El pionero errante - Hernán Campos - E-Book

El pionero errante E-Book

Hernán Campos

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Beschreibung

Los pioneros eran personalidades arquetípicas americanas del Siglo XIX, que se afincaban en un territorio poco poblado, hasta lograr desarrollarlo en beneficio de una comunidad. Luego permanecían allí y eran considerados como benefactores por sus vecinos. Esta, en cambio, es la historia un pionero que llegaba con el ferrocarril, pero una vez finalizada su labor, cuando había conseguido lo que nadie en ese lugar, emprendía una nueva aventura en otro sitio. Por eso se trata de un pionero errante. Quizás este es el último pionero que, nacido en el siglo XIX, realizó su acción en el siglo XX; como el Quijote de la Mancha, que decidió ser caballero andante en forma tardía. Y pese a sus grandes logros, al igual que el caballero de la triste figura, se ve obligado a lidiar con situaciones traumáticas, trágicas y cómicas, en pos de un ideal no comprendido por quienes lo rodeaban. También, es la historia de un hombre de San Miguel, un pueblo fundado a mediados del S. XIX por la colectividad francesa. De allí escapa enfrentado a la Iglesia, a sus parientes políticos y a los militares de la guarnición de Campo de Mayo, a raíz de un hecho luctuoso y de la quiebra económica. Un sitio al que él regresa cuando el tiempo cura las heridas que motivaron su partida. Entonces, comienza otra historia ligada al arraigo y al desarrollo en su propio lugar, al que expande en nuevos barrios. Sus pobladores, además, se motorizan gracias a su intervención, en simultáneo con el cambio de la matriz de desarrollo ferroviaria británica, a automotriz estadounidense. Los personajes como este están un poco locos. Se plantean objetivos difíciles de alcanzar, y en el camino pierden bienes, años de trabajo, y hasta a sus seres queridos. Cuando gozan de una larga vida, quedan incomprendidos y señalados como excéntricos. Por eso, el protagonista se va transformando en un quijote: un caballero andante, cuyas ideas y acciones, responden a los ideales de otra época.

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Seitenzahl: 382

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Campos, Hernán Carlos Eduardo

El pionero errante : un quijote del San Miguel antiguo / Hernán Carlos Eduardo Campos. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

334 p. ; 22 x 15 cm.

ISBN 978-987-708-760-4

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Biográficas. 3. Novelas Históricas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,

total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución

por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad

de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Campos, Hernán Carlos Eduardo

© 2021. Tinta Libre Ediciones

EL PIONERO ERRANTEUN QUIJOTE DEL SAN MIGUEL ANTIGUO

Por Hernán Campos

Advertencia:

“Lo que le sé decir a vuestra merced, es que trata de verdades, y que son verdades tan lindas y tan donosas, que no puede haber mentiras que se le igualen”.

Miguel de Cervantes Saavedra.El ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha.

A MODO DE PRÓLOGO

Por Abel Alexander1

Es un privilegio y un honor prologar —palabra griega compuesta del prefijo “pro” (antes) y “logos” (discurso)— la nueva obra literaria del arquitecto Hernán Campos, quien fiel a su noble profesión, construye —o mejor dicho reconstruye— ladrillo a ladrillo, la vida y la obra de su abuelo paterno, Don Antonio Campos.

En este punto debemos reconocer la enorme influencia que ejercen los abuelos —en general durante una corta etapa de nuestras vidas— acompañando la ansiosa niñez y hasta la rebelde adolescencia, o sea el período formativo de todo hombre y mujer. Serán ellos, con la madurez propia de la edad y a través del cariño natural hacia los nietos que prolonga sus vidas, quienes volcarán de manera, quizás inconsciente, sus propios sueños y esperanzas.

Y es entonces, cuando la influencia de aquel anciano Pater Familiae —como en este caso— es tan potente, que en lugar de volcarla en la manera tradicional, a través de nostálgicos recuerdos orales a nuestra propia descendencia, sentimos la irresistible pulsión de dejar tan rica herencia personal por escrito. Es a partir de ese verdadero punctum literario, cuando se toma el irreversible camino creativo, el cual —como en la presente obra— no solo es un homenaje a su inolvidable figura, sino también, un maravilloso viaje hacia el tiempo pasado, el cual —tal como indica el popular refrán— “siempre fue mejor”, aunque esta aseveración tal vez solo sea una distorsión cognitiva.

Grande debió ser la influencia de Don Antonio Campos sobre su numerosa descendencia, hasta el punto que tanto uno de sus hijos y ahora un nieto, han escrito sendos relatos sobre aquel personaje trashumante repleto de sueños y proyectos. Durante la presentación del primero —publicado en el libro “En Tren de Recuerdos” de Carlos Antonio Campos, editorial Dunken, año 2003— tuve la responsabilidad de presentar un texto de evaluación crítica sobre dicha obra. Ahora, a 17 años de aquel evento, su nieto Hernán me confía el prologo de este nuevo y valioso libro biográfico. El hecho de que uno de mis sobrinos forme parte de la familia Campos, refuerza nuestros lazos.

Hernán Campos aborda la vida y obra de aquel admirado abuelo y la desarrolla en veinticinco capítulos, a través de los cuales va enhebrando cronológicamente las andanzas de aquel quijote por buena parte del territorio argentino. Nacido en 1891 en Rafaela, provincia de Santa Fe, de muy joven su familia se trasladó al entonces incipiente pueblo de San Miguel. Años después y al ingresar al Ferrocarril, la empresa lo destinará a distintos puntos geográficos del país y en cargos de responsabilidad creciente.

Durante aquel prolongado deambular, Antonio Campos realizó su labor pionera. Desde la inclemente Patagonia de la extracción petrolera en Comodoro Rivadavia, pasando por la pampa cerealera, el valle de traslasierra en Córdoba, hasta el postergado noroeste, en provincias como Catamarca, Salta, Formosa, en el indómito impenetrable de la región chaqueña y en aquel Santiago del Estero profundo, con experiencias únicas en pueblos perdidos en el tiempo, como Vilelas, Quimilí, Añatuya o Matará.

Diremos que fue a partir de aquel 29 de agosto de 1857, cuando la humeante locomotora “La Porteña” realizó el trayecto inaugural del Ferrocarril del Oeste entre las estaciones del Parque y Floresta, cuando nuestro país inició una hazaña técnica desarrollando una de las mayores redes del mundo. Don Antonio Campos —como tantos miles de trabajadores del riel— formó parte de esa enorme cruzada civilizadora en su condición de Jefe de Estación en destinos remotos y en donde, amén de su función ferroviaria, debió afrontar múltiples responsabilidades vecinales.

Su esposa, María Patalagoïty Jaurigoïty, fue en tales circunstancias la fiel compañera a través de los diversos destinos ferroviarios, hasta su temprana desaparición, mientras que los cuatro niños del matrimonio acompañaron la marcha de aquella laboriosa familia, teniendo como ejemplo la fuerte figura paterna.

Con esta nueva obra histórica, “El Pionero Errante, un quijote del San Miguel antiguo”, Hernán Campos continua la tarea que inició hace más de tres décadas, publicando títulos como: “Los cien años de General Sarmiento” (1989), “Memorias en Papel de Aguas” (2014), “Crónicas de la Conurbania” (2015) y Nuevas Crónicas de la Conurbania (2016). Debemos señalar que su fuerte vinculación con el pasado de nuestro partido, se refleja además en numerosos artículos de colaboración con la conocida revista local “Círculo de la Historia” que dirige el profesor Alejandro Segura.

La historia de la vida privada es un género reciente en el campo historiográfico mundial, cuyas investigaciones suelen centrarse —no solo en la vida de encumbrados personajes o grandes hechos que marcaron a la humanidad— sino en la vida personal de individuos comunes. Con sus trabajos de investigación, Hernán Campos se sumerge en esta valiosa corriente y para nuestro beneficio, rescata aspectos inéditos sobre la historia del antiguo Partido de General Sarmiento, fundado en el año 1889 y desmembrado políticamente en 1994 para crear el actual Partido de San Miguel.

Quienes amamos el rico y multifacético pasado de San Miguel, apreciamos en grado sumo, el aporte de autores como Hernán Campos. Estamos convencidos de que sus libros, son contribuciones significativas que enriquecen la escasa bibliografía histórica local, mayormente basada en la denominada “historia de bronce”.

Es triste señalar que a ciento treinta y un años de su fundación y a diferencia de todos los partidos vecinos, San Miguel no cuenta hasta el presente con ningún Museo Histórico, ni tampoco con un Archivo Histórico Municipal, instituciones consideradas básicas, en toda comunidad preocupada por resguardar su patrimonio histórico. Inclusive la destrucción de su antigua arquitectura, ha sido en las últimas décadas devastadora e irreversible.

Si bien la actividad pionera del protagonista como desarrollador de barrios, desde fines de los años treinta del siglo XX, hasta mediados de los setenta —materializada a través de la reconocida Inmobiliaria “A. & C. Campos”— ha sido central en la vida de su comunidad, con el lanzamiento de este nuevo libro, se relatan otros múltiples aspectos de su vida y de su obra, abriéndose nuevas y valiosas puertas históricas sobre el San Miguel antiguo.

CAPÍTULO 1

LA CURACIÓN DE LA SORDERA

Buenos Aires, 1910

Desde las penumbras del zaguán de su casa, Antonio Campos salió a la calle, cerrando con cuidado la puerta cancel ya que no quería despertar a su familia. El pueblo de San Miguel aparecía cubierto de niebla, apenas se alcanzaba a distinguir la torre de la iglesia en la que el reloj marcaba las cuatro de la madrugada. Iba vestido formalmente con un saco gris, pantalón de plancha y una camisa blanca con un pañuelo al cuello. Para neutralizar el frío matinal, tapaba su pelo recién cortado con una boina. Pese a que vivía a cincuenta metros del andén de la estación, tenía que alejarse para pasar a buscar a sus amigos Vicente Declaux y Pedro Salinas, ya que él estaba acostumbrado a levantarse a esas horas por su trabajo en el horno de ladrillos que su tío Juan Gil Díaz tenía sobre la Avenida Gaspar Campos. Sus amigos, en cambio, dormían habitualmente hasta más tarde y le pidieron que los despertara. Resultó más fácil con Vicente, que vivía a unas cuatro cuadras, ya que bastó para despertarlo un golpe seco sobre los postigos de chapa de la sala de su casa, en la que dormía. Rápidamente, salió a la calle cubierto con una boina. Iba vestido a lo paisano, con una discreta chaqueta y pantalones de trabajo abrochados a las canillas. Los dos se encaminaron a la casa de los Salinas, una residencia imponente de dos plantas, a doscientos metros de allí. Claro que antes de llegar, tuvieron que eludir al perro de la carbonería de Montenegro que se ensañó con ellos, al igual que con todos los que alguna vez pasaban por allí y los persiguió chumbando hasta la esquina.

¡Lo que costó despertar a Pedro y cuánto tuvieron que esperar a que bajara! Su habitación estaba en el primer piso y hubo que hacer puntería para golpear con una piedrita el postigo de su cuarto. Después de dos o tres intentos, prendió las luces y pasado un largo rato, apareció por el porche vestido con un traje beige, chaleco, corbata y sombrero. Vicente, el más modestamente entrazado de los tres, no reprimió un silbido de admiración por la formalidad de su vestimenta. Juntos, caminaron hasta la estación San Miguel del Ferrocarril al Pacífico, a esperar el tren de las cinco de la mañana que era el que tomarían hacia Palermo. Desde allí, irían a las instalaciones del Regimiento del Primer Cuerpo del Ejército, a realizar la revisación médica para el servicio militar que tendrían que hacer al año siguiente, ya que los tres eran clase 1891.

No hubo necesidad de sacar el boleto, ya que la citación había sido realizada a nombre de cada uno y estando convenientemente sellada, oficiaba de pase libre en cualquier línea de ferrocarril. Servía para el traslado desde el domicilio hasta el regimiento, ya que la revisación era el primer paso de la conscripción, lo que era considerado como una obligación cívica. Permanecieron a cubierto, en el amplio hall de la estación, un edificio construido por los ingleses con paredes de ladrillo visto. Recién se asomaron al andén, donde ya había un buen número de personas esperando el tren, cuando escucharon los sonoros y agudos silbatos de la locomotora que se acercaba. La formación se detuvo, exhalando una nube de blanco vapor. Subieron en segunda clase e inmediatamente, Pedro amagó dirigirse hacia adelante, ya que siempre viajaba en primera. Antonio lo detuvo y ocuparon asientos disponibles en segunda, que eran de madera. Los vagones de primera clase, tenían asientos tapizados. Antonio sabía que los pases libres no cubrían primera. Lo había averiguado en su casa preguntándole a José, su hermano mayor, que trabajaba en el Ferrocarril.

En el viaje, los jóvenes conversaban amigablemente, hasta que se estableció una controversia. Pedro afirmó que se haría pasar por sordo, para ser declarado inhábil para realizar la conscripción y pidió a sus amigos que intercedieran frente los médicos, presentándolo ante ellos con esa discapacidad.

—No Pedro, no; nosotros no vamos a correr ese riesgo. ¿Y si te descubren? Correríamos la misma suerte que vos. ¿A cambio de qué? —reflexionaba en voz alta Vicente.

—Es una inmoralidad lo que pensás hacer —cuestionaba Antonio—. ¡Hacerte pasar por sordo para zafar! ¡El servicio militar es una carga cívica! —se manifestaba sumamente indignado.

Pedro intentó persuadirlos una vez más, pero ya sin convicción y sin resultado. Antonio y Pedro eran dos muchachos muy altos y apuestos, y siempre tenían criterios diferentes. Antonio tendía a exagerar con el cumplimiento a rajatabla de las obligaciones. Pedro obraba evaluando y priorizando la conveniencia. Vicente era más bien petizo, muy simpático y avispado, despreocupado y bromista por naturaleza.

—No importa que me ayuden o no, lo voy a hacer igual —les dijo Pedro—. De ninguna manera, me voy a pasar todo un año de trabajos forzados, sin ningún beneficio ni paga. ¡Eso no se hizo para mí! —bramaba indignado el muchacho, habituado a las comodidades desde niño.

Las estaciones fueron pasando, hasta que arribaron a Palermo, la estación terminal. Bajaron del tren y descendieron hasta la Avenida Santa Fe por las escaleras de mármol blanco. Al llegar a la planta baja, viendo que aun era temprano, Antonio los invitó a tomar un café, en la barra del bar que funcionaba bajo el andén. Todavía se encontraba en construcción el Puente Pacífico, que continuaría el recorrido hasta la Estación Central. Tomando el café, Antonio le dijo a Pedro, que no contara con Vicente y con él para la simulación.

—No pasaremos por tus amigos —le advirtió.

—Tranquilo Antonio, me la voy a arreglar bien, ya estuve ensayando con Atilio que me enseñó algunas señas. —Atilio era el sordo que ayudaba en la carbonería de Montenegro, a la vuelta de su casa.

Antonio pagó la cuenta y dejó el vuelto, unas moneditas como propina.

—¡¿Que hacés?! —le reprochó la generosidad Pedro. Cuando se dieron vuelta para partir, Vicente advirtió que Pedro, disimuladamente, recogió las monedas de la propina y se las guardó en el bolsillo del saco.

Se encaminaron hasta el Primer Cuerpo del Ejército, distante a trescientos metros de la estación, a las puertas del cual ya se encontraban arremolinados cientos de muchachos de su edad, de dispares condiciones sociales, lo que se apreciaba por las diferentes vestimentas, pero que compartían cierta lividez en el rostro, lo que advirtió Vicente comentando:

—¡Che, que cagazo tienen todos! —Ante lo cual, rieron los tres un buen rato.

A las seis en punto, abrieron las rejas y los jóvenes fueron de a poco confluyendo en una fila, para poder pasar por las puertas de acceso al edificio. Atravesaron un enorme hall y salieron a un gran patio trasero descubierto, donde quedando a la espera de instrucciones se reunieron en grupos, que charlaban animadamente. Quince minutos después, cerraron las puertas. Se habrían juntado, unos quinientos jóvenes en el patio. Ante ellos, se presentó un sargento de puntilloso uniforme que subió a una tarima pidiendo silencio a los gritos. Todos callaron de golpe y entonces, comenzó a escucharse de fondo una música marcial. Al parecer, no lejos de allí, ensayaba la banda musical en otras dependencias. El sargento les hizo notar a los jóvenes, que en la pared de la edificación —que a sus espaldas cerraba el patio— había cinco puertas. Ordenó a los muchachos, que realizaran filas frente a cada puerta, repartiéndose en ellas y con la convocatoria a revisión médica en la mano. Antonio, Vicente y Pedro formaron en la misma fila frente a la segunda puerta y quedaron bastante cerca de la misma. Los hacían pasar a un salón, donde habían instalado varios escritorios, balanzas, camillas y biombos. Entraban de a cinco a la vez e iban tomando sus datos personales, luego pasaban para ser medida su altura y tomado su peso, para lo cual los hacían descalzarse. La actuación de Pedro ya había comenzado, no reaccionaba cuando le preguntaban y repetía sus datos personales hablando con una voz gutural que imitaba bastante bien a la del sordo Atilio. Después, pasaron a responder un cuestionario médico acerca de las enfermedades que habían cursado, si eran asmáticos, si habían tenido tuberculosis, si tenían varicocele. Pedro simulaba no escuchar las preguntas y optaron por darle el cuestionario por escrito. Le llevaba varios minutos dar cada respuesta, siempre con esa voz gutural similar a la de quien, solo en un tiempo muy remoto, pudo escuchar la voz humana. El entrevistador escribió en el formulario, “Hipoacúsico.” A veces, Antonio y Vicente no sabían cómo hacer para contener la risa y se ganaron la reprimenda del sargento, que justo andaba por ahí y los increpó agriamente:

—¡¿De qué se ríen?! ¡No ven que tiene dificultad para hablar!

Cuando Pedro, se presentó ante el escritorio del médico hablando como Atilio, le decía:

—¡Doctor, soy sordo, soy sordo!

El médico se lo tomó bien en serio. Se puso de pie, era un hombre alto, corpulento y macizo de unos 50 años, vestido con un impecable guardapolvo blanco y portaba unos anteojos de lentes redondos y marcos finitos. Arrimándose a Pedro, tomó su cabeza entre sus grandes manos y le revisó los oídos bajo la lámpara que colgaba del cielorraso. Luego, mando a llamar a un ayudante y le dijo por lo bajo:

—Andá a buscar a los de la banda.

El médico hizo parar a Pedro frente a él y le ordenó con señas, mirarlo fijamente y que no debía voltearse o girar. Un instante después, entraron al recinto a espaldas de Pedro, el trompetista, un obeso trombonista y el percusionista que tocaba los platillos, de la Banda del Ejército Argentino. La situación había llamado tanto la atención, que todos los que estaban en el lugar quedaron expectantes, observando los acontecimientos. En primer término, se acercó sigilosamente por detrás de Pedro, el que tocaba los platillos e imprevista y estridentemente, los estrelló, una y otra vez entre sí, a intervalos irregulares. Pedro, increíblemente, continuó mirando al médico y ni siquiera pestañó. Solo se acomodó el pelo con una mano, ya que el viento que echaron los patillos lo había despeinado. El médico estudiaba su rostro con gesto severo y malhumorado. A continuación, se acercó el trompetista, que a pocos centímetros por detrás de sus oídos, tocó Diana con una fuerza tal, como para despertar un muerto. Increíblemente, Pedro ni se inmutó. Ni un gesto de sorpresa, ni de disgusto, ninguna alteración. Finalmente, se fue el de la trompeta y se acerco el gordo que portaba el trombón. Plantó la monstruosa bocina, de cincuenta centímetros de diámetro, por detrás de la nuca de Pedro, infló sus pulmones y sus cachetes hasta el paroxismo y exhaló, con todas sus fuerzas, hasta la última partícula de aire por el instrumento, en una tonalidad oscura y tenebrosa. Las lámparas, las puertas y las ventanas vibraron por un rato, pero Pedro, inmutable, ponía cara de aburrimiento y miraba al médico como no comprendiendo lo que pasaba. El doctor ablandando su rostro, exclamó:

—Bueno, es sordo, ¡inequívocamente sordo!

Pedro ni siquiera reaccionó, como no comprendiendo el dictamen. El médico hizo un certificado y se lo extendió al “sordo”, que lo leyó ávidamente y con su voz gutural le dijo:

—¡Gracias doctor!

—¡Puede retirarse! —exclamó el galeno.

Pedro lo miraba con timidez, como no entendiendo bien y el doctor avanzando hacia él y tomándolo paternalmente por el hombro, lo acompañó señalándole la puerta. Unos metros antes se detuvo, le extendió la mano y Pedro —después de saludarlo— giró tímidamente sobre sus talones y se encaminó hacia la salida. El médico se quedó mirando su partida. Vicente, que contemplaba la escena a pocos metros, dejó caer unas monedas que tenía en el bolsillo, las que tintinearon contra el piso por detrás de Pedro. Ante el seductor sonido del dinero a sus espaldas, Pedro se dio vuelta y se agachó a recoger las moneditas.

— ¡¿Así que eras sordo?, hijo’e una gran puta! —le gritó el médico, corriendo hasta él y levantándolo del piso por las solapas. Lo sostuvo en vilo, gritándole en la cara:

— ¡Tahúr! ¡Te voy a mandar a hacer la conscripción en la Tierra del Fuego!

Antonio y Vicente contemplaban la escena sin reprimir las carcajadas. Pedro quedó absorto, con la mirada perdida, sin comprender que su codicia lo había traicionado. No solo hizo el servicio militar, sino que pasó algunos días en el calabozo como castigo por el engaño y recién lo dejaron salir en la última baja.

CAPÍTULO 2

EL FIN DE FIESTA

Teodelina, 1915

Antonio y José se alejaban de la estación dándole impulso a la zorra. Acababa de oscurecer y tenían solo 8 kilómetros para bombear y llegar a la entrada de la casa de Don Benigno Gavilán, distante trescientos metros de las vías. Durante el trayecto, Antonio dudaba de la decisión que habían tomado: «¿No pasará nada, esta noche en la estación?». Se tranquilizaba pensando que su hermano Cipriano, pese a sus 17 años, era muy avispado y sabía que el único tren de carga que pasaría a las dos de la madrugada, no se detendría. Nada había para hacer en la Estación Teodelina en esa noche primaveral y la invitación que habían recibido de las hijas de Don Benigno era una tentación muy grande. Dositea y Aurelia frecuentaban esa estación rural del Ferrocarril al Pacífico -en el cruce de dos caminos y en medio de la pampa santafecina- con cualquier excusa, para entablar conversación con él y con José. Eran lindas las paisanas, muy sencillas y simpáticas. Dositea, la menor, tendría 16 años y siempre que iba a tomar el tren, llegaba un rato antes para charlar con él. Lo mismo hacía con José la mayor, Aurelia, quién en tono de burla le decía “señor jefe”, por su cargo de jefe de estación.

Después de bombear un buen rato, solo iluminados por las estrellas, ya distinguían la casona a lo lejos por las luces que rompían con la oscuridad de la noche. La energía que las alimentaba, provenía del generador de electricidad que había hecho instalar Don Benigno. La estación y su casa eran las únicas construcciones de la zona con energía eléctrica. Ese lujo se debía a la prosperidad del lugar que provenía de la explotación cerealera. Cuando llegaron a la altura de la entrada, descalzaron la zorra de las vías y José le indicó a Antonio, que la ocultaran atrás del terraplén, al otro lado del camino.

—No vaya a ser que algún pícaro nos birle la zorra, se vaya por las vías y nos deje a pata…

Traían unas toallas para secarse el sudor y unas camisas para cambiarse. Dejaron las cosas en un bolso, tapado por la zorra y se asomaron al camino. Iban bien vestidos con ropas nuevas, aunque de paisanos, para no parecer demasiado ajenos a ese medio. Llevaban una camisa con pañuelo al cuello, bombacha de campo y boina para cubrirse. La tranquera de entrada estaba abierta y ya ingresaba por el camino, enmarcado por eucaliptus, un sulky con invitados. Cuando entraban, salieron a recibirlos dos cuzquitos negros, que amistosos batían la cola, aunque después de pegar unos ladridos de compromiso. Llegaron a la tranquera del parque y allí estaban las chicas, hermosamente ataviadas, con vestidos bordados y livianitos de zaraza, que los recibieron dando alharacas.

—¡Miren quienes llegaron, el jefe y el auxiliar de la estación! Pasen por el costado y vayan al patio que ahí es la cosa.

José se aproximó a Aurelia y la saludó dándole un beso en cada mejilla, así que Antonio, imitó el gesto con Dositea, tratando de aprender del hermano. Ellas sonrieron con entusiasmo y quedaron recibiendo a los invitados.

José y Antonio pasaron hacia el patio de tierra de atrás de la casa, donde estaba todo preparado para la fiesta e iluminado con lamparitas incandescentes que colgaban de un cable, tendido entre el alero de la galería y un árbol cercano. Tras el árbol, había un asador con varias estacas donde se asaban unos costillares al fuego, vigilado por dos peones de Don Benigno. También sartenes, sobre una cocina a leña instalada a un lado del asador, que despedían el humo oloroso de las fritangas, cocinadas por una negra de voluminosas proporciones llamada Pancracia. De fondo, se escuchaba el sordo “plap, plap, plap, plap” del pistón del Crossley, el tremendo generador eléctrico alimentado con gas de combustión de madera en el galpón lindero. Una mesa, armada con tablones y caballetes, tenía la vajilla lista y las jarras con la bebida, vino tinto y vino blanco. Todo era práctico, sencillo y al parecer se comería de parado, nomás.

Los dueños de casa, Don Benigno y Doña Audelina, recibían amablemente a los invitados y se tomaban un ratito para hablar con ellos. Él, un hombre obeso de unos sesenta años, engalanado con atuendo gauchesco de fiesta, ella, mucho más joven aunque no menos obesa, vestía una discreta pollera y blusa estampada de flores abominables. José y Antonio fueron indagados con curiosidad, de donde eran, de que trabajaba su padre, que edades tenían. No podían creer que fueran tan jóvenes y ya estuvieran a cargo de la estación. La paisanada iba llegando, todos vestidos con sus mejores ropas camperas, las mozas con amplios vestidos veraniegos y todos los hombres con rastra y un facón en la cintura. Cuando terminaron de llegar, se habrían juntado unos cincuenta jóvenes entre hombres y mujeres. La mayoría llegaba en pareja, todos se conocían y charlaban y bebían animadamente formando grupos.

Dositea y Aurelia departían con Antonio y con José. Primero fueron convidando las empanadas fritas, que se comían medio agachado, estirando el cuello y el brazo para separar el cuerpo de la mano, por el respeto ante las chorreaduras hirvientes que emitían las incadas. Luego, los peones fueron poniendo las costillas en los platos sobre la mesa y todos se fueron arrimando. Los hombres tenían el plato con una mano y usando el facón, separaban las costillas convidando a las muchachas. Las costillas eran tomadas con la mano, comidas y chupadas con fruición. Algunos lo hacían sentados sobre rodajones de quebracho, otros de parado. Aurelia les alcanzó a José y a Antonio sendos cuchillos y ellos procedieron de la misma manera convidando a las chicas, que estaban encantadas de compartir la cena con los hermanos Campos, quienes recibían miradas de curiosidad de todas las muchachas de la reunión. A los postres, más fritangas, esta vez los pastelitos de dulce de batata que todos devoraron con devoción.

Después de la cena, los padres de las chicas se retiraron a la casa, dando un saludo general. Cuatro muchachos fueron adentro a buscar los instrumentos y se instalaron en la galería, con dos acordeones y dos guitarras. De entrada, arremetieron con una mazurca y una polquita rural. El baile se fue armando, las parejas bailaban enlazadas y hacían coreografías con los pañuelos. Antonio y José observaban con curiosidad, no tenían la menor idea de cómo se bailaban esos ritmos. Ante la insistencia de las chicas, las sacaron a bailar, tratando de imitar a los paisanos. Igual, las chicas estaban felices y nadie les prestaba demasiada atención a sus torpes ensayos. La cosa fue tomando ritmo cuando comenzaron los chotis y las polkas litoraleñas, algunas de ellas cantadas por uno de los guitarristas y acompañadas por los sapukais de los entusiastas cuando detectaban su tema favorito. Ahí, nadie se quedó sin bailar y se fue levantando una pequeña polvareda en el patio de tierra. Para las dos, la fiesta amainó y los invitados comenzaron a retirarse. Algunos encopados, se sostenían de su pareja, pero todos felices, sin reyertas ni nada que empañe aquella simpática velada. Se volvían todos, ya que las tareas camperas no se suspendían, aunque fuese domingo y siempre comenzaban muy temprano. Aurelia y Dositea los despedían agitando las manos y todos fueron montando sus caballos y subiendo a los sulkys. Antonio y José comenzaron a despedirse, pero ellas les dijeron que esperen, que ahora podían charlar un rato ya que se habían ido todos.

Se sentaron en la galería, José y Aurelia en un sillón instalado en un extremo y Dositea y Antonio, en la hamaca de la otra punta. La negra Pancracia, después de terminar con la limpieza de la vajilla, se retiro saludando a los jóvenes. Los peones fueron a apagar el Crossley y se fueron a sus aposentos, dejando todo en silencio y en penumbras. Antonio y Dositea hablaban animadamente de la fiesta, de la música, de lo bien que lo habían pasado. En la otra punta, José y Aurelia se besaban apasionadamente. Antonio pispiaba con envidia. Él, de ninguna forma, había podido dar tantos avances. Lo que fue más triste aun, es que Dositea se cansó de la conversación y apoyando la cabeza en su hombro, se fue quedando dormida, lo que Antonio confirmó por el ligero ronquido que emitía. Eso sí, nada parecido a las sonoras serruchadas de Don Benigno, que proviniendo se la ventana abierta de su habitación, habían reemplazado con creces el batifondo del Crossley. Antonio miró su reloj de bolsillo. «¡Eran las dos y media de la mañana y el tren no había pasado! Era muy extraño, el tren de carga pasaba a las dos por Teodelina y a más tardar a las dos y cuarto, debía haber pasado por ahí» Dejó a Dositea dormida, apoyándole la cabeza en el lateral forrado de la hamaca entoldada y se acercó a su hermano sigilosamente, interrumpiéndolo en sus arrumacos con Aurelia.

—¿Qué pasa Antonio? —preguntó sorprendido José.

—Son las dos y media de la mañana.

—¿Y…?

—El tren no pasó todavía…

—¿Seguro?

—No pasó.

—¡Carajo! Y no podemos volver hasta que pase…

«Es cierto, no hay más remedio que seguir esperando, no podemos montar la zorra en las vías ya que corremos el riesgo de colisionar con el tren cuando pase», pensaba Antonio.

Aurelia les preparó un mate en la cocina de la casa, que todavía conservaba el calor de las brasas que hasta un rato antes, Pancracia mantuviera encendidas. Dositea roncaba en la hamaca y ya había adquirido el ritmo y sonoridad de don Benigno. José le contó a Aurelia que habían venido en la zorra y que para volver debían esperar a que pasase el tren. A eso de las tres menos diez, se escuchó el paso del carguero, así que saludaron a Aurelia, agradeciéndole por la invitación y se dirigieron a las vías. Encontraron la zorra y el bolso, todo en orden, la montaron sobre las vías y comenzaron a bombear en dirección a Teodelina.

—¿Qué pudo haber pasado José? —lo inquirió Antonio.

—¡Qué sé yo! Andará atrasado…

—¡Qué raro!

Los trenes eran sumamente puntuales y nunca había un retraso mayor a cinco minutos. El asunto se empezó a aclarar, cuando tuvieron a la vista la estación. José comenzó a putear, al ver un vagón estacionado en la vía auxiliar. Antonio, que bombeaba de espaldas a la dirección en que avanzaba la zorra, volteó un instante para ver lo que pasaba.

—¿Qué significa eso?

—Seguro que nada bueno, Antonio… El tren pasó más tarde, por que se atrasó dejando ese vagón allí. Y a cargo de toda la maniobra, solo ha estado Cipriano. Y el vagón es de pasajeros, muy lujoso, con cortinas en las ventanas. Además, puedo contarte todo esto, porque todas las luces de la estación están prendidas. Como te decía, nada bueno…

—¿Creés que sea un chancho, José?

—¡Seguro, qué otra cosa puede ser!

Detuvieron la zorra junto al andén, la descalzaron y la apoyaron contra la pared del edificio, trabándola con el durmiente destinado al efecto. Se dirigieron a la puerta de entrada al hall y allí se encontraron con Cipriano, con la mirada baja, ante un hombre impecablemente vestido de traje, con chaleco negro de rayas plateadas finitas, anteojos y gorra ferroviaria, que se volvió hacia ellos, hablándoles severamente:

—¡¿Quiénes son los señores?!

—José y Antonio Campos —respondió José— jefe y auxiliar de la estación, señor.

—¡¿Y se puede saber qué es lo que hacían a las dos de la mañana que no estaban en su puesto?! ¡¿Cómo es posible que la única autoridad de la Estación sea su hermano menor de edad, un mero cambista?!

—Disculpe, ¿señor? —inquirió José.

—Inspector Zelarrayán. He sido designado para realizar una inspección en esta estación y por poco no me recibe un niño. Nada tengo que decir de él, que ha realizado la maniobra de desenganche y cambio a la perfección. Pero a ustedes, que debían estar presentes y vaya saber en que andaban, les puedo asegurar que después de mi informe, ¡la van a pasar muy mal!

Zelarrayán pasó una semana en la estación, estudiando los libros, controlando los despachos, la caja, las maniobras, metiéndose absolutamente en todo y hostigando permanentemente a José y a Antonio. No le alcanzó con ello y una semana después de que Cipriano enganchó su vagón a un carguero que iba hacia Buenos Aires, llegaron en un tren de pasajeros, los telegramas de despido para los tres, portados por el nuevo personal de la Estación.

Lo último que hicieron por ahí, fue ir a despedirse de las hijas de Don Benigno que lloraron amargamente su partida, terminando de esta forma una relación en la que habían fundado esperanzas. De vuelta en casa, tuvieron que aguantar la perorata del padre, José María, que era quien les había conseguido el trabajo en el ferrocarril. Pero el enojo no duró mucho tiempo, ya que en el fondo, estaba contento de tener a sus hijos por una temporada en su casa.

CAPÍTULO 3.

DUELO CRIOLLO POR CAUSA CHINA

Comodoro Rivadavia, 1917

—¡A ver si vos entendés, qué es lo que quiere Antonio! ¡¿Por qué insiste con esa idea absurda?! —exclamaba Ramona, mientras cosía accionando con los pies el pedal de la máquina e impulsando la tela bajo la aguja.

—Ramona tranquilízate —le respondía paternalmente José María—. Antonio es un muchacho grande, sabe cuidarse solo…

—¡¿Pero de dónde le viene esa idea de viajar, de ir en barco tan lejos?! ¡Cómo si no hubiera tanto para hacer por acá! —Lo miró a su marido y le lanzó una mirada acusatoria—. ¡Si, ya sé de dónde le viene!

José María, abandonó la lectura del periódico y quedo pensativo. «Yo tenía la misma edad que Antonio, cuando decidí partir de mi aldea de Galicia, Escuadro, hacia Pontevedra y de allí a la Argentina, abandonando para siempre a mi familia, a mi pueblo, a mi mundo conocido por entonces. Tenía suficientes motivos, en mi país no había posibilidades de trabajo y de progreso. Habiendo llegado a la Argentina sin nada, había logrado ser un comerciante próspero, tener una familia con siete hijos a los que no les faltaba nada, una casa amplia y céntrica en San Miguel a cincuenta metros de la estación. ¿Debo reprocharme de haber tomado esa decisión, después de casi treinta y cinco años de vivir en Argentina? Pero acaso, ¿no había hecho todo ello, para que mis hijos no se vieran obligados a emigrar cuando fueran adultos? Pero, ¿cuánto había influido en ello mi sed de aventuras, mi interés de conocer otros lugares, de fundar algo nuevo? ¿Era lógico impedirle a Antonio, lo que mi padre no me impidió, cuando le informé que partía para nunca más volver?»

—No es como entonces, Ramona. Si tu no lo entiendes, es porque tienes cuatro generaciones de antepasados nacidos en esta bendita tierra. Antonio, es un muchacho grande, con ganas de aprender y conocer otros lugares, pronto lo tendremos de vuelta, cansado de la nieve y el viento de la Patagonia. Para emigrar lejos y no volver, tiene que haber mucha miseria, como había en mi pueblo, reyertas y odios familiares, o una guerra en el peor de los casos.

—¡¿Guerra?! ¡¿Querés más guerra que la batalla de las Malvinas?! ¡Los Ingleses hundieron siete buques alemanes y con estos, el comandante Von Spee y sus dos hijos oficiales de marina fueron a parar al fondo del mar! ¡¿Sabés en que buque pretende viajar Antonio, no?!

—No tengo ni la menor idea. —respondió José María, fingiendo tranquilidad.

—Tiene pasaje en el Presidente Mitre. El mismo barco, de la compañía alemana Hamburgo Sud-Americana, que hace dos años fue capturado por los ingleses con trescientas personas a bordo y recién lo devolvieron después de un lío diplomático. ¡¿No ves que Antonio, saldrá de la paz de nuestra casa, para ir a parar a una zona de guerra?!

—¡Bueno, basta Ramona! Es grande y sabe lo que pasa. Se buscó un trabajo en la cerealera y viaja a Comodoro Rivadavia, porque le pagan mucho mejor sueldo. Ya está. No va, ni a las Malvinas, ni a la guerra. El buque que se llevaron, ya lo devolvieron. ¡No se lo van a llevar de vuelta!

Ramona sabía cuando la conversación quedaba terminada y que por un buen rato, su marido no diría nada más, ni le prestaría ninguna atención. Quedaron en silencio, cada uno en lo suyo. Eran una pareja muy despareja en lo físico, aunque muy complementarios en lo demás. Ramona era más bien baja y un poco gorda, José María muy delgado y alto. Justo en ese momento, Antonio entró por el zaguán y percibió el ambiente espeso. Adivinando el motivo, mientras colgaba el abrigo y la boina en el perchero, les dijo con calma:

—Si se van a enojar por mi culpa, aprovechen a hacerlo cuando haya partido, así no me entero. Madre, no va a ser por mucho tiempo, necesito ganar un buen dinero y allá se paga muy bien, eso es todo. Dicho lo cual, se retiró a su cuarto a preparar su equipaje.

A la mañana siguiente, cuando Antonio llegó al puerto, había un gentío impresionante. Acababa de llegar un barco de inmigrantes. Familias enteras cargando bultos y niños, iban y venían empujando carritos con maletas y baúles. No faltaban los pechazos, los tropezones, los pedidos de disculpa e insultos murmurados en diversas lenguas. Atravesó el contingente de recién llegados y llegó a la dársena correspondiente al Presidente Mitre. Un tripulante controlaba el acceso a la planchada, a quién le mostró el pasaje y el documento.

—¿Despachó su equipaje? —le preguntó.

—Esto es todo —respondió Antonio, mostrando la maleta de mano que portaba consigo.

—Bien, eso lo puede llevar con usted.

Cuando subió a la cubierta por la planchada, observó que había otras, por las que se cargaban los baúles. Una grúa levantaba grandes bultos y los ingresaba directo a la bodega, por un acceso sobre la cubierta. El buque Presidente Mitre era un importante barco de la compañía Alemana que desplazaba dos mil doscientas toneladas, tenía ochenta tripulantes, llevaba doscientos veinte pasajeros y cubría, desde hacía más de diez años, el servicio de cabotaje entre Buenos Aires y los puertos patagónicos hasta Río Gallegos.

Antonio bajó a las literas, un dormitorio comunitario con un pasillo en el medio, camas a ambos lados en dos niveles y ubicó la suya. Guardó su maleta en el cofre correspondiente a su litera, lo cerró y retiró la llave, que guardó en su bolsillo. Era la primera vez que haría un viaje en barco. Hasta ese momento, solo había viajado en tren. Salió nuevamente a la cubierta, para observar acodado en la borda el intenso movimiento del muelle. Le llamó la atención, que también subieron al barco, durmientes y vías de ferrocarril y un buen número de animales en pie, toros de raza Heresford y carneros finos. En la planchada por la que había abordado se formó una larga fila de pasajeros, entre ellos, un contingente de unos ochenta chinos vestidos con ropa de trabajo. Una vez que estuvieron en cubierta, se dirigieron a las literas. También, había pasajeros occidentales vestidos de forma muy distinguida y algunas parejas y familias con niños. Le llamó la atención, un hombre de mediana edad algo excedido de peso y de baja estatura, porque iba vestido de gaucho, engalanado como para una fiesta patria. Sombrero negro de ala ancha, pañuelo de seda al cuello, chaquetilla con alforzas, bombachas de campo, botas de caña alta y rastra con monedas antiguas, de la que sobresalía el mango de plata labrada de un facón cruzado a la espalda. Tenía una expresión de apuro y disgusto. Éstos iban al sector de cabinas, que eran habitaciones individuales y a las que se subía por una escalera que arrancaba desde la cubierta.

Unas dos horas después de que Antonio llegara al buque, se soltaron amarras. Algunos pasajeros salieron a cubierta y se arrimaron a la borda para saludar a sus familiares, que los despedían agitando sombreros y pañuelos. Un remolcador condujo al Presidente Mitre hasta la escollera norte y una vez que salieron a aguas abiertas, el remolcador se desprendió y el barco hizo funcionar a pleno sus motores, alejándose de tierra firme. El Río de la Plata aparecía calmo, como un espejo ocre. En aquella mañana de sol, solo soplaba una leve brisa y Buenos Aires iba quedando cada vez más chiquita en el horizonte, hasta desaparecer por completo.

Los días de navegación, le sirvieron a Antonio para reflexionar sobre sus planes. Trabajaba para Bunge y Born y le habían ofrecido trasladarse al sur, con un puesto de despachante de cereales en el puerto de Comodoro Rivadavia. Era una plaza pujante, con tres mil doscientos habitantes, su economía estaba basada en la exploración y extracción de petróleo que se había descubierto en ese lugar diez años antes. El estado había construido un importante ferrocarril, que iba hasta la localidad de Colonia Ideal y se hallaban en construcción varios ramales más. Los chinos, que viajaban con Antonio en las literas, iban a trabajar en la construcción de esos ramales. El ferrocarril, con diversas paradas llamadas siempre por el kilometraje de las vías, había permitido la instalación de colonos que sembraban y criaban animales. Transportando su producción por el tren, la sacaban hacia Buenos Aires por el puerto. Pensaba permanecer allí, no mucho más de un año. El puesto que había obtenido, triplicaba su sueldo actual y calculaba que le permitiría ahorrar lo suficiente, como para independizarse de sus padres, casarse y fundar su propia familia. Claro que sus padres no sabían que ya hacía un año que frecuentaba a María, una de las hijas de Martín Patalagoïty, que vivía también en San Miguel y tenía diecisiete años.

El viaje por el Mar Argentino se presentaba sin mayores novedades. Antonio comprobó con satisfacción, que no padecía nauseas por el oleaje, si bien hasta ese momento nunca había sido demasiado fuerte. Pero por la monotonía, la navegación llegó a serle tediosa. El único momento de distracción, lo constituían el almuerzo y la cena. Había dos turnos para comer, al primero iban los de las cabinas y al segundo los de las literas. El comedor estaba bien organizado y la comida era bastante buena. Cada pasajero se servía de una mesa central y se comía en mesas para seis personas, que compartía con algunos chinos. Para beber había vino y agua. El resto del tiempo, cada uno podía prepararse una infusión, en una mesada con una cocina económica con su fuego bien alimentado y destinada al efecto. Siempre había disponible pan y galletas.

Pero la monotonía de la navegación acabó, después de pasar a la altura de Bahía Blanca. Estaba oscureciendo y el sol iluminaba con sus postreros rayos un frente de tormenta, al que nadie había dado importancia. A eso de las nueve, mientras estaban comiendo, se desató un viento considerable. Casi inmediatamente comenzó a llover y una intensa tormenta se abatió sobre el barco en altamar. El viento y el agua barrían la cubierta y el movimiento del barco hizo que cayeran platos y vasos, con la comida y el vino. Las mesas y bancos se fueron amontonando solas, en un rincón del comedor y nadie podía tenerse en pie. La cena se vio obligatoriamente suspendida y todos corrieron a refugiarse y acostarse en las literas. El movimiento del barco era incesante, lo que provocó que la mayoría de los chinos vomitara. Vomitaban los de arriba, vomitaban los de abajo, las literas quedaron llenas de vómitos, un asco, un olor, una acidez inmunda en el ambiente. No pudiendo soportarlo, Antonio se puso como pudo el piloto impermeable que traía en la maleta y decidió subir a la cubierta, agarrándose de las barandas. Lo recibió una nube de agua, que le golpeó el rostro y le quitó las nauseas. Entonces, la tormenta se puso peor y se tuvo que sujetar de un conducto de ventilación, para que no lo arrastraran las olas que batían la cubierta. Cuando la proa se hundía en el mar, venía la ola que parecía una montaña y toda esa agua se abatía sobre él golpeándolo y azotando bancos, mesas, cajas, todo lo que había en cubierta, que se arrastraba de popa a proa. Además, las hélices quedaban en el aire y por la falta de resistencia, se embalaban haciendo un ruido tremendo. Después, el barco subía la nueva ola apuntando al cielo, se inclinaba de forma tal, que lo obligaba a abrazarse al conducto para no caer y deslizarse. Las cosas que había en cubierta volvían a arrastrase, ahora de proa a popa. Cuando superaba la cresta, la proa volvía rápidamente a sumergirse en el mar y las olas se abatían nuevamente sobre él, una y otra vez. Permaneció largo rato en esa posición, sin poder hacer otra cosa. Después de un tiempo, el timonel condujo al buque de forma de tomar las olas de costado, para que no afectara la hélice. El barco se inclinaba de babor a estribor y las hélices no quedaban al aire. La diferencia del cambio, en cuanto a lo que lo afectaba, no fue mucha. Las olas se abatían arrastrando las cosas de lado a lado, en vez de hacerlo de extremo en extremo. Antonio seguía abrazado al conducto de ventilación, totalmente mojado y atemorizado. Todo eso duró como hasta las doce de la noche. Después de que calmó la tormenta, vinieron los tripulantes denominados bomberos, que hicieron salir a todos los pasajeros de las literas y se pusieron a manguerear el piso, para sacar los vómitos que habían invadido todo el ámbito. Así que esa noche, nadie pudo dormir en las literas, hasta las tres de la mañana.

Al día siguiente, se suspendió el almuerzo, hasta que se pudo reorganizar el comedor. Igualmente, quedaban a disposición, la cocina económica encendida, las infusiones y el pan para prepararse algo. A la hora de la cena, se había formado una fila para entrar a comer. El primer turno andaba medio atrasado y todavía no hacían pasar a los del segundo turno. En realidad, quedaban unos pocos pasajeros de las cabinas, quienes no daban por terminada su cena. El tripulante a cargo del comedor hizo entrar al segundo turno, por que las mesas alcanzaban para todos. Durante el viaje, Antonio había trabado buena relación con algunos de los chinos, con quienes compartía la mesa y se entretenía enseñándoles palabras rudimentarias en castellano, que escuchaban con atención y trataban de decir para mostrar que las habían aprendido. En el comedor, decían con entusiasmo pan, vino, plato, vaso, para beneplácito de Antonio, que había encontrado algo útil para hacer por ellos. Entre los pasajeros que quedaban del primer turno, se hallaba el petiso vestido de gaucho, que había llamado la atención de Antonio, cuando subía por la planchada. Esta vez, cubría su atuendo con un poncho de vicuña y estaba medio entonado por el vino, hablando en voz alta con sus compañeros de mesa. Al principio, con acento indudablemente chileno, contaba de su estancia de miles de hectáreas en Punta Arenas. Todos los de su mesa le prestaban atención y lo adulaban, mientras él no paraba de beber. Su expresión se tornó adusta, cuando vio ingresar a los chinos al comedor y cinco de los orientales, junto con Antonio, se sentaron en la mesa de al lado. Al principio los miraba con desdén, pero luego hablándole a sus compañeros de mesa en voz muy alta, comenzó una perorata xenófoba, acusando a los inmigrantes de provocar el caos en la Patagonia. Se refirió a los agitadores rusos, a la Revolución Bolchevique que había comenzado en febrero, al proletariado levantisco. Para este estanciero, que hablaba rapidito y pedante, las demandas obreras con motivo de las condiciones de explotación a que estaban sometidos los inmigrantes, eran un cuestionamiento total al orden imperante y a sus propios privilegios. Se refirió a las huelgas, al anarquismo y finalmente: “¡A todos estos chinos que tenemos acá, que vienen a robarle el trabajo a los cristianos!” Antonio, al escucharlo, iba montando en cólera, lo que no le costaba mucho cuando presenciaba una situación de injusticia. Como los chinos no entendían absolutamente nada de lo que decía, cosa que el chileno sabía, Antonio percibió que la conversación la dirigía —no solo a los aduladores de su mesa— sino a su persona. El alcohol azuzaba al estanciero a buscar roña y como él tenía simpatía con los chinos, los ayudaba con el idioma y era el único que entendía el castellano de la mesa que compartía con ellos, pasó a ser el objetivo del ataque del gaucho pendenciero, que mirándolo fieramente exclamó con iracundia:

—¡Y peor que esos chinos que roban el trabajo a los cristianos, son esos cristianos cómplices que los apañan y favorecen!

Antonio no pudo con su genio y le contestó mirándolo con serenidad y en voz bien audible:

—¡Si a mí se refiere, cuide sus palabras!

—¡¿Y qué mocito, me va’ peliar?! —le respondió, encogiéndose de hombros, lo que provocó una risa de compromiso de los de su mesa. Antonio sintió que su sangre le hervía y le espetó: