El plagio - Daniel Jiménez - E-Book

El plagio E-Book

Daniel Jiménez

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Beschreibung

Este libro narra una injusticia que merece ser contada, escuchada y reparada, la historia de un robo y de una traición que no solo pone de manifiesto las contradicciones de un país tan rico como arruinado donde reinan la corrupción y el fraude, sino que también revela las trampas de un sistema que desprotege a los trabajadores mientras fomenta la impunidad de los poderosos. Sin artificios, las páginas de El plagio transitan en armonía de la memoria familiar a la escritura de denuncia para construir una crónica minuciosa que adopta la forma de una investigación literaria y existencial. Con honestidad y sencillez, Daniel Jiménez logra iluminar una historia llena de opacidades sobre el verdadero valor de la experiencia y el significado más profundo de la palabra «resistir».

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Veröffentlichungsjahr: 2024

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DANIEL JIMÉNEZ (Madrid, 1981) es licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha escrito reportajes y entrevistas en la revista Tiempo, críticas literarias en Zenda Libros y artículos para VICE España, El País de la Tentaciones y la Esfera de Papel.

Es autor de las novelas Cocaína (Galaxia Gutenberg, 2016, II Premio Dos Passos a la primera novela) y Las dos muertes de Ray Loriga (Galaxia Gutenberg, 2019), así como del libro de relatos La vida privada de los héroes (Galaxia Gutenberg, 2020). A mitad de camino entre la burla y la seriedad, fundó junto con Félix Blanco el Movimiento Plagiarista, cuyas ideas, motivaciones y referentes se pueden rastrear en los dos libros que han escrito hasta el momento: Doce cuentos del sur de Asia (El hombre bombilla, 2016) y la antología Los escritores plagiaristas (Bandaàparte, 2017).

Con El plagio, Daniel Jiménez ha obtenido el XXVII Premio Literario Café Bretón & Bodegas Olarra.

El plagio

DANIEL JIMÉNEZ

El plagio

 

 

 

 

Pepitas de calabaza s. l.

Apartado de correos n.0 40

26080 Logroño (La Rioja, Spain)

[email protected]

www.pepitas.net

© Daniel Jiménez

c/o DOS PASSOS Agencia Literaria

© De la presente edición, Pepitas ed.

Cubierta: Daniel, Miguel, Julián y Raquel

XXVII BECA LITERARIA

LOGROÑO 2021

ISBN: 978-84-18998-54-6

Producción del ePub: booqlab

Primera edición, enero de 2022

Índice

OBERTURA

La caja

PRIMER MOVIMIENTO

De la oscuridad

El año que fuimos ricos

Perseverar

Aprendizaje

El pasado

La propuesta

Los niños

El futuro

La música del azar

Una familia

Cerrado por inventario

INTERLUDIO

La visita

SEGUNDO MOVIMIENTO

Hacia la luz

Los viejos amigos

Cerca de las estrellas

La confianza

Un euro y veinte céntimos

75

Un día en el mundo

Las cosas

243 días terrestres

CODA

La herencia

 

 

 

«Desnuda, la verdad puede ser

vulnerable, desgarbada, horrorosa;

demasiado arreglada se convierte

en una mentira».

RACHEL CUSK

Obertura

La caja

LA SEMANA QUE ME nombraron encargado del restaurante en el que he estado trabajando durante los últimos cuatro años, descubrí que al hablar de mi padre daba la impresión de que estaba muerto. Habíamos cerrado. Estaba con un tipo que solo llevaba un par de días en plantilla. Nos servimos una cerveza y luego apagué todas las luces del local menos las de la barra, que apenas nos iluminaban. Ni que pagaras tú la factura, se quejó él. Tengo que minimizar costes, le dije yo, y además es una costumbre que me transmitió mi padre. Si alguna vez nos dejábamos la luz encendida al salir del baño o de la habitación, él se encargaba de apagarla y nos decía: El que paga, niños, apaga.

¿Hace mucho que murió?, me preguntó mi nuevo y fugaz compañero, quien a las dos semanas dejaría el trabajo de un día para otro amenazando con demandar a los socios del restaurante porque nos pagaban una parte del sueldo en dinero negro.

¿Quién?, le respondí.

Tu padre, dijo él.

Mi padre no está muerto.

Después de esta conversación me prometí que al hablar de mi padre tendría muy presente que estaba vivo, que su vida aún no había acabado, y que antes de que llegara ese momento tenía que hacer algo para evitar que su historia, su lucha y su memoria murieran con él.

Muchos de los autores que han escrito sobre la relación con su padre lo hicieron tras la muerte del progenitor. Resulta más sencillo y menos conflictivo abordar la escritura de un texto sobre tu padre si sabes que él no podrá leerlo. Pero mi padre está vivo. Pienso en él mientras escribo. Asumo el riesgo de que pueda haber algo en estas páginas que no le agrade o directamente le incomode. Aunque me gusta pensar que también encontrará algo que le reconforte y le haga sonreír, algo que le justifique o que incluso le redima.

Mi padre se llama Juan Jiménez. Tiene setenta y cuatro años. Está jubilado y cobra la pensión mínima. Es músico. Ha sido miembro del grupo Los Pekenikes durante cincuenta años. Ha compuesto más de doscientas canciones, ha trabajado como productor y programador de espectáculos, ha dirigido musicales y ha sido profesor. A principios de los noventa ideó un formato novedoso para un programa de televisión que llamó Parquelandia. El proyecto se basaba en adaptar un juego de mesa tradicional al formato de un concurso televisivo para niños. Los concursantes se vestían de un color determinado, caminaban por un tablero gigante construido en el plató, miraban a cámara para lanzar un dado electrónico, realizaban pruebas según las casillas en las que caían. Lo presentó a la televisión pública y realizó un programa piloto. Para grabarlo gastó todos sus ahorros, hipotecó la casa, vendió el pub que tenía y contrajo deudas millonarias. Entregó el material a la cadena y esperó una respuesta, que tardaba en llegar. Entretanto, los tres directivos con los que había firmado acuerdos y contratos se marcharon a una cadena privada. A los pocos meses se estrenó en esa cadena un nuevo programa donde los concursantes vestían de un color determinado, caminaban por un tablero gigante construido en el plató, miraban a cámara para lanzar un dado electrónico y realizaban pruebas según las casillas en las que caían. La única diferencia era que los concursantes eran adultos. Mi padre interpuso una demanda por plagio. Le representó un abogado de una entidad de gestión de derechos. El proceso judicial se alargaría durante años. El programa siguió emitiéndose cada sábado con récord de audiencia y generó enormes beneficios a la cadena y a sus supuestos creadores. Tiempo después, y a pesar de las evidencias, una jueza sin experiencia en propiedad intelectual dictaminó que no hubo plagio porque el programa que había ideado mi padre era para niños. Mi padre recurrió la sentencia y fue a hablar con su abogado. Escondió una grabadora en el bolsillo de la chaqueta porque no se fiaba de él. El abogado lo había obligado a excluir de la demanda a los tres directivos que habían firmado los contratos con mi padre. A lo largo del proceso había cometido otras anomalías, como no entregar a tiempo un informe pericial realizado por un experto que declaraba que el plagio era manifiesto. Durante esa conversación, el abogado terminó confesando que había sido sobornado por la parte contraria: le habían ofrecido tanto dinero que no lo pudo rechazar. Cuando supo que mi padre le había grabado y pensaba demandarlo a él también, le ofreció 300 000 euros. Mi padre no los aceptó y lo llevó a los tribunales. Este caso aún no se ha resuelto.

Hace unos meses, mi padre me pidió que lo ayudara a escribir un libro para contar la historia. Me pasó la documentación que había ido acumulando a lo largo de estos treinta años: contratos, cartas, registros de la propiedad intelectual, sentencias, vídeos, comunicaciones con el abogado, la grabación. Yo estaba en plena mudanza. Busqué una caja donde guardar lo que me había dado mi padre. Encontré una que había olvidado, una caja negra que en su día contuvo unas zapatillas y que ahora estaba llena de objetos que había guardado en diferentes momentos. Había cartas, chapas, fotos, carnés caducados, entradas de espectáculos, una moneda de cien pesetas, canicas, una redacción escolar, pulseras, unas baquetas, un tirachinas. Me propuse escribir un relato a partir de cada objeto sin saber adónde me llevaría ese proceso. La siguiente vez que hablamos le dije a mi padre, con una incómoda sensación de alivio, que no contara conmigo para escribir la historia del plagio, que su guerra no era ya la mía.

Lo que vais a leer es la prueba de que estaba equivocado.

PRIMER MOVIMIENTO

De la oscuridad

El año que fuimos ricos

LA FOTOGRAFÍA NO TIENE fecha, pero me atrevo a decir que tengo dieciséis años, así que estamos en 1997. Seguramente me la hice en el único fotomatón que había en Majadahonda, al lado de la parada de taxis y de la parada del autobús que me llevaba de regreso a Villanueva de la Cañada, donde vivía. Nos mudamos de Majadahonda a La Cañada en el año 1995, cuando tenía catorce años. Fue en verano. Mis padres habían caído en bancarrota y tuvieron que vender el piso casi de un día para otro. Se me quedó grabada la cantidad por la que lo vendieron: 21 millones de pesetas. Mis padres llegaron a Majadahonda en las Navidades de 1974 y compraron esa casa por algo más de 4 millones de pesetas. Lo sé porque ellos me lo dijeron varias veces, supongo que para hacerme ver cómo cambiaba el valor de las cosas a lo largo del tiempo, cómo se encarecía la vida, lo que costaba sacar adelante a una familia con cinco hijos en un pueblo brutalmente enriquecido por la especulación inmobiliaria. Cuando a mi padre le robaron y se quedó en la ruina, el dinero se convirtió en el mayor problema de mi familia. Solo durante el tiempo que mis padres tenían trabajo fijo, ella en una tienda de ropa y él como promotor de espectáculos, pudimos vivir con cierta holgura. Fue en 1989. En las Navidades de ese año hicimos un viaje a Sierra Nevada para ir a esquiar. Esquiar era de ricos, y mi padre tenía dinero y siempre ha tenido mentalidad de rico, así que nos compramos la ropa necesaria para practicar esquí. Pantalones y abrigos impermeables, camisetas interiores de felpa, guantes y gorros. Todo de color muy chillón, fosforito, para que se nos viera en la nieve. Unos años después, cuando estábamos a punto de caer en esa primera bancarrota, un día que estábamos paseando por el parque París de Las Rozas y yo quería un helado, mi padre me gritó que no tenía dinero para comprarlo. Comprendí, si no lo había hecho ya, que el dinero marcaba la distancia entre lo que quieres y lo que puedes hacer, que conseguir algo no era una cuestión de voluntad sino de medios. En adelante, mis padres tuvieron que negarme otras cosas que los demás niños mostraban orgullosos: ropa nueva, una bicicleta de montaña, balones de fútbol oficiales. La negación más frustrante, para ellos y para mí, fue la de costearme el viaje de fin de curso de la EGB. Durante toda esa semana traté de convencerme de que tampoco era para tanto, que había muchos niños que no me caían bien en clase, que tan poco se estaba tan mal solo en casa o jugando en la calle con un balón naranja del PRYCA, porque al fin y al cabo tampoco podía saber si habría sido mejor ir al viaje, no sabía lo que me depararía esa aventura, no sabía si me lo pasaría bien allí o, por el contrario, me querría volver a los pocos días como ya me había ocurrido un par de años antes, cuando estuve en mi primer campamento de verano. Desde ese momento, me propuse negar que lo que fuera que pasara en los lugares en los que no estaba era objetivamente mejor que lo que sea que me fuera a pasar a mí allá donde estuviese.

El año que me hice esta fotografía hubo un viaje a mitad de curso a Andorra, también a esquiar. Ese año sí pude ir. Ese año, y gracias a que mi padre acababa de ganar bastante dinero tras la venta de dos composiciones suyas a una productora alemana que quería formar una banda pop en Rusia, mis padres pagaron con gusto las cuarenta mil pesetas que costaba el viaje porque siempre que entraba algo de dinero en casa se repartía y se gastaba, sin pensar en el mañana, aunque nunca estuviera claro cuándo y cómo lo volveríamos a tener. Así que ese año fui al viaje de fin de curso de cuarto de la ESO con la ropa de esquí heredada de mi hermano y de alguna forma me resarcí. Me sirvió para hacer más fuertes los vínculos con mis compañeros y también para enamorarme de una chica de otra clase. En ningún momento pensé qué habría pasado si yo no hubiera podido ir a ese viaje. Pensaba que me lo merecía. Desde que nos mudamos a La Cañada mi círculo de amigos se redujo al mínimo. Pasaba mucho tiempo solo. No me gustaba el pueblo ni me gustaba la soledad, pero tenía pocas alternativas. El mismo verano que llegamos, mi padre, en parte para que me distrajera y en parte para que aprendiera el valor del trabajo y ganara dinero, habló con los obreros que estaban construyendo un chalé enfrente de nuestra casa y les preguntó si me aceptaban como peón. Me negué a ir a la obra y me apunté a un curso gratuito de natación. Por las mañanas salía de casa en bicicleta para ir al polideportivo. Nadaba durante una hora y luego daba vueltas con la bici hasta que llegaba la hora de comer. Casi todos los días comíamos gazpacho, ensalada y filetes, sandía y melón. Luego me echaba una siesta. Me despertaba y oía la música que escuchaba mi hermano en la minicadena que se había comprado con su propio dinero después de un verano en el que había trabajado montando y desmontando los equipos de sonido e iluminación de los escenarios en los pueblos donde iba mi padre a tocar con Los Pekenikes. Mi hermano también se compró entonces una raqueta de marca, ropa de marca, una bicicleta de marca, calzoncillos y calcetines de marca. Durante ese verano ganó, lo recuerdo porque él también lo repetía en cuanto tenía ocasión, 300.000 pesetas. Mis padres no le pidieron ni un duro, a pesar de que ya habíamos empezado a pasar apuros económicos. Mis tres hermanas, en cambio, de cada peseta que ganaban le daban la mitad a mi madre para la compra, para los recibos de la luz y del gas. Recuerdo que, cuando llegaba la factura del teléfono desglosada por llamadas, cada uno de nosotros tenía que apuntar los números a los que había llamado y sumar el gasto de cada llamada y darle la cantidad total a mi madre. Más de un día mi padre no me pudo llevar de La Cañada a Majadahonda para ir a jugar un partido de fútbol porque no tenía dinero para gasolina. Sé que esta fotografía me la hice después del concierto de U2 en el Vicente Calderón al que me invitó mi hermano porque la camiseta que llevo es la que me compré a la salida en los puestos ilegales que se montaban en los alrededores del estadio. Costaba mil pesetas. La pagó mi hermano, pero le tuve que devolver el dinero en cuanto lo conseguí. Imagino que se lo pude devolver gracias a lo que ganaba repartiendo propaganda por los buzones de La Cañada, o bien gracias a mi amigo Francisco Javier, que me llevó con él a varios chalés donde pusimos rollos de brezo en las verjas que bordeaban los jardines. Cada vez que lo hacíamos ganaba 5 000 pesetas. Tampoco yo le di una parte de ese dinero a mi madre. Ella no me lo pidió. Mi madre nos consentía a mi hermano a mí lo que no les consentía a mis hermanas. Mi padre dejó de exigirnos cuentas porque entró en algo parecido a una depresión después de que le robaran la idea del programa concurso para la televisión pública. Ahí empezó la debacle de mi padre, y por extensión la de todos nosotros.

Desde entonces dejé de recibir regalos por mi cumpleaños y por Reyes. No teníamos dinero para eso. Mi padre nos daba una hoja en la que ponía: Vale por un regalo cuando me devuelvan el dinero del plagio. Mi padre estaba convencido de que la sentencia sería favorable y de que le entregarían una parte del dinero que había generado el programa. Pero eso no pasó. ¿Por qué no coges los 300 000 euros del abogado y te olvidas de todo este asunto?, le dijo mi madre, le dijimos todos. Quiero que se haga justicia, nos dijo, si ahora me dejo sobornar sería igual que ellos. Lo único que quiero es que paguen por haberme jodido la vida. No mentía. Mi padre no ha vuelto a ser el mismo desde que le robaron la idea. Muchas veces, en los días en los que no podía soportar más la desesperación, nos decía que si no ganaba el juicio estaba dispuesto a ir a por ellos, a por los directivos que le habían robado la idea, y pegarles un tiro, y luego, como él mismo decía, pegarse también un tiro e irse tranquilo al otro mundo. Mi madre no dudaba de que fuera capaz de hacerlo. Juan, le decía ella, te estás volviendo loco. ¿Qué pasará con nosotros si haces eso? Y mi padre decía que no le importaba morirse o pasar el resto de sus días en la cárcel siempre y cuando esos hijos de puta se llevaran su merecido. Yo mismo llegué a pensar que mi padre sería capaz de hacerlo. Con dieciséis años no tenía dinero, pasaba mucho tiempo solo, mi padre era un asesino en potencia, teníamos que pagarle a mi madre las llamadas que hacíamos, y mientras tanto había por ahí tres hijos de puta que se habían hecho millonarios plagiando el formato de programa que había ideado mi padre para la televisión. Muchos años después, la locura, el cinismo, la rabia o la estupidez me llevaron a fundar junto a otros escritores un movimiento literario que llamamos Plagiarista. Hemos escrito dos libros, pero nosotros no robamos a nadie, no plagiamos a nadie, no nos apropiamos del trabajo de otro y lo hacemos pasar por nuestro: simplemente emulamos, parodiamos o reinventamos la literatura que nos ha precedido. A mi padre le robaron una idea que podría haber cambiado nuestra vida para siempre, hundiéndole, hundiéndonos a todos, en el resentimiento y la depresión. Y por eso crecimos acumulando tanto odio. Y por eso, ahora, si el juicio contra el abogado tampoco nos es favorable, mi padre ha vuelto a afirmar que saldrá a la calle dispuesto a cargarse a los responsables de su ruina. Me ha pedido que lo cuente todo, cómo ideó el formato del programa, qué directivos de la televisión pública le robaron la idea y la presentaron en una cadena privada usando a un testaferro, las mentiras durante el juicio, la negligencia de su abogado, la incompetencia de la jueza, el soborno, la injusticia. Tiene decenas de documentos que acreditan su versión de los hechos. Hasta guarda una copia en vídeo del programa piloto que grabó —yo y mi hermana participamos como concursantes—, en el que se pueden apreciar la dinámica y las características del programa que él llamó Parquelandia, y que se repitieron de forma idéntica en el programa de la cadena privada cuyo nombre no mencionaré. Le he dicho que no tengo ganas de escribir sobre aquello, que todo ese asunto me enfurece y me provoca sufrimiento y también hartazgo. Él lleva meses intentando escribir el libro que yo no quiero escribir. Lo ha llamado Historia de un plagio. Es un gran título, y también una gran historia, una historia que debería saberse, pero dudo que vaya a salir a la luz. Lo más probable es que mi padre muera pobre. Su único ingreso son los 400 euros de la pensión. Si yo estuviera en su lugar, habría tirado la toalla hace tiempo, o habría ido a la puerta del juzgado con un arma. Aunque, en verdad, no pretendo tomarme la justicia por mi mano, como puede que no le quede más remedio que hacer a él; ni siquiera pretendo que le devuelvan todo el dinero que le habría correspondido, que según la nueva abogada que le representa supera los 20 millones de euros. Lo único que quiero es que mi padre vuelva a ser feliz antes de irse al otro mundo.

Perseverar

UNA TARDE, AL VOLVER del Burger King, mi sobrino de diez años le preguntó a su padre si eran pobres. ¿Por qué piensas eso?, le preguntó mi hermano a su hijo. Porque siempre vas con cupones de descuento y pides las ofertas esas del 2 x 1. Cuando voy con los padres de mis amigos al Burger, nunca usan esos cupones. Mi hermano me lo contó riéndose, pero me puedo imaginar su dolor.

María no puede entender el agobio infinito que sentimos en mi familia por culpa del dinero. Ahora solo le debo dos mil euros. No es tan grave como cuando llegué a deber más de siete mil a cinco personas diferentes, a cada una de las cuales logré devolverles hasta el último céntimo, pero igualmente es dinero que me falta y que pesa.

Después de estar casi ocho meses sin trabajar por un ERTE, me acabo de reincorporar al restaurante. Aún no sé si soy un escritor que pone cañas, o un camarero que escribe. Me han bajado el sueldo. Han empeorado las condiciones laborales. No nos pagan las horas extras. No cobramos los festivos trabajados. Me han bajado de categoría y ahora soy camarero, aunque sigo haciendo funciones de encargado sin remunerar. Me quedan doscientos euros en la cuenta. El mes pasado hubo un problema con el cobro de las prestaciones y no ingresé ni un euro. Hay cientos de miles de personas en la misma situación que yo, y por supuesto mucho peor. Conozco a gente que no ha cobrado en meses, que están sobreviviendo gracias a préstamos de familiares o que han tenido que acudir a las colas del hambre. No he podido pagar mi parte del alquiler. Mi deuda con María se incrementa. A mis treinta y nueve años ni siquiera llego a ser mileurista.