Salmos para la vida - Ignacio Larrañaga Orbegozo - E-Book

Salmos para la vida E-Book

Ignacio Larrañaga Orbegozo

0,0

Beschreibung

Nueva edición, en la colección de bolsillo, de «Salmos para la vida», el libro en el que el P. Larrañaga comenta algunos de los salmos más comunes en la liturgia de las horas, con el fin de ayudar al cristiano a vivificar su trato con la palabra de Dios y la práctica de la oración. Porque un salmo rezado por un corazón vacío no «dice nada», por muchas añadiduras y condimentos que se le agreguen. Un salmo resonando en un corazón henchido de Dios queda cuajado de su presencia, y cuanto más repleto esté de amistad divina, más se llenará de Dios cada una de sus palabras. «Salmos para la vida» nos ayuda a orar con los salmos, sus comentarios nos sumergen en su interior para salir después con las manos llenas y nos estimulan a encontrar de nuevo en ellos espíritu y vida.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 232

Veröffentlichungsjahr: 2016

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



1

Los Salmos y la vida

(Salmo 63)

Una de las tareas más urgentes de las comunidades religiosas, según me parece, podría expresarse con esta pregunta: ¿qué hacemos, o cómo hacemos para conse­guir que la liturgia de las horas llegue a ser, para los hermanos y hermanas, el alimento diario y normal co­mo para sustentar, al menos con decorosa altura, el en­tusiasmo por la vida consagrada? He aquí la pregunta, la tarea, el desafío.

Sucede lo siguiente: numerosos y múltiples compro­misos recla­man a los hermanos y hermanas. Ahí están los pobres con su penuria y sus dramas. ¿Qué hacer con una sociedad cuyos valo­res cristia­nos se desangran día a día? De tal manera las comunidades religiosas viven agobiadas por urgencias y necesi­dades ineludi­bles que, si sus integrantes no se organizan, tanto a nivel personal como comunita­rio, a fin de reservar tiempos fuertes para orar –lo que, por cierto, exige entusias­mo y te­són–, la actividad orante de muchas comunidades aca­ba reduciéndose al rezo de la liturgia de las horas, y, cuando más –no siempre–, a la celebra­ción eucarís­tica. Quede esto en claro: el oficio divino es ya, de hecho, la principal activi­dad orante de muchas comuni­dades.

Por otra parte, en el marco de cualquier dinámica vi­tal, sucede el siguiente fenómeno: las energías espirituales, en la medida en que dejan de ser cultivadas, inician un peligroso repliegue en una verdadera espiral de muerte, hacia la inhibi­ción y la atrofia. En cuanto se deja de orar, la fe languide­ce, se congela la relación vital con el Señor –aquella aureo­la que el pueblo distingue en los enviados– y la existencia misma, en cuanto proyecto elemental de vida, acaba por perder el sentido y la alegría. El problema que nos preocupa es, pues, un asunto vital.

Se impone, por consiguiente, lo reiteramos, esta pre­gunta: ¿qué hacer para conseguir que la liturgia de las horas sea verdadera­men­te, si no un banquete espiritual, al menos la mesa familiar en la que los hermanos y hermanas encuentren el alimento para restaurar ener­gías, nutrirse para el combate del espíritu o, al menos, para no descender por la pendiente de la decadencia?

Ahora bien, no debe olvidarse que la viga maestra, la columna vertebral de la liturgia de las horas son los salmos. Vivifi­cando los salmos, estamos vivificando la liturgia de las horas. Todo lo que se haga, cualquier iniciativa que se tome en este sentido, es un impulso enriquecedor para la vida de la Iglesia.

Urge, pues, emprender el itinerario que conduce al in­terior de los salmos, navegar en sus mares, sondear la riqueza de sus abismos, llenarse los ojos de luz, conta­giarse de vida, y después salir a la superficie con las ma­nos llenas de toda su riqueza y novedad.

De tal manera que, durante el rezo diario, las pala­bras suenen siempre como nuevas, y nunca se agote su riqueza, así se repitan esas palabras millares de veces. De esta manera, el oficio divino será siempre una acti­vidad vivificante para mantener en alto el sentido de una consagración, el estímulo apostólico y la gana de vivir.

Hay tantos escritos, y tan excelentes, sobre los salmos que uno tiene la impresión de que su estudio hubiera to­cado fondo, y de que el tema estuviera ya agotado.

Tan sólo el pensamiento de que cada persona con­templa el mundo y la vida desde una perspectiva única me infunde algún aliento para, también yo, decir algo, y depositar un granito de arena en esa inmensa playa.

Por otra parte, no intento hacer (ni podría) un estudio siste­mático de los salmos (al respecto, existen en caste­llano trabajos admira­bles), sino entregar unas simples consideracio­nes, con aplicaciones a la vida, para estimu­lar a algunas personas a orar con los salmos, ayudándo­las a encontrar en ellos espíritu y vida. Desearía, asimis­mo, con estas meditacio­nes, contribuir un poco a vivifi­car la litur­gia de las horas de algunas comunidades.

El hombre habla con Dios

Se dice: la Biblia, sin los salmos, sería tan sólo un libro sobre Dios. A primera vista, esta afirmación pare­ce verdadera. Pero no lo es exactamente.

Si la oración es diálogo, un diálogo no necesaria-men­te de palabras, sino de interioridades, la Biblia entera, desde sus primeras pági­nas, es un diálogo con Dios, no exento de quejas y discusiones.

En el amanecer de la humanidad el hombre se asoma a la Histo­ria como un ser entrañablemente abierto a Dios. Efectivamente, al caer de la tarde, a la hora de la brisa, Dios se paseaba (Gén 2,8) por el jardín, conver­sando con Adán, como lo hace un hombre con otro hombre.

* * *

El Génesis nos deja un apunte gráfico, de gran densi­dad huma­na:

«Noé andaba con Dios» (Gén 6,9). Palpita en ese ca­pítulo sexto una relación entre Dios y Noé grávida de cual­quier cosa parecida a ternura, en que Dios le comunica confidencialmente sus planes, iniciando el diálogo con un «he decidido», que tiene sabor a secreto de estado, declarando que tiene para con él (Noé) un plan de predi­lección, porque si es verdad que va a «acabar con toda carne», sin embargo, «contigo estableceré una alianza» (Gén 6,18), porque «tú eres el único justo que he visto en esta generación» (Gén 7,1).

Una inmensa corriente de cariño se establece entre Dios y Abrahán. No es precisamente la relación de un amigo con otro amigo. Es mucho más, y algo distinto, algo parecido a la relación que existe entre un padre que tiene nobles y trascen­dentales proyectos para su hijo predilecto, a quien asiste, bendice, promete, estimu­la, prueba y conduce de la mano hasta la meta prefi­jada.

De parte de Abrahán, la confianza llega a tal punto que discu­te con Dios, casi de igual a igual, le exige prue­bas y seña­les, y hasta le regatea, junto al encinar de Mambré, en uno de los diálogos más conmovedores de la Biblia (Gén 18,22-23).

Es difícil imaginar una relación tan singular y única como la que se dio entre Moisés y Dios: parecen dos ca­maradas, o mejor, dos vetera­nos combatientes de gue­rra. Porque guerra fue lo que habían vivido, y una gue­rra de liberación, o mejor, una auténtica epopeya, en la que ambos, Moisés y Dios, lucharon codo a codo en un combate singu­lar: convocaron y organizaron a un pue­blo oprimido, lo sacaron a la patria de los libres, que es el desierto, y, caminando sobre las desnudas y ardientes arenas, lo pusieron en marcha hacia un sueño lejano y casi imposible de una patria soberana.

En esta larga epopeya se estableció entre Moisés y Dios un trato personal de tal relieve que sus características han marcado la vida de la Biblia y de la Iglesia, perdurando hasta nuestros días.

Palpita, en esa relación, un clima de inmediatez, no exento, a veces de suspenso y vértigo espiritual. Siempre que Dios quiere hablar con Moisés, lo llama a la cima de la montaña (Éx 19,3; 19,20; 24,1), de tal manera que hay momentos en que las expresio­nes «subir a la montaña» y «subir a Dios» son expre­siones sinónimas (Éx 24,12).

Moisés es, pues, no sólo un hombre religioso, ade­más de un gran liberador, sino un místico y un con­templador, de tal manera que podemos afirmar que, en los días de Moisés, la experiencia contem­plativa alcanzó una de sus cumbres más altas. La Biblia sintetiza esa ac­titud contemplativa de Moisés en esta expresión: «Dios hablaba a Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Éx 33,11).

* * *

La tradición, esta tradición de proximidad y trato personal entre el hombre y Dios, continúa con Samuel y David, dos hombres de Dios, a pesar de las deficiencias de este último. Les tocó a los dos, en diferentes coyun­turas, establecer y organizar la monarquía, fundar las instituciones políticas y religiosas, ordenar y poner en marcha el culto, levantar el templo; y todo ello siguien­do las instruccio­nes expresas del Señor, en todo lo cual no dejaron de existir diálogo y discu­siones con Dios.

En uno de los episodios, en la época de la instaura­ción del reino y erección del templo, David recibió men­sajes de Yavé a través del profeta Natán. Pero, en un momento determinado, David, dejando a un lado al in­termediario, «entró, y se sentó ante Yavé» para con­versar directamente con Él. Es ésta una expresión ex­traordinariamente decidora en la que se comprueba que David era capaz de tratar con Dios en espíritu y en ver­dad, de ponerse en su presencia, para conversar con Él con un acento tan entrañable y reverente que, aun hoy día, nos senti­mos conmovidos por esa larga oración (2Re 7,18-19) y por esa mezcla de confianza y reve­rencia.

Ese trato con Dios avanza progresiva y resueltamente hacia el interior en la época de los profetas, los cuales no solamente se constituyen en interlocutores privile­giados de Dios, sino que las circunstancias los obligan a transformarse también en pedagogos y reformadores de la vida de oración del pueblo.

Denuncian con frecuencia los ritos vacíos, los gestos postizos y las palabras huecas, y empujan al pueblo ha­cia una religión interior, una religión de fe, justicia y fi­delidad.

Pareciera que los profetas abrigaran una cierta apren­sión hacia el culto externo. No hubo tal, sin embargo; fue una oposición aparente. A ellos les interesaba resal­tar el carác­ter interior y personal de la religión, que debe aterrizar en la entrega personal y en las obras de misericordia. Y, a partir de los sucesos posteriores, po­demos afirmar que los profetas acertaron con esta peda­gogía, porque consiguieron colocar en el corazón del pueblo el cimiento de la fe perso­nal, gracias a la cual pudo mantenerse fiel durante las terri­bles pruebas que se avecinaban.

Y fue precisamente durante el destierro, y después, cuando se coleccionaron, se revisaron y se canonizaron las fórmulas tradicio­nales de oración. Fue también en esta época, y algo más tarde, cuando se llevó a cabo la recopilación del libro de los salmos.

Un encuentro de vida

Son, pues, los salmos la flor y fruto de un largo ro­mance, mantenido entre Dios y el hombre, un romance cuyos primeros balbuceos se pierden en la alborada del Pueblo de Dios.

Todo encuentro es el cruce de dos rutas, de dos itine­rarios o interioridades. El hombre busca a Dios, y no puede dejar de buscar­lo. En su taller de artesanía –no deja de ser el hombre una obra de artesanía–, allá, en su corazón donde lo concibió y modeló, Dios dejó en las raíces del hombre una impronta de sí mismo, el sello de su dedo, su propia imagen, que viene a ser como una poderosa fuerza de gravedad que lo arrastra, con una atracción irresistible, a su Fuente Original. (Esto me hace recordar a los salmones –valga la comparación– que nacen en un río, y después de recorrer miles de kiló­metros por todos los mares del mundo, retornan, no se sabe por qué misterioso mecanismo magnético, al mis­mo río donde nacieron).

También Dios busca al hombre, porque también Dios se siente atraído por el hombre, ya que en las profundas aguas humanas Dios ve refle­jada su propia figura.

Por eso, en el cruce o encuentro de estos dos ríos se produce el gozo típico de dos naturalezas armónicas que se encuentran, y el choque típico de dos «individuos» diferentes.

Es un encuentro vivo, mejor dicho, un encuentro de vida, una vida a dos. De pronto, entre los dos surgen desavenencias, incompren­siones, lamentaciones, quejas mutuas, reconciliacio­nes, al igual que en la convivencia normal de dos personas humanas. No rara vez, en la Bi­blia, Dios acaba por aburrirse del hombre, y también el hombre se cansa de Dios, sobre todo se decepciona, se desconcierta por sus silencios, tardanzas y ausencias, y el hombre siente la tentación de dejarlo, e irse tras otros dioses más gratificantes.

Así y todo, a pesar de todos estos avatares, los dos vuelven a amistarse, para seguir juntos, y recorrer, uno al lado del otro, el itinerario de la vida y de la historia. De esta convivencia, en la fe, nace la amistad entre los dos, que en el caso de los hombres de Dios, fue y es in­sobornable, inquebranta­ble.

* * *

Cada uno de los salmos ha nacido en circunstancias históricas concretas, vividas por salmistas diferentes, en diferentes períodos de la historia de Israel. Han sido re­copilados, no para evitar que se pierdan, sino para que el pueblo tuviera un instrumento adecuado para relacio­narse con Dios, sobre todo en las grandes solemnidades del templo, y más tarde en el culto de la sinagoga.

La Biblia no es tan sólo un archivo que guarda los re­cuerdos histó­ricos de las aventuras pasadas. Las gestas de salvación son recorda­das, celebradas en las solemni­dades del templo; al celebrarlas las re-viven, las re-ac­tualizan. De esta manera, Israel re-presenta (hace actua­les) los antiguos portentos, para que la fe del pueblo se confirme, y su fidelidad se acreciente día a día.

De pronto vemos que el salmista sube al templo para llorar sus enfermedades, y lo hace con palabras tan des­garradas y expre­sivas que, aún hoy, nos conmueven (cf los salmos 38 y 39). Tus saetas se han clavado en mí, tus furias me han desgarrado, estoy abatido comple­tamente, ando encorvado y sombrío todo el día; todo hombre es un soplo, nada más que una sombra que pa­sa... Y, después de una confusa mezcla de diatribas, casi maldiciones, reclamos y actos de contrición, al final, el salmista se entrega con una actitud real­mente con­movedora de sumisión y abandono: «Me callo ya; no abro más la boca, porque eres Tú quien lo ha hecho» (Sal 39,10).

Otras veces, el salmista es acusado injustamente. An­da de tribunal en tribunal. Mientras tanto, los acusado­res le rodean implacablemente como jauría de lobos. El sal­mis­ta apela al tribunal de Dios, ante el cual defiende ardien­te­mente su inocencia; se siente perdonado y aco­gido por Él, y, en condi­ciones de alabarlo, y de partici­par nuevamente en el culto de la asamblea (cf salmos 7 y 26).

Aparecen también los emigrantes, los desterrados y los judíos de la Dispersión. Todos ellos regresan alboro­zados entre el rumor de las caravanas. Uno de ellos hace una magnífica des­cripción de las peripecias del mar (sin duda viene de algún país lejano), de la bravura de los navegantes, del movimiento de las olas (Sal 107). Todos juntos suben a Jerusalén, entre cánticos, ansiosos por llegar pronto a la Casa del Señor y ofrecerle sacrificios de acción de gracias.

En el gran cortejo de los infortunios, aparecen los an­gustia­dos por la marcha del mundo y sus gobiernos, por el contraste de los orgu­llosos que nadan en la prosperi­dad y los humildes que sucumben ante las injusticias. El salmista piadoso es devorado por un sagrado celo cuan­do comprueba que, junto al austero culto del templo del Señor, se levantan otros temple­tes dedicados a Baal con festejos de música, ferias y danzas.

Con frecuencia, sube al templo el salmista encorvado bajo el peso de la culpa. Sin embargo, en lugar de tortu­rarse, remo­viendo en sus heridas con morbosidad maso­quista, simplemente se reconoce culpable, como el pu­blicano, y apela una y otra vez a la misericordia de Dios, pidiendo, como gracia, un corazón puro.

* * *

Pero no todo son desdichas en la vida. El salmista sube tam­bién con un ramillete de alabanzas y hurras, sea recordando las gestas gloriosas llevadas a cabo por el Señor en favor de su pueblo, sea por haber recibido, a nivel personal, la bendi­ción del Señor en el área de la salud, el prestigio, la pros­pe­ridad, etc. Es un corazón lleno de agrade­cimiento, que, a partir de las actuaciones venturosas y suce­sos felices de su vida, se confirma en la fe y se compromete a una fidelidad creciente.

Con frecuencia, el salmista no busca nada, ni pedir ni agrade­cer, sino simplemente adorar, y también esto es parte de la vida. Adorar es la tarea esencial de un cre­yente; en la adora­ción no se persigue ningún objetivo, por muy elevado que sea. Adorar es una tarea de com­pleta «inutilidad»; y, por eso mismo, es la pascua supre­ma, la liberación absoluta, justamen­te porque se trata de una actividad absolutamente gratuita, por «inútil». Hay ciertos salmos en que la adoración alcanza tal altu­ra y tal pureza que es difícil imaginar otra cumbre espi­ritual más elevada.

En resumen, Israel (y la Iglesia) arrastra a la presen­cia de Dios la vida entera, con sus preocupaciones, espe­ranzas y desalientos, rebeldías y sumisiones, imprecacio­nes y alaban­zas. Lo importante es que no se produzca la dicotomía entre la vida y la oración. En este sentido, el salterio puede ser una magnífica encrucijada en que se den cita y se encuentren Dios y la vida.

Hemos llegado al anhelado circuito vital: los salmos arrastran consigo la lucha general de la vida, con sus he­ridas y tro­feos, y es en el «templo» de la presencia divi­na donde el combatiente sana las heridas, recibe la con­solación divina y la inspiración vital para retornar sano y fuerte a la vida, para la tarea de la liberación de los pueblos de todas sus opresiones.

La rutina y sus posibles remedios

Concretamente, ¿qué hacer para que el rezo de los salmos sea un surtidor inagotable de vida? ¿Qué hacer para que esas palabras (de los salmos) no se «gasten» con el uso diario? ¿Qué hacer, en fin, para que la litur­gia de las horas sea la mesa en la que se nutra y robus­tezca la amistad de los consa­grados con el Señor?

El primer enemigo que nos sale al encuentro es la ru­tina. ¿Cómo nos las arreglamos para dejarla fuera de combate? Y, en primer lugar, ¿en qué consiste la rutina, cómo nace y cuál es su naturaleza?

Las cosas que se repiten se «gastan»; y las cosas gasta­das, cansan. Una preciosa melodía que hoy nos estreme­ce de emoción, después de escucharla quince veces, ya no nos gusta tanto. Si la escuchamos cincuenta veces, puede llegar a causarnos fastidio y molestia. ¿Qué sucedió? Las situaciones repetidas pierden novedad.

Toda cosa o situación percibida por primera vez luce nueva: lo nuevo tiene novedad. En la medida en que se repiten, pier­den capaci­dad de impacto, porque, al final, la novedad no es otra cosa que el efecto de un impacto. Las cosas repetidas ya no impactan porque perdieron la novedad. Al perder la novedad se gastan, y al gastarse, pierden vida.

Y, en este momento, desaparece la capacidad de asombro, que es la capacidad de percibir cada cosa nue­va, e incluso, de captar cada vez como nueva una mis­ma situación. Al morir la capacidad de asombro, entra en juego la monotonía, que es madre e hija de la rutina, la que, a su vez, engendra la apatía y la muer­te. He aquí la espiral de muerte en que podemos ser atrapados en el rezo diario de los salmos.

* * *

¿Cómo salir de esta espiral? ¿Cómo vencer a un ene­migo tan impercep­tible como temible?

La solución que, al instante, nos sale al paso es la va­ria­ción; es el instinto de neutralizar la monotonía con la varie­dad. No deja de ser, como veremos, una solución falaz.

En la línea de la variación, yo he visto, a lo largo de mis años, esfuerzos extraordinarios y realizaciones magníficas en la vida de las comunidades. Dijeron: vi­vifiquemos el oficio divino, porque es asunto de vida. Y, con una generosidad admirable, decidieron que cada semana hubiera un equipo de liturgia distinto, de tal manera que se viviera un programa semanal diferente, con variedad de motivaciones, intercalando reflexiones aquí, lecturas allá, cambio de posiciones corpora­les, di­versos cantos, momentos de silencio, reflexiones espon­táneas, etc. No deja de ser admirable este entu­siasmo.

Pero, ¿qué sucede? Sucede que la variedad lleva en su seno el germen de la muerte. Dicho de otra manera: la variedad, en cuanto se repite, deja de ser variedad. Y aquella liturgia de las horas, a fuerza de tanto va­riar, acabó por convertirse en monotonía en la varie­dad. Y, al cabo de cuatro o cinco meses, también allí penetró la rutina.

Una cosa es variar, y otra vivificar. La variedad viene de afuera, la vivificación de adentro. Entre paréntesis, no estoy en contra de la variación. Todo lo contrario: cualquier es­fuerzo que se haga para presentar progra­mas nuevos es, en cualquier caso, una estimable ayuda para romper la monotonía. Lo único que quiero decir es que la solución profunda y verda­dera para la rutina vie­ne por otro camino.

* * *

Contra todas las apariencias, podría yo afirmar que la causa radical de la rutina no es la repetición. Entre dos personas que se aman locamente, la frase «te quie­ro» repetida cinco mil veces, probablemente tenga más contenido y vida la última que la primera vez. Cinco mil días vividos junto a la persona a la que se ama mucho, el último día esa persona despertará más emoción que el primero. Dicen los biógrafos que san Fran­cisco de Asís repetía una y otra vez durante toda la noche: «Mi Dios y mi Todo». Es probable que, a la alborada, al decir­la por última vez, esa expresión tuviera para él más sustan­cia que la primera.

La solución profunda y el secreto verdadero está siempre dentro del hombre, y la solución a la rutina, esto es, la novedad, debe surgir desde adentro. Un pai­saje incomparable, contemplado por un especta­dor tris­te, siempre será un triste paisaje. Para un melancólico, una espléndida primavera es como un lánguido otoño.

Al final, lo que importa es la capacidad de asombro; es esa capaci­dad la que viste de vida las situaciones rei­teradas, y la que pone un nombre nuevo a cada cosa; y, a una misma cosa, percibida mil veces, le pone mil nom­bres distintos. Es la re-creación inagotable. El problema está, pues, dentro.

Un salmo, rezado por un corazón vacío, es un salmo vacío, por muchas añadiduras y condimentos que se le agreguen. Un salmo, resonando en un corazón henchido de Dios, queda cuajado de presencia divina, y cuanto más colmado esté el corazón de amistad divina, más se pobla­rán de Dios cada una de sus pala­bras.

Hemos tocado el fondo del misterio: un corazón vacío, he ahí la explicación final de la rutina. Para un muerto, todo está muerto. Para un corazón vacío, todas las palabras de los salmos están vacías. Ahora bien, ¿cómo vivificar el corazón, precisamente con la ayuda de los salmos? Aquí propongo dos medios.

a) Estudio y selección personal

Cuando digo estudio no me refiero necesariamente a un abordaje intelectual y técnico de los salmos. Sería ex­celente, sin duda, que se hiciera un aprendizaje ordena­do y exegético, pero no siempre es posible. Nos referi­mos, pues, a otra cosa.

Siendo el individuo un misterio único e irrepetible, su manera de experimentarse y experimentar las cosas es también única e irrepeti­ble. Cincuenta personas oyen una misma sinfonía, y cada una ha vivido distintas im­presiones; unas quedan extasia­das; a otras, simplemente les gustó; a otras, las dejó frías. Cinco especialistas en el arte pictórico van a una pinacoteca; y después de re­correr las galerías, es increíble la divergen­cia de gustos y criterios entre ellos, a la hora de evaluar. Se podrían multiplicar los ejemplos. Esta consideración de la singu­laridad es aplicable a la universali­dad de la experiencia humana.

Hay salmos que no nos dicen nada. Otros nos escan­dalizan. En un mismo salmo encontramos fragmentos inspiradísimos, y otros en que se lanzan anatemas y se reclaman venganzas. Un mismo salmo a uno «le dice» mucho, y a otro no le «dice» nada. Tomamos otro sal­mo, y a aquél le evoca un mundo de resonancias, mien­tras que a éste le deja frío.

En un día de retiro, supongamos, o en cualquier mo­mento fuer­te, en tanto sea bastante prolongado, se toma un salmo deter­minado; se trata de vivirlo, vale de­cir, de hacer reposadamen­te una verdadera oración, uti­lizando las palabras del salmo como vehículo y apoyo. Puede suceder que unos versículos, o el salmo entero, despierten profundas resonancias en el alma. En este caso, se subrayan esas palabras, o se anotan en un cua­derno personal, colocando al margen una palabra que sintetice lo que el salmo evoca: adoración, confian­za, liberación, alabanza... Puede suceder, y sucede con fre­cuencia, que un mismo salmo o una estrofa, un día no nos «diga» nada, y otro día nos evoque resonancias inesperadas. Una misma persona puede experimentar una misma cosa de diferente manera en diferentes mo­mentos.

De semejante manera, en otra oportunidad se hace otro «estu­dio» con otro salmo. Y así, al cabo de unos años, se puede llegar a tener un conocimiento personal de los salmos, de tal manera que cada cual sepa dónde encontrar el alimento adecua­do, según sus estados de ánimo y las necesidades espirituales diarias.

b) Vivificar

En un momento fuerte se toma un salmo, previamen­te conocido mediante el «estudio» personal, según las necesidades espiri­tuales del momento.

Se comienza leyéndolo despacio. Hay que comenzar, en primer lugar, por tratar de entender el significado, alcance y apli­cación de las palabras leídas. Después, hay que dar paso al corazón: se trata de «decir» con toda el alma las expresiones más evocadoras, asumiendo vital­mente lo que pronuncian los labios, identificando la atención con el contenido de las frases.

Mientras se repiten lentamente las palabras mas ex­presivas, el alma se deja contagiar por aquella vivencia profunda que sentían los salmistas y los profetas; tratar de experimentar lo que ellos experimentarían con esas mismas palabras; dejarse arrebatar por la presencia viva de Dios, dejarse envolver por los sentimientos de asom­bro, contrición, interioridad, adora­ción y otros de que están impregnados esos versículos.

Si, en un momento dado, y con un determinado ver­sículo, se llega a percibir una especial visitación divina, hay que dete­nerse ahí mismo, repetir incansablemente el versí­culo, sin preocuparse de seguir adelante.

* * *

Con este método se consiguen los siguientes resul­tados:

– Se avanza en la oración y se crece en la amistad divina.

– Se vivifica la palabra de Dios.

– Se vivifica la liturgia de las horas.

No cabe duda de que esos salmos se han saboreado, que han servido de vehículo para llegar y estar con Dios, y cuyas riquezas escondidas han sido «descubier­tas», esos salmos, digo, sonarán de otra manera en el oficio divino, se converti­rán en alimento y vida, y, en general, la oración litúrgica se hará viva y fecundante.

Los anatemas

Hay cristianos que sienten alergia general por los sal­mos. ¿Por qué? Porque una y otra vez se encontraron en el camino con obstáculos difíciles de sortear: esas expresiones discor­dantes, imprecaciones y anatemas.

No todo es adoración en los salmos. La violencia mental (por no utilizar la palabra odio) enrojece, con color de sangre, los caminos humanos. Por eso, muchos cristianos mantienen una actitud de reserva y descon­fianza, y una cierta desestima hacia los salmos. Y otros se ven obligados a realizar gimna­sias mentales y dar sal­tos acrobáticos para sortear sentimien­tos tan desabridos y poco cristianos.

Frecuentemente, por no decir continuamente, el sal­mista se halla inmerso en un entorno hostil, y reacciona casi siempre guiado por un instinto de venganza. Quiere recu­perar la salud para tener la oportunidad de tomarse la revan­cha. Con expre­siones apasionadas, pide a Dios que aniquile a los enemigos, que sean entregados a la es­pada, echados como pasto a las fieras, y sus hijos estre­llados contra las pie­dras; y se jacta de odiar a sus adver­sarios «con odio perfec­to», etc. Es otro mundo, otra mentali­dad.

* * *

Como en todo fenómeno humano, también aquí hay una explica­ción. Los salmos se escribieron en la infancia de la religión, época muy imperfecta, demasiado huma­na. El sentimiento general que regía las relaciones hu­manas era el instinto de venganza, instinto universal grabado a fuego en las entrañas del hombre, y que se sintetiza así: ojo por ojo y diente por diente. Es la justi­cia primitiva, por la que la persona que recibió un daño queda satisfecha al inferir igual daño a quien se lo hizo. Esta ley estaba vigente en los días de los salmos, y así se explican tantas imprecaciones.

Pero un buen día, y en la cumbre de un monte, esas fuerzas salvajes fueron encadenadas a la argolla de la mansedumbre y colocadas a buen recaudo bajo el con­trol de la paz. En adelan­te, no sólo hay que perdonar al enemigo, sino también amarlo, y devolverle bien por mal. Fue la revolución más alta de la historia, cuya brú­jula dio un giro de 180 grados.

En cuanto a la práctica, pueden seguirse las siguientes vías. En primer lugar, no hay problema en cuanto a la liturgia de las horas, porque ahí se eliminaron, aunque no totalmente, los anatemas. En cuanto a la piedad per­sonal, se pueden dejar de lado, en el rezo de los salmos, las expresiones estridentes. Puede hacerse también una transposición simbólica, transfi­riendo esos sentimientos a ciertos conceptos como el egoísmo, el orgullo, el peca­do... que, de todas formas, no dejan de ser criaturas vi­vas, presen­tes en la vida.

Solidaridad

Nadie está obligado a echar mano de todos los sal­mos, a la hora de nutrir su piedad personal. Pero otra es la situación de sacerdotes y religiosos cuando rezan la liturgia de las horas, sobre todo cuando lo hacen co­ralmente.

En ese momento, es otro su horizonte. En ese mo­mento, es la Iglesia entera, la humanidad entera, es Cristo Total el que reza, el que sufre, clama, llora, im­plora. Se ensanchan, pues, los horizontes hacia una soli­daridad universal en que se asumen los gemidos de los agonizantes, las rebeldías de los oprimidos, las esperan­zas de los emigrantes, los sueños de las madres, la in­certidumbre de los enfermos, en suma, la pasión del mundo.