Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Un hombre maduro decide regresar a su país después de 40 años. La súbita pandemia se lo impide prolongando cada vez más una cuarentena que da pie a la reflexión: haber traicionado su propio destino décadas atrás. En aras de un supuesto triunfo exigido por su madre desde su juventud. El autoexilio y la errada decisión de dejar al que hoy vislumbra como el verdadero amor que talvez aun lo espere en una lejana playa del norte. Después de 65 años de vivir conforme a las expectativas de su madre, Gonzalo Lercari decide volver a su país para buscar a su amor de juventud. Con dos matrimonios a cuestas, hijos adolescentes y décadas de residencia en España, el anhelado regreso de Gonzalo al Perú se ve interrumpido por una repentina pandemia. Esta situación le permite reflexionar sobre las consecuencias de sus indecisiones e intentar encontrar sentido a una esquiva libertad. Alina Gadea nació en Lima. Es abogada graduada en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Escritora por vocación, estudió en la Escuela de Escritura Creativa del Centro Cultual PUCP. Obtuvo un premio Copé Bronce en la XIV Bienal de Cuento de Petroperú. Recibió la Mención honrosa en el Concurso de poesía Scriptura del Centro Cultural de España y el Pen Club. Es autora de las novelas Otra vida para Doris Kaplan (2009), Obsesión (2012, 2021), La casa (2014, 2019), Destierro (2017) y Todo, menos morir (2020). Sus cuentos han sido recogidos en diversas revistas literarias y antologías.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 101
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
El norte ya no existe
El norte ya no existe
Alina Gadea
El norte ya no existe
©2023, Alina Gadea
©2023, Contratapa Proyectos Culturales S.A.C., para su sello Cocodrilo Ediciones
Jr. Nicolás de Piérola 451, urb. Liguria, Surco, Lima, Perú
www.cocodriloediciones.com
Dirección editorial: Contratapa Proyectos Culturales
Diseño de portada: Mario Vargas Castro
Primera edición digital en Cocodrilo Ediciones: febrero de 2024
ISBN: 978-612-49352-6-8
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio físico o digital, sin el permiso previo del editor. Todos los derechos reservados.
Tendría que exhumar los restos de su vida anterior. Gonzalo Lercari se cruza de brazos sentado en el bar de siempre. La vida ha sido justa con él. Es verdad que nada ha sido fácil, mas con el transcurso de los años ha conseguido todo lo que quería. Juguetea con el aro de matrimonio. Se lo saca y se lo pone y lo hace sonar contra el vaso frío de cerveza. Es una tarde tranquila de domingo, como tantas otras. Sus hijos y Clara, su joven esposa, están en casa. Él, como es su costumbre, ha caminado a este bar acogedor en la Plaza Mayor.
Se pregunta en qué irá a parar todo lo que ha venido planeando en los últimos tiempos. Aún no quiere regresar a casa; pedirá una segunda chela heladita. Una caña muy fría como dicen los madrileños. Extraña su país. Los veranos en ese mar bravo y verdoso. La alegría despreocupada. Recuerda los juegos de niños con su hermana. La espuma blanca contra los peñascos. La garúa.
La vida cambió tanto. Piensa en la lejanía. Está bien considerado en la universidad donde trabaja. De hecho, está en el último tramo de su carrera. En unos días, la tan ansiada jubilación llegará junto con la fecha esperada: el momento de volver al Perú. Un regreso a medias, pero regreso al fin. Viajará allí unas tres veces al año; no podría abandonar a la familia ni permitir que algo les falte. Ya lo vivió todo o casi todo; buscó, luchó, trabajó, se sacrificó, conquistó y ahora le toca disfrutar. Los chicos ya no son unos niños y estarán bien cuidados por su madre.
El mozo le trae la cerveza. La toma lentamente, saboreando cada sorbo. Ese viejo amor lo espera todavía en un lugar imposible al norte del país. En una playa bastante más lejana que la de su niñez. Aquellos paraísos perdidos, enterrados en el pasado. Esa pasión trunca. Ella estaría en la orilla, recogiendo conchitas, esperando verlo llegar a lo lejos vestido de blanco, con un sombrero de paja, entonces correría, espantando a las gaviotas, para darle el encuentro. Así había corrido hacia él a lo largo de los años en aeropuertos de distintas ciudades.
Había sido un error ese destierro al que se sometió: quiso volar lejos, abandonar a Sofía y a su país. ¿La vida fue solo eso? ¿Una búsqueda absurda de alguna supuesta grandeza? ¿Un festival alucinado de logros? ¿Dónde había quedado el calor? Aquel perfume en su discreta ropa interior. Aquel desenfreno. ¿Por qué siguió un camino tan distinto al de aquella sencilla gloria? Toma un sorbo. Por la ventana, el invierno madrileño tan lejano de la niebla de su Lima natal. Esa que desdibuja los perfiles y crea una sensación de irrealidad. El cielo color panza de burro es como un manto protector debajo del que todo adquiere una opaca indefinición.
Observa algunos copos de nieve y ese cielo siempre azul. El éxito, los hijos y sus dos matrimonios no llenaron su corazón. Dejaron un saldo en contra: una temible rutina familiar lo empequeñece todo. La mezquindad del día a día. La monotonía cotidiana. ¿De dónde salía esa entelequia de formar una familia, de ser alguien, de tener que dejar tu país por algo mejor? ¿Quién había sembrado semejantes ideas en su mente? El colegio Maristas. Su madre. El entorno social. Había que casarse y tener hijos, trabajar sin parar, acumular bienes, viajar, comprar casas y carros. Enviar a los hijos a excelentes colegios y universidades. Todo eso había dejado un forado en su mente y en su seco corazón de hombre maduro.
Aún tiene que ir a la universidad, pero solo para despedirse de sus compañeros de trabajo. Pronunciará un discurso de agradecimiento y algunos alumnos llorarán emocionados por haber tenido semejante profesor. Un personaje de tirantes y lentes redondos de carey que esconden unos dulces ojos verdes. Ese hombre que los hizo reír, que los llevó de la mano por pasajes de su vida y les trasmitió lo que había absorbido de las personas y de cada lugar donde la suerte lo llevó.
Paga la cuenta y sigue sin querer regresar a casa. Se tira para atrás en la silla, se pasa las manos por el pelo levemente ondulado y canoso. Pronto su hija menor, Giocondita, cumplirá quince años.
Tiene todo listo. El regalo que le dará a su hija antes de partir está escondido en el fondo de su armario. Detrás de las camisas de seda, los ternos a medida y los zapatos italianos. El pasaje a Lima y el tramo al norte, guardados en su maletín de mano. La maleta con la ropa precisa para el soleado verano. Lo espera la casa de la niñez, donde ya no está su madre. Solo su hermana, ese ratón de biblioteca que todo lo entiende, quizás porque fue testigo de aquel yugo materno o simplemente porque venía del mismo útero que él. Suspira. Afortunadamente aún existe la casa. De lo contrario no habría un lugar donde regresar, donde cobijarse del mundo. Siente que ha caminado toda su vida y que pronto podrá recostarse a sus anchas bajo los árboles en la vieja poltrona de la casa de Miraflores.
Algo lo inquieta dentro de tanta expectativa. El cambio de vida que supone la jubilación y el retorno, al menos temporal, a su terruño. El olor del mar peruano, tan distinto al de la costa del Levante donde suele veranear con la familia. La chingana sin pretensiones donde le sirven los manjares que tanto extraña: la parihuela, los tiraditos y arroz con mariscos. Los diminutivos y ese dejo limeño. La amabilidad peruana. Buenos días, doctor. Cariños para la familia. Esas frases no se oyen a menudo.
Los viejos amigos del colegio, los vecinos que ya no están en ese barrio, los amores, la familia que la vida y la muerte han ido diezmando. Las calles de siempre, ahora sobrepobladas. Ajenas a lo que recuerda, pero a cuya transformación se fue acostumbrando en sus viajes anuales a lo largo de cuarenta años. Enormes edificios han reemplazado las casas, el aroma de las enredaderas y la sombra de los árboles.
Resulta curioso que nunca le comunicara a Sofía de su presencia en Lima. Entre las visitas que hacía no estaba incluida ella. Quizás porque temía que alguien conocido se enterara o porque intuía que ella, a falta de él, estaría acompañada. El resto del mundo era un lugar seguro para encontrarse cada tanto. Pero ¿por qué a pesar de los años no había aplacado ese deseo de verla? ¿Por qué no llegaban a brotar los celos en su mente? Quizás porque asumía que él y solo él era su gran amor.
Ahora se enfrentaba a algo único: jubilarse le permitía poder retornar no solo una vez al año, sino cada vez que así lo quisiera, como quien alquila una parcela de vida aparte de la propia, y nadie se la iba a quitar.
Guarda su billetera, deja una propina al mozo de siempre. Se acomoda la bufanda, se pone el abrigo y sale del bar. Camina lentamente por el piso adoquinado, cortando el frío seco hasta su casa.
Esa noche, como todas, se acuesta en su cama con su joven mujer. Prenden la televisión para ver el noticiero. Lo que era un rumor y hasta una broma se ha convertido en una horrenda noticia. Algo como un bombazo estalla en su interior. La periodista comunica a la población que deben permanecer confinados en sus casas hasta nuevo aviso. Él toma el control remoto y cambia rápidamente de canal; debe tratarse de una exageración. Ahora la presentadora de un programa de entrevistas dice que el virus se ha expandido por el mundo. Anuncia que el gobierno ha tomado decisiones importantes. Trabajos, colegios y universidades quedan suspendidos; las videollamadas y las reuniones por Zoom reemplazarán a las clases presenciales y a algunas labores. Mascarillas, guantes, distancia de dos metros, toque de queda. Restaurantes, cines, teatros y bares cerrados. El aeropuerto clausurado y los vuelos cancelados.
Una sombra fría y blanca paraliza sus facciones; la mujer añade que los boletos comprados serán devueltos a los clientes. Y que no podrán viajar hasta nuevo aviso. Suelta el control de la televisión y se pone de pie. Su mujer lo mira impávida, sentada en su cama. Se sujeta el pelo rubio y ondulado en una cola de caballo y se pone crema en la cara.
—Quiere decir que no podrás viajar —se lo dice entre asombrada y contenta—. Que te quedarás con nosotros. Tendremos que permanecer en casa con los peques. Hay que verle el lado positivo. Será un tiempo para estar juntos, más que nunca.
Gonzalo permanece en silencio y un hilo de voz suena en la habitación:
—Parece que sí. —Apaga la televisión y murmura—: Veremos qué pasa.
Una pequeña duda de esperanza asoma por su cabeza. No han de ser muchos días. Todo pasará. Ella se encoge de hombros y se echa de costado. Le toma la mano y cierra los ojos. El camisón de satén se pega a su cuerpo y deja ver su silueta esbelta. Resaltan sus diminutas pecas en el comienzo del pecho. Después de unos minutos, el ritmo de su respiración cambia; está dormida. Él apaga la luz de su mesa de noche, y en la oscuridad, echado boca arriba con los ojos abiertos, recorre su vida entera.
Gioconda Cordano de Lercari fue mimada en exceso. Su padre, Carlos Cordano, trataba de compensarla por la muerte de su madre con regalos y permisos que la volvían, cada vez, más extravagante y antojada. Se desvivía por ella, como si tuviera la culpa de esa orfandad materna. Se disculpaba por todo y le permitía hasta las cosas más absurdas, como pasar la noche sin dormir, leyendo historietas del Tesoro de la juventud, aun si al día siguiente no pudiera levantarse para ir al colegio. Un lazo peligroso los ligaba y detonaría, en un futuro cercano, el carácter manipulador de la joven; la permisividad paterna, los caprichos de una niña consentida y la ausencia de la madre serían la combinación explosiva para moldear la personalidad de Gioconda.
Ella estaba destinada al único papel que existía para una joven de familia, el de esposa y madre. Los celos con los que espantó certeramente a las mujeres que se acercaban a su padre, los trasladó años después a sus hijos, en especial a Gonzalo, su preferido.
Es la Lima de los años 50. Carlos Cordano está listo para salir a recoger a una bella mujer madura. Irían al Embassy, emblemático bar del centro de Lima. Perfumado de Dior y vestido con su saco color camello, es detenido por una repentina gripe de su niña. Llantos y súbitas fiebres. Desharía el plan con la novia. Ya adulta, Gioconda dejaría muy en claro que con las mujeres solo se juega, al menos hasta encontrar a esa
