ellos.

No hay que tener almohadones de pluma porque en ellos pueden formarse solos símbolos diabólicos.

No hay que tener máscaras africanas porque a los demonios les gusta esconderse dentro.

Tampoco hay que escuchar música rock.

El Diablo está por todas partes, como un mensaje subliminal. Los mensajes subliminales son informaciones diabólicas disimuladas en las imágenes, las películas o la música. Esto lo supe cuando Mathieu M. llegó a la congregación. Tenía una biblioteca enorme llena de películas y de discos hasta que el pastor fue a su casa para hacer una selección. No sé lo que ocurrió, pero sí que tuvo que deshacerse de la mitad de sus cosas, discos sobre todo.

Gracias a esta prueba, ha conseguido ese ojo especial que ve el mal escondido en cualquier parte y que distingue a los elegidos del resto de la población.

Este gesto le valió el respeto de los hermanos y las hermanas, que a partir de entonces lo aceptaron entre ellos bastante antes de su bautismo.

Mathieu M. también trajo a su hermana al culto. Desde muy pequeña, escucha todo lo que él dice. Es alta y rubia, enseña natación en invierno y salva a la gente en la playa durante el verano. Tiene un cuerpo muy bonito. Desde que forma parte de la congregación, le han salido granos en la cara y en la espalda. Durante una cena, nos habló de su antigua vida y todo el mundo se miró con extrañeza. Dijo que antes se acostaba fácilmente (con hombres), con demasiada facilidad (añadió esto con aire triste), y que ahora quería volver a ser pura. Incluso añadió mirándome: «¡No sabes la suerte que tienes de ser virgen!».

Sentí como un puñetazo en el estómago. Es como si me hubiese quedado desnuda delante de todo el mundo.

Siempre nos alegramos cuando jóvenes del mundo lo abandonan para unirse a nosotros. Dicen que el mundo no vale la pena, que vale más desear la pureza porque esta nunca nos defrauda, al contrario que el vicio. Aquella noche, Mathieu M. le dijo a su hermana: «Ahora mismo estás dejando atrás toda tu suciedad pasada».