El perfil (ES) - Jordi Brizo - E-Book

El perfil (ES) E-Book

Jordi Brizo

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Beschreibung

«Por favor, introduce tu perfil». Estas son las primeras palabras que escucha al despertar en la habitación blanca. No recuerda nada de su vida anterior, pero el programa Edén le anima a empezar de cero: ¿Cuál es tu nombre? ¿Cuál es tu edad? ¿Cuál es tu orientación sexual?... Descubre que está encerrado en un complejo creado para —en palabras de su anfitriona Artificial— satisfacer todas sus necesidades. Un entramado de salas y galerías con todo cuanto pueda imaginar y un sistema obsesivo de valoraciones, retos y recompensas. Las normas están muy claras, pero cuando las circunstancias lo empujan a romperlas, entiende por las malas que no hay nada de idílico en su limpio, blanco y perfecto Edén. Y que no se encuentra solo.

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Seitenzahl: 122

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Publicado por:

www.novacasaeditorial.com

[email protected]

© 2023, Jordi Brizo

© 2023, de esta edición: Nova Casa Editorial

Editor

Joan Adell i Lavé

Coordinación y portada

Edith Gallego Mainar

Cubierta

Gabriela Rey (@madameardent)

Maquetación

Elena López

Corrección

Raquel Horta / Marc Campos

Primera edición: 2023

ISBN: 978-84-18726-99-6

DL: B 2771-2023

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917021970/932720447).

jordi brizo

Índice

Agradecimientos

Dedicatoria

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

Epílogo

A mis padres por ponérmelo todo tan fácil. A Jordi Carbonell (Carbo, Fryluka musical) por ser mi lector Alpha y Omega, mi pre editor en las sombras y mi «amic per sempre, lailo lailo lai- lolá». A mi pareja Gise por acompañarme en la vida y durante todo el proceso de escritura, «T’estimo!». A la correctora Núria (Nusansu), por tu trabajo invisible pero indispensable. A mi editor Joan Adell, a mi coordinadora Edith Gallego, a las correctoras de las versiones en castellano y catalán, Raquel Horta y Clàudia Colom, a Gabriela Rey por el diseño de la cubierta, a la maquetadora Elena López y a todos los demás miembros de Nova Casa Editorial por todo el currazo que os habéis pegado para que El perfil viera la luz y diera su mejor cara. A todas mis amistades, que siguen a mi lado, aunque solo salga de casa una vez cada solsticio. A toda la comunidad de Instagram que me arropa y me permite un espacio de expresión y curas.

Gracias, gracias, gracias.

A Jordi Carbonell,

sin tu apoyo constante, nunca habría tenido la confianza

suficiente para emprender este viaje.

Suenan otra vez esas tres notas musicales alegres y, como en las diez veces anteriores, les sigue una voz masculina y robotizada que repite exactamente las mismas palabras.

«Por favor, introduce tu perfil».

Abro los ojos, pero no me muevo. Sé que volverá a repetirse en unos pocos minutos —aunque quizá sean segundos y el miedo me esté haciendo percibir el tiempo más lentamente—. Sea como sea, aprovecho ese momento de espera para volver a hacerme las mismas preguntas.

«¿Quién soy?», me digo, mientras intento desesperadamente encontrar algo en la oscuridad de mi cabeza.

«No tengo ni idea», me respondo por enésima vez, con la misma certeza terrorífica que las otras veces.

Aprieto los dientes.

«¿Dónde estoy?», vuelvo a preguntarme, aunque sé que no encontraré respuesta.

«¿Cómo he llegado aquí?», me digo, seguida de una peor: «¿Dónde estaba antes?».

Esta es nueva. Y tampoco tengo respuesta para ella.

Siento el tacto de las sábanas aún por deshacer bajo mi cuerpo desnudo. Ambos detalles no ayudan a tranquilizar mi corazón, que bombea por encima de lo que necesitan mis extremidades, rígidas por la tensión e inmóviles por el miedo. Dicen que, si cierras los ojos, potencias el resto de tus sentidos. En mi caso, cerrarlos me sirve para detectar el olor a limpio de la habitación. No es para nada el olor fresco y agradable de un lugar bien ventilado, más bien huele a limpieza de hospital o de supermercado a primera hora. A limpieza química.

¿Estoy en un hospital?

Abro los ojos de nuevo y contemplo el techo blanco.

«Por favor, introduce tu perfil».

La voz suena después de las insufribles tres notas musicales y parece provenir de una pantalla grande situada en una esquina superior del cuarto, donde aparece un cuestionario para rellenar. Me incorporo sobre los codos. En la pantalla surge un emoticono sonriente y, curiosamente, eso me tranquiliza.

Me siento descansado, en forma y con las articulaciones bien engrasadas. No tengo marcas ni heridas en la piel. Acaricio mi vientre, miro mis brazos, delgados y de antebrazos fuertes. Contemplo el vello que hay en ellos, observo mis manos y sus arrugas, muevo los dedos. Me toco la cara: el mentón, que raspa; los pómulos, angulosos; las cejas, que parecen gruesas; y mis ojos. ¿De qué color serán? Me paso los dedos por la cabeza. Tengo el cabello rizado y corto. Rígido. Pongo los pies en el suelo y el frío de su tacto me centra y me serena. Sigo en blanco, pero la habitación no me transmite peligro. No parece un lugar en el que vayan a hacerme daño. No de forma inmediata, al menos.

No es como si fuera a entrar un loco con una motosierra, vaya.

La habitación es un espacio blanco y homogéneamente iluminado. Es tan blanco que cuesta percatarse de donde termina el suelo y empieza la pared. Hay un par de armarios empotrados, apenas distinguibles, una mesa blanca con pantallas táctiles y unas estanterías vacías. Solo hay una nota de color, una planta. Un cactus, de hecho. De esto sí me acuerdo, de los tipos de planta. Me siento como si llevara solo el kit básico, recuerdo como se llaman las cosas, puedo razonar correctamente, moverme con fluidez..., pero soy incapaz de saber quién soy o dónde estaba antes de despertar en esta habitación. Localizo dos puertas ovaladas y me pregunto a dónde llevarán.

Suenan las tres notas musicales. Otra vez.

Lo que no hay, ahora que me fijo, es ni una sola ventana. Lo que ayuda a aumentar la sensación de irrealidad. Me levanto y ando hacia la pantalla de la esquina. De nuevo, reparo en mi condición física y no creo que haya pasado más de una noche dormido, ya que las piernas me responden perfectamente y no me cuesta llegar hasta la altura del cuestionario cuando la voz, masculina y firme, repite:

«Por favor, introduce tu perfil».

¿Cómo se supone que voy a hacer eso? Me fijo en los parámetros que la pantalla pide que rellene:

NOMBRE:

GÉNERO:

EDAD:

ORIENTACIÓN SEXUAL:

—¿Nombre? —digo en voz alta—. No tengo ni idea de cuál es mi nombre.

Mi voz, clara y musical, parece activar al asistente, ya que enseguida me interpela.

—«Elige un nombre» —dice con tranquilidad, mientras el apartado mencionado parpadea en la pantalla y esta vuelve a ofrecerme un emoticono sonriente.

¿Que lo elija?

Casi parece que me está pidiendo que me invente uno. No entiendo nada. En lugar de eso, paseo por la habitación y doy vueltas a mi situación actual. Si estuviera en mi casa, ¿qué sentido tendría que un programa me pidiera que rellenara mi perfil? ¿No estaría ya rellenado?

¿Es un juego, quizá?

No, ¡qué tontería! Si estuviera en mi casa habría cosas en las estanterías, ¿no? Y decoración, cuadros, pósteres, algo. Me paro frente al cactus. Decido que parece más un detalle de bienvenida o algo así, no algo que «me pertenezca». Definitivamente, esto no puede ser mi casa.

Abro el armario y en él encuentro ropa. Mucha ropa. Perfectamente ordenada, blanca y pulcra. Por lo menos veinte camisetas y veinte pantalones. Todos iguales, limpios y suaves. Estoy casi seguro de que es ropa por estrenar. No hay calcetines, ni zapatos. A decir verdad, ahora que llevo unos minutos de pie, creo que el suelo tiene algún tipo de autorregulación de temperatura, porque el frío que he sentido al principio ha dejado paso a una sensación agradable y templada.

Cojo una camiseta y unos pantalones y me los pongo. No veo ropa interior, pero tampoco me molesto en buscarla.

Si no es mi casa, ¿dónde estoy?

Si fuera un hospital, habría alguna máquina midiendo mis constantes, o habría algún interruptor para avisar a los médicos, o algún informe a los pies de la cama. No parece un hospital.

Llego hasta una de las puertas, que no tiene pomo, pero reacciona a mi presencia y, en cuanto estoy al lado, se abre delicadamente. Es un baño pequeño, pero con todo lo necesario: un plato de ducha, un lavabo y un retrete. Toallas blancas de distintos tamaños, jabón de manos, gel de ducha y champú para cabello rizado. Lo primero que hago es comprobar algo en el espejo.

Son castaño oscuro.

«Ojos del montón», pienso. Si tuviera que ponerme una edad, diría que unos dieciocho. Quizá veinte. La verdad es que tengo una cara de estas que es difícil de situar. Parezco un adulto de los que tienen cara de niño o un adolescente al que le venderías alcohol sin preguntar.

—Edad —digo en voz alta, esperando que la pantalla de la habitación reaccione a mi voz como lo ha hecho antes.

Una parte del espejo se activa y aparece la misma imagen del cuestionario que salía en la pantalla de la habitación. La voz me habla a través de él.

—«Elige una edad» —me dice.

Yo me miro otra vez.

—Diecinueve —digo, sabiendo que pueden ser diecisiete o veintipocos.

—«Has elegido: ¡Diecinueve!» —celebra la voz, impostando con la presencia de un presentador de concursos mientras en la pantalla se muestran emoticonos sonrientes y se cumplimenta el apartado edad—. «Una edad maravillosa» —añade con un emoticono de guiño.

Salgo del baño y la puerta se cierra a mi espalda.

Decido que responder a la pregunta «¿Dónde estoy?» es imposible por el momento, pero hay otra cuestión que sí puedo aclarar ahora. Esté donde esté, hay dos opciones posibles, que me encuentre aquí por propia voluntad o que no. Y la segunda puerta de la habitación va a resolverme esa duda. Me acerco a ella y, a diferencia de la del baño, esta no se abre. Igual que la otra, no tiene pomo. Intento empujarla, arrastrarla, buscar algún tipo de mecanismo para abrirla. Nada.

Duda resuelta.

Me acerco a la pantalla de la esquina y me cruzo de brazos. Habrá que seguirle el juego si quiero averiguar algo más.

—Nombre —digo.

—«Elige un nombre».

¿Qué nombre me pega? Me pongo a pensar nombres y me doy cuenta de que todos los que pienso empiezan por a: Albert, Álvaro, Allan, Alister, Atos... Trato de cambiar de estrategia y empiezan a bailar en mi cabeza nombres rimbombantes al estilo Maximiliano, Rigoberto o Rachmaninov.

Cuando aparece Ben Affleck decido parar.

Aunque bueno, Ben no parece un mal nombre.

—Ben —digo.

—«Has elegido: ¡Ben!» —se congratula el programa—. «Monosílabo, clásico, ¡perfecto para triunfar!».

Más caritas sonrientes y unos corazones.

Digo varias veces el nombre, para acostumbrarme a él. Juego con sus letras. Alargo la be en mis labios y la ene con la lengua. Me gusta. Podría ser el mío.

—Género —digo luego.

—«Elige género».

No tengo duda al respecto. Me doy un instante para meditarlo, para tratar de encontrar algo dentro de mí que me diga que estoy equivocado, pero la verdad es que ni mujer ni ninguna opción no binaria me resuena.

—Hombre —digo.

—«Has elegido: ¡Hombre!» —me responde con tono de circunstancia—. «¡Todo un gentleman!».

Emoticono de sombrero de copa.

—Sí, bueno —digo, sin saber qué responder a eso—, acabemos con el perfil. Orientación sexual.

—«Elige tu orientación sexual».

Vale, eso es un poco raro. ¿Cómo puedo saberlo?

Me muerdo el labio inferior mientras ando en círculos. Podría pensar en situaciones morbosas con otras personas para ver qué me va. Si es que me va algo. Vale, empiezo por imaginarme en una playa. Es verano, el sol pega fuerte y eso me gusta, porque me da ganas de ir al agua. Aprovecho el paseo hacia el mar para mirar disimuladamente a las otras personas que, estiradas en toallas, toman el sol, leen...

La verdad es que no me siento muy imaginativo.

Dejo de dar vueltas y me cruzo de brazos. Vamos, otro intento. ¿Por qué no voy al grano? «Tú puedes», me digo. Me centro en imaginar un abdomen escultural. Eso es, así mejor. Mi mano recorriendo los sinuosos valles de sus abdominales y luego deslizándose hasta su ombligo y más abajo y... «¡Concéntrate!», me exijo. Planto los pies en el suelo con firmeza, como si se tratara de una prueba de gran esfuerzo mental. ¿He sentido algo?, creo que sí. Suspiro y cierro los ojos. Trato de abstraerme y esta vez mi mano sube hacia el pecho. No. Pechos, ahora son unos pechos redondeados y suaves. Subo por uno de ellos y dejo que el pezón recorra el camino que le abro entre dos dedos. Parece que empiezo a sentir algo, pero una simpática nota musical me recuerda que tengo una respuesta pendiente en el cuestionario y me saca de mi ensoñación. Abro los ojos y me siento estúpido.

—Así no puedo —digo, sintiéndome observado.

—«¿Necesitas ayuda?» —me pregunta—. «Estas son las orientaciones sexuales más comunes».

En la pantalla se despliega una lista generosa: «asexual, bisexual, heterosexual, homosexual...». La lista sigue.

Descubro la opción «sin definir» y decido que, por ahora, es la mía. Lo único que quiero es terminar con el perfil y ver qué ocurre a continuación.

—Sin definir —digo.

—«Has elegido: ¡Sin definir!» —se alegra la pantalla—. «El autodescubrimiento es un camino mágico, Ben».

Ni que lo jures.

—«¡Perfil completado!» —celebra la voz.

Entonces, se abre deslizándose la puerta que antes no había sido capaz de abrir. Me giro, sorprendido.

—«Felicidades, Ben».

Me acerco al marco y observo fuera. Las luces empiezan a encenderse una detrás de otra y veo una galería larga, blanca como la habitación. A través de grandes cristaleras, puedo adivinar el interior de algunas estancias: una biblioteca, un aula de estudio y lo que parece un gimnasio.

—«Encantado de conocerte» —dice la voz, sonando por multitud de pantallas iluminadas por todo el recinto—. «Bienvenido a Edén».

Emoticono de sol, emoticono con gafas de sol y emoticono de pulgar hacia arriba.

Avanzo por la galería con cautela. Este lugar, al que la voz ha llamado Edén, resulta ser un entramado de pasillos blancos y cristal. La obsesión de algún dios con guantes de látex, mascarilla y un espray desinfectante. Su luz es inquietantemente uniforme. Todo es tan perfecto e inmaculado que resulta aterrador. Como si acabaran de sacarlo del envoltorio.

Es absurdo, pero ahora echo en falta la ropa interior. Vestir solo estos pantalones tan finos me hace sentir desprotegido y, de alguna manera, indecoroso.

«Acude a la zona de confort».

Como si respondiera a mis dudas, se acentúan señales lumínicas en las paredes y puedo ver en ellas un sistema de líneas y colores que conducen a distintos lugares: el gimnasio, la biblioteca, la piscina, la sala de baile, la sala de potencial —¿Sala de potencial?—, y sí, también la zona de confort, de color azul.