El observador - Fernando Vásquez Araya - E-Book

El observador E-Book

Fernando Vásquez Araya

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Beschreibung

Los diez relatos que componen este volumen de Fernando Vásquez Araya corresponden a otras tantas incursiones en aquellas grietas que la realidad intenta recubrir con ciencia, cotidianidad y lógica. En cada una de estas historias se encuentra una llave que nos da acceso a pasajes y puertas que no se ven desde la entrada del túnel, como si la realidad fuera una maravillosa maleta con doble fondo. De pronto, en medio de cualquiera de los cuentos aquí presentados, sin previa advertencia, queda abierto el camino a la verdad que jamás sospechamos, al suceso inexplicable o, simplemente, al miedo.

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Seitenzahl: 161

Veröffentlichungsjahr: 2022

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EL OBSERVADORAutor: Fernando Vásquez Araya Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, [email protected] Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: marzo, 2022. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 2022-A-684 ISBN: Nº 978-956-338-561-8 eISBN: Nº 978-956-338-562-5

A mi familia, por sus nulos reproches ante mis continuas ausencias literarias

ESCENA FINAL

“…y en este proceso extraño, no buscado, sino impuesto, decidí dar vuelta mi mundo y no dar vueltas con el mundo. Decidí apearme en el próximo paradero, desde donde, realmente, podría vislumbrar mi esquiva felicidad…”.

Así comenzaba mi cuento, aquel que escribí una noche llena de estrellas, puchos y cerveza helada. Recuerdo que esa vez mi estado no era de absoluta concentración y que tardé largo rato en continuar con el desarrollo de una trama que en mi cabeza parecía simple, pero que, como sucede cuando uno recorre ciertos laberintos, llevar al papel era una angustiosa vorágine de ensayo y error. Creo que de la misma forma se lo expliqué a Lagos Montes cuando nos juntamos en un rinconcito del Café X (entendiéndose “X” como el olvido de un nombre del café de paso, de una noción cierta, pero olvidada por el avatar del tiempo, porque la memoria posee muchos atributos, menos la honestidad).

Lagos Montes me respondió que a veces le sucedía lo mismo, que una simple idea incrustada en su cabeza podía dejar abierta una extensa y desordenada brecha cuando intentaba materializarla en planos, escenas y diálogos que representaban los actores (algunos muy tercos, según él). Así descubrimos que, en nuestras respectivas profesiones, podíamos encontrar espacios comunes y que se rozaban de manera rudimentaria. Él, un talentoso cineasta, y yo, una escuálida figura de escritor inconcluso. Ambos unidos solo por la pasión de lo efímero como parece ser una película o un escrito.

Nuestra reunión se debía a un temprano llamado telefónico de Lagos Montes en donde se presentó de una manera algo pretenciosa. Y sí, uno de mis cuentos le había gustado. Un cuento que le había abierto sus propias luces creativas. Quizá era una idea que le rondaba desde hacía años, pero que solo había aflorado al momento de leer mi libro. Bueno, no había leído todo el libro, porque pronto esa idea (la del cuento, se entiende) le había tomado por completo. Comentó, orgulloso, que ese día incluso no había asistido a una cita con una curvilínea actriz que prometía algo más que una simple charla nocturna. Le dije que con ese comentario, irreductiblemente, me convencía de mi error por perseguir la carrera literaria. Se rio. Luego nos extendimos en las bondades de la soledad y la falta de amor del bueno. La charla, por momentos, seguía senderos algo aleatorios, pero siempre volvía a mi cuento y a su propia interpretación del mismo. No puedo negar que el hombre poseía una simpática egolatría, se sentía el foco de algo sublime y que nadie en el país podía competir con su talento. Desde esta convicción, de pronto, me di cuenta de que me ofrecía ser parte de su proyecto, algo como que yo era el único que podría entender la verdadera esencia de una película que ya tomaba forma en su cabeza y en su piel. O sea, bruscamente, mi cuento se abría a expectativas impensadas, a un potencial fuera de todo orden y formato. Yo solo pensaba en aquella noche del pasado y en lo huérfano que me sentía sin una cerveza helada en el presente del Café X. También observaba a Lagos Montes mientras sus ideas se mezclaban con el cuento, uno que ya no parecía mío porque se había convertido en un collage ajeno, extranjero en su interpretación y a la noche estrellada en que lo había escrito. Y, claro, pensé, uno abandona lo que escribe, lo abandona sin dolor porque así está escrito (cruel juego de palabras). Pero persistía en mí, la irreal sensación de estar fuera del cuadro, de las escenas de Lagos Montes y sus diálogos periféricos. Entonces, ya no era mi cuento, era el cuento de alguien más y así se lo dije, respetuoso en la discordia. No participaría de su proyecto, no sería el guionista. Y dentro de su emoción, Lagos Montes entendió mi punto, que mis fantasmas no eran los suyos, aún la similitud de todo, mis fantasmas no eran los suyos porque nacían desde un origen distinto. No puedo asegurarlo, pero creo que algo de alivio le afloró en la cara, un alivio libertario que no necesitó explicación. La cortesía le había indicado que era justa su propuesta, pero como sucede a veces, la negación es una digna salida ante lo inevitable.

Mi negativa fue cordial y agradecí su gesto, ese de hacer partícipe a quien, con palabras, podía incrustar conceptos creativos en otros. Naturalmente, le expliqué que esto no era el objetivo de mi cuento. Solo era una historia matizada por experiencias propias y ataduras inclementes con la realidad. Lo fantástico destacaba en algunos aspectos de mi creación, pero él no parecía entenderlo de esa manera. Para no perder parte de nuestro encuentro, accedí a participar a modo de consultor a tiempo incompleto. Puedo indicar que nos despedimos sin demasiados aspavientos. Solo era café y no una piscola o un mojito. Quizá con algo de alcohol hubiera aceptado su propuesta, pero el Café X no poseía patente para bebidas espirituosas, así que el destino se encargó de honrar sus designios (a la distancia puedo indicar que, sin lugar a dudas, debimos juntarnos en un bar y no en el Café X).

Pasado un tiempo, por amigos mutuos supe que Lagos Montes buscaba financiamiento para su proyecto. Ya la información general indicaba que su próxima película se basaría en uno de mis cuentos. Recibí llamadas de algunos, felicitándome por el logro. Yo solo contestaba con monosílabos, no extendiéndome en el hecho de que la película, por si sola, era un animal independiente, vivo, y que, en esencia, no sería sangre de mi sangre. Reconozco que en el círculo intelectual en que me movía, ser parte de una película de Lagos Montes era un símbolo de elite. Pero yo no sentía satisfacción, el verbo se descubre por medio de los actos de quienes lo glorifican y no por aquellos que observan desde la lejanía. Entonces, no era justo sentirme parte de un proyecto que sentía extranjero. No está demás decir que la editorial se hizo parte de la conjunción de energías que emanaba de una película que ya iniciaba su rodaje y supo sacarle provecho.

Como he dicho, yo observaba desde la distancia. Casi olvidándome de que Lagos Montes persistiría en su cine, en la interpretación de una idea loca escrita por ahí, internándose cada vez más en el mundo que le era natural. Vanessa Martin y Álvaro Ruiz habían confirmado su participación, actores que, en ciertas circunstancias, eran sinónimo de taquilla y gritos de adolescentes ávidos de héroes y heroínas. Por aquella época, decidí enclaustrarme en mis propios proyectos literarios, buscando una libertad de lo externo, de la pausada presión de lo externo, para así ser yo y nadie más. La soledad es un cruel estado de aceptación, uno que obliga a concentrarse en lo absurdo del momento mientras nos miramos en el gran espejo de la vida.

Como sea, a veces recibía un llamado de Lagos Montes explicándome su interpretación de una frase o un diálogo del cuento. Por más que yo no concordara con su opinión, me abstenía de indicársela. Persistía en mí la idea de que el cuento ya no me pertenecía y que este tomaba forma de una manera singular. Escuchaba en silencio, a través del fono, escuchaba en silencio mientras Lagos Montes me explicaba un momento sublime, el fin de una escena, el comienzo de otra perspectiva, un cuadro perfecto, la absoluta verdad creada por un voluble y pretencioso cineasta.

Algunos meses después, supe que la etapa de rodaje había finalizado. Ya pronto se iniciaría la edición de la película, ese sagrado instante en donde, alegóricamente, la tijera y el pegamento se asocian de maneras extrañas para extraer hasta la última gota de armonía. En mi enclaustramiento, pensé que, en cierto modo, este trabajo era muy parecido a la capacidad del hombre por destruir la continuidad de lo establecido, para así construir algo perfecto y sincrónico. El arte de desmembrar y unir es lo que hace a la humanidad más sabia, y, a la vez, más arrogante.

En esta etapa nadie me llamó. Pensé que ya Lagos Montes se había independizado del oscuro creador de la idea primigenia, como si el origen no fuera más que una certeza llena de espejismos. Curiosamente, agradecí ese gesto de distancia, de presencia incompleta. Tal vez mi nombre sería un cuadro en los créditos iniciales, algo como “basado en una idea original de…”, pero eso me tenía sin cuidado. A veces, alejarse de la realidad es un apronte para entenderla. Entonces, en este estado de concentración en mis propios asuntos, recibí un aterrador llamado del cineasta pidiéndome, casi rogándome que lo recibiera, que deseaba hablar conmigo de una imagen, de un concepto que estaba en su cabeza, pero que no podía dar con… traté, como siempre, de negarme, de esconder mi hermosa presencia al escrutinio ajeno. Pero, bueno, este relato terminaría acá si no hubiese accedido a su solicitud.

Llegó por la noche. Mala hora, porque en la penumbra es cuando yo trabajo. Se entenderá que mi ánimo no estaba muy receptivo. Venía algo borracho. Explicó que primero había pasado por una fiesta de una productora que promocionaba ciertos productos de vaya a saber uno. Le pedí que me contara el problema. Reconozco que mi hablar fue brusco y frío, yo solo deseaba quedar libre para dedicarme a uno de mis escritos que me tenía a mal traer. Se tomó su tiempo antes de exponer el problema. Al cabo, todo se resumía a su incapacidad. “¿Incapacidad?”, repetí, golpeando su orgullo. “Sí”, contestó balbuceando, “mi incapacidad para lograr, para encontrar la primera imagen de la película. Aquella que verá el espectador y que, sin saberlo, será como la escena primordial, la que resume todo el inicio y el final de lo que estoy haciendo…”. Quedé sorprendido. Por mi cabeza pasaron múltiples respuestas, pero todas decantaban hacia un “no es mi problema y arréglatelas solito, huevón”, pero nada dije al escuchar que yo era el culpable de tan tamaña afrenta al séptimo arte. “Sí”, volvió a repetir, “tú eres el culpable al escribir un inicio tan absoluto e inefable, tan poco esquemático y fluido”. Casi me dieron ganas de reír. ¿Yo? El huevón menos pendiente de la película, ¿culpable de que un ególatra cineasta no lograra encontrar su preciado y sublime momento de inicio y final? Borré el casi y me reí en su cara. Mi gesto fue como una bofetada. Lagos Montes agachó la cabeza y suspiró como un novio a punto de casarse y que descubre que su novia se marchó con otro.

Después de la risa, y sin quererlo, sentí pena por Lagos Montes. Al final, lo que él deseaba era una película perfecta, una suerte de nirvana fílmico, algo como yo mismo al elegir la palabra correcta o la frase justa para describir en mis cuentos, pretenciosamente, lo elemental. Entendí su punto y quise ayudarlo. Recordaba que mi escrito se iniciaba con algo relativo a la felicidad o, por lo menos, a su búsqueda. Y así se lo dije. “¿Cuál es la imagen de la felicidad?”, me preguntó. “No sé”, respondí, “tal vez niños jugando en un parque, la primera mirada de un recién nacido o las eternas vueltas de un perro antes de cagar. No sé, huevón, no tenía una imagen clara cuando la escribí. Simplemente era bajarse de la vida, en un paradero simbólico y descubrirla. Quizá, eso sea la felicidad, una búsqueda inacabada de ella misma”. Movió la cabeza como negándolo. “Inventa cualquier cosa”, continué, “la gente es inteligente, entenderá”.

–No puedo –contestó– todo debe ser perfecto, sin manchas y vinculante a…

–¡Puta el huevón complicado! –interrumpí.

Yo necesitaba escribir esa noche y deseaba que Lagos Montes me dejara en paz, así que le regalé una segunda derivada.

’¿Qué te hace feliz a ti? –le pregunté.

–El cine –contestó.

–¿Crearlo?

–No, observarlo –dijo, y solo me quedó mirarlo, sorprendido–, ver la creación de otros, sus planos, los matices, la unión entre la pantalla, los actores y el director. Estudiarlo, criticarlo. Eso.

–Bueno. Entonces crea algo al respecto y únelo a mi escrito. La trama es tan abierta que puedes incorporar lo que quieras.

Levantó la vista y me miró. Yo había dado en el clavo. Sus propias luces de creación volvían a encenderse y se reflejaron en sus ojos. Supe que ya imaginaba planos y escenas de algo que se le había ocurrido. Volvió a quedar en silencio, pero su mutismo ya no era el de quien no tiene nada que decir, si no el de quien se abandona a sus pensamientos y luego regresa al atisbar una esperanza. Con sus ideas rondándole la cabeza, creo que Lagos Montes se relajó tanto como para quedarse profundamente dormido en el sofá de mi living. Agradecí cuando lo hizo. Pero, al momento de volver a mi escritorio y concentrarme en mis escritos, escuché sus ronquidos de borracho y puedo jurar que nunca, que nunca la palabra “asesinato” había sido tan recurrente en mis pensamientos como aquella noche.

***

La película fue un éxito. No existe otra sentencia que explique la recepción de los espectadores y la crítica especializada. Naturalmente, eso ayudó a que me rozara algo de ese reconocimiento estadístico. Pero, ¿cómo explicar mi lejanía? ¿Mis nulas ganas de participar en la creación de otro? Y, lo que es peor, ¿podía yo subirme al carro de la victoria y gozar de estos quince minutos? A un par de íntimos les comenté mis impresiones. Su respuesta fue categórica: sería un idiota si no lo hacía. Pero algo en mi interior insistía en mantenerme ajeno a toda la vorágine que surgía a mí alrededor. Por compromisos adquiridos con la editorial, y próximo a lanzar un nuevo libro, tuve que participar en algunas entrevistas, encuentros literarios y otros eventos sobre lo mismo, en donde, ineludiblemente, preguntaban por mi participación en la película del momento. Apelaba a mi poca diplomacia para contestar con sentencias cortas y precisas, alabando a Lagos Montes y lo que había logrado con una simple idea escrita por su servidor. Cierto, no había tenido tiempo de ver la película, pero esperaba hacerlo a la brevedad.

Como se anticipaba, el film fue nominado a varios premios de su ámbito. Se presentó en festivales internacionales y en todas las salas del país. Fue alabado por su perfecta puesta en escena y otros adjetivos técnicos algo incomprensibles para mí. Era el éxito de Lagos Montes y respeté su momento que con tanta pasión había trabajado. Cualquier cosa que yo dijera, desde mi verdad, influiría en desordenar lo que ya se ordenaba de cierta manera.

De a poco, la expectación fue dando paso a una tranquila continuidad, aquella que se nutre con el paso del tiempo y el encuentro de otras perspectivas para el mundillo de la farándula. Estaba claro, para mí, que no vería la película, que no sería parte, ni como espectador, de un proceso que por simple displicencia y abandono había desechado. El buen Camus habría aplaudido desde su tumba lo absurdo de mis convicciones.

En algún momento, y con indiferencia, me fui olvidando de todas las impresiones que la película había causado en mí. El lanzamiento de un nuevo libro y la búsqueda de ideas para el siguiente me obligaron a dedicarme a lo práctico. Ya la editorial me presionaba en ambos aspectos y aceptaba su exigencia con una cuota de nobleza que me sorprendía. Estando en esto, recibí, era que no, un llamado de Lagos Montes. Agradecí que no quisiera que nos juntáramos, solo era una llamada de cortesía para saber mis impresiones sobre todo lo que había sucedido. Se excusó que no lo hubiese hecho (la llamada) con anterioridad, pero apeló a mi entendimiento al explicar que su vida de pronto se había convertido en una locura. “Es demandante el éxito”, creo que le comenté. “Algo así”, contestó. No tenía que ser adivino para saber que su respuesta la había acompañado con un encogimiento de hombros, como si el éxito ya fuera parte de él con gustosa sencillez. Lagos Montes quería invitar a los más cercanos a una cena íntima en donde hablarían de la película, de las anécdotas graciosas, de los pormenores que van quedando atrás en la medida que el mundo avanza y, en fin, de todo aquello que se debe hablar y celebrar para ir cerrando un círculo e iniciar el otro. Fue bueno que dentro de su perorata se hubiera olvidado de pedirme mis impresiones sobre la película. No sé qué le habría dicho. Al despedirnos, dije que estaba dispuesto a asistir si es que era invitado. Masculló un sincero “gracias” y, luego, cortó. Obviamente ya me las arreglaría para inventar una excusa y no participar de tan magno evento.

***

Las flores, por muy hermosas que parezcan, terminan siempre por marchitarse. Así sucede también con las películas, sus pétalos caen en la medida que los espectadores ya no asisten, en la medida que las salas renuevan su cartelera, en la forma sutil en que los protagonistas empiezan a hablar sobre sus nuevos proyectos, las entrevistas que se van espaciando hasta casi desaparecer en el último rincón del periódico matutino (sección cultura), rellenando un vacío con algunos párrafos que resumen el lento declive del éxito. De todo eso yo era testigo, aferrándome a mis manías de ermitaño circunstancial. Pero hasta la alienación posee su grado de mentira, algo que se aloja en el ombligo, incrustándose de a poco, haciendo ver que nada es real hasta que nos encontramos de frente con la ambigüedad, vinculando el mundo que nos toca por designio con la obsesión de dejar un simple legado. Entonces, con estos pensamientos en la cabeza, fue que recibí la noticia de la muerte de Lagos Montes una fría tarde de otoño. Un amigo se tomó la molestia de avisarme por teléfono. Una tragedia, un accidente automovilístico. No vale la pena dar los pormenores, solo era necesario saber que Lagos Montes ya no existía, que se había ido intempestivamente, acaso contemplando las últimas escenas de su propia película si se quiere honrar la idea de que eso sucede cuando nos encontramos de frente con la muerte.

Los titulares de los diarios y noticieros lo lloraron, la sección cultural de la televisión le regaló muchos y valiosos minutos al aire, las imágenes de actores, técnicos y colaboradores se sucedieron unas a otras logrando que la pena por su partida fuera noticia recurrente. Yo no asistí al funeral, sentía que no tenía el derecho de presentarme para una última despedida. No quise participar, no quise empaparme del “no somos nada” tan patético y furibundo. Simplemente, rememoré nuestro par de encuentros y sonreí cuando afloraron en el recuerdo mis ganas de asesinarlo aquella lejana noche. Si acaso la felicidad tuvo algo que ver, esa imagen del todo, del inicio y el final, que solo se entiende cuando se busca la pureza en la inmensidad de lo cotidiano. Quizá fue eso.

La muerte de Lagos Montes dio paso a una renovada atención por su trabajo. Se desempolvaron videos antiguos, guiones, películas y otros proyectos que en vida había terminado o bien habían quedado inconclusos. Su última película, la de mi cuento, volvió a las carteleras de algunos cines céntricos, ayudada por unos cuantos premios entregados en forma póstuma, con ovación incluida. Pensé que era bueno que el cineasta hubiera recibido estas muestras de reconocimiento en vida. Después del accidente, habían parecido obsoletas. El éxito se acomoda en los hombros, es su lugar natural, pero huye cuando debe acomodarse sobre una lápida.