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El Quemadero. Cuentos reunidos nos invita a explorar el intrigante universo narrativo de Rocío Silva Santisteban, una autora que ha recorrido con destreza diversos caminos en la escritura. A lo largo de su carrera, con una destacada obra poética, investigaciones profundas, crónicas reveladoras y agudos artículos de opinión, ha dejado una huella imborrable en la literatura. Además, ha construido una obra narrativa que resuena con intensidad turbadora, y este libro la reúne, incluyendo piezas inéditas de creación reciente y sus dos impactantes colecciones de cuentos: Me perturbas (1994) y Reina del manicomio (2013). Silva Santisteban nos lleva a un viaje a través de historias que interpelan y conmueven, que explotan, que ofrecen reinterpretaciones íntimas y conmovedoras de la realidad o nos sumergen en parajes de pesadilla tan cercanos a nuestra propia experiencia. Nos traslada a escenarios de una urbe decadente o incluso a una Amazonía desolada por la minería ilegal. Los personajes que habitan estos relatos, como señala Alejandro Susti en el prólogo, están "despojados de sensibilidad y cobran la apariencia de los sobrevivientes de una catástrofe (el desamor, la soledad, el hastío, el engaño, la violencia) cuyas causas el lector implícito debe deducir". El Quemadero es el compendio de una obra de necesaria lectura y que dejará una marca perenne en quienes se aventuren en su compleja profundidad. Rocío Silva Santisteban Activista, feminista, escritora, ha sido Congresista de la República de Perú por la coalición de izquierda Frente Amplio y directora ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos. Es PhD en Literatura por la Universidad de Boston, diplomada en Género y graduada en Derecho y Ciencia Política. Consultora en temas de derechos humanos, género y conflictos ecoterritoriales, también es profesora universitaria en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado diversos libros de poesía, ensayo y artículos, así como los libros de cuentos Me perturbas (1994) y Reina del manicomio (2013) recogidos en este volumen. Su último libro es Una herida menor. Antología poética 1983-2022 (2022).
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Seitenzahl: 294
Veröffentlichungsjahr: 2024
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El Quemadero
El Quemadero
Rocío Silva Santisteban
El Quemadero. Cuentos reunidos.
©2023, Rocío Silva Santisteban
©2023, Contratapa Proyectos Culturales S.A.C., para su sello Cocodrilo Ediciones
Jr. Nicolás de Piérola 451, urb. Liguria, Surco, Lima, Perú
www.cocodriloediciones.com
Dirección editorial: Contratapa Proyectos Culturales
Diseño de portada: Mario Vargas Castro
Primera edición digital en Cocodrilo Ediciones: febrero de 2024
ISBN: 978-612-49352-7-5
Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio físico o digital, sin el permiso previo del editor. Todos los derechos reservados.
Poco tiempo atrás, como parte de una investigación que llevamos a cabo junto con la académica Olga Saavedra, le hicimos llegar un cuestionario a un grupo representativo de cuarenta y siete escritoras y críticas peruanas contemporáneas en el que se consideraban tres temas centrales: (1) la recepción crítica de la narrativa producida por mujeres en nuestro país a lo largo de las tres últimas décadas; (2) las estrategias discursivas y narrativas que adoptan al escribir sus textos —el diseño y caracterización de sus personajes, por ejemplo— y, (3) si consideraban que existía una «escritura/narrativa femenina».
La primera pregunta produjo un marcado consenso: la mayor parte de las consultadas coincidieron en señalar la apática e indiferente recepción de aquellos críticos literarios y reseñistas que en el pasado —salvo honrosas excepciones— consideraban esa producción inferior a la de sus pares masculinos. Muchas de las consultadas hicieron referencia al carácter patriarcal de nuestra sociedad que conjuga, entre otros muchos aspectos, los prejuicios, estereotipos y roles tradicionales asignados a las mujeres —principalmente el reproductivo— que impidieron el desarrollo de sus facultades y talento literarios, pero también a las relaciones de poder dentro del campo literario en nuestro medio —que se traslucen, por ejemplo, a través de la construcción de un canon1— y a las políticas adoptadas por las editoriales más importantes con respecto a la producción narrativa de las mujeres escritoras.
¿Pero existe acaso una esencia femenina? Entrar en este terreno pantanoso sobre la discusión de lo esencial, universal o simplemente cultural nos empujaría a dedicarnos varias páginas sobre la revisión del estado de la cuestión. Lo importante es dejar bien en claro que el asunto de la feminidad o no-feminidad en un texto no pasa sólo por lo que cuenta una mujer sino por cómo lo cuenta, por su cuerpo y por los rastros de ese cuerpo que se quedan en el texto (la huella derridiana), por la deconstrucción de un yo literario masculino «enmascarado» como neutral y por las significaciones que surjan de estas confluencias (el subrayado es mío).
Como se podrá deducir, son justamente «el cuerpo y los rastros de ese cuerpo» lo que nos interesa reconocer en la escritura de Silva Santisteban en este breve prólogo: las formas con las que se cuenta el «asunto de la feminidad o no-feminidad» de las cuales pueden encontrarse múltiples ejemplos en los relatos reunidos en este volumen.
—¿Me puedes acariciar el pelo? —le dijo como si se tratase de lo más natural del mundo.
El Espantajo cada vez más nervioso se quiso apartar, pero Galaor se acercó a ambos y se echó tranquilo a los pies de la muchacha. El Espantajo, con las manos algo sudorosas, fue acariciando el pelo de la chica. Lo tenía muy suave, casi imperceptible, era terriblemente agradable hacer eso (el subrayado es mío).
Paradójicamente, desde el momento en que el personaje descubre su capacidad para estremecerse ante la belleza de la niña —un rasgo que él mismo describe como un síntoma «femenino, amanerado, maricón»— llega a pensar que «quizás eso sienta la gente que alguna vez jugó con una madre: él nunca tuvo infancia, del puericultorio pasó a la calle a los siete años, y en la calle se hizo de su fama apenas supo cómo robar para comer». Sin embargo, la sola posibilidad de humanizarse —y, por extensión, «feminizarse», según él— transforma al protagonista en víctima cuando, poco después, es asesinado por un grupo de «cuatro individuos armados con metralletas recortadas y fusiles ligeros» quienes resultan ser cómplices de la niña. Dadas las características de los dos protagonistas al final del relato, podría decirse que se produce una inversión de las tipificaciones convencionales que, en la ideología patriarcal, definen lo «masculino» y lo «femenino»: a pesar de lo que dictan las convenciones de género, el muchacho —violento, desalmado e insensible— es finalmente una presa fácil de los encubrimientos de la aparente «débil, frágil y dulce» niña quien, además, se ha coludido con un grupo de asesinos.
A los muchachos del barrio les fascina ese deporte. Manejan revólveres y pistolas automáticas como si se tratara de juguetes. Además de ser expertos en desarmar carrocerías al instante o de vender hasta lo imposible por unos cuantos ketes, el filón de esta gente es su desquiciante obsesión por las armas de fuego. Los preparan desde chicos, cuando todavía sorbiéndose los mocos cogen con las dos manos alguna Smith and Weston para darle en el aire a un gorrión distraído. Luego, a los once o a los doce, tratan con Lugers automáticas y el primer gran desafío es dispararle en movimiento a una patrulla de caminos. Luego de dejar al policía tirado al borde de la carretera, le roban la moto y el Webley o la Beretta, según se trate de un cabo o de un sargento.
La narradora se apodera de las connotaciones asociadas a la desbordante proliferación de armas presente en el pasaje —armas que operan, además, como evidentes símbolos fálicos— para introducirse —o, si se prefiere— penetrar en el supuesto universo «masculino» del hampa. Silva Santisteban, una vez más, desmonta una convención de larga data en nuestra tradición literaria y revela la impostura de la pretendida «mirada masculina» del mundo, la falacia de aquellos «asuntos» que por mucho tiempo fueron solo prerrogativa de los (escritores) hombres, a la vez que reelabora el relato de López Albújar al incorporar un feminicidio más en él: no solo la hija de Plomo es asesinada por Mostrenko, sino también su esposa ha sido victimizada por el propio sicario a quien contrata para consumar la venganza, Limpiador 3. Con ello, Silva Santisteban intensifica la violencia ejercida sobre las mujeres en su relato a la vez que sugiere que la cosificación de sus cuerpos y su consecuente mutilación obedecen a la necesidad de los hombres de reafirmar su poder no solo sobre ellas sino entre ellos mismos.
«No voy a pensar jamás que esto es una imagen de lo que me está sucediendo», se dijo a sí misma tratando de resistir el agobio que le producía esa sensación de abandono y hastío, esa inmutable expresión de Reiner que ella adivinaba sin voltear: su cara pálida e inexpresiva esperando un movimiento en falso para decir algo intranscendente que lo calmara y exculpara, mientras se acomodaba nerviosamente la corbata.
Estas mujeres solas —presentes en «Mujer sola», «La tumba de Argumosa» o «Efecto visual», por ejemplo— deben hacerse fuertes a pesar de las adversidades: «Quiero dar la imagen de una mujer fuerte, que no piensa demasiado en su cuidado ni en la belleza, ni en las otras banalidades a las que dedican mucho tiempo las otras mujeres» —reflexiona la protagonista del primero—; «Se pasó la mano por la barriga, redonda y dura, estirada la piel a más no poder, y se sintió un tambor. Un tambor de guerra» —la muchacha embarazada del segundo—; «Ella abortará a solas en una posta médica o en una clínica de última. No habrá complicaciones físicas inmediatas, ni posteriores. Todo pasará como una rutina» —la propia narradora reconociéndose a sí misma en una escena del pasado, en el tercer ejemplo. En ellas también, pero de una forma distinta, reconoceremos los «rastros de sus cuerpos» indeleblemente inscritos en la escritura.
Las protagonistas de los relatos de Rocío Silva Santisteban se resisten a someterse a las mezquindades que les ofrece el mundo en el que viven y son, en última instancia, las verdaderas portadoras de la posibilidad de su transformación. Y eso es precisamente lo que ha de perturbar al pasivo lector que espera de la literatura las viejas ofrendas del patriarcado.
Alejandro Susti
1 Hace ya un tiempo, en su texto «La canonicidad» Wendell V. Harris (1998) propuso una serie de acepciones para la palabra «canon». En una de ellas, Harris hace referencia al intercambio de favores, que explica a partir de la idea de que «los escritores han conseguido entrar en el canon del día no solo por el poder de sus obras (‘poder’ podría entenderse como ‘interesante para unos intereses críticos o sociales existentes’) sino también por la aceptación activa de textos o criterios compatibles con sus propios objetivos» (53, el subrayado es mío). Esta acepción es del todo aplicable a lo que sucede en nuestro campo literario.
2 Véase, por ejemplo, el ensayo «¿Basta ser mujer para escribir como mujer?», en R. Silva Santisteban (ed). El combate de los ángeles. Literatura, género, diferencia. Lima: Fondo Editorial PUCP, pp. 111-126.
3 Esta diferencia la hace notar Rigo de Alonso: «(…) el sicario también tiene una deuda que pagarle a Plomo y Plomo viene a cobrársela: “Mira, muchacho, yo te voy a dar la metralla y tú vas a matar a ese hijo de puta de diez tiros, me oyes, de tiros y no se diga más, tú me debes una”, le dice al asesino a sueldo. Y agrega “Tú la dejaste sin madre, ahora tienes que vengarla…”. Es aquí que el “quedarnos sin mujeres” cobra sentido ya que la madre de la adolescente, la mujer de Plomo había mantenido una relación signada por la voluptuosidad sexual con el joven sicario y éste la había matado».
—Para matarlo tienes que emborracharlo primero —aconsejó la vieja mientras se tocaba una pequeña herida en el antebrazo.
—¿Así nomás? —preguntó ella.
—Depende de ti —dijo.
Las dos permanecieron mirándose un largo rato.
—No sé qué tan sensible puedas llegar a ser —esta última acotación la hizo con evidente sorna.
—¿Y cómo lo emborracho?
—¿Cómo?… No sé —contestó restándole importancia a la pregunta, concentrada en rasparse el pellejo de la herida— pero hazlo con pisco, es lo mejor, estoy segura de que es lo mejor… evidente, ¿no?
—Evidente —repitió ella como si se tratara de un eco.
—Después hay que esperar. Esperar que empiece a tambalearse, a chocar contra las paredes, a golpearse… A perder el sentido.
Ella trató de imaginar la escena pero no pudo.
—Pero antes —continuó la vieja— se escoge un cuchillo, ni muy grande ni muy chico. Afilado, por supuesto. Puedes untar el filo con una grasa de animal, de cualquier animal, pero si fuera posible conseguir grasa de tortuga, mucho mejor; resbala con mayor suavidad y así puedes ser más certera con menos fuerza. Ni siquiera necesitas tener buena puntería.
—¿Le meto un golpe al corazón?
—¡Estás loca! No, de ninguna manera.
—¿Entonces? —preguntó ella, desconcertada.
—Primero le tienes que cortar la lengua.
—Pero no se va a dejar —argumentó.
—Tiene que estar absolutamente borracho, ¿te das cuenta? —replicó la vieja bastante inquieta—, si no nada puedes hacer, tienes que emborracharlo bien.
—¿Le saco la lengua y se la corto?
—No —volvió a contradecir la anciana trasluciendo en los ojos un sentimiento de malestar e intolerancia—, debes meter el cuchillo dentro de la boca, así —e hizo un gesto de guerrero tras la presa, levantando el brazo derecho y juntando los dedos de la mano para simbolizar quizás una punta aguda de lanza o de daga cayendo sobre la otra mano que formaba, a su vez, una argolla con todas las falanges de los dedos dobladas sobre la yema del pulgar.
De pronto el cuarto, que tenía una ventana de tres cuerpos, ensombreció. Las paredes encaladas adquirieron un leve tono plomizo y la cara de la muchacha, a contraluz, brilló entre las sombras. La vieja había bajado los ojos hacia la labor —un paisaje de olas en punto de cruz— buscando el dobladillo donde, minutos antes, había colocado la aguja ensartada con hilo escarlata.
—¿Has comprendido? —preguntó levantando los ojos.
La muchacha hizo un pequeño ademán con la cara, bajando ligeramente la barbilla. Parecía que iba a pararse para salir de ese cuarto, del sopor de verano de ese cuarto. Pero no lo hizo. Se quedó inmóvil, con una pregunta en el umbral del pensamiento, una pregunta vital que no se atrevía a hacer, pero que la rondaba como un gallinazo girando en el mismo y pequeño espacio del cielo.
—¿Qué te pasa? —le dijo la anciana.
—¿Me puedo ir? —preguntó con una timidez lastimosa.
—¿Crees que ya lo sabes todo?
—No sé qué decir —le contestó, apretando mandíbula contra mandíbula, tratando de no dejarse vencer por el horror.
—Está bien lo que has dicho, muchacha. Todavía no sabes nada, casi nada… pero eres prudente y la prudencia es una virtud que en estos tiempos debemos estimar. Inclusive más que la bondad, según mi manera de ver las cosas.
—No me interesa la bondad —replicó airosa la muchacha tras la sentencia moral que no venía al caso.
—No sé si sea bueno o malo que a tu edad no te interese la bondad… ni la maldad, porque si no te interesa lo uno, tampoco lo otro, ¿o me equivoco? —aseveró con las palabras masticadas sin levantar los ojos de la aguja sobre el cañamazo. Sin dar resuello para esperar alguna respuesta, siguió inquiriendo:
—Pero me da miedo que lo digas, no sé por qué… en realidad, me huele mal. Sí, me huele mal, es puro instinto, puro instinto, hija —y estas últimas palabras las alargó como si fueran la última línea de la última estrofa de una canción o de un bolero.
—¿Ahí termina el asunto? —ella estaba afectada, su pregunta se escuchó casi jadeante, impaciente.
—No —le susurró, y el polvillo del ambiente adquirió forma bajo un haz de luz. Alzó la voz:
—Después de la lengua debes cortarle la cabeza.
—Pero… ¿con la lengua no basta? —la chica estaba aún más nerviosa.
—No basta, no basta, es necesario que la cabeza sea zafada de un solo corte, con hacha.
—¡¡¿Pero por qué?!! —eso fue un grito.
—Porque por la cabeza se desangra —fue la respuesta más rotunda de la tarde.
La mujer joven se dejó vencer por el peso del paisaje: el muelle entrando al mar como una barreta en un cuerpo convulsionado, las olas destrozando y pulverizando los cientos, los miles de fragmentos de conchitas, erizos y cangrejos, el sol en pleno centro del cielo, totalmente limpio, sin nada que distraiga la mirada de ese punto.
Volteó los ojos, pero al girarlos hacia la oscuridad del cuarto se fue perdiendo la esencia de la forma de las cosas; enceguecida por la luminosidad de la ventana, no pudo ver la silla ni a la vieja ni a sus manos de una piel parecida a la tela, ni a la tela cruzada por hilos rojos.
—Está bien, señora —terminó cortando el incómodo silencio.
—¿Te vas? —preguntó la vieja, un poco alterada.
—Sí, creo que es hora.
—Bueno… —fue la única y lacónica respuesta.
Cuando estuvieron ambas en el umbral, la vieja puso en las manos de la muchacha un objeto envuelto en papel periódico. Le dijo:
—Que todo salga bien —y casi sin quererlo o diciéndolo un tanto avergonzada, aumentó al final y entre dientes—: felices fiestas.
—Gracias, lo mismo para usted —contestó.
Ella se fue alejando hacia la parte alta del pueblo, bajo una sombra estrecha que a veces la cubría y a veces la descubría. Llevaba una falda de algodón y el pelo cetrino sobre los hombros morenos. Los pescadores, al verla pasar, hacían comentarios en voz baja y sonreían mostrando las encías.
Casi al voltear la tercera cuadra volvió la cara hacia la playa esperando encontrar la silueta de la anciana. Pero el sol de las tres de la tarde la deslumbró y solo llegó a escuchar tres palabras desde lejos: «No tengas miedo».
La primera noche que llegué a este lugar soñé con Val. Era un sueño agradable y difuso que no recuerdo por entero. Al despertar sentí un malestar, pero todo no dejó de ser apenas un sabor imperceptible al mirarme en el espejo. Nunca volví a pensar en él más que como una presencia lejana y neutra.
Ahora, luego de todos estos días de encierro, luego de todas las conversaciones, las miradas —generalmente mías—, después de las coincidencias, los encuentros y reencuentros, se desata dentro de mí algo que no logro explicar: como una trenza o un nudo que soportaba perfectamente cada milímetro de un muro de contención. Un delicado muro que mantenía mi vida en orden. A todo lo que siento no sé si llamarlo dolor o sosiego o deseo. Aunque no es nada de esto, no, sin duda. Es solo algo que me perturba.
Pero una mujer de cierta edad debe mantener las formas. Y además Val, allá en nuestro país, ha dejado una novia a quien recuerda en muchas de las pausas de nuestras conversaciones.
Yo lo miro: a contraluz su pelo se va tiñendo de unos extraños tonos azules que languidecen. Si bien no posee ese color pálido de los hombres como él, sus manos largas y frías, y su boca marrón lo sostienen en el delicado límite entre lo extraordinario y lo corriente.
Pero cuando habla de su novia adquiere un tono tan distante.
Así que debo comportarme como una dama.
Ese fue uno de los primeros temas de nuestras conversaciones: el amor de las mujeres mayores con los chicos menores. Pero él no miraba, y yo nunca pronuncié palabra alguna al respecto. Los otros giraban el tema como se gira un vaso de cerveza en una cantina barata, casi sin sentir que se está manoseando una cosa transparente.
Dicen que ahora solo nos queda conformarnos con mirar. Y aunque me parecía una amenaza al principio, hoy es mi único deseo. Mirar: recorrer las líneas de los otros con el estricto sentido del secreto.
Si yo pudiera decir tan solo una palabra que fuera cierta.
—Si yo pudiera decir tan solo una palabra que fuera cierta diría: me perturbas.
Estas fueron las palabras que permanecieron suspendidas alrededor de la habitación.
Pero este no es un diálogo de amor, nadie dice estas cosas. Es inútil tratar de mantener unas pocas líneas aparentes. Las conversaciones de los amantes generalmente son monosilábicas, y entre otras cosas las palabras más repetidas son: ¿ah?, ¿qué dices?, ¿qué?, ¿ah?, no escuche, ¿qué?… Todo el resto son situaciones falsas, descritas solo por quienes nunca vivieron hasta hacerse daño, descritas para crear un ambiente rosado y macilento.
El olor del esperma.
Yo buscaba un olor denso, él se entretenía con un par de monedas en las manos, volteándolas, frotándolas. Cuando me devolvió las monedas se pegaron a mi cuerpo. En el bolsillo del pantalón: las monedas calientes.
Mirar de un lado a otro al mismo nivel del tablero y luego perderme en una ligera, muy ligera insinuación de sonrisa. Parece estar alegre, hace un gesto con la cabeza y todo el pelo le cae hacia la cara en cada punto que se anota.
Ayer estuvo muy mal, me comentó la ansiedad que le producen los encierros prolongados, aun cuando se trate de estos encuentros. Yo no supe qué decir, solo mirarle a los ojos: sus pupilas creciendo, dilatándose a medida que las luces de la calle se apagaban. Y luego, sorber un poco de agua y sentir la humedad en mis labios ante su indiferencia… la humedad como un castigo que me impone la edad.
Ahora él descansa a un lado del tablero verde. Otros chicos han cogido las raquetas y continúan matando el tiempo.
Matar el tiempo… si pudiera…
Junto a la pared, Val levanta la barbilla y yo siento que está posando para mí, siento que cada gesto de los hombros, que cada giro de los ojos, que cada exacta posición del cabello es como un guiño. Pero no es cierto, no es cierto. Es mi imaginación asida a cualquier símbolo insignificante, es lo que pretendo y no pretendo, lo que busco y no busco.
Al mismo tiempo que yo recuesto mi espalda en la pared, él se incorpora. Todo este juego fuera del tablero es como una máquina perfecta evitando que alguna vez nos encontremos.
Ha dejado ambas manos sobre los muslos, en contraste con el pantalón negro sus manos relumbran. Yo, desde el otro lado del salón, no puedo contenerme.
Aprieto los dientes superiores contra la parte de adentro de mi labio inferior, primero con precisión y luego con fuerza. Quisiera cortarme. No puedo contenerme. Repito el mordisco. Sobre la boca he colocado la palma abierta de mi mano, creo que así nadie lo notará. Y lo vuelvo a hacer. Con tanta fuerza.
He logrado herirme, siento el sabor de la sangre y junto a las comisuras de la boca un hilo caliente.
Desde el otro lado, a unos quince metros o más, Val me mira. Ha encogido los ojos, los aprieta como cuando una pantera calcula el grado de dificultad que le presenta una presa.
Pero no me mira, sus ojos están suspendidos. Están vacíos. Luego voltea los ojos y baja los párpados, suavemente. Quizás ha logrado vislumbrar el hilo rojo que ahora me pende del mentón. Limpio la sangre con la yema de los dedos, me paro y salgo hacia el patio del hotel: la noche me golpea la cara.
Entre el hotel y el pueblo solo se podían recorrer dos caminos. Uno corto y enlodado, y otro largo, junto a una carretera que nadie transita. No estaba sola. Algunos otros quisieron huir también y me abrazaban, me deslizaban sus brazos sobre el abrigo. Yo me dejaba.
Las estrellas se podían observar con claridad desde el descampado, el frío de la noche atravesaba nuestros cuerpos sin rozarnos siquiera. Y el sendero corto, el que conducía hacia el bar del pueblo, apenas se podía adivinar entre los surcos del sembrío. Pero todos adivinaban. Todos andaban. Hasta los que no querían ir, iban. Yo imaginaba un vaso largo, muy largo y frío, con algunos hielos golpeando el cristal y provocando un ruido agradable. Un vaso con Jack Daniels y 7Up. Y mucho hielo. La lengua se me ponía salivosa al imaginar el vaso largo: quería beber, embriagarme, perder la memoria, perder los estribos, levantar el vaso y brindar a la salud… a la salud de lo que más nos enferma.
Atrás, las banderas de tantos países se movían levemente. Y una reja de fierro se cerraba dejando un eco sordo y distante.
Pero eso era atrás, atrás…
«Una extraña fuerza hay en mí/ya no sé ni distinguir/la diferencia entre el bien y el mal…». Solo la música justifica tanto movimiento y tanta fealdad, los rostros se transforman y algunos, aparentemente amables, toman otros matices: los ojos torcidos, los labios entumecidos y las fosas nasales abriéndose y cerrándose, como rostros de enanos, esperando una contorsión. Si no hubiera música toda esta escena sería ridícula. Pero la hay, la hay. Y la música me golpea: «una extraña fuerza hay en mí…».
Alguien me saca a bailar y yo me adueño de mi cuerpo, me convierto en la enana de rostro lleno de trucos, mis propias fosas nasales se abren y se cierran, muevo las caderas, las hago girar en círculos teniendo como eje la línea de una loseta. Y cierro los ojos, entreabro los labios y me vuelvo mucho más fea pero mucho más sexual.
Y el que me ha sacado a bailar, contagiado por la máscara y frenético, realiza unas extrañas contorsiones, salta sobre sí mismo infinidad de veces sin seguir el ritmo de la música. Esto ya es absurdo. Me deja casi parada y corre dando saltitos por el pasillo que nos ha abierto el dueño del bar para que los extranjeros bailemos. El tipo masculla la canción, mientras tanto veo sus ojos cerrados detrás de sus lentes. Y salta y salta y salta. Es asqueroso. «Asqueroso», susurro al mismo tiempo que me llevo a la boca lo último que quedaba en la botella del bourbon. Dejó bailando solo al tipo pero ni siquiera se da cuenta. Me siento sobre uno de los bancos de la barra y coloco, delicadamente, los tacos de mis zapatos en las varas de acero que hay al ras del suelo del bar. Tragó el residuo de bourbon y cierro los ojos.
Val ha llegado. Todos llegan al final de la noche. Estoy reposada y ya dejó de darme vueltas el anaquel con las botellas de colores. Él se acerca, con su cuerpo largo y delgado hacia el lado de la barra, entona una voz extraña y pide coca cola.
Lo miro, miro sin prisa su cuerpo siempre sin gota de alcohol, sus manos livianas, su aliento transparente. Del bolsillo de la camisa saca un papel platina: una tira de pastillas rosadas. Luego se lleva dos hacia los labios y las traga haciendo ruidos con la garganta. Lo miro, me mira. Me guiña un ojo y me susurra muy bajo, casi deletreando, el nombre de los ansiolíticos.
Lo he visto bailar con varias mujeres, he visto cómo juegan con su pelo ensortijado, cómo se aprietan hacia su pelvis, cómo deslizan los dedos regordetes sobre sus hombros. He vuelto a apretar los dientes contra los labios, pero ya con cierto cansancio. Me he aburrido viendo toda esa performance y la canción ha dejado, por hartazgo, de pertenecerme.
Con desidia, me abro paso hacia la zona reservada para los juegos de mesa; no me interesa ninguno, ni siquiera he fijado la mirada en las diversas posibilidades de los pímbols o en las luminosas estridencias de las máquinas tragamonedas. Me dirijo, mecánicamente, hacia el bull del tiro al blanco. Agarro, con exacta precisión, uno de los dardos rojos, entrecierro los ojos buscando la hermosa figura de Val contra la barra resplandeciente y, con todo el rencor que pueda tener una mujer en esas circunstancias, se lo lanzo. El dardo llega hasta el antebrazo del muchacho y él voltea buscando al enemigo.
Yo sonrío de lejos.
Él se acerca a grandes zancadas, me mira de frente sin pronunciar palabra alguna. Sé que me odia.
Luego regresa al mismo lugar de la barra, pero esta vez solo. De lejos puedo distinguir, entre el humo denso de los cigarrillos, la mancha de sangre en la camisa.
Pero no me arrepiento de nada, aunque quisiera limpiar esa sangre con mis propias manos.
La luna es roja a esa hora de la noche. El camino de regreso al hotel recobra, bajo las tinieblas, la apariencia fantasmal de las mañanas, y mientras caminamos, un aire helado va dejando sus trastornos, primero en nuestros huesos, luego en nuestras caras.
Algunos muchachos se aprietan unos contra otros, intentando evitar la helada. Pero es imposible. Todo es casi imposible. Camino callada, con las manos enguantadas dentro de los bolsillos del abrigo, sorteando las pocas piedras y la boñiga del campo. De pronto, alguien desliza su brazo dentro del ángulo de mis codos y me susurra al oído: «Anda un poco más despacio, que nos rezaguen los otros…». Sé que es Val. No veo su cara pero sé que es él. Y le obedezco.
Cuando todos nos han adelantado, Val me enseña el dardo, aún con una pequeña costra en la punta. Y me ordena que pare. «Hazte una herida», me dice mientras me tiene asida con los dos brazos.
Me saco los guantes y le enseño las pulcras palmas de mis manos, luego, con el mismo dardo, me rasgo la piel del dorso. Con fuerza rasgo aún más. No me duele. No siento nada. He dejado de ser una dama.
Cuando la sangre empieza a correr, él me alcanza hacia la boca la costra de su antebrazo. La beso. La beso. La desgarro. Me duele besarla. Pero la beso. He rasgado de tanto frotar esa costra y su sangre se mezcla con mi saliva en esa extraña provocación. La luna roja se esparce entre las oscuras nubes que se quiebran en dos. Val junta su antebrazo al dorso de mi mano y nuestras sangres se mezclan. El haz de luz de un auto que pasa por la carretera le ilumina brevemente los ojos y yo, sobre ese azul, logro distinguir un brillo acuoso. Entonces estrecho mi pelvis contra su pelvis, mi pecho contra el suyo, mi boca contra su cuello, el dorso de mi mano contra su antebrazo adolorido.
En la puerta de la casa, ella se levantó sobre las puntas de sus pies, le rodeó con los brazos el cuello y lo besó. La mañana cargada se diluía entre sonidos intrascendentes.
Él entonces le sonrió y le dijo: «Te llamo», y ella también sonrió, sin ganas. Lo miraba con ternura repitiendo el ritual de las mujeres que, a la mañana siguiente, se quedan solas.
«Te llamo», esas fueron las dos tontas palabras que la acompañaron durante el resto del día, al comprar el pan, el periódico, al revolver el café, al prender el equipo, al fumar el cigarrillo.
Una música que se expandía por toda la casa le golpeó el pecho a traición: «La ilusión eterna / de que te vas / y te vas / repitiendo…». Su cabeza se volvió a llenar de imágenes como si fuera una moviola eternamente prendida. Recordó la noche anterior, la luz entrando a través de las persianas, los cuerpos, su cuerpo, el sopor.
Se llevó ambas manos a los ojos.
¿Y qué era eso?, se dijo, ¿qué era eso sino lanzarse a la búsqueda de compartir la soledad con quien sea?, ¿acaso le gustaba?, ¿acaso no cerró los ojos una y mil veces para no ver los otros ojos, para que todo sea solo una sombra sobre la sombra de su propio cuerpo?
Allí estaban las flores marchitas, la botella de vino vacía y las tontas dos palabras sobre la cabeza repitiendo te llamo, te llamo, te llamo.
Prendió el televisor. Pero fue inútil no querer sentir lo que ella necesitaba. Debajo de las piernas, ella necesitaba.
El comentarista del programa deportivo le rompió la paciencia.
Mierda. Apagó todo.
Y quiso apagar también ese vacío.
Pero la música seguía allí, de nuevo sonando machaconamente sobre su frágil lucidez «y te vas / y te vas… dividiendo / hasta quebrar tu cuerpo…».
Era domingo por la mañana y no había nada de sol. Muy despacio, casi sin pensarlo, intentó recuperar los momentos de las primeras veces con otros hombres y comparar: cómo había sucedido todo lo de anoche, cómo ella se había dejado besar sin ganas, cómo había compartido con el remordimiento de lo leve unos cuantos gemidos de placer.
Un poco de ternura, solo un poco de ternura. Eso hubiera querido.
De ahora en adelante la rutina de siempre, el trabajo, las caminatas por la playa, la visita de los sobrinos, el cine a solas, los lonchecitos con la madre. La puta soledad.
Domingo a mediodía. No podía hacer otra cosa: abrir una lata de atún y regar las plantas, leerse por lo menos tres periódicos y sus respectivos suplementos dominicales y hacer una llamada a alguna amiga para contarle sobre su cita de ayer, para reprimirse y solo decir: «un tipo apetecible». Y así dar por terminado el asunto de anoche.
Eso era lo que necesitaba en ese instante: dar por terminado el asunto de anoche.
Recogió la mesa. Se puso un pañuelo sobre la cabeza para limpiar los muebles y encerar por encima la sala. Quizás sacudir la biblioteca.
Empezó a revisar unas revistas viejas, papeles escritos hacía años, cartas por las cuales ahora sentía vergüenza.
