El primer tetrarca - Gregorio Muelas Bermúdez - E-Book

El primer tetrarca E-Book

Gregorio Muelas Bermúdez

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Beschreibung

Último cuarto del siglo III d. C. El Imperio romano se encuentra sumido en la anarquía militar. Con una nueva guerra civil en ciernes, surge la figura de un gran estadista, Diocleciano, que será capaz de pacificar el Imperio bajo un nuevo sistema de gobierno, la Tetrarquía. Tras dos décadas de relativa pax, el emperador decide retirarse a su palacio de Spalatum, dejando el poder en manos de su heredero, Galerio. Pero entonces surge en los confines del Imperio otro gran líder, Constantino, primogénito del augusto Constancio, que tendrá que luchar para ser aceptado como miembro de la familia imperial.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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EL PRIMERTETRARCA

Gregorio Muelas

EL PRIMER TETRARCA

 

© Gregorio Muelas Bermúdez

© Ilustración cubierta: José Enrique Pérez Cortés

© Corrección ortotipográfica: Álvaro Martín Valcárcel

© de esta edición: Olé Libros, 2021

 

ISBN: 978-84-18759-45-1

Producción del ePub: booqlab

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).

KALOSINI, S. L.

Grupo editorial

[email protected]

www.olelibros.com

 

 

A mi familia, amigos y compañeros de letras,

por su apoyo y consejos, por creer siempre en mí.

Dramatis personae

TETRARCAS Y ALIADOS

ARISTÓBULO: Prefecto del pretorio de Carino

ASCLEPIODOTO: Prefecto del pretorio (290-296) de Constancio

CHROCO: Rey cliente de los alamanes

CONSTANCIO: César de Occidente (293-305) y augusto de Occidente (305-306)

CONSTANTINO: Emperador romano (306-337)

CORNELIO: Prefecto del pretorio (296-306) de Constancio

CRISPO: Primogénito de Constantino, hijo de Minervina

DIOCLECIANO: Emperador romano (284-305)

EUMENIO: Secretario privado del emperador Constancio

FAUSTA: Hija de Maximiano y consorte de Constantino

GALERIO: César de Oriente (293-305) y augusto de Oriente (305-311)

LICINIO LICINIANO: Augusto (308-324)

MAXIMINO DAIA: César de Oriente (305-310) y augusto de Oriente (310-313)

MAXIMIANO: Augusto de Occidente (286-305)

MINERVINA: Primera esposa de Constantino

NUMERIANO: Emperador romano (283-284)

RUFINO: Legado de la Legio VI Victrix

SEVERO II: César de Occidente (305-306) y augusto de Occidente (306-307)

SICORIO PROBO: Magister memoriae de Galerio

VALERIA: Hija de Diocleciano y consorte de Galerio

ENEMIGOS DE LOS TETRARCAS

ALECTO: Usurpador, emperador del Imperium Britanniorum (293-296)

AMANDO: Caudillo rebelde de los bagaudas

ARRIO APER: Prefecto del pretorio de Numeriano

ARVIRAGO: Jefe tribal de los pictos

CARAUSIO: Usurpador, emperador del Imperium Britanniorum (286-293)

CARINO: Emperador romano (283-285) que disputó el poder a Diocleciano

ELIANO: Caudillo rebelde de los bagaudas

MAJENCIO: Hijo de Maximiano y usurpador (306-312)

MAXIMILA: Hija de Galerio y consorte de Majencio

NARSÉS I: Rey del Imperio sasánida (293-302)

PRÓLOGO

Decir que la novela histórica siempre ha estado de moda no resulta extraño a ningún lector avezado. Más bien habría que comenzar por afirmar que la inmensa mayoría de las novelas pertenece al género, porque al fin y al cabo toda narración se articula en torno a unos ejes espacio-temporales en los que unos personajes, del pasado o del presente, se ven zarandeados por las peripecias de una trama y en un contexto social, político y cultural.

Con todo, habría que acotar. No caeríamos en el error si afirmáramos que los relatos ambientados en el mundo grecolatino configuran un subgénero por cuanto que comparten determinados parámetros históricos. Los escenarios de estas novelas se sitúan en los últimos siglos de la Edad Antigua. Los que contemplaron el nacimiento, el auge y el crepúsculo de las civilizaciones griega y romana, aquellas que acunaron a nuestros antepasados y que conforman el poso cultural de nuestra sociedad occidental.

Resultaría prolijo enumerar a los autores que se sintieron y se sienten fascinados con ambientar sus obras en la época de Pericles, de Aristóteles, de Alejandro Magno, de Julio César, de Octavio Augusto o de Trajano, por citar tan solo algunos de los nombres que engrandecieron el legado clásico. Entre los muchos escritores podríamos destacar a Mary Renault, a Robert Graves, a Colleen McCullough, a Gillian Bradshaw o a Santiago Posteguillo, entre otros. Con ellos viajamos al pasado, a través del tiempo, y recreamos una época de la que nos sabemos herederos.

Con su novela El primer tetrarca, Gregorio Muelas se suma a la larga nómina de autores que trasladan el relato a los últimos años del Imperio romano. Arriesgada tarea que solventa con indudable pericia.

Conviene recordar que cualquier novela de este tipo que se precie exige un trabajo previo de documentación. No basta con la improvisación ni con las informaciones llegadas hasta nosotros en libros de texto o páginas de internet, donde a menudo la verdad aparece sesgada o manipulada. Hace falta el rigor científico del buen rastreador para acudir a las fuentes, a los textos clásicos originales, a los archivos y a las tesis especializadas para desentrañar los entresijos de unas vidas y unos sucesos sobre los que en muchos casos se ha posado el polvo del olvido.

Muelas ha demostrado ser un buen sabueso, pues para acometer la empresa de esta novela ha desempolvado textos como los de Tácito, Eumenio y Mamertino, y ha recurrido a los estudios de Edward Gibbon, Adrian Goldsworthy o Pat Southern, entre otros muchos. Asimismo, ha enriquecido el trabajo con aportaciones de la numismática, la escultura, la arquitectura o la fotografía, amén de otras disciplinas.

La historia que se nos cuenta en esta ópera prima de Gregorio Muelas tiene como eje al emperador Flavio Valerio Aurelio Constantino, nacido en el 272 y fallecido en el 337 de nuestra era. Hijo del gran Constancio, con el que arranca la novela. Hasta el lector menos versado en historia antigua sabrá que estamos ante el primer emperador en poner fin a la persecución de los cristianos y permitir la libertad de culto, algo que se vería refrendado tras el Concilio de Nicea del año 313. Pero no adelantemos acontecimientos. La novela de Gregorio Muelas da comienzo cuando Constantino no es sino un simple adolescente, ávido de gloria, que combate a las órdenes de su padre, el emperador Constancio, en las lejanas tierras de Caledonia, al norte de la provincia de Britania.

Toda novela seria necesita afianzarse sobre una sólida estructura. Esta se articula en torno a cuatro bloques que actúan como los pilares de una construcción arquitectónica compleja. A saber: Liber Primus, Liber Secundus, Liber Tertius y Liber Quartus. Todos ellos están compartimentados en diferentes secuencias encabezadas por un título y una ubicación espacial y temporal. Los cuatro libros formarían lo que bien podría considerarse el cuerpo de la narración. Este cuerpo va precedido por un Praefatio y un Introitus y se cierra con un Epilogus, dividido en tres escenas. Es decir, nos hallamos ante una obra que consta de presentación, nudo y desenlace, al modo clásico y tradicional.

Con el objeto de acotar al máximo las referencias históricas, diremos que El primer tetrarca narra el período del Imperio que va desde el acceso al trono por parte de Diocleciano en el año 284 d. C. hasta la conferencia de Carnuntum, en noviembre del 308 d. C.

El Liber primus, con el que se inicia la narración, nos conduce hasta el país de los caledonios, en la parte más septentrional de Britania, donde Constancio, ya viejo y achacoso, intenta la pacificación de la isla sin demasiado éxito. Los pictos, como se llama a los naturales del país por el color azul con el que se embadurnan el rostro y el cuerpo, dan muestras repetidas veces de rebeldía e insumisión. Se nos describen como un pueblo bárbaro e irreductible. A la isla acude Constantino, con intención de ayudar a su padre en la difícil tarea en la que fracasaron hombres como Septimio Severo. Tierras áridas, vientos gélidos, violencia más allá del Muro de Adriano o de Antonino. Una región salvaje en la que el Imperio romano no hallará más que quebrantos y desolación. En ese escenario, Constantino presenciará el fin de su padre, en la lejana Eboracum (hoy York) y accederá al título de Caesar Herculius, lo que será el inicio de su ascenso al poder absoluto.

Convendría hacer un alto en el camino y dedicar unas palabras a subrayar la capacidad descriptiva de Gregorio Muelas. Con notable plasticidad, el autor recrea los paisajes por los que trancurren, a veces de forma apacible, a veces de manera vertiginosa, los acontecimientos:

«Apenas se había dejado sentir el claror de las primeras luces del alba rebotando en las brillantes aguas de aquel mar, que como un bosque de olas oscilaba entre el azul cobalto y el verde oliva, cuando la panzuda embarcación empezó a vislumbrar en el horizonte, ajado de sombras, las cónicas torres del palacio imperial».

Pero no solo se detiene el autor en la belleza de estas imágenes marinas, en la suntuosidad de los palacios o en las escarpaduras de los paisajes agrestes por los que avanzan las legiones bajo la inclemencia del invierno. A menudo, las hondas reflexiones de los personajes nos transportan a una dimensión intemporal, donde se abisman pensamientos y emociones que logran cautivarnos:

«No sabe el hombre cuán cerca está la vida de la muerte, qué delgada línea separa ambas, de tal modo que un día tu cuerpo se dora bajo el radiante sol de la Galia y otro yace inerme en el confín del Imperio. Solo el hombre que lucha por una causa noble no perece en vano».

El discurso de Muelas cobra especial fuerza porque a lo ya apuntado se suma una inequívoca vocación poética. Sin duda, la prosa fluida de nuestro autor cobra momentos de innegable belleza cuando el relato se ve salpicado de recursos retóricos que logran una plasticidad arrebatadora: «lugar coronado de lumbres...», «rostro veteado por el paso de los años...», «un imperio de cenizas compactadas...», «las olas deshacían las largas estelas que centelleaban argentadas por el sol naciente...».

El Liber secundus se ocupa del período que transcurre entre la muerte de Constancio, a mediados del año 306, en Eboracum, al este de Britania, y las campañas militares de Constantino en la frontera germánica a finales del 308. En ese breve pero convulso espacio de tiempo ocurren demasiadas cosas: Constantino repudia a su esposa Minervina, de la que está enamorado, para desposar a la princesa Fausta, hermana de Majencio e hija de Maximiano. Es el precio que debe pagar el nuevo emperador por consolidar su poder. Las intrigas palaciegas están a la orden del día, y quien mejor las personifica es la nueva esposa, Fausta, que está dispuesta a todo con tal de eliminar obstáculos en su carrera política. Planea asesinatos, trama envenenamienos y auspicia todo tipo de maldades mientras Constantino pasa los días en los territorios donde habitan los bárbaros, francos y alamanes, al otro lado del Rin. La prosa de Muelas recorre las sinuosidades de la historia gracias a una estratagema muy sutil: la narrativa epistolar. De ese modo, las cartas que se escriben unos personajes a otros sitúan al lector en el lugar y en el tiempo, pues aparecen fechadas y ubicadas con absoluta escrupulosidad: Eboracum (Britania), Tesalonica (Macedonia), Augusta Treverorum (Germania), Roma (Italia), Lambaesis (Numidia)... Las escenas en las que se abordan las maquinaciones palaciegas nos recuerdan a la exquisita pluma de Robert Graves en su retrato de la Roma de la dinastía Julia, tan magníficamente detallada en Yo, Claudio. Por otra parte, las campañas militares de Constantino en el frente del Rin nos traen a la memoria el relato épico que Julio César dejó a la posteridad en Bellum Gallicum:

«De todas las naciones germanas, la de los alamanes es la más belicosa...».

El enfrentamiento contra grandes caudillos bárbaros, como Ascaricus y Merogais, y el sometimiento de las tropas levantiscas en el Rin consolidan a Constantino como césar legítimo. Las legiones lo aclaman como Germanicus Maximus. Su figura se agranda, al mismo tiempo que se agravan las inquinas en la parte oriental del Imperio para intentar frenar su creciente popularidad. Constantino ha aprendido la lección de su padre, Constancio, y a menudo recuerda las palabras que este le dijo en su lecho de muerte:

«Has de ganarte la admiración y el respeto de las legiones, pues son ellas las que detentan el verdadero poder de Roma; son ellas las que auspician o declinan candidatos».

El Liber tertius supone un viaje hacia atrás en el tiempo. Regresamos al año 305, al palacio de Dalmacia donde Diocleciano se había retirado del mundanal ruido. En el palacio imperial de Spalatum, el emperador vive sus últimos días. Ahí es donde dio comienzo la novela. Dicho de otro modo, Gregorio Muelas juega con el espacio y con el tiempo mientras narra unos hechos históricos, en un permanente flashback y flashforward, como un experimentado narrador cinematográfico, en tanto nos suministra certeras escenas que nuestra atenta lectura debe ajustar como en un complejo mosaico de acontecimientos encadenados.

Diocleciano intuye la llegada de la muerte. Mediante su relación epistolar con su hija Valeria, que vive en Nicomedia, Bitinia, conocemos la historia de su gobierno. Gracias a las cartas que cruzan padre e hija, nos remontamos al año 284, cuando el emperador era conocido como el cónsul Diocles.

La correspondencia entre padre e hija nos permite conocer los entresijos de aquellos turbulentos años de la tetrarquía imperial. Diocleciano y Maximiano ejercen de emperadores augustos de las partes oriental y occidental. Subordinados a ellos, ostentan su ministerio los césares Galerio y Constancio. Años de anarquía militar habían conducido al Imperio a una situación de decadencia.

La relación epistolar sirve a un doble propósito en la pluma de Gregorio Muelas. Por un lado, se nos muestran las reflexiones de Diocleciano y los consejos que brinda a su amada hija:

«Por los meandros de la vida se erosionan los recuerdos. Sin embargo, aún soy capaz de amontonar las cenizas por orden de sucesos. (...) ¿Se puede ser justo en un mundo violento, donde proliferan la codicia y el exceso?».

Por otra parte, gracias a las cartas de Diocleciano, nuestro autor encuentra la fórmula idónea para narrarnos unos hechos militares y políticos de extremada importancia. Ambiciones, sueños, traiciones, lealtades, asesinatos... Las vilezas humanas se encarnan en generales, legados y césares cuyas vidas dependen de la ruleta del azar con demasiada frecuencia. Se suceden las batallas y las intrigas como único modo de administrar un Imperio tan vasto. A menudo, la barbarie humana toma forma de guerra civil, como la que protagonizan, por ejemplo, Diocleciano y Carino a orillas del río Margus, en la región de Mesia:

«Sobre aquel campo se enfrentaban las fuerzas de Oriente y de Occidente. El ganador se haría con el control de todo el Imperio. Si los galos y britanos de Carino eran célebres por su arrojo y profesionalidad, mis ilirios y sirios no les iban a la zaga, pues, como aquellos, se trataba de hombres habituados a la dura disciplina que imponía la vida en las fronteras».

Como en todas las grandes obras de la literatura grecolatina, los dioses ocupan un papel fundamental. La mitología forma parte de la vida cotidiana, no como literatura, sino como religión y filosofía que explican acontecimientos y justifican el destino de la humanidad. Hay una constante alusión a los dioses a lo largo de la novela, como no podía ser menos. Los generales celebran sacrificios, los sacerdotes interpretan augurios, los soldados aclaman a su divinidad favorita. Pero Gregorio Muelas da un giro de tuerca en su modus narrandi y, en ocasiones, su discurso se aproxima a la técnica homérica mediante la cual los dioses toman partido a favor o en contra de los pobres mortales, tal como podemos comprobar en numerosos pasajes de la Ilíada. En efecto, nuestro autor describe los instantes previos al combate como un nuevo Homero:

«Pero los dioses también querían hablar y lo hicieron en forma de tormenta. Al poco de comenzar a cruzar sus gladii, el cielo, como un manto oscuro, prorrumpió en un feroz llanto sobre los cascos de los legionarios. Pero aquella tormenta no parecía neutral; el recio viento que la acompañaba soplaba implacable contra las tropas de Carino, dificultando su movimiento y su visión».

En el Liber quartus la narración de los hechos históricos gira en torno al personaje de Majencio, el usurpador que recurrió a la violencia y el crimen para conseguir el trono augusteo y desestabilizar el sistema de la tetrarquía. En el transcurso de los acontecimientos, el autor nos ofrece la posibilidad de visitar la Urbs. Así es. Mediante bellas y precisas descripciones recorremos el centro neurálgico del Imperio:

«Desde aquella colina, Liciniano Licinio y Sicorio Probo podían contemplar la amplia panorámica de la Urbs, innumerables edificios públicos, entre los que destacaban las arquerías de los diez acueductos que abastecían del vital elemento líquido a la ciudad, el magnífico anfiteatro Flavio o el grandioso Circo Máximo, y miles de viviendas, que se sucedían hasta donde abarcaba la vista y que albergaban a más de un millón de almas».

La expansión geográfica del Imperio es excesivamente grande, incluso para cuatro tetrarcas, que se ven incapaces de contener el ímpetu de los pueblos bárbaros en las fronteras y la ambición de poder de numerosos generales, prefectos o hijos despechados que no aceptan el desempeño de un papel secundario en la historia de Roma.

Ante la situación de crisis general, tiene lugar la conferencia de Carnuntum, la ciudad que fuera capital de la provincia romana de Panonia, a orillas del Danubio. A dicha cumbre acuden los cuatro hombres que deben decidir el destino del Imperio: Diocleciano, Galerio, Maximiano y Licinio. De aquella reunión depende el futuro de Constantino, pacífico y tolerante, y de Majencio, sinuoso y taimado.

Un Epilogus articulado en tres escenas dramáticas pone el punto final a una novela cuyo indiscutible mérito radica en rescatar del olvido uno de los períodos más importantes del Imperio romano.

En definitiva, tenemos en las manos una obra literaria que nos hace viajar en el tiempo y nos ayuda a conocer de cerca a unos personajes que determinaron con sus vidas el ocaso de Roma. Como se dice en uno de los pasajes: «Tal vez la historia solo sirva para comprender el porqué y el cómo hemos llegado al punto donde estamos o quizás para predecir la suerte de los hechos».

Feliz lectura.

J. R. Barat

PALABRAS LIMINARES

Los acontecimientos que se narran a continuación no pretenden ser una reconstrucción histórica de los hechos acaecidos hace mil setecientos años —todos los documentos y pasajes aquí reconstruidos son producto de la imaginación del autor—, pues es difícil encontrar obras de referencia sobre este convulso período y en la descripción de algunos acontecimientos estas tienden a contradecirse. Entre las más útiles se encuentra la imprescindible Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano de Edward Gibbon. Para las vidas y logros de los emperadores Maximiano y Constancio me he basado en los Panegyrici Latini de Eumenio y Mamertino. Para los comienzos de Constantino ha sido de obligada consulta Vita Constantini de Eusebio de Cesarea y el interesante estudio de Hartwin Brandt sobre el primer emperador cristiano. Para la descripción de la geografía y la fisonomía de los pueblos bárbaros han sido de preceptiva lectura las obras de Tácito, en especial Vida de Julio Agrícola y Germania. Para los datos sobre el equipamiento, funcionamiento y tácticas del ejército romano del Bajo Imperio, con las reformas de Diocleciano y Constantino, han sido de gran utilidad los conocimientos de Adrian Goldsworthy, Pat Southern y Karen R. Dixon, así como los estudios monográficos de Osprey Publishing. Y finalmente, para la recreación de ciudades y provincias ha sido necesario recurrir al estudio de dos importantes disciplinas, la arqueología y la geografía, centradas en esta época. Y todo sin olvidar consultar la numismática del período, que tanta luz ha arrojado sobre la motivación y el carácter de los personajes.

Con todo lo anterior me he permitido ejercer la libertad como autor para completar con ficción, basándome en suposiciones bien fundamentadas y apelando a mi condición de historiador, los numerosos huecos existentes en la historiografía con el propósito de hacer hablar a las estatuas, de convertir la piedra en carne y hueso.

Esta obra se desarrolla en un momento en el que el mundo conocido era más pequeño y los hombres más grandes, en sus virtudes y en sus defectos; de otra forma no hubieran podido dejar huella en la historia. Tratar de descubrir sus motivaciones y descifrar sus pensamientos ha sido un reto apasionante pero harto complejo.

En cuanto a los topónimos, en los casos en los que se conoce el nombre latino, y para aportar mayor veracidad al relato, he optado por estos. También he decidido acompañar cada parte con mapas y la reconstrucción de los principales escenarios en los que se desarrolla la acción para ofrecer al lector los parámetros necesarios para situarse y comprender mejor el contexto.

Por último, quiero agradecer al poeta Blas Muñoz Pizarro, profesor de latín jubilado, su inestimable ayuda en la traducción de los títulos de los libros que componen este volumen.

Espero, querido lector, que en estas líneas halles la claridad necesaria para disipar las sombras de uno de los períodos más críticos de la historia de Roma y que abarca cronológicamente desde la toma del poder por Diocleciano, el 20 de noviembre del 284, hasta la conferencia de Carnuntum, el 11 de noviembre del 308, con un apéndice en forma de epílogo que llega hasta el 310, y geográficamente de un extremo a otro del mayor imperio de la Antigüedad.

G. M. B.

PRAEFATIO

Sobre el origen y motivación de este escrito

Viminacium1, Moesia,

1 de marzo, 350 d. C.

Mi nombre es Firminiano, pero eso no importa, lo verdaderamente importante son las vidas de los hombres ilustres que he tratado de recrear en estos rollos por encargo de mi señor, Constante 2, hijo de Constantino I el Grande y en el momento de mi misión corregente del Imperio junto a su hermano Constancio II 3. Con motivo de la celebración del décimo aniversario de su principado y el quinto de su victoria sobre los francos, el propio emperador me encomendó la tarea de escribir las vidas de aquellos hombres que de alguna manera influyeron en el ascenso al poder de su divino padre, tal vez con el propósito de hallar en ellas alguna enseñanza para beneficio de su gobierno y así tratar de comprender cómo aquel hombre taciturno, con el que apenas tuvo relación y que en sus últimos años se afanó en conquistar las almas, había logrado restaurar el poder único frente a adversarios tan extraordinarios y había acabado así con un siglo de inestabilidad y fraccionamiento político.

A esta ingente labor me he entregado durante tres largos años, alejándome lo más posible de la moda de los panegíricos de nuestra turbia época para, a la manera de Cornelio Nepote 4 o Plutarco5, retratar de forma fidedigna sus virtudes y defectos.

Pero al contrario que los ilustres colegas que me han precedido, esta historia también trata de grandes mujeres. Me acuerdo de Livia Drusila, la astuta esposa de Octavio, el primer augusto; de Agripina la Menor, la ambiciosa hermana de Calígula y madre de Nerón; o de Julia Domna, mater castrorum6 y verdadera artífice del imperio de su marido, Septimio Severo. Como veremos, no son las únicas que merecen un puesto destacado en la dilatada historia de nuestra querida Roma.

He tenido que viajar por todo el Imperio con el fin de reunir los escritos aquí plasmados, al menos los que nos han llegado intactos, un compendio de papiros de los más diversos géneros y procedencias: cartas, diarios y memorias; de mano de sus propios autores o de aquellas personas en las que estos alguna vez depositaron su confianza. Ordenarlos ha sido casi tan complejo como encontrarlos.

He aquí la primera parte de estas historias, organizadas en cuatro libros y un epílogo, de acuerdo con el siguiente orden de acontecimientos:

Liber primus, que trata de la campaña de Constancio y su primogénito, Constantino, contra los irreductibles pictos en el confín del mundo, Caledonia, y de la muerte de Constancio en Eboracum, Britania.

Liber secundus, donde Constantino, guiado por el poderoso dios Marte, es nombrado augusto por sus tropas en Eboracum y, tras viajar a la Galia, accede a ser renombrado como césar para ser aceptado en el sistema tetrárquico por Galerio y debe tomar la armadura y el yelmo encrestado7 para llevar a cabo campañas victoriosas contra los alamanes y los francos.

Liber tertius, donde se da cuenta del ascenso, principado y retiro de Diocleciano; también de las luchas de Maximiano contra los bagaudas, de Constancio contra los usurpadores britanos Carausio y Alecto, y de Galerio contra el Gran Rey Narsés, el primero de su nombre en la dinastía de los sasánidas; además de algunas reflexiones del emperador emérito sobre las cosas humanas y las divinas, extraídas de su correspondencia con la única persona a la que verdaderamente quiso: su hija Valeria.

Liber quartus, que trata de la usurpación de Majencio, primogénito de Maximiano, de la ejecución del augusto Severo y de la conferencia de Carnuntum.

Y un Epilogus, donde se reconstruyen los últimos días de Maximiano Hercúleo en forma de tragedia.

Con el fin de justificar la inserción de ciertos capítulos, he decidido añadir algunas aclaraciones sobre la fuente y su procedencia, consciente de que se trata de una visión global y por definición sesgada, pero no por ello demasiado alejada de la realidad de los hechos. Tan solo he omitido —salvo alguna mención— y por expreso deseo de mi señor, aquellos pasajes relativos a los martirios y a los edictos de persecución de los cristianos —queda para los apologistas—, pues al igual que su padre él ha sido un firme defensor de sus ideas.

Pero la historia siempre nos supera y el mal secular de nuestra era de nuevo ha aflorado. Hace tan solo dos meses mi señor fue desafiado por el general pagano Magnencio8, nombrado emperador por las legiones del Rin. Tras ser abandonado por sus legados y después por sus magistrados y burócratas, Constante fue asesinado por tropas de caballería ligera de su rival cuando trataba de huir a Hispania a través de los montes de la Luna9. Yo mismo me he visto obligado a buscar refugio en las tierras de Constancio II, que ahora debe enfrentarse al usurpador para vengar la muerte de su hermano.

Habiendo perdido su propósito inicial de este modo y con el fin de mitigar mi propia situación de exiliado en Oriente, me he permitido retocar estas historias, para, esta vez a la manera de Petronio o Apuleyo, hacer más soportable la realidad a través de la imaginación, de tal forma que ahora siento que todos esos grandes romanos son yo y que yo soy todos ellos pues en cada uno de nosotros reside la facultad de desarrollar todas las capacidades y los diversos humores de los que es capaz el ser humano.

Aquí, a la tímida luz de una tea, pongo punto final a este relato. Queda esta obra a merced de las inclemencias del futuro, siempre incierto; que sus palabras sobrevivan dependerá de ti, lector in umbra. Despliégalas con cuidado bajo un buen techo.

Ahora comienza.

F.

_______________

1   Actual Kostolac, en Serbia.

2   Flavio Julio Constante, emperador entre 337 y 350 d. C.

3   El autor omite nombrar a la segunda esposa de Constantino, Fausta, y a su primogénito, Crispo, hijo de su primer matrimonio con Minervina, que por aquel entonces sufrían damnatio memoriae.

4   Cornelio Nepote (100-25 a. C.), biógrafo e historiador romano.

5   Lucio Mestrio Plutarco (46-127 d. C.), historiador, biógrafo y filósofo moralista romano de origen griego.

6   ‘Madre de los campamentos militares’.

7   Atributos del carácter guerrero del dios Marte.

8   Usurpador de origen galo que reinó en Occidente entre 350 y 353 d. C.

9   Pirineos, del topónimo de origen íbero Ilene os.

INTROITUS

Palacio imperial, Spalatum10, Dalmacia,

finales de agosto, 306 d. C.

Hora prima

Apenas se había dejado sentir el claror de las primeras luces del alba rebotando en las brillantes aguas de aquel mar, que como un bosque de olas oscilaba entre el azul cobalto y el verde oliva, cuando la panzuda embarcación empezó a vislumbrar en el horizonte, ajado de sombras, las cónicas torres del palacio imperial. Recortado contra el cielo se dibujaba la vasta silueta de aquella opulenta fortaleza, edificada expresamente para albergar el retiro de Diocleciano. Las romas colinas de la costa de Dalmacia no parecían rivalizar con sus imponentes muros. Su dilatada sombra se proyectaba como una enorme mancha oscura sobre las cristalinas aguas de la bahía de Aspalathos.

Solamente las banderolas agitadas por el fuerte viento de poniente parecían saludar el arribo de la flota a aquella costa particularmente abrupta. Sin duda, aquella visión pareció espolear su rumbo pues inmediatamente la escuadrilla atizó su proa hacia aquel lugar coronado de lumbres. Con el velamen henchido, se diría que por la exhalación del mismo dios Eolo, la flota cubrió, gracias a una repentina ráfaga, el último trayecto en un breve espacio de tiempo.

La flota estaba compuesta por dos trirremes y tres liburnas, encargados de custodiar el preciado cargamento de las numerosas naves de transporte atestadas de ánforas además de lujosos presentes con que lisonjear a su eximio morador. Este desde aquel tranquilo lugar parecía dominar el mundo, estratégicamente enclavado a medio camino de Oriente y Occidente y muy próximo a su ciudad natal, Salona, donde abriera por primera vez sus párpados hacia sesenta y siete años. Ahora, apartado de los asuntos de Estado, pero consciente del albor de un nuevo orden de cosas, parecía contemplar con el rostro veteado por el paso de los años. aunque con ojos taimados, lo que había conseguido levantar: un imperio de cenizas compactadas por su genio de estadista, pero amenazado por todas partes, con múltiples frentes abiertos. Y no solo en el exterior, con un limes resquebrajado por el impetuoso empuje de las tribus bárbaras, sino también en el interior, con las disputas de poder de los vástagos de sus antiguos compañeros de armas. De hecho, Diocleciano era el primer emperador en la milenaria historia de Roma que había logrado sobrevivir a su propio principado el tiempo suficiente para planear un retiro voluntario, en la confianza de depositar el poder en las manos adecuadas según su sistema tetrárquico de gobierno. Su abdicación, y por ende la de su colega Maximiano Hercúleo, habría de tener importantes consecuencias para el futuro político del Imperio. Una vez más, la ambición, verdadera debilidad del espíritu humano, precipitaría los acontecimientos.

Mientras las olas deshacían las largas estelas que centelleaban argentadas por el sol naciente, las naves levantaron sus remos goteantes dejando que fuera la marea la que las aproximase al muelle, donde una pequeña masa de siervos esperaba.

Ante la escuadra se erigía la fachada sur de aquel enorme rectángulo, con torres que se proyectaban al este, oeste y norte. Su fisonomía era realmente curiosa, ya que aunaba en un mismo recinto dos tipos de arquitectura muy diferentes: el lujo de una gran villa romana y la austeridad propia de un campamento militar.

El fuerte temporal comenzó a azotar a la flota recién amarrada en puerto, que, además de aceite y vino, traía inquietantes noticias de Occidente. Diocleciano esperaba novedades de la provincia más septentrional, que había sido asolada por temerarias incursiones de las tribus de Caledonia; la seguridad en el norte era primordial para el sostenimiento del poderío romano en aquella parte del Imperio y una mínima muestra de debilidad en el Muro de Adriano podría suponer el encendido de una mecha difícil de sofocar. Con el fin de evitar dicha posibilidad, el augusto Constancio había lanzado recientemente una campaña punitiva para restaurar el statu quo en la zona. Era sabido que un intento de conquista del norte de la isla supondría un coste mayor en vidas que una verdadera ganancia en recursos económicos, ya que era muy poco lo que aquella áspera tierra podía aportar a los intereses del Imperio.