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Furiosos rituales de iniciación que suceden una vez por mes en una esquina del conurbano, entre nebulosas de vidrio, niños que se despiertan en la madrugada para ver lo que jamás vieron, atraídos por el magnetismo de una tormenta, motociclistas que avanzan a toda velocidad por una ciudad que se expande más allá de sus límites, raperos que sueltan rimas esenciales ante un público devoto. Todo lo que sucede en los relatos que forman parte de El poder infinito de los cuerpos – tercer premio del Fondo Nacional de las Artes 2017 – se imprime en el interior de pequeñas cofradías deseantes: familias que se trasladan de un lugar a otro, grupos de amigos, tribus urbanas, parejas o jóvenes adeptos a formas muy específicas de la violencia, el frenesí o el amor. Especialmente sensible a la textura y la materialidad de la vida en pleno siglo XXI, y a los flujos de energía que dominan a sus personajes, las inolvidables historias de Jonás Gómez revelan el lado B de nuestra cultura. Pero hay algo más: un desplazamiento hacia la periferia de las grandes ciudades en busca de oportunidades, trabajo u olvido. En estos relatos son centrales los suburbios, el conurbano y los paisajes desiertos que dejan los traslados migratorios o la expansión urbana de las megalópolis. Ahí, en las ruinas encantadas del futuro que vendrá, Gómez – uno de los poetas más importantes de su generación – encuentra la lava imprescindible para su literatura. Una usina que genera un encantamiento extraño y extremadamente vital, fabricado a partir de los elementos esenciales de nuestro lenguaje. ¿Qué es lo que queda en pie ante el desastre? Para Gómez solo sobreviven impulsos pequeños que generan ecos inimaginables, el furor de una experiencia existencial con las palabras y acciones que en este nuevo sistema de mistificación podríamos catalogar como sagradas. Y el movimiento, siempre el movimiento, impulsado por la energía corporal de la juventud.
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Seitenzahl: 119
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Gómez, Jonás
El poder infinito de los cuerpos/ Jonás Gómez. - 1a ed .
Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Neural, 2019.
Libro digital, EPUB - (Narrativa)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-86-2208-8
1. Realismo. 2. Narrativa Argentina Contemporánea. I. Título.
CDD A863
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Neural
Editores: Martín Jali, Matías Buonfrate
Diseño de portada: Sergio Calvo
1a edición en Argentina: octubre de 2019
www.literaturaneural.com
Especialmente sensible a la textura y la materialidad de la vida en pleno siglo XXI, y a los flujos de energía que dominan a sus personajes, las inolvidables historias de Jonás Gómez revelan el lado B de nuestra cultura. Pero hay algo más: un desplazamiento hacia la periferia de las grandes ciudades en busca de oportunidades, trabajo u olvido. En estos relatos son centrales los suburbios, el conurbano y los paisajes desiertos que dejan los traslados migratorios o la expansión urbana de las megalópolis. Ahí, en las ruinas encantadas del futuro que vendrá, Gómez – uno de los poetas más importantes de su generación – encuentra la lava imprescindible para su literatura. Una usina que genera un encantamiento extraño y extremadamente vital, fabricado a partir de los elementos esenciales de nuestro lenguaje.
¿Qué es lo que queda en pie ante el desastre? Para Gómez solo sobreviven impulsos pequeños que generan ecos inimaginables, el furor de una experiencia existencial con las palabras y acciones que en este nuevo sistema de mistificación podríamos catalogar como sagradas. Y el movimiento, siempre el movimiento, impulsado por la energía corporal de la juventud.
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En el 2017 ganó el tercer premio del Fondo Nacional de las Artes en género cuento con el libro “El poder infinito de los cuerpos”.
La admisión es simple: para entrar hay que correr hasta el final del paredón mientras los otros tiran botellas vacías. Y aunque hubo cabezas rajadas, hombros dislocados, pérdida de dientes, todos fueron accidentes. Nadie le apunta al que corre, los botellazos son para estimularlo a que siga corriendo, no queremos nada de flojera, nada de flacidéz. Pero Marcos no tiene miedo, está alerta, cargado de shots de adrenalina. Ver a los otros a diez o veinte pasos, especialmente al Chino, que tiene un ojo blanco porque en su admisión la botella se estrelló frente a la cara, y uno de los vidrios se clavó en la pupila, hace que Marcos tenga un recordatorio facial de lo que puede pasar si no se mueve rápido.
Pero el Chino no guarda rencor. Hasta parece orgulloso de la marca. Cuando alguien va a comprar al mercado, donde su papá es dueño, el Chino le enrostra su cicatriz. A veces hasta apoya los codos en el mostrador, después de cobrarle, y lo mira fijo, con ese ojo vacío de color.
En los últimos años el grupo creció, ahora somos más, más personas tirando botellas contra el paredón, más brazos formando el circuito de fusilamiento a vidrio. Y el único propósito de esta ceremonia es el ingreso. Quiero que quede claro: nunca hubo un plan. La gente fue llegando. Flacos y flacas del barrio, se acercaron por la gravedad del momento y eligieron quedarse. Imaginá a un grupo de personas tirando botellas mientras corrés desde una línea marcada con ladrillo. Te despierta, te hace sentir vivo. Es algo muy puro.
Ahora Marcos respira hondo. Ve la hilera de camperas oscuras, a diez o veinte pasos, todos rodeados por botellas. Nadie habla, todos están atentos, a la espera de lo que pasa. Todavía no se sabe cómo va a reaccionar, si va a correr o el miedo lo va a frenar en seco, para irse sin completar la iniciación. Algunos no pueden hacerlo, antes de salir se dan cuenta de que es una mala idea exponer el cuerpo a ese peligro, quizás piensan que los que sostienen las botellas pueden tener un rapto de miserabilidad y apuntar a la cabeza. Esos, los que se arrepintieron, no tienen una segunda oportunidad. Si quieren hablar, si se acercan buscando comprensión, se los deja hablando solos. No hay espacio para los que cobardean.
El Chino es el más viejo del grupo, creo que tiene 35. No es el jefe porque no hay jefes, pero es el mayor. Sigue usando la misma campera de cuero, y aunque se le ven mechones blancos tiene el mismo corte de pelo que trajo cuando lo conocimos. Un cambio mínimo. El pelo blanco y la cicatriz. Fuera de eso nada cambió demasiado, para él o para los otros. Seguimos en los mismos trabajos, cumplimos los mismos horarios y tenemos las mismas responsabilidades.
Isabel, que está en el grupo desde hace dos años, tiene un hijo de cuatro. Está juntada, vive en un departamento chico. Todos los meses paga el alquiler, siempre a tiempo, siempre en efectivo. Su hijo hace dibujos de dinosaurios que atacan edificios o aplastan autos. Los marcadores brillantes hacen toda la escena. Isabel guarda los dibujos en una carpeta. Lo más importante en su vida es el chico, pero cuando alguien quiere entrar al grupo, cuando alguien corre en la fábrica abandonada, ella le da un beso en la frente y su pareja se queda a cargo. No hay discusión posible, no hay debate, ella se pone el saco oscuro y se aleja del edificio.
Hoy la noche está despejada, así que Marcos puede ver todo, se ven los pedazos de vidrio en el suelo, que forman una línea recta y brillante, alimentada por decenas de botellazos. Los que están en la fila se ven borroneados por la oscuridad, los rasgos difusos, algún diente más blanco por la calcificación, un anillo o cadena alrededor del cuello. Y se escucha un murmullo, es un sonido entrecortado, que crece mientras las bocas se abren para formar una canción.
Marcos ya estuvo en otra noche de admisión, vio lo que pasaba y pensó que eso podía servirle para anticiparse. Sabe que el Chino tira las botellas formando una curva, sabe que Isabel apunta bajo, sabe que otros cierran los ojos antes de tirar, concentrados en el momento, como si fuera arquería zen. La primera vez que vino fue una noche de neblina, era el turno a Ana, que renguea desde su bautismo. Ella corrió hasta la mitad del paredón sin parar a ver cómo llegaban las botellas. Corrió rápido y con la espalda recta hasta que Isabel, eso creía Marcos, soltó una bendición. Por un momento Ana se quedó torcida, pero retomó el movimiento y siguió avanzando, hasta llegar al final. Nadie sabe si la lesión es definitiva o pasajera. Lo que se puede ver es que todavía camina raro. Marcos estaba en la esquina cuando pasó. Vio cómo rodeaban a Ana cuando terminó todo. Vio cómo la abrazaban y le daban la bienvenida. Y aunque estaba borracho entendió que lo que acababa de pasar era importante, pese a que no encontraba las palabras para describirlo. Se acercó despacio, sosteniendo su propia botella y se quedó ahí, esperando una explicación o una invitación, lo que llegara primero. Isabel fue la primera en verlo. Marcos tomaba del pico. Los demás fueron notando que estaba ahí, que era parte de la escena, aunque fuera un espectador casual. Se miraron entre ellos.
—Si querés podés venir en dos meses. Es el primer sábado del mes, a la noche, acá mismo.
Y ahora Marcos escucha el murmullo, el cántico bajo. Llega como un oleaje que lo impulsa a correr. Y eso hace. Da el primer paso y el aire le llena los oídos. Corre entre las botellas que estallan, entre las explosiones alrededor de su cuerpo, pero no frena, se mueve rápido. En un tramo, a mitad de la carrera, se echa para atrás. Si estuviera a unos pasos, como nosotros, podría ver la nebulosa de vidrios que se forma frente a su cara. Es una nube de caramelo filoso que se esparce, se mantiene ahí, por un momento, antes de caer a la vereda. Incluso, con todo eso al frente, la reacción de Marcos es de avance, impone su energía, se saca las astillas y sigue, manchas rojas en la cara y todo. Corre más. Siente los pulmones calientes, el aire quema mientras escucha las últimas bombas de vidrio antes de cruzar la línea de llegada.
Hay gritos y silbidos. Ya del otro lado Marcos siente el cuerpo vibrado. Camina, se mueve agitado porque el aire no alcanza. Respira con la boca abierta, va de un lado al otro, salta y exhala.
Después de que termina de soltar todo, después de que se libera de toda esa energía, nos acercamos y lo abrazamos. Ya es uno de los nuestros.
Al lado de la cama había juguetes desparramados, el lugar principal lo habitaba un elefante de madera, comprado en otro continente. No era exactamente un juguete, era un adorno que en otras casas se colocaba en estantes altos, rodeado de figuras de vidrio o cristal, pero él lo había incorporado al juego, lo hacía participar de las guerras en la alfombra.
Salió de la habitación. Rodeó la mesa del comedor sin hacer ruido, los padres dormían en su cuarto, pero de todas maneras tenía que moverse con cuidado. Encendió la tele y puso el volumen al mínimo. Se sentó cerca. Cuando estaba con ellos lo obligaban a quedarse en el sillón, lejos de la pantalla, pero lo que pasaba en la tele era más brillante cuando estaba cerca. Respiró pesado. Frente a su cara apacible los dibujos animados se movían rápido.
La casa estaba casi a oscuras. Desde una de las ventanas que daba al patio se podía ver parte del cielo. La tormenta estaba llegando. Por un momento fijó la vista en las nubes oscuras, con la boca abierta, para después comparar el tono gris con los colores de la pantalla.
Tuvo hambre. De la heladera sacó una botella de leche. Se sirvió un vaso y buscó galletitas de la lata. Sacó algunas de chocolate. Las otras, las de vainilla, las olió y las dejó en la mesa. Volvió a la tele. En el momento en el que la pantalla brillaba más se escuchó un trueno profundo, que tensó todos los vidrios de la casa. Respiró pesado.
Fue al baño. El piso de cerámica estaba frío, así que se movió rápido. Sin levantar la tapa apuró el pis, salpicó todo lo que podía salpicar. Pensó en limpiar con papel higiénico. Pero no lo hizo, prefirió dejar todo mojado. Al salir pasó entre el marco y la puerta entreabierta. Se suponía que iba a ser alto, pero no lo era. El proyecto de trazar líneas en la pared para marcar su crecimiento se había abandonado. Era pálido. Por el tono de piel y el color del pelo parecía un espectro. Todavía no conocía la palabra decepción, pero percibía la mirada que le dedicaban sus abuelos cuando le acariciaban la cabeza.
