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Nueva edición, en la colección de bolsillo, de «Salmos para la vida», el libro en el que el P. Larrañaga comenta algunos de los salmos más comunes en la liturgia de las horas, con el fin de ayudar al cristiano a vivificar su trato con la palabra de Dios y la práctica de la oración. Porque un salmo rezado por un corazón vacío no «dice nada», por muchas añadiduras y condimentos que se le agreguen. Un salmo resonando en un corazón henchido de Dios queda cuajado de su presencia, y cuanto más repleto esté de amistad divina, más se llenará de Dios cada una de sus palabras. «Salmos para la vida» nos ayuda a orar con los salmos, sus comentarios nos sumergen en su interior para salir después con las manos llenas y nos estimulan a encontrar de nuevo en ellos espíritu y vida.
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Seitenzahl: 232
Veröffentlichungsjahr: 2016
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1
Los Salmos y la vida
(Salmo 63)
Una de las tareas más urgentes de las comunidades religiosas, según me parece, podría expresarse con esta pregunta: ¿qué hacemos, o cómo hacemos para conseguir que la liturgia de las horas llegue a ser, para los hermanos y hermanas, el alimento diario y normal como para sustentar, al menos con decorosa altura, el entusiasmo por la vida consagrada? He aquí la pregunta, la tarea, el desafío.
Sucede lo siguiente: numerosos y múltiples compromisos reclaman a los hermanos y hermanas. Ahí están los pobres con su penuria y sus dramas. ¿Qué hacer con una sociedad cuyos valores cristianos se desangran día a día? De tal manera las comunidades religiosas viven agobiadas por urgencias y necesidades ineludibles que, si sus integrantes no se organizan, tanto a nivel personal como comunitario, a fin de reservar tiempos fuertes para orar –lo que, por cierto, exige entusiasmo y tesón–, la actividad orante de muchas comunidades acaba reduciéndose al rezo de la liturgia de las horas, y, cuando más –no siempre–, a la celebración eucarística. Quede esto en claro: el oficio divino es ya, de hecho, la principal actividad orante de muchas comunidades.
Por otra parte, en el marco de cualquier dinámica vital, sucede el siguiente fenómeno: las energías espirituales, en la medida en que dejan de ser cultivadas, inician un peligroso repliegue en una verdadera espiral de muerte, hacia la inhibición y la atrofia. En cuanto se deja de orar, la fe languidece, se congela la relación vital con el Señor –aquella aureola que el pueblo distingue en los enviados– y la existencia misma, en cuanto proyecto elemental de vida, acaba por perder el sentido y la alegría. El problema que nos preocupa es, pues, un asunto vital.
Se impone, por consiguiente, lo reiteramos, esta pregunta: ¿qué hacer para conseguir que la liturgia de las horas sea verdaderamente, si no un banquete espiritual, al menos la mesa familiar en la que los hermanos y hermanas encuentren el alimento para restaurar energías, nutrirse para el combate del espíritu o, al menos, para no descender por la pendiente de la decadencia?
Ahora bien, no debe olvidarse que la viga maestra, la columna vertebral de la liturgia de las horas son los salmos. Vivificando los salmos, estamos vivificando la liturgia de las horas. Todo lo que se haga, cualquier iniciativa que se tome en este sentido, es un impulso enriquecedor para la vida de la Iglesia.
Urge, pues, emprender el itinerario que conduce al interior de los salmos, navegar en sus mares, sondear la riqueza de sus abismos, llenarse los ojos de luz, contagiarse de vida, y después salir a la superficie con las manos llenas de toda su riqueza y novedad.
De tal manera que, durante el rezo diario, las palabras suenen siempre como nuevas, y nunca se agote su riqueza, así se repitan esas palabras millares de veces. De esta manera, el oficio divino será siempre una actividad vivificante para mantener en alto el sentido de una consagración, el estímulo apostólico y la gana de vivir.
Hay tantos escritos, y tan excelentes, sobre los salmos que uno tiene la impresión de que su estudio hubiera tocado fondo, y de que el tema estuviera ya agotado.
Tan sólo el pensamiento de que cada persona contempla el mundo y la vida desde una perspectiva única me infunde algún aliento para, también yo, decir algo, y depositar un granito de arena en esa inmensa playa.
Por otra parte, no intento hacer (ni podría) un estudio sistemático de los salmos (al respecto, existen en castellano trabajos admirables), sino entregar unas simples consideraciones, con aplicaciones a la vida, para estimular a algunas personas a orar con los salmos, ayudándolas a encontrar en ellos espíritu y vida. Desearía, asimismo, con estas meditaciones, contribuir un poco a vivificar la liturgia de las horas de algunas comunidades.
El hombre habla con Dios
Se dice: la Biblia, sin los salmos, sería tan sólo un libro sobre Dios. A primera vista, esta afirmación parece verdadera. Pero no lo es exactamente.
Si la oración es diálogo, un diálogo no necesaria-mente de palabras, sino de interioridades, la Biblia entera, desde sus primeras páginas, es un diálogo con Dios, no exento de quejas y discusiones.
En el amanecer de la humanidad el hombre se asoma a la Historia como un ser entrañablemente abierto a Dios. Efectivamente, al caer de la tarde, a la hora de la brisa, Dios se paseaba (Gén 2,8) por el jardín, conversando con Adán, como lo hace un hombre con otro hombre.
* * *
El Génesis nos deja un apunte gráfico, de gran densidad humana:
«Noé andaba con Dios» (Gén 6,9). Palpita en ese capítulo sexto una relación entre Dios y Noé grávida de cualquier cosa parecida a ternura, en que Dios le comunica confidencialmente sus planes, iniciando el diálogo con un «he decidido», que tiene sabor a secreto de estado, declarando que tiene para con él (Noé) un plan de predilección, porque si es verdad que va a «acabar con toda carne», sin embargo, «contigo estableceré una alianza» (Gén 6,18), porque «tú eres el único justo que he visto en esta generación» (Gén 7,1).
Una inmensa corriente de cariño se establece entre Dios y Abrahán. No es precisamente la relación de un amigo con otro amigo. Es mucho más, y algo distinto, algo parecido a la relación que existe entre un padre que tiene nobles y trascendentales proyectos para su hijo predilecto, a quien asiste, bendice, promete, estimula, prueba y conduce de la mano hasta la meta prefijada.
De parte de Abrahán, la confianza llega a tal punto que discute con Dios, casi de igual a igual, le exige pruebas y señales, y hasta le regatea, junto al encinar de Mambré, en uno de los diálogos más conmovedores de la Biblia (Gén 18,22-23).
Es difícil imaginar una relación tan singular y única como la que se dio entre Moisés y Dios: parecen dos camaradas, o mejor, dos veteranos combatientes de guerra. Porque guerra fue lo que habían vivido, y una guerra de liberación, o mejor, una auténtica epopeya, en la que ambos, Moisés y Dios, lucharon codo a codo en un combate singular: convocaron y organizaron a un pueblo oprimido, lo sacaron a la patria de los libres, que es el desierto, y, caminando sobre las desnudas y ardientes arenas, lo pusieron en marcha hacia un sueño lejano y casi imposible de una patria soberana.
En esta larga epopeya se estableció entre Moisés y Dios un trato personal de tal relieve que sus características han marcado la vida de la Biblia y de la Iglesia, perdurando hasta nuestros días.
Palpita, en esa relación, un clima de inmediatez, no exento, a veces de suspenso y vértigo espiritual. Siempre que Dios quiere hablar con Moisés, lo llama a la cima de la montaña (Éx 19,3; 19,20; 24,1), de tal manera que hay momentos en que las expresiones «subir a la montaña» y «subir a Dios» son expresiones sinónimas (Éx 24,12).
Moisés es, pues, no sólo un hombre religioso, además de un gran liberador, sino un místico y un contemplador, de tal manera que podemos afirmar que, en los días de Moisés, la experiencia contemplativa alcanzó una de sus cumbres más altas. La Biblia sintetiza esa actitud contemplativa de Moisés en esta expresión: «Dios hablaba a Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Éx 33,11).
* * *
La tradición, esta tradición de proximidad y trato personal entre el hombre y Dios, continúa con Samuel y David, dos hombres de Dios, a pesar de las deficiencias de este último. Les tocó a los dos, en diferentes coyunturas, establecer y organizar la monarquía, fundar las instituciones políticas y religiosas, ordenar y poner en marcha el culto, levantar el templo; y todo ello siguiendo las instrucciones expresas del Señor, en todo lo cual no dejaron de existir diálogo y discusiones con Dios.
En uno de los episodios, en la época de la instauración del reino y erección del templo, David recibió mensajes de Yavé a través del profeta Natán. Pero, en un momento determinado, David, dejando a un lado al intermediario, «entró, y se sentó ante Yavé» para conversar directamente con Él. Es ésta una expresión extraordinariamente decidora en la que se comprueba que David era capaz de tratar con Dios en espíritu y en verdad, de ponerse en su presencia, para conversar con Él con un acento tan entrañable y reverente que, aun hoy día, nos sentimos conmovidos por esa larga oración (2Re 7,18-19) y por esa mezcla de confianza y reverencia.
Ese trato con Dios avanza progresiva y resueltamente hacia el interior en la época de los profetas, los cuales no solamente se constituyen en interlocutores privilegiados de Dios, sino que las circunstancias los obligan a transformarse también en pedagogos y reformadores de la vida de oración del pueblo.
Denuncian con frecuencia los ritos vacíos, los gestos postizos y las palabras huecas, y empujan al pueblo hacia una religión interior, una religión de fe, justicia y fidelidad.
Pareciera que los profetas abrigaran una cierta aprensión hacia el culto externo. No hubo tal, sin embargo; fue una oposición aparente. A ellos les interesaba resaltar el carácter interior y personal de la religión, que debe aterrizar en la entrega personal y en las obras de misericordia. Y, a partir de los sucesos posteriores, podemos afirmar que los profetas acertaron con esta pedagogía, porque consiguieron colocar en el corazón del pueblo el cimiento de la fe personal, gracias a la cual pudo mantenerse fiel durante las terribles pruebas que se avecinaban.
Y fue precisamente durante el destierro, y después, cuando se coleccionaron, se revisaron y se canonizaron las fórmulas tradicionales de oración. Fue también en esta época, y algo más tarde, cuando se llevó a cabo la recopilación del libro de los salmos.
Un encuentro de vida
Son, pues, los salmos la flor y fruto de un largo romance, mantenido entre Dios y el hombre, un romance cuyos primeros balbuceos se pierden en la alborada del Pueblo de Dios.
Todo encuentro es el cruce de dos rutas, de dos itinerarios o interioridades. El hombre busca a Dios, y no puede dejar de buscarlo. En su taller de artesanía –no deja de ser el hombre una obra de artesanía–, allá, en su corazón donde lo concibió y modeló, Dios dejó en las raíces del hombre una impronta de sí mismo, el sello de su dedo, su propia imagen, que viene a ser como una poderosa fuerza de gravedad que lo arrastra, con una atracción irresistible, a su Fuente Original. (Esto me hace recordar a los salmones –valga la comparación– que nacen en un río, y después de recorrer miles de kilómetros por todos los mares del mundo, retornan, no se sabe por qué misterioso mecanismo magnético, al mismo río donde nacieron).
También Dios busca al hombre, porque también Dios se siente atraído por el hombre, ya que en las profundas aguas humanas Dios ve reflejada su propia figura.
Por eso, en el cruce o encuentro de estos dos ríos se produce el gozo típico de dos naturalezas armónicas que se encuentran, y el choque típico de dos «individuos» diferentes.
Es un encuentro vivo, mejor dicho, un encuentro de vida, una vida a dos. De pronto, entre los dos surgen desavenencias, incomprensiones, lamentaciones, quejas mutuas, reconciliaciones, al igual que en la convivencia normal de dos personas humanas. No rara vez, en la Biblia, Dios acaba por aburrirse del hombre, y también el hombre se cansa de Dios, sobre todo se decepciona, se desconcierta por sus silencios, tardanzas y ausencias, y el hombre siente la tentación de dejarlo, e irse tras otros dioses más gratificantes.
Así y todo, a pesar de todos estos avatares, los dos vuelven a amistarse, para seguir juntos, y recorrer, uno al lado del otro, el itinerario de la vida y de la historia. De esta convivencia, en la fe, nace la amistad entre los dos, que en el caso de los hombres de Dios, fue y es insobornable, inquebrantable.
* * *
Cada uno de los salmos ha nacido en circunstancias históricas concretas, vividas por salmistas diferentes, en diferentes períodos de la historia de Israel. Han sido recopilados, no para evitar que se pierdan, sino para que el pueblo tuviera un instrumento adecuado para relacionarse con Dios, sobre todo en las grandes solemnidades del templo, y más tarde en el culto de la sinagoga.
La Biblia no es tan sólo un archivo que guarda los recuerdos históricos de las aventuras pasadas. Las gestas de salvación son recordadas, celebradas en las solemnidades del templo; al celebrarlas las re-viven, las re-actualizan. De esta manera, Israel re-presenta (hace actuales) los antiguos portentos, para que la fe del pueblo se confirme, y su fidelidad se acreciente día a día.
De pronto vemos que el salmista sube al templo para llorar sus enfermedades, y lo hace con palabras tan desgarradas y expresivas que, aún hoy, nos conmueven (cf los salmos 38 y 39). Tus saetas se han clavado en mí, tus furias me han desgarrado, estoy abatido completamente, ando encorvado y sombrío todo el día; todo hombre es un soplo, nada más que una sombra que pasa... Y, después de una confusa mezcla de diatribas, casi maldiciones, reclamos y actos de contrición, al final, el salmista se entrega con una actitud realmente conmovedora de sumisión y abandono: «Me callo ya; no abro más la boca, porque eres Tú quien lo ha hecho» (Sal 39,10).
Otras veces, el salmista es acusado injustamente. Anda de tribunal en tribunal. Mientras tanto, los acusadores le rodean implacablemente como jauría de lobos. El salmista apela al tribunal de Dios, ante el cual defiende ardientemente su inocencia; se siente perdonado y acogido por Él, y, en condiciones de alabarlo, y de participar nuevamente en el culto de la asamblea (cf salmos 7 y 26).
Aparecen también los emigrantes, los desterrados y los judíos de la Dispersión. Todos ellos regresan alborozados entre el rumor de las caravanas. Uno de ellos hace una magnífica descripción de las peripecias del mar (sin duda viene de algún país lejano), de la bravura de los navegantes, del movimiento de las olas (Sal 107). Todos juntos suben a Jerusalén, entre cánticos, ansiosos por llegar pronto a la Casa del Señor y ofrecerle sacrificios de acción de gracias.
En el gran cortejo de los infortunios, aparecen los angustiados por la marcha del mundo y sus gobiernos, por el contraste de los orgullosos que nadan en la prosperidad y los humildes que sucumben ante las injusticias. El salmista piadoso es devorado por un sagrado celo cuando comprueba que, junto al austero culto del templo del Señor, se levantan otros templetes dedicados a Baal con festejos de música, ferias y danzas.
Con frecuencia, sube al templo el salmista encorvado bajo el peso de la culpa. Sin embargo, en lugar de torturarse, removiendo en sus heridas con morbosidad masoquista, simplemente se reconoce culpable, como el publicano, y apela una y otra vez a la misericordia de Dios, pidiendo, como gracia, un corazón puro.
* * *
Pero no todo son desdichas en la vida. El salmista sube también con un ramillete de alabanzas y hurras, sea recordando las gestas gloriosas llevadas a cabo por el Señor en favor de su pueblo, sea por haber recibido, a nivel personal, la bendición del Señor en el área de la salud, el prestigio, la prosperidad, etc. Es un corazón lleno de agradecimiento, que, a partir de las actuaciones venturosas y sucesos felices de su vida, se confirma en la fe y se compromete a una fidelidad creciente.
Con frecuencia, el salmista no busca nada, ni pedir ni agradecer, sino simplemente adorar, y también esto es parte de la vida. Adorar es la tarea esencial de un creyente; en la adoración no se persigue ningún objetivo, por muy elevado que sea. Adorar es una tarea de completa «inutilidad»; y, por eso mismo, es la pascua suprema, la liberación absoluta, justamente porque se trata de una actividad absolutamente gratuita, por «inútil». Hay ciertos salmos en que la adoración alcanza tal altura y tal pureza que es difícil imaginar otra cumbre espiritual más elevada.
En resumen, Israel (y la Iglesia) arrastra a la presencia de Dios la vida entera, con sus preocupaciones, esperanzas y desalientos, rebeldías y sumisiones, imprecaciones y alabanzas. Lo importante es que no se produzca la dicotomía entre la vida y la oración. En este sentido, el salterio puede ser una magnífica encrucijada en que se den cita y se encuentren Dios y la vida.
Hemos llegado al anhelado circuito vital: los salmos arrastran consigo la lucha general de la vida, con sus heridas y trofeos, y es en el «templo» de la presencia divina donde el combatiente sana las heridas, recibe la consolación divina y la inspiración vital para retornar sano y fuerte a la vida, para la tarea de la liberación de los pueblos de todas sus opresiones.
La rutina y sus posibles remedios
Concretamente, ¿qué hacer para que el rezo de los salmos sea un surtidor inagotable de vida? ¿Qué hacer para que esas palabras (de los salmos) no se «gasten» con el uso diario? ¿Qué hacer, en fin, para que la liturgia de las horas sea la mesa en la que se nutra y robustezca la amistad de los consagrados con el Señor?
El primer enemigo que nos sale al encuentro es la rutina. ¿Cómo nos las arreglamos para dejarla fuera de combate? Y, en primer lugar, ¿en qué consiste la rutina, cómo nace y cuál es su naturaleza?
Las cosas que se repiten se «gastan»; y las cosas gastadas, cansan. Una preciosa melodía que hoy nos estremece de emoción, después de escucharla quince veces, ya no nos gusta tanto. Si la escuchamos cincuenta veces, puede llegar a causarnos fastidio y molestia. ¿Qué sucedió? Las situaciones repetidas pierden novedad.
Toda cosa o situación percibida por primera vez luce nueva: lo nuevo tiene novedad. En la medida en que se repiten, pierden capacidad de impacto, porque, al final, la novedad no es otra cosa que el efecto de un impacto. Las cosas repetidas ya no impactan porque perdieron la novedad. Al perder la novedad se gastan, y al gastarse, pierden vida.
Y, en este momento, desaparece la capacidad de asombro, que es la capacidad de percibir cada cosa nueva, e incluso, de captar cada vez como nueva una misma situación. Al morir la capacidad de asombro, entra en juego la monotonía, que es madre e hija de la rutina, la que, a su vez, engendra la apatía y la muerte. He aquí la espiral de muerte en que podemos ser atrapados en el rezo diario de los salmos.
* * *
¿Cómo salir de esta espiral? ¿Cómo vencer a un enemigo tan imperceptible como temible?
La solución que, al instante, nos sale al paso es la variación; es el instinto de neutralizar la monotonía con la variedad. No deja de ser, como veremos, una solución falaz.
En la línea de la variación, yo he visto, a lo largo de mis años, esfuerzos extraordinarios y realizaciones magníficas en la vida de las comunidades. Dijeron: vivifiquemos el oficio divino, porque es asunto de vida. Y, con una generosidad admirable, decidieron que cada semana hubiera un equipo de liturgia distinto, de tal manera que se viviera un programa semanal diferente, con variedad de motivaciones, intercalando reflexiones aquí, lecturas allá, cambio de posiciones corporales, diversos cantos, momentos de silencio, reflexiones espontáneas, etc. No deja de ser admirable este entusiasmo.
Pero, ¿qué sucede? Sucede que la variedad lleva en su seno el germen de la muerte. Dicho de otra manera: la variedad, en cuanto se repite, deja de ser variedad. Y aquella liturgia de las horas, a fuerza de tanto variar, acabó por convertirse en monotonía en la variedad. Y, al cabo de cuatro o cinco meses, también allí penetró la rutina.
Una cosa es variar, y otra vivificar. La variedad viene de afuera, la vivificación de adentro. Entre paréntesis, no estoy en contra de la variación. Todo lo contrario: cualquier esfuerzo que se haga para presentar programas nuevos es, en cualquier caso, una estimable ayuda para romper la monotonía. Lo único que quiero decir es que la solución profunda y verdadera para la rutina viene por otro camino.
* * *
Contra todas las apariencias, podría yo afirmar que la causa radical de la rutina no es la repetición. Entre dos personas que se aman locamente, la frase «te quiero» repetida cinco mil veces, probablemente tenga más contenido y vida la última que la primera vez. Cinco mil días vividos junto a la persona a la que se ama mucho, el último día esa persona despertará más emoción que el primero. Dicen los biógrafos que san Francisco de Asís repetía una y otra vez durante toda la noche: «Mi Dios y mi Todo». Es probable que, a la alborada, al decirla por última vez, esa expresión tuviera para él más sustancia que la primera.
La solución profunda y el secreto verdadero está siempre dentro del hombre, y la solución a la rutina, esto es, la novedad, debe surgir desde adentro. Un paisaje incomparable, contemplado por un espectador triste, siempre será un triste paisaje. Para un melancólico, una espléndida primavera es como un lánguido otoño.
Al final, lo que importa es la capacidad de asombro; es esa capacidad la que viste de vida las situaciones reiteradas, y la que pone un nombre nuevo a cada cosa; y, a una misma cosa, percibida mil veces, le pone mil nombres distintos. Es la re-creación inagotable. El problema está, pues, dentro.
Un salmo, rezado por un corazón vacío, es un salmo vacío, por muchas añadiduras y condimentos que se le agreguen. Un salmo, resonando en un corazón henchido de Dios, queda cuajado de presencia divina, y cuanto más colmado esté el corazón de amistad divina, más se poblarán de Dios cada una de sus palabras.
Hemos tocado el fondo del misterio: un corazón vacío, he ahí la explicación final de la rutina. Para un muerto, todo está muerto. Para un corazón vacío, todas las palabras de los salmos están vacías. Ahora bien, ¿cómo vivificar el corazón, precisamente con la ayuda de los salmos? Aquí propongo dos medios.
a) Estudio y selección personal
Cuando digo estudio no me refiero necesariamente a un abordaje intelectual y técnico de los salmos. Sería excelente, sin duda, que se hiciera un aprendizaje ordenado y exegético, pero no siempre es posible. Nos referimos, pues, a otra cosa.
Siendo el individuo un misterio único e irrepetible, su manera de experimentarse y experimentar las cosas es también única e irrepetible. Cincuenta personas oyen una misma sinfonía, y cada una ha vivido distintas impresiones; unas quedan extasiadas; a otras, simplemente les gustó; a otras, las dejó frías. Cinco especialistas en el arte pictórico van a una pinacoteca; y después de recorrer las galerías, es increíble la divergencia de gustos y criterios entre ellos, a la hora de evaluar. Se podrían multiplicar los ejemplos. Esta consideración de la singularidad es aplicable a la universalidad de la experiencia humana.
Hay salmos que no nos dicen nada. Otros nos escandalizan. En un mismo salmo encontramos fragmentos inspiradísimos, y otros en que se lanzan anatemas y se reclaman venganzas. Un mismo salmo a uno «le dice» mucho, y a otro no le «dice» nada. Tomamos otro salmo, y a aquél le evoca un mundo de resonancias, mientras que a éste le deja frío.
En un día de retiro, supongamos, o en cualquier momento fuerte, en tanto sea bastante prolongado, se toma un salmo determinado; se trata de vivirlo, vale decir, de hacer reposadamente una verdadera oración, utilizando las palabras del salmo como vehículo y apoyo. Puede suceder que unos versículos, o el salmo entero, despierten profundas resonancias en el alma. En este caso, se subrayan esas palabras, o se anotan en un cuaderno personal, colocando al margen una palabra que sintetice lo que el salmo evoca: adoración, confianza, liberación, alabanza... Puede suceder, y sucede con frecuencia, que un mismo salmo o una estrofa, un día no nos «diga» nada, y otro día nos evoque resonancias inesperadas. Una misma persona puede experimentar una misma cosa de diferente manera en diferentes momentos.
De semejante manera, en otra oportunidad se hace otro «estudio» con otro salmo. Y así, al cabo de unos años, se puede llegar a tener un conocimiento personal de los salmos, de tal manera que cada cual sepa dónde encontrar el alimento adecuado, según sus estados de ánimo y las necesidades espirituales diarias.
b) Vivificar
En un momento fuerte se toma un salmo, previamente conocido mediante el «estudio» personal, según las necesidades espirituales del momento.
Se comienza leyéndolo despacio. Hay que comenzar, en primer lugar, por tratar de entender el significado, alcance y aplicación de las palabras leídas. Después, hay que dar paso al corazón: se trata de «decir» con toda el alma las expresiones más evocadoras, asumiendo vitalmente lo que pronuncian los labios, identificando la atención con el contenido de las frases.
Mientras se repiten lentamente las palabras mas expresivas, el alma se deja contagiar por aquella vivencia profunda que sentían los salmistas y los profetas; tratar de experimentar lo que ellos experimentarían con esas mismas palabras; dejarse arrebatar por la presencia viva de Dios, dejarse envolver por los sentimientos de asombro, contrición, interioridad, adoración y otros de que están impregnados esos versículos.
Si, en un momento dado, y con un determinado versículo, se llega a percibir una especial visitación divina, hay que detenerse ahí mismo, repetir incansablemente el versículo, sin preocuparse de seguir adelante.
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Con este método se consiguen los siguientes resultados:
– Se avanza en la oración y se crece en la amistad divina.
– Se vivifica la palabra de Dios.
– Se vivifica la liturgia de las horas.
No cabe duda de que esos salmos se han saboreado, que han servido de vehículo para llegar y estar con Dios, y cuyas riquezas escondidas han sido «descubiertas», esos salmos, digo, sonarán de otra manera en el oficio divino, se convertirán en alimento y vida, y, en general, la oración litúrgica se hará viva y fecundante.
Los anatemas
Hay cristianos que sienten alergia general por los salmos. ¿Por qué? Porque una y otra vez se encontraron en el camino con obstáculos difíciles de sortear: esas expresiones discordantes, imprecaciones y anatemas.
No todo es adoración en los salmos. La violencia mental (por no utilizar la palabra odio) enrojece, con color de sangre, los caminos humanos. Por eso, muchos cristianos mantienen una actitud de reserva y desconfianza, y una cierta desestima hacia los salmos. Y otros se ven obligados a realizar gimnasias mentales y dar saltos acrobáticos para sortear sentimientos tan desabridos y poco cristianos.
Frecuentemente, por no decir continuamente, el salmista se halla inmerso en un entorno hostil, y reacciona casi siempre guiado por un instinto de venganza. Quiere recuperar la salud para tener la oportunidad de tomarse la revancha. Con expresiones apasionadas, pide a Dios que aniquile a los enemigos, que sean entregados a la espada, echados como pasto a las fieras, y sus hijos estrellados contra las piedras; y se jacta de odiar a sus adversarios «con odio perfecto», etc. Es otro mundo, otra mentalidad.
* * *
Como en todo fenómeno humano, también aquí hay una explicación. Los salmos se escribieron en la infancia de la religión, época muy imperfecta, demasiado humana. El sentimiento general que regía las relaciones humanas era el instinto de venganza, instinto universal grabado a fuego en las entrañas del hombre, y que se sintetiza así: ojo por ojo y diente por diente. Es la justicia primitiva, por la que la persona que recibió un daño queda satisfecha al inferir igual daño a quien se lo hizo. Esta ley estaba vigente en los días de los salmos, y así se explican tantas imprecaciones.
Pero un buen día, y en la cumbre de un monte, esas fuerzas salvajes fueron encadenadas a la argolla de la mansedumbre y colocadas a buen recaudo bajo el control de la paz. En adelante, no sólo hay que perdonar al enemigo, sino también amarlo, y devolverle bien por mal. Fue la revolución más alta de la historia, cuya brújula dio un giro de 180 grados.
En cuanto a la práctica, pueden seguirse las siguientes vías. En primer lugar, no hay problema en cuanto a la liturgia de las horas, porque ahí se eliminaron, aunque no totalmente, los anatemas. En cuanto a la piedad personal, se pueden dejar de lado, en el rezo de los salmos, las expresiones estridentes. Puede hacerse también una transposición simbólica, transfiriendo esos sentimientos a ciertos conceptos como el egoísmo, el orgullo, el pecado... que, de todas formas, no dejan de ser criaturas vivas, presentes en la vida.
Solidaridad
Nadie está obligado a echar mano de todos los salmos, a la hora de nutrir su piedad personal. Pero otra es la situación de sacerdotes y religiosos cuando rezan la liturgia de las horas, sobre todo cuando lo hacen coralmente.
En ese momento, es otro su horizonte. En ese momento, es la Iglesia entera, la humanidad entera, es Cristo Total el que reza, el que sufre, clama, llora, implora. Se ensanchan, pues, los horizontes hacia una solidaridad universal en que se asumen los gemidos de los agonizantes, las rebeldías de los oprimidos, las esperanzas de los emigrantes, los sueños de las madres, la incertidumbre de los enfermos, en suma, la pasión del mundo.
