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Stanley Potts ya no tiene una vida normal: tío Ernie transformó su casa en una enorme enlatadora de pescado, y su locura lo llevó a extremos inaceptables. Ahora Stan se ha ido de casa, y viaja con un circo ambulante. Enfrentando sus miedos, Stan descubrirá, lejos del mundo conocido, su verdadera vocación: ¡Es el niño que nada con pirañas!
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Seitenzahl: 175
Veröffentlichungsjahr: 2024
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ilustrado por OLIVER JEFFERS traducido por IX-NIC IRUEGAS
Primera edición en inglés, 2012 Primera edición en español, 2013 Sexta reimpresión, 2023 [Primera edición en libro electrónico, 2024]
Distribución en Latinoamérical
© 2012, David Almond (UK) Ltd., texto © 2012, Oliver Jeffers, ilustraciones Publicado por acuerdo con Walker Books Limited, Londres SE11 5HJ Título original: The Boy Who Swam with Piranhas
D. R. © 2013, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5449-1871
Editoras: Eliana Pasarán y Clara Stern Rodríguez Diseño: Miguel Venegas Geffroy
Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos correspondientes.
ISBN 978-607-16-1268-7 (rústica)ISBN 978-607-16-8257-4 (epub)ISBN 978-607-16-8249-9 (mobi)
Hecho en México - Made in Mexico
Para Hella
Una pregunta: ¿qué pensarías si alguien, tu tío Ernie, por ejemplo, decidiera convertir tu casa en una fábrica enlatadora de pescado? ¿Te gustaría que hubiera cubetas llenas de arenques y tinajas con macarelas por doquier? ¿Y qué tal si hubiera un cardumen de sardinas nadando en la bañera? ¿Qué pasaría si tu tío Ernie siguiera construyendo más y más máquinas: para cortar cabezas, para cortar colas, para sacar tripas, para limpiar y hervir y aplastar los pescados dentro de las latas? ¿Te imaginas el escándalo? ¿Visualizas el desastre? ¡Imagínate la peste!
¿Y qué pasaría si las máquinas de tu tío Ernie llegaran a ser tan grandes que ocuparan todas las habitaciones, tu recámara, por ejemplo, y tú tuvieras que dormir en el armario? ¿Qué tal si te dijeran que ya no puedes ir a la escuela porque tienes que quedarte en casa para enlatar el pescado? ¿Suena bien? ¡Ah! Pero ¿y si en lugar de ir a la escuela tuvieras que empezar a trabajar todos los días a las seis de la mañana en punto? ¿Y si no tuvieras vacaciones? ¿Y si nunca vieras a tus viejos amigos? ¿Te gustaría? ¡Claro que no! Pues a Stan Potts tampoco le gustaba.
Stan Potts era un niño normal con una vida normal en una casa normal de una calle normal, y de pronto ¡pácatelas!, su vida enloqueció. Todo ocurrió de la noche a la mañana. Un día estaban tan contentos —Stan, tío Ernie y tía Annie— viviendo en una linda casita con terraza en la calle Embarcadero, y al siguiente, ¡toma esto!: arenques, macarelas, sardinas y una absoluta esquizofrenia. Stan quería mucho a tío Ernie y a tía Annie; él era hermano de su padre y ambos habían sido maravillosos con él desde que su papá murió en aquel horrible accidente y su mamá murió poco después, con el corazón roto. Sus tíos eran como unos nuevos padres, pero una vez que comenzó la locura, Stan pensó que no tendría fin, y que pronto todo aquello sería imposible de soportar.
Todo comenzó con el cierre del Astillero Simpson, que había estado ahí, al lado del río, desde el año cero. Los hombres que vivían cerca del río habían trabajado en Simpson desde siempre. El padre de Stan laboró ahí hasta el accidente. El tío Ernie había trabajado ahí desde que era un muchacho, como su hermano, y como su padre, y el padre de su padre, y el padre del padre de su padre. Y de pronto, ¡púmbale!: todo terminó. Hicieron barcos más baratos y mejores en Corea y Taiwán y China y Japón. Así que las puertas del Astillero Simpson se cerraron de golpe, a cada hombre le dieron algo de dinero, le dijeron que se marchara y metieron los equipos de demolición. Ya no había trabajo para tipos como tío Ernie; pero los hombres como él son orgullosos y trabajadores, y tienen familias de las cuales ocuparse.
Algunos de ellos consiguieron otros trabajos, en la Fábrica de Envases de Plástico Perkins, por ejemplo, o respondiendo teléfonos en la Sociedad Aseguradora y Financiera del Beneficio Común, o acomodando anaqueles en Stuffco, o dando visitas guiadas en el Museo del Patrimonio Industrial (exposiciones especiales: Soberbias Naves Marinas Construidas en el Astillero Simpson desde el año cero). Otros se desanimaron y sólo caminaban por las calles arrastrando los pies, o se quedaban parados en las esquinas, o se enfermaron y comenzaron a desvanecerse. Unos más comenzaron a beber, otros a robar y algunos más terminaron en la cárcel, pero algunos hombres, como el tío de Stan, el señor Ernest Potts, tenían grandes planes.
Un par de meses después de que lo despidieran de Simpson, Ernie estaba de pie junto a Stan y Annie en la ribera del río. Estaban retirando las grúas y derribando las bodegas, destruían vallas y muros, arrancaban muelles y embarcaderos. El aire se llenaba con el ruido de jalones y tirones y golpes y porrazos. La tierra temblaba y vibraba bajo sus pies. El río era todo olas salvajes y turbulencia, el viento azotaba desde el lejano mar y las gaviotas chillaban como si nunca hubieran visto nada igual.
Ernie había estado gritando y gimiendo y quejándose durante semanas. Ahora sólo suspiraba y gruñía y maldecía y escupía.
—¡El mundo se ha vuelto loco! ¡Absolutamente loco! —gritó al viento.
Pataleó en el piso y levantó los puños al cielo.
—¡Pero no me vencerán! —agregó—. ¡No, no vencerán a Ernest Potts!
Y miró más allá del astillero, hacia donde el río se abría sobre el mar brillante y plateado. Se acercaba un barco pesquero, rojo y hermoso, y una parvada de gaviotas volaba en torno a él. Se veía encantador brillando bajo el sol y rebotando sobre la marea. Era una auténtica maravilla, algo salido de un sueño, un regalo, una promesa maravillosa. El barco se detuvo en el embarcadero y descargaron una enorme red llena de hermosos peces plateados. Ernie se fijó en las láminas de metal y se fijó en los peces. De pronto, vio todo claro.
—¡Ésa es la respuesta! —gritó.
—¿Cuál es la respuesta? —preguntó Annie.
—¿Cuál es la pregunta? —preguntó también Stan demasiado tarde.
Ernie estaba en marcha. Corrió hasta el embarcadero y compró un kilo de arenques, luego corrió a casa y los puso a hervir. Sacó su carretilla y corrió de vuelta hasta donde estaban Annie y Stan, que seguían en la ribera del río. Ernie puso un par de láminas de metal en la carretilla.
Annie y Stan trotaron junto a él mientras Ernie se tambaleaba de regreso a casa.
—¿Qué haces, Ernie? —preguntó Annie.
—¿Qué haces, tío Ernie? —preguntó Stan.
Ernie sólo les guiñó un ojo. Tiró el metal en el jardín, abrió su caja de herramientas, sacó su equipo de cortar y soldar, sus pinzas y sus martillos, y se puso a cortar las láminas y a soldarlas y a martillarlas hasta obtener formas cilíndricas y curvas.
—¿Qué haces, Ernie? —volvió a preguntar Annie.
—¿Qué haces, tío Ernie? —volvió a preguntar Stan.
Ernie se alzó la visera del casco de soldador. Sonrió. Guiñó.
—¡Cambiando el mundo! —gritó y se volvió a bajar la visera.
Media hora más tarde terminó de construir la primera lata. Era una cosa pesada y chipotuda y oxidada y deforme, pero era una lata. Media hora después, apretó los arenques hervidos dentro de la lata y soldó la tapa. Luego rotuló en la lata: ARENQUES POTTS.
Ernie dio un golpe al aire y ejecutó un pequeño bailecito.
—¡Funciona! —declaró.
Annie y Stan inspeccionaron la lata y miraron los enmascarados ojos de Ernie, que los miraron de vuelta.
—Queda mucho por hacer —dijo Ernie—. ¡Pero funciona absoluta, positiva y definitivamente!
Se aclaró la garganta y dijo:
—¡El futuro de esta familia está en el negocio del enlatado de pescados!
Y así comenzó la gran empresa de Ernie: las Suculentas Sardinas Potts, las Magníficas Macarelas Potts y los Apetitosos Arenques en Aceite Potts.
Ernie soldó, martilló, clavó, taladró y atornilló, levantó el piso y tiró paredes, construyó una red de tubos y conductos y compuertas y desagües. Conectó cables, interruptores y fusibles. Sus máquinas crecieron y crecieron y crecieron y crecieron hasta que estuvieron en todos los corredores y en todas las habitaciones. Tubos y cables corrían por debajo de todos los pisos y en el interior de todas las paredes. La casa latía con el ritmo de motores, con el chic-chac de guillotinas y cuchillos, con el zumbido de las sierras eléctricas, con los borbotones de agua chorreante, con el burbujeo de los grandes cazos y con los emocionados gritos de Ernie:
—¡Trabajen más rápido! ¡Trabajen más duro! ¡Oh, mis máquinas maravillosas! ¡Oh, cómo las amo! ¡Pescado pescado pescado PESCADO! ¡Máquina máquina máquina MÁQUINA!
Todas las mañanas llegaban hasta la puerta principal camiones cargados de pescado. Por las tardes otros camiones se llevaban por la puerta trasera cajas llenas de pescado enlatado. El negocio floreció, el dinero comenzó a entrar a raudales y Ernie ya no era un malviviente extrabajador del astillero: era un hombre de negocios, un empresario. Su imperio creció como si fuera una cosa viva.
Stan dormía en la despensa todas las noches, Ernie y Annie dormían debajo de una máquina destripadora y a la mañana siguiente, a las seis en punto, sonaba el despertador:
¡RING RING RING RING RING RING RING RING!
Y de inmediato sonaba una sirena:
¡WIIIWAAAWIIIWAAAWIIIWAAAWIIIWAAA!
Y segundos después sonaba un disco:
¡ARRIBA, DESPIERTEN! ¡ARRIBA, DESPIERTEN! ¡ARRIBA, DESPIERTEN!
Y al instante el tío Ernie gritaba:
—¡ARRIBA! ¡VAMOS, TODOS! ¡SON LAS SEIS EN PUNTO Y ES HORA DE EMPEZAR! ¡A TRABAJAR!
Cuando Annie gemía o Stan se quejaba, la respuesta de Ernie era siempre la misma:
—¡ESTO ES POR NOSOTROS! ¡ES POR ESTA FAMILIA! ¡AHORA, VAMOS! ¡SON LAS SEIS EN PUNTO Y ES HORA DE EMPEZAR!
Pero una mañana Annie dijo:
—Espera, Ernie.
—¿Cómo que “espera, Ernie”?
—¿Podrías bajar un poco la velocidad, sólo por hoy?
Ernie ya estaba en acción. Traía puestos los guantes de destripar; tenía listas las tijeras de pescadero y sacudía las llaves que encendían las máquinas. Los peces nadaban y bailoteaban y se deslizaban en su cerebro.
—¡Ernie! —gritó Annie—. ¡Baja la velocidad sólo por hoy!
—¿Y qué tiene hoy de especial?
—No te acuerdas, ¿verdad?
—¿Acordarme de qué?
Ella sacó un sobre de debajo de su almohada y lo sacudió frente a la cara de Ernie.
—¿No te acuerdas? Es el cumpleaños de Stan.
—¿Ah, sí? —respondió Ernie—. ¡Ah, sí! Claro, hoy es el cumpleaños de Stan —añadió, y se encogió de hombros—. ¿Y eso qué?
—Pues que hay que ser amables con él. Hagamos cosas de cumpleaños.
—¿Cosas de cumpleaños? —dijo frunciendo el ceño—. ¿Qué quieres decir con “cosas de cumpleaños”?
—Me refiero a regalos y fiestas y sonrisas, y a cantar Feliz cumpleaños y… ¡a no molestarlo con la monserga de los arenques, por ejemplo!
—¿La monserga de los arenques? Para que lo sepa, señora, ¡los arenques son nuestra fuente de ingresos! Y para que lo sepas…
—¡Pues para que tú lo sepas, si no eres amable con tu sobrino el día de hoy, tu mujer se declarará en huelga!
Ernie se estremeció.
—Ahora guarda silencio —dijo Annie. Se puso de pie y caminó hacia la despensa de Stan—. Buenos días, hijo —susurró.
Stan tomó su ropa de trabajo.
—¡Perdón! ¿Se me hizo tarde? ¿Debí levantarme antes? ¿Ya es hora de empezar?
Pero Annie lo abrazó.
—¡Feliz cumpleaños, Stan!
El muchacho estaba azorado.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Es mi cumpleaños?
—¡Claro! —respondió Annie—. ¿No lo sabías?
Stan caviló un momento.
—Recuerdo haber pensado que podría ser mi cumpleaños… pero nadie dijo nada, así que pensé que me había equivocado o que se les podría haber olvidado.
—Ay, Stan —respondió Annie—. ¿Pensaste que olvidaríamos algo así? Lo tuvimos presente todo el tiempo, ¿verdad, Ernie?
Ernie tosió y cortó el aire con sus tijeras.
—Claro que sí —dijo. Trató de sonreír desde la puerta de la despensa—. ¡Feliz cumpleaños, muchacho! ¡Feliz feliz feliz cumpleaños! ¡Jajajajajajaja! Anda, dale la tarjeta.
Annie le entregó un sobre a Stan. Stan sacó una tarjeta con un mensaje dentro, que tenía al frente el dibujo de un barco de vela.
—¡Oh, gracias! —gritó Stan—. ¡Gracias! ¡Es la mejor tarjeta del mundo!
—¡Muy bien! —dijo Ernie—. Ya fue suficiente, ¡hay mucho pescado por enlatar!
Y regresó a sus cubetas llenas de pescado y a sus máquinas.
—¡Qué tontuelo! —dijo Annie—. ¿Qué te parece si lo dejamos seguir con su pescado mientras tú y yo probamos un rico desayuno?
Abrió una bolsa y sacó algunas latas de refresco, barras de chocolate y una gran bolsa de dulces. Rieron y comenzaron a comer. De vez en cuando Ernie gritaba:
—¿DÓNDE ESTÁN? ¡YA ES TARDE! ¡DEJEN DE HARAGANEAR Y PÓNGANSE A TRABAJAR!
Pero Annie sólo decía:
—No hagas caso.
Y cuando terminaron todos los refrescos, el chocolate y los dulces, dijo:
—Listo, Stan. Ahora te vas a dar un gusto, ¡espera aquí!
Ernie apretaba botones, encendía interruptores, tiraba palancas y giraba perillas. Se retorcía y bailaba y giraba. Entonaba a todo pulmón sus refranes y sus canciones sobre peces:
¡Pez pez pez pez!
¡PEZ PEZ PEZ PEZ!
¡Peces en tambos y peces en cubetas!
¡Corta la cabeza, la cola y las aletas!
¡Hierve y cocina con salsa de tomate!
¡Mete en una lata y al escaparate!
¡Pez pez pez pez!
¡PEZ PEZ PEZ PEZ!
¡Asombrosos arenques, sabrosas sardinas!
¡Magníficas macarelas, apetitosas anguilas!
¡Abadejo, atún, bacalao y calamar!
¡Por la garganta te van a saciar!
¡Pez pez pez pez!
¡PEZ PEZ PEZ PEZ!
¡Peces en tambos y peces en cubetas! …
Annie suspiró. ¿Qué fue de aquel hombre relajado que había conocido? Lo tocó en el hombro y él no respondió, lo empujó por la espalda y tampoco. Le dio un golpazo y le gritó en el oído:
—¡Ernie! ¡ERNEST POTTS!
Al fin se volvió a mirarla.
—¡Ajá! ¡Ya era hora! —dijo—. ¡STAN! ¿Dónde estás, muchacho?
Annie se aproximó y apagó la máquina más cercana. Ernie soltó un grito ahogado. ¿Qué diablos hacía esa mujer? Se inclinó para prenderla de nuevo cuando Annie dijo:
—No te preocupes por Stan. Es su día libre.
—¿Día libre? ¿Según quién?
—Según yo —respondió Annie—. Hay una regla nueva. Mira, la anoté —dijo entregándole una hoja de papel.
Ernie la leyó y se rascó la cabeza.
—En el astillero había reglas, ¿no? —preguntó Annie.
—Sí —respondió Ernie—, pero…
—Nada de peros —dijo Annie—. Y también le vamos a dar un bono de diez libras —agregó mientras le daba otra hoja de papel.
—¡Estás inventando esas reglas! —exclamó Ernie.
Annie se encogió de hombros.
—Por supuesto. ¿Alguna objeción? —Miró a Ernie a los ojos y él le devolvió la mirada.
—¡Sí! —gritó.
Annie le entregó una hoja más.
—¿Y bien? —preguntó Annie.
Ernie gruñó, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un billete de diez libras.
—Dáselo a Stan y dile que se divierta —ordenó Annie. Levantó un dedo como diciendo “no te atrevas a objetar”—. ¡Stan! Ven aquí, hijo. El tío Ernie tiene algo para ti.
Stan salió de la despensa.
—Tienes el día libre —dijo Annie—. ¿Verdad, amor?
—Ajá —gruñó Ernie.
—Y el tío Ernie tiene algo para ti, ¿verdad, Ernie?
—Ajá —gruñó de nuevo y le entregó el billete de diez libras.
—Feliz cumpleaños, hijo —agregó—. Que te…
Se rascó la cabeza. ¿Qué era lo que tenía que decir?
—¡Que te diviertas! —completó Annie.
—¡Eso! —dijo Ernie—. ¡Que te diviertas!
—¿Y en dónde me voy a divertir? —preguntó Stan.
Annie abrió la puerta principal.
—Allá afuera —le dijo—. Has estado encerrado mucho tiempo. ¡Diviértete allá afuera, en el mundo, hijo!
Annie y Stan miraron las calles y suspiraron con asombro y sorpresa: al pueblo había llegado una feria. Ahí estaban, en medio del lugar donde solía estar el Astillero Simpson: la rueda de la fortuna girando lentamente bajo el sol y el pico puntiagudo del tobogán, el crujir de los carritos chocones, el ulular de la música, el estrépito de la montaña rusa. Ahí estaba el olor a aceite de motor y a algodón de azúcar y a hot dogs.
—¡Una feria! —gritaron emocionados al mismo tiempo—. ¡Guau!
Stan apretó el billete de diez libras, besó a su tía, le sonrió a su tío y salió de la casa hacia su soleado día de libertad.
Annie cogió una bolsa para hacer las compras.
—Regla 1c —dijo mientras salía de la casa—: ¡A las tías se les da tiempo para ir a comprar pasteles de cumpleaños!
Ernie los vio partir.
—El mundo se ha vuelto loco —se dijo. Azotó la puerta y volvió al trabajo.
Stan caminó por las calles de casas adosadas, pasó por Armas Shipwright, por el hostal del Ejército de Salvación y la tienda Oxfam, y pasó cerca de los cargadores. Corrió hacia la feria a través del terreno baldío. La feria era enorme y ruidosa y brillante. Los carruseles giraban ya, pero aún era temprano, de modo que no había casi nadie, sólo un puñado de niños que habían escapado de la escuela, un par de mujeres que empujaban carriolas antiguas, más cargadores y la gente que trabajaba en la feria; gente con dientes de oro y largas melenas, con brillosos aretes de plata en las mejillas y bolsas llenas de monedas alrededor de la cintura. Se recargaban sobre los juegos y los puestos, tomaban tazas de té y fumaban cigarros de extraño aroma. Miraron a Stan avanzar con timidez. Murmuraban cosas en acentos raros, tosían y maldecían y escupían y gritaban entre risas.
Stan subió solo al carrusel y dio vueltas en los tazones. Solo se elevó en la rueda de la fortuna y desde ahí vio el mundo: el río, las calles de casas adosadas, los lugares donde amtes estuvieron el astillero y las fábricas. Vio su antigua escuela, San Mungo, y a todos los niños jugando en el patio; vio su propia casa en la calle Embarcadero, el vapor de las máquinas de su tío que salía por el techo. Stan daba vueltas, arriba y abajo, vuelta y vuelta y arriba y abajo. Vio la ciudad y las montañas distantes, el hermoso y brillante mar que no se acababa nunca, y el encantador cielo azul profundo que no terminaba jamás. Recordó a sus maravillosos padres y allá arriba, en el cielo, lloró por ellos. Pensó en sus tíos y agradeció tenerlos. Imaginó un mundo más allá del mar y el universo más allá del cielo, y su cabeza dio vueltas ante la grandeza y el asombro que le provocaba todo aquello.
De nuevo en tierra, se comió un jugoso hot dog y un pegajoso algodón de azúcar. Se lamió los labios y los dedos, y pasó junto a un viejo remolque de gitanos pintado de rojo y verde. Sobre la pequeña puerta se leía: . Había un poni blanco con un morral colgando de la cabeza. Una mujer con un chal colorido se acercó a la puerta y llamó a Stan con el dedo.
—Soy la tataratataranieta de la verdadera Rosa Gitana —le dijo—. Entra. Pon algo de plata en mi mano y a cambio te llenaré la cabeza con maravillas y secretos.
Stan se lamió de los dedos el resto del algodón de azúcar.
—Te diré cuándo se terminarán tus problemas —dijo la Rosa Gitana.
—¿Usted cómo sabe que tengo problemas? —preguntó Stan.
—Eso es claro para cualquiera que tenga ojos. ¿Cómo te llamas, jovencito?
—Stan —respondió él.
—Dame una sola moneda de plata, Stan —dijo la gitana, y bajó la voz—: Sé valiente y entra.
Stan estaba a punto de entrar en el remolque cuando un brillo atrapó su mirada: trece peces dorados colgaban de un sedal en el puesto de Pesca-un-pato. Cada uno nadaba dentro de una bolsa de plástico que colgaba de un hilo anaranjado bajo el sol. Sin pensarlo, Stan se alejó de la Rosa Gitana y caminó hacia los peces.
La gitana habló de nuevo:
—Hasta la vista —le dijo—. Estás hechizado. Te sentirás triste. Viajarás. Y volveremos a vernos.
La gitana volvió al remolque. Stan se acercó al Pesca-un-pato. Las bolsas eran diminutas y tenían poca agua. Los peces eran hermosos, milagrosos, con la piel multicolor y agallas y aletas y bocas que se abrían y cerraban, y tenían delicadas escamas y tiernos ojos negros. Se estiró para alcanzar uno.
—¡Oye! ¡Qué haces, niño!
Stan se estremeció. Apareció un hombre dentro del puesto, atrás de los peces.
—¡Pregunté qué estás haciendo!
Stan sacudió la cabeza.
—Sólo estoy viendo los peces —susurró.
