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El asesinato del embajador peruano en Chile abre una investigación que desvela una trama multinacional que pretende alterar las fronteras en el Cono Sur. Sandra Calderón, una agente de la ANI de Chile con problemas personales, debe encargarse de la investigación del asesinato del diplomático peruano, para ello se le asigna como compañero a Manuel Manríquez, un ingenuo novato recién salido de la universidad. Juntos comenzarán a atar cabos, recoger pistas y llamar a puertas y desvelarán una lucha geopolítica con más de 140 años de antigüedad. El plan Morgana inserta una ficción política en un caso real en el que Perú, Argentina y Bolivia reclaman a Chile que corrija las modificaciones de la Guerra del Pacífico de 1884. Roberto Kruger analiza en esta obra, fruto de tres años de investigaciones, los conflictos del S. XIX en Sudamérica y cómo sus consecuencias llegan hasta nuestros días y en esta realidad envuelve una ficción trepidante, una confabulación contra Chile sin precedentes y tras la cual las fronteras en el Cono Sur no volverán a ser las mismas. Utiliza sabiamente la estructura de los capítulos para mantener la tensión y presentar cuatro planos de desarrollo de la novela: la vida de los personajes, el conflicto que mueve la novela, los argumentos históricos y actuales del conflicto transnacional y el desarrollo en las investigaciones. Razones para comprar la obra: - La novela es un thriller de espionaje que aborda los conflictos políticos y territoriales de ciertos países de Sudamérica: no existe otro texto de características parecidas. - El texto está estructurado de tal modo que aunque el lector conozca los hechos en los que se basa, mantiene la intriga en cada capítulo. - La obra da espacio para que el lector pueda conocer los antecedentes históricos del conflicto y poder emitir así un juicio independiente sobre el acontecer político de Sudamérica.
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Seitenzahl: 446
Veröffentlichungsjahr: 2012
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ROBERTO KRUGER GONZÁLEZ
Colección: Narrativawww.nowtilus.com
Título: El plan MorganaAutor: © Roberto Kruger González
Responsable editorial: Isabel López-Ayllón Martínez
Copyright de la presente edición © 2012 Ediciones Nowtilus S. L.Doña Juana I de Castilla 44, 3o C, 28027 Madridwww.nowtilus.com
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
ISBN: 978-84-9967-371-4Fecha de publicación: Septiembre 2012
A ti, que haces todo perfecto.A ti, que siempre me sonríes.A ti, que me amas.
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Capítulo 78
Capítulo 79
Capítulo 80
Epílogo
Antes de apagar el ordenador, oyó un ruido. Ligeramente volvió la cara, esforzándose por descubrir en la oscuridad de la oficina la gruesa figura del guardia que acostumbraba revisar las dependencias de la Embajada cinco minutos antes de la medianoche, pero no había nadie en el umbral. La puerta estaba entreabierta como la había dejado la última vez que regresó del baño. Luego de leer el correo electrónico, palideció y caminó humedeciendo sus labios, hasta que tuvo que tragar saliva. Movió su brazo derecho por la frente sudorosa, recogió la valija diplomática y dio unos pasos hacia la entrada evitando recordar el mensaje que estremecía su pecho.
Un golpe en el pasillo lo paralizó.
—¿Señor Torrejón? —dijo el embajador de Perú sosteniendo con fuerza el maletín—: ¿Señor Torrejón? He terminado mi trabajo por hoy. Me retiro.
—Buenas noches, señor embajador.
El diplomático salió de su despacho, se aflojó la corbata y se acomodó los anteojos para atravesar el pasadizo que él había dejado sin luz. Dio un paso tras cerrar la puerta, se detuvo súbitamente cuando divisó una figura con el rostro cubierto que se desplazó en la espesura y respiró profundo tratando de regresar.
—¿Señor Torrejón?
La silueta disparó tres veces a quemarropa y se quedó quieta contemplando la caída del político y sus gritos agónicos.
—Señor Torrejón —titubeó—. ¡Ayuda!
El hombre guardó el arma en el bolsillo del pantalón y caminó hacia la puerta principal. Sus pasos dibujaban una sinuosa huída y se detenían frente a cada oficina para comprobar una vez más que había burlado la seguridad. Abrió el acceso a la Embajada y volvió el semblante convenciéndose de que había realizado el trabajo.
Luego, desapareció.
El embajador de Perú soltó el maletín y se tocó el vientre con ambas manos. Sentía cómo la viscosidad de la sangre escurría dejando huellas sobre el piso mientras su respiración disminuía. A pesar de eso, se volteó, rasguñó el suelo y pidió ayuda en un hilo de voz. No tuvo respuesta. La ausencia del guardia estaba inquietándolo. Lentamente, apoyó los antebrazos en las baldosas y comenzó a arrastrarse mirando fijamente la entrada principal iluminada por las luces de la Avenida Andrés Bello. Tenía las piernas dormidas, el pecho apretado y las mejillas abultadas. Suspiró sin dejar caer la cabeza, apretó los dientes y soportó los calambres. Su estómago estaba destrozado, y junto con él todos los proyectos que tenía en su vida personal. Estaba cerca. Sólo en ese momento entendió lo que había sucedido. El guardia estaba a los pies de la puerta y tenía el rostro desfigurado por el disparo que recibió en la nariz. Había sido azotado contra la pared porque las pinturas que ornamentaban la sala estaban en el suelo con los bordes teñidos de sangre aún fresca.
El diplomático peruano sacudió la cabeza y abrió la boca al ver al vigilante en ese estado. Apenas tenía fuerzas para mantenerse erguido. Aun así, lo alcanzó y le puso la mano sobre el cuello, pero se percató de que la piel estaba fría. No había tiempo para lamentos, la salida estaba a unos metros y sólo ahí podría encontrar la salvación. Hizo el último esfuerzo, se apoyó en la mampara dejando huellas de sus manos ensangrentadas y atravesó percatándose de que la reja estaba abierta. Al dar un paso más, sus piernas se doblaron y cayó de costado. Un grito en medio de la soledad de la noche anunció que su brazo se había fracturado. Permaneció inmóvil por unos instantes, vio que su vehículo estaba intacto y se arrastró hacia él. De inmediato, se activó la alarma, lo que provocó que algunas casas encendieran las luces.
Estaba cerrando los ojos, sus mejillas permanecían pálidas y heladas y sus dedos tiesos. Vació la respiración lentamente, negó con la cabeza, gruñó dándose el último impulso con las manos y avanzó hacia la vereda de la costanera. Cada instante era un descuento en su vida, sentía la fatiga en sus músculos y la incertidumbre de lo que estaba sucediendo.
Cruzó la puerta de la reja y agradeció estar en territorio chileno. El barrio estaba desierto. Debía pedir auxilio, pero su voz no tenía potencia. Su garganta se estremeció, sus manos se sosegaron sobre el vientre y su boca quedó abierta.
—Blanca… —titubeó—, Blanca…
Se llevó la mano derecha al pecho y movió los dedos insistentemente, pero no encontraba lo que deseaba. Tragó un poco de saliva, se mordió los labios y arrugó los párpados. Su mano estaba quieta sobre la cartera de la camisa, hurgó en el interior y extrajo un objeto que rápidamente guardó en el puño. Abrió los ojos esperanzado en hallar ayuda a un costado de la calle, sin embargo, estuvo solo los siguientes diez minutos, los últimos de su vida como diplomático.
Antes de salir del baño, se miró por tercera vez en el espejo. La última corrección a su cabellera negra la hizo sólo para comprobar la diferencia entre la mujer que abandonó el país y la nueva Sandra Calderón que regresó con aires europeos. Sonreía, fruncía el ceño y se alistaba para dejar el cuarto, pero se detenía y aproximaba el rostro al cristal para verificar que el maquillaje estuviera perfecto. En eso estaba cuando su celular vibró en el bolsillo del pantalón azul marino. Dudó en responder, pero lo recogió y aceptó la llamada con un rictus de disgusto. Sólo llevaba media hora de retorno al trabajo y la rutina la estaba acosando. Contestó con un gemido, cortó y salió sin importarle que todos cuestionaran el arrebatado portazo que entregó. A pasos ágiles cruzó el pasillo central de la oficina, atropelló a todos los que estaban en su camino, aseguró su credencial de identificación en el borde del cinturón y entró en el último cubículo del piso mostrando una fingida sonrisa.
—¿Sí? —Se cruzó de brazos—: ¿Por qué yo?
—Porque tú acabas de llegar. —El abogado que dirigía la oficina se levantó de su asiento.
—Me fui de vacaciones para olvidarme de todo. —Sandra Calderón evitó la mirada—. ¿Quiere que me vuelva loca?
—No. —Le ofreció una carpeta que estaba sobre el escritorio— . Quiero que asumas este caso.
La mujer contempló el dócil comportamiento de su jefe, quien permanecía con la mano estirada sosteniendo los documentos. Ella se volteó y le dio como respuesta el acostumbrado silencio que evidenciaba su enfado.
—Creo que te gustará —dijo el director de la ANI—. Tómalo, no te arrepentirás.
—¿Cómo lo sabe? —la agente miró de soslayo—: ¿Es otro caso de anarquistas?
El jefe de la Agencia Nacional de Inteligencia, que algunos conocían como la ANI, contuvo el aliento, agitó el portafolio y observó a Sandra Calderón hasta que le arrebató el archivador con un movimiento.
—Un muerto —susurró hojeando los informes—. Un muerto.
—No es cualquier muerto —el director enarcó las cejas—. Es un diplomático.
—¿Sí? —se extrañó.
—El embajador de Perú en Chile —confesó mientras aflojaba el nudo de la corbata—. ¿Te das cuenta lo que significa?
La agente Calderón se encogió de hombros y escrutó los papeles de la carpeta.
—¿Pudo ser un accidente?
—El Gobierno de Perú dijo que fue un atentado —contestó—. Está culpando al Gobierno de Chile.
—¿Por qué? —La mujer recogió un lápiz del escritorio y anotó en el reverso de la primera hoja—. ¿Un atentado de Chile contra la Embajada de Perú? Es una acusación muy grave.
—Dicen que La Moneda está anticipándose al fallo de La Haya. —El encargado de la ANI se paseó manteniendo el rostro a media altura.
La agente Calderón suspiró y retocó su melena. Siempre lo hacía cuando necesitaba tiempo para pensar. Mantuvo la compostura ante la confusa mirada de su superior, cerró el archivador y lanzó el lápiz sobre el escritorio para luego dirigirse a la salida con los ojos clavados en la puerta.
—Lo atraparé —se volteó.
—No, Sandra —dijo el jefe de la oficina, acercándose—. Investiga qué ocurrió, pero no actúes.
—¡Lo atraparé! —asintió la agente asegurando su arma—. Resolveré este caso.
—No somos policías, somos analistas —dijo el superior, adusto—. Somos Inteligencia política. Recuérdalo. Cuando tengamos todos los antecedentes, entregaremos los informes…
—Nos vemos.
La mujer se marchó esperando que el abogado le hiciera una propuesta, mas sólo obtuvo silencio. Atravesó el pasillo central observando a sus compañeros, pero parecía que nadie la reconocía. Se detuvo casi al llegar a la salida, dejó la carpeta debajo del brazo izquierdo y se quitó la credencial de identificación ostentando parquedad. Luego, abrió la puerta sin hacer ruido, se mordió los labios y vio de reojo. Definitivamente, nadie la recordaba. Prefirió ignorarlos. Dio un paso adelante, meditabunda, y se despidió con un portazo.
Quería comenzar a trabajar.
En el acceso principal del Servicio Médico Legal, conocido popularmente como SML, cientos de periodistas estaban agolpados a las nueve de la mañana transmitiendo en directo los acontecimientos mientras las Fuerzas Especiales de Carabineros trataban de contener la gran cantidad de curiosos que llegaron a la Avenida La Paz. Era imposible. A metros de la entrada al estacionamiento estaban los residentes peruanos exigiendo justicia y solución diplomática para la noticia que había estremecido la jornada. Sin embargo, no había respuesta para sus peticiones, por lo que optaron por encarar a los ciudadanos chilenos. En un instante, la calle que conducía al Cementerio General se convirtió en un campo de batalla que obligó al uso de furgones antidisturbios y a la detención de decenas de manifestantes.
Después de media hora, hubo tranquilidad en la puerta del SML.
Sandra Calderón decidió estacionar la camioneta Ford Ranger amarilla a dos cuadras del edificio. Había intuido lo que encontraría, por eso esperó apoyada en el manubrio y revisó los documentos. Era el análisis de la autopsia del embajador de Perú. Tras cada línea que repasaba, negaba con la cabeza y jugaba con los dedos recreando los hechos. El forense había encontrado las tres balas en el cuerpo, había descrito la trayectoria y el tipo de arma que había sido usada, había determinado que el ataque fue a menos de un metro de distancia y que la data de muerte estaba situada a la medianoche. No obstante, no se convencía. Bajó la carpeta y bostezó. Antes de descender de la camioneta, se maquilló frente al espejo retrovisor, disimuló una sonrisa y susurró la promesa que había dicho en la oficina de su jefe. Tarde o temprano, encontraría al culpable. Era un desafío personal que estaba asumiendo.
Caminó con las manos en los bolsillos del pantalón azul marino que había comprado en el viaje a Estocolmo. El pavimento estaba mojado después de la actuación de las Fuerzas Especiales, los pocos periodistas que habían sobrevivido al combate permanecían expectantes y la policía civil se había preocupado de resguardar el perímetro del Servicio Médico Legal.
—No me haga preguntas —sentenció mostrando su credencial de identificación al portero del edificio—. Quiero hablar con el forense.
—Está en su oficina —respondió el portero enarcando las cejas.
La agente avanzó analizando las variables que había formulado. De vez en cuando, revisaba los escritos para cerciorarse de los datos, hacía garabatos en las páginas en blanco y silbaba Somebody dance with me de DJ Bobo, que le recordaba su juventud. Sus pasos eran cansinos, sentía que la vida se cortaba sobre su piel, acariciaba el miedo en cada respiro y evitaba las conjeturas para lograr objetividad. Aun así, tenía ideas que no la dejaban tranquila.
Se detuvo frente a la oficina, llamó sutilmente y esperó sosteniendo la carpeta. Mientras tanto, observó el largo pasillo de baldosas enceradas que reflejaba su figura con la ayuda de los rayos del sol que entraban por las ventanas laterales. Era la segunda vez que estaba en el Servicio Médico Legal a pesar de que había prometido no volver. Prefería no recordarlo. Se aflojó los botones de las mangas de la blusa y llamó a la puerta con más fuerza. Enseguida, cuando estuvo dispuesta a girar la manilla, apareció la tosca figura de un hombre delgado, moreno, calvo y de lentes a media altura que vestía un delantal manchado. Se miraron extrañados por sus presencias. Él vaciló e intentó cerrar, pero ella se adentró en el despacho sin importarle que la considerara imprudente.
—¿Sí? —dijo el hombre alzando los hombros.
—¿Forense Mendoza? —dijo la mujer tras entornar la puerta—. Necesito hacerle unas preguntas.
—¿Quién las hará? —tartamudeó el médico.
—Soy la agente Calderón de la ANI —mostró la credencial—. ¿Dónde están las evidencias del embajador asesinado?
—Están en el informe —sonrió, nervioso.
—No es suficiente —respondió clavando su mirada en el semblante—. Quiero ver el cuerpo.
El forense Mendoza se refugió tras el escritorio, recogió un archivador y lo leyó evitando los interrogantes de la visita, pero sus manos torpes arrugaban las hojas y sus ojos inquietos buscaban la cara de la mujer.
—Lléveme a la morgue. Quiero revisar el cuerpo.
—Usted no está preparada para examinar cadáveres —balbució el médico—. El informe es el resultado.
—Se está equivocando conmigo —golpeó el escritorio con un puño—. Soy licenciada en Historia, magíster en Ciencias Políticas y doctora en Criminología. ¿Tiene alguna duda, señor Mendoza? Si no me muestra el cadáver, lo acusaré de obstrucción a una investigación de seguridad gubernamental.
Se miraron en silencio. La puerta de la oficina quedó abierta tras los pasos agitados del médico forense, quien evitaba volver el rostro ante las preguntas de la analista. No había nada peculiar en un hombre calvo y delgado, solamente un poco de histeria después de desafiar a una autoridad del Estado. El hermetismo que cargaba lo disfrazó con el delantal, la cofia y la mascarilla que recogió para ingresar en el depósito de cadáveres. Luego, cuando vio que la visita estaba dispuesta a entrar sólo con guantes, se convenció de que no podía seguir negándose.
El cadáver estaba limpio sobre la camilla después de las pruebas que le practicaron. En el abdomen tenía dos entradas de proyectil y la tercera en el tórax. Sin embargo, la agente Calderón palpó cuidadosamente la piel describiendo en susurros lo que estaba apreciando. Las evidencias del ataque a quemarropa estaban en los grandes agujeros que había en las penetraciones de las balas nueve milímetros en el tejido. Enseguida, recorrió los contornos del cuello para comprobar que no hubo forcejeo ni estrangulamiento, removió los párpados para verificar que el humor vítreo determinara la data de muerte, examinó la anatomía desde los pies de la camilla, escrutó las manos, los dedos y las uñas para descartar indicios de lucha y observó las yemas detenidamente. Los dedos índice y pulgar de la mano derecha estaban teñidos con una sustancia roja que había sido borrada sin dedicación.
—¿Tiene los resultados de ADN?
—Están en el informe —jadeó el médico forense—. ¿Duda de mi trabajo?
—En el informe no hay aclaración sobre estas manchas rojas —volvió el rostro—. ¿Por qué?
—No es sangre. No hay indicios de lucha —declaró—. Quizá es una huella que tiene el cadáver de antes de su muerte.
Sandra Calderón tomó la mano y la movió en distintas direcciones. Cambiaba de posiciones suponiendo que los dedos estuvieron apoyados en el costado de la pierna derecha, sobre el abdomen, en la cabeza y en el pecho. A pesar de que podía formular muchas teorías, no se atrevía a confirmar.
—¿Tiene la ropa que usó el embajador?
—Llevaba pantalones negros y camisa celeste —respondió cruzándose de brazos—. No había vestimenta roja.
—¿Seguro? —La mujer arqueó las cejas—. ¿Dónde están las evidencias?
—¿Por qué no lo llevaron a Perú para la autopsia? —Se apoyó en el borde de la camilla y bajó la cara—. A Chile no le compete este trámite legal.
—El embajador murió en la Avenida Andrés Bello. Por lo tanto, la investigación debe realizarla la justicia chilena. —Clavó la mirada en el semblante pálido del médico—. ¿Dónde están las evidencias?
El forense Mendoza se apartó de la camilla cerrando los ojos y conteniendo la respiración. Caminó hacia un rincón de la sala y recogió una bolsa plástica transparente que contenía un objeto circular tricolor con rasgos de haber sido arrugado. Regresó a paso lento, mordiéndose los labios y manteniendo el semblante a media altura. Luego, lo exhibió desafiante ante los ojos atentos de la agente Calderón.
—¿Por qué no lo mostró antes? —sentenció—: Podría acusarlo de obstrucción a la justicia.
—Hágalo —dijo el médico—. No hay solución.
—¿Usted sabe algo más?
El forense esquivó la mirada y puso la evidencia en la mano desocupada de la investigadora.
—Rojo, blanco y rojo en forma circular —susurró ella—. Esto es una escarapela.
—Todos los peruanos la usan, ¿no?
La mujer la sacó de la bolsa plástica, la revisó cuidadosamente en los bordes hasta que encontró las marcas de los dedos índice y pulgar dejando degradación en el color encarnado, la colocó en la mano del cadáver y recreó el movimiento suponiendo que el símbolo lo llevaba en el pecho. Enseguida, comprobó las arrugas que tenía tras haber permanecido empuñada por unas horas.
—Estaba muy bien protegida —tartamudeó el forense—. Tenía los dedos torcidos por la presión que ejerció para envolverla.
—Debió tener un significado especial para el embajador —dijo la agente—. Amaba a su país.
Sandra Calderón guardó la escarapela. Estaba convencida de que no podía encontrar indicios en ella. Sin embargo, un ligero gesto del médico le indicó que debía voltearla. Sin dudarlo, lo hizo lentamente tratando de comprender qué intención había detrás de la nostálgica mirada que entregaba desde los pies de la camilla.
—¿Por qué? —dijo la analista, boquiabierta—. ¿Qué significan?
—Son letras —suspiró—. No sé qué significan, pero supongo que nada bueno. Por algo lo mataron.
El forense Mendoza le dio la espalda a la investigadora, se apoyó en el mesón de utensilios y movió ligeramente su mano derecha para empuñar el bisturí.
—Me pagaron para esto —gimió—. Debía borrar las huellas. Debía colocar huellas chilenas en el cuerpo, pero no fui capaz.
—¿De qué está hablando? —Sandra Calderón se acercó conteniendo el aliento. — ¿Qué sabe usted? ¡Hable!
—No sé nada más de lo que he dicho. —Levantó la cara y arrugó los párpados—. Supongo que nada bueno habrá mañana.
La agente vio que el forense sostenía el bisturí con fuerza y que su respiración agitada y los movimientos bruscos de su rostro entorpecían su lucidez. De inmediato, desenfundó la Walter PPK y apuntó.
—Déjelo en el mesón —sentenció—. Dese la vuelta y levante las manos.
—Me vendí —lloró el médico—. Nunca pensé que lo haría.
—¿Quién lo hizo?
—Un hombre. No sé quién es —jadeó—. Vino ayer, al mediodía, y me dijo que por la noche llegaría un muerto de nacionalidad peruana. Dijo que era una persona importante, por eso debía colocar huellas chilenas en el cuerpo.
—Suelte el bisturí, por favor.
—¡No quiero seguir!
El grito detuvo los pasos de la analista, quien prefirió bajar el arma. El forense colocó el filo del bisturí sobre su cuello y lo deslizó bruscamente produciendo una hemorragia que lo desplomó al instante. Estaba quieto sobre el piso, aún respirando y escondiendo la mirada.
—¿Por qué lo hizo? —se acuclilló, auxiliándolo.
—No quiero seguir… —resolló—. No quiero…
Cerró los ojos lentamente.
Su silencio tenía precio.
El carraspeo del director de la Agencia Nacional de Inteligencia permitió a Sandra Calderón comprender que nada estaba claro. Sobre el escritorio se encontraba la escarapela envuelta en la bolsa plástica y un papel escrito con tinta roja que pretendía explicar la evidencia. No obstante, las más de dos horas que llevaban encerrados en la sala de reuniones no determinaban ningún resultado. La agente no se atrevía a hablar, jugaba con sus dedos en el borde del mueble y esperaba que su superior se arriesgara, pero él prefería la cordura, se acercaba al estante y acariciaba los archivadores buscando una respuesta.
—«Atuku’hc añxuhc añinu itsim». —El abogado leyó la escarapela con dificultad mientras alzaba los hombros—. ¿Quién puede llamarse así?
—¿Por dónde comenzamos? —Ella levantó la vista— ¿Qué significa o quién la dejó ahí?
—Debe ser un mensaje —propuso él, sentándose—. ¿Quién podría asesinar a un embajador peruano y dejar un mensaje así? ¿Quién podría perjudicar a Chile? El Gobierno de Perú está pidiendo explicaciones a La Moneda.
Sandra Calderón se levantó de la silla y caminó acomodándose la melena. Sus pasos sobre el piso flotante desconcentraban al jefe de la ANI, quien cerraba los ojos y se acariciaba las mejillas para hallar una solución. No era fácil. Llevaba más de tres años en el puesto gracias a la confianza que el presidente de la República había depositado en él. Sin embargo, comenzaba a dudar de sus capacidades como abogado y criminalista. Por eso devolvía tenues miradas a la investigadora, como una forma de encargarle el trabajo mientras analizaba sus aptitudes.
—A mis cincuenta y dos años todo esto me supera —se restregó los ojos—. ¡No hay caso!
—¿Qué queda para mis treinta años? —Sandra regresó al escritorio—. No fue un chileno quien mató al embajador peruano. Eso está claro.
—¿Por qué? —frunció el ceño—. ¿Cómo lo sabes?
—El forense dijo que le habían pagado para que pusiera huellas chilenas en el cadáver —sentenció—. Un chileno pagando para poner huellas de otro chileno. ¿Puede ser efectivo? ¿Un chileno pagando para culpar a otro chileno del asesinato de un extranjero?
—¿Qué quieres decir?
El director de la ANI se incorporó y siguió los delicados movimientos de la analista mientras paseaba de un costado a otro. Le gustaba su metodología para enfrentar las situaciones, su personalidad para asumir los desafíos y su arrogancia para imponer sus ideas. Pero eso no le quitaba los deseos de sacarla de la Agencia cuando la terquedad lo enfrentaba. Nunca había sido partidario de trabajar con mujeres, menos en un lugar que —como lo había declarado al asumir—, era exclusivo para hombres. No obstante, con el tiempo, se dio la oportunidad, pero no estaba del todo conforme y por eso se mostraba distante en ocasiones.
—El embajador murió en la calle. Por lo tanto, fue atacado dentro del recinto —Se volvió recreando los hechos con sus dedos—. Quien lo hizo, conoce la Embajada, los horarios y los sistemas de seguridad.
—El guardia estaba muerto —aportó el superior.
—¿Cuántas personas trabajan en la Embajada? —Sandra continuó paseando—. ¿Dos?
—Diez —declaró el abogado—. Pero, curiosamente, siete abandonaron el país en las últimas semanas. Sólo quedan los asistentes. Descarta al guardia.
—Dos sospechosos de nacionalidad peruana —acotó mientras repasaba el apunte hecho con tinta roja sobre el papel—. ¿Alguien sabrá qué es «Atuku’hc añxuhc añinu itsim»?
El encargado de la Agencia se encogió de hombros y esperó una respuesta de la subalterna, pero ella recogió la carpeta y la escarapela y abandonó la sala.
Los peritos de la Brigada de Homicidios tenían delimitado el sector donde había ocurrido el deceso. La Avenida Andrés Bello estaba custodiada por carabineros que patrullaban a la redonda y controlaban la identidad de quienes traspasaban las barreras. De vez en cuando, las camionetas de la PDI aceleraban con las luces encendidas para alertar la emergencia de las diligencias. Sin embargo, la investigación de la escena del crimen estaba estancada en la vereda de la Embajada de Perú en Chile desde que el cuerpo fue encontrado por un vehículo de seguridad vecinal a las doce y quince minutos de la noche. El fiscal de Providencia había ordenado levantar el cuerpo para evitar especulaciones de la prensa y para obtener en menos de doce horas el informe forense como una forma de responder a la inevitable crisis que se produciría en el ámbito diplomático. No obstante, la información de la misteriosa muerte del embajador Raimundo Coloma se filtró, y pronto el cónsul de Perú acudió a las oficinas de la Policía de Investigaciones para comprobar el rumor. De inmediato, el Gobierno de Perú emitió un comunicado exigiendo transparencia y rigurosidad en las pericias. El ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Alejandro Jiménez, ordenó que todo se mantuviera bajo secreto hasta que se obtuvieran los resultados finales, pero a primera hora el noticiero matinal de CNN en español emitió las declaraciones del presidente de Perú responsabilizando a La Moneda. Desde ese momento, el Gobierno del presidente Juan Ignacio Lozana, a través de la cancillería, optó por el silencio.
La noticia dio la vuelta al mundo. Los portales electrónicos entregaban artículos con los últimos avances de la investigación y realizaban análisis de las consecuencias políticas que seguirían al trágico suceso, mientras los canales de televisión emitían las últimas apariciones del embajador Raimundo Coloma en Chile y en Perú y especulaban diversas hipótesis que apuntaban como responsable a la vulnerable seguridad de Chile. Al mediodía, tras la tercera intervención de la Casa de Pizarro en conferencia de prensa con CNN en Español, la cancillería de Chile dio paso a Cadena Nacional para el comunicado de prensa autorizado por el presidente de Chile expresando el malestar del acontecimiento y su compromiso con el Gobierno de Perú para llegar hasta las últimas consecuencias en la investigación. Pero esto no logró calmar los dichos del presidente Omar Quispe, pues su arremetida fue argumentar que La Moneda está preparando estrategias inadecuadas para la región sudamericana en una ambiciosa carrera armamentista marcada por la soberbia y el poder. De inmediato, el ambiente diplomático se tensó y los diferentes sectores políticos chilenos hicieron un llamado para que las palabras de la Casa de Pizarro fueran desmentidas. Sin embargo, tras una hora de intensos movimientos de relaciones bilaterales, no hubo refutación a las manifestaciones declamadas. El diario La Razón de Perú publicó una versión vespertina con el titular «Chile: asesinos a sueldo». La reacción de Chile fue inmediata y exigió que el presidente Omar Quispe y su Gobierno se pronunciaran ante las acusaciones del tabloide nacionalista. No obstante, nadie emitió un comunicado de aclaración.
—¿Puedo hacerle unas preguntas? —dijo Sandra Calderón mientras se acercaba al despacho de la secretaria de la Embajada—. ¿Está leyendo La Razón?
—Usted no puede estar en este lugar —respondió la secretaria cerrando la página electrónica—. Esto es la Embajada de Perú, es territorio independiente a la jurisdicción chilena.
—Lo sé, pero tengo una orden. —La agente dejó el documento en las manos de la asistente peruana—. El embajador murió en territorio chileno. Por lo tanto, debemos investigar quién lo mató.
—Un chileno —respondió, displicente—. Alguien con rasgos xenófobos.
La analista suspiró y se acomodó los cabellos. Frente a ella estaba la estática figura de una mujer morena, delgada y de estatura media que luchaba por mantener su mirada fija en el escritorio. Su acento cada vez era más limeño y su inquietud más pronunciada cuando la agente se paseaba alrededor del escritorio deteniéndose en cada rincón. Estaban en silencio. Era el elemento favorito para descubrir las mentiras, sin embargo, no estaba funcionando.
La asistente de la Embajada estaba de brazos cruzados esperando que la visita se decidiera a terminar el encuentro para continuar con su trabajo.
—«Atuku’hc añxuhc añinu itsim». — La agente Calderón leyó el apunte que sacó del bolsillo y se ubicó a un costado arrugando el ceño—. ¿Conoce eso?
—No —la secretaria movió la cabeza—. ¿Por qué?
—¿Usted conocía bien al embajador Coloma?
—Fui su secretaria durante cuatro años en esta Embajada —se encogió de hombros—. Nuestra relación era profesional. No sé nada de su familia ni de su vida personal. Sin embargo, desde que regresó de Lima estaba extraño, más callado. A veces, decía que quería dejar el cargo.
—¿Por qué quería hacer algo así? —La criminóloga Calderón se sentó para escrutar los rasgos de la funcionaria—. ¿Tenía otras aspiraciones profesionales?
La secretaria clavó sus ojos en el monitor del ordenador, contuvo la respiración y recogió sus manos para dejarlas sobre el regazo. La investigadora se percató del nerviosismo que invadía su cuerpo, sacó un lápiz y una libreta y comenzó a escribir breves palabras que despertaban la atención de la mujer limeña.
—Tenía miedo —confesó—. Desde que volvió de Lima decía que tenía mucho miedo y que deseaba renunciar al cargo.
—¿«Atuku’hc añxuhc añinu itsim» tiene que ver con eso? —leyó nuevamente—: Hable.
—No sé a qué se refiere.
—¿Usted sabía que él llevaba una escarapela? —Sandra Calderón enarcó las cejas—. ¿Usted tiene una?
—El embajador siempre llevaba una escarapela en el bolsillo de la camisa —susurró la funcionaria—. A veces, la tenía sobre el escritorio, junto al teclado de su ordenador, la miraba y escribía.
—¿Qué escribía? —Clavó sus ojos en el semblante tosco de la mujer—. ¿Cartas de amor?
—No lo sé —respiró profundo—. Una vez lo vi abrir su correo electrónico con la escarapela en la mano.
La agente Calderón intentó hablar, pero se detuvo. Ligeramente, se enderezó sobre el asiento, guardó la libreta y el lápiz y se incorporó examinando detenidamente a la asistente, quien no comprendía lo que estaba deduciendo a la visita.
—¿Puedo ver el computador del embajador? —susurró la analista disponiéndose a salir de la oficina—. Quiero comprobar algo.
—Eso es imposible —dijo un hombre de contextura media y tez trigueña acomodándose los anteojos sobre la nariz aguileña—. La policía chilena no tiene jurisdicción dentro de la Embajada de Perú.
—No soy policía —dijo Sandra Calderón, encarándolo—. Soy criminóloga. ¿Quién es usted?
—José Gabriel Méndez, asesor del embajador —respondió indicándole la puerta—. Retírese, por favor. No quiero que las malas políticas de su país contaminen la Embajada.
Ella caminó hacia la salida golpeando los tacones de media suela en mitad del silencio que obligaba a cruzar miradas, se llevó las manos a la cintura y mantuvo el rostro altivo.
—Les recuerdo que el señor Coloma murió en territorio chileno. Por lo tanto, debo reconstruir todo lo que ocurrió minutos antes de su deceso —sentenció, volteándose—. A menos que el personal de la Embajada sepa lo que sucedió y quiera ocultar las evidencias.
—Lo único que ocurrió fue un atentado organizado por el Gobierno chileno —respondió José Gabriel Méndez con la cara enrojecida—. ¿Le cabe alguna duda? Su país tiene miedo al fallo de La Haya.
—Si usted está convencido de que mi país realizó un atentado contra un diplomático, ¿por qué me prohíbe el acceso a la oficina del embajador? —La investigadora se cruzó de brazos—. Quien nada hace, nada teme.
El asesor se mordió los labios y se adelantó a los pasos parsimoniosos de Sandra Calderón para indicarle con una sutil mirada que debía seguirlo. Salieron de la oficina cómplices de sus propias cavilaciones. Desde el pasillo se observaban las pericias que realizaban los oficiales de la PDI en la costanera. La agente, después de descubrir el despacho del diplomático, miró las baldosas e imaginó la agonía que había sufrido. No podía concebir que hubiera ocurrido un hecho con tales características. Ni siquiera en el más extremo de los entrenamientos que había realizado en su preparación profesional imaginó un acontecimiento así.
—¿Cuántos chilenos han ingresado en la Embajada a realizar trámites? —dijo Sandra Calderón entrando en la oficina—. ¿Cinco, diez, veinte?
—Usted es la primera en este año 2013 —respondió José Gabriel Méndez guardando su manos en los bolsillos del pantalón—. ¡Los chilenos no tienen nada que hacer en este lugar!
—Entonces, ¿por qué culpar a un chileno de este asesinato? —se instaló frente al ordenador, se colocó los guantes que llevaba en el bolsillo del pantalón y encendió el monitor.
—Sólo son sospechas. —El asesor de la Embajada frunció el ceño.
—«Atuku’hc añxuhc añinu itsim» —Ella ojeó mientras esperaba que el programa informático terminara la instalación—. ¿Conoce ese término?
El asesor palideció, se quitó los anteojos y enjugó el sudor frío de sus mejillas. Sacudió el rostro ligeramente para despejar sus dudas, se apoyó en el asiento que ocupaba cuando se reunía con el embajador y levantó la vista dispuesto a enfrentar las observaciones de la analista.
—Está metiendo la nariz donde no debe —dijo José Gabriel Méndez—. Es mejor que se vaya.
—¿Es una amenaza? —respondió la agente Calderón acomodándose para escribir en el teclado— Quizá yo esté arriesgando mi vida en este momento, pero afuera hay más de cien peritos de la policía que no dudarían en ingresar para defender la honra de Chile —prestó atención al apunte con tinta roja—. ¿Me puede decir qué es «Atuku’hc añxuhc añinu itsim»?
—No lo sé.
—Es la contraseña del correo electrónico del embajador —sentenció la analista—. Pero es evidente que no funciona tan simple.
—Es un secreto que él se llevó. A nadie le decía nada. Ni siquiera a mí —se encogió de hombros—, lo único claro es que lo asesinaron.
Sandra Calderón se arrellanó en el asiento del escritorio y digitó delicadamente las letras minúsculas en el verificador de contraseña, sin embargo, arrojó un error. Sin dudarlo, lo hizo con mayúsculas, pero no había resultados. Luego, intentó con minúsculas y mayúsculas sin respetar los espacios entre las palabras, mas no lograba el acceso. Había pasado más de veinte minutos sin encontrar la fórmula para ingresar al correo electrónico. De un momento a otro, se restregó los ojos, se estiró y se percató de las miradas continuas del asesor, quien permanecía junto a la puerta. Hizo un alto en la diligencia con un profundo suspiro, entrelazó los dedos y recorrió la oficina con la mirada. Comenzaba a sentirse atraída por lo inesperado. Había omitido los detalles que hacían de aquel lugar un espacio con identidad. En las paredes estaban los galardones de la carrera profesional del embajador Coloma, pero también algunos ornamentos que, a simple vista, se distanciaban del estereotipo político. Nuevamente, sintió la mirada intrigada del asesor del diplomático, pero no le dio importancia, se incorporó del asiento y caminó con las manos a media altura, sosteniendo el aliento y preparándose para degustar el manjar que tenía enfrente.
—Aimara —susurró mientras observaba una bandera cuadrangular de siete colores que caracterizaba a las etnias de los Andes—: la Wiphala.
—Váyase, por favor. —Insistió el hombre—. Esto no le incumbe.
—¿No es el quechua el idioma cooficial del Perú? —Sandra Calderón deslizó el dedo índice sobre la imagen—. ¿Por qué el embajador Coloma tenía una imagen de la bandera aimara?
Esperó sólo unos segundos. Al comprobar que el asistente de la Embajada no tenía la intención de responder, fijó sus ojos en el siguiente retrato y advirtió la silueta del político asesinado con veinte años menos y rodeado de representantes de comunidades indígenas.
—Juliaca, 1993 —leyó la mujer siguiendo el texto que estaba bajo la fotografía—. ¿El señor Coloma era oriundo de Juliaca?
— …
—Y si Juliaca está en la provincia peruana de San Román, en la región de Puno, donde hay gran cantidad de aimaras peruanos…
La agente Calderón retornó al escritorio casi con un movimiento, apartó ligeramente el teclado y recogió una hoja blanca y un lápiz que estaban junto a unas carpetas y escribió con esmero, sin dejarse llevar por la ansiedad.
—Es imposible lo que está buscando —dijo—. Si yo supiera, se lo diría.
—¿Seguro? —dijo la mujer volviéndose hacia él—. ¿Usted conoce Santiago?
—Sí —asintió—. Llevó cuatro años viviendo aquí.
—¿Conoce el Servicio Médico Legal?
José Gabriel Méndez se acercó con el semblante a media altura hasta que rozó el borde del escritorio con sus piernas.
—No trate de involucrarme. Yo estoy muy afectado —suspiró—. Yo sólo quiero que esto se resuelva.
—Para saber la verdad necesito entrar al correo electrónico. —Sandra Calderón se levantó de un salto—. ¿Puede llamar a la secretaria, por favor?
—El correo electrónico es personal —dijo José Gabriel Méndez—. Nadie sabe el acceso más que su dueño. La secretaria no tiene información.
—Llámela, por favor.
La criminóloga de la Agencia Nacional de Inteligencia caminó hacia la puerta sin importarle que el ayudante de la Embajada se molestara. Antes de que tuviera la intención de tomar la manilla de la puerta, el hombre se ajustó los anteojos y salió de la oficina chasqueando los dedos, se perdió en el pasillo y en menos de un minuto regresó seguido por la sorprendida cara de la asistente.
—¿Usted sabe la clave para entrar al correo? —dijo la agente invitando a la mujer a acercarse—. ¿Me la puede decir, por favor?
—La desconozco —se encogió de hombros—. Él nunca me la dijo. El embajador era muy reservado.
—¿Puede ser «Atuku’hc añxuhc añinu itsim»? —Leyó con menos dificultad que otras veces—. Deduzco que está en aimara por el lugar de nacimiento del embajador. ¿Usted conoce el idioma?
La secretaria miró al asesor queriendo conseguir su aprobación, pero éste bajó el rostro, guardó las manos en los bolsillos y retrocedió hasta apoyarse en la pared.
—Yo sólo veía que siempre tenía la escarapela cerca del teclado cuando revisaba su correo electrónico —titubeó la mujer—. Quizá, ahí estaba la clave.
—Puede retirarse —ordenó José Gabriel Méndez, cabizbajo—. Vuelva a su oficina.
—¡No! —Sentenció la investigadora, acercándose—. ¿Alguna vez usted vio qué escribía el señor Coloma?
—No. —La mujer consultó al asesor con la mirada sin conseguir respuesta—. Pero, cuando yo traía los documentos que debía firmar, decía, entre risitas, que los anagramas eran divertidos. Siempre hacía ese comentario.
—¡Es suficiente! —dijo José Gabriel Méndez arrastrando a la secretaria hacia la salida—. ¡Usted no puede hablar sin mi autorización!
El asesor del diplomático dejó a la mujer en el pasillo y retornó cerrando la puerta de golpe para impedir que la agente se sentara frente al ordenador. Sin embargo, estaba acomodada y mentalizada en continuar escarbando hasta llegar a lo más íntimo del asunto sin medir consecuencias.
—¿Usted sabe cuál es la técnica? —dijo Sandra Calderón sin mirarlo—. Leer y escribir invertidamente. Por lo tanto, supongo que cada palabra funciona de la misma forma, ¿verdad?
—Usted está jugando con fuego —respondió José Gabriel Méndez moviendo la mano derecha en rechazo—. Sólo quiero que sepa que está violando las leyes de mi país en esta Embajada.
—Dígaselo a La Haya —contestó la mujer—. Mientras tanto, yo descubriré la clave si usted no me la quiere decir.
—¡No conozco esa maldita clave!
La criminóloga recogió el lápiz y reescribió sobre la hoja en blanco lo que había encontrado en la escarapela.
—¡Es absurdo! —dijo él apoyándose en el borde del escritorio—. ¡Quiero que se vaya! ¡Fuera!
—Primero necesito la clave —levantó el rostro a media altura.
Había pasado más de una hora desde que ambos ingresaron en la oficina del diplomático. Ella se había quitado el sudor de la frente por tercera vez y se había peinado la melena después de comprobar que el asesor prestaba atención a las diligencias que realizaba.
De un momento a otro, lanzó el lápiz y suspiró, arrellanándose.
—De derecha a izquierda. Es la regla básica. Así eran los anagramas usados en la época posrenacentista —aclaró buscando el semblante obnubilado del asesor peruano—. ¿Esto le recuerda algo?
—No —titubeó mirando de soslayo—. Nunca lo sabrá.
—¿Por qué? —le clavó su mirada incisiva.
—Porque ni siquiera yo, que soy el asesor del embajador, sé lo que usted busca. Créame, por favor.
Sandra Calderón recogió la hoja que había rayado con el análisis de caracteres y se la mostró a José Gabriel Méndez, quien desde su lugar la escrutó acomodándose los anteojos para convencerse:
Atuku’hc añxuhc añinu itsim
Misti uniña chuxña ch’ukuta
—De derecha a izquierda. Es la regla básica de los anagramas —repitió la mujer—. ¿Lo comprende?
—¿Qué significa eso? —susurró él encogiéndose de hombros.
—Lo mismo me pregunto —dijo ella, mirándolo—. ¿Usted conocía la clave?
—No, por supuesto que no —respiró profundo y se acercó al escritorio—. ¿Por qué haría algo así? Su clave era un acertijo.
—O un indicio —propuso la agente Calderón leyendo y tecleando la contraseña—. ¿Qué es «Misti uniña chuxña ch’ukuta»?
José Gabriel Méndez escondió la mirada y se cruzó de brazos ante los cuestionamientos de la criminóloga. Por unos instantes, pensó sacarla a la fuerza, pero luego de ver que había digitado el último carácter de la contraseña, retrocedió hasta alcanzar la puerta.
—No funciona —la mujer dejó caer los brazos—. ¡Maldita sea!
—Se lo dije —señaló la salida—. No pierda su tiempo acá.
La criminóloga no atendió a la sugerencia, acomodó sus cabellos una vez más y se levantó lentamente, buscando una fuente de inspiración en la decoración del despacho. Era un lugar que guardaba mucha historia en sus muros, y se convertía –inevitablemente–, en un pequeño museo como a ella le gustaban. Tenía ante sus ojos una chacana tallada en piedra y adornada con trazos de pintura blanca. No pudo resistir la tentación; deslizó los dedos describiendo la forma en cruz y recordando las lecciones universitarias de historia precolombina que señalaban la importancia de este objeto como la cruz andina de los cuatro puentes.
—Por mucho tiempo han pensado que la chacana perteneció a los incas, pero para los aimaras era un símbolo sagrado tiempo antes. Algunos le asignaron un valor cristiano por la forma de cruz, pero es una representación del sol.
—¿Puede retirarse? —gruñó el asesor del embajador Coloma—. ¡Ya no es grata en este lugar!
Ella pareció no comprender, retrocedió parsimoniosamente, recuperó el asiento, tenía el semblante despejado y una sutil sonrisa que intentaba desafiar al hombre. Después de jugar con el extremo del lápiz, dibujó una línea larga y gruesa que dividió el papel.
—¿Sabe lo que significa «misti»?
—No conozco el idioma aimara —indicó la salida de la oficina—. Retírese, por favor…
—Pensé que lo conocía. —Sandra Calderón le miró—. Su país reconoce la identidad de los pueblos.
Un clic. De inmediato, el monitor del ordenador cambió de color y dio paso al explorador de internet. Enseguida, la página principal del buscador más utilizado permitió la ubicación de un traductor en línea, ella se dio la tarea de teclear cuidadosamente cada palabra que había descubierto en el anagrama, y comenzó a registrar los datos en el papel. Minutos más tarde, y a pesar de la molestia que producían los golpes nerviosos del asistente peruano en el costado del escritorio, consiguió armar un análisis más alentador.
Atuku’hc añxuhc añinu itsim
Misti uniña chuxña ch’ukuta
Raza blanca piedra preciosa verde de la ciudad de La Paz
—¿Reconoce algo de esto? —Le mostró la hoja con un tono arisco—. Usted debería entender todo esto.
—Se equivoca —suspiró José Gabriel Méndez—. El embajador era muy reservado. ¿Cómo yo iba a saber semejante información? ¿Y si no es correcta?
—¿Por qué dice que no es correcta? —Ella levantó una ceja—. Hable.
—Está deduciendo. Nadie sabe con precisión qué significado quiso darle el embajador a eso.
La agente Calderón dejó en vilo las intenciones del asesor peruano por exponer su opinión y se dedicó a marcar cada letra en el teclado para verificar la autenticidad de la nueva clave que había descubierto. Dejó escapar un resuello, estiró el cuello hasta que sintió que las vértebras se acomodaron y pestañeó seguidamente. Nuevamente, comenzaba a perder la tranquilidad al ver que la combinación de letras no permitía el acceso. Lo intentó con mayúsculas, luego alternando minúsculas, y finalmente transcribiendo todas las palabras que había anotado en el papel. No obstante, los resultados eran negativos.
—¡Se lo dije! —exclamó el asistente limeño—. ¡Ambos estamos perdiendo tiempo acá!
—«Con orden y tiempo se encuentra el secreto de hacerlo todo, y de hacerlo bien». —Ella clavó sus ojos café sobre aquella cara disgustada—: ¿Sabe quién dijo eso?
—¡No me interesa! —gruñó—. ¿Puede irse de este lugar?
—Lo dijo Pitágoras, un matemático griego —y asintió—: Seguiré buscando.
Mantuvo el lápiz con firmeza y lo movió sobre el papel sin medir la cantidad de tinta que estaba derrochando en cada deslizamiento. De vez en cuando, se mordía los labios para frenar la ansiedad. Lo único que deseaba era salir de ese lugar con una solución, y a pesar de que estaba controlando sus impulsos, no disminuían los arrebatos por desenfundar su arma para apartar al terco guardián que no la dejaba pensar.
—¿Sabía que ha aumentado la población de raza blanca en Bolivia?
—¿Por qué me lo pregunta? —El asesor frunció el ceño—. Yo soy peruano…
—Pero el embajador está hablando de «raza blanca, piedra preciosa verde de la ciudad de La Paz». Algo quiere decir.
—¡Él está muerto! —Los ojos del asesor del diplomático se desorbitaron y reflejaron la ofuscación que había en su interior—. ¡Chile lo mató!
La investigadora meneó ligeramente la cabeza y regresó a sus análisis. No quería volver a dirigirse a aquel hombre, pero tampoco podía descartarlo. Cuidadosamente, inclinó el rostro y entornó los ojos como lo hacía cada vez que hacía conjeturas, separó los labios y permitió que la mano apuntara sobre el papel todas las ideas. Había conseguido crear un esquema en su mente que le señalaba la conexión entre una y otra cosa, veía posibilidades en todas sus cavilaciones y sonreía al convencerse de que estaba siguiendo el camino correcto. Se detuvo por un instante, apartó el sudor de la frente con el dedo pulgar y luego repasó las anotaciones.
—¿Conoce alguna piedra preciosa que sea verde? —preguntó al asesor peruano sólo para saber que estaba cerca—. ¿Sí o no?
—Bueno… —pensó llevándose una mano a la boca—, están la alejandrita, la aventurina, la crisoprasa, la olivina…
—Esas son piedras semipreciosas —aclaró la criminóloga—. Sólo hay una piedra preciosa que sea verde…
—¡No estoy para adivinanzas! —dijo José Gabriel Méndez, fastidiado—. Llamaré al Ministerio de Relaciones Exteriores de su país para que se disculpe con esta Embajada. ¡Usted sobrepasó el límite!
—La esmeralda —dijo mientras registraba la deducción en el papel—. Si es así, ¿cómo queda esto?
—¡Váyase! —gritó el asesor peruano y le señaló la puerta—: ¡Fuera!
Ella ignoró la reprimenda, ostentó el esbozo que había creado, y a pesar de que la tinta del lápiz parecía estar fresca aún, movió los dedos para exponer la relación que había establecido.
Atuku’hc añxuhc añinu itsim
Misti uniña chuxña ch’ukuta
Raza blanca piedra preciosa verde de la ciudad de La Paz
Blanca Esmeralda de La Paz
—¿Qué significado tendrá?
—¡Desaparezca de este lugar! —se desgañitó José Gabriel Méndez—. ¡Ya es demasiado!
La mujer había comenzado a olvidar el protocolo vigente para la actuación dentro de una embajada, empujó al ciudadano peruano con un golpe en el hombro y avanzó hacia la pared sin quitar la mirada de la bandera que representaba a la etnia aimara. Sentía en su pecho que debía ir más allá a pesar de la exigencia de salir del lugar que imponía el asesor limeño. Tocó la Wiphala manteniendo la prudencia y el respeto que merecía un pueblo originario de América, filosofía que había aprendido en sus años universitarios.
—¡No! —gritó José Gabriel Méndez—. ¡Retírese!
—¿Qué hay detrás de esta bandera? —investigó ella sin volver la cara—. ¿Algo relacionado con la muerte del embajador? ¿Qué esconde usted?
La agente Calderón no esperó respuestas, movió el borde inferior derecho hacia la izquierda, no quitó sus ojos del muro y su aliento se detuvo por unos instantes. Parecía haber perdido la conciencia, estaba pálida y tiesa.
—¿Es real? —susurró, admirada—. ¿Es real?
—Yo no sabía eso…
—¿Seguro? —interrogó clavando la mirada—. ¿Quién es ella?
—No sé… —jadeó José Gabriel Méndez—. El embajador Coloma nunca me habló de esto… Parecía un secreto…
—¿Tan secreto como la contraseña para ingresar a su correo? —sentenció—. ¿Cómo se llama ella?
Detrás de la bandera, unido a la pared con un grueso sujetacuadro, había un retrato enmarcado que inmortalizaba un encuentro especial. El embajador Coloma estaba junto a una mujer de tez clara, cabellos rubios recortados al estilo de Ana Bolena y anteojos oscuros. Ambos sonreían, estaban –al parecer–, en la terraza de un departamento porque de fondo se apreciaba la ciudad, pero era imposible determinar qué lugar geográfico era el escenario. A los pies de la fotografía, en el costado inferior izquierdo, había una pequeña piedra preciosa verde incrustada que perturbaba la vista con su elegancia.
—¿Es la esposa del embajador Coloma? —preguntó la mujer—. ¿Usted la conoció?
—El embajador estaba separado hace nueve años —respondió José Gabriel Méndez arrepintiéndose de su confesión—. Creo que eso no le interesa a ustedes…
—Juzgando a primera vista, me atrevería a decir que todo lo que he deducido coincide en esta fotografía —señaló la analista—: una mujer de raza blanca, una piedra esmeralda y creo que están en la ciudad de La Paz… ¿El embajador tenía una amante?
—No lo sé… ¿puede irse, por favor? —titubeó—. ¿En qué tono quiere que se lo diga?
Ella evidenció en el semblante del asistente diplomático que la paciencia estaba agotándose, y como estaba en un lugar donde no podía usar un arma o la violencia –y para evitarse problemas de todo tipo–, recuperó la posición en el asiento y acomodó el teclado del ordenador, boquiabierta. Lo primero que tuvo en mente fue probar cada una de las nuevas palabras que descubrió tanto en minúsculas como en mayúsculas, pero no arrojaba resultados positivos. Luego introdujo la frase completa combinando letras altas y bajas, mas el mensaje de equivocación volvió a estar presente en el monitor. Una tibia mirada hacia el retrato –y en especial a la piedra preciosa–, buscaba inspiración, revisó los apuntes y comenzó a convencerse de que todo estaba probado. No obstante, una de sus manos recogió el lápiz y punteó cada letra de la nueva indicación, pero como si quisiera descubrir un anagrama, tal como había sido todo antes.
—¡Váyase! —el hombre abrió la puerta sin medir la fuerza—. ¡Fuera de aquí!
—Sólo unos minutos más —dijo mientras escribía en el papel—. ¿Usted quiere saber la verdad sobre el asesinato? Yo también.
Sesenta segundos después, y esbozando una sonrisa que denotaba el triunfo de su agudeza como investigadora, admiró la conclusión. Al igual que al principio, le volvió a dar la vuelta a las palabras que había obtenido, así «Blanca Esmeralda de La Paz» se convertía en «Zapaled adlaremse acnalb».
De inmediato, sus dedos ágiles tocaron cada tecla hasta conformar la frase en el espacio correcto. Luego de liberar un suspiro, presionó la tecla aceptar y esperó a que el programa se cargara completamente.
—Sólo hay un correo electrónico recibido —volvió la cara y acondicionó el ratón—. Tal vez borró los demás.
—Puede ser —musitó el asesor—. ¿Quién lo envió?
José Gabriel Méndez negó con la cabeza y fijó la mirada en el rostro de la visita.
—¿Puede retirarse? —respondió—. No corresponde que continúe dentro de este edificio.
—Un momento, por favor, señor Méndez.
Sandra Calderón se acomodó en el asiento y cliqueó el correo electrónico recibido. Sus ojos seguían cada línea para descartar segundas lecturas. De vez en cuando, observaba de soslayo únicamente para asegurarse de que la presencia del asesor peruano no perturbara aún más su diligencia.
—¿Qué dice el correo? —dijo José Gabriel Méndez—. ¿Tiene relación con la muerte?
—Sólo dos líneas. —La analista recogió un papel y lápiz y anotó rápidamente lo que estaba en la pantalla—. Dos líneas sin sentido.
—¿Está segura? —El asesor se acercó—: Quiero leerlas.
La criminóloga se puso en pie, dobló el papel que había escrito y lo guardó en el bolsillo de su pantalón azul marino procurando que el asistente peruano no se percatara. Enseguida, eliminó el correo electrónico.
—No es nada importante. —Caminó hacia la puerta.— Era un saludo.
—¿De quién? —José Gabriel Méndez frunció el ceño siguiendo los pasos de la visita.
La agente cerró la puerta de la oficina y cruzó el pasillo a paso lento, conteniendo el aliento, quitándose los guantes y escrutando las labores de los peritos de la Policía de Investigaciones en la Avenida Andrés Bello 1751.
Al alcanzar la salida, esbozó una ligera sonrisa y enarcó las cejas.
