El pobre de Nazaret - Ignacio Larrañaga Orbegozo - E-Book

El pobre de Nazaret E-Book

Ignacio Larrañaga Orbegozo

0,0

Beschreibung

Nueva edición de un clásico de la espiritualidad del P. Larrañaga: El pobre de Nazaret. Esta obra no es una cristología, ni siquiera una biografía de Jesús, sino una memoria viva del hombre, que se descubre a sí mismo como Hijo bienamado del Padre, y desde esa experiencia singular e irrepetible va descubriendo, también dolorosamente, su misión esencial como el «pobre de Dios», en la línea del profeta Isaías. El pobre de Nazaret es una creación original que aporta una rica y matizada información documental, histórica y doctrinal, pero incluye también elementos de ficción, estrictamente apoyados en los evangelios. Es un texto de carácter testimonial, original en el tratamiento del tema, que se inscribe propiamente en la literatura narrativa, transmitiéndonos con propiedad y eficacia lo más sustancial de la vida y el mensaje de Jesús de Nazaret.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 584

Veröffentlichungsjahr: 2014

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



«Nada es como es

sino como se recuerda»

(RAMÓN DEL VALLE INCLÁN)

1

Una larga noche

Subir a Jerusalén

Habían transcurrido aproximadamente dos jornadas desde que salieron de Nazaret. La primavera había esta­llado silenciosamente, y el valle de Esdrelón era una al­fombra verde y perfumada. Entre cánticos y alleluias, los peregrinos habían avanzado durante dos días por una ruta bordeada por una explosión de arbustos, reta­ma, enebro, mirto, jara, todo reventado en flor, y tenien­do siempre a la vista, a lo largo del trayecto, el macizo del Tabor.

Familiares, vecinos y amigos de Nazaret, formando una compacta caravana, se habían congregado en un punto determinado de la aldea para partir todos juntos en peregrinación hacia la Ciudad Santa. Y, después de rezar dos salmos, habían partido, en efecto, alegremente, como quien va a una fiesta, unos montados en sus ju­mentos, otros a pie, y todos vestidos con sus típicos trajes de peregrinos y calzando sandalias atadas con tiras de cuero, y con suficientes provisiones para el viaje. La pe­regrinación duraba aproximadamente cuatro jornadas; y, jalonando el camino con bendiciones y cánticos, los peregrinos habían penetrado profundamente en la que­brada geografía de Samaría.

El viaje ya no era una aventura peligrosa, como en otros tiempos. Unos años antes, Arquelao había sido depuesto y, por primera vez, Roma había designado a un Procurador. Los caminos estaban bien protegidos y de­fendidos contra los eventuales asaltos, cosa muy fre­cuente en aquella región.

Probablemente, era la primera vez que Jesús subía en peregrinación a Jerusalén. Estaba para cumplir los trece años, edad en que la Ley consideraba al israelita como mayor de edad. Desde este momento, el adolescente era considerado como Bar Mitzáh, condición social que le permitía al joven leer la Torá en público, pedir aclara­ciones y expresar sus opiniones.

Por lo que luego sucedió en el templo, podemos con­jeturar que el Adolescente tenía, para esta época, altas experiencias espirituales, desproporcionadas para su edad, y de una profundidad probablemente desconocida hasta para sus propios padres, si tenemos en cuenta la manera como estos reaccionarían después, en el templo.

Un día, sus padres, después de haber deliberado entre sí, se decidieron a invitar al Hijo a participar por primera vez en la peregrinación. No sabemos qué sucedió en su interior. Aves bulliciosas debieron alzar el vuelo en su alma juvenil. Sensible como era, sus cuerdas debieron entrar en una desusada vibración y, seguramente, vivió los días precedentes a la peregrinación en un alto voltaje emocional. Y aunque es verdad que el Padre habita en el corazón del hombre y es ahí donde se debe adorar, para la tradición israelita el Único reside en su templo, igual que antiguamente en el Arca; y, por eso, es necesario subir al templo de Jerusalén para adorarlo.

* * *

Continuaron avanzando los peregrinos, y pasaron jun­to a una colina escarpada, donde se alzaba la ciudad de Samaría, que evocaba una historia dolorosa para el pue­blo de la Biblia. Efectivamente, en el año 880 antes de Cristo, el rey Omrí, en una acción cismática, se despren­dió del reino de Judá y fundó un nuevo reino, el de Israel. Omrí compró una abrupta elevación, que consti­tuía una excelente defensa natural, a su propietario Shemer; y allí fundó y levantó la capital del nuevo reino, que tomaría su nombre de su antiguo propietario, llamándo­se Samaría. Durante casi ochocientos años esta capital sufrió las más violentas alternativas, hasta que, finalmen­te, el rey Herodes la fortificó y la dotó de suntuosos templos y palacios, denominándola Sebastos, término griego que significa augusto, en honor de Octavio César. Recuerdos tristes para cualquier israelita.

Los peregrinos continuaron recorriendo el territorio samaritano, atravesando el estrecho paso que se abre entre los montes Ebal y Garizín. Se detuvieron, sin duda, en Siquén, para calmar su sed y recuperar fuerzas. Y, luego de varias horas de camino, surgió de pronto ante los asombrados ojos de los peregrinos, como un sueño deluz sobre el horizonte, la espléndida vista de Jerusalén, abrazada por sus murallas; y, sobresaliendo como una brillante visión sobre una colina, el templo herodiano en todo su esplendor, visible desde muchas leguas a la re­donda. Un anhelo incontenible, encerrado y cautivo en sus galerías interiores, saltó a las gargantas de los pere­grinos y estalló al unísono: ¡Oh Jerusalén! Y, enseguida, de todas las bocas brotó también unánimemente el sal­mo 122: «¡Qué alegría cuando me dijeron...!».

El Adolescente miraba y guardaba silencio. ¿Qué otra cosa podía hacer? Un torrente no se puede canalizar por un surco, ni encerrar un vendaval en una gruta, ni la pasión del mundo meterla por el agujero de una flauta. Solo el silencio puede contener lo infinito. El Adolescente miró y guardó silencio, y en su silencio se agitaron las vastas corrientes de los mares, la vibración de las arpas y el eco de los siglos, todo envuelto en la infinita ternura del Padre. ¡Oh Padre!

Después de este desahogo emocional, los peregrinos reemprendieron la marcha. Descendieron por los bordes del monte hasta el arroyo Cedrón, que flanquea el Monte de los Olivos, y, subiendo por el collado Moriah, entraron en Jerusalén por una de las puertas de Oriente, llegando a la piscina de Betesda, donde se lavaron, refrescaron y saciaron su sed.

* * *

El Adolescente debió vivir las solemnidades pascuales con su mirada fija más hacia adentro que hacia afuera. Comenzaba a asomarse al balcón de la vida, y, como todo adolescente, debió caminar de impacto en impacto al contemplar las ceremonias rituales y ver los corderos degollados, viendo desfilar a los oficiantes y observando cómo los levitas rociaban el altar con la sangre de los sacrificios y asaban luego la carne sacrificada.

Seguramente era la primera vez que el Adolescente presenciaba un ritual sacrificial tan solemne; y pudo ha­ber tenido, frente a él, dos reacciones distintas y hasta contrarias. En primer lugar, pudo haberlo vivido mo­viéndose al interior de la ceremonia con una hondura y novedad nunca experimentadas por ningún otro. Si fue así, jamás la materia y el espíritu habrían llegado a una tan alta fusión como en estos días.

En segundo lugar, el Adolescente pudo haber sentido horror y repugnancia por aquellos ritos, en los que había tanta destrucción de seres vivientes y tanto inútil derra­mamiento de sangre. Si leemos atentamente los evange­lios, comprobaremos que Jesús es un hombre de una excepcional sensibilidad. Por los detalles descriptivos de las parábolas podemos deducir que quien se expresa con tanta vivacidad ha debido tratar con mucha simpatía y ternura a los corderos, los gorriones, los trigales y a toda criatura viviente.

Si ese fue el talante de la personalidad de Jesús, ¿no habría sido más bien negativa su primera impresión de los sacrificios rituales, a sus doce años? No nos consta, por ejemplo, que Jesús hubiera asistido a un culto sacri­ficial en los días de evangelización. Pocas veces acude al templo, y cuando lo hace no es para ofrecer sacrificios, sino para el ministerio de la palabra. Para orar no se dirigirá al templo ni a la sinagoga, sino a los cerros soli­tarios. Tampoco nos consta que hubiera llevado alguna vez a sus discípulos para participar en la liturgia del tem­plo, ni que se lo recomiende. Por estas y otras circuns­tancias similares, bien podríamos concluir que las prime­ras impresiones de Jesús en el templo podrían no haber sido muy positivas.

El drama de un Adolescente

Pero debió haber mucho más: algo importante debió suceder por esos días en el mundo interior del Adoles­cente. «Crecía en las experiencias divinas y humanas» (Lc 2,40). Jesús estaba comenzando a atravesar la etapa de la adolescencia, quizá con una madurez prematu­ra, lo que cabría deducir por su actitud de autonomía, al quedarse en el templo sin pedir autorización a sus padres.

Ya sabemos qué cosa es la adolescencia: lago agitado, vientos que golpean, impresiones que desconciertan; en fin, la travesía de un remolino. Un día Jesús escalará las altas cumbres donde duermen las tempestades; pero hoy siente en sus horizontes vacilaciones e incertidumbres: ¿a dónde debe dirigir sus pasos?, ¿qué rumbos y qué destino tiene marcados el Padre para él?, ¿qué hacer ahora mismo?

Teniendo presente la escena que vamos a analizar (el hecho de quedarse en el templo), bien podríamos con­cluir que en estos días debieron ocurrir en las profundi­dades del Adolescente grandes novedades, fuertes expe­riencias espirituales; misteriosas fuerzas debieron agi­tarse, no exentas de perplejidades y sobresaltos. Además de verdadero Dios, Jesús era también verdadero hombre; y todo adolescente es eso: inseguridad, búsqueda, inesta­bilidad.

¿Qué experiencias espirituales podría haber vivido el Adolescente en esos días, que le impulsaron a tomar la decisión de quedarse en el templo? Asomémonos caute­losamente, con temor y temblor, al Misterio Infinito, lle­vando en las manos, como única luz, una tea hecha de conjeturas y deducciones. El Adolescente debió sentir todo el peso de la gloria divina en un contraste: en Nazaret era todo tan vulgar, y aquí, en Jerusalén, todo tan esplén­dido: tanto esplendor y tanta maravilla para realzar al Maravilloso. El Adolescente debió sentirse tan abrumado por el peso de tanta gloria, vencido por la enorme reali­dad de Dios, que, seducido ycautivado, decidió quedarse en el templo. ¿Con qué finalidad? ¿Para dedicarse al servicio divino? No lo sabía exactamente. En todo caso, no se perdió, se quedó.

* * *

¿Cuántos días permanecieron los vecinos de Nazaret en la Capital teocrática? No había normas establecidas, ni siquiera costumbres. Se supone que habrían perma­necido cuatro o cinco días en torno a la fecha sagrada del 14 de Nisán. Saciado su espíritu de novedades, rebo­sante su alma de fervor, ymuy satisfechos todos, los nazaretanos emprendieron el viaje de regreso a su aldea.

En las tradiciones caravaneras del Oriente no había normas rígidas de disciplina. Al contrario, lo normal era que, a lo largo del trayecto, el grupo general se dividiera y subdividiera con gran espontaneidad, habitualmente hombres con hombres, jóvenes con jóvenes, mujeres con mujeres, a relativa distancia unos subgrupos de otros. Solo por la noche, al llegar al albergue donde se propo­nían pernoctar, se congregaba toda la comitiva.

A los doce años, un muchachito a punto de entrar en la mayoría de edad compartía, sin duda con mucha es­pontaneidad y vitalidad, esta elasticidad de las costum­bres de las caravanas. En este contexto, María y José no tenían por qué preocuparse, y así, no se percataron du­rante toda la jornada de la ausencia de su hijo. Pero al final del día, al reunirse todos los subgrupos, lo buscaron sin encontrarlo. Recorrieron, no sin ansiedad, todos los grupos familiares, preguntaron una y otra vez a parientes y conocidos, pero todo fue en vano: nadie había visto al niño.

No se quedaron, sin embargo, con los brazos cruza­dos. Al día siguiente, se incorporaron a la primera cara­vana que pasó por el lugar y regresaron a Jerusalén; e inmediatamente, «angustiados», se lanzaron al torbellino de las calles de la ciudad. Por esos días, Jerusalén era un mar agitado y crecido repentinamente por la confusión de idiomas, de gentes venidas de los rincones más remo­tos del Imperio. Según los historiadores, Jerusalén ten­dría en esa época aproximadamente 250.000 habitantes; y se calcula que, con la afluencia de peregrinos, esa can­tidad se duplicaba.

Llegaron al templo: caravanas de peregrinos que en­tran y salen; una barahúnda enloquecida de sacrificios, ofrendas y ceremonias rituales; un movimiento hirviente y estridente de animales para el sacrificio: toros, corde­ros, aves; ytenderos, buhoneros, vendedores ambulantes... Los esposos miran, preguntan, recorren las distintas dependencias del templo. Saltan de nuevo a las calles, recorren plazas y mercados, se asoman a todos los recovecos una yotra vez, dentro y fuera de las murallas, sin apenas dormir, sin tiempo para alimentarse, devorados por la incertidumbre y la ansiedad.

Al tercer día, nuevamente en el templo. Después de volver a recorrer todos sus recintos y asomarse a todos los patios, de pronto divisaron a lo lejos, al amparo deun pórtico, a un grupo de ancianos, de túnicas blancas y largas barbas, arremolinados en torno a un jovencito. Se aproximaron al grupo, y... ¡era él!

Se quedaron contemplándolo, a cierta distancia, sin abordarlo. No podían dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos. ¿Su pequeño preguntando, respondiendo y discutiendo con los doctores? Contrastadas emociones se agolpaban al espíritu de María y José: la ansiedad de la búsqueda a lo largo de tres días se trocaba ahora en la alegría del encuentro; la alegría, a su vez, en estupor ante esta escena. Ytodos estos sentimientos juntos se fundían, finalmente, en un inmenso signo de interrogación sobre la personalidad de su pequeño, que los estaba trayendo de sorpresa en sorpresa.

La Madre no pudo más. Lo llamó por su nombre. Se abrazaron sin decir una palabra. Lo tomó de la mano y, sacándolo del recinto sagrado, y ya segura de haberlo recuperado, abrió su corazón y dio rienda suelta a la tensión retenida durante tres interminables días: –«¿Hi­jo, por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, andamos buscándote» (Lc 2,48).

Hubo un breve momento desilencio. El Hijo levantó los ojos y, mirándole al rostro a su Madre, dijo:

—Madre mía, ¿por qué me buscaban? Mi Padre es mi madre. Un meteoro puede salirse de su órbita y perderse en los espacios siderales, pero yo vivo acurrucado en el hueco de su Mano, y no puedo perderme. Falla un eslabón y falla toda la cadena de las generaciones, pero una co­rriente inmortal nos une al Padre y a mí, y así, somos una cadena sin eslabones. Nunca me pierdo, Madre: en la arena del desierto, en el seno del mar, en los cerros solea­dos, siempre estoy solo, pero nunca solitario; perdido, sí, pero a la vez encontrado. Una potente borrasca ha pasa­do por mí, Madre, y me ha arrancado del surco, y no puedo hacer lo que quiero. Desdichada la Madre a quien le ha tocado en suerte tan extraño Hijo. Prepárate, por­que tú también tendrás que pasar por las manos de una tempestad, pero, después, tus pacientes manos y tu an­siosa mirada cobijarán la orfandad del mundo. Discúlpa­me, Madre; también yo hago lo que no quiero, sino lo que mi Padre quiere. Y ahora, vámonos a Nazaret; allí nos espera una larga noche.

* * *

Lucas nos informa que sus padres no entendieron la respuesta: («¿No sabían que debo dedicarme a las cosas de mi Padre?», Lc 2,49). ¿Qué es lo que no entendieron? ¿Las palabras? Las palabras, en su significado directo, estaban claras. Lo que no entendieron fue el contenido y el alcance de esas palabras, y, sobre todo, la actitud del niño; señal evidente de que el misterio profundo del Hijo estaba total o parcialmente velado a sus padres. En este sentido, el Evangelio nos entrega noticias contradictorias. Por un lado, el ángel informa a María: «Será llamado Hijo del Altísimo...» (Lc 1,32); y ahora, por otro lado, jus­tamente ahora, cuando en esta respuesta nos llegan ecos lejanos de aquellas antiguas palabras de la Anunciación, ahora resulta que la Madre no entiende nada.

¿Qué había pasado? ¿Cómo se explica esta amnesia? ¿Se había esfumado el resplandor de la Anunciación en el polvo del camino, ante la vulgaridad de la vida cotidia­na, tan monótona y prosaica? ¿Se habría decepcionado la Madre, también ella, en vista de que nada extraordina­rio sucedía, temiendo haber sido víctima de una alucina­ción?

Hubiésemos esperado que la escena del templo hu­biera entreabierto la puerta del misterio del Hijo a los ojos de los padres. Pero no; lo que sucede, al parecer, es lo contrario: parece un misterio fugitivo, alejándose cada vez más. Lo único que sabemos es que, ciertamente, a la Madre no se le dieron las cosas hechas, acabadas y defi­nitivas, sino que ella, al igual que los demás peregrinos, tuvo que recorrer el camino de la fe hacia el conocimien­to del misterio trascendente de su Hijo, buscando y me­ditando en su corazón.

El Pobre de Nazaret

El silencio se hizo carne, y habitó entre nosotros, y nadie ha visto ni una centella de su fulgor. El Pobre vivió exiliado en la vecindad de la sombra, mientras la sangre circulaba en sus dilatados valles.

Siendo el eje de la historia, su punto de arranque y su consumación, Cristo tendría todos los derechos a que su persona y su vida contaran con una comprobada docu­mentación, accesible a cualquier historiador creyente o agnóstico. Pero no, él es también un exiliado de la histo­ria. Las fechas cruciales de su cronología, como la de su nacimiento, el inicio de la evangelización, su Pasión y muerte, todo está envuelto en la niebla, sometido a la discusión y a la duda.

Igualmente existen grandes lagunas sobre los itinera­rios que siguió Jesús en su actividad evangelizadora, así como en la ubicación topográfica de sus andanzas apos­tólicas. En síntesis, no nos podemos dar el lujo de dispo­ner y ofrecer una biografía documentada, históricamen­te convincente, porque lo que nos ha transmitido la co­munidad creyente primitiva es una amalgama de elementos históricos de mayor o menor autenticidad, y confesiones de fe, de tal manera entreveradas que resul­ta difícil desdoblar el Cristo de la fe y el Cristo histórico, con el agravante de que los cimientos de este Cristo histórico difícilmente resisten un severo análisis de acuerdo con los principios de una historiografía rigurosamente crítica.

Las fuentes antiguas no cristianas nos han transmiti­do unas pocas e insignificantes noticias sobre Jesús. En­contramos algunas noticias directamente referentes a los cristianos, e indirectamente a Cristo, en los historia­dores Tácito, Suetonio, Plinio el Joven.

Lo que resulta chocante, casi increíble, es el silencio casi total que guarda el historiador judío Flavio Josefo sobre Jesús, cuando, por contraste, dedica, por ejemplo, largas páginas a Juan Bautista y a otras figuras descono­cidas. Si miramos a través del prisma de las fuentes no cristianas, podemos concluir que Cristo fue una figura históricamente oscura e irrelevante, un verdadero Pobre en la perspectiva de la historia de los hombres.

Una buena parte de los habitantes de Galilea no eran judíos, sino «gentiles», eincluso los judíos de esta región eran despreciados por los capitalinos y considerados como relajados e ignorantes en los asuntos de la Ley. En su libro Antigüedades judaicas, Flavio Josefo nombra más de 400 poblados de Galilea, pero Nazaret no está entre ellos; tampoco aparece en las páginas del Antiguo Testamento. Para los geógrafos, historiadores y polígra­fos de la antigüedad, Nazaret no existe.

Aunque Lucas califica a Nazaret con el término «ciu­dad», en realidad no pasaba deser un minúsculo villorrio compuesto de 20 o 30 familias dedicadas al pastoreo, la agricultura o la artesanía; y que vivían en una especie de grutas excavadas en las laderas de una colina, con una puerta de entrada y, en el mejor de los casos, una pequeña ventana. El conjunto del poblado estaba circunscrito a los límites marcados por la línea de los sepulcros, una línea trazada por la moderna investigación arqueológica. En las medidas actuales, Nazaret ocupaba, en total, un espacio equivalente a unas tres manzanas o cuadras.

* * *

La estrella se detuvo en Nazaret; y esta vez la estrella no era un chorro de luz, sino un resplandor oscuro.

Si nos impresiona la figura de un Cristo despojado de todo relieve histórico, la bóveda del silencio que se cernió sobre Nazaret para cubrir obstinadamente los treinta primeros años de Jesús, rompe todas las coordenadas del sentido común y vuelan por los aires nuestros cálcu­los deprobabilidad ynuestra capacidad de asombro.

De estos treinta oscuros años los evangelistas no nos informan absolutamente nada, salvo que «estaba sujeto» a sus padres. Todo lo demás es silencio, señal evidente de que la tradición no había proporcionado ninguna infor­mación acerca de esos años. La comunidad cristiana pri­mitiva no disponía de la más remota referencia sobre esos años como para entregarla a los reporteros (evan­gelistas), que ávidamente buscaban noticias: nada se ha­bía filtrado sobre esos años, todo había quedado sepulta­do en la urna del olvido para siempre.

Pero hay algo más. Bien sabemos que, una vez que la comunidad primitiva confesó a Jesús cómo Kirios (Señor Dios), nació entre los hermanos una ansiosa avidez por rescatar todos los recuerdos sobre Jesús, y, naturalmen­te, los hermanos escarbaron exhaustivamente en el único lugar de la noticia sobre esos años: María. Y así, hoy día disponemos, por ejemplo, de los llamados evangelios de la infancia. Y, ¡cosa increíble!, la Madre, realizando segu­ramente esfuerzos supremos para extraer del inmenso pozo de esos treinta años algunos episodios relevantes o simplemente interesantes para ser narrados, no encontró nada válido, nada que, a su entender, mereciera la pena resaltarse o consignar, sino la escena de los doce años en el templo.

¿Cómo entender esto? Dios ha llegado para desbara­tar nuestros cálculos de probabilidad.

El Único se ciñó una triple corona: la Pobreza, la So­ledad, el Silencio; y, ceñido con esta corona, se sumergió en las oscuras aguas del anonimato en la quietud de una larga noche. Los planetas se pararon, el pulso del mundo se detuvo y la claridad fue devorada por la penumbra. ¿Y en dónde se ocultó Dios? En el cautiverio lo encontra­rán: hizo del silencio su música y de la soledad su mora­da. ¿Qué sucedió, pues? ¿Dónde quedaron los sistemas, los modelos, los valores, las eficacias? Todo se lo llevó el viento. En adelante, solo quedan en pie la Pobreza, el Silencio, la Soledad.

Un silencio ante el que nosotros nos quedamos mudos, como ante una noche impenetrable. Y una noche poblada de preguntas: ¿Qué pretendía el Pobre de Nazaret con esta actitud? ¿Para qué se encarnó entonces, si no se manifestaba al mundo? ¿Acaso encerraba todo esto alguna aterradora lección sobre la eficacia de la inefica­cia, sobre la utilidad de la inutilidad?

De tal modo fue uno de tantos, en la vulgaridad de Nazaret, durante treinta años, que les tomó completamente de sorpresa a sus paisanos, incluso a sus parientes, cuando un día se alejó de ellos y comenzó a hablar y a actuar: «¿No es este el hijo del carpintero...?» (Mc 6,3). «Muchos oyentes quedaron atónitos, y decían: ¿de dónde le vienen a este estas cosas?» (Mc 6,2). «¿No es este el hijo de José?» (Lc 4,22). «¿Puede salir algo bueno de Nazaret?» (Jn 1,46). Estas y otras exclamaciones están indicando claramente hasta qué punto debió ser rutinaria y oscura su vida, y que no hay título más exacto para Jesucristo que este: el Gran Pobre.

¿Cómo se explica este silencio?

Cristo comenzó, primero, por renunciar a todas las ventajas de ser Dios; y, después, se sometió a todas las desventajas de ser hombre de tal manera y con tal radicalidad que, llegado el momento del apuro, no se le ocu­rrió meter la mano en el bolsillo de su divinidad para sacar de ahí una carta mágica que lo liberara del susto de la muerte, de la decepción por la volubilidad de las multitudes, de la tristeza de la agonía, de la fatiga de los caminos, de los momentos de desaliento... Fue fiel al hom­bre hasta las últimas consecuencias.

No solo descendió hasta las aguas infrahumanas cuan­do estaba clavado e impotente en la cruz, sino que, desde el comienzo, estuvo sumiso y obediente a la condición vulgar de cualquier vecino, sometiéndose siempre a las limitaciones inherentes a una raza y una aldea completamente irrelevantes, sin emerger jamás de la cotidianei­dad con sus pequeñas preocupaciones y necesidades, implicado en los chismorreos del vecindario, sin aureola de santidad, sin ribetes de heroísmo, sin dejar huellas en la historia, sin levantar la cabeza por encima de sus paisanos, simplemente como alguien que no es noticia para nadie y de quien no hay por qué preocuparse. El Hijo se su­mergió en toda la densidad de la experiencia humana. Todo esto significa la encarnación del Hijo de Dios, acon­tecimiento por el que el Hijo se convirtió en el Gran Pobre.

Trabajando con sus manos

Una serie de circunstancias contribuyeron a forjar la rica personalidad de Jesús. En primer lugar, su condición de trabajador manual. No es un hombre que levante el vuelo a las nubes sobre unas teorías. Sus intuiciones y enseñanzas son concretas, realistas y tangibles, como el pedazo de madera en el que trabaja.

Según Marcos, la gente de Galilea exclamaba: «¿No es este el artesano, el hijo de María?» (Mc 6,3). «¿No es este el hijo del carpintero?» (Mt 13,55). ¿Artesano, carpintero? Sin duda, se trata de un mismo oficio; en substancia, un hombre que trabaja con sus manos en la madera y pro­bablemente también en el hierro o en la piedra: un eba­nista, un herrero, un albañil, alguien que se ocupa en las faenas de la construcción. Precisan los historiadores que la mayoría de los carpinteros de Galilea, en aquellos tiem­pos, eran asalariados itinerantes, que no realizaban sus tareas mayormente en su propio taller, sino que deam­bulaban por los pueblos y sus alrededores, atendiendo a las necesidades de cada momento: arreglar una ventana, levantar una pared, reforzar una puerta... Incluso es pro­bable que Jesús trabajara en colaboración con otras per­sonas para construir una casa o levantar una sinagoga; y, de todas maneras, el Pobre de Nazaret tuvo que alter­nar necesariamente con tejedores, curtidores, herreros, alfareros, y, ocasionalmente, tuvo que convivir con otros diferentes grupos sociales que también laboraban con sus manos, como labradores y pescadores... Poco a poco, Jesús fue convirtiéndose en un experto trabajador que sabe calcular con precisión las medidas y las dimensio­nes, el precio y el valor de las cosas.

Más tarde, para explicar el misterio del Reino, utiliza­rá la sabiduría adquirida a través de la realidad cotidiana: siempre hay peligro de que una brizna de viruta se in­cruste en el ojo (Lc 6,41); antes de levantar una torre hay que calcular bien la hondura de los cimientos (Lc 14,28); cuando la cosecha supera todas las expectativas, hay que ver la manera de ampliar los graneros (Lc 12,18); lo que sucede cuando se edifica sobre arena (Lc 6,48). Es­tuvo bien metido en la vida real, no solo de su propio hogar y su oficio, sino también en la de sus vecinos: entiende perfectamente de las faenas de la siembra (Lc 8,5), de la recolección de los frutos y de la vendimia (Mt 21,34); sabe de las redes barrederas, y que los peces gor­dos van al canasto y los chicos se devuelven al mar (Mt 13,47), y cómo y cuándo se paga a los jornaleros en la plaza al cabo del día (Mt 20,8).

Siempre fue el carpintero de Nazaret. Su vida de tra­bajador manual lo marcó, y nos marcó. Fue el hombre que sabe de los problemas del pueblo, y fue ese pueblo, con sus problemas, el que le confirió su talante particu­lar, su manera de ser, de hablar y comportarse. La vida le enseñó que no solo la Palabra, sino la mano del hom­bre puede hacer milagros, como transformar un retorci­do tronco de olivo en una hermosa cuna.

El libro

Es verdad que Nazaret tenía sinagoga, pero no tenía Bet ha-Midrash, es decir, una Escuela Superior donde se impartían altos conocimientos sobre la Ley por los escri­bas y doctores, venidos generalmente de la capital teo­crática. Cuando, al inicio de la evangelización, se levantó Jesús en la sinagoga e hizo el comentario sobre un pasaje del profeta Isaías, los nazaretanos se quedaron estupe­factos, sin poder creer lo que estaban oyendo. Lo habían conocido desde niño, y sabían muy bien que no tenía estudios. En otra oportunidad dice Juan que «los judíos se maravillaban y decían: ¿Cómo este sabe tanto sin ha­ber estudiado?» (Jn 7,15).

Era, pues, voz común y cosa sabida que Jesús no había asistido a las escuelas superiores, ni tenía doctora­dos. Sin embargo, lo llamaban Rabbi (Maestro). Este títu­lo no tenía, por entonces, necesariamente significación académica. Quien había cursado estudios superiores de teología recibía el título de escriba; yaunque también a estos se los trataba de Rabbi, este calificativo tenía reso­nancias mucho más amplias, y se aplicaba a personalida­des de relieve, bien por sus conocimientos académicos, bien por otros motivos; por ejemplo, cuando alguien ha­bía alcanzado un notable y benéfico ascendiente sobre otros se lo consideraba maestro de vida o Rabbi. Este fue el caso de Jesús. Solo a partir del siglo II de nuestra era se le dio a este título una significación estrictamente aca­démica.

En todo caso, al leer los evangelios comprobamos que Jesús manejaba las Escrituras con seguridad y aplo­mo, y con tanta competencia como los doctores más versados en la Ley. ¿Dónde las estudió?

El Pobre de Nazaret no hizo una carrera eclesiástica, como lo hiciera Saulo de Tarso a los pies de Gamaliel, de quien recibió el grado académico mediante la imposición de las manos, gesto que se designaba como semihá o «apoyatura» de manos. Quienes aspiraban a ejercer car­gos relevantes en la sociedad civil o en la estructura levítica asistían a las escuelas rabínicas. Pero el Pobre de Nazaret no tenía aspiraciones protagonísticas ni vocación rabínica; yasí, no buscó una preparación académica ni se relacionó con la clase sacerdotal. Fue un simple laico, considerado por los altos jerarcas de la Capital como un ignorante del País del Norte y como un entrometido en cosas que no entendía y no le competían.

* * *

¿Dónde estudió, entonces? Sin duda, en la sinagoga de Nazaret y en el oscuro taller de su propia casa, con dos insignes maestros: María y José. Probablemente aprendió también en la sinagoga a leer y escribir, al menos los rudimentos, al igual que los nazaretanos de su edad, justamente con el objetivo primordial de estudiar la Palabra, si bien el quehacer fundamental de la escuela de la Sinagoga en relación con la Escritura no era leer, sino memorizar los textos transmitidos y recibidos oral­mente. Como todo israelita, Jesús sabía de memoria mu­chos textos bíblicos, y probablemente todos los salmos.

En todo caso, sorprendemos a Jesús notablemente familiarizado con la Escritura, y nuestra sorpresa no se debe a la facilidad dialéctica con que maneja los textos sagrados, sino al hecho de que toda su mentalidad está impregnada por la inspiración bíblica. Su cosmovisión, su comprensión del alma y el destino de su pueblo, su sentido profundo y último de la Historia, en fin, toda su «filosofía» está empapada de espíritu bíblico, sin que vis­lumbremos ni por un instante un solo vestigio de cultura greco-romana. Incluso nos sorprende la destreza con que maneja la terminología bíblica.

Sin embargo, nunca fue esclavo de la letra; al contra­rio, valoró siempre y se supeditó más al espíritu que a la letra, más al contexto que al texto. Se movía con tanta soltura en el espíritu de la Biblia que podía darse el lujo de citarla, no textual, sino libremente, muy seguro de no equivocarse; y, por añadidura, de hacer también la co­rrecta distinción entre la letra misma y la intención del autor sagrado (Mc 10,5).

La cultura bíblica recibida por Jesús en la sinagoga, y, sobre todo, la que, por ósmosis, fue absorbiendo de las entrañas mismas del pueblo en el que estaba inserto, fue para Él lo suficientemente eficaz como para transmitir su mensaje. Por eso hoy podemos hablar de la civiliza­ción judeocristiana, porque, debajo de la novedad del Evangelio, palpitan las verdades eternas de la Biblia con las que se alimentó y forjó el alma del Pobre de Nazaret.

Por la Biblia sabía que todos nacemos iguales y libres, y que, entre iguales, no pueden existir el atropello o la opresión; y, si los hubiere, sabemos que eso contradice la voluntad de Dios. Por consiguiente, toda forma de esclavitud es aberrante, como lo es el culto a los grandes de la tierra, y, sobre todo, la adoración de las estatuas, sean estas de piedra, de carne o de conceptos. Por eso mismo, ningún otro pueblo opuso a los romanos una resistencia tan tenaz y suicida como los judíos, salvo, quizá, los íbe­ros de Numancia. El alma del Pobre respiró siempre en esta atmósfera. Jesús fue como nadie hijo de la Biblia, hijo del pueblo bíblico.

Entorno político

Nunca entenderemos a un hombre si no nos situamos en su entorno. Como el tejido político circundante es uno de los ingredientes que contribuyen poderosamente a forjar una personalidad, comencemos por echar un vistazo y analizar las expectativas, luchas y frustraciones de un pueblo, y así entenderemos más fácilmente el pen­samiento y las intenciones de un conductor, en nuestro caso de Jesús.

La colonización de Palestina comienza en el año 63 a.C., en el que Pompeyo, después de una brillante expe­dición militar por la amplitud del Mediterráneo, conside­ró de la mayor conveniencia geopolítica anexar al Impe­rio el territorio palestino; y, luego de un par de paseos militares por el país de los judíos, llevó a cabo su propó­sito, sin encontrar mayor resistencia.

A pesar de todo, la política romana fue, hasta cierto punto, flexible y benévola, consintiendo en colocar go­bernantes nativos al frente de esos territorios.

En el año 40 a.C., Roma nombró rey de Judea al idumeo Herodes, llamado El Grande, que tuvo un largo, brillante y cruel reinado, apoyado siempre en el brazo militar romano. A su muerte, Arquelao, tan cruel como su padre, aunque no tan eficiente, heredó Judea y Sama­ría. Pero su breve reinado fue tan arbitrario y despótico que los judíos y samaritanos, exasperados, pidieron a Roma la deposición del sanguinario monarca. Y Roma, después de deponerlo, envió por primera vez a un Procu­rador, lo que implicaba el dominio directo de Roma, con plenos poderes sobre todo el territorio palestino. A estas alturas, Jesús debía contar algo menos de doce años. Y aquí comienza la era más turbulenta y aciaga de la na­ción judía, que culminaría, finalmente, en el exterminio casi total del templo, de la ciudad y de la nación, en el año 70. Esta fue la época en que Jesús vivió, actuó y sufrió.

Entre tanto, en Galilea, a la muerte de Herodes el Grande le sucedió su hijo Herodes Antipas, un reyezuelo sin categoría ni autoridad, un títere. Roma le reconocía un cierto grado de autonomía, a condición de que se mantuviera sumiso y quieto. Y fue tanta su sumisión y devoción, que no perdía ocasión de adular y agasajar a sus amos. Levantó, a la orilla del lago Genesaret, por cierto muy cerca de Nazaret, la bella ciudad de Tiberíades, en honor del emperador Tiberio, con termas y anfitea­tros, introduciendo los usos y costumbres típicamente romanos. Asimismo, levantó otras ciudades, aunque no tan suntuosas, y difundió profusamente los aires paganos por todos los rincones de su pequeño reino. Este fue el Herodes que hizo decapitar a Juan Bautista.

Nazaret era territorio de su jurisdicción. Hay que su­poner, pues, que el tetrarca se habría hecho presente, y en más deuna ocasión, en el pequeño villorrio. En sus treinta años Jesús no conoció otra autoridad civil que la de Herodes Antipas. Seguramente lo vio, tal vez de cerca, en más de alguna oportunidad. Y, al leer detenidamente los evangelios, difícilmente puede uno sustraerse a la impresión de que Jesús debió sentir no sé qué secreta repulsa hacia Herodes Antipas: no consta por los evan­gelios que Jesús hubiera transitado por ciudad alguna fundada por Herodes; palpita un irreprimible desdén en aquella invectiva: «ese zorro»; cuando, en las horas de la Pasión, llevaron a Jesús a su presencia, el Maestro ni siquiera abrió la boca, guardando un completo silencio. Algo profundo y negativo en relación con Herodes estaba almacenado en el corazón del Maestro. ¿El recuerdo de la bárbara y frívola decapitación de su amigo Juan el Bautista? Es posible, y seguramente mucho más.

* * *

Esta situación política fue un duro golpe para el orgu­llo nacional de los judíos. Siempre habían creído en su destino como pueblo elegido, soñando en que, un día, to­das las naciones se postrarían ante su Dios en el templo deJerusalén. Pero la realidad que tenían que roer era una cáscara distinta y muy amarga. En Cesarea se había levantado un templo espectacular en honor del divino Augusto, representado como Zeus. Por todas partes sur­gían anfiteatros, teatros y gimnasios, en los que, tanto en Cesarea como en Jerusalén, cada cuatro años se organi­zaban torneos, justas y campeonatos en honor del divino Augusto. Y, como símbolo insolente y estridente de esta absoluta dominación, sobre el frontis del pórtico princi­pal del templo, una enorme águila imperial presidía la vida de la nación.

Esta dominación romana tenía, sobre todo, una ex­presión concreta eirritante: la opresión económica. En efecto, además de los impuestos indirectos, como peajes, derechos de aduanas y mil otras tasas, las provincias ocupadas tenían que pagar a Roma los «tributos». Es verdad que estas imposiciones eran canceladas por las autoridades delas provincias, pero estas, a su vez, grava­ban con pesados impuestos a cada uno de los ciudadanos del pueblo judío, salvo a los ancianos ylos niños.

Esta situación fue exacerbando los ánimos de la gen­te, porque, para el pueblo, los tributos equivalían a un sacrilegio, ya que se trataba –así lo entendían– de dine­ro de Dios. Y,como era deprever, en el seno del pueblo oprimido y esquilmado, la irritación fue creciendo como una llama amenazadora, justamente en los años juveni­les de Jesús; y esta sorda rebelión fue incubándose –¡co­sa extraña!– precisamente en el País del Norte, en la llamada Galilea de los Gentiles, bien lejos del centro depoder. Aquí habría de nacer también el movimiento de los zelotes, hombres de extracción campesina y muy re­ligiosos que, con variada suerte y a través de diversas alternativas, habrían de hostigar a las guarniciones ro­manas hasta que su resistencia fue totalmente aniquilada en el año 70.

Concretamente, cuando Jesús bordeaba los veinte años tuvo lugar una de las insurrecciones más san­grien­tas en las proximidades de Nazaret. Efectivamente, por ese tiempo, Judas el Galileo organizó y dirigió victoriosa­mente una violenta rebelión contra Roma. Poniéndose al frente de un numeroso y fanatizado escuadrón de insu­rrectos, se dirigió a la ciudad fortificada de Séforis; la asaltaron, pasaron a espada a toda la guarnición romana allí apostada, y se instalaron firmemente allí, atrinche­rándose en el recinto amurallado.

Vana ilusión. Poco les duró el sabor de la victoria. A los pocos meses, el legado de Siria, Quintilio Varo, llegó a marchas forzadas con un fuerte destacamento militar, redujo la ciudad a cenizas y dos mil zelotes fueron cru­cificados. La resistencia recibió así un golpe mortal, pero no definitivo.

Todo esto sucedía a pocas millas de Nazaret, y hay que calcular que entre los insurrectos, y luego crucifica­dos, habría algunos vecinos de Nazaret, jóvenes de una edad aproximada a la de Jesús y posiblemente amigos suyos. Sin embargo, no disponemos de indicios claros en los documentos evangélicos como para afirmar o negar que Jesús simpatizara con estos movimientos insurrec­cionales, o si tuvo algún contacto con los rebeldes. Solo podemos afirmar que esta tensa situación política, en la que Jesús se tuvo que ver inevitablemente inmerso, debió dejar, de alguna manera, huellas en su personalidad, como hijo de su tiempo y de su pueblo que era.

Solo en la noche

Una palmera del desierto, combatida por el viento, en nada se diferencia de otra palmera. Una ola del mar agitado no se distingue de otra ola. El Pobre de Nazaret tampoco se distinguía de cualquier otro joven de su edad, salvo, quizá, por un destello casi imperceptible que le venía de lejos, no se sabía de dónde.

Sin embargo, dos hechos debieron golpear fuertemen­te la atención de los aldeanos de Nazaret: el celibato de Jesús y sus frecuentes salidas a lugares solitarios y retirados. Todo envuelto en un aire de misterio difícil de descifrar.

El estado de soltería de Jesús, a sus veinticinco o trein­ta años, debió parecer a los nazaretanos algo muy extra­ño, inconcebible. Todavía se escuchaban por entonces los lamentos de la hija de Jefté, vagando con sus compa­ñeras por los montes de Israel, llorando su virginidad, por el voto que su padre había hecho comprometiendo la virginidad de su hija (Jue 11,38). Por entonces, la vir­ginidad era una tragedia para la mujer; y para el hombre, un desatino inconcebible, que no encajaba en los pará­metros mentales de un israelita, casi un atentado contra el mandamiento fundamental de crecer y multiplicarse dado por Dios a la humanidad, y contra la seguridad interior del pueblo de Israel.

Sin embargo, para el Pobre de Nazaret fue tan conna­tural como para la primavera la flor, dentro de su iden­tificación personal: el Gran Pobre. Su virginidad fue como un desierto dilatadísimo, en el que no hay contor­nos, sino tan solo una línea azul en el horizonte, y en donde los extremos quedan entrelazados por un arco iris de silencio.

Su virginidad consistió en cavar y cavar sucesivas profundidades tierra adentro y tierra abajo, hasta tocar el corazón mismo del mundo, sin dejar a su paso ni una raíz ni una semilla. Consistió en enviar al desierto las fragantes ilusiones, las promesas de juventud, la rosa del amor, el calor de las ternuras, y quedarse a solas bajo un sicómoro, deshabitado, apaciguado y vacío. Consistió en quedarse en el puerto y ver partir los navíos a la mar, a los confines del mundo, no para blandir espadas ni con­quistar reinos, sino para construir nidos, regar las ilusio­nes y abrir cauces a la vida.

Su virginidad consistió en atravesar una noche fría, solitariamente, como los antiguos combatientes, llevando en la mano tan solo una lámpara de tenue luz. Lanzó por los aires las monarquías levantadas sobre rosas, y él se quedó, solitario, como una pequeña planta desamparada en medio del temporal, sin cobijo ni abrigo. Las emocio­nes humanas, que de por sí son clamorosas, en su corazón solitario quedaron en calma, como una llama apa­gada.

Silencio, soledad, vacío, nada.

Y ahora sí. Ahora el Infinito puede descender para habitar en un vacío infinito.

En la tierra del Gran Pobre nació y creció, altísimo, el árbol de la Libertad, a cuya sombra podrán sentarse todos los pobres del mundo.

¿Resultado final? El Gran Servidor.

* * *

Con los evangelios en la mano, veremos ahora que, en los días de evangelización, Jesús acostumbraba reti­rarse a orar con una frecuencia considerable, y con las siguientes características: siempre solo; casi siempre en una montaña, o, al menos, en un lugar retirado; y gene­ralmente, no siempre, de noche; y sin pedir autorización ni dar explicaciones a nadie (Lc 6,12; Mt 14,13; Jn 6,15; Mc 7,24; Lc 9,10; Mc 1,35; Mt 6,6; Mc 14,32; Mt 17,1; Lc 9,28; Mt 26,26; Lc 22,39; Mc 9,2; Lc 4,1-13; 9,18; 21,37; 4,42; 5,1; 11,1).

Dicen los evangelistas que, después del bautismo, Je­sús se retiró durante cuarenta días a un lugar desértico, solitario e inaccesible, en donde solo habitaban las fieras (Mc 1,13). Naturalmente, esto no quiere decir que alter­nara con las alimañas, sino que se trataba de un lugar tan solitario y salvaje que nadie llegaba hasta allí. De este hecho podemos extraer algunas conclusiones razonables; en primer lugar, una de carácter psicológico: es inimagi­nable que alguien que no estuviera habituado a seme­jante soledad pudiera retirarse durante tanto tiempo; en segundo lugar, y teniendo en cuenta que los evangelios solo nos entregan algunas migajas de los hechos y dichos de Jesús, y que los evangelistas señalan en más de veinte ocasiones que Jesús se retiraba siempre solo, general­mente a algún lugar de la montaña, y frecuentemente de noche, podemos concluir razonablemente que este era un hábito del Pobre deNazaret y su modo normal de actuar desde los días de su juventud.

¿Cómo veían, pues, los nazaretanos a Jesús? ¿Qué opi­nión tenían de él? Seguramente lo veían como un hom­bre inclinado al silencio, más bien reservado, con una fuerte tendencia a la introspección, con frecuentes ausen­cias, perdido muchas veces en la soledad de las colinas circundantes. Por todo lo cual, no podían menos de verlo como un joven un tanto extraño y diferente.

Sin embargo, como veremos, Jesús no fue un sonám­bulo que camina a tientas entre los acontecimientos, o anda por las nubes. Aunque busca la soledad, no es un pájaro solitario que anda siempre volando en círculos alrededor de sí mismo. Al contrario, en un notable con­traste de personalidad, lo veremos siempre como un hombre con los pies en la tierra, sólidamente afirmado en la realidad, observador congénito de todo cuanto le rodea, los campos, los huertos, y, sobre todo, la vida, usos y costumbres de los hombres.

En el final del abismo

«Crecía en gracia delante de Dios».

En la larga noche que estamos atravesando, entre escollos, y a la luz de las estrellas, hemos alcanzado a entrever hasta ahora algunos atisbos del misterio, perfi­les inciertos de un rostro. Nos parecemos a los astróno­mos que pacientemente auscultan los espacios siderales. A simple vista, no ven más que unos destellos de luz sobre la concavidad de la bóveda oscura. Pero ellos sa­ben que, más allá de esa bóveda, centellean universos infinitos y pozos de luz cuyo fulgor no hay retina capaz de soportarlos sin incendiarse.

«Jesús progresaba en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52). Hasta ahora hemos aborda­do con cierta holgura el crecimiento del Pobre de Naza­ret en estatura humana. Pero, ¿crecer en gracia ante Dios? ¿No era él el Hijo consubstancial de Dios? Este es, sin duda, el final del abismo, el recodo más peligroso y temible, el más difícil de los problemas cristológicos.

Bien sabemos que la realidad Dios-hombre (Cristo) es un «mundo» inasequible. En el frontis de su puerta hay un rótulo que no dice «prohibida la entrada», sino «impo­sible el paso»: no es posible traspasar el vestíbulo. Sin embargo, es el Espíritu el que nos da alas para atravesar el dintel y robar el fuego; y todo el Nuevo Testamento no es sino un obstinado esfuerzo por escudriñar y capturar los secretos escondidos en el «inescrutable» abismo de Cristo.

En el largo y espinoso camino de clarificación cristológica que la Iglesia realizó desde el concilio de Nicea hasta el de Calcedonia, el interrogante que trajo a los Padres conciliares de conflicto en conflicto fue este: ¿Cómo elaborar y formular una doctrina cristológica que nos permita afirmar la divinidad de Jesucristo sin dismi­nuir ni oscurecer el hecho de que, también y al mismo tiempo, sea plenamente hombre?

Siempre existe el peligro de que, cuando nombramos y confesamos a Jesucristo como Dios, estemos, al mismo tiempo, recortando o violentando lo que hay en él de típicamente humano: libertad, crecimiento evolutivo, in­certidumbre, miedo, angustia, desaliento, sobresalto; du­dar, no ver con claridad el camino a seguir, verlo después con mayor claridad, corregir rumbos sobre la marcha, en su condición de itinerante, esforzarse por leer la vo­luntad del Padre a través de acontecimientos imprevis­tos..., vicisitudes y estados de ánimo que, de acuerdo con los evangelios, Cristo vivió amplia e intensamente. ¿Cómo afirmar que vivió todas estas situaciones si, en cuanto Dios, lo sabía todo? ¿Y dónde quedarían la liber­tad y el mérito? Debemos evitar el peligro de hacer de Cristo un robot impasible y hierático.

Pero, de todas maneras, Cristo era también, y al mis­mo tiempo, Hijo consubstancial de Dios. ¿Cómo conju­gar, pues, a nivel humano estas dos realidades? ¿Cómo traducirlo de una manera satisfactoria y convincente en fórmulas humanas, y expresarlo con palabras asequibles para nuestra mente? Tarea difícil y aun casi imposible. Preguntémoselo, si no, a los Padres conciliares de Nicea y Calcedonia. De cualquier manera, y situándonos en la perspectiva de una profunda fe, digamos que no sabemos cómo; pero sabemos y estamos seguros de que Jesu­cristo no es Dios a costa del hombre, ni hombre a costa de Dios, sino perfectamente Dios y perfectamente hom­bre a un mismo tiempo.

Después de este esclarecimiento, volvemos a pregun­tarnos: ¿Cómo se entiende, qué significa este crecimiento de Jesús en gracia delante de Dios? Ya que el Espíritu nos da la audacia de explorar regiones inéditas, yo me aventuraría a proponer en las páginas que siguen una hipótesis, o mejor, una intuición que nos ayude a enten­der mejor en qué consiste este crecer de Jesús en las experiencias divinas.

* * *

He aquí una síntesis de lo que nos proponemos expo­ner a continuación: Jesús, como todo israelita, vivió, du­rante su infancia y adolescencia, su relación con Dios dentro del contexto teológico del pueblo en que nació y creció, es decir, una relación con un Dios absoluto y eterno. Pero más tarde, en la etapa de evangelización, Jesús anuncia un mensaje que está centrado en una no­vedad substancial para los esquemas teológicos de Israel: el Dios Padre.

Hay que suponer, pues, que, a partir de determinada edad, el joven Jesús, en ese proceso de crecimiento en la experiencia de Dios de que nos habla Lucas, comenzó a relacionarse y experimentar a Dios de una manera esen­cialmente diferente; una manera que, fuera de algunos fugitivos vislumbres, ningún profeta de Israel había in­tuido ni vivido. El joven Jesús sobrepasó la etapa del suspenso y el vértigo espiritual, típica de los salmistas y profetas, para sumergirse por completo en la zona de la confianza, y comenzó a tratar con Dios como el Padre más querido y amante de la tierra. (Algunas de las ideas expuestas a continuación han sido extractadas de mi libro Muéstrame tu rostro, pp. 349-399).

Una historia monoteísta

En sus orígenes, Israel había vivido perdido y casi disuelto en el seno de los grandes imperios: Egipto, Asiria, Babilonia, pueblos politeístas e idólatras. Salidos de Egip­to, después de una travesía de sol y arena, e instalados en Palestina, también aquí los israelitas vivieron en todo momento rodeados de tribus idólatras: cananeos, filis­teos, jebuseos...

A lo largo de los siglos, Israel, cansado de un Dios exigente, había sentido la seducción deotros dioses, más humanos y gratificantes, y en más de una ocasión se dejó seducir sin dificultad. Pero, en medio de este pueblo frívolo y voluble, Dios suscitó una yotra vez a unos hombres defuego, los profetas, que, conjugando la ame­naza con la ternura, conseguían que Israel retornara a su Dios, pagando en más de una ocasión su celo con un final violento. Así, con sangre, muerte y lágrimas, Israel llegó a forjar un monoteísmo radical y santamente fa­nático.

Esta tradición monoteísta había esculpido un «credo» de granito, llamado Shemá, que todo israelita rezaba dos veces por día. El Shemá no solo era la viga maestra de toda oración judía, sino también la sangre de la cultura nacional, la bandera de la patria y la expresión de la última razón de ser de Israel, pueblo colocado en medio de los otros pueblos para recordar y proclamar que «Dios es»: «Escucha, Israel: Yavé, nuestro Dios, es uno y único. Amarás, pues, a Yavé, tu Dios, con toda tu alma, con todo tu corazón, con todas tus fuerzas...» (Dt 6,4-9).

Jesús, desde que fue capaz de balbucir las primeras palabras en arameo, aprendió de memoria estos versícu­los. Desde que el niño, a través del proceso evolutivo de la infancia, fue capaz de asimilar el sentido de las pala­bras, su espíritu se nutrió con el recio alimento del She­má. Más tarde repitió millares de veces estas mismas palabras: cuando todavía caminaba de la mano de su madre; cuando iba con el cántaro a la fuente; cuando ascendía a las onduladas colinas para recoger leña o cuidar de los cabritos; cuando, ya adolescente, a los quince años, salía a las noches estrelladas, o en el humilde taller modelaba un yugo de bueyes o una carreta.

Este es un dato de capital importancia para vislum­brar la vida interior de Jesús, y que nos permite afirmar que su primera vivencia religiosa fue la experiencia de lo absoluto de Dios.

A los cinco años, Jesús comenzó a frecuentar, como todos los niños de Israel, la Beth a sefer, institución do­cente equivalente a nuestras escuelas primarias, que de­pendían de la sinagoga. De la misma manera que en nuestra catequesis uno de los primeros gestos que apren­den los niños es santiguarse, así también, por entonces, cuando el maestro de escuela escribía el tetragrama o las cuatro letras del nombre de Yavé, el niño se inclinaba profundamente sobre sí mismo, se cubría los ojos y la cara con sus manos, y permanecía inmóvil en esa actitud hasta que el maestro le daba autorización para incorpo­rarse, una vez que había borrado las cuatro letras. De esta manera, tan fuertemente expresiva, adoró Jesús al Eterno por largos años de su vida.

En los días de Jesús ya se rezaba en Israel la oración por excelencia llamada Tephiláh. En la sinagoga se reci­taba esta oración en forma solemne y coral; pero todo israelita, desde que tenía uso de razón, debía rezarla tres veces al día, en horas estrictamente señaladas. Ya estu­viera comiendo, viajando, trabajando, conversando..., lle­gada la hora señalada, todo israelita suspendía su ocupa­ción, se ponía de pie vuelto hacia Jerusalén yrezaba: «Bendito seas, Yavé, Dios nuestro y Dios de nuestros padres; Dios grande y héroe formidable, escudo nuestro yescudo de nuestros padres, nuestra esperanza de gene­ración en generación... Tú abates a los que están eleva­dos, resucitas a los muertos, traes el viento y haces des­cender el rocío, conservas la vida yvivificas a los muer­tos..., no hay Dios fuera deTi. Tú que ordenas a las estrellas en su lugar en la inmensidad, creando el día y la noche, llevándote el día y trayendo la noche, Bendito seas, Eterno, que haces “anochecer” a las noches...».

El aliento exaltado que respiran estas estrofas debió recorrer y agitar el mar profundo de los sentimientos de Jesús, las planicies sosegadas de su infancia y la pasión llameante de su juventud.

Podemos muy bien imaginar a Jesús –niño, adoles­cente, joven maduro– rezando esta oración tres veces por día en voz alta, a la luz del amanecer o en la quietud de la noche, caminando con la caravana, regresando del campo, erguido sobre un cerro solitario, en la penumbra del taller, junto con María y José, al anochecer..., el Pobre envuelto en llamas, todo su ser en alta tensión, contagia­do por la vibración de la tierra, levantados los ojos al cielo... Jesús era ya una primavera incendiada, vendaval en marcha, noche estrellada y flor de desierto, todo al mismo tiempo. Ya desde niño el Eterno lo llenó de fuerza y de pasión.

Este es el contexto religioso en que el Pobre se abrió a la vida. Sus primeras experiencias religiosas, de la mis­ma manera que las de cualquier israelita, fueron viven­cias del Absoluto.

Podemos constatar que, para los doce años, el Incom­parable ya había invadido por completo sus territorios; y vislumbramos en él una profunda y extensa «zona de soledad» a la que nadie pudo asomarse, ni siquiera su propia Madre. Solo Dios. Jesús tomó completamente en serio el Absoluto de Dios, y lo llevó hasta las últimas consecuencias.

* * *

Estas vivencias del Absoluto cruzan las páginas del Evangelio mezcladas con vivencias de otro género. Jesús habla de Dios, y sentimos detrás de sus palabras el eco de una gran pasión. Recoge las voces de los grandes profetas y las lleva a una altura estremecida.

La iniciativa y la consumación solo a Dios pertenecen. Él organiza las bodas y sale por los caminos cursando invitaciones (Lc 15,3-7). ¿Dónde y cuándo se apagará el fuego de la humanidad? Solo Dios sabe la hora exacta (Mc 13,32). ¿Quién ocupará el primer lugar en el Reino? La decisión está en Sus manos (Lc 12,32). Simón, has hablado correctamente, pero no fue por un golpe de instinto ni por tu innata sagacidad. Fue inspiración de lo Alto (Mt 16,16). Hay que escalar este risco vertical, hay que saltar por encima de ese abismo. Ello es imposible para nosotros, pero ¿para Dios? ¡Ah!, para Dios todo es posible (Mc 10,27). Si creyeran, verían prodigios: saltando como un cabritillo, ese cerro se desplazaría hasta el mar; a esta araucaria le nacerían alas como las de un cóndor, y volaría a otros continentes para echar allá raíces (Lc 17,6).

Así es Jesús: un profeta deslumbrado por la potencia infinita, la fuerza y la santidad de Dios. No soporta que nadie usurpe la gloria que solo a Él le corresponde e invita a jugarse por Él hasta las últimas consecuencias, con una radicalidad que asusta (Mt 8,22; Mc 10,21).

Del suspenso a la ternura

Pero Jesús no fue, solo y ante todo, un profeta; ni su Dios fue, ante todo, el Formidable del Sinaí.

Todo lo dicho hasta ahora no es cualitativamente di­ferente del concepto de Dios que se vivía en el judaísmo por los días de Jesús. A muchos profetas los sentimos en una entrañable comunicación con el Señor y, en largos períodos de la Biblia, Dios navega en el mar de la Mise­ricordia; e incluso en Jeremías y Oseas encontramos ver­daderas aproximaciones al Dios de la ternura: «Yo ense­ñé a andar a mi hijo, y lo levanté en mis brazos. Lo atraje con lazos de amor, con ligaduras humanas. Fui para él como quien alza una criatura contra su mejilla, y yo me inclinaba hacia él para darle de comer» (Os 11,1-6).

A pesar de estas aproximaciones y golpes de intuición, el Dios absoluto del Sinaí presidió sin contrapeso la vida religiosa de Israel.

Retomemos el hilo: ¿En qué sentido crecía Jesús en las experiencias divinas? Ya lo hemos dicho: Jesús, como verdadero israelita, vivió largos años aquella relación de adoración pasmada ante el Único y Eterno. Veamos aho­ra cómo fue «pasando» a otra relación absolutamente inédita en Israel: la relación de confianza y ternura de un hijo muy querido para con un padre muy amoroso.

* * *

Jesús era un muchacho normal, pero diferente. Ten­dría entre quince y veinte años. Cualquier observador sensible podría haber descubierto en él un extraño res­plandor, como un invisible halo hecho de dulzura y fuego que lo envolvía como una túnica translúcida. Era como alguien que camina mirando hacia dentro de sí mismo; y todos decían que Alguien iba con él o que él iba con Alguien, igual que cuando desaparecen las distancias. Ya sabemos que los puentes unen a los que están distantes; y, en el caso de Jesús, la intimidad era la Presencia Total hecha de dos Presencias, o, dicho de otra manera, dos infinitas, consubstanciales Interioridades, volcadas hacia afuera y fundidas en un único abrazo.

Era de noche. El Joven salió de su casa muy quedo, cerró la puerta con cuidado y atravesó silenciosamente el poblado. Nazaret parecía un lugar abandonado, todas las puertas y ventanas estaban todavía cerradas; ni una luz, ni una voz. Pronto estuvo el Joven en descampado, a cielo abierto, en la oscuridad estrellada. Enseguida lo envolvió un embriagador aroma de azahar que flotaba en el aire, y una emoción que ni él mismo alcanzaba a comprender invadió, de pronto, sus calles y senderos, tomando posesión completa de su territorio.

A la tenue luz de las estrellas comenzó a escalar la colina rocosa, entre cipreses y olivos, caminando sobre los guijarros sueltos, que al rodar unos sobre otros sona­ban como risas extrañas en el silencio de la noche.

Sin detenerse ni una sola vez en su escalada, llegó, por fin, a la cumbre más elevada del cerro. Todo era prodigio en la noche resplandeciente y mágica. La bóve­da celeste era un inmenso racimo de luz. Innumerables luciérnagas brillaban todavía en la oscuridad, y millares de grillos y otros insectos batían sus élitros con fuerza salvaje e incansable, transformando la noche en una sin­fonía cósmica. Embriagado de aromas primaverales, un ruiseñor cantaba arrebatadoramente y sin darse tregua sobre un ciprés cercano. El Joven se sintió como flotando en el mar de la vida, y casi se desvaneció al aspirar la embriaguez de una mezcla infinita de perfumes de ané­monas y nardos silvestres, romeros y ciclámenes, mirto y retama..., a cuyo conjuro se le despertaron las energías dormidas en sus raíces. Noche de boda y éxtasis.

* * *

Dicen que el amor nace de una mirada, es un mo­mento de olvidarse. Crece en la medida que aumentan los deseos de darse, y, finalmente, se consuma en el olvi­do total de un gozo recíproco.

Aquella noche, el Padre se abrió al Hijo sin medidas ni controles. El Hijo le correspondió plenamente, y, a su vez, se abrió enteramente al Padre. Los dos se miraron hasta el fondo de sí mismos con una mirada de amor. Y esa mirada fue como un lago de aguas profundas y cla­ras en las que ambos se perdieron en un abrazo en que todo era propio y todo era común, todo lo recibían y todo lo daban, y todo se comunicaba en un inefable si­lencio, igual que cuando nos llegan melodías desde las estrellas.

Fijos los ojos del Joven en una estrella azul, tornadas y concentradas sus energías en el Foco de Amor que es el Padre, estallaron las emociones: el amor y la intimidad entablaron un duelo singular en el corazón ardiente del Joven, en el sentido de que cuanto mayor era el amor, mayor era la intimidad, y cuanto más alta la intimidad tanto más alto era el amor; y, así, la velocidad interiori­zante fue aceleradamente devorando todas las «distan­cias» entre el Hijo y el Padre; y de esta manera se consu­mó el duelo entre el amor y la intimidad, y los dos llega­ron al éxtasis, la posesión, la quietud, la totalidad, la eternidad.

Fue entonces cuando la ternura y la confianza levan­taron un vuelo irresistible hasta transformarse en gigan­tesco terebinto de amplísima copa, que, con su sombra, fue cubriendo los impulsos vitales de este Joven normal y diferente. Sus arterias se tornaron en ríos caudalosos de dulzura, y por todas partes le nacieron vertientes de confianza, dirigidas hacia el centro del Amor...

Esta «pascua» no se consumó, naturalmente, en una sola noche. Fue un largo caminar a través de varios años, como en todo lo humano, por lo demás. El Joven fue avanzando de sol a sol, noche tras noche, mar adentro, cada vez más allá, en la ruta ascendente que conduce al alto manantial del Amor, el Padre.

Con un temperamento tan sensible como el suyo, el Joven fue dando paso tras paso, experimentando progre­sivamente diferentes sensaciones, y percibiendo cada vez con mayor claridad que Dios no es precisamente el Te­mible del Sinaí.

Hacia el vértice del amor

Sigamos al Pobre de Nazaret en su ascensión. ¿Cuán­tos años tendría a estas alturas: veinte, veinticinco? Con su temperamento sensible y su profunda piedad, fue adentrándose progresivamente en el mar, mientras la Madre laboraba en el sagrado telar a la luz de una lám­para, y José y Jesús trabajaban el pino, el roble, el ciprés, transformándolos en una mesa o una cuna. En estos años de la juventud de Jesús se produce la más alta y trascendente transformación interior de todos los tiem­pos.

En su propia carne Jesús llegó a experimentar que Dios no es, ante todo, temor, sino amor; no es primordial­mente justicia, sino misericordia; ni siquiera es, ante todo, Majestad, Excelencia, Santidad, sino perdón, cuidado, proximidad, ternura, solicitud...; hay que nombrarlo, pues, de otra manera: en adelante, no se llamará Yavé, sino Padre, porque tiene lo que tiene y hace lo que hace un papá ideal de este mundo: siempre está cerca, com­prende, perdona, se preocupa, protege, estimula. Después de experimentar lo que Jesús experimentó, no cabía lla­marlo más que con ese nombre que encierra lo que hay de más digno de amor en este mundo: Padre. Y así se alteraba también, de alguna manera, el primer manda­miento, que, en adelante, no consistirá en amar a Dios, sino en dejarse amar por Dios, ya que los amados aman, solo los amados aman, y los amados no pueden dejar de amar, como la luz no puede dejar de iluminar. Fue un mundo nuevo, y la más alta revolución en la patria del espíritu.

* * *