El problema del dolor - Clive Staples Lewis - E-Book

El problema del dolor E-Book

Clive Staples Lewis

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Beschreibung

El dolor es un misterio universal e inevitable que sobrecoge y desconcierta al ser humano. Con frecuencia se proponen fórmulas más o menos anestésicas -resignación pasiva, escapismo, anulación de la voluntad-, pero que en ningún caso resuelven las preguntas que todo hombre se hace: ¿Qué sentido tiene el sufrimiento? ¿Cómo se armoniza la realidad dolorosa con la bondad divina? Lewis se sumerge en El problema del dolor para extraer esperanza con las armas que le han ganado el aprecio de sus lectores: estilo directo, sentido práctico y el poder de convicción de los hechos. Este libro trata del problema del dolor enfocado desde un punto de vista cristiano: cómo puede entenderse. Los capítulos tratan de la omnipotencia y la bondad divina, la maldad humana, la caída del hombre, el dolor humano, el dolor animal, el infierno y el cielo.

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C. S. LEWIS

EL PROBLEMA DEL DOLOR

Undécima edición

EDICIONES RIALP, S. A.

MADRID

Título original: The problem of pain

© 1947, C. S. Lewis Pte. Ltd.

© 2016, de la versión castellana, realizada por

JOSÉ LUIS DEL BARCO, by EDICIONES RIALP, S. A.,

Colmbia, 83. 28016 Madrid. www.rialp.com

Primera edición: junio 1994

Undécima edición: noviembre 2016

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea elec-trónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Realización ePub: produccioneditorial.com

ISBN: 978-84-321-4740-1

A los Inklings

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

DEDICATORIA

PRESENTACIÓN

A MIS LECTORES

I. INTRODUCCIÓN

II. LA OMNIPOTENCIA DIVINA

III. LA BONDAD DIVINA

IV. LA MALDAD HUMANA

V. LA CAÍDA DEL HOMBRE

VI. EL DOLOR HUMANO

VII. MÁS SOBRE EL DOLOR HUMANO

VIII. EL INFIERNO

IX. EL DOLOR ANIMAL

X. EL CIELO

APÉNDICE

CLIVE STAPLES LEWIS

PRESENTACIÓN

EL DOLOR ES UNA realidad misteriosa. Ninguna hay tan ineludible, universal e inmediata; ninguna tan inexplicable, arcana y desconcertante. En el dolor conviven en paz la evidencia y el misterio. La certeza de que es inevitable, la seguridad de que deberemos enfrentamos con él antes o después —«todos acabamos por ser hombres dolientes»[1]— y la experiencia directa de los seres humanos permiten vislumbrar confusamente algunos rasgos suyos, pero no consiguen disipar el halo de misterio que lo envuelve. Ni siquiera su condición de «certeza existencial», que arruina «la imposible utopía de una vida sin dolor»[2], descubre completamente sus secretos. Tan solo deja entrever destellos intermitentes de un lejano foco de luz. «No soy conocedor aún del dolor, dice Rilke, por eso hazme pequeña esta enorme tiniebla»[3].

No debe sorprender, pues, la insistencia humana en descifrar tan impenetrable enigma. Decir que el dolor es una sensación desagradable producida por estímulos nocivos, o una de las emociones contrapuestas al placer, o un reflejo de protección-evasión para prevenir males peores, o una señal corporal para indicar determinados trastornos o, en fin, una reacción local impotente, supone simplificar excesivamente las cosas. Nada de todo eso da cuenta del rechazo, la quiebra y el desgarro íntimos del afligido, ni explica la repulsa del que lo padece o la resistencia «a la división»[4] de la víctima. Se halla muy lejos, en fin, de aclarar su significado para la vida. ¿Es un regalo siniestro que envilece al hombre o una posibilidad excepcional de mostrar su hechura y ser más íntimos? ¿Es «el banco de pruebas de la existencia humana, el fuego de la fragua donde, como los buenos aceros, debe ennoblecerse y templarse»[5]?

La magnitud del problema explica que el empeño puesto en descifrar el enigma haya terminado a veces en derrota. Así ocurre con la interpretación pesimista, uno de los grandes extravíos sobre el asunto. El pesimista estima que la sed humana de amor es una necia aspiración condenada a perpetua insatisfacción. Lo mismo le ocurre a la apetencia general de placer y al anhelo irreprimible de felicidad. Nada hay en la realidad capaz de colmarlos. La demanda humana de felicidad y amor no es oída por nadie; es un grito incontenible lanzado al vacío. De ahí el empeño en arrancarlo de raíz del corazón del hombre: como la felicidad y el amor son «pasiones inútiles», el único modo de evitar el descalabro y eludir el dolor de ver defraudadas las esperanzas consiste en suprimirlas[6]. El programa pesimista «tiende a la anulación del yo (...) a través de la anulación de la voluntad»[7]. Si la fuente del dolor son ciertas aspiraciones del yo, el mejor modo de liberarse de él deberá ser suprimirlas. Si aniquilamos al hombre, suprimiremos el sufrimiento para siempre. Esa es la insensata consigna de Schopenhauer, Lucrecio, Epicuro y la mística budista. A todos ellos les falta esperanza, sin cuyos áureos destellos, la subjetividad, entristecida y replegada en sí misma, queda incapacitada para salir al encuentro del Amor en que se consuma todo amor.

A veces se ha intentado superar el desenlace pesimista adoptando una ufana actitud heroica: aunque carezca de respuesta, aunque no halle nunca reposo ni sea acogida jamás con cordialidad, hay que afirmar titánicamente el ansia humana de felicidad y convertir la afirmación en algo absoluto. Una exaltación así de la energía volitiva, que parece desafiar arrogantemente la adversidad y retar el infortunio, es una fatua afirmación de la superioridad del sujeto, cuya soberbia grandeza le permitiría resistir el embate de cualquier fuerza cósmica. Una afirmación así del poder apetitivo del hombre es una declaración jactanciosa condenada al pesimismo y la misantropía[8], pues la energía ostentosamente proclamada se quiebra ante el dolor intenso y la tristeza profunda. «El programa de Nietzsche es una épica y una lírica de la patología que, en el fondo, no puede ser vivida»[9].

Las vacilaciones anteriores ponen de manifiesto que la pregunta «¿qué es el dolor?» está mal formulada. No hay dolor sin un ser afligido; ni quebranto sin un sujeto consciente de su amargura.

El enigma del dolor como fenómeno vital, como algo real en tanto que vivido, es el misterio de su sentido. La pregunta decisiva se podría formular, pues, más o menos así: «¿Tiene sentido el dolor?».

Si la vida humana fuera como la del animal, si discurriera maquinalmente sin otro quehacer que sobrevivir, tal vez cupiera no plantear tan inquietante interrogación. Pero el hombre, lejos de instalarse de forma extática en la realidad, se enfrenta interrogativamente con ella. El ser humano indaga, busca e inquiere; todo atrae su mirada escrutadora. Él mismo es el más grande desafío para su avidez de saber. Le inquieta ser «un signo indescifrado» (Hölderlin), y busca afanosamente el sentido de la existencia, la vida, el dolor y la muerte.

Ni siquiera el materialista puede hurtarse a la solicitud de sentido. Si acaso, tratar de ocultarla, limitar su alcance y disimular su premura. Su postura al respecto consiste en identificar sentido y praxis; el obrar humano es el único ámbito de sentido, fuera de él está la férrea legalidad natural, el reino de la necesidad, lo inmutable. Y lo inmutable es como es y sucede como sucede. Es disparatado, pues, preguntarse por su sentido; ante el sufrimiento y la muerte solo cabe la resignación: el hombre debe renunciar a esperanzas excesivas y entregarse con frenesí a un «activismo intramundano».

El primer atisbo para sortear el escollo lo proporciona la idea de que ni el placer ni el dolor tienen la última palabra. Si la tuvieran, la existencia sería un injusto juego de azar que repartiría caprichosamente la prosperidad y la desgracia. El afortunado llevaría una vida de goces, y el desdichado pasaría miserablemente por la existencia apesadumbrado y triste. ¿Cómo evitar en ese caso el desdén del afortunado en la rueda de la fortuna? ¿Cómo impedir la desesperación del atribulado? ¿Qué hacer ante el sarcasmo del hábil tramposo que dispusiera las «reglas el juego» en su propio beneficio? ¿Qué decir de su complacido regocijo con el sufrimiento ajeno?

El problema del sentido del sufrimiento surge cuando el dolor y el placer dejan de ser jueces últimos e inapelables, cuando obedecen, como todo lo demás, las órdenes de una autoridad más alta. Es, pues, una cuestión específicamente cristiana. Los héroes homéricos, por ejemplo, no se la plantean. Se consideran títeres en manos de un destino que gobierna ciegamente sus vidas, y reciben el placer y el dolor como avatares de una existencia sometida a inexorable necesidad. Por eso vagan tristemente por la existencia antes de llegar a su miserable destino en el Hades. La actitud cristiana es muy diferente. El cristianismo, dice Lewis, no es «un sistema en el que debamos encajar la compleja realidad del dolor, sino un hecho difícil de ajustar con cualquier sistema que podamos construir. En cierto sentido, el cristianismo crea más que resuelve el problema el dolor, pues el dolor no sería problema si, junto con nuestra experiencia diaria de un mundo doloroso, no hubiéramos recibido una garantía suficiente de que la realidad última es justa y amorosa».

Es extraño oír que el cristianismo «crea» el problema del dolor. De ahí la perplejidad aparente de palabras como estas de Eugène Ionesco: «Creo en Dios, a pesar de todo, porque creo en el mal. Si hay mal, hay también Dios». El problema del mal, en la forma de dolor o en cualquiera otra, se le presenta al gran dramaturgo como pregunta sobre el obrar divino y su justificación, y surge cuando se acepta un sentido universal y se cree en un Dios todopoderoso y bueno. ¿Cómo conciliar la existencia de un Ser bondadoso y omnipotente con la realidad del dolor? He ahí el problema del sufrimiento en su forma más simple.

El dolor tiene un sentido profundo. Lleva al hombre a preguntar sobre el significado de su vida y le ayuda a «crecer en hondura». «El dolor abierto parece que queda dispuesto para una fecundidad insospechada: para descifrar la gran noche del alma»[10]. Pero, además de todo eso, está destinado a convertirse en alegría. Esa anulación real del sufrimiento supone la fe en una «ilimitada totalidad de sentido». Si el saldo de la vida en su conjunto fuera el sinsentido, ¿cómo no acusar de absurda la existencia? Pero si «la realidad última es justa y amorosa», si acoge, consuela y alivia a los atribulados, si «los padecimientos del tiempo presente no son nada comparados con la gloria que ha de manifestarse en nosotros», el triunfo del sufrimiento es una victoria efímera. Al final deberá ceder su puesto al júbilo y el gozo eternos.

«El sufrimiento solo puede tener sentido si es relativo, y solo es relativo si todos los sufrimientos pueden ser suprimidos»[11]. ¿Es excesiva la esperanza en la transformación del sufrimiento en alegría? ¿Es ilusión vana creer que Dios «enjugará toda lágrima de sus ojos y ya no habrá muerte, ni llanto, ni sufrimiento, ni fatigas, porque todo lo anterior ha pasado»?[12].

Es, desde luego, una elevada esperanza, pero cuenta con la mayor garantía imaginable: la promesa ya realizada.

JOSÉ LUIS DEL BARCO

El Hijo de Dios padeció hasta la muerte

no para que los hombres no sufriéramos,

sino para que nuestro dolor pudiera ser como el Suyo.

GEORGE MAC DONALD,

Unspoken Sermons, First Series.

[1]A. POLAINO-LORENTE, Más allá del sufrimiento. El dolor y la aceptación de sí mismo. Atlántida, 15, p. 50.

[2] F. ALTAREJOS, El sufrimiento: un escollo en la axiología educativa. En Razón y libertad, Rialp, Madrid.

[3] Reiner María RILKE, Das Siundenbucb, III. I.

[4]«El dolor es un sentimiento que resiste a la división o corrupción». San Agustín, De libero arbitrio, III, 23, 69.

[5] A. POLAINO-LORENTE, art. cit.

[6] A. SCHOPENHAUER, Die Welt ais Wille urtd Vorstellung, en Samtlicbe Werke, F. A. Brockhaus, zweites Band, Wiesbaden 1972, pp. 607-736.

[7] R. SPAEMANN, El sentido del sufrimiento. Distintas actitudes ante el dolor humano. Atlántida, 15, pp. 66-77.

[8]Cfr. M. SCHELER, Vom Sinn des Leides. En Gesammelte Werke, Francke Verlag, Band 9, Bern 1963, pp. 52-55.

[9] J. CHOZA, Dimensiones antropológicas del dolor. En La supresión del pudor y otros ensayos, Eunsa, Pamplona 1980, p. 141.

[10] J. CHOZA, Al otro lado de la muerte. Las elegías de Rilke. Eunsa, Pamplona 1991, p. 30.

[11] R. SPAEMANN, art. cit.

[12] Apocalipsis 21, 4.

A mis lectores

Cuando Mr. Ashley Sampson me sugirió que escribiera este libro, le pedí que se me permitiera hacerlo de forma anónima, porque, si debía decir lo que realmente pensaba del dolor, me vería obligado a hacer afirmaciones tan manifiestamente valerosas que resultarían ridículas para todo aquel que supiera quién las hacía. Mi idea del anonimato fue rechazada por resultar inconsecuente con el espíritu de la serie. Mr. Sampson me indicó, no obstante, que podía escribir un prefacio para explicar que tampoco yo vivía en conformidad con mis propios principios. Este hilarante programa es el que estoy realizando ahora. Antes permítaseme confesar, con palabras del buen Walter Hilton, que a lo largo de todo el libro «me encuentro tan lejos de sentir auténticamente lo que digo, que no puedo sino suplicar misericordia y temple para sentir lo que digo hasta donde pueda»[13]. Esa razón impide, sin embargo, que se me pueda hacer cierta crítica. Nadie podrá decir «se burla de las cicatrices quien jamás sintió una herida», pues ni por un momento me he encontrado en un estado de ánimo en que no me resultara completamente intolerable el mero hecho de imaginar el dolor agudo. Si hay alguien libre del peligro de subestimar a este adversario, ese soy yo.

Debo añadir, además, que el único propósito del libro es resolver el problema intelectual suscitado por el sufrimiento. Nunca he sido tan necio como para considerarme capacitado para la alta tarea de enseñar fortaleza y paciencia. Nada tengo que ofrecer a mis lectores, pues, sino mi convicción de que, cuando llega el momento de sufrir el dolor, ayuda más un poco de valor que un conocimiento abundante; algo de compasión humana más que un gran valor; y la más leve tintura de amor de Dios más que ninguna otra cosa.

Si algún teólogo auténtico lee estas páginas, verá fácilmente que son obra de un profano y un aficionado. Salvo en los dos últimos capítulos, algunas de cuyas partes son indudablemente especulativas, creo haber expuesto doctrinas antiguas y ortodoxas. Si algunas cuestiones del libro son «originales», en el sentido de nuevas y heterodoxas, lo son contra mi voluntad y fruto de mi ignorancia. Escribo, por supuesto, como laico de la Iglesia de Inglaterra, pero he intentado no dar por sentado nada que no sea profesado por los cristianos bautizados y en comunión.

Como no he tratado de escribir una obra erudita, apenas sí me he preocupado de indagar el origen de las ideas o las citas cuando no eran fácilmente accesibles. Cualquier teólogo comprobará sin dificultad cuáles y cuán pocas cosas he leído.

C. S. LEWIS

Magdalen College,Oxford, 1940.

[13]Scale of perfection, 1, xvi.

I. INTRODUCCIÓN

Es sorprendente la temeridad con que algunas personas hablan de Dios. En un tratado dirigido a los infieles, comienzan con un capítulo dedicado a demostrar la existencia de Dios a partir de las obras de la naturaleza. Este modo de proceder sirve exclusivamente para apuntalar la opinión de los lectores de que las pruebas de nuestra religión son muy frágiles. No deja de ser extraordinario que ningún escritor canónico se haya servido jamás de la naturaleza para demostrar la existencia de Dios.

PASCAL, Pensées, IV, 242, 243.

SI ALGUIEN ME HUBIERA preguntado hace algunos años, cuando yo aún era ateo, que por qué no creía en Dios, la respuesta espontánea de mis labios hubiera sido más o menos la siguiente:

«Si miramos el universo en que vivimos, comprobaremos, que buena parte de él, la mayor con diferencia, es un espacio vacío completamente oscuro y terriblemente frío. Aun cuando por él vagan pequeños cuerpos, son tan escasos e insignificantes, comparados con la inmensidad cósmica, que, aunque supiéramos que se hallan rebosantes de criaturas completamente felices, seguiría siendo difícil creer que la vida y la felicidad son algo más que un subproducto del poder hacedor del universo.

»A juicio de los científicos, es muy probable que solo un reducidísimo número de soles de los muchos desparramados por el ancho espacio —quizá ninguno salvo el nuestro— tenga planetas. Además, es dudoso que haya vida fuera de la Tierra en algún otro planeta de nuestro sistema solar. La misma Tierra ha existido durante millones de años sin albergar vida alguna, y seguirá existiendo tal vez durante muchos millones más después de que la vida haya desaparecido.

»Fijémonos, por lo demás, en cómo es la vida mientras existe. El único modo de sobrevivir conocido por las diferentes formas de vida consiste en atacar a las demás. En las formas más elementales todo ello no acarrea sino muerte. En las superiores aparece una cualidad nueva llamada conciencia, que las capacita para sentir el dolor. Las criaturas causan dolor al nacer, viven infligiéndose dolor y mueren, la mayoría de las veces, en medio de profundo dolor.

»En el hombre, la más compleja de las criaturas, surge una nueva cualidad denominada razón, un atributo que le permite prever su propio dolor. Desde ese momento, el dolor futuro irá precedido por un agudo sufrimiento del alma. La razón capacita al hombre para imaginar su propia muerte aun en los momentos en que le embarga un ardiente deseo de seguir viviendo. Finalmente, le permite urdir cientos de ingeniosas invenciones para infligir a sus semejantes o a las criaturas irracionales un dolor mayor que el que de otro modo hubiera podido causar. Los seres humanos han explotado el poder de la razón. La historia de la humanidad es en gran parte una secuencia de crímenes, guerras, enfermedades y dolor.

»En medio de tanto desastre aparecen ocasionalmente atisbos de felicidad, que sirven apenas para despertar en el hombre el angustioso temor de perderla cuando se goza de ella, y el hiriente sufrimiento de recordarla una vez desaparecida. En ciertos momentos los hombres mejoran parcialmente sus condiciones de vida. Entonces aparece una situación nueva llamada civilización.

»Todas las civilizaciones se extinguen, pero mientras existen causan un sufrimiento especial, muy superior seguramente al alivio que hayan podido producir al común dolor humano. Nadie duda de que nuestra propia civilización también ha acarreado dolor, y es muy probable que desaparezca como han desaparecido las anteriores. ¿Y si en este caso no ocurriera lo mismo?, ¿qué pasaría? Nada de ello alteraría el hecho de que el género humano está destinado a desaparecer. Las diferentes razas surgidas en el universo, da igual dónde, están destinadas a extinguirse. Según se dice, el cosmos declina. Llegará un momento, pues, en que sea una inmensidad uniforme de materia homogénea a baja temperatura. Entonces terminará la historia, y la vida no habrá sido, a la postre, sino una efímera mueca sin sentido en el necio rostro de la materia infinita.

»Si me piden que crea que todo esto es obra de un espíritu omnipotente y misericordioso, me veré obligado a responder que todos los testimonios apuntan en dirección contraria. Así pues, o bien no hay espíritu alguno fuera del universo, o bien es indiferente al bien y al mal, o es un espíritu perverso».