Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El muro de las luces es la historia de un joven que decide rendir un último homenaje al amor de su vida la noche previa a que se marche de su país en un intento por escapar de un pasado que atormenta su vida. Esa noche vuelve a vivir una historia llena de tristeza y dolor pero también una historia que trajo a su vida momentos tan maravillosos que a pesar de todo han hecho que su vida haya valido la pena. El muro de las luces es también una historia en la que un hombre que ha amado perdidamente a una mujer se juzga a sí mismo y viendo todo en retrospectiva trata de juzgar cual es el justo balance entre el amor propio y el amor a otra persona. Bien visto, éste es un libro escrito para que el lector reflexione y aprenda de los errores del personaje principal ya que aunque se trata de una historia ficticia en realidad tiene sus raíces en una historia real.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 145
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
CREDITOS
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Mario Adriano Noverola
Diseño de edición: Letrame Editorial.
ISBN: 978-84-1386-095-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
-
DEDICATORIA.
Dedicado al amor de mi vida
.
.
El resplandor de la luna se cuela tenuemente através de la cortina bañándolo todo con su pálida luz azul, mientras yo me revuelvo en mi cama sin poder dormir porque mañana me marcho para no volver. Abro los ojos y me siento en la cama, recargándome contra la pared. Corro la cortina y miro por la ventana, sorprendiendo a las estrellas que me observan en silencio, como lo han hecho otras tantas noches en que he sonreído lleno ilusión y en que he llorado ahogándome en sollozos.
Me acuesto una vez más y pruebo de un lado, del otro, boca abajo y boca arriba, pero por más que lo intento me es imposible dormir. Me siento de nuevo en la cama y veo que la luz de la luna ilumina una caja arrumbada en la que guardo recuerdos. La miro un rato hasta que me acerco a ella y saco mi diario por última vez para brindar por ti bebiendo recuerdos hasta terminar completamente embriagado de nostalgia. Abro el diario y, a medida que lo hojeo, me pierdo entre sus páginas buscando volver a un pasado mejor…
Te conocí en una clase, cuando recién habíamos entrado a la universidad hace casi seis años. El profesor nos pidió que nos juntáramos en grupos para hacer un proyecto y yo me junté con Trillo, mi único amigo en la facultad hasta entonces.
—Hola, me llamo Laura. ¿Puedo juntarme con ustedes? —preguntaste sonriendo.
Entonces, yo volteé a ver a Trillo, que se encogió de hombros con cara de indiferencia y yo lo tomé como un sí. Era claro que nos habías elegido a nosotros porque, entre todo ese mar de niños ricos, hijos de papá, nosotros dos éramos los únicos que parecíamos gente común y corriente, justo como tú.
Así fue como Trillo y yo te conocimos y nos hicimos amigos tuyos. Aunque éramos amigos, no salíamos mucho juntos, pero recuerdo que de vez en cuando íbamos los tres a comer algo después de clases y que, luego, Trillo te dejaba en alguna parada de camión o en alguna estación de metro para que te fueras a tu casa. Creo también recordar que salíamos con el mismo grupo de amigos a tomar cervezas o a jugar al billar al principio de la carrera y que incluso coincidimos en alguna fiesta, pero esos recuerdos son distantes, ajenos a mí, como si estuviese contemplando los recuerdos de otra persona porque yo no estaba poniendo atención, ya que todo el tiempo estaba preocupado pensando que quizás no podría terminar la carrera porque en aquel tiempo mi padre se había quedado desempleado.
Los semestres comenzaban a transcurrir uno tras otro hasta que un día llegaste a presumirme que andabas con un tal Alberto, y a partir de ese día empezaste a alejarte, pero ni Trillo ni yo lo notamos porque, aunque nos llamábamos tus amigos, nunca te tomábamos en serio y siempre encontrábamos alguna razón para burlarnos de ti y reír a carcajadas.
Tiempo después, me confesarías que querías ver cuál sería mi reacción al enterarme de que ya tenías novio y la sorpresa que te llevaste al ver que a mí no me había importado. No es que no me parecieses bonita, pero en aquella época yo solo tenía ojos para otra chica, que era mi amor imposible, y tú eras solo Laura, aquella amiga de la que Trillo y yo siempre nos mofábamos.
El tiempo transcurría y tú seguías siendo novia de Alberto, mientras que yo me pasaba la vida estudiando, hasta que llegaron aquellas vacaciones de verano previas al inicio del sexto semestre y tú me llamaste un día por teléfono:
—¿Carlos? —preguntaste.
—Sí. ¿Quién habla? —respondí.
—Soy yo, Laura. Te hablo desde la universidad. Me acaban de decir que el promedio no me dio lo suficiente y he perdido la beca…
—Ah, lo siento mucho, Laura, pero… ¿la puedes recuperar? —pregunté.
—Sí, pero este semestre solo puedo meter pocas materias porque las tengo que pagar yo y no me alcanza —respondiste.
—Ah, qué caray… De verdad, lo siento…Bueno, pues, ya nos vemos después cuando empiecen las clases, Laura. Adiós —respondí y colgamos.
Me llamabas pidiendo auxilio, pero de verdad no entendía porqué me buscabas a mí, ya que, aunque me decía tu amigo, nunca te tomaba en serio ni te hacía caso cada vez que me pedías ayuda. Sin embargo, tú te rehusabas a rendirte y seguías creyendo en mí. Quizás sería porque pensabas que en el fondo yo no era lo que aparentaba y, en realidad, no te equivocabas porque en esos momentos me sentía mal por no poder ayudarte.
Unos días después empezaron las clases y solo te veía pocas veces por semana porque no podías asistir a los otros cursos. Pasó entonces la primera semana de clases y el fin de semana fui a casa de Alejandro, uno de mis amigos, a quedarme a dormir para ver películas.
— ¿Y cómo estás?, ¿cómo va todo? —me preguntó Alejandro.
—Pues, todo bien, no puedo quejarme, soy afortunado —respondí.
Alejandro no entendía bien a qué me refería con lo de ser afortunado, pero sabía que lo decía por algo específico. Entonces me miró con un poco de extrañeza y me dijo:
—Es raro escucharte hablar así. Usualmente te quejas…
—Sí, pero a veces hay cosas que te hacen darte cuenta de que no aprecias lo que tienes —respondí.
— ¿Como qué? —preguntó Alejandro.
—Como lo que le pasa a Laura, una amiga de la universidad —dije yo.
— ¿Y qué le pasa a Laura? —preguntó.
—Pues, que perdió su beca porque tiene que trabajar mucho para ayudar a sus padres a sufragar los gastos médicos de su hermanita, que padece una enfermedad incurable… —le dije.
—Ah, vaya, lo siento mucho —respondió Alejandro.
—Sí, yo también. El otro día me habló para contarme. Me llamó como pidiendo ayuda, pero sabe bien que yo tampoco tengo dinero, así que no puedo ayudarla. De hecho, no sé ni para qué me llamó…—le dije.
Entonces Alejandro se sentó en su sillón, cruzó la pierna y encendió un cigarrillo. Luego me miró fijamente, con una sonrisa burlona que parecía de desaprobación haciéndome sentir como un acusado frente a un juez.
— ¿Y te dices su amigo? No solo con dinero puedes ayudar a la gente…—me dijo.
— ¿Pero, si no es con dinero, cómo puedo ayudarle? —pregunté.
—Estando ahí para ella —respondió Alejandro.
—No entiendo a qué te refieres—contesté.
—Pues, me refiero a que la ayudes con los exámenes y con sus trabajos y, si necesita alguien con quien hablar, simplemente escúchala—respondió sonriendo.
—Ah… Pues, eso no se me había ocurrido, tienes razón… —contesté.
Ya al día siguiente, en casa me puse a pensar en las palabras de Alejandro y me di cuenta de que todas las cosas que él me había dicho ya habían pasado por mi mente, pero en realidad tenía miedo de acercarme a ti y verte caer en desgracia porque yo no tenía dinero para poder ayudarte. Por eso prefería mantenerme alejado, ajeno a tus problemas. Sin embargo, Alejandro me había hecho ver que era mi deber como amigo vencer mi temor y adentrarme en la complejidad de tu vida para estar ahí a tu lado ahora que me necesitabas. Fue así que me decidí a empezar a ayudarte sin esperar nada a cambio, excepto la recompensa de saber que había aportado algo para hacer que tu vida fuese un poco más fácil cada día. Así, día a día comenzaba a mostrarte un lado de mí que no conocías: si me preguntabas cómo hacer alguna tarea, ahora me esmeraba en que entendieras en vez de darte respuestas a medias o a la carrera, solo para salir del paso y que me dejaras en paz. Buscaba adelantarme a lo que necesitaras: si no podías comprar un libro, yo le sacaba copias al mío antes de que tú me lo pidieras; aunque no tenía mucho que ofrecer, estaba dispuesto a darte todo lo que tuviese.
Pasaron las semanas y, con ellas, los meses, hasta que no quedaba mucho para el final del semestre. De poco a poco, cuidar de ti se había convertido, más que en un deber, en una necesidad. Recuerdo aquella noche que llamé a tu casa y me pasé una hora dictándole a Pablo, tu hermano, ejercicios de un libro que no habías podido comprar para que pudieses hacer la tarea y llevarla al día siguiente. Esa misma noche me llamaste emocionada para agradecerme. Aunque yo aún no me daba cuenta, para mí no había mejor recompensa que escuchar tu frágil voz vibrante de emoción al otro lado del teléfono.
Te vi el día siguiente en la universidad y, mientras hablábamos, salió el tema de tu cumpleaños:
—Tú no te acuerdas de cuándo es mi cumpleaños… ¿verdad? —me preguntaste sonriendo.
—Sí, sí que me acuerdo —respondí.
— ¿Ah, sí?, ¿entonces cuándo es? —preguntaste con una gran sonrisa.
—Sí, lo sé, pero es secreto… —respondí también sonriendo.
Tú te echaste a reír. Era mentira, no lo sabía y tú también sabías que no lo sabía, pero yo no quería aceptarlo, así que el siguiente fin de semana le hablé a tu mejor amiga, Nadia, para preguntarle cuándo era tu cumpleaños y le pedí que no te dijera nada. Entonces llamé por teléfono a tu casa y contestó Alberto, tu novio. Le pedí hablar contigo y hablamos brevemente porque estabas en medio de una comida familiar.
— ¿Laura? —pregunté.
—Sí. ¿Carlos, eres tú? ¿Qué pasó? —respondiste.
— ¿Qué crees? Que sí que sabía cuándo era tu cumpleaños, solo que estaba fingiendo. Es el 26 de julio—respondí riendo.
—Ah, muy bien. Pues, como sí te acuerdas, tendrás que felicitarme —respondiste con tu risa de niña traviesa.
Esa misma tarde, mientras me duchaba, me sorprendí a mí mismo haciendo planes sobre cómo sería nuestra vida después de que nos graduáramos: abriríamos una empresa, probablemente una constructora, y nuestra compañía sería muy exitosa porque éramos la combinación perfecta, yo aportaría la parte teórica y tú la parte práctica. Cosecharíamos muchos triunfos y al final terminaríamos casándonos, desde luego. Qué misteriosas formas tiene el amor de trabajar que, incluso después de imaginarme todo eso, la idea de que comenzaba a enamorarme de ti aún no cruzaba por mi cabeza. Yo aún te veía como una amiga, pero una amiga que cuando no veía me robaba la sonrisa.
Tú también comenzabas poco a poco a darme señales de que dejabas de verme solo como un amigo. Un día, Trillo y yo estábamos en el centro de cómputo imprimiendo unos trabajos y, mientras mandábamos unas hojas a imprimir, espiábamos a las chicas que estaban ahí. Casi parecíamos un par de lobos tras los árboles acechando un rebaño a la distancia…
—Mira, mira qué buena está esa…—dijo Trillo sonriendo como niño en confitería.
—Sí, la verdad es que está buenísima…—contesté.
Trillo y yo reíamos discretamente y, cuando volteé, te vi parada detrás de mí sonriendo y dijiste:
—Conque buenísima, ¿eh?
Y, acto seguido, metiste tus dedos en mi barba tomando un mechón de pelo y lo empezaste a retorcer mientras yo reía y tú me arrastrabas fuera del edicio.
—Espérate Laura, espérate… ¿Qué te traes? —pregunté riendo en medio del dolor de que me estuvieras tirando de la barba.
—Nada, Carlitos, nada. Solo que veo que se te hace tarde para la siguiente clase y tú te andas distrayendo con cosas que no debes ver… —dijiste riendo, pero tus ojos no ocultaban que en el fondo estabas enojada. Yo pensé que era solo un juego entre amigos porque, cuando se trata de entender el lenguaje femenino, las mujeres y yo vivimos en extremos opuestos de la galaxia.
Unas semanas después llegaba el final del semestre y, con él, las fechas de entrega de proyectos finales de las diferentes materias que cursábamos. Fue por uno de esos proyectos que te quedaste a dormir por primera vez en mi casa. Llegaste como al medio día y, en vez de ponernos a trabajar, nos pasamos toda la tarde hablando de todo menos del proyecto: te mostré mi colección de bandas de rock favoritas y tú, sentada en la cama con el pelo en la cara, movías la cabeza de un lado al otro violentamente, burlándote de mí, fingiendo que disfrutabas extasiada de mi música, pretendiendo ser uno de esos rockeros mientras yo reía a carcajadas. Luego comenzaste a contarme algunas de tus rarezas, como que te gustaba la misma estación de radio que nos ponía mi abuela cuando nos invitaba a comer a su casa los domingos en vez de que te gustara la música normal para una chica de tu edad, o que te gustaba tomar agua hirviendo así nada más, sin café o azúcar. Después discutimos tu insólita aversión al pan de molde que hacía que yo me tuviese que ir a esconder detrás de algún árbol sintiéndome como si fuese un criminal o un pervertido cada vez que estábamos en la universidad y quería comerme un sándwich que me había dado mi mamá en casa; y así continuaste hablando toda la tarde de tus rarezas mientras yo escuchaba fascinado y, para cuando nos dimos cuenta, ya se nos había hecho de noche. Alarmados, finalmente nos pusimos a trabajar. Yo introducía ecuaciones en la computadora y te iba dictando resultados, los cuales tú apuntabas en un borrador. Nos pasamos toda la noche en vela para terminar el proyecto y no acabamos sino hasta el amanecer.
El plan era que tú te irías a trabajar a la oficina en la mañana y al mediodía llegarías con el proyecto listo, el cual pensabas imprimir en el trabajo. Yo, por otro lado, me iría a la universidad a esperarte. Llegué entonces a la clase del ingeniero Zavala a esperar a que llegaras mientras el resto de los equipos entregaban sus proyectos. El ingeniero Zavala era uno de los profesores que tú y yo más admirábamos porque, además de ser muy profesional, era todo un caballero y siempre estaba dispuesto a ayudar. Esperé hasta el final de la clase, pero tú nunca llegaste. Tuve entonces que hablar con él:
—Perdone, ingeniero, nuestro proyecto sí estaba listo pero no sé qué le pasó a Laura.
—Sí, Carlos, no te preocupes, aquí puedo esperar un rato a que llegue Laura —respondió Zavala.
Entonces, justo cuando iba a ir a un teléfono público afuera de la facultad, me llamaste a mi teléfono.
— ¿Carlos? —sonó tu voz al otro lado del teléfono, como si fueses un ratoncito arrinconado por un gato.
— ¿Laura? ¿Dónde estás? —pregunté.
—Todavía en el trabajo, es que Alberto y mi jefe andan de muy mal genio y no me dejaron salir a tiempo. Perdóname, por favor —dijiste. Me pareció que habías estado llorando.
—Laura, no te mortifiques, que no ha sido culpa tuya. Yo ahora hablo con el profesor y verás como lo arreglo —dije, tratando de tranquilizarte.
—Gracias —dijiste casi susurrando al otro lado del teléfono—. Dile que yo se lo llevo en la tarde, porque su oficina no queda tan lejos de mi trabajo —añadiste.
—Está bien, yo le digo… —respondí y colgamos.
Tú me habías contado que, aunque tu jefe era bueno contigo, algunos días podía tener el genio medio podrido y, aparentemente, ese día había sido uno de ellos. Aquel día tú esperabas que yo me portara contigo como tu jefe y tu novio, pero yo ahora era una persona diferente. Si esto hubiese ocurrido seis meses atrás, cuando me comportaba como un patán contigo, de seguro me habría peleado contigo y no habría escuchado razones, pero, ahora que todo era diferente, ¿cómo te iba a reclamar si no era tu culpa? ¿Cómo creías que yo también te haría llorar, si te habías convertido en lo que yo más quería en este mundo?
Regresé al salón ya vacío y me esperaba el ingeniero Zavala solo en el aula, sentado en su escritorio.
—Ingeniero, me apena muchísimo, pero Laura tuvo problemas para imprimir el trabajo y aún no está listo, pero dice que se lo llevará a su oficina esta misma tarde… —dije poniendo cara de compungido.
—Está bien, Carlos, pero hay que organizarse mejor para la siguiente ocasión —dijo Zavala sonriendo.
El ingeniero Zavala salvaba el día y demostraba una vez más porqué todo el mundo le tenía tanta estima. Esa no sería la última vez que el ingeniero Zavala me sacaba del atolladero.
Ya después, estando yo en casa, me llamaste para avisarme de que ya habías entregado el proyecto:
—Carlos, ya entregué el proyecto —dijiste.
—Está bien, Laura, gracias. ¿Cómo te sientes? —pregunté.
—Ya mejor… Oye, gracias por no enojarte conmigo, tenía miedo de que tú también comenzaras a reclamarme después del día que había tenido en la oficina —dijiste hablando muy bajito, pero tu voz vibraba emocionada.
—Laura, ya te dije que no fue tu culpa y, además, los verdaderos amigos tienen paciencia y saben entender… —te dije también hablando bajito como solo se le habla a quien se quiere de verdad.
—Eres muy bueno conmigo…, Carlitos —respondiste.
—Bueno, Laura, ya cuelga que se supone que estás trabajando y no quiero que el ogro de tu jefe te empiece a regañar de nuevo. Ya tendremos tiempo para hablar después… —te dije y colgamos el teléfono.
