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Este libro está dedicado a meditar las últimas palabras de Cristo en la cruz, tomando como base el Salmo 31 (30), que Él citó literalmente. Se trata de una continuación de la glosa y comentario sobre el Salmo 22 (21) realizados por el autor hace muchos años en otra obrita denominada El abandono final. Una meditación teológica sobre la muerte cristiana (1999). Dicha continuación no se hace con ánimo de dar por terminada esa meditación, sino sólo con el propósito de seguir profundizando en el misterio de la muerte del Señor como victoria sobre nuestra muerte. Está dividido en dos partes, una glosa de la letra del Salmo, y un comentario que dirige la atención sobre los detalles del acto redentor ejercido por Cristo en el Calvario a favor de todos los hombres. En este comentario se trata de ir fijando la mirada de la fe no tanto –aunque también– sobre el más allá o más acá de la muerte, que es lo usual, cuanto sobre el instante preciso de la misma. La propuesta central del libro intenta aclarar cómo la victoria de la cruz ofrece, en el momento de su muerte, a todos y cada uno de los hombres de toda raza, época y edad, incluidos los no nacidos, la oportunidad definitiva de entrar en la Iglesia Católica, reconciliándose con Dios y con el prójimo. Dicha victoria transforma nuestra muerte en un posible acto supremo de amor y de entrega donal, con consecuencias trascendentales para cada persona y para toda la historia de la humanidad. Como conclusión, dado que la muerte de Cristo es el acto divino-humano que lo reconcilia todo y lo merece todo, incluida la resurrección, se añaden una recapitulación de las sugerencias que derivan de ella para nuestra esperanza, y una breve apostilla para explicar el acuerdo de la propuesta referida con la doctrina de la Iglesia.
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Seitenzahl: 340
Veröffentlichungsjahr: 2026
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GLOSA DEL SALMO 31 (30)
IGNACIO FALGUERAS SALINAS
BUBOK
3
© 2025 Ignacio Falgueras Salinas
ISBN 978-84-09-75821-0
Depósito Legal: MA 1392-2025
Cubierta: Imagen del Cristo de la Expiración, tomada y elaborada de
una fotografía, con autorización de la Archicofradía de la Expiración de Málaga.
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ÍNDICE
PRESENTACIÓN 7
INTRODUCCIÓN 11
EL TEXTO DEL SALMO 31 (30) 23
PARTE PRIMERA: GLOSA DEL SALMO 31 (30) 27
I.1. PREÁMBULO 29
I.2. SECCIÓN 1: CÁNTICO DE SÚPLICA Y
CONFIANZA 35
I.3. SECCIÓN 2: CÁNTICO DE DOLOR Y ORACIÓN
DE SÚPLICA 75
I.4. SECCIÓN 3: CÁNTICO DE GOZO Y ACCIÓN DE
GRACIAS 99
PARTE SEGUNDA: COMENTARIO DEL SALMO 31 (30) 119
Capítulo 1: LA LOCURA Y EL ESCÁNDALO DE LA CRUZ 121
II.1.1. La locura de la cruz 123 II.1.2. El escándalo de la cruz 138 II.1.3. La cruz, sabiduría y poder de Dios 147
Capítulo 2: LA CRUZ, TRONO DE CRISTO 151
II.2.1. Planteamiento 153
II.2.2. La cruz, trono de la gracia 155
II.2.2.a) La muerte convertida en camino 160 II.2.2.b) El ensanchamiento de la muerte 163 II.2.2.c) La muerte como ultima bendición y don 178
II.2.3. Consideraciones finales 183
II.2.3.a) Cristo, Rey de la historia 184 II.2.3.b) Otras objeciones 186
II.2.3.b) α. ¿Antinatural? 186 II.2.3.b) ϐ. ¿Absurdo? 189
5
II.2.3.b) у. ¿Inmisericorde? 191 II.2.3.b) δ. ¿Innecesario? 194 II.2.3.b) ε. ¿Altar o trono? 196
II.2.3.c) La importancia de la muerte 198 II.2.3.d) La preparación cristiana de la muerte 202
CONCLUSIÓN: RECAPITULACIÓN (ANAKEFALEIOSIS) 212
APOSTILLA 222
6
PRESENTACIÓN
Me atrevo a presentar en este libro una prolongación de otro anterior, El abandono final. Una meditación sobre la
muerte cristiana1, a pesar de que, como dijo Cervantes en el
Quijote, “ 2nunca segundas partes fueron buenas”. Las razones que me mueven a hacerlo son dos. La primera es que en él voy a meditar, con la razón y la fe, sobre un Salmo (31/30) distinto del que tomé como tema en la mencionada obrita (Salmo 22/21), ambos literalmente citados por nuestro Señor cuando estaba colgado del madero, si bien en dos momentos distintos de las largas horas –las discurridas entre tertia y nona– en que estuvo crucificado. Y la segunda de las razones es que, aunque en las dos se trata de la meditación de un mismo misterio, el de la muerte de Cristo, nuestra consideración de los misterios no los agota, por lo que se puede y debe volver una y otra vez sobre ellos para que se vayan convirtiendo en vida del espíritu. Quizás por eso muchos encontrarán este libro demasiado repetitivo para su gusto, y es posible que tengan razón, pero también puede que les parezca así, porque su manera de leer sea demasiado rápida y rectilínea. Meditar un misterio es como sacar agua de un pozo hondo: para servirse de él habrá de introducirse el cubo repetidamente, máxime si la cabida de éste es reducida, pero nunca se hará en vano. Al ser a la vez decisiva y siempre fructífera, no me ha parecido inoportuno darle vueltas y vueltas, desde distintos ángulos, a una trascendental verdad: la victoria de la muerte de Cristo sobre la muerte, junto con sus consecuencias salvíficas para todos los hombres.
1 Servicio de Publicaciones Universidad de Málaga, Málaga, 1999. 2 M. de Cervantes, El quijote, II, 4.
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Por supuesto, si la lectura de este libro aburre a algunos o no les sirve para profundizar y crecer en la fe, déjenla a un lado y vayan a otros escritos mejores y más lúcidos, pues lo importante no son los libros humanos, sino prestar oídos a la revelación y guardarla en el corazón, como hacía nuestra
Madre, María santísima 3. Téngase en cuenta, no obstante, que, si se concede uno tiempo a sí mismo, lo que al principio resulta opaco se va volviendo trasparente a la meditación, siempre que se lea con paciencia y se mantenga la atención, que es lo difícil, dando ocasión a que la Palabra de Dios vaya penetrando en nosotros y nos ilumine por dentro. Pero esa paciencia amorosa sólo es exigible para leer la Palabra revelada y la doctrina de la Iglesia que la interpreta, no para las palabras y sugerencias de los simples mortales.
De acuerdo con el modo de meditar que he desarrollado
en otras obras semejantes4, divido ésta en dos partes: I. Glosa del Salmo 31 (30), y II. Comentario del mismo. En la glosa procuro hacer una lectura literal del Salmo, pero enfocándola desde el sentido que sugiere Cristo crucificado, quien, al usarlo, lo hizo suyo. En el comentario procuro ampliar y afinar la atención de mi mirada de creyente racional sobre los detalles del acto redentor ejercido por Cristo en el Calvario a favor de todos los hombres, con la intención de crecer en el entendimiento y en la fe de tan gran misterio. Como conclusión del comentario, dado que la muerte de Cristo es el acto divino-humano que lo reconcilia todo y lo merece todo, incluida la resurrección, he añadido una breve recapitulación de las sugerencias que derivan de ella para nuestra esperanza.
3Lc 2, 19 y 51.
4 Cfr. El Cántico de Salomón. Comentario al Cantar de los Cantares,
Edicep, Valencia, 2008; además de la ya citada en la nota 1.
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Terminada la exposición, en una breve apostilla que sigue al comentario y a su conclusión, he querido responder por adelantado a una posible objeción teológica contra la propuesta central del libro, aquella que pretende ayudar a entender cómo la victoria de la cruz ofrece a todos los hombres la oportunidad definitiva de reconciliarse con Dios y con el prójimo para salvar nuestras almas.
Málaga, 5 de septiembre de 2025
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INTRODUCCIÓN
Entre las siete palabras que pronunció nuestro Señor desde la cruz, dos y sólo dos son citas textuales de versículos de Salmos, lo que permite que nos acerquemos al corazón de Cristo durante su sacrificio final con la ayuda de la palabra inspirada de Dios. Nuestro Señor en una ocasión indicó a sus adversarios que leyeran las Escrituras, porque
ellas hablan de Él5. En este caso, sobre la cruz, Cristo mismo citó de modo literal dos escritos concretos referidos precisamente a sus últimos momentos. Uno de ellos, el Salmo 22 (21), ya ha sido comentado por mí en el libro El
abandono final6; el otro, el Salmo 31 (30), es el que quisiera meditar en esta glosa y comentario. Naturalmente, al estar referidas ambas citas a los últimos momentos de la vida de nuestro Señor, existen indicaciones coincidentes entre ellas, pero también se ofrecen diferencias que son significativas teológica y antropológicamente, de manera que, aunque parezcan repeticiones, los matices de cada una son suficientemente distintos como para poder considerarlas por separado. Por eso, estimo que no es una repetición para mí, ni para el lector, meditar este segundo Salmo, el último citado por Cristo.
Él nos dijo, literalmente, que una vez elevado en la cruz,
atraería a todos a sí mismo 7. Si este Salmo ha suscitado en mí el deseo de meditarlo y comentarlo, es porque contiene
5“Estudiáis las Escrituras, pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí…” (Jn 5, 39). En general, las traducciones de la Sagrada Escritura las he tomado de la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, B.A.C., Madrid, 2010.
6 Cfr. nota 1.
7Jn 12, 32.
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la última de las últimas palabras de Cristo en la cruz antes de morir. Es verdad que se podría discutir si esas fueron sus
últimas palabras o, más bien, lo fue « 8Está cumplido». A mi parecer, es más lógico que su entrega total en manos del Padre fuera lo último que hiciera, pues el «Está cumplido» es sólo la expresión del cierre final de su obra, de lo que había venido a hacer y había llevado a término, mientras que ‒en cambio‒ el «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» es la declaración expresa de la entrega donal de sí, de su vida y de su obra. Además, lógica humana aparte, se ha de tener en cuenta que lo propio del Verbo o Palabra de
Dios es que 9lo que dice lo hace, o sea, que es no sólo declarativa, sino eficaz. Visto así, creo que no cabe duda de que lo último que dijo debió de coincidir con lo que, en ese momento estaba haciendo: volver al Padre. En cualquier caso, lo cierto es que s. Lucas, inmediatamente después de
las palabras que medito, añade: « 10Y dicho esto, expiró». Él quiso, pues, pronunciar las palabras de este Salmo precisamente en el momento en que entraba en la muerte. Digo «entraba en la muerte», porque no fue la muerte la que entró en Él, sino al revés: el murió libre y voluntariamente por amor a todos nosotros. Son la reverencia y el amor por Él, que es Dios y salvador de todos los hombres, lo que me inducen a considerar estas palabras de un modo especial, porque creo que toda nuestra existencia terrena puede y debe ser una preparación y adelanto de nuestra muerte con Cristo.
Según lo anterior, todo el fundamento y el sentido de esta mi glosa y comentario radica en un solo dato: el versículo 46 de Lc 23, «Padre, a tus manos encomiendo mi
8“Tetelestai” [consummatum est] (Jn 19, 30). 9Gn 1, 3-25. Cfr. Ez36, 36; 37, 14: “Yo, el Señor, lo digo y lo hago”.10Lc 23, 46.
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espíritu». El Espíritu Santo ha querido dejarnos testimonio de las siete palabras de Cristo en la cruz, mas éstas aparecen desperdigadas entre los evangelistas. Lucas y Juan recogen cada uno tres de esas palabras: «Padre, perdónalos…», «Hoy estarás conmigo…», y «Padre, a tus manos encomiendo…», s. Lucas; y «Mujer, ahí tienes a tu hijo…», «Tengo sed» y «Está cumplido», s. Juan. En cambio, Mateo y Marcos sólo refieren una («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»), y aluden después a un grito final, sin que podamos identificar taxativamente por sus textos la correspondencia del mismo con alguna de las otras últimas palabras del Señor. Tal correspondencia la conocemos sólo
por Lucas11, que no fue testigo en vivo de la muerte de Cristo, sino investigador y compilador de lo que
transmitieron los testigos inmediatos12. Salvo Mateo y Marcos –que nos informan de sólo una palabra–, los otros dos evangelistas no coinciden entre sí en sus informaciones, y ninguno de éstos con la de Mateo y Marcos. Se ve, pues, que es el conjunto de los cuatro evangelios el que nos da la información completa de las palabras de Cristo en la cruz. Los creyentes sabemos que incluso ese modo cuatripartito de dárnoslas a conocer lleva la marca de la sabiduría divina. En efecto, gracias a ellas podemos reconocer la fidelidad de los testigos de los evangelios. Veámoslo.
11“Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’” (Lc 23, 46). 12“Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido” (Lc 1, 1-4).
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Existen dos clases de testigos de la muerte de Cristo, unos estaban al pie de la cruz, otros situados lejos. S. Marcos alude a que las mujeres que le habían servido
seguían la crucifixión 13de lejos, y nombra a tres –la Magdalena, María madre de Santiago el menor y de José, y Salomé–, pero señala que había varias más. S. Mateo indica que había allí muchas mujeres que le habían servido y
nombra a dos 14 – la Magdalena, y la madre de los Zebedeos– . S. Juan es el único que nos refiere la presencia de algunos al pie de la cruz, y nos indica sus nombres, concretamente a María santísima, María de Cleofás y la Magdalena, además
de él mismo 15. S. Lucas alude a los conocidos y también a las
mujeres, pero los sitúa lejos de la cruz 16; sólo menciona como cercanos a los soldados romanos, sobre todo a un centurión, a algunos magistrados, y a los dos malhechores que estaban crucificados junto a Jesús, de modo semejante a lo que hacen s. Mateo y Marcos, quienes hablan también de otros personajes anónimos.
Precisamente las diferencias basadas en la distancia de los testigos y en la fuerza de la voz emitida por Cristo pueden explicar la diversidad de los testimonios relativos a las siete palabras pronunciadas por Cristo en la cruz.
Los que asistieron de lejos interpretaron el “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” como un grito con el que
Cristo entregó el último aliento (“ 17Y dicho esto expiró”),
porque, aunque fueron pronunciadas a muy alta voz
13 Cfr. Mc 15, 40-41.
14 Cfr. Mt 27, 55-56.
15 Cfr. Jn 19, 25-27.
16 Cfr. Lc 23, 49.
17Lc 23, 46.
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(“ 18gritando de nuevo con voz potente), no entendieron lo que decía, cosa lógica por el esfuerzo extremo de quien las pronunció y la distancia a que estaban. E, igualmente, ellos no recogieron las otras palabras, porque por la distancia no habían entendido más que una de ellas, que había sido
pronunciada todavía con fuerte voz19. Los que estaban cerca, en cambio, nos informan de palabras pronunciadas
más tenuemente: su perdón a los que lo crucificaban20, las
palabras a su Madre y a s. Juan21y las palabras al buen
ladrón222324 , así como el “ Tengo sed” , el “ Está cumplido” y la última palabra, la encomienda de su espíritu humano al Padre.
Por cierto, María Magdalena no pudo estar, a la vez, al
pie de la cruz y lejos. S. Juan la pone al pie de la cruz25, y en
cambio, los sinópticos la ponen lejos26. Tenemos, pues, que pensar o bien que estuvo cerca al principio y luego fue obligada a alejarse, o bien que primero estuvo lejos y después se acercó. La dificultad de esta segunda posibilidad
18Mt 27, 50. Cfr. Mc 15, 37.
19 Cfr. Mt 27, 46; Mc 15, 34.
20 Cfr. Lc 23, 34.
21 Cfr. Jn 19, 26-27.
22 Cfr. Lc 23, 43.
23Jn 19, 28. Esta petición de Cristo estaba profetizada (cfr. Sal 69, 22), pero no recoge literalmente los versos de dicho Salmo. Nótese que los que estaban lejos vieron cómo le daban a beber con una caña (Mt 27, 48; Mc 15, 36), pero no refieren el “Tengo sed”. Todo se corresponde con la distancia y la fuerza de la voz de Cristo. Ciertamente, Mc (15, 36) y Lc (23, 36) refieren las palabras de los que le ofrecieron a beber vinagre, porque debieron decirlas con voz fuerte para que las oyeran los asistentes, y, sin embargo, no refieren las palabras correspondientes de Cristo, sin duda muy tenues, pues murió poco después. 24Jn 19, 30.
25 Cfr. Jn 19, 25.
26 Cfr. Mt 27, 56; Mc 15, 40-41; Lc 23, 49.
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radica en que parece poco probable que, una vez emplazada la cruz en el Calvario, los soldados permitieran acercarse a nadie que no fueran los familiares estrictos de Cristo (María Santísima) y el muy joven Juan, que podría pasar por acompañante de su Madre, no por discípulo. Es muy difícil que hubieran permitido estar al pie de la cruz a los discípulos, por temor a algún alboroto, y más difícil aún que los discípulos se arriesgaran a darse a conocer públicamente, por temor a los enemigos de Cristo. Pienso que María Magdalena pudo pasar como familiar directo al principio, quizás al ver los soldados sus abundantes lágrimas; pero después fue obligada a abandonar el sitio. En efecto, s. Juan la sitúa allí antes de las palabras dirigidas a
su Madre y al propio s. Juan27, en cambio, los sinópticos la mencionan entre las mujeres no familiares directas de
Cristo y situadas a lo lejos 28.
La cuestión que me sale al paso de inmediato es la siguiente: si los que estaban lejos pudieron entender una de las siete palabras, ¿cómo es que los testigos que estaban cerca y en los que se apoyan los evangelios de s. Lucas y s. Juan no las refieren todas? Es más, ¿por qué s. Juan, que
27 Cfr. Jn 19, 25. Aquí se mencionan sólo tres: María Santísima, su prima, María de Cleofás, y la Magdalena. Si se identificara a María de Cleofás con la madre de los primos del Señor (Santiago el menor, y José), de ella habría que pensar lo mismo que de la Magdalena: habrían sido apartadas del pie de cruz, ateniéndonos a los evangelios de s. Marcos y s. Mateo, que las mencionan después de muerto el Señor y mirando de lejos. En tal caso, sólo habrían quedado hasta el final junto a la cruz María, la Madre del Señor, y s. Juan.
28 Cfr. Mt 27, 56; Mc 15, 40. Lucas (23, 49) no la menciona expresamente, sólo refiere el conjunto de mujeres seguidoras de Cristo. Por lo demás, si ella hubiera estado hasta el final al pie de la cruz, habría podido dar testimonio a todos los evangelistas de las últimas palabras de Cristo, cosa que no parece que ocurriera.
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estaba presente de cerca, no recogió el «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu», que voy a comentar?
Desde luego, de esta última palabra de Cristo en la cruz tenemos una cierta confirmación indirecta, al menos, en dos pasajes del Segundo Testamento: en las últimas
palabras de S. Esteban: “ 29Señor Jesús, recibe mi espíritu”; y en estas otras de la carta de s. Pedro: “Así pues, los que sufren conforme a la voluntad de Dios, haciendo el bien, pongan también sus vidas en manos del Creador, que es
fiel30”. En ellas resuena el eco de la última de las palabras de Cristo, y de este modo demuestran que en Jerusalén y entre los apóstoles era bien conocida. Pero, entonces, ¿por qué no está incluida en los otros dos evangelios?
Para poder responder a esas preguntas, hacen falta dos consideraciones. La primera es que cada uno de los evangelistas daba testimonio fidedigno sólo de aquello de lo que él, o sus fuentes, eran testigos directos. Me parece que la narración de las siete palabras de Cristo lo sugiere. Sin duda, todos los cristianos conocieron con detalle los últimos momentos de la vida de Cristo, y todos sabían –por sí mismos o por otros– cuáles fueron sus últimas palabras, pero los evangelistas, algún tiempo después, sólo recogieron aquellos testimonios que podían ser certificados por sus fuentes inmediatas. El criterio que clarifica, pues, las diferencias entre los testimonios directos es que cada uno de ellos sólo quiso dar, y dio, testimonio fidedigno de lo que vio y oyó, y de nada más. Como dijo nuestro Señor: “hablamos de lo que sabemos, damos testimonio de lo que
hemos visto31”. Éste –propongo– es el criterio con que están
29Hch 7, 59.
301 Pe 4, 19.
31Jn 3, 11.
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escritos los evangelios. Así, s. Mateo y s. Pedro, que es la fuente del evangelio de s. Marcos, estuvieron situados a distancia de la cruz, y sólo entendieron una de las palabras de Cristo. En su evangelio, s. Lucas procuró documentarse más, y recopiló, por ejemplo, información procedente de María Santísima y relativa a la infancia y vida oculta del Señor; y del mismo modo reunió información de los testigos directos de su pasión y muerte, entre ellos de la Virgen María, consiguiendo suministrarnos testimonios de alguno de los que estaban al pie de la cruz.
Según esto, el único que podría haber puesto las siete palabras en su evangelio sería, entonces, s. Juan. Y ahora viene la segunda consideración. Pues puede ser que s. Juan, que fue el último en escribir su evangelio, sólo añadiera las palabras que no habían sido recogidas por los otros evangelistas. Esta hipótesis se corresponde bastante bien con los datos, porque el evangelio de s. Juan repite pocas cosas de los sinópticos y ofrece un testimonio de primera mano, con un enfoque distinto y complementario al de ellos. Y quizás s. Lucas –que conoció los otros evangelios
sinópticos 32y, sin embargo, omitió el «Elí, Elí»– hiciera lo mismo en este caso: añadir sólo lo que los otros habían omitido y testimoniaban sus fuentes directas. En suma, los dos primeros evangelistas se atuvieron a sus fuentes, y s. Lucas y s. Juan añadieron algunas noticias no recogidas por los anteriores, pero también ateniéndose a sus respectivas fuentes.
Puede resultar extraño que nuestra Madre, que lo había oído todo y había suministrado información acerca del
llamado «evangelio de la infancia»33, no hubiera informado
32 Cfr. Lc 1, 1-4.
33Lc 1-2; Mt 1, 18 - 2, 23.
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–directa o indirectamente– a s. Lucas también de aquellas últimas palabras que sólo recoge s. Juan. Mas eso puede tener una buena explicación: ella empezó a jugar ya en su vida mortal la tarea que, según el plan salvífico de Dios, le había sido asignada como dispensadora de los dones de
Dios entre los hombres, o medianera de todas las gracias34. Desde luego, María Santísima es la fuente de aquellas noticias de las que sólo ella pudo ser testigo –anunciación, dudas de s. José, nacimiento, primeros años y vida oculta de Cristo–. Mas creo que María tenía perfectamente claro el plan del Altísimo, el plan que, para los demás, se hizo manifiesto más tarde en Pentecostés: los dones de Dios se reparten en la Iglesia, por lo que sólo la Iglesia los posee todos, y, del mismo modo, sólo la Iglesia posee la revelación hecha por Dios. Por eso, María cedió a los demás testigos el protagonismo de sus posibles testimonios concretos, ateniéndose al papel que Dios le había concedido de Madre de Dios y Madre de la Iglesia universal. Y, a la vez, repartió su información exclusiva entre los distintos evangelistas (s. Mateo, s. Lucas), y se reservó algunas de las palabras finales en la cruz para que s. Juan pudiera testimoniarlas.
Ella había comprendido por adelantado la eclesialidad del mensaje evangélico, que es la razón por la que Dios ha querido que se escribieran cuatro evangelios, en los que se recogieran los testimonios vividos por una pluralidad de testigos directos, de modo que esos testimonios, aunque concuerdan en todo lo fundamental, presentaran
34 Leo XIII, Octobri mense: “por voluntad de Dios, nada nos es dado a nosotros a no ser por María, de manera que lo mismo que nadie va al Padre si no es por el Hijo, así –casi del mismo modo– nadie pueda acceder al Hijo si no es por la Madre” (H. Denzinger - A. Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum34… [DS], Herder, Barcelona, 1967, 3274).
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diferencias que se acomodan a lo que cada testigo podía testificar por sí mismo.
Y, aunque esta diversificación cree dificultades a nuestra cortedad de miras, ese cuidado con que el Espíritu Santo ha guiado a la Iglesia primitiva para que cada testigo elegido diera testimonio de aquello que presenció directamente en la pasión y muerte del Señor, nos cerciora de la seriedad del testimonio de los primeros cristianos y del inmenso respeto que tenían por la veracidad de la fe que ellos atestiguaban, de manera que gracias a eso podemos conocer, como dice s. Lucas al principio de su evangelio, la solidez de las
enseñanzas que hemos recibido de la tradición35.
Dada la importancia que tuvieron los testimonios acerca de la pasión y muerte del Señor, pues fueron el núcleo germinal de la confección de los evangelios, puede extenderse a la totalidad de ellos el meticuloso criterio con que fueron escritas. Si lo tuviéramos en cuenta, podríamos entender mejor las aparentes discordancias entre los evangelistas tanto en la relación de los hechos, como en la selección de los mismos, e incluso en los detalles. Los evangelios no son como los demás libros humanos: están
escritos para que 36creamos, y por eso recogen los testimonios vivos de las personas que convivieron con Cristo, las cuales dieron fiel testimonio de lo que cada una vio y oyó con sus propios ojos y oídos. Sobre tal fundamento
se apoya la firmeza divino-humana de su enseñanza37.
35 Cfr. Lc 1, 4.
36Jn 20, 31. Se podrían haber escrito libros sin fin, pero se han escrito cuatro para que creamos.
37 Como indicio de esta finura y firmeza en los testimonios, señalo al lector la pulcritud con que describen los evangelios, por ejemplo, cómo era la fe inicial en Cristo de sus contemporáneos. Cuando el ciego de
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Con esto la revelación nos enseña la eclesialidad del anuncio del evangelio: no existe una sola versión monolítica de la vida y obra de Cristo, o sea, de la venida del Reino de Dios, porque la revelación que ella aporta no puede ser abarcada por ninguna obra humana, sólo ha de quedar indicada por la congruencia de un conjunto definido de obras, al no poder ser imitado el modelo divino-humano por cada uno de nosotros más que plural y limitadamente. Las versiones de la pasión y muerte son cuatro, y otros tantos los evangelios, del mismo modo que el Cuerpo de Cristo (Iglesia) tiene que estar integrado por todos los creyentes en una variedad de funciones y miembros, sin que ningún miembro agote por sí solo la vida del Cuerpo, antes bien recibiendo todos de la Cabeza su distinto sentido y función; pero, también, sin que ningún miembro esté de sobra, precisamente porque recibe una función y sentido
especiales desde Cristo 38. Los cuatro testimonios de la muerte de Cristo ‒como también las cuatro narraciones de la Santa Cena‒ son complementarios entre sí, y nos indican que, a su vez, los cuatro evangelios han de ser entendido de igual modo: en su congruencia mutua.
nacimiento reconoce el milagro de su curación, confiesa que cree que Jesús es un profeta (Cfr. Jn 9, 17), y nuestro Señor tiene que corregir y elevar su fe (Cfr. Jn 9, 35-38). Cuando la multitud recibe a Cristo en Jerusalén lo reciben como a un profeta que viene en nombre de Dios, no como al Mesías (Cfr. Mt 21, 9-11). En general, tomaron a Cristo como profeta (Cfr. Mt 14, 5). No se inventan ni añaden nada, recogen lo que pensaba la gente dentro sus limitaciones, junto con las correcciones y enseñanzas del Señor.
38 Cfr. 1 Cor 12, 12-31.
21
EL TEXTO DEL SALMO 31 (30)
Lo tomo directamente de la versión oficial ofrecida por la Conferencia Episcopal Española en su edición de la B.A.C., Madrid, 2010. Según dicha versión, el Salmo se divide en 3 cánticos: a) Cántico de confianza (vv. 2-9), desmembrable en 2 estrofas: 2-5, 6-9; b) Canción del dolor (vv. 10-19), dividible en 2 estrofas: 10-14 y 15-19; c) Cántico de gozo (vv. 20-25), distribuible en 3 estrofas 20-21 (tú, Yahwé), 22-23
(yo, el salmista), 24-25 (vosotros) 39.
1 Al Director. Salmo de David.
2 A ti, Señor, me acojo,
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
3 inclina tu oído hacia mí;
ven aprisa a librarme,
sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve.
4 Tú que eres mi roca y mi baluarte;
Por tu nombre dirígeme y guíame:
5 Sácame de la red que me han tendido,
Porque tú eres mi amparo.
6 A tus manos encomiendo mi espíritu:
Tú, el Dios leal, me librarás;
7 Tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,
Pero yo confío en el Señor;
8 tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.
Te has fijado en mi aflicción,
velas por mi vida en peligro;
9 no me has entregado en manos del enemigo,
39 Cfr. p. 904, en nota.
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has puesto mis pies en camino ancho.
10 Piedad, Señor, que estoy en peligro;
Se consumen de dolor mis ojos,
mi garganta y mis entrañas.
11 Mi vida se gasta en dolor,
mis años en los gemidos;
mi vigor decae con las penas,
mis huesos se consumen.
12 Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y se escapan de mí.
13 Me han olvidado como a un muerto,
Me han desechado como a un cacharro inútil.
14 Oigo el cuchicheo de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida.
15 Pero yo confío en ti, Señor;
Te digo: «Tú eres mi Dios».
16 En tus manos están mis azares:
líbrame de mis enemigos que me persiguen;
17 haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
18 Señor, no quede yo defraudado
tras haber acudido a ti;
queden defraudados los malvados,
y bajen llorando al abismo.
19 Enmudezcan los labios mentirosos,
que profieren insolencias contra el justo
con soberbia y con desprecio.
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20 Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para los que te temen,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos.
21 En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas;
los ocultas en tu tabernáculo
frente a las lenguas pendencieras.
22 Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí
prodigios de misericordia
en la ciudad amurallada.
23 Yo decía en mi ansiedad:
«Me has arrojado de tu vista»;
pero tú escuchaste mi voz suplicante
cuando yo te gritaba.
24 Amad al Señor, fieles suyos;
el Señor guarda a sus leales,
y a los soberbios los paga con creces.
25 Sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor.
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PARTE PRIMERA:
GLOSA DEL SALMO 31 (30)
Sumario:
I.1. PREÁMBULO
I.2. SECCIÓN 1: CÁNTICO DE SÚPLICA Y CONFIANZA
I.3. SECCIÓN 2: CÁNTICO DE DOLOR Y ORACIÓN DE
SÚPLICA
I.4. SECCIÓN 3: CÁNTICO DE GOZO Y ACCIÓN DE
GRACIAS
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I.1. PREÁMBULO
De acuerdo con lo antes expuesto, en la glosa que sigue, aparte del primer versículo, que le sirve de preámbulo, distinguiré tres secciones: cántico de súplica y confianza; cántico de dolor y oración de súplica; cántico de gozo y acción de gracias.
v. 1: Al Director. Salmo de David.
Los eruditos sostienen que, al contrario de lo que dice el versículo 1, este Salmo no es de David, sino que está escrito después de las profecías de Jeremías y del libro de Job, siendo su autor, por lo menos, contemporáneo de ellos. Pero, recopilado bajo el nombre de David para indicar su inspiración sagrada, la verdad es que no es imprescindible
saber quién fuera su autor humano40, máxime que en este Salmo el que habla es el Hijo de David. Inspirado por el Espíritu Santo, este Salmo nos habla de Cristo, ya que, al hacerlo suyo Cristo cuando estaba en la cruz, nos indica quién y de qué se nos habla en él.
Conviene tomar en cuenta el modo de orar de nuestro Señor. Él oró junto a sus padres, María y José, desde pequeñito, seguramente recitando Salmos y oraciones bíblicas, pero el sentido de su oración, aun siendo ésta la misma que la de sus padres, era muy distinto. Sus padres oraban como meras criaturas a Dios, mientras que el Verbo
40 Los libros sagrados tienen un doble autor, el divino y el humano, siendo el primero el decisivo para nosotros, cfr. Concilio Vaticano II, Dei verbum, n. 11. En general, todas las traducciones que cito de documentos del Concilio Vaticano II están tomadas de la edición de la B.A.C., Madrid, 21966.
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oraba en Cristo a través de su naturaleza humana, pero incluyendo su oración en el diálogo eterno entre el Hijo y el
Padre41. De este modo, lo que para la Virgen y s. José –y para nosotros– eran actos de religiosidad creatural estaba siendo introducido por Cristo en el seno de las relaciones intratrinitarias. Cristo hace de nuestra oración de siervos diálogos con su Padre y con Él, en el Espíritu: nos hace amigos y hermanos suyos, hijos adoptivos del Padre y templos vivientes de su Espíritu. En concreto, este Salmo ha de ser entendido como una oración-diálogo entre Cristo y el Padre, en el Espíritu, pero que recoge toda la situación de miseria humana en que Cristo ha querido libre y obedientemente sumirse, por amor al Padre y a nosotros, para redimirla y trocarla en riqueza, sobre-elevándola por encima de toda riqueza creada.
También el Salmo 22 (21) recogía la oración de nuestro Señor en la cruz. A diferencia de este último Salmo, que nos revela los sentimientos de Cristo mientras estaba sufriendo en la cruz como Cordero de Dios, el Salmo 31 (30) que comento tiene como centro la enseñanza de Cristo en el momento de la muerte, para que nosotros sepamos cómo morir con Él, es decir, cómo perseverar hasta el final. Conviene entender bien esto que digo. Cristo, Dios y hombre, sobre la cruz se une a nosotros en su alma y en su cuerpo (humanos), toma sobre sí nuestros padecimientos, es decir, las penas que merecen los pecados de todos los hombres, en especial la mayor de todas, la muerte, que es el castigo por el pecado de Adán y Eva; e indirectamente, al tomar sobre sí las penas, también toma sobre sí nuestros pecados, para transformarlos sin residuos en amor divino. Pero Cristo hace suya nuestra muerte no sólo para que
41Cfr. I. Falgueras, “Aclaraciones teológicas sobre la oración de Cristo”, en Burgense 41 (2000) 345-389.
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seamos perdonados por parte de Dios Padre, sino para que nosotros, por nuestra parte, podamos libremente morir con Él y ser liberados de nuestros pecados, perdonando a los demás y alcanzando de este modo, por don Suyo, la santidad íntima de Dios.
Pues bien, el Salmo 22 (21) nos describía cómo Cristo tomaba sobre su naturaleza humana nuestros pecados, y,
«hecho pecado» el que no conocía el pecado42, sintió el abandono del Padre, el rechazo del pecado por la santidad de Dios, que le pedía que al morir perdiera el sentimiento humano de su amor reverencial de Hijo, dejando entrever así lo diferencial, lo extraordinario e inimitable de su pasión y muerte, lo que sólo Él podía sufrir y hacer como salvador. Como dice el libro de las Lamentaciones 1, 12: “Vosotros los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor como el que me atormenta, con el que el Señor me afligió el día de su ardiente ira”. Resalta, pues, dicho Salmo la incomparabilidad de la pasión y muerte del Señor, sin dejar por eso de aludir a lo que ella tiene en común con nosotros. En cambio, el Salmo 31 (30) nos describe cómo toma sobre su naturaleza humana el castigo por nuestros pecados, en especial el último de ellos, la muerte –el castigo que la
inmensa mayoría de los humanos padeció o padecerá43–, en el cual se hizo semejante a nosotros y se nos hizo imitable, dándonos ejemplo para que sepamos morir con Él al hacer nuestros sus sentimientos, tal como nos sugiere s. Pablo justo antes de describir la humillación de Cristo: “Tened
entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús44”. Las dos cosas se dan en la cruz: (i) lo inimitable y
42 Cfr. 2 Cor 5, 21.
43 Todos tenemos que padecer la muerte, aunque a los últimos los dispense Cristo mismo en su segunda venida, cfr. 1 Cor 15, 51 ss. 44Fil 2, 5.
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sobrehumano, (ii) lo imitable y humano, porque la cruz es el puente que une los dos extremos, es el lecho nupcial en que el amor de Cristo y el de los hijos de Adán se pueden unir. Un Salmo destaca lo extraordinario e inigualable de Su pasión y muerte, el otro lo semejante y ordinario; el primero destaca con cuánto dolor somos salvados del pecado por el único Salvador, sin mérito alguno por nuestra parte; el segundo subraya cómo hemos de unirnos nosotros a su muerte para que nos redima y resucite consigo. Pero ambos Salmos nos refieren los sentimientos de Cristo en la cruz para que lo amemos en lo que tiene de divinamente inimitable y lo imitemos en lo que tiene de humanamente amante.
Los sentimientos –a diferencia de las emociones, que, en cuanto estrictamente corporales, también tienen a su modo los animales, así como de los afectos, que, en cuanto estrictamente espirituales, compartimos con los espíritus angélicos– son una dualización de lo espiritual y de lo corporal, y son exclusivamente humanos. Mi maestro, L. Polo, decía que son como la caja de resonancia de nuestra vida esencial, o sea, anímico-corporal. Lo mismo que en la guitarra las cuerdas dan las notas y la caja de resonancia las recoge en unidad (consonancia) dándoles volumen, de igual modo los pensamientos y voliciones producen las notas, y los sentimientos les dan la resonancia y el volumen corporales. En nuestro caso, como hijos de Adán, los sentimientos tienen que ser controlados racionalmente, porque pueden acompañar y dar volumen tanto a buenos como a malos pensamientos y deseos, e incluso pueden dejarse tañer con ruido por las meras tendencias corporales (pasiones). En el caso de Cristo, los sentimientos son el acompañamiento corporal a su plenitud de vida interior, que brota enteramente de la Vida del Verbo. Existe, pues,
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una inmensa diferencia entre los sentimientos de Cristo y los nuestros, aun siendo semejante la caja de resonancia. En todo caso, ellos son en la vida de Cristo, por su perfección, la manifestación corporal más sencilla y elemental de los afectos que derivan de Su entender y de Su querer. En cuanto que son lo más sencillo, son ellos también lo más cercano a nosotros, hombres caídos e imperfectos, y el camino más fácil para llegar a coincidir con Su humanidad e imitar Sus acciones.
Bien sabido, pues, que ambos Salmos nos muestran los sentimientos de Cristo clavado en la cruz, sigamos notando sus matices diferenciales. El Salmo 22 (21) insiste sobre todo en los momentos previos a la muerte, de manera que nos proporciona información sobre cómo hemos de ir preparando nuestra muerte; y este Salmo 31 (30) nos enseña cómo hemos de hacer nuestra la muerte de Cristo, es decir, cómo se puede morir con Él. Es muy importante saber ver cómo Dios, si nos dejamos, nos va preparando para morir con Cristo. Tal como describe el Salmo 22 (21), Él ‒al igual que hizo con su Hijo encarnado‒ nos va despojando de todo lo que en nosotros es limitado para ir abriendo espacio a lo Suyo, que no tiene límites. En su Hijo lo hizo de un modo absolutamente radical y único, en nosotros lo hace también, pero de un modo más misericordioso. Pocos lo entienden, pero esa invalidez y debilidad en que nos va sumergiendo la edad a las personas mayores no es más que una preparación y una cura de humildad para el gran tránsito, que es, a la vez, el gran don: pasar de esta vida nuestra en la fe a la vida íntima de Dios en visión. Eso lo describe muy de cerca, pero en Cristo, el Salmo 22 (21). Por su lado, el Salmo 31 (30) nos va a describir no la preparación, sino el tránsito mismo hecho por Cristo, modelo del que hemos de recorrer cada uno de nosotros.
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Tiene su punto de partida en los sentimientos que acompañan a la oración final de Cristo, sumergiéndonos en su pensamiento al morir, para llevarnos a la alegría de su resurrección, que será también nuestra, si morimos con y como Él.
En suma, Cristo toma ambos males sobre sí: nuestros pecados, y las penas que ellos merecen. Pero el Salmo 22 (21) describe, de modo preponderante, el sacrificio
