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Frank Miller, un soldado irlandés, se redescubre a sí mismo en un momento determinante de su vida, luego de su fortuito pero inesperado encuentro con Emma Cole, una violinista inglesa. Una promesa en medio de la Segunda Guerra Mundial lo hace revalorizar sus ideales de libertad, en un contexto social, político y cultural cargado de controversias y malas decisiones que afectan a miles de personas para el simple beneficio de unos pocos. Comprendiendo la realidad vivida desde un punto de vista más humano, se embarca en una travesía por diferentes paisajes y escenarios. El Músico es una novela romántica que combina lo esencial del amor entre dos jóvenes, de manera sencilla y cálida.
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Seitenzahl: 382
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Demaria, Nicolás
El músico / Nicolás Demaria. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
310 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-010-7
1. Novelas. 2. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Demaria, Nicolás
© 2022. Tinta Libre Ediciones
EL MÚSICO
Nicolás Demaria
HAMBURGOJulio de 1943
Aún puedo recordar el destello de nuestras armas iluminando la sombría tarde. El cielo era de color gris oscuro y el aire se tornaba cada vez más asfixiante. No se oía nada más que el ensordecedor estallido de las bombas a nuestro alrededor. Lo que antiguamente había sido el hogar de cientos de personas, ahora, se desplomaba y desaparecía en segundos, apenas anticipado por el crujir de los grandes muros. La esperanza abandonaba el corazón de quienes combatían, solo se veía el lamento y el desconcierto en el rostro de aquellos jóvenes que día tras día luchaban por sus vidas.
Son muchas y tan desgarradoras las imágenes que una guerra muestra, y que se graban en la mente de quienes la combaten y viven tan cercanamente, que dejan una marca: una cicatriz en sus corazones la que les recuerda que siempre allí estará, de por vida.
Eran muchos los momentos en los que venía hacia mí, como una postal, mi hogar, mi añorada casa en el bello Newry, hasta el punto de verlo tal y como lucía la mañana antes de partir. Aún siento el aroma de aquel delicioso y suculento desayuno: café, leche, salchichas, tocino y pan de soda recién horneado. El mismo con el que mi madre, todas las mañanas, nos esperaba a mi padre, a mis dos hermanos menores y a mí para desayunar.
¡Oh, sí! Mi madre es lo que puede llamarse una gran señora, dedicada por completo a su familia, siempre atenta y pendiente de todos los detalles. Mi padre siempre decía que era un hombre afortunado y ahora me doy cuenta por qué.
Realmente los extraño mucho.
Mi fugaz añoranza se vio interrumpida repentinamente y sin previo aviso. Grandes estruendos a unos cuantos metros de distancia de donde nos encontrábamos me hicieron estremecer, y me trajeron de regreso a la polvorienta y desagradable trinchera, en medio de una desolada calle de Hamburgo. Me arrinconé contra unas bolsas de arena que habíamos apilado, en un principio, a los costados, para resistir los ataques de un grupo de soldados alemanes que, a su vez, resistía nuestro contraataque. Daban la sensación de aumentar en número y acercarse cada vez más a prisa.
—¡Resistan el fuego de estos malditos con mil demonios! —el teniente gritaba ininterrumpida y furiosamente. El cruce de fuego era de gran magnitud y parecía no cesar, con el agravante de que el enemigo nos superaba en número y artillería.
Dentro de la trinchera solo quedaban cuatro miembros de lo que en un comienzo había sido una unidad de reconocimiento del ejército norteamericano. Estábamos al mando del teniente coronel Clarence Rendford, respetado y famoso por su inmensa bizarría en combate, su gran intelecto y astucia para idear planes de ataque o evasión sin dejar rastro alguno, lo que lo llevó a ganar con los años una peculiar locura natural y gran destreza en el reconocimiento de campo.
Ahora, era evidente e innegable su preferencia para quien él consideraba sus dos mejores y más fieles hombres: los capitanes Gordon Moore y Joseph Growney, dos jóvenes texanos.
Dos semanas después de que la Alemania nazi invadiese y devastase las tierras polacas, aquel 1 de septiembre de 1939, Inglaterra se hizo presente en el naciente conflicto bélico. Por órdenes directas del presidente Roosevelt, se reunió un grupo de soldados americanos bajo el mando del teniente Rendford para una compleja e inusual misión de reconocimiento en territorio alemán. Su única petición especial fue contar con la presencia de aquellos dos jóvenes soldados. En confianza con sus más allegados, se decía que intuía que algo estaba gestándose en la tierra del sol naciente y que por ello los habían solicitado.
Dos años más tarde, un 8 de diciembre de 1941, la gran máquina de guerra americana, declara la guerra a Japón luego del inmemorable ataque aéreo sobre la base naval de Pearl Harbor en el estado de Hawaii.
—¡Fuego, fuego! ¡Respondan al fuego, demonios! —gritaba, insistentemente, el teniente con voz colérica y clavando su mirada en el frente enemigo—. ¡No debemos permitir que avancen estos bastardos, hijos de perra, de prisa! Cubre tu costado derecho, Phill… ¡Reacciona, maldita sea! —continuó.
La lluvia de balas que en ese momento nos caía encima parecía intensificarse. Guarecidos dentro de la trinchera, rodeados de escombros y sacos de arena, resistíamos esperando una oportunidad que nos permitiese escapar de allí.
Lo que comenzó como una misión de escape, se había convertido en un feroz enfrentamiento. Nuestro teniente pedía insistentemente, a través de un maltrecho e inútil teléfono de campaña EE-8, información sobre un posible ataque aéreo que devastaría gran parte de la ciudad. En días anteriores, había sido el escenario de una serie de bombardeos por parte de la Royal AirForce Británica y la USAAF de los Estados Unidos de América, lo que había causado una gran destrucción en casi todo lo que se encontraba a su paso.
—¡Recuento de municiones, señor Brown, de prisa! —dijo el teniente.
—¡Sí, señor! —respondió Lawrence con inseguridad en su voz—. Solo lo de nuestras cartucheras, señor.
—¡Maldita sea, no van a ser suficientes! ¡Afinen su puntería, no desperdicien municiones! ¡Ahora estamos solos en esto!
Oír al mismo teniente hablar de esa manera aumentaba la tensión, por lo que mi mente no podía pensar con claridad.
—¡Frank! —oí gritar de repente mi nombre, lo que me obligó a girar bruscamente mi cabeza y torcer mi cuerpo para acompañar aquel movimiento. Quedé así en una posición sumamente incómoda, sin posibilidad de efectuar ningún disparo.
Era mi gran amigo Phill, cuyo rostro denotaba cómo el temor y la desesperación se habían apoderado de él, se intensificaban más con cada grito, ya sin aliento, del teniente que daba una orden tras otra a cada uno de nosotros.
—Frank… ¡No sé qué hacer, tengo miedo! —gritó Phill sin más fuerzas.
No podía oírlo con claridad, tratando de mantenerme enfocado y, al igual que él, contener mi desesperación. Me arrastré con la espalda contra la pared de la trinchera para evitar ser alcanzado por algún disparo del frente enemigo, y logré acercarme un poco más hacia Phill.
—¡Fra…nk… Fra…nk! —dijo tartamudeando.
—¡Por Dios, reacciona, amigo! —respondí sin saber qué decir, con exactitud. Podía verse claramente cuán asustado estaba. El temblor en sus manos, cabeza y cuerpo no le permitían apuntar con certeza y mantenerse en posición de disparo.
Lo comprendía perfectamente. Para ser sincero, no nos consideraban soldados. De hecho y en un principio, no pertenecíamos a la unidad del teniente Rendford.
***
“Una mala decisión lo cambia todo”, fueron las últimas palabras que le oímos decir al agonizante piloto del avión en el que viajábamos, horas después de que cayese sin oportunidad alguna. El abatido motor falló desde la partida en las periferias de Hamburgo. Muchas horas de uso, escaso mantenimiento y grandes presiones para cumplir con las absurdas órdenes de idiotas en un despacho nos condujeron a quedar varados en el centro del bombardeo.
Recuerdo que junto a Phill partimos desde Newry hacia Londres para ser instruidos por la RAF Británica. Desde un principio, Phill y yo sobresalimos por nuestras aptitudes en las matemáticas y la física, por lo que nuestro oficial superior nos recomendó para una de las primeras misiones de reconocimiento en territorio alemán. Sin saber cuál sería la consecuencia de todo ello, aceptamos entusiastas.
La misión resultó exitosa, y nos ayudó a ganar algo más de experiencia en el campo. Pasamos de misión en misión. Día tras día vagábamos reconociendo nuevo territorio enemigo, viviendo las atrocidades de muchos en carne propia. Aun así, no lográbamos acostumbrarnos.
Comencé a comprender que éramos simples y desechables peones en un gran tablero de ajedrez, a quienes se nos arrebataba parte de nuestra vida, sin necesidad alguna y solo para beneficio de unos pocos.
***
—Phill… ¡Escúchame! —le hablé con firmeza, tomándolo por los hombros y zamarreándolo varias veces—. Debes calmarte y concentrarte o vas a hacer que te maten.
En ese instante, el teniente, a su lado, giró denotando escasa paciencia con su mirada y le dijo con voz firme:
—¡Dios santo! ¡No es momento de ponernos sentimentales, reacciona, maldita sea! —. Y levantando su pesada y rugosa mano, abofeteó a Phill tan fuerte como pudo, lo que hizo que por fracciones de segundos permaneciera inmóvil, con una mueca de dolor en su rostro, clavó su mirada en mí, sin poder decir una palabra. Luego de un par de segundos, se inclinó y volvió a tomar con firmeza el maltratado rifle que había dejado caer momentos antes de que el teniente lo abofeteara. Escurrió alguna que otra lágrima con la polvorienta manga de su chaqueta; girando, se posicionó nuevamente dentro de la trinchera y abrió fuego.
Pobre Phill. En momentos como esos me planteaba lo difícil que es lidiar con tanta presión. Lamentablemente, nada de los manuales o libros con los que habíamos sido instruidos nos preparaba para esto. Todo nos resultaba extraño y ajeno, existía una discontinuidad con nuestros valores que nos provocaba malestar e incomodidad.
«No deseo matar a nadie», me repetía con frecuencia. Pero, lamentablemente, en tiempos de guerra, tu vida depende de ello. «Si no es él, soy yo».
Durante el transcurso de nuestros viajes, había oído y visto la frialdad de la guerra que en aquel momento se estaba llevando a cabo. A diario, los discursos nacionalistas, con lo que pretendían convencernos de que habíamos sido llamados por nuestra nación y que debía ser todo un honor servirle, le restaban de manera indirecta completo valor a la vida. Claro que esto resultaba indiferente para aquellos que poseían más experiencia en combate y otras ideas sobre el nacionalismo. Las constantes presiones se volvían el ritmo de vida para ellos; los gritos, maltratos y situaciones de mucha tensión solo intensificaban al soldado que llevaban dentro, hasta despojarlos por completo de todo temor.
—Aquí, el teniente Clarence Rendford. ¡Respondan con un demonio! Repito. Aquí, el teniente Clarence Rendford. Solicito información sobre posible ataque aéreo. Cambio.
Desbordado de rabia al no obtener respuesta alguna por parte de la base de mando, arrojó con furia el teléfono de campaña contra la pared de la trinchera y maldiciendo sin cesar se armó, nuevamente, de su rifle Browing automático calibre 45 que había dejado a un costado. Fijó su vista al frente y se posicionó para abrir fuego de inmediato, para derribar cuanto soldado divisara y le propiciase un blanco certero.
En ese preciso momento, la mayor cantidad de disparos que estábamos recibiendo procedía de un abatido y prácticamente destrozado camión de carga Renault AH, que yacía varado a unos escasos metros de distancia de nuestra trinchera. Tiempo atrás, ese mismo vehículo transportaba municiones desde Luneburgo hacia una pequeña base alemana en Norderstedt, a unos 20 km de distancia, aproximadamente.
Nuestro ágil interceptor, Lawrence Brown, lo importunó unas cuantas horas antes al captar un radiomensaje proveniente de dicha base, en el que se describía una ruta por las periferias al norte de Hamburgo. Evitaban así, arriesgar innecesariamente la vida de sus soldados, de tener que cruzar la ciudad justo por el centro y ser sorprendidos por una lluvia de proyectiles desde los cielos.
La mala fortuna para ellos fue tener que alterar la ruta pactada, a causa de la destrucción de los ataques aéreos de dos días atrás, lo que les impedía el paso por las periferias del norte. No les dejó más alternativa que reprogramar a ciegas la única ruta y cruzar la ciudad por el ala sur, cerca del muelle, lo que puso en riesgo toda la operación.
Durante aquella emboscada, el lugar permaneció totalmente desolado. El teniente había ordenado permanecer lo más ocultos posible en el interior de la trinchera, para evitar ser vistos y no exponernos a un riesgo mayor. Por otra parte, un pequeño grupo de soldados pertenecientes a la alianza inglesa permanecería oculto dentro de un abatido edificio en diagonal a nosotros, desde donde sorprenderían al objetivo desde lo alto, cuando el camión se detuviese dentro de un perímetro previamente fijado.
A mi derecha, Gordon parecía no poder contener las ansias por abrir fuego. No dejaba de decir en voz baja y riendo entre dientes: “Vamos, lleguen de una buena vez, desgraciados”.
El no tan lejano eco de estallidos a nuestro alrededor, claramente, dificultaba oír si algún vehículo se aproximaba, por lo que solo contábamos con los ojos de nuestro compañero y certero tirador, Joseph.
Por un instante, comenzamos a pensar que podrían haber encontrado otra ruta alternativa, con lo cual habrían evitado atravesar la ciudad.
El teniente comenzó a impacientarse, tomó el teléfono.
—Aquí, el teniente Rendford. Cambio.
Adelante, teniente. Cambio.
—Soldado, ¿puede visualizar algo desde allá arriba? Cambio.
Negativo, señor. No hay señales de ningún vehículo aproximándose a la zona. Cambio.
El teniente, preocupado, inspiró hondo y soltó fuertemente el aire por su boca, esbozó luego una expresión de molestia.
—¡Estos malditos se nos han adelantado! De seguro, alguien los puso sobre aviso y se han desviado de la ruta —agregó.
—¿Qué sugiere que hagamos, señor? —preguntó Gordon.
—Vamos a aguardar un instante más, capitán. No se impaciente —dijo el teniente.
Lawrence, que se encontraba mirando a través de uno de los espacios creados por las bolsas apiladas, vio a lo lejos una lejana nube de polvo que se aproximaba hacia nosotros a gran velocidad. Rápidamente giró su cabeza en dirección al teniente y dijo:
—¡Señor, algo se aproxima a gran velocidad!
Instantáneamente, el teniente se puso en alerta, lo que hizo que todos dentro de aquella trinchera fijásemos la vista en dirección a la creciente nube de polvo. Solo segundos después de que Lawrence dijese eso, el crujir de la línea de radio se vio interrumpida y se dejó oír la voz de uno de los soldados aliados que se encontraban en el edificio.
Señor, estén preparados. El objetivo se aproxima a gran velocidad, a su izquierda. Cambio.
El teniente tomó el tubo del teléfono.
—Copiado y en posición. Esperen la señal para abrir fuego. Todos atentos y en posiciones, señores —nos alertó—. Los bastardos se aproximan.
Retomamos a nuestras posiciones, esperando agazapados dentro de la trinchera.
—Recuerden el plan, señores —asintió el teniente—: interceptar y apoderarnos del vehículo para salir de una buena vez de esta maldita ciudad. ¿Está entendido?
A lo que todos asentimos desbordando plena confianza, desconociendo por completo el infortuito enfrentamiento en el que nos veríamos inmersos en escasos minutos.
Joseph, sin apartar la vista de la creciente nube de polvo, se dirigió hacia un montículo de ladrillos a nuestra derecha y fijó la mira de su rifle a través de un orificio existente en dirección al objetivo que se aproximaba a gran velocidad. Ya que no poseíamos otros medios con los cuales detener el vehículo en cuestión, el teniente había ordenado a Joseph disparar directo al conductor cuando se encontrase a unos veinticinco metros de distancia de la trinchera, casi por debajo del edificio, lo que le haría perder notablemente el control y detenerse, sin más alternativa, para emboscarlos sorpresivamente.
—Todo depende de ti, muchacho. Solo tienes una oportunidad, no falles —dijo seriamente el teniente, apoyándole una mano en el hombro. Bien sabía él que no podía fallar por lo que buscó una posición en la cual le quedase el camino totalmente libre de obstáculos.
Gordon estaba más que listo, no dejaba de murmurar una maldición tras otra, en contra de los soldados enemigos. El teniente lo miraba un tanto sorprendido: había entrado en un estado de ansiedad profunda, combinada con su locura natural.
—Cien metros, teniente —aseguró la voz al otro lado de la línea, por lo que él nos miró y dio la señal de alerta a Joseph, quien ya posicionado asintió con un muy leve movimiento de cabeza. Clavó su mirada al frente, sabía que, al efectuar el disparo y con la detención del vehículo, deberíamos abrir fuego al igual que lo harían los soldados desde lo alto del edificio en caso de ser necesario.
Yo sentía cómo la tensión aumentaba. Por un instante, el silencio invadió por completo el lugar. Solo podía percibirse el bramante sonido de aquel vehículo que se acercaba a gran velocidad. Respiré profundo, cuando sin previo aviso oí chasquear el percutor del fusil de Joseph, que activó el fulminante y expulsó el proyectil calibre 30 a través del cañón, el cual se dirigió en línea recta hacia el vidrio delantero del camión. Lo atravesó sin dificultad alguna e impactó certeramente en la cabeza del piloto. El chillar de los neumáticos fuera de control finalizó con un gran estruendo, producto del impacto contra la pared de una desolada residencia. Para nuestra desgraciada mala fortuna, el camión volcó a pocos metros de la esquina donde los soldados ingleses aguardaban.
De un momento a otro, un buen número de aturdidos soldados emergió de la parte trasera del ya humeante y casi destrozado camión.
—¡Abran fuego, ahora! —gritó el teniente.
En cuestión de segundos las ráfagas de fuego iluminaron por completo los muros de aquel escenario. Detrás de la caja de madera del maltrecho camión Renault AH varios soldados del frente enemigo se agrupaban y resistían cada disparo proveniente no solo de la trinchera en la que nos hallábamos, sino también desde las ventanas del abatido edificio en el que se encontraban los soldados ingleses.
Teniendo en cuenta que dicha resistencia había sido contemplada por el teniente al planear el ataque, era de notar que se trataba de soldados perfectamente entrenados y que portaban gran cantidad de armamento.
Comencé a darme cuenta, al igual que todos mis compañeros, de que la situación se estaba tornando cada vez más complicada.
Fue entonces cuando vino a mi mente una frase que oí decir al teniente mientras ultimaba detalles. “No creo que esos bastardos puedan con tanto”, afirmó, entonces, confiado de que para él solo sería un simple ejercicio.
—Frank, ¡concéntrate! —exclamó Gordon, a gritos.
Asentí, y sin dudarlo fijé la vista hacia el frente, abriendo fuego de inmediato.
Los soldados ingleses, en el techo de aquel viejo edificio, habían quedado en una posición inapropiada para disparar correctamente debido a la inclinación de las tejas, por lo que habían decidido descender y agruparse en uno de los pisos más próximo al camión. Por lo cual quedaban levemente más expuestos que en su posición original y, de igual modo, incomodados por el reducido espacio que las ventanas les proporcionaban para disparar, pero fue un riesgo que su líder había, por lo visto, decidido correr.
—Pero… ¿Qué hacen? ¿Por qué han descendido? ¿No se dan cuenta de que pasaron a ser un blanco muy fácil desde allí? —murmuró el teniente quien observó cómo los disparos hacia sus compañeros ingleses eran cada vez más numerosos.
De repente, la aparición de un objeto totalmente inesperado estremeció la piel de todos los que allí nos encontrábamos. El grueso e imponente cañón del lanzacohetes Panzerschreck 88 (o más comúnmente conocido entre los soldados como “el terror de los tanques”) se dejó ver por encima de la caja de carga del camión junto al casco de un soldado enemigo, apuntando en dirección al edificio donde nuestros compañeros se encontraban y denotando, claramente, que algo malo estaba a punto de ocurrir.
—¡No… no… no! —exclamó el teniente reiteradas veces, aumentando su voz y agitando su cabeza ágilmente, lo que daba cuenta de que lo que estaba a punto de suceder sería verdaderamente nefasto—. Joseph, dispárale a ese maldito antes de que...
Y sin dar tiempo a que el teniente terminase la frase, un gran destello incandescente se generó detrás de la caja de madera del camión, para dejar una estela de fuego y humo blanco en el aire al liberar consigo un proyectil de calibre 88, el cual, segundos después, impactó directamente en el edificio donde los escasos miembros del batallón inglés se encontraban resistiendo como podían el ataque enemigo. Causó un gran estruendo que hizo volar por los aires cientos de trozos de aquella construcción ya en ruinas, y que devoró con llamas todo a su paso.
Ciertamente y, a juzgar por la expresión de desconcierto en el rostro de nuestro teniente, eso no había formado parte de su plan.
«Un simple ejercicio», me decía para mis adentros.
Con ello, la situación actual, sin duda, había empeorado, y era completamente diferente a cómo se la había supuesto horas atrás. Su armamento era muy superior al nuestro y ponía en evidencia, ahora más que nunca, lo sumamente difícil que sería salir todos con vida de allí.
—¡Respondan al fuego con mil demonios! ¡No desperdicien balas! —ordenó el teniente—. Gordon… ¡Asegura tu lateral derecho, no podemos dejar que avancen en ninguna dirección! —ordenó.
—¡Entendido, señor! —respondió Gordon, redireccionándose.
Tanto Gordon como todos allí respondíamos incesantemente al fuego enemigo, ahora más que nunca; luego de ver cómo nuestros aliados ingleses habían sido reducidos a cenizas por grandes lenguas de fuego en solo unos segundos, lo que significaba para nosotros que, de no hacer algo pronto, correríamos exactamente la misma fortuna.
A nuestras espaldas, de lo que días atrás había sido un complejo residencial compuesto de varios edificios, solo ruinas de escombros y metal retorcido quedaban; y nos proporcionaban algo similar a un escudo.
Gordon se había posicionado con su ametralladora Browin M1919 en el lateral derecho para cubrir una única y posible vía de escape para nuestro batallón. Era tan solo una estrecha abertura en la parte inferior de un gran muro por la que escaparíamos. Pero fue una opción más que el teniente había considerado confiado en que no sería necesario.
—¡Malnacidos! ¡Son más resistentes de lo que esperaba! —gritó Gordon—. ¡Debemos movernos de inmediato, señor!
—¿Crees que no lo sé? —respondió el teniente endureciendo su agotada mirada—. ¡Si solamente estos hijos de perra contestaran sabríamos cómo y hacia qué dirección movernos!
—No contamos con mucho tiempo, debemos movernos cuanto antes, señor —alertó Gordon.
Nuestro teniente, al ver que la situación se intensificaba, había comenzado a pedir por radio cualquier apoyo que pudiesen enviar de manera urgente. Bien sabíamos que en las afueras de la ciudad, no muy lejos de allí, tropas terrestres inglesas se encontraban reagrupándose para partir en la mañana del 29, antes de otro bombardeo aéreo —uno de los siete que ocurrirían— pertenecientes a la operación Gomorra. Desgraciadamente, no llegaríamos a tiempo si continuábamos allí. El intenso bombardeo de la noche del 24 y la tarde del 25 había arrasado parte de la ciudad, llevándose consigo un sinnúmero de inocentes civiles a los que les fue imposible escapar. Ciertamente la buena fortuna había estado de nuestro lado hasta el momento, ya que nos encontrábamos un tanto alejados de la zona en conflicto.
—¡Nuestras municiones se agotan, señor! —dijo Lawrence.
Me detuve para recargar mi rifle; y al alzar la vista, pude ver el claro desgaste de todos y cada uno de mis compañeros. El teniente tomó nuevamente el teléfono e insistió, con voz escasa, pidiendo información sobre el bombardeo que se llevaría a cabo allí.
Repentinamente en el aire, a unos dos mil metros de altura, el eco de un amenazante zumbido comenzó a resonar cortando el silencio precedente a cada disparo. Segundo tras segundo ganaba más presencia e intensidad, captando la atención de algunos soldados que allí se encontraban. Se redujeron gradualmente los disparos de aquel enfrentamiento, hasta llegar a silenciarse casi por completo cuando el rugir de los motores Wrigth R1820 de una flota de bombarderos B17 aumentaba en intensidad a medida que se aproximaba a la zona en cuestión. Quedó en evidencia que ese sería el escenario de un ataque aéreo en escasos minutos, que arrasaría con todo a su paso de manera desdichada para quienes quedasen al alcance de sus bombas. Algunas miradas se alzaron hacia el humeante y gris cielo en un intento por divisar dichos objetos voladores y calcular cuál sería la distancia aproximada a la que se encontraban en ese preciso momento, ya que parecían acercarse cada vez más a prisa hacia nosotros.
—¡Maldita sea! —murmuraron simultáneamente Gordon y Joseph, mirándose fijamente el uno con el otro, intercambiando miradas de preocupación, conscientes de las consecuencias que nos traería el permanecer allí ante el bombardeo.
—¡Debemos movernos de prisa, señor! —sugirió Gordon.
—¡Sí! ¡Es imprescindible buscar un refugio de inmediato o de lo contrario moriremos aplastados por estos mismos muros! —agregó Joseph con escaso aliento.
—¡Con mil demonios! ¿Creen que no lo sé? —respondió el teniente, frunciendo el ceño y elevando su tono de voz.
El teniente sabía a la perfección que quedarnos allí era totalmente arriesgado; claramente, no sobreviviríamos a tal feroz bombardeo, solo nos quedaba una alternativa y era escapar cuanto antes de allí.
Por lo que, sin perder más tiempo, el teniente dijo a viva voz:
—Gordon, cubre el costado derecho, debemos movernos de aquí —. Agazapado se adelantó para mostrar la única vía de escape que teníamos: un estrecho orificio debajo del muro.
—¡Síganme! ¡Vamos… de prisa, señores! —gritó, insistentemente, haciendo señas con su mano.
Luego de ver cómo el teniente ágilmente se escabullía por aquel orificio como un conejo en su madriguera, el resto del batallón lo siguió sin perder más tiempo del poco que teníamos. Gordon, que fue el último en aparecer por el orificio al otro lado del maltrecho, pero sólido, muro, preguntó sin aliento:
—¿Ahora qué hacemos, señor? ¡Debemos buscar un buen refugio o de lo contrario moriremos aquí mismo!
El teniente miró hacia todas las direcciones, denotaba desesperación en su rostro ya que ahora más que antes el zumbido de aquellos motores estaba sobre nosotros, como si centenares de abejas enfurecidas volasen por encima nuestro.
—¡Por aquí, vamos! —dijo y se puso en marcha, agilizó el paso al cortar bien por en medio aquella desolada calle, sin dirección alguna.
Habiendo hecho solo unos cuantos metros desde donde estábamos, el aire fue invadido por agudos silbidos; el sonido más terrorífico que habíamos oído jamás nos paralizó por completo, lo que hizo mermar la marcha de todos hasta detenernos. Elevamos simultáneamente la vista hacia lo alto de aquel opaco cielo y vimos cómo caían en forma de lluvia centenares de proyectiles que precedían a estruendosas explosiones de humo y fuego segundos después. En ese preciso momento mi estómago colapsó y se endurecieron todos y cada uno de mis músculos.
«Hasta aquí hemos llegado», pensé al igual que todos los que allí contemplábamos lo que acontecía. Mis fatigados ojos se cerraron, dejé caer desoladas lágrimas al recordar a mi familia y todo aquello que colmaba de felicidad y daba sentido a mi vida. Al abrirlos, en el rostro de todos mis compañeros, fue inevitable ver aquella misma expresión. Excepto, claro, nuestro teniente: parecía irradiar seguridad mirando insistentemente hacia todas las direcciones posibles.
—Pero… ¿Qué demonios hacen allí parados? ¡Síganme! ¡De prisa! —dijo a viva voz y echándose a correr en dirección a una enorme y desvencijada construcción en cuya entrada pendulaba amarrado con cadenas un robusto y enorme letrero de madera, en el que se podía leer la palabra alemana “SCHENKE”, algo así como un bar o taberna ubicada a mitad de la cuadra a tan solo unos pasos de donde nos habíamos detenido.
Sin aminorar la marcha, el teniente embistió la doble puerta, la cual no opuso resistencia y se abrió de par en par para dejar la vía libre y que ingresáramos sin dificultad. Una vez dentro, el teniente se detuvo unos instantes. Observó el lugar rápidamente y se puso en marcha hacia la parte trasera de la extensa barra de madera, donde una angosta abertura al final precedía, pasillo de por medio, a lo que fuese una suerte de cocina.
Allí nos reagrupamos, ya sin aliento.
—¡Dense prisa! ¡Busquen por todo el piso! ¡Aquí debe haber una puerta que conduzca hacia el sótano! ¡Estoy más que seguro! —dijo el teniente.
—Pero… ¿Qué tan seguro está? —lo contradijo, exacerbadamente, Joseph.
—¡Maldita sea, muchacho! ¡No me contradigas y ponte a buscar que ya no hay más tiempo!
Y sin más, comenzamos a revolver frenéticamente el lugar mientras sentíamos cómo los continuos e impactantes estruendos y el temblor en el piso ganaban intensidad.
—Por aquí no hay nada —dijo Gordon, seguido de Lawrence que miraba el suelo desesperanzadamente.
—¡Maldición! ¡Maldita sea nuestra suerte! —gritó furiosamente el teniente.
Los continuos y amenazantes estruendos hacían temblar el lugar por completo, dejaban caer cualquier objeto al polvoriento suelo de aquella penumbrosa habitación en la que nos encontrábamos reunidos, esperando lo peor.
—¡No podemos terminar así! —pensó en voz alta Joseph, moviendo la cabeza hacia ambos lados, mirando para sus alrededores.
—Y no será así… ¡De prisa! ¡Saquen todas las cosas de dentro de estas heladeras! —ordenó el teniente, quien, al mirar a su alrededor, vio a Phill totalmente inmóvil, parado bajo la cornisa de la puerta cercana a la barra—. ¡Vamos! ¡Maldita sea! ¿Acaso deseas morir aquí? —le gritó a viva voz, lo que lo hizo volver en sí.
Phill no tardó en comenzar a moverse en dirección hacia donde nos encontrábamos. Estando a tan solo unos cuantos pasos de la entrada de la habitación, algo en el suelo lo hizo trastabillar y caer bruscamente de cara al piso, donde quedó inconsciente.
Seguidamente, una gran explosión, a unos metros de distancia, hizo volar todos los vidrios de una gran ventana a nuestras espaldas.
—¡De prisa! ¡Ya no hay tiempo! —gritaba el teniente, agitando su mano en señal de que debíamos resguardarnos de cualquier manera.
Viendo que no todos cabíamos dentro de las heladeras, Joseph y yo buscamos refugio bajo una mesada de grueso concreto alrededor de aquella sala, conscientes de que, de igual modo, sería totalmente inútil.
Me acomodé y al alzar la vista vi que Phill aún permanecía tirado en el suelo, inconsciente a causa del gran golpe que había recibido al caer.
«¡Vamos Phill! ¿Qué haces?», me dije para mis adentros. Algo me decía que debía traerlo de alguna manera hacia donde nos encontrábamos, e impulsivamente dejé mi lugar y corrí en busca de él. «No te dejaré, amigo».
—Frank… ¿Qué haces? —me preguntó Joseph, ante la locura que estaba cometiendo.
Ignorándolo por completo, llegué hasta donde estaba Phill y, pasando mis brazos por debajo de los suyos, rodeé así su cuerpo y tiré con todas mis fuerzas intentando levantarlo, pero el cansancio pesaba en mí, perdí cada vez más fuerza, hasta el punto de desplomarme junto a él.
De un momento a otro allí me encontraba, arrodillado junto a mi compañero, sosteniéndolo con mis escasas fuerzas. Alcé mí vista hacia la ventana, por la que pude ver cómo el humo y el polvo que entraban por ella estaban acompañados de amarillos destellos de fuego y ensordecedores estallidos.
Sin más ya por hacer, dejé caer mi cabeza. De pronto todo se tornó cada vez más oscuro y lúgubre, apenas se podía ver vagamente el percudido rostro de Phill iluminado por aquellos destellos. Todo a mi alrededor retumbaba, parecía que ahora sí el momento había llegado. Cerré mis ojos y comencé a pensar para mis adentros, dejando escurrir lágrimas sobre mis mejillas.
«Cuántas cosas me hubiese gustado hacer y disfrutar en la vida. Para mis padres y hermanos ya nada sería igual, si yo no estuviera». Siempre pensé que el amor es el tesoro más preciado que la vida tiene y lamentablemente no sabemos cómo vivirlo en su plenitud. «Quisiera haber podido conocer a alguien, formar mi familia y no terminar bajo los escombros de esta miserable taberna».
El crujir de un edificio de enfrente que se desplomaba desprendió un trozo de cemento del techo sobre mi cabeza, el cual me golpeó con fuerza, como si una inmensa mano me hubiese abofeteado fuertemente. Me obligó a abrir los ojos y clavar la mirada en el suelo. Las lágrimas en mis ojos me impedían comprender con claridad la confusa imagen que los pálidos destellos dejaban al descubierto. Creyendo estar viendo algo incorrecto, las escurrí rápidamente, lo que aclaró mi vista de inmediato y me dejó ver algo por lo que no daba crédito alguno.
«Aquí está», me dije exhalando un suspiro de tranquilidad y nerviosismo simultáneamente.
Casi en frente, empotrado en uno de los tablones del suelo de aquel pasillo, un oscuro y desgastado pestillo cuadrado con un aro metálico en el centro, indicaba la entrada al sótano que tanto habíamos estado buscando y que gracias al convaleciente y descuidado Phill habíamos encontrado. Sin perder más del escaso tiempo que nos quedaba, grité con todas mis fuerzas:
—¡Aquí está… está aquí! ¡La encontramos!
No me cabe duda de que esas fueron unas de las mejores frases que jamás he pronunciado.
Entre el denso polvo flotando en el aire pude distinguir las sombras de mis compañeros, los que se aproximaban a gran velocidad hacia mí.
—¡Bien hecho, muchacho! —dijo el teniente, palmeándome fugazmente la espalda.
Joseph se apresuró en levantar a Phill y una vez de pie Lawrence jaló fuertemente de aquel pestillo, lo que dejó al descubierto un gran y oscuro orificio rectangular que indicaba la entrada al sótano. Un primer escalón de madera se hacía visible a escasos centímetros del borde de la entrada.
—¡Vamos! ¡De prisa! ¡Entremos! —exclamó el teniente, que empujaba insistentemente a Gordon, quien sería el primero en descender y lo haría con grandes zancadas.
Luego, Joseph bajó cargando consigo a Phill y así descendimos todos hasta que, por último, lo hizo el teniente, quien se encargó de cerrar la puerta segundos antes de que gran parte del techo se desplomara a causa de una gran explosión bien en frente de la taberna, que hizo crujir fuertemente los tablones de aquella puerta.
Dentro de aquel espacio adimensional, la densa oscuridad se vio disminuida cuando el resplandor de la linterna Fulton Mx del teniente ganó intensidad.
—¿Están todos bien? —preguntó el teniente un tanto agitado.
El temblor y los grandes estruendos se habían apaciguado levemente. Las gruesas paredes de concreto sólido claramente nos proporcionarían el refugio adecuado, al menos por un tiempo.
—¡Sí, señor! —respondimos, con agotamiento y casi al unísono.
—Increíble que el error de esta suerte de uniformado nos haya salvado la vida —dijo el teniente, riendo entre dientes, a medida que se acercaba a Phill, quien estaba tendido bocarriba en el piso—. A ver si lo despiertan. Creo que ya ha descansado bastante.
Joseph, luego de retirarle el casco, lo abofeteó un par de veces hasta que lentamente fue volviendo en sí. En un principio, no comprendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo, ni en donde se encontraba en aquel preciso momento; solo decía una y otra vez “gracias” y movía torpemente sus manos, como tratando de abrazar a quien estuviese cerca en ese momento.
Aquel feroz bombardeo se prolongó unos cuantos minutos más. Comprendimos que el mismo había finalizado, cuando el silencio invadió por completo la habitación en la que nos encontrábamos.
Antes de que la única fuente de luz se agotase, recorrimos el cavernoso lugar en busca de algo que nos fuese de utilidad para suplantarla. Dimos con una vieja farola llena de bencina detrás de unos cajones de madera. Sin más tiempo que perder, la prendimos y una tenue luz color ámbar colmó la habitación.
***
Había pasado un largo tiempo desde la última vez que habíamos podido descansar de manera un tanto prolongada y con ello recobrar algo de estado. No obstante, no dejábamos de estar alerta ya que aún continuábamos dentro de una zona en conflicto, alejados un par de kilómetros de Pinneberg, donde nos aguarda un avión de la RAF Británica para llevarnos a una pequeña base inglesa en Aberdeen, Escocia.
—¿Cuánto tiempo estaremos aquí, señor? —preguntó Gordon caminando de un lugar a otro con un trozo de queso en la mano.
—Esperaremos hasta el anochecer para retomar contacto con nuestros compañeros en Pinneberg. Espero que no hayan adelantado su partida —respondió el teniente.
—Pero entonces… ¿Por qué no hacerlo ahora antes de que sea demasiado tarde? Es un vuelo que no podemos perder —lo interrumpió Gordon.
—¡Sí, sí! Ya sé que no podemos perderlo, pero sería demasiado arriesgado hacer correr un mensaje luego de tremendo bombardeo, ¿no lo crees?
—Pero… ¡Señor…! —continuó Gordon, quien parecía estar incómodo con la decisión del teniente.
—Creo que he sido bastante claro, capitán —lo importunó frunciendo el ceño y finalizando así la conversación.
Ciertamente, aquel sótano que aún conservaba algo de comida y bebida nos sería muy útil el tiempo que permaneciésemos allí dentro.
«El descuido de Phill nos había salvado», me decía a mí.
—Aprovechen a comer y descansar lo más que se pueda —dijo seriamente el teniente—. Y no se olviden de darle las gracias a nuestra bella durmiente aquí, ya que gracias a su descuido todavía seguimos con vida —concluyó mirando de reojo a Phill y esbozando una sonrisa a modo de agradecimiento; acompañamos con risas todos los que allí estábamos.
***
Permanecimos allí adentro por varias horas, puesto que aquel sótano era totalmente ciego, sin más ventilación que un orificio en una esquina, lo que imposibilitaba así saber si aún era de día o ya había caído la noche sobre la devastada ciudad de Hamburgo. Todos descansábamos en absoluto silencio, bajo la tenue luz que la linterna del teniente nos proporcionaba.
Caí en un profundo sueño y desperté sin saber con exactitud cuánto había estado durmiendo. Permanecí por largo rato en la misma posición. Solo movía mis ojos, intentando volver en mí luego de aquel reparador descanso.
Con el correr de los minutos, comenzaron a despertar todos.
El teniente se había sentado sobre un barril en el otro extremo de la habitación, por lo que daba la sensación de estar montando guardia aun dormido.
—Ya es de noche, señor. ¿Cuánto tiempo hace que estamos aquí adentro? —preguntó Joseph.
El teniente abrió sus abatidos ojos, lo miró y dijo de manera honesta:
—No lo sé, capitán. Es difícil determinar sin una salida al exterior, si es de día o ya anocheció.
—Pero entonces alguien debe salir y ver, ¿no le parece? —continuó Joseph.
—Es muy arriesgado. De seguro grupos de soldados enemigos están haciendo un recorrido por todo el sector, tratando de encontrar civiles con vida. Como lo es también el permanecer mucho tiempo aquí dentro, tarde o temprano vendrán y seríamos presa fácil.
—Pero entonces, ¿qué sugiere, señor? —interrumpió Gordon, ya despierto y de pie.
—Creo que lo más prudente sería contactar a nuestros amigos en Pinneberg. Honestamente espero que no hayan adelantado su partida, de lo contrario se tornaría mucho más complejo abandonar Alemania.
—¿Qué estamos esperando? —preguntó Lawrence tomando el auricular del EE-8.
La mirada del teniente denotaba cierta incomodidad, como si supiese que algo no andaba del todo bien. Francamente, poseía un sexto sentido para estas cosas. Gracias a su intuición seguíamos aún con vida.
El teniente acercó el micrófono a su boca e inspiró profundo, para luego soltar suavemente el aire.
—Aquí el teniente Clarence Rendford de los Estados Unidos de América. Respondan. Cambio.
El teniente insistió, nuevamente.
—Aquí el teniente Clarence Rendford. Respondan. Cambio.
El crujir de la línea muerta no daba una señal alentadora, por lo que la idea de que ya se habían marchado comenzó a hacerse más fuerte.
—¡Maldición! ¡Contesten! —repetía el teniente, luego de pedir una y otra vez confirmación del mensaje.
—¡No pueden haberse ido sin nosotros! ¡Era imprescindible volver a Inglaterra con nosotros! —le decía Gordon a Joseph.
Aún conservábamos la esperanza de que no hubiesen partido, puesto que una de las prioridades, que se había mencionado en un radiomensaje tiempo atrás era que el teniente debía regresar con sus hombres. Desconocíamos, al menos la mayor parte de nosotros, el porqué de ello exceptuando, claro, a Gordon y Joseph, quienes como sus hombres de mayor confianza seguro sabían el porqué. Más allá de cuál fuese el motivo, yo deseaba salir de aquel horrible lugar y sentirme un poco más cerca de casa.
—Frank… ¿Qué crees que está ocurriendo? ¿Piensas que nos han dejado aquí nuevamente a nuestra suerte? —me preguntó, Phill dubitativamente.
—Espero que no, amigo. Honestamente ya deseo marcharme de aquí —le respondí esperanzado. Algo adentro de mí me decía que aún estaban esperándonos más allá de que la línea del teléfono continuara crujiendo ininterrumpidamente e indicara lo contrario.
El tiempo allí adentro transcurría muy lentamente. El teniente, por su parte, había abandonado el maltrecho teléfono sobre el barril, y se acomodó sobre unas bolsas.
Gordon y Joseph habían comenzado a contar varias de sus historias juntos. Prácticamente hablaban ellos ya que, a pesar de su corta edad, habían transitado un centenar de momentos y situaciones que provocaban algunas risas. Hasta el teniente se sumó a la conversación y parecía estar disfrutándola.
Sin duda, el buen ánimo estaba retornando al grupo, nos hacía olvidar momentáneamente la situación en la que estábamos.
Como ya habíamos perdido por completo la noción del tiempo y al no obtener respuesta alguna por parte de la base en Pinneberg, el teniente Rendford decidió emprender la marcha a ciegas, lo cual sería sumamente arriesgado para todos. Una creciente desesperación se apoderó por completo del grupo. Desconocer nuestro destino en tierras enemigas acrecentaba las posibilidades de ser descubiertos, capturados y, en el peor de los casos, destinados a una muerte dolorosa.
El silencio dentro y fuera de aquella penumbrosa habitación era sepulcral.
—¿Qué crees que está pasando allá afuera, amigo? —me preguntó Phill completamente asustado.
—¡Están esperando lo peor! —respondió el teniente dejando reposar el auricular sobre el teléfono, acercándose hacia nosotros con su mirada totalmente palidecida—. Aún no podemos marcharnos, Pinneberg deberá esperar por nosotros —continuó diciendo.
—¿De qué está hablando, señor? —indagó Gordon, impaciente.
—El mensaje recibido días atrás fue claro —explicó, dirigiendo su mirada hacia Lawrence, quien al juzgar, por su expresión, había comprendido lo que el teniente iba a decir.
—¡Sea claro, señor! —exclamó Gordon.
—Días atrás, recibimos un mensaje que detallaba la posición y fecha de cada uno de los siete bombardeos aéreos pertenecientes a la operación Gomorra.
—¿Está tratando de decirnos que aún hay más? —intervino Joseph.
—Sí, sargento —respondió fríamente—. Solo tenemos una oportunidad de escapar de Hamburgo y es dentro de dos días. La mañana del 29, para ser más exactos —continuó, emprendiendo su marcha hacia el otro extremo de la habitación—. Descansen un poco más señores, aún tenemos varias horas para idear cómo demonios saldremos de aquí.
Dio media vuelta y se fue a sentar cabizbajo, cerca del teléfono, para el caso de que algo sucediese. La sintética explicación del teniente dejaba un centenar de preguntas sin responder, como era característico en él. Lo que la mayoría de las veces generaba enfado.
***
Aquel verano había tenido varios días en los que el calor era totalmente abrasante, pero aquel sótano aunque asfixiante, era fresco lo cual hacía que el descansar allí se tornara bastante agradable.
«¿Más bombardeos?», pensaba.
—Oye, Frank —dijo Phill, acercándose hacia donde me encontraba descansando sobre unos costales de cebada.
—Sí… ¿Qué ocurre, Phill?
—Solo quería agradecerte por haberme salvado, amigo. De no ser por ti, habría muerto aplastado por los escombros.
—Creo que los agradecidos debemos ser nosotros, amigo —le dije alzando la vista hacia la oscura entrada del sótano—. De no haber sido que caíste justo sobre la puerta que tanto buscábamos, ahora, probablemente, todos estaríamos muertos.
—Gracias, Frank. Al menos no todas las cosas que hago las hago mal —respondió esbozando una sonrisa—. ¡Tú sabes cómo me habla y mira siempre el teniente! —exclamó—. Trato de hacer las cosas que me dice, como él quiere, pero siempre se disgusta al final.
En su mirada había una gran angustia, la voz de vez en cuando se le anudaba y le costaba expresarse, sin duda se sentía mal, como si constantemente cargase con una culpa por los constantes regaños por parte del teniente, quien no hacía más que desmerecer su trabajo.
—Sé cómo te sientes, Phill. La verdad es que hay días en los que me siento igual de vacío que tú —respondí mirando discretamente a mi alrededor—. Me pregunto a cada instante el porqué de estar aquí haciendo esto, peleando sin obtener más recompensa que el perder lo poco o mucho que tengamos. Te invade la impotencia al caer en la cuenta de que te arrebatan gran parte de ti, sin tu consentimiento.
No todos nacen para destruir lo que a algunos les llevó una vida construir, familias enteras devastadas sin un porqué. Me costaba continuar, con cada palabra mi corazón se llenaba de tristeza y rabia, simultáneamente. Yo no quería estar allí.
—Yo extraño mucho a mi madre, Frank —dijo rompiendo el prolongado silencio que se había generado—. Desde que mi padre nos dejó cuando yo era pequeño, jamás volvimos a saber de él. Pienso siempre cuán preocupada debe de estar mi madre, esperanzada en verme llegar a salvo. Soy su única familia.
La historia de Phill y sus ojos llenos de lágrimas me recordaron a los de mi madre la mañana antes de mi partida. Yo trataba de demostrar calma y esperanza de que volvería sano y salvo a casa, pero ciertamente una madre sabe cuándo su hijo está mintiendo. “A una madre no la puedes engañar, hijo. No debes tener miedo, yo sé que vas a regresar pronto a casa”, me dijo y, abrazándome tan fuerte como pudo, me despidió.
En momentos como ese comprendía algunas cosas respecto a Phill: porqué siempre era sumiso y solitario y pasaba la mayor parte del tiempo callado.
—Escúchame, amigo —le dije posando mi mano sobre su hombro, tratando de reconfortarlo de alguna manera—, al igual que tú deseo regresar a casa. No sé cómo ni cuándo, solo sé que lo haré y eso me llena de esperanza y me da fuerzas para transitar el día a día. Estamos cada vez más cerca, no debemos abandonar las esperanzas; eso nos mantiene de pie, nos enseña a vivir y a valorar la vida.
—Gracias, Frank. En verdad necesitaba escuchar algo que no fuesen solo regaños. Eres una buena persona —mencionó con una leve sonrisa.
—Ahora sabes que no estás solo, Phill. Esto tarde o temprano va a acabar y podrás regresar a casa junto a tu madre.
Me miró esperanzado y dijo:
—Seguro que así será, amigo, así será.
Sin más, volvimos a descansar puesto que aún no emprenderíamos el sumamente arriesgado recorrido de 20 kilómetros hasta Pinneberg.
***
Inesperadamente unas lejanas y entrecortadas voces me hicieron despertar de mi somnoliento descanso.
Aquí el mariscal en jefe Charls McGregor de la Royal Air Force. Respondan. Cambio.
Nuevamente se escuchó la voz al otro lado del radio.
Aquí el mariscal en jefe Charls McGregor de la Royal Air Force. Respondan. Cambio.
No comprendía qué era lo que estaba ocurriendo, las voces se entremezclaban. Divisaba un gran movimiento de personas. Apresuradamente, traté de aclarar mi mente, hasta que caí en la cuenta de lo que estaba sucediendo, cuando oí:
