El poder del viento - Luis Hayme Levy - E-Book

El poder del viento E-Book

Luis Hayme Levy

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Beschreibung

Si la costumbre de marcar libros con signos incandescentes fuera aún común, sin duda esta novela de Luis Haime Levy debería ostentar alguno que represente el viento, más allá del título. El poder del viento es una obra que está marcada por la constante fluctuación espacio-temporal de referencias personales de cada uno de sus personajes; éstos tejen, sin saberlo, el entramado de historias cuya convergencia propicia, a su vez, la creación de otras tramas. Es precisamente este contacto, el impacto del mismo, lo que hace girar las personalidades de los involucrados en la novela. Así tenemos el caso de Octavio, de origen humilde y con sueños de grandeza, que busca el poder para lograr sus objetivos humanitarios, pero que deriva en el ejercicio del poder por sí mismo; o el caso de Doroteo, dueño del poder político y económico, pero que en el terreno amoroso de poco le sirven todas sus influencias. Ambientado en un poblado en ascenso, la población también experimenta cambios en su interior; así como los personajes "evolucionan", entran en la "modernidad", también la ciudad; sin embargo, debajo de esta modernidad palpitan elementos básicos, vitales, inextricables (agua, tierra, fuego, vegetación, líquidos espirituosos… sangre). Asimismo la naturaleza más entrañable, más visceral del ser humano, se hace presente y convive con la razón exaltada, con el ejercicio del poder, con el pensamiento científico que se ve seducido por los hechos y el pensamiento mágico. Novela de cambios, en donde, al igual que el viento, el amor, las ilusiones, el sexo, la traición, la muerte, están presentes en todos los rincones, se cuelan por las fracturas, por las heridas, nos hablan con su lenguaje. Se puede ir en contra del viento o a favor, cualquier opción tiene consecuencias, ¿qué se está dispuesto a pagar?, ¿qué ritmos son los que marca el viento? A veces, la confrontación más difícil es con uno mismo.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Índice

Portada

Créditos

Dedicatoria

Agradecimientos

Epígrafe

I Doroteo

II Octavio

III Rosario

IV Hilario

V Doroteo

VI Octavio

VII Rosario

VIII Doroteo

IX Hilario

X Octavio

XI Rosario

XII Doroteo

XIII Teófilo

XIV Rosario

XV Doroteo

XVI Octavio

XVII Teófilo e Hilario

XVIII Rosario

XIX Doroteo

XX Octavio

XXI Octavio

XXII Octavio

XXIII Octavio

XXIV Octavio

Colofón

Sobre el autor

El poder del viento

Luis Haime Levy

Créditos

El poder del viento / Luis Haime Levy

Primera edición electrónica: 2014

D.R.©2009, Jus, Libreros y Editores, S. A. de C. V.

en colaboración con Editorial Jus

Donceles 88, despacho 405, Centro Histórico

C.P. 06010, México, D.F.

Comentarios y sugerencias:

Tel: 22823100 /[email protected]

www.jus.com.mx / www.jus.com.mx/revista

ISBN: 978-607-412-150-6, Jus, Libreros y Editores, S. A. de C.V.

Todos los Derechos Reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, la copia o la grabación, sin la previa autorización por escrito de los editores.

ILUSTRACIÓN DE PORTADA:Alberto Ortega

DISEÑO DE PORTADA:Anabella Mikulan / Victoria Aguiar

PUMPKIN [email protected]

FORMACIÓN Y CUIDADO EDITORIAL:Jus, Libreros y Editores, S. A. de C. V.

Para Anita, compañera de mis existencias

León, David, Gloria y Alejandra

Daniel, David y Samuel

Mi presente, mi alegría y mi vida.

Para Eddy y Emmy

Andrés y Elisa

Mis hermanos y más.

Para León y Raquel,

Mis raíces,

vacío que aún duele.

Agradecimientos

Mi humilde agradecimiento a los muchos amigos, escritores, guías y compañeros de taller, que apoyaron esta ficción y, más que nada, que alentaron mi a veces descendente ánimo para continuar. El impulso lo recibí con sus comentarios y críticas, a las anotaciones de “me gustó” al lado de algunas frases y párrafos.

De igual forma, agradezco sus enseñanzas, hoy ácidas, mañana más ácidas y pasado mañana de confrontación ideológica, en las que prácticamente siempre salí deudor.

A Beatriz Rivas, guía excepcional, de gran tino y finura de comentarios. Ojos verdes infalibles y mente privilegiada.

A Celso Santajuliana y David Jorajulia, de acidez crítica uno, de nobleza oculta el otro, pero retadores en todo momento.

A mis compañeros de taller: Paola Cassaigne, Mayalen Elizondo, Leyla Flores, Jaime Levy, Alicia Levy, Manuel Vega, Francisco Zurita, compañeros pacientes y puntuales.

A Bernardo Domínguez, confiado impulsor de los noveles mexicanos.

Mi agradecimiento perpetuado en este papel, mientras exista, y en mi sentimiento mientras viva.

El viento es poderoso pero inasible.

El poder se detenta, pero es tan etéreo como el viento.

El viento rompe barreras y es imposible de detener.

Tan poderoso es que llena todos los espacios.

Tan temible es que el poder mismo le cede su lugar.

I Doroteo

—¡Ya me tienes hasta la madre! No puedes acabar con ningún encargo por simple que sea y éste, tan importante para mí, lo tienes totalmente revuelto. ¡Quién te has creído! Si no fueras el hijo de quien eres, ya te habría eliminado de mis negocios y de mi vida...

—Eh, pppero (...) es que (...) señor, yo quiero explicarle que (...).

—Nada de explicaciones, pendejo, tienes una semana más para lograr ese negocio. Más te vale que lo hagas bien, si quieres salvar tu pellejo. ¡¿Entendiste Fernando?! —le dijo a gritos, con sarcasmo.

—Sssí, don Doroteo, gracias, no lo defraudaré.

Colgó el teléfono y con un esbozo de sonrisa socarrona levantó los pies, los reposó sobre el escritorio de fina madera incrustada, se acarició la barbilla por unos segundos y llamó imperativo por el intercomunicador a su secretario particular, quien se encontraba del otro lado de la puerta de su enorme despacho, siempre dispuesto a cumplir los mandatos de su patrón.

Su oficina tenía exactamente ciento cuarenta y cuatro metros cuadrados. Doroteo le dio instrucciones al arquitecto cuando la diseñó. El número doce, como si hubiera surgido de pensamientos premonitorios, tenía muchos significados en su vida y casi todo alrededor suyo giraba en torno al número doce o sus múltiplos.

—Mire arqui, hágala rectangular. En la parte más iluminada, pero que no se vea desde la puerta de acceso, va a poner mi escritorio. Hágalo grande, más grande que cualquier otro, de roble, los cajones con madera de olinalá, pa’que huela bonito, y todo barnizado en mate para que no se vea muy ostentoso, por lo del brillo, ¿no? Del otro lado de la oficina, me diseña una salita de estar para doce personas, no muy grande. La mesa de centro será de encino, con incrustaciones de maderas finas, de uno veinte por lado; a un costado, me pone el bar pero que esté oculto, no quiero que la gente piense que soy un briago empedernido.

El baño va a ser de lujo, con todo lo que se imagine, regadera y tina, ¡ah! y con ese escusadito para lavar la cola, ¿cómo se llama? Sí, eso es, un bidet. Inclúyame el guardarropa y los demás lujitos que usted ya sabe, pero que no parezca oficina de rico, nada más que sea muy amplia, ¿me entendió? Del otro lado me pone la sala de juntas para veinticuatro personas, con una pared de esas que aíslan el sonido. La mesa, ésa sí va a ser de caoba barnizada en brillante, será bien llamativa para que se queden chiquitos los cabrones que vengan a negociar conmigo, quiero que les imponga, que les refleje quién es don Doroteo Arámbula y lo que puede. Bien, ¿me va agarrando la idea, arqui? Búsquese una alfombra bien mullidita, pa’que no haya eco aquí adentro y que no se oiga nada allá afuera...

Rogaciano entró a la oficina. Era un tipo de un metro noventa y con casi cien kilos de puro músculo. Tenía treinta y cinco años, había terminado con mucho esfuerzo la preparatoria porque se le daba más andar de parranda y en las pandillas que estudiar; además, tenía que trabajar para mantener a su madre y hermanos menores. Era el brazo derecho de don Doroteo, sobre todo por su inteligencia privilegiada y la gran memoria que tenía. Desde niño había sido su protegido. Se rumoraba que era el hijo bastardo que tuvo con la hija de un hacendado, a quien Doroteo pretendió cuando él tenía unos veintidós años y con la que nunca llegó a más porque Doroteo no quería, todavía, comprometerse con nadie.

—Diga usted, patrón, pa’qué soy bueno.

—Quiero que al imbécil de Fernando le pongas marca personal. Busca al investigador ese que nos hacía trabajos especiales en la gubernatura y que lo siga pa’ ver qué hace. Me parece que va a regar el tepache con el asunto de la construcción. No sé si está buscando su beneficio dándome a mí una cara y lamiéndole las pelotas al presidente municipal o solamente es un pendejo que no sabe por dónde empezar.

—’Orita mismo busco al licenciado Jiménez —salió de inmediato.

—Sí, señor (...).

Don Doroteo ordenó a su secretaria que lo comunicara con el presidente municipal y se quedó pensando en lo que le diría para averiguar si Fernando le estaba jugando doble. Temía que, tras haber dejado la gubernatura unos meses atrás, fuera descubierto por haber cambiado el uso de suelo de unos terrenos estatales que estaban catalogados como reservas ecológicas. Al modificar los archivos y antecedentes de esas tierras, unas doscientas hectáreas, las convirtió en terrenos habitacionales y comerciales, los cuales compró por conducto de un presta nombres a precio bajo.

Octavio, su exprotegido y actual alcalde, se había dado cuenta de los movimientos turbios de su mentor político, con el que quería romper lazos para que no interfiriera en su propia carrera hacia la grande y, desde la alcaldía, empezó a presionar y provocar al exgobernador del estado. Éste, ante la inminente pérdida de poder político, no quería ceder a las presiones y pensó que tendría que compartir parte del negocio con el alcalde. Doroteo sabía que, en la política y en los negocios, a veces se gana y a veces se pierde, pero el ajuste de cuentas, tarde o temprano, siempre llega.

Sonó el teléfono y contestó:

—Es el señor presidente municipal —dijo la secretaria. Aspiró profundamente antes de contestar.

—Señor alcalde. Cómo te va, hermano.

—Bien, señor gobernador, todo en orden; cómo va usted con el retiro.

—Ya sabes Octavio, el retiro nunca hay que desearlo ni alcanzarlo, porque si te jubilas te mueres, siempre hay que seguir buscando, trabajar, hacer lana, apoyar a los amigos y hasta aliarse con los enemigos, si eso hace que uno siga en el business, o en la grilla, nunca se sabe qué puede venir el día de mañana y de qué lado se van a presentar las realidades.

—Tiene razón, desde siempre ha sido muy activo y es difícil seguirle el paso, todo el tiempo metido en tantas cosas. Pero, ¿sabe?, a veces no hay que mezclar la política con los negocios, o al revés, porque si no se quema en una, pierde en el otro. Hay que aprender a separarlos.

—Pero bien sabes, mi buen Octavio, que en los negocios siempre hay política y como grillo, si no tienes un buen bisne te mueres de hambre, ¿o no? Ya ves, el servicio público siempre ha sido utilizado para apuntalar empresas, y lo comercial siempre ha servido para llevar al poder a los amigos, si no, ¿de qué vivirían?

—Sí, tal vez —dijo, un tanto ansioso por terminar con esa conversación que estaba tomando derroteros no muy convenientes—. Pero, dígame, ¿en qué puedo ayudarlo?

—Acabo de hablar con Fernando Suástegui, ¿te acuerdas? Es el hijo del constructor. Te va a ir a ver para que le des entrada a los documentos oficiales del desarrollo habitacional y comercial. Se me está atorando, ya ves que ese chamaco está medio verde y necesita de algunos empujoncitos. Si no sacamos pronto el papeleo, los inversionistas se nos van a poner nerviosos y no queremos eso, ¿verdad?

—Supongo, usted debe saberlo, es su proyecto y son sus inversionistas, ¿no?

—¡Válgame!, mi amigo, qué, ¿no quedamos que un político sin plata es un pobre político que se lo puede llevar la chifosca? Estamos en esto, ¿verdad? No se me raje mi presi, que el camino es largo y la vida es corta, y más corta se hace cuando no hay intercambio de ideas o de negocios o de favores...

—Está bien, ya veré a Fernando cuando llegue. Discúlpeme, pero tengo una junta con mis regidores y me tengo que ir.

—Adiós Octavio, cuídese, —dijo Doroteo con sarcasmo y colgó el aparato.

Acarició su barbilla como si fuera una esfera de cristal que le develara el futuro y el pensamiento de los demás.

“¿Qué estará tramando ese cabrón?”, pensó. “Desde siempre ha sido un culebra, por miedoso y porque no se deja atrapar fácilmente. El culero ese ya se me estaba tratando de rajar, después de las chingas que me puso al final de mi mandato, ahora se hace el santurrón. Que ni intente salirse porque al hijo de su madre lo dejo como monaguillo, sin cascabeles y con voz de pito, si no es que lo mato primero. ¡Faltaba más! A Doroteo o lo adoran o los mando al más pa’llá”.

Giró el sillón de respaldo alto, forrado en piel, suave y vio el inicio del atardecer de ese día de primavera a través de la ventana abierta. Sacó de su bolsillo un collar de cuentas de madera que empezó a circular entre sus dedos. Le gustaban esos días en su pueblo; le seguía llamando pueblo a su ciudad natal, la capital del estado, que en los últimos años había crecido mucho gracias a sus buenos oficios políticos y mejores negocios personales, convirtiéndose en un municipio progresista e industrializado.

Don Doroteo, en un acto de justicia —según su propio sentido de equidad—, sacó todo el provecho que pudo del crecimiento de su estado, de tal manera que al terminar sus seis años de gobernador, tenía más de cincuenta empresas consolidadas y otras tantas en pleno desarrollo, que iban desde constructoras de grandes conjuntos habitacionales y comerciales, hasta empresas de seguridad y acompañantes, agencias de viaje y arrendadoras de autos. Muchas de ellas explotaban jugosos contratos con el gobierno federal y con los gobiernos municipales y estatales.

Absorbió con sus sentidos los cambios de colores del ocaso, respiró el viento perfumado que llegaba de los jardines que rodeaban sus oficinas y pensó en Rosario. “Esa gatita deliciosa no se me ha hecho porque me faltan pantalones o le sobran bragas”, pensó, pasándose la mano por la entrepierna. “Está completa, ese mujerón. Inteligente, guapa, con unas nalgas que dan miedo, bien colocada en su profesión y, además, la de contactos y beneficios que me ha traído. Algún día no muy lejano le podré llegar, pero por las buenas, a las mujeres como ella sólo vale la pena de esa forma”.

Giró nuevamente el sillón y levantó el teléfono para marcar el número privado de Rosario. Sonó dos veces, contestó ella con una voz que reavivó el deseo en Doroteo.

—Bueno, a sus órdenes —dijo, sin saber quién la llamaba.

—Ya quisiera que estuviera a mis órdenes, mi dulce Rosita, ¿cómo está? Habla su admirador y seguro servidor.

—Don Doroteo, —dijo sin afectación en la voz y guardando la distancia—, muy bien ¿y usted?

—Pues yo quisiera estar tan bien como usted, pero ya ve, la naturaleza no me favoreció como a las rosas dulces de este mundo, usted encabezándolas, pero desde muy arriba, lindura.

—Usted siempre tan galante —dijo cortante.

—No soy galante, Rosarito, simplemente me muero por usted y nomás ni me endeña.

—Ya le dije que yo lo respeto y que mis servicios son totalmente profesionales. Ya no insista, don Doroteo, por favor, que me hace sentir mal.

—Mal me hace sentir, Rosita preciosa, que me tiene aquí casi suplicándole.

—Discúlpeme, por favor, don Doroteo, lo tengo que dejar, estoy en una junta de trabajo, permítame hablarle mañana.

—Ta’ bueno, mi niña, le permito, pero no me falle y seguiré pensando en sus encantos, no se le olvide quién la llevó a donde está.

Colgó el teléfono y volvió a mirar a través de la ventana; el ocaso había perdido sus colores y la noche empezaba a cubrir la ciudad. Se quedó con el colorido atardecer en su mente, mientras que su corazón palpitaba más rápido que lo usual. Llamó a su asistente.

—Localiza de inmediato a Rogaciano, necesito hablar con él, que me llame al celular. Dile a mi esposa que no me espere, voy a llegar tarde a casa. Que el chofer me recoja en la puerta de inmediato.

Llegó a su coche de más de cinco metros, negro, de lujo. El chofer le abrió la puerta trasera y subió. Le ordenó que recorriera la ciudad sin rumbo fijo. Al cerrar la puerta el silencio reinó en la cabina, con asientos de piel, suave alfombra y blindaje que lo hacían sentirse protegido y aislado de los demás.

Doroteo miraba, a través de los gruesos y oscurecidos cristales del auto, cómo la gente caminaba o corría para llegar a sus destinos o para evitar que los dejara el autobús. “Pobres pendejos —pensaba—, trabajan todo el día para medio comer y medio vestir. Lo que ellos ganan en un año yo lo gano con una sola llamada de teléfono, pero para eso están, pa’ joderse a favor de los que realmente podemos y sabemos hacer las cosas, bola de agachones y conformistas”. El timbre del celular lo sacó de sus cavilaciones:

—Qué traes Rogaciano, ¿ya localizaste al investigador ese?

—Ya señor, lo acabo de dejar. Le di sus instrucciones y se fue a buscar a Fernando para seguirle los pasos.

—Muy bien, ahora vete al Palacio Municipal, hazte presente con el Alcalde. Dile que le llevas mis saludos y que te diga si lo puedes ayudar en algo. Se le van a subir sus bolitas a la garganta nada más del puro miedo de verte, ha de creer que le vas a dar en la madre, ojete de porquería.

—Sí, patrón, voy pa’llá.

—De ahí te largas a donde quieras. Nos vemos mañana en la oficina.

—Sí, jefe, que descanse.

Apagó el celular y se quedó pensando en los hechos del día.

—Llévame al mirador, ordenó al chofer, quiero ver a mi pueblo desde arriba. No, olvídalo —dijo al cabo de unos segundos—, llévame a casa de mi mamá, hace mucho que no la veo y me va a poner pinto la jefecita.

Se arrellanó en el mullido asiento, sacó una copa de la cantina oculta y se sirvió un poco de coñac. Calentó la copa en la mano, olió el aroma del alcohol y se mojó los labios con el líquido; al sentir el licor caliente lo tomó de un trago y dejó la copa en su lugar. Se quedó pensando en su madre y en el discurso que seguramente le daría por no verla muy a menudo. “¡Ah! qué viejita —pensó—, con todos esos años que tiene encima y no ha perdido los güevotes con que Dios la bendijo, le sigo teniendo más miedo que otra cosa, pero eso sí, el respeto a la madre por delante”.

Clavó la mirada en el vacío de sus pensamientos.

II Octavio

Octavio inició su carrera profesional diez años atrás. Recordaba el día en que ganó una beca de excelencia para alumnos recién egresados de la licenciatura, otorgada por el Centro Nacional de Desarrollo Tecnológico. Con ella podría materializar uno de los sueños que había cultivado desde la adolescencia: estudiar una maestría y un doctorado en el extranjero, para después regresar y participar en política. Quería hacer grandes cosas a favor de su estado y del país. Éste era un gran paso en el cumplimiento de su estrategia de desarrollo personal y profesional.

Durante su vida escolar fue un alumno sobresaliente. Sus cualidades: coeficiente intelectual privilegiado, el sentido común naturalmente desarrollado y gran capacidad asertiva para tomar decisiones.

Con la beca en la mano, inició los preparativos para su viaje a la Universidad de Oxford. Durante los siguientes dos meses preparó los libros y notas que quería llevar consigo e inició la despedida de sus amigos. Con su novia, Paula, no terminó como lo esperaba porque ella deseaba casarse, acompañarlo, estudiar juntos e iniciar su vida en común, pero Octavio no quería más compromiso que sus estudios.

—No Paula, no es eso, ahora no te puedo ofrecer nada, no tengo más que ilusiones y grandes deseos de ser alguien en la vida. Debo tener la cabeza totalmente dedicada al estudio, todo mi tiempo lo destinaré a prepararme para ser alguien que trascienda. Deseo cumplir con mi objetivo de vida, esa es mi prioridad el día de hoy. Te amo y me gustaría unir nuestras vidas...

—Mientes, te quieres deshacer de mí para llenarte de amoríos por allá —dijo ella, entre sollozos.

—Tú sabes cuál es mi situación —le dijo, mientras la abrazaba con un apretón que trató de simular ternura—. No tengo un centavo en la bolsa y la beca es muy limitada, apenas podré sobrevivir en Inglaterra y no quiero hacerte sufrir ni que tengas carencias. Sólo tenemos 22 años, regresaré en dos o tres más. En ese momento podremos iniciar nuestra vida juntos. Tendrás tiempo de terminar tu carrera, ubicarte en tu profesión y empezar a trabajar. Es lo que más nos conviene.

—Es lo que te conviene, quieres estar solo y olvidarte de mí. Pues a ver si a tu regreso todavía estoy disponible, no te voy a esperar toda la vida o hasta que te decidas. Es más, quizás ni regreses y yo aquí esperándote, tejiendo bufandas interminables, ¿no?

—Mira Paula, no vale la pena esta discusión, es mejor que nos despidamos por las buenas, tranquilos y que tengamos presente nuestro amor y el futuro que nos espera. Te escribiré casi a diario y te llamaré cada vez que el bolsillo me lo permita; en vacaciones, si tengo dinero para el boleto, vendré a verte y haremos planes para nuestro futuro en conjunto.

—Pues allá tú y tus promesas. Haré mi vida y cuando regreses ya veremos qué pasa y, si todavía me acuerdo de ti, pues Dios dirá. Salúdame a las inglesas, aunque no vayas a tener tiempo para ellas.

La despedida en el aeropuerto fue muy emotiva. Sus padres viajaron desde su pueblo hasta el aeropuerto internacional, en la capital del país, para darle su bendición. Los invadía una mezcla de orgullo y nostalgia, en contraste con la emoción y la esperanza que reflejaba el rostro de Octavio. Nunca pensaron que su hijo tendría tal desarrollo y una perspectiva de vida como la que estaba a punto de iniciar. Eran ancianos de origen humilde: él, jornalero y después pequeño comerciante; ella, en el hogar cuidando a su familia y lavando ropa de los más adinerados; su limitada visión no captaba, en toda su magnitud, lo que traería ese viaje para sus vidas, especialmente para la de su único hijo.

En Oxford sobresalió de inmediato: primero por el color de su piel y el acento latino que tenía al hablar el inglés americano aprendido en sus años de universidad, lo que le impedía expresarse adecuadamente en las clases y con sus compañeros. Después, al cabo de pocos meses de su llegada, porque logró hablar y escribir el inglés británico prácticamente sin faltas y con una pronunciación aceptable que siempre delataba su origen. Con el transcurrir de los meses se distinguió por la calidad de sus trabajos, intervenciones inteligentes en clase y calificaciones de excelencia.

El decano de la facultad, al término del primer semestre, lo invitó a formar parte de su equipo de investigadores en temas de macroeconomía y políticas públicas de los países latinoamericanos. El medio financiero reconoció su valía y lo nombraban con frecuencia, como referencia, en discursos de connotados conferencistas y en investigaciones de diversos orígenes.

Su nombre apareció de vez en vez en medios impresos y radiofónicos en los que hacía comentarios y análisis sobre la situación económica de los países del tercer mundo, principalmente latinoamericanos. Sus predicciones, en un principio escuchadas con oídos escépticos, dado su origen, sonaban interesantes y eran escuchadas con un dejo de desconfianza pero, paulatinamente, conforme fue ganando respeto entre los expertos por sus atinados comentarios, sus opiniones fueron buscadas por legos y conocedores para tener una idea del previsible futuro económico y de los negocios, pronósticos que con cierta frecuencia se convertían en realidad.

Eventualmente, dada su carga de trabajo, evadía las invitaciones de sus compañeros para ir a beber al pub, para salir de parranda o para asistir al estadio de Wembley a presenciar algún partido de futbol. Una vez, necesitado de un poco de distracción, aceptó la invitación para ir a beber a un bar cercano y ver por televisión un partido de la eliminatoria mundial de futbol en el que jugaba la selección inglesa.

Él y sus cuatro amigos se sentaron al fondo, juntaron unas mesas frente a uno de los televisores y pidieron unas cervezas y whiskys. A unos pocos metros, estaba sentado otro grupo de jóvenes en el que había tres hombres y cinco mujeres, también estudiantes. Al principio pasaron inadvertidos, cada grupo inmerso en el juego, en sus amigos y en su bebida; pero conforme avanzaba el partido y el alcohol hacía sus efectos, empezaron a intercambiar bromas y felicitaciones por la actuación de su selección en el campo de juego.

En el medio tiempo, Octavio se levantó para ir al sanitario. Sin darse cuenta se tropezó con una joven alta y pelirroja; él pensó que tenía piel de cristal, de un perfecto color blanco que la hacía brillar como una figura de Swarovski, aderezada con unos ojos color de cielo, almendrados, rodeados de largas y rizadas pestañas rojizas. Los ojos de ella se clavaron en los de él. La expresión de su mirada lo dejó impresionado. Percibió una gran fuerza de carácter, combinada con ternura envuelta por un cuerpo delicado que irradiaba calidez por cada milímetro de su terso y perfecto cristal.

Torpemente se disculpó, eludió a la joven y siguió su camino hacia el baño. Antes de llegar a la puerta giró la cabeza para comprobar que esa belleza era real y no sólo una visión creada por su imaginación, activada por el alcohol. Ahí estaba, parada en el mismo lugar, vigilando el atrabancado caminar de Octavio.

La pelirroja también se quedó impresionada por los ojos del joven que la habían visto con intensidad y mirada inteligente. Los de Octavio, eran ojos negros, taciturnos, grandes y redondos. Ella nunca había sentido una mirada tan expresiva y profunda como la de él, ni había percibido una timidez tal en los jóvenes ingleses de su edad. Al regresar a su mesa no la vio por ningún lado. La buscó pero su mirada no volvió a descubrir la figura chispeante que lo había dejado atónito. Se sentó en una silla alta mientras oteaba por el establecimiento; su cara mostraba desánimo y una ansiedad jamás sentida hasta ese momento. Súbitamente, ella apareció de nuevo, la siguió con la mirada hasta que llegó a su grupo de amigos, pero no se atrevió a hablarle, simplemente se abstrajo del partido y de la euforia generada por la inminente victoria del equipo inglés, mientras que, de tanto en tanto, volteaba para no perderla. Cuando terminó la reunión, sus compañeros estaban bebidos y él casi ciego por la deslumbrante imagen de la mujer cuya belleza todavía tenía grabada en los ojos y la mente. Como pudo se desligó de sus cuatro amigos, a quienes subió a un taxi, y se disculpó con evasivas. Cuando regresó al pub, volvió a buscar a la joven; la obscuridad del lugar no le permitió, de momento, ubicarla, pero al cabo de unos segundos la descubrió charlando con sus amigos. Octavio se acercó tímidamente al grupo y le rozó un brazo para que volteara a verlo. Sus ojos, otra vez, se trenzaron en una mirada profunda, llena de interés. Sus cuerpos sintieron un extraño pero excitante estremecimiento. Tartamudeando, Octavio le pidió su nombre y teléfono.

Me llamo Olive, le dijo, y de inmediato le dio el número, quedando asombrada porque él no lo escribió.

Dio media vuelta y se retiró del lugar imaginando lo que vendría.

III Rosario

 

—Rosarito, hija de mi vida, ¿en dónde estás? Ya es hora de comer.

Arminda, su madre, buscaba por la casa, miraba debajo de las mesas, atrás de los sillones y en cada rincón posible, pero Rosario no le contestaba. Salió al jardín y tampoco tuvo éxito con la búsqueda.

A la menor de la familia Valdezlamar le gustaba ocultarse en cualquier espacio de la casa o de sus alrededores. Su lugar preferido era el árbol que estaba en el centro del jardín, en la parte trasera de la propiedad. Era un enorme laurel de ramas gruesas y follaje tupido, al que Rosario subía fácilmente. Era tal la densidad de las ramas que rara vez la descubrían sus cinco hermanos o la nana que la quería como si fuera su propia hija.

La Nueva Toledana era la típica hacienda agrícola de las familias adineradas de la región. El casco principal, construido al estilo colonial, tenía un gran patio central circundado por jardineras con gran diversidad de flores, que lo mantenían perfumado; la construcción, de dos plantas, estaba rodeada de miles de hectáreas de tierra fértil de temporal, en la planicie, y semidesértica hacia la serranía. A principios del siglo XX habían descubierto, además, grandes yacimientos de cobre, con oro y plata asociados, en los cerros más alejados, aparentemente improductivos.

La familia Valdezlamar se hacía pasar como si fuera de alcurnia colonial, cuyo nombre original fue cambiado al llegar al nuevo mundo por don Belisario Valdez del Mar quien, para parecer de la clase nobiliaria y ocultar los antecedentes turbios de la familia, fusionó sus apellidos en uno.

Desde su llegada a las Américas casi siempre ha habido un Belisario en cada generación. Para diferenciarlos, previendo la sucesión de su nombre, don Belisario I optó por numerarse, como si fuera rey o papa.

Don Belisario I había hecho su fortuna al amparo y protección del Virrey Pedro Cebrián y Agustín, Conde de Fuenclara, pariente lejano de los Valdez. Cuando él y su esposa inmigraron, el Virrey les entregó unas cuantas hectáreas de tierra infértil en la serranía pero, a finales del siglo XVIII, por los buenos oficios comerciales de don Belisario I, complementados con una buena dosis de deshonestidad, se adjudicó las tierras bajas colindantes, así como un tropel de indios esclavos para trabajarlas. El Virrey Cebrián, al ver que las propiedades que adquiría su pariente, en colusión con él, eran de gran calidad y riqueza, apostó en sus tierras un pequeño ejército, pagado con los recursos virreinales, para proteger a la familia y a sus propiedades de los asaltos constantes que sufrían los hacendados. A cambio de esa protección, Cebrián recibía una fracción importante de las utilidades.

En la actual hacienda vivían los Valdezlamar y los Ibarretche, la familia vasca de la madre. Los cinco hermanos de Rosario, mucho mayores que ella, estaban dominados por don Belisario X: dos trabajaban en los campos de la hacienda, otro par operaba las minas de cobre y uno de ellos, el último de los varones, estaba a punto de ir a la universidad a estudiar agronomía. De terminar sus estudios, sería el único miembro de la familia, hasta ese momento, en tener una carrera universitaria. El mayor de los hermanos, Belisario XI, era el heredero natural del poder y de los bienes familiares, aunque los demás tenían derecho a recibir parte de los beneficios y vivir con privilegios en la hacienda, tal y como había sucedido durante generaciones.