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"El nuevo libro de Francisco Marín-Naritelli El Perfecto Transitivo, es un libro casi objeto, que deambula por la narrativa, la poesía, las imágenes que deconstruyen la linealidad de los relatos y micro relatos literarios hasta convertidos en pensamiento y síntesis. El libro nos inserta en un paradigma psico-mental que atraviesa la estructura que conocemos como tal porque rompe el pulso, quiebra el eje lírico y cae en lo inesperado. Lo caótico está pulcramente ordenado dentro del sacrificio y la expiación. Dejando traslucir los sentimientos humanos más primitivos y sublimes. Habla de un otro que comulga con el olvido, el deseo, la moralidad, lo surreal, es un libro circular, compuesto de ciclos, estaciones y pausas. Sabe del peligro de hurgar, de lo peligroso que puede ser escribir, llegar a las raíces del mar como Lispector." Alejandra Coz Rosenfeld"
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Seitenzahl: 112
Veröffentlichungsjahr: 2021
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©Francisco Marín Naritelli EL PERFECTO TRANSITIVO Primera Edición de 500 ejemplares: agosto 2019 Editor de colección: Rodrigo Peralta Diseño y diagramación: Ediciones Filacteria Dibujo de portada: Alex Carreño Corrección de estilo: Sofía Miranda Reg. Prop. Int. Nº: 305.041 ISBN: 978-956-9896-31-6 E-mail: [email protected] Web: www.edicionesfilacteria.cl www.facebook.com/Ediciones Filacteria www.instagram.com/edicionesfilacteria/ Contacto del autor: [email protected] Ediciones Filacteria SpA / Santiago / Chile
A la Cony, por su visualidad exquisita.
A Cathy y Alex, por la edición y las ilustraciones, pero por sobre todo el cariño.
A Rafa, porque la fantasía no es diferente a la realidad.
«Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que está oculto, pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas en las profundidades del mar».
Clarice Lispector.
«Un día seremos leyenda. Mientras tanto seamos felices. Llegó la noche y aún estamos vivos».
Jorge Teillier.
Valparaíso, 26 de marzo de 1907.
Soy Émile Dubois, aunque mi verdadero nombre es Louis Amadeo. Se me acusa de asesino y probablemente lo soy.
Pero no pertenezco a la casta de los vulgares o mentecatos, menos a la de los mercenarios. Soy, más bien, un ejecutor, un libertario. Como dice Hamlet con voz perentoria: «¿Qué es mejor para el alma, sufrir insultos de fortuna, golpes, dardos, o levantarse en armas en contra del océano del mal, y oponerse a él y que así cesen?».
Morir es un acto de realidad. Y mis manos trituran hombres. Hombres de vida corrupta, estafadores, calaña miserable, los que desfalcan al pueblo con sus prebendas, confinándolo a cuchitriles sombríos. Ricos burgueses que vilipendian la dignidad de esta raza morena. Explotadores capitalistas que desdeñan el esfuerzo de miles y miles, los innombrados, los pobres.
¿Por hacer justicia acaso alguien podría condenarme? ¿Por no ser inmune a la corrupción moral de los usureros? ¿Acaso vale más alguno de estos que la mujer de manos callosas y frente sucia? Mi mandato es de ustedes. Vox populi, vox dei. A Ernesto Lafontaine le abrí el corazón con una daga. A Tillmanns lo hice pedazos con laque y puñal. A Gustavo Titius le cercené las manos. A Isidoro Challe, seis puñaladas coronan su vientre. Trabajo riguroso, higiénico, indispensable. La sangre espesa y turbia de los fariseos es la tinta más noble de la justicia. Hoy como nunca aquella palabra tiene sentido para mí y para ustedes: la justicia hoy, por fin ha acontecido.
Pero leerán la crónica roja. Aceptarán, por cierto, la infamia de la clase dirigente. Me tratarán de bestia sedienta o hiena enloquecida. El chacal sodomita del puerto. Ya me los imagino, con sus caras regordetas y sus trajes finos, apuntalando la satisfacción que les producirá mi fusilamiento. No importa. No me arrepiento. No han triunfado. Mi muerte no es vuestra conquista. No podrán amilanar mi espíritu. En mi corazón los caballos recorren furiosos, los dominios del siglo que recién comienza.
No es posible para mí falsear aquella emoción de muerte. Me gusta sentir esa fuerza liberadora, no lo dudo. Porque cada uno de mis actos proviene del más profundo amor. El amor a mi madre iracunda, mi herencia. El amor a esta ciudad, Valparaíso. Soy de aquí aunque nací en tierra extranjera. Soy la noche. El puerto. Las calles estrechas y empolvadas. Hasta aquel olor sanguinolento por las tardes. Soy este mar bravío, enhiesto. Soy cada una de las laceraciones de Cristo. Porque también soy un creador ¡Oh Dios! Hijo de Tánatos, mi boca profiere la severidad de la carne desnuda, cortada, escindida. ¡Qué belleza!
Ahora respiro. Sí, respiro. Tomo quizás la última bocanada de este aire libre y fresco. Mi corazón se detendrá en pocos minutos, acribillado, pero en este momento de la historia miraré fijamente la eternidad más allá de los ojos oscuros de mis ejecutores. De frente, indomable, porque mi sangre será la memoria y botará ceniza por los poros de mi estirpe.
Señores, me han declarado en total exclusión, con aquella definición que solo un tipo como yo podría utilizar: moro, diablo, comunista. Todos los males. La suma de ellos. Jamás las restas. Ahora deberé huir de ese rostro, mi rostro, porque el que se blande cada día, no es más que la fachada de ese otro, más ignoto y peligroso. De ese rostro hay que alejarse, desganarse, tener cuidado. En los liceos de número, también en las escuelas de nombre inglés, francés o italiano, se enseña a no portar ese rostro. Si se pudiera establecer por iniciativa legislativa, de seguro nuestros hábiles y astutos políticos le harían el favor a esa señora bien cuidada que no quiere hijos malhechores en su propia casa.
No es nada ilegal para mi desgracia, pero el rastro del rechazo se asienta en cada mirada pública, en cada garrotazo de los contertulios. Caigo en una espiral de autolamento. Busco definiciones posibles, ciertas seguridades. El espejo sabe de estas cosas. Me observo detenidamente como estatua. Muchos otros han observado, buscando respuesta en ese rostro, pero no encuentro en ese rostro, que es el mío, alguna respuesta. No. No es nada de eso. Viene de otros lados, en esa maraña de posibilidades inconexas que se desprenden del colchón y de la almohada a punto de caer al suelo. El espejo solo captura corporalidades, no intenciones.
Ahora, que me hallo sin respuestas, me resulta imposible asociar la acción que se me achaca con aquel recuerdo que podría esclarecer tantas dudas. Estrujo la mente. Aprieto, como se dice, la memoria. ¿En qué momento? ¿Bajo cuáles circunstancias?
Releo algunos emails pasados.
Busco, digamos, pistas. Cualquier pista.
En realidad nada tiene que ver conmigo, me justifico. Ella se equivocó y esto es un anagrama. Se culpa a Arare rus Dei dignus y no a Andrés, pero Andrés es mi nombre. Quizás a otro Andrés. Quizás a muchos Andrés. Muchos Andrés hay en el mundo, no tanto en Chile, pero sigue siendo una proporción considerable.
No, señorita, yo soy su amigo y diga lo que diga no me creerá. Su escepticismo es mi condena. ¿Qué podemos hacerle? Es un asunto de confianza, el nudo de la amistad se ha roto por uno de sus bordes. Usted no confía en mí y punto. Siga por su camino, porque yo seguiré con el mío.
Pero me duele. Soberana desdicha es la que me embarga. Ella no me cree. Lloró, pero no me cree. Se tapó el rostro con las dos manos. Sí, exactamente eso pasó. Ella lloró y se acabó la amistad. Quería invitarle un café, pero se fue. Se fue golpeando la puerta. Se fue y es definitivo.
Por un momento pienso que ella tiene razón. Quizás se produjo un desquiciamiento temporal a causa de un motivo, a toda vista, desconocido. Quizás la misma cámara estenopeica que es la vida, ha querido fundirme en negro, en paralelos negros. O más simple: quizás el trabajo, el metro, la ciudad. El trabajo agotador de ocho a ocho. El metro atiborrado en horario punta y no tan punta. La ciudad de la furia o la ciudad que desaparece.
Ahora el teléfono celular está vibrando. Contesto con voz temblorosa. Lo que ocurre en este minuto no es fácil de contar, está lleno de imprecisiones. Ella se pone como la ofendida y yo como el ofensor. Ella me vuelve a pedir explicaciones y yo me callo. Ella se calla y corta.
Tengo rabia, mucha rabia. Confirmo: en realidad nada tiene que ver conmigo. Nada. Porque aceptarlo sería contraproducente, hasta suicida. También improbable. No podría traicionar mis principios, aunque estos nunca fueron grandes fundamentos: no mentir, simplemente. Había dejado de creer en el Altísimo durante la juventud, y había dejado de creer en mis padres hace menos tiempo, pero mentir no estaba en mi catálogo de desilusiones.
¿Cómo puede ser posible? Según las clases del negro Romo, así le decíamos al profe de Filosofía, la verdad es una, indivisible y objetiva. Entonces, esto es simple. Simple oposición binaria: esto es mentira y lo otro, verdad. No cabe ni a nadie le convendría incluir, ni en diccionario o cosa parecida, una semi-verdad o semi-mentira. Como decir: dos cuartos de verdad o tres quintos de mentira. Mire, ella no está tan equivocada, lo que pasó fue ni más ni menos que un medio de verdad, o sea, un medio de mentira, así que no se complique, no es tan peor como una mentira a secas.
¿Y si todavía no ha sucedido, como en un sueño? Pasos circulares en una ciudad remota, con la mirada como esponja donde caen las lágrimas y las recriminaciones posteriores. Lo siento señorita, fui yo el causante de todo esto, pero como este es un sueño y usted no me escucha, porque sus odios son eternos, deberé visitar, en primer lugar, a mi oculista; luego al neurólogo, y si aún me queda cordura, recorrer esos pasillos de mi mente, para lograr despertarme de una vez por todas.
Pero esto no es un sueño, ni acaso. Y para ser justos, medianamente justos, sospecho de Gonzalo, mi amigo. Él algo tiene que ver en el asunto, claro, tiene que ser así. Habría que sumar razones. Habría que contrastar versiones. Dirán ustedes que no es bueno deslindar responsabilidades. Podrán decir, además, que amo las elipsis en esta historia. Podrán decirme muchas cosas, incluso borrarme, extirparme, diluirme. Pero sospecho de Gonzalo, cómo no, eso es una semi-mentira o una semi-verdad.
«Las cosas se fragmentan; el centro no sujeta; La pura anarquía recorre el mundo».
W. B. Yeats.
Nunca supe cómo comenzó todo ni por qué. La imagen que se me viene a la mente es la de una opacidad encabritada, algo así como una zona misteriosa, inasible, flotando en el aire. Pero de lo que sí estoy seguro es que no podré zafarme. Lo sé, estoy condenado.
4-6, primer set abajo.
Si no gano este partido, moriré. Así tal cual: moriré.
Soy jugador profesional de tenis. He ganado un par de campeonatos. Aunque mi carrera ha propendido a la baja, la verdad. Hace como dos años que el río del éxito fluye en sentido contrario. ¿Retirarme? Ha sido una posibilidad, pero a falta de lesiones graves e invalidantes, no hay ninguna razón convincente. Bien lo sabe Luis, mi entrenador. Lucho o Luchito o Locomotora (no me acuerdo el origen de este apodo), es de aquellos que tiene la palabra precisa, conciliadora. Y no hablamos de palabras pedigüeñas, todo lo contrario. Ese sutil encanto de la verdad matizada, permitía el análisis objetivo, reposado. Por ejemplo, cuando su anterior pupilo, el Máquina comenzó a tener una de aquellas malas rachas, donde la suma de todos los males no se encuentra en el cuerpo sino en la propia cabeza, el Lucho le dijo, no recuerdo exactamente, pero le dijo «sácate estos demonios de encima, tú puedes». Así el Máquina repuntó y ganó uno o dos campeonatos.
A veces me consuela el tono paternal de Lucho repitiéndose en mi mente: «¿Acaso Andre Agassi o Pete Sampras no tuvieron dificultades? ¡Los grandes astros también tienen sombras!».
No creo que sea mi caso, a toda vista. No soy ni Agassi ni Sampras y mi ranking ATP nunca ha superado el top 200. Fui la promesa del tenis chileno, pero ya en tiempo lejano, fantasmagórico, difícil.
Voy perdiendo 2-4. Segundo set. El marcador es desolador.
De pronto veo una silueta. Me vuelve el alma al cuerpo. Matías, mi gran amigo, allí está, alentándome. Vitorea, grita. Una especie de felicidad despinta mi rostro enjuto. Casi me puedo ver estallando en una risa histérica.
Mi oponente me mira extrañado. No he hablado de él, no importa. Pero se ve que el tipo es de aquellos jugadores que no perdona, que saca y volea, que tiene buen juego de pies. Se ha adelantado a mis ataques, ha adivinado mis movimientos. Está en otra velocidad. Perfecta concordancia mente-cuerpo. Eso me parece extraño, intrigante, aunque se me ha prohibido hablar más del asunto. Pero ahora me toca a mí. Siento una especie de calor que me envuelve. Mi cuerpo parece poseído en una seguridad impropia, todo lo contrario a la sensación de catástrofe que me albergó cuando recibí la carta amenazadora bajo la puerta de mi casa en La Reina. Debo aprovechar, 15-0, 30-0, 30-15, 40-15. Resultado final del juego: 3-4. Gano mi saque. Voy a empatar. Voy a igualar quebrándole el saque, qué mejor.
No es lo mismo llegar 4-4 después de defender el saque, que hacerlo después de quebrar el contrario. Puro efecto psicológico. Mi oponente parece desconcertado, duda. De vez en cuando se toma el pelo, gruñe. Luego lanza la raqueta en el 15-40. Break point.
Fue una jugada magistral: un drop shot desde el fondo de la cancha, imposible de responder para mi oponente. 4-4.
El público aplaude. En el tenis, a diferencia de otros deportes como el fútbol, las pasiones son selectivas, no generales. El concepto de fanatismo no aplica. No hay masa insulsa, sí cierta elegancia individual. Probablemente el público del tenis sea el más ecuánime y ponderado de todos los públicos deportivos, porque aplaude el buen juego, el talento, el tiro que parece imposible pero que, en ese preciso momento, como un cuadro incalculable, revela su magia absoluta, arrolladora.
El Lucho parece satisfecho con mi alza. Emocionado levanta las manos en señal de triunfo.
