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Nápoles, siglo XVI. La vida de Carlo Gesualdo es un viaje fascinante y trágico de amor, música y violencia, hasta convertirse en príncipe de Venosa y en uno de los compositores más innovadores de su tiempo. Desde una infancia marcada por un talento musical prodigioso hasta su madurez recluido en su castillo, su camino se entrelaza con las intrigas políticas del Renacimiento italiano, las luchas religiosas y las tensiones familiares. Atrapado entre su genio y sus demonios, ¿hallará la redención por sus pecados o quedará prisionero de su propia oscuridad?
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Seitenzahl: 497
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Primera edición: septiembre de 2025
Copyright © 2025 de Enrique Lacárcel Bautista
© de esta edición: 2025, Ediciones Pàmies, S. L. C/ Monteverde 28042 Madrid [email protected]
ISBN: 979-13-87787-05-9BIC: FV
Arte de cubierta: CalderónSTUDIO®, adaptando libremente la obra Bahía de Nápoles y Castel dell’Ovo, de Richard Bankes Harraden
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.
A Leticia,
el madrigal más hermoso,
mi contrapunto perfecto.
Nota del autor
Prólogo
Primera parte
1
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9
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Segunda parte
16
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19
20
21
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30
31
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Tercera parte
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36
37
38
39
40
41
42
43
44
45
46
Cuarta parte
47
48
49
50
51
52
53
54
55
56
57
58
Epílogo
Nota histórica
Dramatis personae
Glosario musical
Agradecimientos
Página de título
Página de copyright
Epígrafe
Índice de contenido
Capítulo
Epílogo
Agradecimientos
Para preservar la ambientación y coherencia del período en el que se desarrolla esta novela, se han mantenido ciertos términos propios de la época.
En cuanto a la medición del tiempo, conviene señalar que no corresponde a la actual. El día se dividía en horas diurnas y nocturnas según el sistema de horas itálicas. Así, por ejemplo, la «séptima hora del día» (ora settima del giorno) equivaldría aproximadamente al mediodía moderno (12:00 p. m.), mientras que la «primera hora de la noche» se correspondía con las 6:00 p. m., la tercera con las 8:00 p. m., la cuarta con las 9:00 p. m. y la sexta con las 11:00 p. m.
Nápoles, 17 de octubre de 1590
El aire fresco de la noche le golpeó el rostro nada más salir del palacio. Montó de un salto y espoleó al caballo, ansioso por huir de aquel lugar. Al pasar junto a la basílica de San Domenico, le dirigió una última mirada antes de perderse en el laberinto de callejuelas que se abrían desde la plaza.
Galopó sin descanso hasta dejar atrás las murallas del Castel Nuovo. Solo entonces giró la cabeza para asegurarse de que nadie lo seguía. En aquella quietud, el primer instante de calma en semanas, se preguntó si realmente había sido capaz de hacerlo o si todo lo ocurrido esa noche no era más que un espejismo de su mente agotada.
Pero el sabor metálico que aún se aferraba a sus labios no mentía. Inspiró hondo, permitiendo que el aire salobre del puerto le llenara los pulmones, y esbozó una sonrisa, no tanto por la ausencia de remordimientos como por haber recuperado lo que creía perdido. Se arrebujó en su capa de terciopelo negro y reanudó la marcha.
Cuando llegó a su destino, desmontó con la naturalidad de quien ha cabalgado desde niño. Ató al caballo a un poste y avanzó por el sendero serpenteante que conducía a la villa. La vivienda estaba sumida en la penumbra, salvo por una luz titilante que rompía la oscuridad desde una ventana.
El sirviente que lo recibió no pareció notar las manchas de sangre en sus manos ni en el jubón de raso. Sin decir palabra, lo condujo por los pasillos que tantas veces había recorrido. Cruzó el umbral del gran salón y, de pie frente a él, distinguió la silueta inconfundible que había venido a ver. Por un instante, creyó percibir una mueca de desconcierto en aquel rostro familiar.
—¡Al fin estás aquí! —exclamó el hombre, abriendo los brazos en cruz. Bastó un gesto suyo con la cabeza para que el criado desapareciera—. ¿Estás herido? —Desvió la vista hacia la daga que colgaba del cinto de su visitante.
El jinete guardó silencio. Sus dedos recorrieron la empuñadura del arma, como si esperara encontrar la respuesta en el frío metal.
—La sangre no es mía —murmuró al fin, con voz hueca.
—¿Entonces…?
—Sí. —Dio un paso hacia delante—. Están muertos.
El impetuoso río del destino
1566 – 1584
Taurasi, reino de Nápoles, 8 de marzo de 1566
Hacía tres jornadas que el séquito de los Gesualdo había partido de la fría Venosa rumbo a Nápoles. Fabrizio, conde de Conza y primogénito del príncipe Luigi IV, no estaba dispuesto a que su hijo naciera en los remotos feudos de su padre. La bulliciosa capital del reino ofrecería a la criatura y a la futura madre las comodidades y atenciones que merecían.
Los carruajes habían dejado atrás las colinas y las montañas más altas, y descendían hacia los valles al pie de los Apeninos lucanos. La falta de lluvias durante el invierno mantenía los caminos secos y les permitía avanzar con rapidez. En pocos días atravesarían las fértiles tierras de Campania, y estarían más cerca de su destino.
Desde la ventana, Geronima contemplaba el tapiz de viñedos que se desplegaba ante ella. Las ramas retorcidas de las cepas, desnudas de hojas y racimos, dibujaban una escena melancólica, casi lúgubre. Una punzada en el vientre la obligó a cerrar los ojos; su gesto de dolor no pasó desapercibido para Fabrizio.
—¿Estás bien? —preguntó a su esposa.
—Solo estoy cansada —respondió ella, sin mirarlo. Mentía. Después de cuatro embarazos, la condesa de Conza había aprendido a distinguir entre las contracciones falsas y las que anunciaban el parto. Con la segunda, más intensa, su rostro se contrajo y no pudo evitar un quejido.
—¡Vincenzo, alto! —ordenó Fabrizio.
El cochero obedeció y el vehículo se detuvo bruscamente, sacudiendo a sus ocupantes. El conde se asomó y llamó a uno de los mozos.
—Busca a Bianca. ¡Rápido!
No pasó mucho antes de que el muchacho regresara acompañado de la partera. La mujer subió al carruaje y, sin perder tiempo, se inclinó sobre Geronima. Sus manos, curtidas por años de experiencia, recorrieron el vientre de la condesa antes de pronunciar su veredicto.
—Ya viene.
Fabrizio exhaló un suspiro largo, cargado de frustración. Su hijo no nacería en Nápoles, pero tampoco podía resignarse a que llegara al mundo en aquel carruaje en medio de la nada.
—¿Dónde estamos? —quiso saber, con la vista fija en el horizonte.
—A unas dos horas del castillo Marchionale, mi señor —respondió Vincenzo.
Fabrizio se quedó pensativo. No tenía alternativa. Aquella vieja fortaleza en Taurasi que había pertenecido a los Gesualdo durante generaciones aún podía servir a su familia una vez más. Tomó la mano de su esposa y le sonrió antes de volver a dirigirse al cochero.
—Al castillo Marchionale, Vincenzo. A toda prisa.
El conde de Conza caminaba nervioso, trazando amplios círculos sobre el pavimento desgastado de una de las estancias del castillo mientras contaba las horas transcurridas desde el inicio del parto. Sabía que la demora no era normal, y comenzaba a preocuparse por la vida de su esposa y por la del niño.
Ajeno al importante acontecimiento, Luigi, el primogénito, jugaba tumbado en el suelo con un tosco caballito de madera.
—Se le ha roto una pata —dijo el niño levantando el juguete a la par que torcía los labios en un puchero al percatarse de que su padre lo miraba.
—No pasa nada, mandaré que lo reparen —respondió con indiferencia Fabrizio, sin prestar atención al gesto de tristeza de su hijo.
El conde creyó oír un llanto y corrió a la habitación contigua, de donde provenía el sonido. Al asomarse, descubrió que se trataba de Vittoria, una de sus hijas, que lloraba en brazos de su nodriza. Regresó al salón y sus ojos se posaron en el laúd que descansaba sobre una mesa. Se acercó a él y acarició las cuerdas sin saber qué tocar.
Las últimas luces de la tarde se dispersaban al atravesar las ventanas de la alcoba principal, creando un rico contrapunto de colores que bañaba la estancia. Uno de esos rayos deslumbró a Maddalena, una de las doncellas, quien instintivamente se tapó los ojos con una mano. El gesto de la joven no pasó desapercibido para Isabella Ferrillo, princesa de Venosa y suegra de la parturienta.
La doncella sintió cómo un calor intenso le subía por las mejillas. Con el cabello blanco recogido en un impecable moño y un austero traje negro que realzaba su figura autoritaria, Isabella infundía respeto incluso sin pronunciar palabra alguna. Maddalena bajó la vista, nerviosa. Apenas llevaba unas semanas al servicio de los Gesualdo y no quería cometer ningún error. La princesa corrió las cortinas y dejó la alcoba casi a oscuras, iluminada tan solo por un par de candelabros.
—Es mejor que nada la perturbe —dijo Isabella, intentando tranquilizar a la doncella—. El bebé viene de nalgas, y la madre va a sufrir —agregó antes de volver junto a su nuera.
En el lecho, Geronima se contorsionaba de dolor. El sudor le pegaba el negro cabello a la frente, y sus gritos quedaban amortiguados por los tapices que decoraban la alcoba.
La partera, que palpaba con cuidado el vientre de la condesa, había pedido a las criadas que le administrasen algunas hierbas y ungüentos con los que mitigar los dolores y acelerar el parto. La situación era crítica; Bianca sabía que debía actuar con rapidez para salvar a madre e hijo.
—Señora, empujad solo cuando yo os lo indique —ordenó.
Con un gesto firme, introdujo la mano derecha dentro de Geronima y trató de girar al niño para que saliera de cabeza. Era una maniobra arriesgada pero necesaria. La futura madre sintió un dolor intenso y lanzó un alarido. Las criadas se acercaron al lecho para ofrecerle su apoyo, aunque Bianca las apartó dando un manotazo al aire.
Pese al dolor insoportable de Geronima, la partera logró su propósito con esa arriesgada acción.
—¡Ahora! —gritó Bianca. La condesa de Conza hizo un último y desesperado esfuerzo, y el bebé empezó a deslizarse por el canal de parto. Finalmente, el niño nació.
El latido fatigoso de su corazón le resultaba ensordecedor a Geronima en el silencio denso que invadió la alcoba principal del castillo Marchionale. Al no oír llanto alguno, Maddalena miró con ojos llenos de temor a Bianca. La partera sostenía al bebé con cuidado. Su rostro se endureció: el recién nacido tenía el cordón umbilical enrollado alrededor del cuello y su piel había adquirido un tono azulado. La doncella ahogó un sollozo y se cubrió la boca con las manos. Con sumo cuidado, Bianca desenrolló el cordón umbilical y le dio unas palmaditas en la espalda a la criatura. Luego le sopló en la cara, como si pretendiera insuflarle vida. El bebé seguía sin reaccionar. Todo había ido mal desde el principio. Bianca se preguntaba si, tal vez, había sido demasiado conservadora y si debería haber actuado con mayor rapidez.
Geronima se dirigió a la mujer que acababa de sacar al niño de su vientre:
—Dadme a mi hijo.
—Condesa, disculpad, pero no creo que…
—¡He dicho que me deis a mi hijo! —gritó entre sollozos.
La partera no tuvo más remedio que obedecer. Tan pronto como lo dejó entre los brazos de su madre, el niño reaccionó y emitió un débil gemido. Geronima lloró de alegría mientras murmuraba una oración.
Bianca pensó que aquello era un milagro. Ese niño había estado más cerca de la muerte que cualquiera de los que había ayudado a traer al mundo. Ahí supo que se trataba de un presagio de una vida excepcional, llena de luces y sombras, de gloria y tragedia; un destino que, desde el mismo nacimiento, parecía estar marcado por la muerte.
El bebé, ahora sí, rompió en un llanto vigoroso. Geronima, en un gesto de ternura, lo acunó contra su pecho y lo amamantó, lo que tranquilizó al pequeño de inmediato. Isabella ordenó a Maddalena que fuese a buscar al padre del recién nacido. La joven obedeció y salió rápidamente de la alcoba. Bianca aprovechó el momento de calma para atar un cordel a cada extremo del cordón umbilical y lo cortó.
Al cabo de unos instantes, Fabrizio Gesualdo irrumpió en la estancia. El conde miró a su hijo y le acarició la mejilla.
—¡Es un niño! —exclamó lleno de júbilo.
Geronima, extenuada, asintió con una leve sonrisa antes de caer rendida y sumirse en un profundo sueño. La habitación quedó envuelta en un delicado silencio, solo interrumpido por el sutil y regular rumor del recién nacido tomando el pecho.
Milán, 30 de marzo de 1566
El cardenal Carlo Borromeo, arzobispo de Milán, sostenía una carta de su asistente que había esperado durante semanas. Borromeo lo había enviado al Reino de Nápoles al enterarse de la proximidad del nacimiento del hijo de su hermana. En su última correspondencia, Geronima no solo lo informó sobre la proximidad del parto, sino que también le expresó su deseo de que él fuera el padrino del niño. Además, si el bebé resultaba ser varón, su hermana prometió consagrarlo a la Iglesia y llamarlo Carlo en su honor. Con expectación, el cardenal desplegó la carta y comenzó a leer.
«Ilustrísima Eminencia:
Tal y como solicitasteis, os escribo para informaros de que vuestra hermana, la condesa de Conza, dio a luz el día ocho de este mes a un niño al que bautizaron en la capilla de San Pedro del castillo Marchionale de Taurasi. El bebé se llama Carlo y es un niño sano y fuerte.
Vuestro más humilde servidor
Pietro Pusterla».
Borromeo dobló la carta y la dejó sobre el escritorio. Cruzó las manos y comenzó a orar en señal de gratitud. Imaginó al pequeño Carlo convertido algún día en un siervo de Dios; un hombre de Iglesia que, bajo su tutela, sería una referencia espiritual y moral en un mundo necesitado de reforma y virtud. Sin embargo, el destino le tenía reservado al niño un camino distinto al que él había anticipado.
Venosa, febrero de 1572
El conde de Conza ayudó a bajar del carruaje a su hijo Luigi. Nada más poner un pie en el suelo, el muchacho corrió a encontrarse con su madre y hermanas, Isabella y Vittoria, que aguardaban en el interior del castillo. Luego llegó el turno de Carlo. A sus seis años, era la primera vez que el niño salía de Taurasi. A diferencia de su hermano mayor, Carlo observaba el entorno con desconfianza, y prefería caminar de la mano de su padre mientras cruzaban el patio. Después de varios meses separados, la presencia paterna a su lado le brindaba sensación de seguridad.
La fortaleza que el niño contemplaba con asombro era mucho más grande y lujosa que el destartalado castillo Marchionale donde había nacido. Incluso la modesta escalera que subía hacia los apartamentos familiares le parecía espléndida en comparación. A pesar de la belleza del entorno, Carlo percibía un aire de tristeza que impregnaba cada rincón.
Desde la muerte de su abuela, Isabella Ferrillo, su abuelo no había vuelto a ser el mismo. Para el anciano Luigi IV, aquellos muros, erigidos sobre los cimientos de la antigua catedral de San Felice, se habían convertido en un lugar sombrío cargado de recuerdos. Abatido por el duelo, el príncipe de Venosa vivía atrapado en su pena, hasta el punto de caer enfermo poco después de enviudar. Su mal lo había postrado en cama, incapaz de cumplir con sus deberes y sumido en una profunda nostalgia.
Mientras padre e hijo subían la escalera, Fabrizio no podía dejar de pensar en la responsabilidad que había asumido desde que se trasladó a Venosa meses atrás. Su ascenso como príncipe regente había traído esperanza a sus súbditos, quienes, hastiados de los abusos y la ambición de Luigi IV, veían en él una oportunidad para un futuro más justo y próspero. Sin embargo, no podía evitar preguntarse si realmente estaría a la altura de las expectativas.
Subieron los últimos peldaños y entraron en un largo corredor flanqueado por puertas de roble. Fabrizio notó el cansancio en los ojos del niño. Le dedicó una sonrisa fugaz antes de volverse hacia Simone Bardotti, su fiel mayordomo.
—Acompaña a mi hijo a sus aposentos.
El sirviente asintió y ofreció una mirada tranquilizadora al pequeño, que le apretó la mano como respuesta. Mientras los veía alejarse, Fabrizio sintió una dicha enorme. Después de tantos meses dedicado a sus deberes y responsabilidades en soledad, tener a su familia cerca le daba la fuerza que tanto necesitaba.
Los salones y habitaciones privadas del castillo de Venosa rebosaban de instrumentos: laúdes, clavecines, flautas de pico y violas, mientras varias pilas de partituras, tablaturas y música vocal se apilaban en gabinetes, arcones y escritorios. Desde su llegada, Fabrizio había aprovechado cada momento libre para entregarse a la música, su verdadera pasión.
Tras concluir los asuntos del día, se retiró a la sala de música para tocar. Esa noche, el conde de Conza ofrecía un banquete y una velada musical en honor a su familia, y en especial a su hermano menor, Giulio, quien estaba de visita en el castillo esa misma mañana. A pesar de la diferencia de edad que los separaba, Fabrizio y él siempre habían estado muy unidos.
Ambos compartían un sorprendente parecido físico: eran apuestos, con ojos negros y una barba bien cuidada, rematada con un bigote puntiagudo. Giulio se había ganado con los años una merecida fama de libertino, mientras que Fabrizio era más juicioso, consciente del peso que su posición como primogénito de Luigi IV implicaba.
Cuando el conde salió de la sala de música para prepararse para el banquete, se encontró de frente con Giulio.
—¿Te encuentras bien? Pareces alterado —le preguntó.
—No es nada. —Giulio esquivó sus ojos—. ¿Podemos hablar a solas?
Sorprendido por la urgencia en la voz de su hermano, Fabrizio asintió y ambos se dirigieron al studiolo, la estancia del castillo donde el conde solía trabajar.
Giulio caminaba de un lado a otro por la habitación, con el tenue resplandor de un fuego casi apagado iluminando su figura fornida.
—Como sabes, padre quiere que me case pronto —dijo al fin.
Fabrizio lo observaba desde su escritorio, anticipando el rumbo de la conversación.
—Sí, lo sé. Hemos hablado de ello en varias ocasiones.
—En ese caso sabrás que ha elegido a Laura Caracciolo. —Giulio se detuvo frente a su hermano.
El conde de Conza asintió. Laura Caracciolo era la hija de Gian Vincenzo Caracciolo, un destacado patricio napolitano perteneciente a una de las familias más importantes del reino.
—No me malinterpretes —dijo Giulio, pasándose una mano cansada por el cabello—. No soy de esos hombres que creen que el matrimonio solo debe ser entre dos personas que se aman de verdad, pero no quiero casarme con ella.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo? —quiso saber Fabrizio, sorprendido por la rotundidad de Giulio.
—Dicen que la Caracciolo es una devota, que se pasa el día rezando. —Giulio volvió a andar en círculos por la habitación—. Me conoces, soy todo lo contrario. No podría soportar una vida así.
—Hermano, los matrimonios en nuestra posición son uniones estratégicas. Además, no serías el primero en buscar distracciones fuera del matrimonio para… —Fabrizio dejó la frase en suspenso.
Giulio se detuvo en seco, negó con la cabeza y continuó.
—Tú te casaste con Geronima, una Borromeo; nuestra hermana Sveva, con un d’Avalos; Alfonso es cardenal desde los veinte años, y solo Dios sabe a dónde llegará. Maria Cattarina y Costanza están prometidas al marqués de Vico y al duque de Gravina, respectivamente. Todos habéis tenido matrimonios muy ventajosos.
—Giulio, los Caracciolo son una familia poderosa…
—Tienes razón —lo interrumpió Giulio—, pero creo que hay mejores alternativas y por eso quería hablar contigo. Necesito que intercedas por mí ante padre para que escuche mi propuesta…, y también ante Sveva.
—¿Ante Sveva? No entiendo qué tiene que ver ella en todo esto.
—Verás: Maria, nuestra sobrina, está a punto de entrar en edad de casarse.
Fabrizio negó con la cabeza. No podía creer que su hermano Giulio estuviera considerando desposarse con su sobrina, quien era casi dieciocho años menor que él. A pesar de su juventud, Maria, la hija de Carlo d’Avalos y de Sveva, la hermana mayor de los dos, ya había ganado fama en todo el reino por sus encantos, y empezaban a multiplicarse los pretendientes que aspiraban a su mano.
—Espera, déjame terminar. —Fabrizio hizo un gesto con la mano para indicarle que podía continuar—. Como te decía, nuestra hermana y su esposo pronto se plantearán con quién casar a su hija, que ya tiene trece años. Si no soy yo quien se casa con Maria, será algún otro pretendiente, quizá uno poderoso que ponga a los d’Avalos en nuestra contra. ¿Te imaginas que la casen con algún Carafa? —Giulio dejó que sus palabras calaran mientras observaba la reacción de su hermano—. Sabes que todavía ambicionan el principado y no se darán por vencidos. Si consolidamos nuestra relación con ellos con este matrimonio, nadie se atreverá a desafiarnos.
Aunque el razonamiento de su hermano tenía algo de lógica, el conde de Conza intuía que detrás de las palabras de Giulio se escondía algo más. No podía evitar pensar que lo que realmente le atraía era la juventud y belleza de Maria. Conociendo bien a Giulio, un mujeriego confeso con predilección por las doncellas, el conde no podía descartar que su intuición fuera más que una simple sospecha.
—Hermano, lo siento, pero no puedo apoyar ese matrimonio. Maria es tu sobrina. Sveva se pondrá furiosa.
—Sí, lo sé; nuestra hermana es una arpía que siempre me ha despreciado. Por eso necesito que hables con ella y la convenzas. Fabrizio, por favor, piénsalo. Te lo ruego.
El conde de Conza se quedó mirando a su hermano mientras buscaba las palabras adecuadas para responderle sin dañar su relación.
—No creo que casarte con Maria sea lo mejor para la felicidad de nuestra sobrina —dijo al fin.
La furia en los ojos de Giulio reflejaba no solo decepción, sino también una rabia contenida.
—¡Tú mismo has dicho que para nosotros los matrimonios son solo uniones estratégicas! —El menor de los Gesualdo no comprendía cómo su hermano, su apoyo y confidente de toda la vida, no se ponía de su lado.
—He tomado una decisión. No intercederé para que te cases con Maria. No espero que lo entiendas, solo que lo aceptes —concluyó Fabrizio.
Giulio no dijo nada más. Agachó la cabeza y salió de la estancia sin despedirse. El aire frío del corredor, en contraste con el cálido ambiente del fuego en el studiolo, le golpeó el rostro. Pensando en cómo habría sido su vida si él fuera el heredero, en que entonces podría haber hecho cuanto quisiera, Giulio irguió la cabeza y se dirigió decidido hacia sus aposentos, maldiciendo su suerte.
Al caer la tarde, después de la cena, los miembros de la corte y los invitados del conde de Conza llegaron al gran salón del castillo de Venosa. Los laúdes y las violas reposaban sobre sillas y mesas que ocupaban el amplio espacio, mientras que los instrumentos más grandes, como las tiorbas y las violas de gamba, estaban cuidadosamente apoyados en el suelo.
Uno de los músicos comenzó a tocar el laúd. Las primeras notas de un hermoso ricercar llenaron el salón y sumieron a los invitados en una atmósfera de melancolía. Después del ricercar, el músico continuó con una pavanaseguida de una animada gallarda, pero algo extraño ocurrió durante la interpretación de la última pieza que el músico tenía previsto tocar: una de las enormes cortinas de terciopelo verde que cubrían las ventanas de la sala de música se movió de manera casi imperceptible. Aunque el movimiento fue sutil, no pasó inadvertido para Paolo, uno de los hombres de la guardia personal del conde. Atento a lo que ocurría a su alrededor, Paolo se acercó con sigilo al ventanal. A medida que avanzaba, se percató de que detrás de la tela parecía haber una persona.
Fabrizio, que hasta ese momento había permanecido ajeno a la escena, dirigió su atención hacia ese lugar de la estancia. La idea de que un sicario estuviera allí, en su propio hogar, era improbable, aunque no podía descartarla por completo. Sin embargo, si no era un asesino, ¿quién podría haberse escondido detrás de la cortina?
Paolo desenvainó su espada, agarró la cortina y, con un gesto enérgico, la descorrió de golpe. El laudista, sorprendido por el brusco movimiento que captó por el rabillo del ojo, dejó de tocar. Todos los invitados miraron hacia el ventanal. Al reconocer a la persona que se ocultaba tras la cortina, el guardia detuvo el brazo, que ya se preparaba para clavar la espada en defensa de su señor.
Con el semblante enrojecido por la ira, Fabrizio se levantó y caminó hacia la ventana.
—Pero, Carlo, ¡¿qué demonios hacías ahí?! —gritó a su hijo—. ¡Paolo podría haberte herido!
El niño lloraba asustado, acurrucado en el suelo.
—¡No espero que me respondas con tu silencio, muchacho! —prosiguió Fabrizio—. ¡Habla!
Carlo titubeó antes de murmurar unas palabras.
—Solo… solo quería escuchar la música de cerca.
Fabrizio suavizó su expresión. Guardó silencio unos instantes y habló a los invitados:
—Creo que es mejor dar por terminada la velada por hoy.
Todos, incluido Giulio Gesualdo, que había presenciado la escena con interés, se levantaron para abandonar el salón. El conde mantuvo la mirada fija en su hijo mientras la estancia se vaciaba. Paolo permaneció de pie junto a su señor hasta que el último invitado salió de la sala. Fabrizio le hizo entonces una señal para que se marchara. Cuando se quedaron a solas, levantó a Carlo del suelo con una sonrisa en el rostro.
—Así que querías escuchar la música, ¿eh? ¿Y no se te ocurrió nada mejor que esconderte detrás de una cortina?
—Sí, padre… Digo…, no —respondió Carlo, aún asustado y confuso.
—¿Y desde cuándo haces esto, hijo?
La pregunta sorprendió al niño, pues su padre no daba la impresión de estar enfadado por la posibilidad de que esa no fuese la primera vez.
—Lo hago casi todos los días, mientras tocáis —respondió con cierto orgullo.
Desde mucho antes de lo que podía recordar, Carlo sentía una atracción especial hacia esas hojas llenas de símbolos, que le recordaban a perlas de un collar delicado, que adornaban las líneas trazadas con sumo cuidado sobre el papel. Aunque no comprendía ninguna de esas marcas, algo dentro de él despertaba cada vez que las contemplaba.
—Carlo, acabas de darme una enorme alegría. —El conde de Conza abrazó a su hijo.
Fabrizio condujo al niño hacia la silla donde el músico había dejado su laúd. Le indicó que se sentara y le dio el instrumento; Carlo apenas podía sujetarlo. El niño acarició la madera. Le pareció cálida, de una suavidad extrema. Fabrizio guio su mano izquierda por el mástil hasta llegar a la parte más cercana al clavijero. Con cuidado, colocó los dedos del niño sobre las cuerdas y, con la derecha, las rasgueó. Del laúd surgió un acorde precioso, perfecto. Carlo lo miró con los ojos llenos de ilusión.
Intentó repetir el sonido, pero sus dedos se habían desplazado ligeramente y esta vez el instrumento sonó desafinado. Fabrizio le sonrió con ternura y, sin decir nada, lo besó en la frente.
Escondido ras la puerta de la sala de música, Luigi observaba la escena en silencio. Al ver a su padre besar y hablar de esa manera a su hermano, sintió unos celos irrefrenables. Era él, como primogénito, quien debería recibir todas las atenciones. En ese momento, un profundo odio hacia su hermano comenzó a crecer en su corazón.
Roma, verano de 1572
La primavera había traído consigo una mezcla de esperanza y tristeza a la casa de Fabrizio Gesualdo. A principios de la estación, Geronima había quedado embarazada, pero la alegría se desvaneció trágicamente cuando una fuerte hemorragia le arrebató al bebé. La pérdida sumió a la condesa de Conza en la melancolía y la dejó postrada en la cama durante semanas.
La fragilidad de la salud de su esposa llevó a Fabrizio a considerar la posibilidad de alejar a sus hijos del castillo para facilitar la recuperación de la condesa. En realidad, la idea había surgido de su hermano, el cardenal Alfonso Gesualdo, quien pensaba que un entorno más tranquilo, sin los niños alrededor, sería beneficioso para la convalecencia de Geronima.
—Además —le recordó el cardenal durante una de sus visitas a Venosa—, tu esposa ha sido la encargada de la formación espiritual de los niños hasta ahora. Yo me ocuparé de proporcionarles una adecuada educación cristiana hasta que su madre se recupere.
A pesar de sus reservas, Fabrizio tuvo que admitir que su hermano tenía razón. Contra el deseo de Geronima, envió a Luigi y Carlo, sus hijos varones, a Roma con Alfonso, mientras que Isabella y Vittoria fueron confiadas a un convento en Nápoles.
—No quiero ir, padre —suplicó Carlo entre sollozos—. Quiero estar aquí, contigo y con madre.
Fabrizio suspiró y se humedeció los labios antes de decidirse a responder a su hijo:
—Serán solo unos meses —dijo con un tono de esperanza que él mismo encontraba difícil de creer.
A principios de agosto, Luigi y Carlo llegaron a Roma. Se instalaron en el elegante palacio de los Santos Apóstoles, la residencia del cardenal Gesualdo, acompañados por un séquito de sirvientes. A pesar de los esfuerzos de Alfonso por hacer su estancia agradable, Carlo no lograba adaptarse a la vida en Roma, tan diferente de la tranquila Venosa. Luigi, por su parte, desafiaba la paciencia del cardenal al mostrar más interés en perseguir a las criadas jóvenes del palacio que en dedicarse a los libros de oración.
Una tarde, mientras Carlo y su tío paseaban por los jardines de la residencia, el niño se fijó en un grupo de prelados que conversaban bajo la sombra de un ciprés.
—¿Te gustaría ser como ellos? —preguntó Alfonso, señalándolos con la mano.
Carlo bajó la cabeza y sintió una profunda desolación al pensar en cómo sería su vida si lo obligaran a ordenarse. No deseaba convertirse en uno de esos hombres, como su padrino o su tío Alfonso. Lo que realmente le había llamado la atención de ellos eran los destellos tornasolados de las mucetas de seda bajo la luz del atardecer. No quería decepcionar a su tío, pero su único deseo era regresar a Venosa. Echaba de menos las tardes en la sala de música con su padre, los juegos con su hermana Vittoria y, sobre todo, los abrazos de su madre.
Alfonso decidió no insistir. Sin embargo, no comprendía cómo, aun siendo todavía un niño, Carlo no compartía su pasión por una carrera eclesiástica que lo llevara a la cúspide de la Iglesia. Además, le preocupaba su falta de devoción, especialmente cuando, dada su condición de segundogénito, su destino era consagrarse a Dios.
Esa noche, Carlo se arrodilló ante el crucifijo que colgaba de una de las paredes de su alcoba y rezó con fervor. Imploró fortaleza para cumplir con los designios de Dios y afrontar lo que fuera que el destino tuviera reservado para él.
Cuando Geronima se recuperó lo suficiente, escribió a su hermano, el arzobispo de Milán, para pedirle que intercediera tanto ante su esposo como ante Alfonso para que sus hijos regresaran al castillo. El cardenal Borromeo, en principio, estaba dispuesto a que Luigi, Isabella y Vittoria volvieran a Venosa, pero pensaba que Carlo debía permanecer en Roma. Ante la insistencia de su hermana, entendió que aún era prematuro que su sobrino y ahijado abandonara a su familia para dedicarse por completo a la Iglesia. Finalmente, el arzobispo cedió a los deseos de Geronima y escribió tanto a su cuñado como al cardenal Gesualdo. Al recibir la carta de Carlo Borromeo, Alfonso accedió a regañadientes a la decisión de enviar a Luigi y a Carlo de regreso a Venosa.
Con amargura, el cardenal Gesualdo observó al coche alejarse del espléndido palacio de los Santos Apóstoles. Había creído que podría moldear a Carlo y controlar a su familia a su antojo, como siempre había hecho. Pero, por primera vez, sintió que había fracasado.
—El destino es un río impetuoso —dijo en un murmullo—, y por más que uno lo pretenda, no se puede nadar a contracorriente para siempre.
Venosa, verano de 1575
A pesar de sus responsabilidades como príncipe regente, Fabrizio aún lograba sacar tiempo para compartir con sus hijos su pasión por la música. Con paciencia y dedicación, continuó enseñándoles a tocar el laúd, tal como lo había hecho desde su llegada a Venosa. Sin embargo, el resultado era desigual: mientras Luigi prefería pasar el tiempo montando a caballo en el bosque que rodeaba el castillo, Carlo, en cambio, mostraba una actitud y un talento incuestionables. Desde el día en que Fabrizio lo sorprendió escuchando escondido tras las cortinas del salón, el niño había mejorado tanto en el dominio del laúd que, para orgullo de su padre, ya podía interpretar casi cualquier partitura sin dificultad.
Pero la formación que Fabrizio transmitía a sus hijos no se limitaba a la música. El conde de Conza también había dedicado tiempo a instruirlos en el manejo de las armas. Durante semanas, observó sus progresos con la espada hasta que, al fin, una noche, los reunió en el comedor para hablarles del próximo desafío que les esperaba.
—Estoy orgulloso de cómo habéis mejorado con la espada —dijo, mirando a ambos con satisfacción—. Así que he decidido que mañana os enfrentaréis entre vosotros.
Carlo abrió los ojos, sorprendido por la decisión de su padre. El conde de Conza sabía que su hijo menor temía enfrentarse a su hermano mayor, aunque Fabrizio confiaba en que Carlo, a pesar de ser dos años más joven que Luigi, compensaría su desventaja física con su destreza innata.
—No os preocupéis —continuó con una sonrisa—, es solo un entrenamiento.
Los dos niños asintieron, aunque Carlo sintió una pizca de temor ante el desafío que su padre le planteaba. Luigi esbozó una mueca confiada y le puso una mano en el hombro a su hermano menor.
—Tranquilo, Carlo, procuraré no hacerte daño —dijo en un tono cargado de ironía.
Carlo intentó sonreír como respuesta, pero por dentro se debatía entre el deseo de demostrar su valía y el miedo de no estar a la altura. No quería decepcionar a su padre ni darle a Luigi la satisfacción de verlo titubear.
En el patio del castillo de Venosa, el arrullo distante de una tórtola se mezclaba con el murmullo del agua que brotaba de la fuente de piedra en el centro del amplio espacio. Luigi y Carlo estaban listos para enfrentarse, cada uno con su espada de madera en la mano, bajo la atenta vigilancia de su padre; de sus hermanas, Isabella y Vittoria, y de su tío Giulio. El flamante barón de Palomonte, título concedido por su padre tras su matrimonio con Laura Caracciolo, estaba de visita en el castillo, acompañado de su esposa. Aunque disimulaba ante Fabrizio, la relación con su hermano había cambiado desde aquella conversación en la que le reveló sus intenciones de casarse con Maria. Pese a todo, Giulio seguía visitando Venosa con regularidad para mantener las apariencias.
Fabrizio hizo una señal con la mano y el duelo comenzó. Luigi tomó la iniciativa y atacó con fuerza, confiando en su mayor tamaño y potencia. Carlo se defendió con agilidad, esquivó los golpes y buscó la oportunidad para contraatacar. El hermano mayor se impacientó y aumentó la intensidad de sus embestidas. Carlo, sin embargo, las detenía con habilidad, demostrando su destreza con el arma.
Después de varios intercambios de tanteo, Luigi vio una apertura en la guardia de su hermano y lanzó un rápido mandoble hacia su pecho. El niño reaccionó a tiempo y bloqueó el ataque, aunque perdió el equilibrio y cayó al suelo. Luigi se lanzó sobre Carlo y presionó la espada contra su cuello.
—¡Ríndete! —gritó triunfante el primogénito de Fabrizio Gesualdo.
—¡Jamás!
Carlo apartó la espada, se levantó con rapidez y embistió a su hermano con todo su peso. El impacto hizo que el mayor terminara en el suelo. Vittoria dejó escapar un grito ahogado.
—¡Me las vas a pagar! —amenazó Luigi, furioso.
Los dos hermanos se miraron con odio y se lanzaron el uno contra el otro para intercambiarse golpes cada vez más violentos y descontrolados. Fabrizio se alarmó al ver la furia con la que se enfrentaban y se interpuso entre ellos.
—¡Parad, ya es suficiente!
Luigi y Carlo se detuvieron, sorprendidos por la intervención de su padre. El conde les quitó las espadas y los miró con severidad.
—¿Qué os pasa? —les preguntó decepcionado—. Esto no parece un duelo entre hermanos, sino una pelea de bandidos. ¿Es así como se comportan los hijos de un conde?
Luigi aprovechó la oportunidad para propinarle un puñetazo en la cara a su hermano.
—¡Auch! —exclamó Carlo.
El niño se llevó una mano a la nariz, que chorreaba sangre. Vittoria corrió hacia él para socorrerlo.
—¡Eso te pasa por creerte mejor que yo! —Luigi rio con malicia—. ¡Eres un segundón, Carlo! ¡Soy el hermano mayor, no lo olvides! Mejor será que te centres en tu estúpida música y te olvides de la espada; no la necesitarás cuando te ordenes sacerdote y yo sea príncipe.
Giulio esbozó una sonrisa y un destello de aprobación, aunque enseguida reprimió su expresión al notar la mirada reprobadora de Fabrizio.
Al oír esas palabras, Carlo sintió una rabia que nació desde lo más hondo de su ser, una furia que nunca antes había experimentado. Olvidó el dolor, el miedo y el respeto. Solo quería vengarse de su hermano, hacerle pagar por su humillación. Se zafó de Vittoria, quien aún lo abrazaba y le taponaba la nariz ensangrentada con un pañuelo.
—¡Aaah! —gritó Carlo, furioso, a la vez que lanzaba un puñetazo que impactó en el pecho de su hermano mayor.
Luigi, aturdido por el golpe, trastabilló y dio de bruces contra el suelo. Carlo se abalanzó sobre él y empezó a pegarle sin piedad, mientras que su hermano intentaba protegerse como podía. Para sorpresa de Carlo, cada golpe parecía alimentar su ira en lugar de calmarla. Fabrizio se quedó paralizado, sin comprender qué había desencadenado esa furia en su hijo menor ni cómo podía actuar de esa manera. Giulio, por su parte, observaba la escena con desconcierto.
—¡Basta! —gritó Fabrizio.
El conde agarró a Carlo por los hombros y lo separó de su hermano. Al principio, el niño se resistió. Al darse cuenta de lo que había hecho, sintió vergüenza y comenzó a llorar, escondiendo el rostro en el pecho de su padre, que lo abrazó con fuerza para calmarlo.
—Lo siento —sollozó arrepentido.
El conde de Conza consoló a Carlo, acariciándole el pelo con cariño. Luego, dirigió su atención hacia Luigi, que aún yacía en el suelo, magullado y visiblemente asustado.
—¿Estás bien, hijo? —le preguntó.
Luigi asintió. Fabrizio sintió pena y decepción. Había sido su hijo mayor quien había provocado a su hermano con sus burlas y ahora sufría las consecuencias. Con gesto compasivo, Fabrizio se acercó a él.
—Vamos, levántate —le dijo.
Luigi miró a su padre. Aceptó la ayuda y se puso de pie. En ese momento, sintió una mezcla abrumadora de emociones: miedo, odio y envidia. No podía creer que Carlo lo hubiera golpeado así ni que su padre mostrara tanta compasión hacia él. Se sintió de repente solo y abandonado.
—Perdón, padre —replicó, aunque su voz carecía de convicción.
Fabrizio les pidió que se dieran la mano y se disculparan en un intento por reconciliar a sus hijos.
—No volveréis a entrenar con la espada hasta que aprendáis a respetaros y a quereros como hermanos —advirtió con firmeza. Luego se giró hacia Luigi y le recordó la gran responsabilidad que implicaba su futuro como príncipe de Venosa y la necesidad de comportarse de manera ejemplar. En cuanto a Carlo, decidió posponer la conversación sobre su destino en la Iglesia; ya habría ocasión de abordar ese tema con él. Los dos hermanos evitaron cruzar la mirada y se juraron en secreto no confiar jamás en el otro.
Fabrizio habló a sus hijas, que habían presenciado la escena con horror.
—Acompañad a Carlo y a Luigi a sus aposentos. Necesitan descansar y curar sus heridas.
Isabella y Vittoria asintieron y tomaron, obedientes, a sus hermanos de la mano para conducirlos al interior del castillo. Luigi observó cómo Vittoria se adelantaba con Carlo y deseó que hubiera sido su mano la que ella tomara. Apretó los labios y, sin rechistar, dejó que Isabella lo guiara.
Giulio esperó a que los niños se alejaran antes de retirarse sin mencionar lo que había visto. Fabrizio quedó solo en el patio del palacio, con una profunda preocupación al preguntarse si Luigi y Carlo algún día podrían perdonarse.
Maddalena, la nodriza que había cuidado de Carlo desde su nacimiento, se encargó de limpiarle la sangre seca de la cara y cambiarle las ropas. El niño tenía la nariz hinchada, como si le hubiera picado una abeja, y sus ojos reflejaban a la vez vergüenza y rabia. Una vez que la mujer terminó de curarlo, Vittoria y él se sentaron al pie de la cama.
—¿Qué te ha pasado, Carlo? ¿Por qué te has comportado así? —trató de averiguar ella.
A pesar de que solo se llevaban un año de diferencia, la niña siempre había asumido con gusto el rol de hermana mayor y consejera.
—No lo sé —respondió Carlo—. No he podido controlarme.
—Podrías haberle hecho mucho daño —añadió la niña.
—Tienes razón. Y lo peor de todo es que… —Carlo se interrumpió.
—Sigue, cuéntame —insistió su hermana, que lo miraba con preocupación.
Carlo desvió la vista hacia el suelo y evitó responder que lo peor de todo era que había disfrutado al golpear a Luigi. Una sensación placentera se había originado en su vientre y se había esparcido por todo su cuerpo. Sin embargo, no podía compartir con su hermana ese secreto que le provocaba tanto miedo como vergüenza.
—Nada, Vittoria, no tiene importancia.
—Pues será mejor que te disculpes con él, o ya sabes que aprovechará cualquier oportunidad para vengarse de ti.
El niño asintió y pidió a su hermana que lo dejase solo. Cuando Vittoria salió de la estancia, Carlo tomó su laúd y se preparó para tocar un acorde, pero la mano aún le temblaba. Estaba tan alterado que ni siquiera podía rasguear las cuerdas con la firmeza necesaria. Pensó en refugiarse en la oración, pero lo único que podía tranquilizarlo era estar con Antonella.
Apenas un año mayor que él, Antonella era la hija de Giovanna, la cocinera que había acompañado a los Gesualdo desde Taurasi hasta Venosa. Carlo bajó a las cocinas del castillo, seguro de encontrarla allí. El aroma de las hierbas frescas que impregnaban el lugar —orégano, salvia y albahaca— embriagó su olfato. La niña estaba sentada en una sencilla silla de anea, raspando unas zanahorias con un cuchillo, mientras su madre revolvía un guiso humeante en una olla sobre el fuego. Antonella tenía una nariz pequeña, respingona, y una boca casi siempre sonriente. Su piel era de un blancor extremo, solo interrumpido por algunas pecas caprichosas en las mejillas. Pero lo que verdaderamente llamaba la atención eran sus ojos verde aceituna, que había heredado de su madre.
—¡Carlo! —La niña dejó el cuchillo en el canasto de las zanahorias—. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar en tus clases de música? ¿Te encuentras bien?
—Sí, solo quería verte.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Antonella al notar la hinchazón en la nariz de su amigo.
—No es nada, solo una pelea con Luigi —respondió con un dejo de orgullo en la voz.
La niña le lanzó una mirada de desaprobación, por lo que Carlo decidió cambiar de tema:
—¿Te gustaría salir a jugar un rato? Quiero enseñarte algo.
Antonella dirigió la vista hacia su madre en busca de permiso y Giovanna asintió. Los dos niños salieron corriendo de las cocinas. Al pasar por la fuente del patio, el niño cogió agua con las manos y salpicó a Antonella.
—¡Te vas a enterar! —dijo ella, fingiendo estar ofendida mientras intentaba en vano atrapar a su amigo, que corría más rápido.
Carlo se detuvo al llegar a las cuadras y entró sin esperar a Antonella. La niña se quedó en la puerta, sin saber si seguirlo.
—¡Vamos! —lo oyó gritar desde dentro.
Al entrar, vio a Carlo acariciando un hermoso caballo bayo de pelaje dorado. Antonella lanzó una exclamación.
—Lo trajeron hace unos días, pero hasta ahora no he tenido la oportunidad de enseñártelo —le explicó el niño—. Mi padre dice que ya tengo edad de aprender a montar. ¿Verdad que es bonito?
—¡Es precioso! ¿Cómo se llama? —quiso saber ella, y su mano acarició las crines del animal con suavidad.
—No he pensado en eso todavía.
La niña permaneció callada un momento. Necesitaba un nombre adecuado para un animal tan especial. Mientras cavilaba, sus dedos jugaban con la delicada cadena de oro que llevaba al cuello, de la que colgaba un pequeño medallón esmaltado en un vibrante tono rojo. Sobre la brillante superficie de la joya destacaba el relieve de un león rampante, idéntico al que figuraba en el escudo de armas de los Gesualdo.
—¿Qué te parece si lo llamas Miele? —propuso al fin.
—¿Miele? —repitió Carlo. Antonella asintió con entusiasmo—. Miele… Mmm, es verdad que el color de su pelaje recuerda al de la miel. Sí, ¡me gusta! —La niña aplaudió—. ¿Me ayudarás a cuidarlo?
—¡Claro que sí, me encantaría!
Antonella tomó un cepillo de uno de los cubos que había por el suelo y comenzó a peinar el lomo de Miele.
—Puedes venir siempre que quieras —le dijo él—. Este será nuestro lugar secreto.
En silencio, Carlo observó a Antonella cepillar a Miele y se dio cuenta de que la pelea con Luigi ya no le importaba.
Roma, enero de 1576
Alfonso Gesualdo avanzaba decidido por los majestuosos pasillos del Vaticano. El eco de sus pasos reverberaba en el pavimento de mármol hasta perderse poco a poco en la inmensidad de la arquitectura que lo rodeaba. Un nudo en el estómago le recordaba la razón de su presencia allí. Había recibido una citación urgente del santo padre, el papa Gregorio XIII Buoncompagni, y la incertidumbre llenaba cada bocanada de aire que daba.
Ambicioso y astuto, Alfonso había forjado una carrera eclesiástica marcada por dos hechos decisivos que labraron su ascenso. El primero fue su nombramiento como cardenal a los veintiún años por Pío IV. Esta circunstancia estuvo estrechamente ligada al matrimonio estratégico de su hermano Fabrizio con Geronima Borromeo, sobrina del papa y hermana de Carlo Borromeo, el influyente arzobispo de Milán. El segundo hito crucial en su ascenso ocurrió durante la invasión francesa de la península itálica. En aquellos días convulsos, Gesualdo se alineó con el virrey de Nápoles, el duque de Alba. Aunque este apoyo a los intereses del rey Felipe II lo enfrentó al papa Paulo IV, con la Paz de Cateau-Cambrésis, que puso fin a la contienda y consolidó el dominio español en la región, Alfonso vio fortalecida su posición política.
Aunque había respaldado la elección de Gregorio XIII, un papa aliado de España, Alfonso sabía que su posición no era inquebrantable. En el complejo entorno del Vaticano, donde las influencias y alianzas podían cambiar rápidamente, cualquier incidente o giro político inesperado podría amenazar la estabilidad que había logrado. Todos en Roma, incluido el pontífice, eran conscientes de que su gran objetivo era alcanzar algún día la Cátedra de San Pedro.
Mientras recorría los pasillos, el cardenal Gesualdo repasaba los últimos acontecimientos en busca de alguna pista que justificara la urgencia de la citación papal. Sabía que en su fulgurante camino había hecho enemigos, entre ellos Giovanni Francesco Commendone y, sobre todo, Alessandro Farnese, con quien mantenía una tensa relación.
Al igual que él, el cardenal Farnese pertenecía a una renombrada familia: era nieto del papa Pablo III y del emperador Carlos V, por lo que contaba con el apoyo de la Corona española, a la que había servido en las guerras de Flandes. Sin embargo, las verdaderas intenciones de Alessandro eran un misterio para todos, por lo que su creciente poder político, militar y religioso despertaba recelo. Alfonso estaba convencido de que la única meta de Farnese era convertirse en el sucesor de Gregorio. De ser así, aprovecharía cualquier punto débil o falta en su conducta para usarlo en su contra y apartarlo de su camino hacia el pontificado.
El cardenal Gesualdo llegó finalmente a las puertas de la Capilla Sixtina, donde lo esperaba el papa Buoncompagni. Se detuvo unos instantes para recuperar el aliento y la compostura después de haber subido los más de cien peldaños de la escalera monumental que terminaba en la imponente Sala Regia.
Los guardias que custodiaban la entrada reconocieron al cardenal y se apartaron para permitirle la entrada. Al fondo de la capilla, frente al altar mayor, el cardenal vio a Gregorio XIII, absorto en la contemplación del fresco del Juicio Final pintado por Miguel Ángel. El cardenal Gesualdo se acercó despacio, como si tratara de no perturbar los pensamientos del pontífice. Alfonso se postró ante él y besó su anillo. Complacido por el gesto de servidumbre del prelado, el papa le indicó con la mano que se levantara.
—Cada vez que me detengo a contemplar esta inigualable obra —comenzó a hablar Gregorio—, siento el peso de la responsabilidad que Dios ha depositado en mí. —Alfonso hizo una mueca de no comprender bien a qué se refería el santo padre—. ¿Ves esa figura que sostiene un libro entre sus manos, a la izquierda de las trompetas que anuncian la llegada del Gran Juez?
El cardenal Gesualdo asintió. Una inquietud empezaba a apoderarse de él. Temía que Gregorio lo hubiese citado para obsequiarlo con una de esas peroratas que tanto placer parecían proporcionarle.
—Es el arcángel Miguel. De mí, de la santa Iglesia, depende que los nombres de todas esas almas que se arremolinan alrededor de Cristo aparezcan escritos en ese libro, el de los elegidos —siguió el papa.
Alfonso admiraba el fresco ensimismado, digiriendo las palabras del pontífice.
—Sé de la infalibilidad de mi cargo —continuó Gregorio—, pero eso no quita que mi lado más humano albergue dudas, incluso miedo, de no ser capaz de guiar a mi rebaño por el camino correcto, de que los pastores que escoja para ayudarme en la tarea sean los adecuados.
El cardenal Gesualdo dejó una sonrisa a medias que no pasó desapercibida al papa.
—Santidad, yo…
—No, Alfonso, no digas nada. Sé que eres un servidor fiel y que solo te guía la fe en tus acciones. Hijo mío, te he hecho llamar para anunciarte algo de suma importancia. —El pontífice le mostró un documento lacrado con el sello papal—. Esto que ves aquí es un breve apostólico que tengo previsto proclamar y en el que te nombro camarlengo del Colegio Cardenalicio. Aunque antes debo asegurarme de que puedo confiar en ti. ¿Serás digno de un puesto de tan enorme responsabilidad?
Alfonso no podía creer lo que acababa de oír. El camarlengo era el segundo cargo más importante después del papa, y era el encargado de administrar los bienes e ingresos de la Iglesia. ¿Por qué el papa lo había elegido a él entre tantos otros cardenales más experimentados? ¿Qué esperaba de él? ¿Qué consecuencias tendría su nombramiento para su futuro y sus planes para ocupar la cátedra de San Pedro?
—Santo padre, no sé cómo agradeceros esta muestra de confianza y generosidad. Me siento indigno de tan alto honor, pero haré todo lo posible por serviros bien a vos y a la santa Iglesia. —Alfonso se arrodilló y besó el anillo papal.
Gregorio XIII tomó su mano y lo levantó con solemnidad.
—Lo sé, hijo, lo sé. Eres un hombre de fe y talento que ha demostrado lealtad y celo en su labor pastoral y diplomática. Necesito a alguien como tú para que me ayude a defender a la Iglesia de sus enemigos.
El papa comenzó a pasear por la Capilla Sixtina mientras admiraba los frescos de Perugino, Botticelli y Ghirlandaio; Gesualdo lo seguía de cerca.
—Son tiempos difíciles, Alfonso. La herejía protestante se extiende por Europa y amenaza la unidad de la cristiandad. El Imperio otomano avanza por el Mediterráneo y pone en peligro nuestras costas. El rey de Francia se alía con los rebeldes de los Países Bajos y desafía la autoridad del rey de España, nuestro aliado y protector. Incluso dentro de la curia hay cardenales que se oponen a mis reformas y conspiran para debilitar mi poder.
Alfonso alzó una ceja con incredulidad. Gregorio, a pesar de estar siempre inmerso en las cuestiones de Estado, también estaba al tanto de las intrigas que se gestaban en los pasillos del Vaticano.
—Santidad, podéis contar con mi obediencia ciega. Estaré siempre a vuestro lado y haré lo necesario para defender la fe y la justicia.
Gregorio XIII se detuvo bajo el fresco de la Entrega de las llaves a San Pedro, de Perugino. En la absoluta quietud de la Capilla Sixtina, Alfonso percibía incluso la respiración pausada del pontífice.
—Que Dios te bendiga, hijo, y te dé sabiduría y fortaleza. Ahora ve y prepárate para asumir tu nuevo cargo al frente de la Iglesia.
Alfonso se despidió del papa. Besó su anillo y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, echó un último vistazo al Juicio Final pintado por Buonarroti. No sentía miedo ni dudas. Ahora estaba seguro: era un instrumento de Dios para ser el faro que guiase a las almas perdidas.
Camarlengo, se dijo Alfonso. Todo el control de los bienes de la Iglesia estaba en sus manos. Y si falleciera el pontífice, sería él quien debería certificarlo y organizar el cónclave para elegir a su sucesor. Y durante la sede vacante sería el papa de facto.¿Y si…? No, se reprendió por siquiera considerar esa oscura posibilidad. Le debía mucho a Gregorio, y aún no era su momento.
Hasta entonces, debía vigilar a Commendone, a Farnese y a todos aquellos que pronto se convertirían en sus enemigos. Incluso debía ser cauteloso con quienes se decían sus aliados. Alfonso era consciente de que necesitaba apoyos en la curia, personas de su confianza a las que pudiera manipular a su antojo. Gesualdo repasó mentalmente sus opciones. Borromeo estaba descartado; era demasiado inteligente y, además, estaba ocupado en Milán, combatiendo la devastadora epidemia de peste.
El nombre de Michele Bonelli, un cardenal joven y ambicioso, cruzó su mente, pero enseguida lo desechó. Aunque manipulable, Bonelli era conocido por cambiar de lealtades según soplaran los vientos del poder.
Tenía que pensar en alguien más. Tal vez Borromeo no pudiera serle de utilidad directa, pero aún podía aprovechar su influencia sobre otros.
—Sí, eso es —murmuró mientras bajaba los últimos peldaños de la escalera que lo había llevado hasta la Capilla Sixtina.
El nuevo camarlengo decidió que, en cuanto llegara a su residencia en el palacio de los Santos Apóstoles, escribiría una carta al arzobispo de Milán para pedir su ayuda en su reclamación de lo que consideraba que por derecho pertenecía a la Iglesia.
Alfonso estaba exhausto. La carrera por los pasillos del Vaticano lo había agotado más de lo habitual. No le dio importancia, pues lo atribuyó al catarro que arrastraba desde hacía días. El cardenal tosió un par de veces y se cubrió la boca con la palma de la mano. Si hubiera prestado atención, habría notado que, al toser, unas diminutas gotas carmesíes, apenas visibles, habían manchado su piel. Inconscientemente, se limpió en la sotana. Así, la sangre quedó borrada, confundida con el púrpura de sus vestiduras.
Venosa, noviembre de 1576
Carlo entró en la sala en la que su madre solía pasar las tardes sumida en sus lecturas. La encontró sentada en su sillón, al lado de una ventana que le ofrecía una hermosa vista de los jardines del castillo. Se acercó con sigilo para no perturbarla. Aunque su madre estaba de espaldas, sabía que ella había notado su presencia sin necesidad de mirarlo. El niño se detuvo frente a ella con curiosidad.
—¿Qué leéis? —preguntó, señalando el libro que sostenía.
Desde pequeño le gustaba escuchar la voz dulce y melodiosa de su madre mientras le leía; le reconfortaba y le hacía sentir seguro. Carlo pasaba cada vez más tiempo con ella, y aquellas lecturas se habían convertido en un hábito íntimo que los había unido de una manera especial.
—El Orlando furioso, de Ariosto —respondió con ternura.
El niño se acomodó en el regazo de su madre, sintiendo su calidez.
—¡Ah, sí! Es uno de vuestros favoritos, ¿verdad?
Geronima asintió a la pregunta de su hijo con orgullo.
Carlo había escuchado varias veces la historia del caballero Orlando, quien cometió todo tipo de locuras al perder la razón por el amor no correspondido de la bella Angélica.
—Mira, este es el canto en el que Orlando recupera la cordura gracias a la ayuda de su primo Astolfo —le explicó la condesa, señalando el pasaje en el libro antes de leerlo en voz alta.
«Allí encontró el Duque, tras largo tiempo olvidadas,
las muchas y prolijas posesiones que había perdido.
Si otro no se las explicara,
él mismo no las habría reconocido.
Luego vio, en cantidades desmedidas,
algo que nunca le pedimos a Dios
(el juicio, me refiero), pues creemos
que todos lo poseemos por seguro.
Era como un licor espeso,
que se evapora rápido si no está bien sellado.
Estaba almacenado en frascos
grandes o pequeños, adecuados para su uso.
En el mayor de todos estaba el juicio
del buen señor de Anglante;
y el duque inglés lo reconoció al ver
escrito en él: “Sentido de Orlando”».
Carlo escuchó el resto del poema con envidia. Gracias a la ayuda de Astolfo, Orlando no solo había recobrado el juicio, sino que también había hallado al fin redención por los actos cometidos en su enajenación. Dudaba que, en una situación similar, su hermano fuera capaz de hacer lo mismo por él. Aunque Luigi debía ser su apoyo, desde la pelea del verano anterior la brecha entre ellos se ampliaba cada día.
Un repentino alboroto en los pasillos rompió el clima de recogimiento que existía entre madre e hijo. Geronima cerró el libro con un suspiro, pues el bullicio de los sirvientes hacía imposible continuar con la lectura. Carlo se levantó del regazo de su madre y salió de la sala. En el pasillo, se encontró de frente con su hermano. A sus catorce años, Luigi se había convertido en un joven apuesto. Se parecía a su madre, tenía sus mismos ojos y su misma boca. Sin embargo, en su rostro se reflejaba parte de su compleja personalidad, con una permanente expresión altiva y una actitud de desprecio hacia todos los que se cruzaban en su camino.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Carlo.
—Es el tío Alfonso, acaba de llegar —anunció Luigi, con una sonrisa, y siguió su camino sin mediar más palabras.
