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Nos encontramos ante una novela de protagonismo coral que recoge nueve meses en la vida de un vecindario madrileño. La muerte fortuita de un adolescente, acaecida en el patio común que comparten cuatro edificios, coloca al conjunto de sus propietarios en una difícil coyuntura judicial que los vinculará de manera inevitable. Por una parte, el grupo de los vecinos, habitantes de su propia rutina, y por otra, unos padres enfrentados a la ausencia irremediable del hijo, componen un retablo actual de la condición humana, con sus bondades y sus miserias; y, como contrapunto, un lugar —el patio— con entidad propia, testigo de intereses voraces que acompañarán al lector, y a Amalia, hacia un fatal desenlace.
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Seitenzahl: 572
Veröffentlichungsjahr: 2014
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El patio dormido
Mª José Galván
Este libro está dedicado muy especialmente
a Pedro, por su presencia, y a Darío.
Y también para Almudena García Herreros
y Alicia Tosantos, por su ejemplo.
AGRADECIMIENTOS: Departamento de Medicina Legal de la Universidad Complutense de Madrid (Dr. Sánchez), Instituto Anatómico-Forense, Departamento de Orientación Jurídica (Juzgados de Plaza Castilla), Servicio Jurídico (Junta del Distrito, Tetuán), Gerencia de Urbanismo de la Comunidad Autónoma de Madrid (José Luis Teba), Archivo Municipal de Madrid, don Feliciano Montero García, don Mariano Santos, doña Belén Chaparro, doña Mª Isabel de la Torre, doña Pilar de Celis, don Manuel Alvarez, doña Maruja Gordo, doña Sandra Delgado, don Bartolomé Muñoz Plessis, don Ignacio Fonfría, don Juan Manuel del Río Moyano, doña Carmen Valero y don Javier Baonza.
Esquema del patio
Parte primera: pinto, pinto, gorgorito.
En la madrugada de aquel siete de septiembre una lluvia intermitente bendecía el descanso del vecindario con un sosiego del que raramente disfrutaba. Las horas habían transcurrido en puro susurro de agua. La sonoridad, discurriendo por las vertientes lujuriosas del tejado, regalaba al vecindario el sosiego que da la orilla del mar.
Sin duda, hacia las cinco, los habitantes del Patio vivían en el Paraíso.
Aquella perfección quedó suspendida cuando unos jóvenes traspasaron el hueco de la calle Coronel Sierra. Si alguien hubiese estado mirando, se habría dado cuenta de que algo iba a ocurrir, porque se paró el tiempo en seco; y, siendo tres los muchachos, fueron cuatro las sombras.
Bajaron la rampa a tientas.
Recorrieron el recinto como pájaros ciegos.
Uno de los chicos dijo una tontería y los otros dos rieron bajito.
Sus siluetas oscilantes buceaban entre los bultos aparcados.
El más alto tropezó con algo, dio un enorme traspié y cayó.
Quedó acurrucado en el suelo tiritando como no se tirita de frío o de miedo, sino más bien titilando como una estrella cuando acaba sus días de telescopio.
Los dos amigos le miraron mientras caía y una honesta carcajada sonó a despedida. Anduvieron dos o tres pasos sorteando los charcos y luego, al volverse, mitigada la hilaridad, solo les quedó tiempo para ver el tenue temblor con que el adiós bautizaba al amigo.
Lo llamaron: «¡Julio, Julio, levántate!... ¡Vamos, tío, que no es para tanto!... ¡Menuda hostia te has metido!... ¡Bueno, ahí te quedas!».
Se acercaron a mirar.
Uno de ellos tiró del cinturón para levantarlo con más intención que ganas, pero un peso de siglos reivindicaba desde la tierra aquel cuerpo que era ya suyo.
El chico más bajito trató de incorporarlo. Un zarandeo fuerte le situó ante algo desconocido, mientras el temor le inauguraba los dedos.
Alertó al compañero: «Julio se ha hecho daño... no despierta... ¡Joder, tío, que no es broma, que no se levanta!».
El otro se agachó y comenzó a llamarle en voz más alta: «¡Julio, Julio!».
Las llamadas eran gritos, gritos de socorro que alertaron a los vecinos de ligeros sueños.
Una persiana chirrió al ser levantada, las bisagras de varias ventanas sonaron al abrirse mientras algunas cabezas somnolientas comenzaban a asomarse por los agujeros de las fachadas.
El muchacho dejó de temblar y quedó inmóvil, ciudadano del ayer.
Estaba allí, quietecito sobre una banasta de barro, con la cabeza convertida en un cucurucho de fresas y los ojos abiertos mirando el revoloteo de infinitos serafines brillantes. Oía el trueno de los quiciales en los quicios lejanos y comenzó a sentir un aroma a uvas suaves de piel dorada.
El frío experimentado al caer se iba tornando en un calor confortable que apaciguaba los latidos de su corazón ausente.
No podía respirar; se le había olvidado. Pero lejos de asustarse, un sosiego desconocido le inundó por dentro cuando a él le pareció que sus manos asían la párvula blandura de su cuna.
Miró definitivamente el contorno de las cosas reales y una alegría inesperada latió en su pecho por última vez.
Se sabía seguro.
Libre. Sabio. Completo.
Eternamente acompañado.
El Patio de mi casa es particular, pero cuando llueve no se moja como los demás.
Todo depende de cómo se presente el día. Si la lluvia es fina, un brillo marengo lo adorna todo; pero si el agua tiene prisa, se forman dos enormes balsas en el centro que dan a los vecinos la ilusión de estar flotando sobre un suelo de mercurio. En esas ocasiones, los conductores que diariamente alojan sus coches de cualquier manera los precipitan aprovechando el bies recóndito de todo hueco, soslayando muy bien los dos lagos centrales no sea que, al salir, sus zapatos queden atrapados en el lodo.
Cuando llueve, el Patio, más que nunca, es trinchera de una guerra que ha ganado la indiferencia.
No siempre fue así. Construido a lo largo de los años cincuenta, los propietarios originales que aún viven lo describen como un claustro diáfano en cuyo centro se elevaban árboles que crecieron hasta rebasar el nivel de las azoteas. Recuerdan el tapiz verde mezclado con rosas que, por el muro ciego, llegó a subir hasta la tercera planta; sus jardineras de geranios y azaleas; los arbustos de adelfas, más altos que muchas personas; el cerezo que nació solo y llegó a dar guindas; y los dos almendros, centinelas blancos ante la tapia. Se acuerdan, como si aún estuvieran viéndolas, de las aceras que festoneaban su perímetro, pavimentadas de baldosones rojos y ocres dispuestos a espina, con su encintado de piedra; y también del estrecho arcén en hormigón punteado que marcaba el sendero exacto hacia las dos cocheras.
Pocos años antes, hacia1949, el Barrio de San Enrique se había constituido sobre el llamado «SectorB-noroeste» de Cuatro Caminos, que no era sino un campo amarillo de lomas terrosas, recalificado por el Ayuntamiento ante la necesidad de una ciudad creciente que no tenía cabida en el centro. Allí fue proyectado un entramado de calles y parcelas donde erigir manzanas de casas con varios portales en cada una de ellas, organizadas en torno a un almizcate lo suficientemente amplio para estar ajardinado. Algunos terrenos quedaron en propiedad del Ministerio del Ejército, cuyo Patronato de Casas Militares se encargó de hacer pabellones geométricos de seis alturas como alojamiento familiar para la tropa. Otros lotes se destinaron para los trabajadores de la Empresa Nacional Bazán, la Compañía Metropolitana y también para empleados de prisiones y del ferrocarril. Entre medias, conjuntos de casas de renta limitada para gente un poco más libre: comerciantes bien situados, funcionarios de grado medio, oficinistas competentes, y algunos profesionales de esos que enmarcan su título y lo cuelgan en el despacho. El trazado de las nuevas calles se fue titulando con nombres de militares nacionales de la Guerra Civil, que todavía siguen vigentes: General Yagüe, Varela, Moscardó; Comandante Zorita o Capitán Haya. Tan solo una fue cambiada cuando murió Franco: la avenida de Queipo de Llano, que vino a llamarse Avenida de José María Gómez Caffarena, honorable señor cuya gracia nadie sabe.
A mediados de los años cincuenta, en una de aquellas manzanas del SectorB, se proyectó un espacio más grande de lo usual con objeto de salvar el desnivel natural de la topografía. Por eso el Patio es enorme: un rectángulo de ochocientos metros cuadrados, limitado en sus lados menores por edificaciones; y en los mayores, por una tapia alta de mampuesto que limita con los Jardines de Manuel Fraijó y con la trasera ciega de otros edificios, en el lado opuesto. En realidad son dos bloques gemelares, uno frente al otro, los que le dan cobijo; fincas sólidamente erigidas con esqueleto de pilares y muros de carga en hormigón armado. Al de arriba le corresponden los números diecisiete y diecinueve de Coronel Sierra; al de abajo, otros dos portales: el tres y el cinco de la calle de El Rosario.
En la construcción del Patio y sus aledaños, se incorporaron los adelantos tecnológicos más modernos: las cabrias de hierro recién importadas, el cemento Pórtland de nueva generación y un enladrillado de primera. Gracias al titán colocado donde luego plantarían cuatro hayas, dio gusto ver cómo iban alzándose sus márgenes, con toda aquella caterva de gentes del polvillo trabajando sin cesar durante un año, el de mil novecientos cincuenta y siete. Cuadrillas de peones, alarifes, tabiqueros, escayolistas... trasegando carretas y árganas; colocando bosques de troncos para sujetar los encofrados, enluciendo los interiores, solando el firme, pegando azulejos... Todo ello animado por el chirrido giratorio del aguilón en su continuado subir, bajar, traer y llevar viajes, y más viajes, de ladrillos, baldosas, cemento, yeso y arena, a los siete niveles que más tarde ocuparían los compradores.
De factura sencilla, las fachadas fueron proyectadas con un revoque de cemento hidráulico sin tintar que los años se han encargado de bruñir hasta dejarlas del color de la alpaca; donde el cuerpo central, separado de la base y del remate por sendas impostas, tiene los vanos acotados por tranqueros de piedra colmenareña. En la parte superior de cada edificio, separada por una cornisa con tres hileras de tejas, se abre una sucesión de arcos peraltados con las albanegas cerámicas, que son, en realidad, las ventanas de los trasteros y de la portería.
Si a finales de mil novecientos cincuenta el conjunto lucía con esmero el orgullo de unos propietarios que se sabían citados en la Escuela de Arquitectos, hoy en el Patio es imposible encontrar huellas del vergel que fue, porque los locales pensados como almacenes se convirtieron en talleres ilícitos donde arreglar coches, construir rejas o serrar tablones, y su neblina diaria de soldaduras, lijados y percusiones fue agostándolo todo. Con los dos garajes ocurrió un hecho parecido: a medida que fueron cambiando de dueño, cayó en el olvido su función custodia y actividades bastardas se adueñaron del paisaje; así, a finales de los sesenta, el de la calle de El Rosario, número tres, se transformó en un taller de reparación mecánica que colonizó el recinto con las cáscaras de mil vehículos averiados. Ellos, y solo ellos, suprimieron los arriates de hiedra perenne y los arbustos de adelfas; luego mutilaron los laureles y ahogaron las azaleas; poco después, uno de los almendros amaneció doblado; y el cerezo murió de esa tristeza sin nombre que les entra a las plantas cuando se reconocen sobreras. La devastación dejó viudos a los árboles del centro que, por fin, en la década de los ochenta, corpulentos y prominentes, el que no fue talado se cayó solo, dejando una estela de virutas estercolando el suelo enfermo. Más o menos por esa fecha cambió la propiedad del otro garaje, el de Rosario Cinco. Quien lo adquirió lo dedicó a oficina comercial, que resultó ser un negocio fraudulento y por poco no acaba precintado por la autoridad competente. Se cerró al público, quedando como almacén de utensilios donde, de paso, iba su dueño con puntualidad inglesa a lavar una flotilla de coches que él titulaba familiares. Como la tarea la realizaba al aire libre, comenzó el asedio de una zona que hasta ese momento se había preservado un poco. Los fregoteos incesantes y el vertido químico mató el otro almendro y acabó taponando la buzonera cercana, dejando en su lugar un humedal terroso que, a fuerza de repetirse, ahora se enseñorea por las paredes del edificio.
En todos estos años no se vieron unas malas paletadas de obra que restañasen la fisonomía del Patio. Nadie plantó una rama de hiedra o un simple esqueje de clavellinas; ni siquiera la cizaña fecunda ha ido creciendo por las grietas de la rampa o entre los rotos de las aceras. Nada. Cuando la floristería sustituyó a la tienda de juguetes, la dueña puso unas jardineras con geranios a la puerta de su sótano; no cumplieron ni el mes: un maldito coche se las llevó por delante. ¡Y gracias puede dar Pepita porque aquel conductor airado no le pusiese una denuncia por daños al vehículo! Hará cosa de un lustro ha vuelto a colocarlas, pero algo le pasa al sitio, dice ella, que cada temporada tiene que reponer tallos nuevos porque la anterior siembra se ha quedado pegada en el fondo de la tierra.
Los años pasaron rápidamente y el distrito entero floreció guiado por una expansión urbanística inusitada. El barrio de San Enrique fue escenario de nuevas construcciones cuyas oficinas rascaban el cielo con sus antenas. En los sesenta se erigió el Palacio de Congresos y Exposiciones, justo enfrente del Bernabéu, con su original carpintería de hormigón y el mural de Joan Miró que lo remata. Un poco más tarde, con el edificio de El Corte Inglés a la cabeza, la zona inició el andamiaje del conjunto arquitectónico más vanguardista de todo el país: Azca. Y aquello fue como si al distrito entero le hubiese tocado la lotería. Una población de nuevo cuño acaudaló las calles con sus traslados, ya fuera para estrenar los pisos recién hechos o para reemplazar a aquellos propietarios que descubrían la plusvalía que se gana cambiando de aires. En este proceso de transformación urbana los comercios tradicionales fueron sustituidos por refinadas tiendas que dieron en llamarse «boutiques», y con la misma rapidez que desapareció la pollería, la tienda de colchones, o los ultramarinos, nació la Perfumería Soledad, el Salón de Eladio y la Boutique del pan.
Todos llegamos a ver cómo echó el cierre la carbonería del señor Manolo, porque en cosa de una década nadie precisó su regular visita con el suministro de carbón y leña ajustado a la espalda. Las cocinas económicas y la caldera de hierro fueron lo primero que salió de las casas, hartas sus dueñas de aquel trasiego de hollín que lo dejaba todo perdido. En su lugar llegó el butano y, con él, un aleteo de voces ávidas pidiendo bombonas a la camioneta pimentona que lo traía tres veces en semana. Pocos años más tarde salió el gas natural, y la coartada del bienestar brilló de nuevo; entonces se descolgaron los calentadores campanudos y se procedió al derribo de los viejos fogones, haciendo hueco en la anatomía de las cocinas a tuberías desconocidas, mientras las encimeras plastificadas sustituían las mesetas de azulejo y las lavadoras automáticas se ponían en el rincón que ocupara la pila de estregar la ropa. El Patio puede dar fe de los agostos sinfónicos a cargo de martillo y espátula que le dejaban el suelo convertido en un yacimiento de escombros.
Las cosas cambiaron al hilo de la historia pequeña que esconden los dietarios. Y así, al arrullo de los motores enfermos, de las trompadas metálicas y del rimbombo general, al Patio le fue entrando sueño. Y, entumecido, se quedó traspuesto.
Con el cambio de siglo, en el barrio de San Enrique se fue asentando la práctica fervorosa de beber por las noches, en la calle; y, desde entonces, veinte o treinta seres siembran con el eco de sus risotadas las nochesfinisemanales. A lo largo de esas horas el Patio recibe la visita de jovencísimos conductores que aparcan allí su más preciada posesión, buscadores de cobijo donde poder hablar porque la aglomeración callejera les ahoga las palabras, parejas copulativas, toxicómanos y, sobre todo, chicas que bajan a orinar; algunas, no todas, solo aquellas que son capaces de mantener la decencia según avanzan los destilados. Pese a la profunda oscuridad, los intrusos han cogido el hábito de tomarse el Patio a su pecho y ya no hay fin de semana que no aparezcan. No hay nada que hacer. Ni forma de echarlos fuera. Entre los habitantes se ha extendido el miedo, ese que ofusca los ojos y agarrota la lengua, helando el corazón con la escarcha de la cobardía. Nadie dice nada en voz alta, ni amonesta, ni regaña; ni siquiera llama a la policía o escribe una queja en la Junta de Distrito. Y la infame milicia bebedora que no se sacia nunca lo sabe; y engorda poco a poco, como un tumor callejero. La mayor parte de las reuniones se hacen en los jardines de Manuel Fraijó, pero su impronta sonora lo tiñe todo hasta que, cercano el alba, se van vistiendo las aceras con el anhelado despegue de tanto peregrino ebrio. A partir de ese momento, la insomne población disfruta de un sosiego bien ganado y comienza a entornar los ojos. El silencio se impone y surge el trino vertiginoso de un estornino que, con autoritario gorjeo, organiza su intendencia entre los árboles; al rato se oyen otros pájaros, gorriones seguramente, respondiendo con su piar populoso a la arenga que acaban de escuchar. El aire se llena de un sonido nuevo, alegre y natural. Entonces, en la frontera morada que tiñe de día la noche, se produce la misteriosa avenencia entre ruido y sigilo, fundiéndose el desenfreno y la quietud en un abrazo. Solo la belleza de ese instante es capaz de obrar el milagro del indulto, el que se produce en la memoria de los vecinos, gracias al cual pueden seguir habitando los pisos el resto de la semana.
Sobre la confusión de los alborotados vecinos se oyó un coro: «¿qué pasa?, ¿qué ha ocurrido?, ¿quién está ahí?» Unas cabezas contestaban a otras de ventana a ventana hasta que cuatro o cinco personas salieron por las puertas de servicio para ver qué ocurría. Jaime del Portal fue el primero en auxiliarlo, seguido por alguien al que los nervios le hicieron gritar que un chico estaba malherido, que se llamase alSámurSeguidamente bajaron dos de las chicas que viven en el diecisiete, acompañadas por el vecino de rellano, un militar retirado. La centralita del112respondía a cada una de las llamadas recibidas que la ayuda iba de camino, pero solo a la señorita Galán, la más cercana a la escena, se le ocurrió decirles que se pasasen por el número cinco de la calle de El Rosario, que ella estaría en la puerta para indicarles la forma de entrar en el Patio; de lo contrario, no encontrarían el sitio.
En efecto, a los escasos cinco minutos, el carrusel de luces que anuncian las ambulancias rompía el aire dominical del barrio. Uno de los integrantes de la dotación se pasó a la parte trasera del vehículo para dejar sitio a la mujer que con aspavientos feroces les había dado el alto en mitad de la calle. Dieron la vuelta rodeando el jardín de Manuel Fraijó hasta pararse ante el número diecisiete de Coronel Sierra. No podían descender con el vehículo, la altura del acceso no lo permitía. Los sanitarios bajaron deprisa, como acostumbran a hacer en su oficio. Atravesaron a trompicones la diagonal del recinto, y se dieron de bruces con un grupo de personas a la espera. Seis figuras de pie miraban la escena de un desconocido llorando sobre el cuerpo de otro desconocido. Un poco más allá, otros dos atendían al chico que, apoyado en el capó de un coche, temblaba de miedo. El sonido de las voces fue dando paso a un rumor como de insecto atrapado que no puede salir del frasco, mientras la luz del día iba revelando la exacta magnitud de los hechos.
Los técnicos extendieron el cuerpo tibio y procedieron ligeros a desplegar un desfibrilador cuyos cables terminaban sobre el pecho desvestido. Iniciaron las maniobras de reanimación cardiopulmonar en un compás de treinta/dos; mientras uno le ventilaba aire sobre la boca y otro oprimía sin miramientos el esternón, el tercero gestionaba el funcionamiento del aparato. La central, alertada por el número de llamadas, había activado un protocolo de parada y envió unaU.V.I.móvil. Tras los minutos perdidos buscando la dichosa entrada, la avanzada hizo acto de presencia. El médico apenas pudo actuar porque la evidencia había desalojado toda esperanza. Un silencio monstruoso desató la suerte que creían atrapada.
Una hora más tarde de su llegada los chicos delSámurcubrieron el cadáver con unasirius, dejándolo a la espera del juez. Eran tres muchachos muy jóvenes, casi de la misma edad del asistido, que al desplegar el cobertor dorado constataban pesarosos el lado triste del voluntariado.
Aquel siete de septiembre, domingo, festividad de Santa Regina, no iba a pasar desapercibido en el almanaque de la familia Navarro. Pasadas las nueve de la mañana, una llamada de teléfono abasteció a los padres de Julio de una asignación de noches perpetuas cuando, al levantar el auricular, un funcionario les daba parte del hijo amado. El agente informó del procedimiento pertinente: debían trasladarse al Instituto Médico-Forense de Moncloa, pabellón siete, justo detrás de la Facultad de Medicina, y allí les indicarían las diligencias a seguir. No supo decirle dónde estaba ahora el muchacho. No dijo más.
—¡Antonio, Antonio, ven!
—¿Qué pasa?
—¡Es Julio! Está muerto. Julio, que está muerto...
—Pero ¿qué dices, Paula?, ¿cómo que está muerto? Será una broma, cálmate —decía el marido, mientras identificaba en el visor del teléfono el número que acababa de llamar—. Aquí no aparece nada, el último ha sido de mi madre; es de anoche, cuando habló contigo. A ver, ¿qué te han dicho?
A Paula le castañeaban los dientes y tartamudeó al transcribir la noticia. «¿Qué haces?», preguntó viendo que el marido tomaba el aparato.
—Pues telefonear a la policía, ¿qué quieres que haga?
El padre de Julio se enredó un buen rato entre llamadas a la Policía Nacional, Municipal y Emergencias porque los unos lo remitían a los otros, hasta que le confirmaron el aviso de ir a la Complutense. Cuando colgó el aparato, estaba pálido. Él y la mujer, al mirarse, estrenaron una gravedad que les acompañaría para siempre. Solo acertó a decir: ¡Vístete y vámonos!
Se pusieron la ropa con la prontitud de los mimos callejeros y salieron atropelladamente en la temprana mañana del domingo. Tanta prisa tenían que, al echar la llave, ninguno de los dos vio los querubines de espadas llameantes que habían aparecido en las jambas de la puerta
Tuvieron la suerte de encontrar un taxi nada más pisar la acera y llegaron rápido al recóndito pabellón número siete de la Ciudad Universitaria. Durante el trayecto dos monólogos se solapaban: «¿Qué puede haberle pasado?...». «Seguro que es una equivocación...». «¿Con quién estaba?...». «Anoche había quedado con Santiago y con Borja; creo que iban con Claudio y su hermano». «No sé, con los de siempre...». «Tal vez le ha sucedido algo a uno de ellos y ha habido una confusión...».
Se apearon del automóvil, aguijoneados por una sensación electrizante. Todo estaba desierto y solo se escuchaba el teclear de sus zapatos sobre las losetas mojadas del pavimento. Llegaron hasta la puerta enrejada, debajo del frontispicio de las letras metálicas que indican que uno está donde no quisiera estar. Llamaron al timbre y el celador de turno tardó un rato en abrir.
Un aroma peculiar salió a recibirles.
Preguntaron por su hijo diciendo que habían sido remitidos a ese lugar por la autoridad pertinente y el mismo tipo que les había franqueado la puerta, les hizo pasar a una sala pequeña con una mesa, tres sillas y un fichero de metal.
Indefinidos, miraban las paredes blancas y desgastadas en la zona de paso hacia la ventana. Se fijaron en el gran plano de Madrid que colgaba del testero, también en el monitor, el teclado, unos clips desordenados y un tampón oscurecido que estaba sobre su caja. Aquello parecía un sueño de esos en los que uno se sabe despierto. Entró un joven uniformado de verde bajo la bata blanca, indicándoles muy amablemente que podían sentarse; ellos denegaron con la cabeza. Paula agarraba el respaldo de una de las sillas como quien se coge al barandal de seguridad en una noria. El marido, a su lado, cruzó los brazos tratando de mantener atado el cachorro inquieto de la angustia. El hombre, que se identificó como auxiliar de autopsias, les ratificó el ingreso de un cuerpo que respondía a «Julio Navarro Canales, nacido en Madrid, el dieciséis de mayo de..., hijo de Antonio y de Paula...». Comunicó que había ingresado cadáver y ellos podían identificarlo antes de proceder a la necropsia que se le efectuaría enseguida. «Síganme, por favor», oyeron decir al sanitario.
Subieron a la primera planta, aunque solo el padre continuó.
El olor era claramente perceptible: química a base de cloro y timol con notas de naftalina.
Atravesaron un pasillo que a Antonio se le antojó larguísimo; un corredor blancuzco, iluminado por una fila discontinua de decrépitos fluorescentes en el techo.
El frío iba en aumento. A cada paso que el padre de Julio daba, le parecía a él que descendía un grado la temperatura. Finalmente, llegaron al Ártico.
«Sala de Autopsias», ponía en el lado derecho; en el izquierdo, una puerta entreabierta dejaba ver la batería de puertas metálicas donde se almacenan los difuntos.
Un hedor mostrenco lo impregnaba todo.
El joven alto, que llevaba gafas redondas, vestido del color de los quirófanos, se ausentó un instante. Cuando regresó lo hizo empuñando un carro del que sobresalía una silueta amorfa cubierta por un tejido de papel con los pliegues marcados.
Levantó cuidadosamente la sábana.
Antonio mantuvo los ojos cerrados. Los abrió soñando que no fuera Julio.
Lo era.
Pudo distinguir su boca en la ranura escarchada, y sus ojos pardos bajo aquellos ojales de torzal. Estaba desnudo. Parecía una caracola de nácar, de esas que el mar saca a la orilla cuando se han quedado vacías. Al mirarlo allí, tendido del color de la espuma, comprendió que acababan de sellar en un saco todos sus días venideros.
Besó el cuerpo acostado para siempre, y al hacerlo la única imagen que acudió a su cabeza fue la de aquella mañana cuando, sentado sobre la encimera de la cocina, el mofletudo de estrenados dientes dijo:
—Papá, hoy hezoñadocontigo.
—¿Ah, sí?, ¿y qué has soñado?
—Hezoñado... ¡que te quiero!
El padre salió llorando.
Al verlo, la madre comprendió que el diagnóstico era definitivo.
La pareja se quedó de pie al inicio del camino. Ella cogió la mano del marido. Se miraron gratuitos. Y en sus desenhebrados ojos comenzó a tejerse la miserable orfandad que acababa de nombrarlos.
Antes de salir, un trámite más: tenían que firmar el acta de reconocimiento. Un garabato ilegible, hecho con manos temblorosas, dijo que sí, que aquel fue su hijo.
Las siguientes horas transcurrieron ajenas.
Los trámites burocráticos. Las llamadas familiares. La sorpresa. El entierro. Los lamentos. El nicho. La esquela.
Todo sucedió premioso y confuso, como si se hubieran quedado dormidos y acaso los muertos fueran ellos.
Al tercer día reinó el silencio.
Los padres de Julio eran unos casados como todos, con sus riñas y sus paces. Y, aunque no puede asegurarse que siempre los besos rebasaran a las recriminaciones, constituían un matrimonio con el ábaco del querer proporcionado. A partir de aquel momento necesitaron que algo les quitara la punzada continua que les había nacido en el ombligo, y se unieron entre sí como lo que eran: dos náufragos flotando en una charca vacía.
En las horas insomnes del duelo inmediato, bordaban un cañamazo de respuestas sobre qué pasó, cómo pudo ser, qué sentiría su hijo en el último momento. Anegados en lágrimas verdaderas experimentaban un escozor muy grande hasta que la desesperación absoluta se hacía presente; entonces se abrazaban fuerte y permanecían muy quietos, esperando que la furia del desaliento amainara y pudiesen volver a mirar con dignidad el hueco infinito que se había instalado en la habitación contigua. Por la mañana se levantaban como los supervivientes de una batalla: extenuados, famélicos, macilentos. Así un día tras otro. No podrían seguir mucho tiempo de ese modo; la vida se cansa de luchar consigo misma.
En la evolución del asunto influyó mucho la opinión de los allegados porque es sabido que no hay nada más fácil que ponerse en el lugar del otro cuando es al otro a quien le suceden las cosas. Unos, compasivos, les hablaron de sus propias pérdidas como si con ello Antonio y Paula pudiesen aminorar la falta de Julio. Otros, más taimados, preguntaban una y otra vez cómo había sido posible tal disparate, tan joven, tan fuerte, tan estudioso y buen hijo... era imposible; algo raro debió ocurrir, porque aquello era impensable. Y así, una y otra vez, hasta que alguien expresó sin cautela lo que muchos deseaban decir: «Yo, desde luego, denunciaba».
Querellarse se convirtió en un sonsonete ruidoso entre las horas del reloj. La duda comenzaba a perseguirles y, una vez recibido el informe oficial que determinó la muerte por «traumatismo cráneo-encefálico como resultado de una caída», a la desamparada pareja les fue naciendo un recelo monstruoso. Entre el eco de la venganza y el viento de la ira, se pusieron a imaginar otro orden en la suerte.
Y empezaron las sospechas.
El día de San Jenaro, Paula y Antonio acudieron los primeros a la cita concertada en el Vip´s de la calle Fuencarral. Santiago, con su padre, apareció enseguida y tras el saludo de rigor, anunció que Borja no iba a comparecer.
—Mira, te hemos hecho venir porque queremos saber qué pasó la noche que murió Julito —planteó la madre, saltándose todo preámbulo de cortesía.
—Ya os lo dije por teléfono. Habíamos ido a dar un paseo, como siempre. Quedamos con Luis, con Claudio y su hermano. Estuvimos por la avenida del Brasil, sentados en un banco. Luego entramos en un pub mucho rato, y fuimos a un parque que había por allí...
Aplicado en los estudios y constante en el deporte, el niño Santiago se acerca bastante a lo que se dice un hijo modelo. Es, eso sí, víctima de la demencia emulativa que genera esta sociedad, manía que le lleva a encajar lo ajeno de modo parecido a cómo el camaleón se asimila con las piedras. A Santi le horroriza ser diferente de los demás y actúa en consecuencia. Y como la mayor parte de la gente, lo hace al dictado de los malos hábitos, aunque no encuentre ningún gusto en hacer las tonterías que a veces ejecuta. Por eso aquella noche pidió permiso para llegar al día siguiente, se adentró en un distrito diferente del que solía, bebió lo que no deseaba beber, y bajó la rampa oscura. Él no quería. De hecho les dijo que no, que no entrasen por aquel embudo de tierra que amenazaba con resbalarlos; mejor que siguieran buscando la boca del metro y se fueran a casa. Pero entraron en el vientre del pez... Y desde entonces no duerme porque se le ha ido el sueño y cuando viene, enseguida le despierta el garlido de mil insectos hambrientos. Y empieza a vivir la misma escena: que se está divirtiendo en un tobogán larguísimo del que baja y baja, riéndose por las cosquillas que el descenso le hace en el ombligo. Luego cae, sentándose sobre una manta marrón con conejitos blancos que él mismo desenvuelve. Retrocede sobresaltado: dentro está Julio. Lo mira, lo llama y lo coge del cinturón, pero no puede moverlo. Entonces un enjambre de polillas espesa el aire abalanzándose sobre el bulto. Pierden sus antenas, las patas, los artejos, las alas polvorientas caen como una lluvia de harina manchada. Los insectos se transforman en orugas, larvas, rosones, que cubren el cuerpo del amigo. Él intenta espantar de Julio aquel hervidero de bichos, y no puede. ¡No puede! Y sale corriendo porque han comenzado a comérselo... Y corre más aun, gritando como un loco. Y se despierta muy asustado, con un sentimiento que antes no tenía y ahora tiene.
Paula y Antonio no dijeron nada.
Continuó la vigilia del balandro.
No rehacían el ritmo cotidiano de la vida porque el hijo estaba siempre presente llenando los volúmenes de la casa, las rendijas de la calle, los contornos del trabajo. Saber que Julio no recogería las gavillas a su tiempo producía en el padre un dolor insoportable y renunció a las costumbres cotidianas que hasta entonces llenaban su ocio. Paula pidió la baja laboral para poder dormir un descanso inducido y, en el tiempo indispensable que pasaba despierta, se la veía cavilosa, entretenida en deshacer el rosario de los días viudos enredados entre las uñas. Ambos experimentaban un dolor malévolo secándoles el corazón. Del mismo modo que en la hora de la alegría habían compartido generosos su dicha con los demás, ahora les ponía rabiosos no poder deshacerse de la amargura.
Porque la felicidad es populosa y los sufrimientos son desérticos.
Especialmente la madre se desvelaba marrullando razones que aliviaran aquella quemazón indefinida que le dolía por dentro. «¿Por qué a su hijo y no a otro? Con todos los accidentes que hay diariamente, ¿por qué le tuvo que pasar a él? ¡Qué injusta la muerte cebándose con ellos! ¡Y que no le suceda nada a tanto loco suelto como anda por ahí!». En esas andaba cuando la perspectiva de la culpa regresó a barrenarle el entendimiento. «¿Dónde murió exactamente Julio?, ¿por qué tuvo que tropezar de aquella manera siniestra?, ¿cómo puede producirse la muerte por una caída tan absurda?» Y una tarde ella misma necesitó ir al lugar del suceso.
La necesidad surgió en el cierre de una larga siesta. Al levantarse de la cama, buscó a Antonio, que miraba la televisión con los ojos cerrados, y le preguntó dónde estaban los papeles de Julio. Él le dijo que para qué los quería y ella, ansiosa, replicó que se los diera, que algo importante tenía que comprobar. El marido le pasó la carpeta del luto. Entre los folios que les habían dado la policía, el tanatorio y el juzgado, Paula leyó la dirección donde se produjeron los hechos: «Patio interior con entrada por la calle del Coronel Sierra número diecisiete». Coronel Sierra, Coronel Sierra... Trataba de buscar en su cabeza dónde había oído antes ese nombre.
—Antonio, ya sé dónde está esto. ¿No vive por allí Ana, Ana Ruiz? Sí, hombre, sí, mi amiga Ana, la periodista. ¿No te acuerdas?
El marido buscó la imagen de Ana en el desván de la memoria y recordó haberla conocido en una reunión de amigos, sentada en un comedor decorado con útiles de labranza.
—¿Es esa compañera tuya que colecciona cosas del campo? Ya me acuerdo. Quedé yo en llevarle el azadón del pueblo. Su casa estaba por el Palacio de Congresos, ¿no?
«¡Eso es!». Paula buscó nerviosa el número y llamó a la amiga. Al otro lado del hilo, Ana se ofreció solícita; quedaron para el día siguiente, festividad de San Jerónimo, a la hora vespertina de las tisanas.
La parsimonia con la que zanjó el padre de Julio la distancia que hay entre su dirección y la de Ana señalaba las reticencias que sentía ante la idea de ir al lugar de autos. Según se iban acercando, ambos sintieron un vuelco en el corazón al recordar la vez que habían estado allí; entonces eran felices. Nada más llegar, Paula llamó al timbre del portero electrónico y la periodista en persona bajó a saludarles. Después, transcurrieron dos horas intensas por donde las palabras bailaron el ritmo del espanto.
«No sé qué deciros», reconoció Ana, conmovida por el relato inicial.
—Cuando supimos dónde había sucedido todo no di importancia al sitio —comenzó a hablar Paula según volvía la amiga con una tetera humeante—. Pero ayer, no sé, tuve una extraña sensación, la necesidad de ver el lugar donde descansa Julio; donde se quedó, quiero decir. La calle Coronel Sierra está aquí cerca, ¿no?
—Sí, es la paralela a esta. El patio está ahí —dijo Ana señalando con la cabeza el pasillo de la casa—. Podéis asomaros a verlo; y, si queréis, bajamos. Yo esa noche no me enteré de nada porque duermo en este lado de la casa; pero al día siguiente, creo que era domingo, me despertó la señora de arriba para contármelo todo. Y luego vi al equipo ocho de la Efe abajo, grabando.
Un escalofrío siniestro minó las fuerzas del matrimonio, helándoles el cuerpo. Ana cambió de tema. Preguntó si se acordaban de la noche que estuvieron en aquel mismo salón, cenando, y la conversación derivó en el repaso por las andanzas de los compañeros del máster que las había unido. La anfitriona charloteó un rato sobre su trabajo en Televisión Española y la reunión se demoró en una frivolidad interesante que no interesaba a ninguno, hasta que la madre de Julio, dando un giro inesperado, preguntó: «Ana, si es un patio interior ¿por qué estaba abierto?».
—No sé, cuando yo llegué a este piso, ya estaba así; como ahora, sin cerramiento.
—Pero eso no está bien... Quiero decir, es una negligencia por vuestra parte, ¿no? Puede ser peligroso para vosotros mismos... Os pueden dar un susto —censuró Antonio.
—¡Claro que sí! Por lo que me ha dicho la vecina de arriba, que lleva mucho tiempo viviendo aquí, creo que hace años intentaron arreglarlo, y se propuso reponer la verja que hubo donde empieza la rampa de acceso, pero no consiguieron nada porque ningún portal quiso hacerse cargo de las obras.
—¿Te das cuenta? Si hubiese habido una puerta, mi hijo no estaría muerto...
La visita de los padres terminó. Habían ido para ver el Patio; Paula estaba resuelta a hacerlo. Ana fue con ellos hasta el sótano, donde de las tres puertas que hay, empujó la acristalada central, que apenas se entreabrió unos centímetros.
—Me parece que no vamos a poder, hay algo fuera que hace tope —dijo, asomando un poco la cabeza por la rendija abierta—. ¡Ay, siempre igual! Cuando se me cae alguna prenda, rara es la vez que no tengo que dar toda la vuelta para cogerla. ¡Cuánto imbécil hay!
A la pregunta de si podían entrar por otra parte, Ana dio las instrucciones precisas: salir del portal y, a mano derecha, rodear la misma manzana de casas de la que salían hasta llegar a Coronel Sierra, doblar la calle y, justo antes de la farmacia, verían un hueco sin portalón; por ahí se entra.
—Os acompaño —añadió la guía.
Ellos se negaron rotundamente, que bastantes molestias le habían dado. «Es mejor que vayamos nosotros solos», sentenció Antonio besándola. Ambos siguieron la indicación de Ana y enseguida llegaron a la boca del Patio. Un corto tramo, como un túnel, da paso a la cuesta que conduce a su interior.
—Yo creo que no deberíamos bajar. Vamos a dejarlo —dijo él.
—No puedo, Antonio, tengo que ver dónde murió Julio. Espérame, es solo un momento, tú quédate aquí o... espérame en esa cafetería —contestó Paula, señalando un local en la acera de enfrente.
—Es una tontería bajar ahí, no es más que un patio de luces. ¡No hay nada!
—Antonio, ahí murió Julio, ¿te das cuenta? No hace ni un mes anduvo por esta calle, bajó, y... no ha vuelto. Yo necesito saber dónde murió. No vendré más, pero ahora no me puedo ir sin verlo.
El marido, reticente, la siguió bajo el dintel, atravesando juntos un pequeño tramo oscuro y maloliente. Bajaron en silencio, muy atentos a cuanto veían. En una ventana estaba el rostro sonriente de Ana; la saludaron con la mano y ella se retiró. Se fijaron en los edificios, con sus hileras de cuerdas para tender. En cada línea de planta había cuatro balcones rellenos de armarios, cubos, cajas y alguna que otra escalera plateada, clara señal de que allí abrían las cocinas.
—Parece que los vecinos no se llevan muy bien. Fíjate, han pintado unas fachadas sí y otras no —comentó él señalando alrededor con la barbilla.
Cuando bajaron la mirada a ras del suelo, los automóviles parecían animales metálicos entre los que apenas cabía un cuerpo delgado; la pareja no tuvo más remedio que frotarse con aquellos insectos de chapa, ensuciándose al hacerlo. Observaron las puertas soeces de los locales y las de acceso a los edificios, de hierro marchito y cristal, entendiendo la dificultad que habían tenido antes para salir al Patio; la de Rosario Tres estaba trabada con una moto. Llegaron al extremo opuesto del recinto, bajo la tapia que lo separa de los jardines adyacentes, y, desde esa perspectiva, quedaron sobresaltados, porque en el amplio frontal ciego del lado oeste se abrían decenas de boquetes maliciosos, huecos adúlteros que a la luz del atardecer toman el aspecto de un palomar desahuciado. A Antonio le fascinó aquel mapa de isobaras bisiestas que tenía ante sí. Los ventanucos, irregulares, dejando entrever en su interior perfiles de aluminio, parecían impactos de cañones. En algunos puntos del lienzo se veían cavidades mayores, por donde asomaban aparatos de aire acondicionado, como jaulas que albergasen animales invisibles o asadores siniestros. Ante el paisaje abstracto que los agujeros creaban, no siguió a su mujer. De repente, la oyó gritar: «¡Antonio, Antonio!». Llamaba angustiada; como angustiado quedó él al dirigir la mirada sobre la tierra pecienta. Junto al neumático embarrado de un Seat, yacían los restos de unas flores rojas; claveles que alguien había dejado en memoria del chico muerto. Se paró el reloj mientras el cuerpo tembloroso de Paula recogía los desguazados pétalos. Luego, Antonio la tomó por el codo y regresaron a la realidad por otro sendero descabellado.
Al marcharse, vieron cabezas a la altura de una planta tercera que les observaban, y un fantasma les pareció que movía las cortinas al trasluz de un primero. Una figura como de hombre salió del taller mecánico con una regleta en la mano preguntando insolente que si buscaban algo. Él negó con la cabeza y el otro replicó que por ahí no se iba a ninguna parte, que allí no se podía estar porque aquello era un patio particular.
—¿Dónde dice que sea Propiedad Privada? —replicó Antonio.
—No hace falta que lo ponga en ningún lado. Esto es nuestro y aquí no se puede entrar más quepa’trabajar. ¿Quieren ustedes algo? Pues lo piden, peropa’husmear, se van a otra parte.
—Oye, a ver si son de la tele —escucharon reír una voz desde dentro.
En ese momento el padre recobró la consciencia y cuando cogía aire para contestarles lo que nadie les había dicho jamás, Paula le tiró de la manga: «Vámonos, Antonio, que son unos animales»
—Señora, la he oído, a ver si tenemos un poquito de respeto, que yo no la hefaltao.
Ella le miró como se mira a un guijarro, teniendo, como tenía, el pensamiento en otro lado.
Al enfilar la rampa para salir, el marido le puso el brazo sobre los hombros. «¿Qué piensas?», preguntó ella. Antonio respondió que, en ese preciso instante, se estaba acordando de sí mismo cuando, monaguillo en la iglesia del pueblo, recitaba el credo católico:
—...La resurrección de los muertos y la vida eterna —suspiró con tristeza—. ¿Y tú?
Paula le miró de reojo y no dijo nada.
No pudo.
Pensaba abrir un proceso judicial a aquel hatajo de hijos de puta que permitían aparcar sobre la fosa abierta de su hijo.
Parece mentira la cantidad de cabecitas que se asomaron la madrugada de aquel domingo y las pocas que se habían enterado de algo. El «boca a oreja» fue ejerciendo función informativa toda la mañana, y muchos se hicieron de nuevas preguntando ingenuamente qué había ocurrido, cómo había sido, cuál era el problema. El vecindario se descubría ignorante del asunto, porque resultaron gozar de un sueño tan profundo que contradecía completamente sus continuas quejas por el ruido callejero. Lo más que dijeron era que sí, que les parecía haber oído unas sirenas, pero que era normal en estos días. Algunos vecinos fueron interrogados directamente por la policía en su labor indagatoria. En un primer momento consultaron a las personas que permanecieron en el Patio mientras estaba tendida la víctima y, luego, sobre las ocho, una pareja de agentes nacionales se dirigió piso por piso al número cinco de la calle de El Rosario preguntando qué habían visto la noche anterior, si conocían al muchacho, habían oído pelea y cosas similares.
De la empresa Suministros EléctricosS.A.y del local de las puertas azules, así como del Estudio de Arquitectura y de la peluquería, al estar cerrados los festivos, nada pudieron sacar. En uno de los primeros sí que les atendieron amablemente. La señorita Galán y su madre, muy afectadas por el incidente, les hicieron pasar al salón de su casa y declararon que oyeron voces desconocidas pidiendo socorro a eso de las cinco de la madrugada; sobre todo Amalia, que fue la primera en despertarse, se asomó por la ventana de la cocina y vio dos chicos en el suelo y otro apoyado en la tapia hablando por un móvil. Ella misma llamó de inmediato al112, y bajó acompañando a la dotación sanitaria. Se quedó un poco y luego subió porque allí no hacía nada. No, no los conocían.
El inquilino de enfrente, el del primero izquierda, poco más aportó; también le despertó el ruido de las alarmas; estuvo un rato de testigo y regresó enseguida; tampoco conocía la identidad de los chicos.
Con los vecinos del tercero izquierda las dos criaturas uniformadas aparentemente tuvieron más suerte, no por la información en sí, que no contribuyó a nada, sino por la desmesura explicativa a la que fueron sometidos. Raimundo Riachuelo, de profesión joyero, y su esposa, Macarena Capellanes, les tuvieron media hora larga bajo el quicio de la puerta haciéndoles un listado de quejas que les puso la cabeza como un globo. Que si ellos eso lo veían venir. Que cómo estaba la zona. Que cuando llamaban a la policía por el ruido y las molestias, ellos no aparecían... Que si patatín, que si patatán. Sobre todo Macarena, con los tacones puestos, era un motor a reacción soltando por la boquita quejas y suspiros.
—¿Han visto ustedes algo? —preguntó el uniformado, aprovechando un instante en el que la señora cogía aire.
—¿Nosotros? Nada, ¿qué habíamos de ver, si dormimos en el otro lado? —respondió seriamente aquella mujer inmensa.
—Bueno, pues muchas gracias —se despidieron veloces, antes de que volviesen a la carga aquellos dos ejemplares.
Los de más arriba repitieron lo mismo; incluso despertaron al profesor universitario del cuarto derecha, quien verdaderamente permanecía al margen de todo lo sucedido, porque abrió la puerta vestido con las calzas de Florisando.
La policía evacuó como pudo los coches que estorbaban para hacer las diligencias y después pusieron la cinta blanca y azul que se coloca en estos casos. A partir del mediodía desfilaron algunos curiosos por la parcela señalizada. Miraban el lugar alarmados unos, airados otros, porque más que nunca aquel desalojo ponía de manifiesto el deterioro de aquello, con toda la humedad de la tapia adentrándose hacia el local de Domingo Escolar, el que está justo debajo de la peluquería de Cristina.
Lo que el diario trasiego de automóviles impedía ver, quedaba de manifiesto. El suelo de aquella parte se había convertido en la piel de un reptil gigantesco que fuera a despertarse de un momento a otro. Por efecto de la erosión, el hormigón original se había resquebrajado y, suelto en piezas que se solapaban unas con otras, dejaba algunas casi verticales, como hojas de cuchillo dispuestas para un crimen. Allí, delante de las puertas azules del antiguo garaje, se había quedado Julio; una mancha como de lombarda cocida señalaba el lugar exacto.
Ese mismo día los habitantes del Patio pudieron ver a unos hombres midiendo aquí y allá el entorno donde el chico quedó caído, tomaban fotos y apuntaban notas en una carpeta. A la hora de la sobremesa llegaron también tres jóvenes con una cámara grande al hombro; tocaron en las puertas de los locales, que estaban cerradas. Miraron alrededor sin dar con nadie. Tan solo Macarena, la mujer del joyero, avizora desde el balcón, se apresuró a recoger la ropa que pendía en las cuerdas, no fuera a salir en la tele la intendencia chivata de su colada.
Don Sérvulo Martínez, uno de los propietarios del número tres de la calle de El Rosario, con la barra de pan envuelta en los periódicos, fue el primero en bajar pasadas las once de la mañana. Se le unió Raimundo, el joyero, y Manuel Pinto, propietarios en el portal contiguo.
—¿Habéis visto lo que ha pasado esta noche? —preguntó el más joven de los tres.
—¡Como para no enterarse! No eran las seis cuando me despertó mi señora porque había oído una sirena. ¡Menudo susto! Pensamos que era algo peor, que se quemaba la casa o algo así... —respondió el señor Riachuelo.
—Yo no me enteré de nada, fue mi sobrino el que nos llamó a la puerta contándonos el jaleo, que si no, ni me despierto. Cuando yo cojo el sueño... —reconoció el del pan.
—El Sámur estuvo un rato largo intentando reanimarlo, pero nada. Había otros dos chicos con él. A uno lo tuvieron que atender los mismos sanitarios porque no paraba de llorar; daba pena oírlo. Debían de ser muy jóvenes. Se fueron con la policía. Enseguida vino el juez, un señor mayor; le destaparon el cuerpo, y se lo llevaron como a las ocho.
—Y ahora, ¿qué va a pasar? —preguntó Manuel mientras se alejaban.
—¿Qué quiere que pase? Nada.
—¡Hombre, algo tendrá que ocurrir! El chico ese se ha matado en nuestro patio, debajo de nuestras ventanas...
—Pero si aquí entra cualquiera, ¿no ve cómo está todo? —voceó Sérvulo con desprecio—. Raro es que no haya pasado antes...
—Desde luego, llevamos un par de años que la cosa se está poniendo tremenda. Hay noches que ni con la doble ventana conseguimos dormir.
—Claro, vosotros además tenéis el parque... —asentía el joyero.
—Lo que hay que hacer es cerrar la entrada y controlar el acceso al patio; eso es lo que hay que hacer. Lo llevo diciendo mucho tiempo —proclamó el del pan, con un pie en el inicio de la cuesta.
—Ya se intentó una vez, si mal no me acuerdo; recién llegado yo aquí, cuando se cayó un árbol que había en aquel lado, y nadie quiso llevárselo, ¿os acordáis? Al final no sé quién pagó, lo trocearon y desapareció. Entonces, me acuerdo de que se dijo de arreglar un poco todo esto y reponer el cierre que debía haber cuando se construyeron las casas, que yo no lo he llegado a conocer aunque algunos sí dicen que lo hubo. ¡Pero nada, no se hizo nada! Empezando porque el señor de aquí se niega en redondo a que le pongan un cierre al hueco este —contó Riachuelo, señalando el piso que estaba justo encima de la rampa de acceso—. Entonces lo dejó muy clarito y supongo que sigue opinando lo mismo.
—¿Por qué?
—No sé, siempre ha tenido muchos problemas con el taller de enfrente. Ahora hace tiempo que no se le oye, pero antes eran famosas las riñas con el mecánico y, como los coches que entran aquí son mayoritariamente del taller, pues él siempre ha mantenido que no paga lo que los otros destrozan, y no va a poner una puerta para que no sirva de nada. Si nos paramos a pensarlo, razón no le falta... —continuó el otro bajando la voz.
—Eso es verdad, el taller este no da más que problemas. No sé cómo no se ha denunciado ya.
—Porque lleva toda la vida. Además, aquí aparcan los coches que les da la gana, no todos son del taller. Mirad ese y ese. —Sérvulo señalaba un Mercedes gris lleno de lamparones y un Seat Ibiza de color vinoso—. Seguramente son robados porque llevan tres o cuatro años clavaditos en el mismo sitio, fijaos cómo están. Creo que Pepe, el del taller, ha llamado para que se los lleven y han dicho que no podían porque no han sido reclamados, así que ahí están y ahí se van a quedar. La culpa es de la entrada, si hubiera un cierre, la cosa cambiaría. Hay que poner un portón ahí arriba; se paga entre todos, se le da una llave a cada local ¡y listo!
—¿Por qué a los locales y no a los vecinos? Al fin y al cabo tenemos el mismo derecho a aparcar que ellos, yo dejo el coche aquí cuando puedo —objetó Raimundo.
—Además, si dejamos el patio para los locales, se van a adueñar de todo. ¿Quién le dice a usted que no construyen una caseta en medio, por poner un ejemplo? —sentenció Manuel Pinto.
—¡Esto se tiene que arreglar! Soy el presidente de mi comunidad y voy a meter mano en este asunto, porque esto no puede seguir así. Tenemos que hacer algo, que lo de esta noche no se puede repetir —concluyó Sérvulo, empuñando el pan con la dos manos.
La conversación de estos tres fue seguida por más de una cabeza agazapada: el mismo convecino mencionado por su hostilidad a cerrar la entrada, el militar retirado don Julián de la Torre, que habita en el primero izquierda de Coronel Sierra Diecisiete.
—Estáis listos si creéis que vais a ponerme una puertecita debajo de mis narices. ¡Cabrones, que sois una panda de cabrones! —se decía a sí mismo, siguiéndoles la pista de una ventana a otra.
—¿Qué ocurre? —preguntó su esposa al verle el perfil pegadito a la persiana semicerrada.
—¡Que están hablando de lo de esta noche!
—Te van a ver.
—¡Cállate, coño, y vete a la cocina!
El lunes siguiente, ocho de septiembre, tanto el taller como las otras dos empresas con sede en los sótanos del Patio supieron que algo había ocurrido nada más percatarse del espacio vacío al fondo del recinto. Que aquel estacionamiento gratuito ofreciera tanto sitio era una cosa tan inaudita, que por fuerza la extrañeza se apoderó de Francisco Almansa, el dueño de LimpiamarS.A., y del encargado de Suministros Eléctricos. Ambos hombres, que solían coincidir en la hora de llegada, se bajaron de sus vehículos preguntándose el motivo de aquella llanura sin coches. El más joven se acercó.
—Algo debe de haber ocurrido porque hay una cinta de la policía en el suelo —dijo de regreso.
—¿Cómo una cinta de la policía? —preguntó el otro, desde el asiento de suBMWnegro.
—Sí, ya sabes, esas que ponen para acordonar una zona cuando pasa algo. Hay unas flores también; un ramo de claveles, creo. No sé, a mí esto me da muy mal fario.
En ese momento, don Raimundo Riachuelo, saliendo por la puerta de servicio de Rosario Cinco, saludó con la cortesía acostumbrada y los puso al corriente del hecho que había sucedido el día anterior.
—¿Y ahora qué hacemos?, ¿es que no se va a poder aparcar ahí? —preguntó el empresario de la limpieza, completamente consternado.
—¡Hombre! Tú haz lo que quieras, pero a mí no me parece muy correcto dejar el coche encima de donde ha muerto una persona. Además hay una mancha, seguro que es de sangre. Yo casi prefiero dejarlo en la calle y pagar —se oyó decir al empleado, un hombre joven vestido con vaqueros y chaqueta de sport.
—¡Vaya fastidio! —resopló el otro muy contrariado.
Riachuelo, que iba para su joyería, les ofreció quedarse con el hueco que dejaba al marcharse, oferta que cogió al vuelo el del coche negro, iniciando una maniobra de ingeniería aeronáutica para, sin salir del patio, ocupar el lugar del que se iba.
María Centeno y Amalia Galán habitaban en el número cinco de la calle de El Rosario. Tenían poco más o menos los mismos años y crecieron a la par, aunque nunca llegasen a jugar juntas, ni compartir escuela, facultad o amigos, porque desarrollaron dos maneras de estar en el mundo muy distintas; y del mismo modo que la del primero derecha disfrutaba el destino de las amas de llaves, María, la del segundo, se hospedaba en la vida con el ajetreo de la natividad continua. Desde niñas fueron vecinas y, a medida que les crecieron los huesos, de los saludos en el portal pasaron a conversaciones dilatadas donde cada una fue entrando en los zapatos de la otra. El proceso fue muy lento porque durante los primeros años la familia Centeno paró poco en el piso, comprado para almacenar muebles más que otra cosa, liados como estaban en su quehacer teatral de uno al otro confín; entonces María pasaba el curso con su abuela materna en la casa de Arturo Soria; poco la veían, pues, por la calle de El Rosario. Luego, ya universitaria, coincidiendo con la ampliación de la vivienda y la estabilidad laboral de los padres en el circuito teatral madrileño, la familia se dispuso a vivir de un modo más o menos permanente en el barrio, en compañía de Guadalupe, la fiel criada, secretaria, enfermera, y más que amiga, hermana. Pronto, incorporada María al trabajo escénico, comenzó a alejarse del nido familiar. Un día, se le ocurrió encomendar a la de abajo una sutil vigilancia hacia los envejecidos padres; fue algo puntual coincidiendo con una gripe o algo así. El caso es que Amalia accedió encantada porque siempre le gustó subir a aquel piso tan distinto del suyo. Poco a poco enraizó la costumbre de llamar, preguntarles cómo se encontraban, ser invitada a sentarse junto al piano y escuchar una piececita o una anécdota singular del pasado.
Amalia Galán no era de amistades. Su retraimiento natural la hacía candidata a una soledad sin complejos que le era muy agradable porque en ella alcanzaba el sosiego del tráfago diario. María tampoco disfrutaba de la amistad sincera; lo achacó siempre a la profesión de los focos, que impide relaciones fiables porque la persona en quien puedes confiar en un momento dado pasa a ser tu contrincante de la noche a la mañana.
—¡Esta es una profesión llena de rivales! —clamaba a menudo la actriz.
—Como todas —solían responderle.
«No, como el resto no. Porque si un fontanero tiene un conflicto con un colega, rompen, o se tiran los platos a la cabeza, ¡y en paz! Nosotros tenemos que disimular por mucho que nos duela, porque antes o después vamos a tener que vernos las caras y seguramente representar una buena amistad, o un amor apasionado... Aquí no se tienen amigos». Así confiaba María sus temores a Amalia las contadas ocasiones en las que se juntaban para charlar, porque, si bien ella iba regularmente a casa de los Centeno, raramente coincidía con la viajera. Recién sucedido lo del Patio, quedaron un día para tomar el café. «Pero en casa no, mejor fuera, que necesito airearme un poco», propuso la actriz. Se fueron al centro comercial que hay frente al Palacio de Congresos donde, en una mesa discreta, María de espaldas al público, pasaron una tarde de lo más agraciada.
—Esta semana terminó el rodaje de la serie. ¡Qué horror, Amalia, pensé que no acababa nunca!
—¿No te gusta? —preguntó la amiga con sorpresa.
—¿Gustarme? Es horrible, un tostonazo de padre y muy señor mío. Pero esto que no lo sepa nadie, ¿eh?, y menos papá, que por no verle la sonrisita que pondría... Yo le he dicho que ha sido apasionante.
—Empezaron a echarla en la tele la semana pasada y no pinta mal. A mi madre le encanta y tú estás muy guapa. ¿Cómo acaba? Anda, dímelo, que no se lo cuento a nadie —inquirió Amalia sonriendo.
—Solo te puedo decir que yo no he renovado el contrato. No podía. El personaje era inconstante y el conflicto variaba de un capítulo a otro. Al principio yo soy muy buena y de repente resulta que soy la intrigante de la familia. ¡No era creíble! Yo no hacía más que decírselo al director: «Paco, que no puede ser, que Bibiana tiene un comportamiento y una trayectoria vital a sus espaldas...». Y él, que no importaba, que yo siguiera el guión. Y yo, claro, a lo mío.
—Pues me da que va a ser un éxito.
—Eso me temo, que encima no voy a poder ni salir a la calle. Porque ahora la gente es muy poco respetuosa. ¿Pues no estoy el otro día en el Armani de Ortega y Gasset y se me acerca una señora, me toma del brazo, me da dos besos y empieza a ponderarme lo mucho que me sigue? ¡Y que me fuera con ella a merendar porque había quedado con unas amigas en Embassy y no se iban a creer que me había visto! Oye, que me tuve que poner seria porque aquella lapa se había propuesto que yo le adornase la mesa...
Ambas rieron de buena gana. «Y a ti, ¿cómo te va?», preguntó María.
—Bien, pero tengo mucho trabajo. Este curso me han dado todas las filosofías de bachillerato y la religión de cuarto; y ya me han avisado de que si obligan a lo de Educación para la Ciudadanía, tendré que coordinar los contenidos a impartir. Luego están las actividades extraescolares que continuamente organizan para tener a los chicos entretenidos fuera de casa... ¡Más horas!
—Pero ¿tú estás contenta?
