El principio de Pascal - Pablo López Medel - E-Book

El principio de Pascal E-Book

Pablo López Medel

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Beschreibung

Interesante experimento de literatura vanguardista que nos presenta la celeridad y la absurdez de la vida moderna en la que estamos sumergidos a través del relato fragmentado de cinco personajes que viven en una ciudad anónima. En esta narración desestructurada asistiremos a los desencuentros, dificultades, pequeños desengaños y rutinas de cinco personas bien distintas pero unidas por un mismo sentimiento: la incapacidad de encontrar su lugar en el mundo. Un libro diferente de un narrador imprescindible.

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Seitenzahl: 172

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Pablo López Medel

El principio de Pascal

 

Saga

El principio de Pascal

 

Copyright © 2016, 2022 Pablo Medel and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788728039793

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

La presión ejercida sobre una casilla

se propaga en toda la superficie del tablero

Juan José Arreola

1.

No hay mucho que contar, sostiene Zeta mientras deshace el terrón de azúcar en el café.

Algo ha tenido que pasar, ¿no?

No, no ha pasado nada, insiste Zeta apelmazando en la cucharilla la montañita de sacarosa.

No lo entiendo.

Zeta levanta la vista y, por primera vez, sonríe.

Entonces, ¿cómo queda la cosa?

¿La cosa?, pregunta Zeta retomando el rictus serio de sus labios.

Ya me entiendes, ¿y ahora qué vas a hacer?

Zeta entrecierra los ojos y desvía la mirada.

Una paloma picotea el asfalto en busca de comida. Zeta sigue su trayectoria hasta que pierde el ángulo de visión. Se enciende un cigarrillo y se envuelve tras una humareda azul.

Deberías dejarlo, Zeta.

Una bola de humo se estampa contra el plástico de la mesa. Zeta observa la punta del cigarrillo.

Ocho segundos.

¿Cómo?

Eso es lo que tarda la nicotina en llegar al cerebro.

¿Seguro que no quieres contármelo, Zeta?

Zeta deja escapar dos columnas de humo por la nariz.

No hay nada que contar.

2.

Una hora antes, Zeta abre de golpe el grifo del agua caliente. Se sienta en el retrete y observa cómo se va llenando el plato de la bañera. A los cinco minutos, se levanta y sale del baño. Empieza a sonar una aérea melodía de un cuarteto de cuerda. Cuando el agua está a punto de rebosar, Zeta regresa al baño desnudo.

Zeta porta una bandeja llena de platos llenos de velas llenas de cera. Apaga la luz y enciende las velas que velan como centinelas en las baldosas de cerámica cercanas a la bañera. Corta el agua del grifo justo a tiempo. Esparce un chorro de jabón que extiende con la mano a lo largo del plato y se mete. Lenta. Muy lentamente. Los dedos del pie se mojan y se sumergen. La espuma va frenando la primera metida, pero la pierna finalmente se desliza y se hunde. Lenta. Muy lentamente. Y desaparece.

Ahora las manos sujetan el mármol frío y el segundo pie se zambulle en el agua caliente y oscura. Las rodillas se flexionan. Zeta aguanta la respiración y, dejando escapar un diminuto suspiro, se moja el cuerpo hasta que el agua le toca el ombligo. Entonces, la inmersión se ralentiza. Menos la cabeza de Zeta, todo el cuerpo se cubre de espuma caliente. Una mano llena de burbujas de jabón cierra la hoja de la mampara y espera.

Más allá de la puerta aún suena el cuarteto de cuerda. Zeta cierra los ojos, se moja el colodrillo y piensa en ella. Y no sólo piensa en ella. Ahora piensa en lo que nunca pensó que pensaría. E intenta volver a pensar en ella, pero vuelve a pensar en lo que jamás admitirá que piensa. Se empapa la cara de agua, de lágrimas y de espuma y se maldice por pensar, no en ella, sino en lo que nunca admitirá que piensa. Y cesa la música del cuarteto de cuerda.

3.

¡Zeta!

¿Quién me llama?

Soy yo, Jota.

Ah, Jota. ¿Cómo va eso?

Bien, Zeta. ¿Te paso a buscar?

¿A buscar?

Sí, a buscar, Zeta.

No sé, Jota.

Tú vístete y voy a buscarte.

Lo que tú digas, Jota. Lo que tú digas.

¿Qué te pasa, Zeta?

Aquí se suceden varios segundos de silencio sólo entrecortados por la respiración de Zeta.

He vuelto a hablar con ella.

¿Con ella?

Sí, Jota, con ella.

¿Y?

¿Y?

Bueno, qué ha pasado.

No importa, Jota.

¿Cómo que no importa?

Nos vemos ahora.

Y cuelga.

4.

¡Zeta!

Toda la gente de la terraza del bar enmudece durante unos segundos. Zeta no se altera.

El murmullo arranca de nuevo. Quizá siempre estuvo ahí. Pero a Zeta le parece más sugerente pensar en ese momento de silencio absoluto. Al menos ocurrió para él. Y eso es lo que cuenta.

Zeta suspira, saca otro cigarrillo del paquete e intenta chascar el fósforo de una cerilla. Lo intenta con otra. Y con otra. Y con otra.

He vuelto a pensar en aquello que te dije.

Jota se tapa la boca y arquea las cejas. Un gesto que Zeta no percibe; se ha dado la vuelta en busca del mechero que tiene la chica del cigarrillo encendido de la otra mesa.

Joder, Zeta. Hay que hacer algo ya. No podemos seguir así.

¿Podemos?, pregunta Zeta a la punta del cigarrillo, ahora humeante.

Hablo en serio, Zeta.

¿Te he dicho ya lo de los ocho segundos?

¿Por qué no te vienes a vivir conmigo?

Ni loco, Jota.

¿Cómo que ni loco?

Estoy bien así, Jota.

Ya lo veo.

¿Qué ves?, pregunta Zeta al ver la ironía del ya lo veo.

Justo en ese momento, una mujer pelirroja vestida como una cebolla se acerca a la mesa donde están Zeta y Jota.

¿Queréis que os lea las cartas?

Jota no tiene tiempo para decirle que se ahorre las molestias; Zeta ha aceptado y ahora la señora se sienta en una tercera silla, se coloca sus gafas de patilla fina y echa las cartas de su baraja napolitana sobre la mesa.

Vamos a ver, pronuncia la tarotista callejera y estudia las cuatro cartas que han quedado volteadas sobre la mesa.

Jota no entiende nada; ahora es él quien sigue la trayectoria de la tonta paloma en busca de comida.

En tu vida profesional, me salen todos los ases juntos.

¿Y?, pregunta Zeta.

Ponte en movimiento.

Jota sonríe sin entender muy bien por qué Zeta ha hecho lo que ha hecho.

Es lo que me dicen las cartas, pero no me hagas mucho caso.

Zeta no dice nada. La mujer baraja con torpeza su paquete de cartas y repite la operación.

Hazme una pregunta sin hablar.

¿Una pregunta sin hablar?, pregunta Zeta.

La mujer descubre ahora cinco nuevos naipes de la baraja sucia sobre la mesa y, en silencio, espera.

Si lo decides, sí. Esa es la respuesta.

Zeta, incrédulo, pero siguiéndole el juego, acepta su destino con un resoplido.

¿Te ha servido de algo?, pregunta la mujer pelirroja.

Zeta asiente y Jota le recrimina con la mirada.

¿Quieres que te eche a ti también las cartas?

Jota agradece la invitación, pero le dice que no hace falta. La mujer se levanta y continúa su suerte de rueda vidente por el resto de mesas.

¿A qué ha venido eso?, pregunta Jota dándole por imposible.

Tenía curiosidad. Ya sabes, como cuando éramos pequeños.

¿Como cuando éramos pequeños?

Sí, Jota, ya sabes.

¿A ti te parece muy normal todo esto?

¿El qué?

Que pasas de pensar en eso a no hacerme ni puto caso. ¿Y a qué ha venido esto de las cartas?

Pobre mujer, nadie le estaba haciendo caso.

Vete a la mierda, Zeta.

Yo también te quiero, Jota.

Jota suspira, y en el suspiro, sonríe y tira amablemente la toalla.

5.

Quince días más tarde, la cafetera italiana de Jota pita. Jota saca dos vasos de cristal, echa el café hasta la mitad, los rellena de leche fría y los coloca en el plato del microondas. Una rebanada de pan cae en el hueco de la tostadora. Luego cae la otra. Los alambres espiralados de nicrom tuestan el pan. Y al rato los escupe. Nap. Una de las rebanadas cae al suelo. Jota la recoge, la unta de mantequilla y, al darle el primer mordisco, pita el timbre del microondas.

Vaya, mira a quién tenemos aquí.

Un Zeta muy despeinado se frota las legañas y bosteza teatralmente.

Huele a café.

¿Y? ¿Qué tal tu primera noche?

Curioso funcionamiento. ¿Sabes a qué velocidad hace vibrar la cafetera las moléculas de agua?

Jota niega con la cabeza siguiéndole la bola.

Más de dos millones de choques por segundo. El paradigma de la modernidad. El puto caos, Jota. Las moléculas de agua chocan a voleo con las demás y les transmiten energía.

Jota mordisquea por segunda vez su tostada con mantequilla.

Por eso aumenta la temperatura, afirma Zeta categórico.

Genial, ¿y si te tomas el café que me he molestado en preparar?

Zeta se frota las manos para entrar en calor.

Jota, pronuncia Zeta solemnemente.

Zeta, continúa Jota con cierta sorna.

No, en serio. Sólo quería decirte que…

¿Sí?, pregunta Jota alargando ficticiamente la interrogación en espera del lógico agradecimiento de Zeta.

Da igual. No te preocupes, se excusa Zeta dando su primer sorbo del día.

Jota insiste en su pregunta, pero esta vez frunciendo la cara.

Gracias.

Y Jota sonríe satisfecho.

6.

Durante la noche anterior, Zeta pulula por su estudio como una gallina que quiere fugarse del gallinero, pero que no entiende de fugas. Las cajas de embalaje se van amontonando en la entrada. Ya casi no queda cinta adhesiva.

Zeta desarma la última torreta de libros. Los hojea, los huele, relee algunas de las notas escritas en los márgenes y deshace la última montaña dentro de la última caja. En la bolsa de deportes negra tira las últimas camisas, un cubo de Rubik, una tijera de aves, un manojo de fotocopias y un bote lleno de lapiceros despuntados que encuentra debajo del sofá. Y se sienta encima de una las cajas con una foto en la mano.

Es ella. Y él. Él y ella. Los dos juntos. Meses antes.

Zeta se enciende un cigarrillo y observa detenidamente la foto. Pero ya se la sabe de memoria, así que decide examinar el canto de plástico de doce por quince. Palpa el marco de una esquina a la otra. Al apretarlo para constatar su dureza, sin querer, lo parte. Y el plástico que cubría la foto también se parte. Pero Zeta no se corta. Tira al suelo los trozos de plástico que le quedan en la mano. Ahora en la palma sólo queda el papel baritado. Sin marco. Sin plástico que lo cubra. Voltea la foto. Zeta ya no se acordaba de lo que había escrito en el reverso.

Por eso, y sólo por eso, inevitablemente, se desploma.

7.

¿Y estas tijeras?

Son para cortar el pollo.

Jota prueba la tijera de aves. Da varios cortes al aire y sonríe.

Zeta, eres una caja de sorpresas.

Jota mete la tijera en el cajón de la cocina, tira a la basura el borde de la tostada y, de un trago, se termina el café con leche.

Me voy a currar, Zeta. Si te apetece, vente luego y comemos juntos.

Zeta asiente y se sienta en el sofá con su café y con un poemario de Cavafis de la librería de Jota.

No se inquietó Nerón cuando escuchó la predicción del Oráculo de Delfos.

Te cagas, se dice para sí Zeta, tras leer en voz alta los versos de arranque de un poema del alejandrino.

Zeta, ¿en qué habíamos quedado?, pregunta Jota al hueco del pasillo mientras, en un momento de lucidez, se mete la tijera de aves en el bolsillo de la gabardina.

8.

Zeta enciende el ordenador, abre una página de búsquedas y, evidentemente, busca. Busca trabajo. Pero no sabe lo que busca. Ni dónde buscar. Así que, tras buscar en el bosque de búsquedas de la página en cuestión, decide buscar otras cosas. Busca el periódico digital. Lee los titulares. Y se frota los ojos. Lee la sección cultural. Y sonríe. Y, sin saber muy bien cómo, termina leyendo un informe sobre física cuántica. Un árbol no es un árbol. Es un paquete de energía. En uno de los foros de la página discuten digital y acaloradamente sobre la teletransportación de neutrinos a kilómetros de distancia. El experimento del Danubio. Y un homenaje a Max Planck. Luego salta por error a otra página. Recetas vegetarianas. Y esa le lleva a otra. Y a otra. Y, sin darse cuenta, o sin querer haberse dado cuenta, Zeta se enfrenta a un harén de jóvenes en posturas imposibles. La culpabilidad de estar ahí, aunque físicamente no esté ahí, le hace retroceder a la página de búsquedas. Y vuelve a buscar. Pero ahora la primera entrada es de un trabajo sexual. Zeta empieza a ponerse nervioso. Cierra el navegador y lo vuelve a abrir. Se tranquiliza al ver que todo funciona igual que antes. Y ahora busca directamente búsquedas de trabajo. Y encuentra. La búsqueda, no el trabajo. Rellena los formularios, pero es incapaz de saber qué tipo de trabajo debe buscar. No sabe. O no quiere. Así que pincha al azar en las ventanas de las páginas que flotan por la página en cuestión. Y vuelve a saltar de un sitio a otro. De la asociación de implantados cocleares a un análisis comparativo de mermeladas y confituras de fresa. Que no es lo mismo. La mermelada contiene frutas enteras troceadas. La confitura se elabora con la pulpa de las frutas. Y los porcentajes, también los de azúcar y los de agua, varían según la marca. Y se disparan, claro, las calorías. Y los chorizos en sarta. Demasiada sal. Demasiada grasa saturada. Y el autor se queja de que están mal etiquetados. Y luego está la hidroxiprolina. Y los tendones. Y los cartílagos. La carne noble. O sea, el músculo. Y no el tejido conjuntivo. Es más barato. Es por eso. Y en una revista digital femenina, la que firma se plantea qué cosméticos restauran mejor el colágeno. No es lo mismo el polifenol de uva que llevan las mascarillas faciales de aceite de hígado de tiburón de aguas marinas profundas que el ácido beta-hydroxy, ideal para el acné. Y luego otra página. Y un estudio de literatura afrikáner. Y otra ventana. Y una oda a los deportes extremos. Y una magnífica lección del método para lanzar correctamente el bumerán. Y no es lo mismo el contrachapado de abedul que el paxolín o el polipropileno. Y un alemán que hizo más de mil atrapes consecutivos. Y luego otra. Y otra. Y una de cuchufletas universitarias. Y otra de paremiología. Y otra de malapropismos. Y luego una recopilación de sospechosos parecidos musicales. Coincidencias. Plagios. Quién sabe. Y una galería de fotos de ásanas de yoga para la búsqueda intelectual del Absoluto.

Sea como fuera, en la mesa del ordenador ya no hay nadie; Zeta se está masturbando plácidamente en la ducha mientras la espuma del champú va creciendo sobre su cabeza.

9.

Llega tarde. Como siempre, Zeta llega tarde. Pero esta vez se excusa. Sale con Jota de la oficina. Y nota cómo a Jota le preocupa algo. Y nada puede hacer porque ese algo se quede en la oficina y no acompañe a Jota durante todo el camino hacia el restaurante. Pero sigue dándole vueltas a la cabeza. Más bien, al problema. No a la cabeza. Y más vueltas. Hasta que encuentran una mesa libre, deja una carpeta con un taco de folios y hace a Zeta partícipe de su preocupación.

Todo arranca por una discusión con el jefe en cuestión. Un choque de visiones sobre un texto de un tipo que firma con seudónimo. A Jota no le parece publicable, pero al director le ha encantado. Y la opinión de uno no vale lo mismo que la del otro. Es cierto, como dice Jota, que no debería ser así, pero es algo que le supera. Claro que le supera. Viene de arriba. Jota no lo puede entender. Le gustaría volver a encargarse de la sección de poesía. Pero la poesía ya pasó a otra vida. Y aquella pequeña editorial, también. Ahora está en una gran editorial y tiene que hacer un informe positivo de una novela, para él, tan negativa que…

Pero Jota, algo bueno tendrá, ¿no?

Basura, Zeta. Basura. No hay personajes, no hay historia, no hay conflictos, no hay descripciones. No hay nada.

Bueno, estará bien escrita.

Qué va. No tiene ni pies ni cabeza. El tipo este no sabe puntuar, su vocabulario es pésimo. Y encima suelta parrafadas en otros idiomas sin tener ni puta idea de lo que dice.

Pues entonces no entiendo ni jota, dice Zeta.

Muy posmoderno. Me encanta. Eso me ha dicho Guillermo.

¿Posmoderno? Qué antiguo, ¿no?

Eso es, Zeta. ¿Tú te crees?

¿Se puede leer?

No te lo recomiendo. De verdad, es que no lo entiendo.

No todo hay que entenderlo.

Ya, pero… Olvídalo, Zeta. Bueno, cuéntame: ¿encontraste algo?

10.

Zeta sirve el vino a Jota y se llena la cuchara de lentejas. Jota decide empezar por el tocino. Y Zeta le habla de chorizos en sarta. De la sal. Y de la grasa saturada. Jota hace que escucha, pero lo único que escucha es la parrafada de Guillermo. Hasta que el camarero no aparece con los cafés en la mesa, Jota no piensa en otra cosa.

Mándale a la mierda, Jota.

Sí, lo que nos faltaba.

Zeta piensa.

Si esto fuese una novela…

Esto no es una novela, Zeta.

Ya lo sé, pero insisto…

Jota posa el café en su platito y, sonriendo para sí, apoya la mejilla en una de las palmas de su mano.

No me gustan las novelas. Eso lo dejo para ti. A mí lo que me gusta es la poesía.

11.

Una hora antes, Guillermo dice pasa y Jota pasa. El despacho es enorme. Un mueble colonial de madera maciza. Un sofá con almohadones de chenilla con una cheslong a juego. Una alfombra persa. Una librería con una inmensa colección de filosofía sospechosamente ordenada: Protágoras, Isócrates, Habermas, Foucault, Derrida, Lyotard, Vattimo, Nietzsche, Baudrillard, Bauman, Augé… y un gran ventanal desde el que se ve la riada de coches y transeúntes de la gran avenida. Dentro sólo se escucha el rubato virtuoso de un nocturno de Chopin. Jota, con la sensación de estar atrapado en una escena de cine mudo, se sienta en la silla y, buscando una sonrisa cómplice, deja el informe sobre la mesa. Guillermo se atusa el flequillo cano, se coloca las gafas hipermétropes y, en sincronía con la última nota de piano del nocturno, empieza a leerlo.

A los cinco minutos, después de un silencio para Jota rutinario, Guillermo deja caer los folios sobre la mesa. Acto seguido, se quita las gafas y se acerca a Jota para empezar la conversación. A medida que el cuerpo de Guillermo se va acercando a Jota, Jota va abriendo su sonrisa en un gesto de complicidad equívoca.

12.

Seis días más tarde, en el reloj de la oficina ya son las ocho. Los trabajadores van apagando los ordenadores. O los ordenadores a los trabajadores. Uno de ellos es Jota. Su mesa está llena de papeles. Los ordena en montoncitos, coloca dos bolígrafos en un bote de plástico y, recogiendo la chaqueta del respaldo de la silla, se levanta. Jota se despide de sus compañeros. Y de su compañera, Ana. La tímida, la bajita, la guapa, la lista. Pero es la hija. Todos llenan el ascensor, así que Jota, que dice no importarle, esperará al siguiente. Ocho. Siete. Seis. En el quinto hay una parada. Cuatro. Tres. Dos. Tres. Cuatro. Tres. Dos. Uno e imagina el pitido de llegada. Jota pulsa el timbre de llamada y espera. Pero ya no está solo. Guillermo está a su lado. El padre habla por teléfono. Y no sólo durante la espera, sino durante la bajada y el fugaz murmullo de la despedida.

Ahora Jota baja las escaleras del Metro y mira los zapatos de los viajeros. Sale del vagón, cruza el pasillo como una hormiga arrastrando su migaja de pan camino del hormiguero y entra en otro vagón aún más lleno. Ahora se siente como un insecto. Pero no como una hormiga. Otro insecto. El que sea. Pero no una hormiga. El tren se para y espera a otro tren en medio del túnel. Jota ya no mira zapatos. Ahora va de pie y sólo ve chaquetas y gabardinas. Mientras, justo en el epicentro del convoy, la pantalla de televisión escupe imágenes tontas sobre un hilo de música liviana.