El paraíso flotante - Dani Vidal - E-Book

El paraíso flotante E-Book

Dani Vidal

0,0

Beschreibung

El Paraíso Flotante, descrito muchas veces como un hotel situado en algún punto perdido de la Vía Láctea. Alejado del resto de mundos habitados, este particular lugar atrae a los personajes más ricos y poderosos de la galaxia. Y es que un sitio tan alejado como ese permite realizar tratos de lo más secretos. Sin embargo, un evento de lo más preocupante ha sucedido en El Paraíso Flotante: el asesinato de la famosísima personalidad Ilian Von Tertia. Por suerte para el hotel y su propietaria, la detective Sardi Rollian está dispuesta a resolver el caso. Durante su investigación descubrirá un hecho de lo más espeluznante: todos los huéspedes son posibles culpables. Rollian, atrapada en la nada más absoluta del espacio, deberá responder ahora a la pregunta más importante: ¿quién ha matado a Ilian Von Tertia y por qué?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 188

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Dani Vidal

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-438-6

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

Prólogo

Nos encontramos en un punto muy alejado de nuestro tiempo. Miles de años en el futuro, el ser humano ha colonizado cientos de mundos a lo largo de la Vía Láctea. Nuestros orígenes están tan alejados en el tiempo que nadie recuerda el nombre de nuestro planeta primordial. La Tierra ha sido olvidada junto con el sistema solar. El tiempo se mide en ciclos estándar, no años.

La humanidad nunca había sido tan diversa. Miles de culturas diferentes se originan a lo largo y ancho de la galaxia. Cada planeta define a sus habitantes. Sin embargo, esta diversidad también se encuentra permanentemente unida gracias a la Interred. Esta herramienta conecta todos los mundos, pudiendo saber qué eventos acontecen al otro lado de la galaxia.

Pero no son tiempos de paz. Una guerra colosal se libra en los planetas más alejados del centro galáctico. En un bando se encuentra el Sector Unitario, la mayor conexión entre planetas que existe. Sus valores son democráticos y progresistas. Al otro lado, los guerreros dorimianos intentan instaurar su temido régimen en toda la galaxia. Esta primitiva cultura busca el control total de los planetas, son extremadamente fieles a sus creencias y repudian el modelo unitario.

El inicio de la guerra se produjo hace cientos de años y, a pesar de esto, no parece que su fin esté cerca. En todo este tiempo, la guerra ha dividido a miles de personas. Lo que en un principio fueron dos bandos, ahora se transforma en cientos de aproximaciones diferentes a la hora de opinar sobre la guerra. Todo el mundo tiene su punto de vista, motivo por el que se han fragmentado familias, gobiernos e incluso sistemas estelares enteros.

Dentro de este caótico contexto, las probabilidades de que historias inolvidables lleguen a ocurrir son bastante altas. Entre estas, se encuentran los misterios más complejos que se puedan llegar a desarrollar. Por suerte, alguien está a la altura de resolver estos misterios.

Nuestra historia comienza con un simple mensaje escrito:

Vas a pensar que me he vuelto loco, pero lo cierto es que nunca había visto algo tan claro. Estoy harto de este sitio y sé que tú también. Sé que deseas abandonar esta vida vacía y visitar los miles de planetas que nos esperan ahí fuera. Sé que solo así lograré que seas feliz.

Podemos hacerlo, podemos irnos de aquí y vivir juntos para siempre. Podemos tener la vida que nos merecemos. He descubierto algo que nos dará todo esto. Podemos conseguirlo. Lo que te estoy pidiendo no es legal, pero no creo que te importe.

¿Estás dispuesto? Contéstame rápido, por favor. Te quiero.

1

El comedor se encontraba hasta arriba de gente. Profesores y estudiantes de la Universidad de Machou aprovechaban las horas del mediodía para tomar algo y reponer fuerzas. La sala se encontraba en una de las plantas más altas de la universidad. A través de sus ventanales, se podían apreciar unas muy buenas vistas de la capital del Sector Unitario Galáctico.

Machou era una ciudad que cubría la mayor parte del planeta Delahno. Sus edificios eran enormes y se conectaban entre ellos a través de pasillos. Muy poca gente bajaba al nivel suelo, al menos, no la gente que se podía permitir un hogar en las partes más altas de los edificios. Los millones de partículas producidas durante años de contaminación habían generado una neblina perpetua en el cielo de Machou. Todos los días eran grises.

Dolian Bashi se encontraba degustando un sándwich de trico en el comedor de la universidad. El chico estaba acompañado. Freya, una apuesta chica de pelo azulado, se centraba en terminar un alimento preparado muy poco apetecible.

—No sé cómo puedes comer eso —dijo Dolian mientras veía cómo su novia se terminaba el extraño alimento—. Parece… No sé… ¿Vómito?

—Eso es porque sigues siendo un crío y comes con los ojos —le contestó Freya—. Esto está buenísimo y, además, tiene muchos más nutrientes que tu sándwich pocho.

—No lo puedo creer… Estoy saliendo con una IA y ni me había dado cuenta.

Ese chiste hizo que Freya se riera abiertamente. Llevaban juntos un par de meses y parecía que todo marchaba bastante bien en su relación. Dolian era ingeniero, especializado en desarrollar productos innovadores con herramientas muy complicadas. Se trataba de todo un inventor, o al menos así es como lo veía Freya. Ella era estudiante de biotecnología avanzada. Entre ellos había una diferencia de edad de 3 años. Se habían conocido en una serie de conferencias de la universidad. Había sido una especie de flechazo. Sin duda, todo iba a salir bien.

Dolian siguió comiendo en silencio. Freya se percató de esto.

—Estás preocupado, ¿verdad? —le preguntó ella.

—No… A ver… —A Dolian le costó encontrar las palabras adecuadas—. En realidad, sí. Lo de mañana es muy importante para mí.

—No te preocupes, se te dará genial.

—Las presentaciones nunca han sido lo mío.

Dolian empezó a rascarse el brazo mientras emitía un resoplido. Se notaba que el chico estaba muy estresado. Freya se acercó a él y lo agarró del brazo con delicadeza. Después lo miró directamente a los ojos y dijo:

—Pero el producto es fantástico. Les va a encantar.

—Espero que tengas razón —respondió él con media sonrisa en la cara.

—¿Acaso dudas de mí?

—En absoluto, señora. —Dolian hizo un saludo militar a modo de broma.

—Así me gusta.

Freya se acercó aún más a él y le dio un beso en la boca. El chico pareció relajarse al instante. Se sentía muy bien estar enamorado.

—Hablando del producto… —dijo Freya—. ¿Cuándo piensas enseñármelo?

—Lo tengo en el laboratorio, cuando quieras nos pasamos.

—Yo no tengo clase hasta dentro de un par de horas, ¿te parece ir en un momento?

—Yo, mientras sea contigo, a donde sea.

Los dos jóvenes dejaron la mesa y se marcharon de allí. Los laboratorios de la universidad se encontraban unos cuantos pisos por debajo del comedor. La Universidad de Machou, como tantos otros edificios de la ciudad, había perfeccionado al máximo la construcción en vertical. Cada uno de los sectores de la torre estaba bien diferenciado. Todo había sido planeado meticulosamente para que el edificio pudiera funcionar al máximo rendimiento con el menor esfuerzo posible. Y es que ese era el lema de Machou, «Hazlo grande sin esforzarte demasiado».

Dolian y Freya entraron en uno de los ascensores del comedor cogidos de la mano. Empezaron a descender por el edificio. Era tal la envergadura de la universidad que tardaron varios minutos en alcanzar el sector de los laboratorios. Los dos jóvenes salieron del elevador y avanzaron por uno de los pasillos.

—¿Y quién es esta gente con la que te vas a reunir mañana? —preguntó Freya.

—Ya sabes… gente importante. —Se notaba que Dolian quería evitar responder—. Algún que otro militar, un par de policías…

—Ah… —Freya se quedó muda por un momento—. No sabía que tenías pensado vendérselo a los militares.

—No es que me parezca la mejor idea… —Dolian estaba muy incómodo—. Pero ya sabes cómo están las cosas.

—Vale —respondió ella secamente.

—¿Qué pasa?

—No, no pasa nada.

—Freya, por favor, estás molesta por algo.

—Un poco, es que no lo entiendo muy bien. —La chica evitaba mirar a su novio directamente.

—¿Qué es lo que no entiendes? —El pasillo se le estaba haciendo eterno a Dolian.

—Pues que vayas a vender uno de tus inventos a los militares. Yo tenía entendido que ninguno de los dos apoyábamos esta guerra estúpida.

—Sabes perfectamente que no la apoyo.

—Venga ya…

—¿Qué pasa? —Dolian estaba empezando a cabrearse.

—¿Cómo puedes decir que no apoyas la guerra cuando estás dispuesto a vender esa cosa a los militares?

—¿Qué quieres que te diga? Son los únicos interesados.

—Vale, ya veo dónde están tus principios.

—¿Y qué hago? ¿Dejo pasar esta oportunidad?

La pareja acababa de llegar al laboratorio. Freya se paró con los brazos cruzados delante de la puerta. Se notaba que Dolian estaba bastante irritado.

—Haz lo que tú quieras. Es tu invento —le dijo ella.

—Eso es lo que voy a hacer.

Dolian entró al laboratorio farfullando algo. Freya permaneció quieta frente a la puerta, se había quedado estupefacta. Lo cierto es que Dolian le acababa de decepcionar mucho. No podía creer que su novio no pensase en lo que suponía vender equipamiento a los militares. La guerra entre unitarios y dorimianos estaba destrozando cientos de planetas y causando millones de muertos inocentes. Y el invento de Dolian no haría más que aumentar esas estadísticas. Sin embargo, él no se enteraría de nada desde su cómodo apartamento en Machou. Era muy fácil justificar tus actos cuando echabas la vista a otro lado.

—No puede ser… ¡No puede ser! —gritó Dolian desde el interior del laboratorio.

—¿Qué pasa? —preguntó Freya en un tono desinteresado.

—¡No están!

—¿Cómo que no están?

—¡Alguien los ha robado! ¡Mierda!

Freya se asomó al interior del laboratorio. Ahí estaba Dolian sujetando una caja metálica vacía. El chico estaba temblando.

—No sé… A lo mejor alguien los ha cogido —se apresuró a decir Freya.

—La caja estaba sellada, alguien la ha roto —respondió mientras señalaba unas marcas en el objeto—. ¡Me han robado!

La chica se acercó a su novio un momento.

—¿Qué hacemos? —preguntó ella.

—Sígueme, a ver si alguien ha visto algo.

Y de ese modo, ambos abandonaron el laboratorio especializado en camuflaje avanzado de la Universidad de Machou.

2

Meses más tarde, una interesante y elegante figura observaba las estrellas a través de un ventanal. Dicho ventanal pertenecía a una nave que transportaba pasajeros al paraíso de vacaciones más estrafalario de toda la galaxia. La figura se trataba de Sardi Rollian, la famosa detective interplanetaria.

Podríamos hablar mucho de Rollian, de sus increíbles casos, de su infancia tan poco común o de su inteligencia sobrehumana. Sardi Rollian creció en un planeta denominado Antara, donde la naturaleza reinaba libre a sus anchas. Su familia era humilde; granjeros que exportaban su mercancía a países más industrializados. A su padre le encantaban los rompecabezas. Sardi se sentía fascinada por la tozudez de su progenitor: si empezaba un puzle, tenía que terminarlo. Su padre no empleaba los rompecabezas públicos que se podían descargar en la Interred; para él, eso era demasiado simple. Sus rompecabezas surgían de su propia mente, tallados en madera, con soluciones prácticamente imposibles y horas y horas de devanarse los sesos. Lo que nunca entendió Sardi fue el hecho de que su padre, siendo el propio constructor de esos rompecabezas, no pudiera resolverlos al instante. Cuando esta se lo preguntaba, él simplemente decía: «Entonces, ¿dónde estaría la diversión?».

Su madre era una lectora empedernida, las horas en las que no trabajaba las dedicaba a leer cualquier tipo de literatura: novelas, escritos filosóficos, científicos, poemas, guiones de las proyecciones que se daban a cabo en los planetas más desarrollados… Las lecturas de su madre fueron la escuela de Sardi (ya que muy pocas regiones de Antara contaban con este tipo de institución). Gracias a ella, el conocimiento que Sardi Rollian tenía de la galaxia era amplio y crítico. Fue hija única, por lo tanto, las influencias de sus padres empaparon completamente el cerebro de la chica.

Más tarde, accedió a varias academias de policía (incluida la de Machou), en las que aprobó con matrícula de honor. Decidió asistir a varias para tener una vista más amplia de su oficio soñado: la protección del prójimo. Esto le dio fama; una fama que le hizo participar en los casos más enrevesados que la galaxia había conocido hasta el momento. Esta era Sardi Rollian, la detective.

Siguió observando las estrellas a través de esa ventana. La nave ya no viajaba a velocidad próxima a la de la luz. Un viaje más lento era necesario teniendo en cuenta la naturaleza de destino. Rollian calculó que la llegada se produciría en unos 30 minutos cósmicos. La detective vestía una gabardina de color beige, la cual le daba un aspecto de lo más interesante. En esos momentos, también llevaba una camiseta blanca y unos pantalones azules ajustados. Su cabellera rubia cubría la parte superior de su espalda; a Rollian le encantaba el pelo largo. Su cuerpo de 36 ciclos seguía siendo lo que en los planetas más desarrollados llaman estéticamente bonito. La detective siempre había supuesto que esto era debido al intenso ejercicio que llevaba realizando desde su instrucción en las diferentes academias. Y lo que algunos llamaban bonito, ella simplemente pensaba que era eficiente.

Su maleta color azulado descansaba junto a sus pies. Había estado levantada desde el final de la fase velocidad luz, pero ahora volvía a su asiento de color amarillento. Lo cierto es que se desesperaba ante los viajes espaciales lentos, pero, en esta ocasión, no le quedaba otra.

Frente a ella, descansaba una mujer que llevaba durmiendo desde el inicio del viaje en uno de esos asientos. Era la única otra persona que viajaba como pasajera en la nave; sin duda, el destino era de lo más exclusivo. Si bien el cuerpo de Sardi era atlético, la mujer que dormía despreocupada ante ella tenía una figura que claramente podría definirse como preciosa (o «cañón», si le preguntabas a algún gánster de Machou). Su riqueza se podía percibir en el vestido rojo que llevaba puesto. «Ponerse un vestido rojo tan elegante para un viaje espacial», pensó Rollian, «desde luego esta elegante señorita vive en la exuberancia». La detective se fijó en su compañera de viaje, poca cosa podría hacer en esa situación. La Interred no se encontraba disponible desde esa nave y se había olvidado de traerse algún rompecabezas artesanal de su padre. Rollian supuso que esa mujer tendría menos edad que ella, quizá los 30 ciclos estándar recién cumplidos. También era posible que el abundante maquillaje de su rostro o alguna operación estética bastante cara hubieran disimulado algunos ciclos extra. Tenía el pelo oscuro y recogido, adornado con joyas rojas (probablemente artificiales, ya que el comercio de minerales rojos no estaba bien visto en la parte unitaria de la galaxia). Por supuesto, llevar puestas esas joyas tampoco era algo de buen gusto, pero teniendo en cuenta el destino que les aguardaba, la detective pensó que la señorita había reservado esa decoración para esta ocasión. La denominación señorita pasó a señora cuando Rollian pudo ver un distintivo anillo de casada en la mano derecha de su durmiente compañera de viaje. Si bien esa tradición (que algunos decían provenía del planeta cuna) había desaparecido hacía mucho tiempo en algunos planetas, aún podía verse de forma esporádica a lo largo de toda la galaxia.

Sardi Rollian tuvo que apartar la mirada rápidamente al darse cuenta de que su compañera se despertaba con un bostezo. Quizá el análisis visual de la detective había causado este repentino despertar. La preciosa mujer se desperezó estirando sus extremidades y se mostró aburrida mientras miraba por el ventanal. Rollian no tenía intención de iniciar una conversación. Se encontraba sumida en algunos pensamientos importantes, pero su compañera los interrumpió:

—¿Sabe usted cuándo vamos a llegar a nuestro destino?

—Si observa bien por la ventana, ya se ven fragmentos pequeños de asteroides, así que supongo que no más de 25 minutos cósmicos. —Era cierto, desde que Rollian se había sentado, habían empezado a aparecer fragmentos de roca de pequeño tamaño en el espacio visual del ventanal.

La bella y aburrida mujer resopló y quiso seguir con aquella conversación:

—Espero que los escudos de este armatoste resistan el impacto de los asteroides. —Se refería a la nave en la que viajaban.

—No le quepa duda, he visto modelos muy inferiores resistir choques más fuertes. —Rollian no mentía, las experiencias en la nave de su padre aún permanecían en su memoria.

—Me gusta su atuendo —exclamó la mujer, ajena a lo que la detective acababa de decirle—. Es muy… original. ¿Es típico de su planeta?

—No, en absoluto. —Rollian sonrió ante aquella pregunta—. Es mi estilo propio, me gusta así… Sin embargo, he de decir que su atuendo es despampanante.

—¿Usted lo cree? No es sarcasmo, ¿no?

—¿Por qué debería serlo? Opino que se ve genial.

Atónita, la mujer se señaló las joyas de su peinado.

—Tranquila, ya me he percatado de ese inusual abalorio —dijo Rollian en respuesta—. No se preocupe, no voy a juzgarla por llevar joyas de ese color.

—Es usted una entendida, querida… Quizá los horribles dorimianos decoren sus espantosas armas con este tipo de mineral… Pero eso no implica que nosotros, la gente civilizada, podamos usarlo.

—Estoy completamente de acuerdo con usted.

Desde que los dorimianos habían iniciado la guerra contra la parte unitaria de la galaxia, el hecho de llevar joyas rojas se había convertido en una acción mal vista y repudiable en el contexto unitario. Los caballeros dorimianos decoraban sus lanzas con una joya roja llamada doma, era un símbolo de sus creencias y su gente. Por ese motivo, el llevar piedras rojas en la cabellera podría haber molestado a más de una patriota unitaria. Por suerte para la bella durmiente de ese viaje, Sardi Rollian no era una de ellas.

—Me alegra encontrar a otra mujer con buen gusto —dijo la decorada señora—. ¿Qué le trae al Paraíso Flotante, querida?

—Unas simples vacaciones, necesito encontrarme alejada un tiempo de mi oficio, tengo un proyecto pendiente.

—¿Un proyecto? Cuénteme, cuénteme.

—Un libro, llevo pensando en él desde hace un par de ciclos y al fin me he decidido a escribirlo.

—¡Santa galaxia! —exclamó atónita la señora—. Debe ser usted muy inteligente; yo no podría escribir un libro ni en varias vidas.

—Tan solo es ponerse, se lo aseguro. —Rollian le dedicó una sonrisa amable a su compañera de diálogo—. ¿Y usted? ¿Qué le lleva a estar perdida en mitad del espacio?

Un asteroide que debería tener varios metros de diámetro se estrelló contra el casco de la nave, pero los escudos consiguieron reducir el impacto y el resultado fue una pequeña turbulencia y un simple sonido sordo.

—Ay, querida… ¡El amor! —exclamó la decorada mujer mirando al techo y con una perfecta sonrisa de oreja a oreja—. Recién me casé en mi planeta natal con Mohn Malheym, un comerciante espectacular. Es algo mayor que yo, pero eso no quita que se trate de un hombre increíble.

Sardi Rollian no conocía a ese tal Malheym, pero la frase «es algo mayor que yo», el caro atuendo de la mujer sentada ante ella y el título de comerciante le hizo pensar en varios factores que llevaron a ese matrimonio.

—¡Diantres! Le he dicho antes el nombre de mi marido que el mío propio —exclamó la señora—. Soy Ilian Von Tertia.

Ese nombre sí que lo pudo reconocer en su mente la detective. Si bien Rollian intentaba usar bien poco los aspectos más comerciales y banales de la Interred (realmente, Rollian normalmente solo usaba esa herramienta para leer), ese nombre no podía ser olvidado. Ilian Von Tertia se trataba de la glamurosa personalidad que, gracias a sus proyecciones en la Interred, había definido modas estéticas a lo largo de varios puntos de la galaxia unitaria. Su fama le había permitido participar en obras de ficción proyectadas, ser portada en algunos textos informativos de moda y llamar la atención de muchos posibles maridos que deseaban probar sus carnes. Ahí estaba ella, una de las personalidades más importantes en esos últimos ciclos, ahora casada y dirigiéndose a uno de los puntos más recónditos de la galaxia.

—Disculpe —dijo la detective—. ¿Es usted realmente Ilian Von Tertia, la famosa personalidad?

—¡Por supuesto, querida! He de admitir que me pareció extraño el hecho de que no me hubiera reconocido.

—Discúlpeme, lo cierto es que la Interred y yo nunca hemos sido muy compatibles… Me sorprende verla aquí.

—No se sorprenda, tan solo es un viaje para ver a mi amado y celebrar mi retiro —exclamó Von Tertia sonriente.

—Discúlpeme de nuevo, ¿retiro?

—Claro, querida. Con el dinero ahorrado y la posición tan estable de mi nuevo marido, he podido retirarme aún en la flor de la vida —dijo eso mientras miraba su anillo de casada—. No sabe usted lo duro que es la vida de una personalidad; al fin todo eso se terminó.

Sardi Rollian estaba sorprendida, pero no tanto como intentaba aparentar. Al fin y al cabo, el Paraíso Flotante era uno de los destinos favoritos entre los aristócratas de la galaxia. La estancia era extremadamente cara, y el hecho de estar alejado de cualquier planeta era crucial. Así lo había deseado su propietaria, Ronyia Durbo. Los ricos, famosos y poderosos podían realizar acuerdos de lo más controvertidos en el Paraíso Flotante. No eran pocas las visitas de traficantes de armas dispuestos a vender sus productos al mejor postor. Se decía que la pérfida Ronyia incluso aceptaba otras monedas que no fueran la unitaria, y que, en alguna ocasión, varios dorimianos habían dormido en el Paraíso (aunque esto no estaba confirmado). Era un pequeño lugar de la galaxia donde la moralidad se doblegaba ante el dinero.

—¿Y usted, querida? ¿Cuál es su nombre? —Von Tertia se sentía muy cómoda en aquella conversación.

—Sardi Rollian, para servirle; detective declarada en varios planetas unitarios.

—¡¿Es usted detective?! —exclamó la famosa personalidad—. Ya decía que parecía usted inteligente. Sin duda, me tiene impresionada. Dígame, ese libro que está escribiendo… ¿Son sus aventuras como detective?

—Lamento decirle que no, es algo diferente…

La conversación fue interrumpida por un aviso que surgió de los altavoces dispuestos en aquella sala. Una inteligencia artificial, que era la misma que conducía la nave, declaró que habían llegado a su destino y que el Paraíso Flotante se podría observar desde el ventanal en unos segundos. Realmente, la maniobra que permitía observar el Paraíso era completamente inútil e innecesaria a la hora de aterrizar, pero la señora Durbo había insistido que todos los huéspedes debían observar la grandeza del hotel por fuera al menos solo una vez.