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¿Puede acaso un ser mágico, cuya existencia es eterna, llegar a comprender lo que la muerte significa para los mortales? ¿Qué sucede en un reino condenado a un invierno eterno? ¿Se puede ser feliz viviendo siempre en primavera? ¿Qué futuro podría tener un reino sin niños? Nuevos pimpollos serán el presagio de una nueva aventura que obligará a Rosalila a conectarse consigo misma de una manera totalmente distinta, pues la amenaza latente tiene aspecto de venganza, de la que no podrá salir victoriosa en soledad.
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Seitenzahl: 240
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Corrección literaria: Carola Frank
Sosa, Ángel Gabriel
El quinto conjuro : los tronos y las coronas / Ángel Gabriel Sosa. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.
218 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-708-870-0
1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Novelas Fantásticas. I. Título.
CDD A863.9283
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Sosa, Ángel Gabriel
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Este libro está dedicado a Norma, mi mamá.
Quien me admira, pero fundamentalmente a quien admiro.
A veces no se necesita magia para hechizar con palabras.
Nota de Autor
Cuando me lancé a la aventura de escribir esta historia, creí tener en claro lo que le sucedería a cada personaje mientras atravesaba las diferentes etapas de la vida, de libro en libro, pero, con el correr de cada edición, fui descubriendo que todos ellos tenían vuelo propio y en más de una ocasión me vi obligado a cambiar mi propuesta original, porque los protagonistas ya no eran los mismos del principio, habían cambiado, evolucionado… en definitiva, habían crecido.
Si bien hoy, de alguna manera, todo lo planeado quedó plasmado en cada página de los cinco tomos que componen esta saga, les confieso que, como autor, se vuelve muy difícil saber que tanto héroes como villanos ya no tendrán la oportunidad de decir o hacer nada más…
Todos ellos convivieron conmigo durante años y ahora forman parte de un lugar de privilegio: la imaginación de los lectores, que le dieron voz y rostro a cada uno, por lo que asumo que ya no son sólo mis criaturas, sino que son parte de todos los que fuimos creciendo junto a ellos.
Hoy se termina una etapa, llegó el final de esta historia, que por más que haya ocurrido en el terreno de la fantasía, espero que muchos se hayan podido sentir identificados en más de una ocasión, porque, como expresé en el primer libro, mi objetivo siempre fue llevarles personajes vulnerables, con sus miedos y fortalezas, sus luces y sombras, que a veces son protagonistas y otras testigos de lo que se narra, pero que siempre reflejan cuán amplia y, por momentos contradictoria, es la condición humana.
Hasta siempre.
Gracias...
A Carola, Candela y Franco:
Mis fuentes de inspiración.
A todos los colegios que leyeron mis libros en clase
y me invitaron a visitarlos:
Esos encuentros son pura magia.
A los lectores que siguieron y estuvieron atentos a cada publicación de un nuevo tomo de la Saga:
Gracias por sumarse a esta mágica aventura.
Gracias por creer en la magia.
Gracias a mis padres por las alas
y por dejarme volar.
Capítulo 1
Día gris
Perdido en medio de interminables praderas de verdes pastizales yacía un reino amurallado, cuyos días eran siempre perfectos y soleados, pues la primavera reinaba eternamente. El aroma y el color de las innumerables flores estaban presentes en cada rincón de la comarca, sus habitantes vivían tranquilos sabiendo que allí nada malo podría pasarles. La vida era serena, el sol siempre brillaba.
Aunque el último invierno había sido hacía algunos años, muchos ya lo habían olvidado, los hermosos días de cielo absolutamente celeste eran tan preciosos que cualquier vestigio del invierno quedaba como un recuerdo vago y lejano y hasta prácticamente exclusivo de los más memoriosos. Es que la primavera había llegado para instalarse eternamente, cumpliendo el deseo de la princesa heredera, asegurándole a su pueblo sólo hermosos días, uno tras otro. Pero, sin duda, las dos nubes grises que habían aparecido sobre el firmamento esa mañana presagiaban que ese día sería un día diferente…
Las banderas y estandartes estaban a media asta, las flores habían cobrado un singular protagonismo que hacía mucho tiempo no tenían: ahora formaban ramilletes, a modo de ofrenda floral, que eran llevados por todos, absolutamente todos los habitantes del reino, para rendir homenaje al joven y valiente difunto al que iban a despedir con todos los honores de un funeral de Estado.
De a poco, el cielo se fue cubriendo de más y más nubes en todos los tonos de gris posible, a tal punto, que el sol se había convertido en apenas un pequeño astro difuso suspendido en una espesa atmósfera luctuosa. En tanto, en la tierra, la masa humana de peregrinos marchaba lenta pero firmemente hacia la explanada del palacio para dejar allí sus ofrendas florales al héroe caído.
Todo era gris, el cielo estaba gris, la gente vestía de colores oscuros y opacos, incluso el color de los pétalos de esas flores parecía más grácil… Aquel día, definitivamente, había sido un día gris.
Es que la muerte es algo inexplicable, aunque sea lo único certero en la vida; todos avanzamos día a día irremediablemente hacia ella, es sólo una cuestión de tiempo; sin embargo, hay una cosa que resulta por demás inconcebible y es cuando ésta sucede de forma prematura, cuando nadie se la espera… La muerte y la juventud parecen ser incompatibles, será por eso que cuando se encuentran nadie concibe razones y no hay explicación que alcance y, si es algo difícil de entender para quienes algún día morirán y finalmente sabrán de qué se trata, ¿cuánto más difícil puede ser comprenderlo para alguien inmortal, alguien que jamás la enfrentará pero que tendrá la maldición de ver partir a todos a su alrededor?
La princesa de aquel reino no tenía consuelo y, a pesar de considerarse a sí misma una mujer fuerte y valiente, no tenía las agallas de encabezar el rito funerario y prefirió quedarse sola en sus aposentos, pues no soportaba la idea de ver a su amigo dentro de un féretro, prefería recordarlo dormido, como parecía estar cuando yacía muerto en sus brazos; estaba convencida de que esa debía ser la última imagen que recordara de él; estaba decidida a no bajar al funeral, que por cierto para ella era un ritual sin sentido, ya que el hombre del que pretendían despedirse no estaba allí, no era él, su cuerpo no era más que una cáscara. Él era sonrisas, miradas al cielo, era ojos enormes llenos de brillo, era cabellos alborotados cuyos dedos se esforzaban en vano en ordenarlos a cada rato, era manos fuertes que nunca dejaban de moverse mientras hablaba, era vigor, era energía, sin todo eso era imposible pensar que ese cuerpo quieto fuera de él; él era definitivamente movimiento, debía ser más atinado buscarlo en el viento que en ese cajón. ¡Eso era! ¡Era viento! Era una suave brisa que acaricia, era un huracán lleno de vida.
Pero el viento de ese día apenas alcanzaba para amontonar cada vez más y más nubes en el cielo. Para los niños, era la primera vez que veían esos tonos tan tristes en los hasta ahora impolutos blancos algodones suspendidos en la altura. Siempre habían sido blancos, sin embargo, ahora se podía decir que había algunos nubarrones tan oscuros que casi alcanzaban el fúnebre color negro.
A pesar de que el día recién comenzaba, era la noche quien parecía reinar en el cuarto de la princesa cuando la puerta de la habitación se entreabrió, dejando entrar apenas unos hilos de luz que rompieron la oscuridad absoluta en la que estaba sumergida Rosalila. Ella creyó que se trataba de sus padres, quienes vendrían a consolarla o a insistirle con que bajara o simplemente a estar con ella, pero no, ninguno allí se presentó, la puerta solamente se entreabrió, no había nadie del otro lado, quizá había sido por obra del viento.
¿El viento? ¿Rencillo?
Sólo esa remota e inverosímil posibilidad podía quitar a Rosalila de la angustia de su alcoba y así sucedió: se puso de pie y cautelosamente se dirigió hacia la puerta, desató una cinta color turquesa que sujetaba un mechón de su cabello y la arrojó sobre la delgada línea de luz que se proyectaba en el suelo; luego se quedó observando por un instante, como quien espera con ansias un resultado.
Un momento después, el lazo seguía en el suelo y la luz apenas dejaba ver su color, los ojos de Rosalila dejaron de estar clavados en ese único espacio iluminado y su mirada se dirigió nuevamente hacia la oscuridad absoluta, con clara intención de volver a su letargo melancólico.
Ya recostada en su lecho, otra brisa suave se hizo presente y la puerta se entreabrió un par de centímetros más, dejando tenuemente iluminada la habitación. Rosalila se percató de la nueva claridad, pero no se movió de su lugar, apenas dirigió su mirada hacia la puerta con cierto desgano y pesimismo, entonces pudo observar cómo el lazo ahora estaba completamente iluminado y el viento lo hacía flamear, provocando un suave movimiento serpenteante que, si bien no lograba despegarlo del piso, sí había conseguido captar la atención de la joven.
Mientras tanto, en la explanada principal del palacio, la multitud circulaba sigilosamente alrededor del féretro, sumergida en el más respetuoso silencio que sólo se rompía de a ratos por el llanto de Raquel, quien de repente estallaba en lágrimas y luego callaba súbitamente como si se esforzara por mantener la compostura. Todos la veían de pie junto a su hijo, sostenida por el fuerte brazo de su antiguo amor y padre del muchacho, todos los veían derramar lágrimas y lágrimas expresando el más profundo dolor que un ser humano puede sentir: el del alma. Todos los observaban en silencio, porque no había palabras para consolar a aquellos padres ante una pérdida que sólo se podía catalogar como antinatural.
En la alcoba de Rosalila el panorama era igual de silencioso hasta que, de repente, la puerta se abrió de par en par por una fuerte brisa que hizo volar sábanas, cortinados y, por supuesto, el lazo turquesa de la princesa.
Ella se incorporó de inmediato y sorteando los papeles de su escritorio que ahora estaban desparramados en el piso, se concentró en esa cinta que hacía continuos remolinos en el aire y levitaba en forma de tirabuzón.
El movimiento de ese lazo había provocado que los ojos de Rosalila se llenaran de luz y brillaran en medio de la tenue penumbra. Entonces, el viento, o la fuerza que lo suspendía, lo hizo volar hacia afuera de la habitación invitando a la princesa a seguirlo por las galerías de los pisos superiores del palacio. Y así, como una víbora reptando en el aire, la delicada cinta ahora avanzaba velozmente y al llegar a alguna esquina giraba decidida hacia el lado que la condujera al punto indicado.
A la joven poco le importó a dónde la llevara ese hálito que hacía volar el lazo, lo siguió con total determinación, sólo dejó de clavar sus ojos en la cinta por un instante cuando pasó por el área de balcones que daban a la explanada, desde donde se podía ver a la multitud quieta y silenciosa. Entonces se detuvo, observó por un instante y se percató casi mirando de reojo de que la cinta también había dejado de avanzar quedando suspendida en el aire, como esperándola, o como permitiéndole un momento de respetuosa observación de aquel panorama impensado. Sólo un instante duró esa pausa en su marcha incierta, pero bastó para dejar plasmado en sus retinas ese cuadro tan doloroso que constituye un funeral.
Pasado el lapsus, siguió camino tras la cinta y ésta se detuvo frente a las enormes puertas del salón del trono Real. Súbitamente dejó de flotar y cayó al suelo, como si ya no soplara absolutamente nada de aire. La princesa abrió una de las pesadas puertas y allí dentro corría un fuerte viento helado que succionó la cinta haciéndola volar con fuerza hacia el interior del gran salón. Rosalila entró y cerró la puerta tras de sí, era como estar dentro de una cueva de hielo, puesto que los espejos que rodeaban el salón daban esa sensación.
Ese era el lugar donde alguna vez había bailado el vals con Rencillo. ¡Cuánto daría por estar bailando nuevamente con él!
¿Por qué la cinta o el viento la habían traído allí?
¿Por qué ese frío inexplicable en esa sala?
¿Qué se suponía que debía hacer ahí?
Luego de un buen rato, y ya tiritando de frío, la princesa se dispuso a retirarse con total desilusión, pero al intentar abrir la puerta se encontró con que estaba cerrada. Empujó con fuerza varias veces, incluso se puso a golpear fuertemente para que la escucharan desde afuera, pero era inútil. La puerta no cedía y nadie parecía escucharla del otro lado. Aun así, continuó insistiendo a punto tal que ya no sentía frío, más bien comenzó a sentirse acalorada por el esfuerzo.
Cuando se dispuso a descansar, notó que efectivamente ya no hacía frío sino un verdadero calor sofocante. Tanto era el calor repentino que los espejos se empañaron y, para su sorpresa, observó que en cada uno de ellos podían leerse mensajes como escritos con el dedo. Mensajes dirigidos a la princesa. ¿Mensajes de Rencillo?
“¡Ayuda!” “Ven por mí” “Estoy aquí”
“Aún no me he ido”
“Ayúdame a volver” “¡Todavía estoy aquí!”
Ella miraba una y otra vez todos los espejos, leía y releía cada mensaje a su alrededor y hasta pudo reconocer la letra de su inseparable amigo, quien no sólo le transmitía que la necesitaba: se lo estaba pidiendo a gritos.
La princesa desbordaba de emoción, de pronto se había dibujado en su rostro una sonrisa de oreja a oreja y el entusiasmo y frenesí habían invadido todo su cuerpo, de tal modo que de un tirón pudo abrir las dos puertas del salón de par en par y se dirigió corriendo a la torre de Rilar, mientras reía entusiasmada.
Muchos la vieron correr, muchos la vieron reír y no podían comprender de ninguna manera su reacción, siendo que todos volvían del entierro, siendo que era un espantoso día gris para todos…
Sí, era un día espantosamente gris para todos, excepto para ella, que entre los nubarrones había podido divisar los rayos del sol que ya iluminaban su rostro y la llenaban de esperanza.
Sin dudas, después de un día gris, la luz del sol se aprecia mucho más.
Capítulo 2
El cuerpo
Nadie debía faltar al funeral del héroe caído y prácticamente nadie lo había hecho, sin embargo, en las periferias del pueblo donde se habían instalado las casas de los nuevos habitantes, hubo ciertos movimientos que llamaron la atención de algunos guardias, quienes debieron alejarse del cortejo para recorrer aquellas callejuelas zigzagueantes, angostas y laberínticas que muchas veces terminaban abruptamente en callejones sin salida.
Era fácil perderse entre esas nuevas construcciones y las sombras que se proyectaban de casa en casa, de paredón en paredón, hacían de esos pasadizos auténticas bocas de lobo, donde no se veía absolutamente nada, sobre todo durante ese día tan gris y asombrosamente nublado. La presencia de los guardias Reales con sus faroles había provocado que aquellos movimientos mutaran de corridas a sigilosos desplazamientos y susurros, sospechosos susurros entre quienes habían decidido no asistir al funeral.
—¿Te han visto?
—No, creo que no.
Cuchicheaban dos de esas sombras que habían logrado poner en alerta a los guardias.
—Mejor así, esta noche debemos tener todo preparado para dar el golpe mañana a primera hora.
—Al fin llegó el día de quitarlo de ahí.
—¡Cuidado! —alertó el primero, al ver el resplandor de un farol.
Los dos hombres se separaron y continuaron su escabullida en diferentes direcciones, pero la luz del farol siguió de largo, ya que en otro sector había movimientos aún más extraños, no sólo en las calles sino también sobre los tejados. Había que estar alertas, en cualquier dirección había sombras sospechosas, cada vez más guardias se sumaban a la requisa, por lo tanto, cada vez había más faroles y más luz para disipar esa oscuridad tan peculiar para esas horas de la tarde. Los guardias Reales también debían ser sigilosos para no alterar la silenciosa peregrinación del resto de los habitantes rumbo a la explanada del palacio.
Entre esas calles era fácil perderse y era fácil marearse, ya que el movimiento de los faroles provocaba luces y sombras de lo más extrañas y tenebrosas y, entre esos claroscuros constantes y corridas a ninguna parte, un par de soldados Ruperto repararon en la figura de un hombre joven, que vestía capa y capucha. Dedujeron que era joven por su agilidad y la velocidad de sus movimientos, parecía tener las pupilas acostumbradas a la oscuridad, ya que la precisión con que se desplazaba en esos pasadizos angostos repletos de obstáculos era asombrosa: los dos guardias pateaban macetas, se llevaban por delante canteros y tropezaban con cuanto desnivel hubiera en el suelo, pero ese hombre con capa negra, o que al menos semejaba ser tan negra como las sombras del lugar, corría tan deprisa y de modo tan escurridizo que alcanzarlo parecía imposible, hasta que, de repente, dobló en una calle sin salida y los soldados, al verlo acorralado contra la pared, le dieron la voz de alto. El hombre se quedó inmediatamente inmóvil, dándoles la espalda y, ante la exigencia de que extendiera sus brazos y se volteara, éste obedeció la primera orden, atinó a mirarlos de reojo por un instante y, cuando parecía que se encaminaba a acatar la segunda, desde el techo de ese paredón cayó una soga de la que el misterioso hombre se sujetó fuertemente para ser impulsado de un tirón hacia arriba, con la fuerza y la velocidad que sólo pueden proporcionar muchos otros hombres tirando a la vez. Los dos guardias quedaron atónitos ante esta situación, pero más perplejo quedó uno de ellos que, tras verlo desaparecer en las alturas, le señaló al otro:
—¿Has visto el brillo de sus ojos?
Ninguno encontraba explicación para estas persecuciones que ocurrían simultáneamente con el desarrollo del funeral, los guardias se mantuvieron alertas durante el resto del día sin llegar a terminar de dilucidar qué era lo que en verdad estaba pasando.
Mientras tanto, en la oscuridad del bosque del reino, tres despiadadas brujas se instalaban en la casa de la vieja lechuza, luego de haber sobrevivido a la destrucción de la torre del viejo Ruin en El Otro Reino.
Concluidas las exequias al joven Rencillo, el féretro fue trasladado hasta su última morada. Debido a la creciente población, se había decidido instalar el cementerio murallas afuera, lindante con la Puerta Sur. Y hasta allí llegó el triste cortejo para la sepultura.
Una vez concluido el entierro, todos volvieron cabizbajos a sus casas, murallas adentro. La noche daba por concluido el día más triste en la historia del reino.
Sin embargo, al parecer, a esa tumba recién cavada no la dejarían en paz: Rancia, Rapaz y Rapiña se dirigieron al cementerio del reino para intentar acceder al sepulcro del difunto. Al llegar notaron que aún había guardias en los alrededores de ese montón de lápidas, por lo que las brujas curiosas transmutaron en aves y se acercaron cautelosamente entre los pastizales, a una distancia prudente y lograron ver que los guardias estaban ahí porque junto a la tumba de Rencillo aún se encontraba su madre llorando de rodillas. En los ojos del águila Rapaz se podía vislumbrar el disfrute de la bruja ante esa escena tan desgarradora, pues se recordaba a sí misma, el día del juicio en el que le había anunciado a Raquel que sería madre de ese muchacho que hoy estaba despidiendo con el más profundo dolor. ¡Cuánta satisfacción para esa bruja el ser testigo de esos dos momentos tan cruciales en la vida de una madre!
Las horas pasaban y Raquel no se movía de ahí, estaba escoltada por su ex esposo, quien se había mantenido en permanente alerta ante posibles flaquezas de la mujer. Luego del multitudinario funeral, los padres de Rencillo necesitaban este momento íntimo de duelo: ellos y su hijo, bajo la luz de la luna.
—Si tan solo… si tan solo lo hubiera retenido… —se lamentaba entre sollozos aquella madre acongojada que sentía culpa por haber permitido que Rencillo partiera hacia El Otro Reino, como si hubiera sido posible detenerlo—. Él vino a mí —sollozaba—. Vino a buscar respuestas, vino por contención materna y yo no supe dársela… No supe. ¡No pude!
Al padre del difunto le costaba contener el tormento que sufría Raquel por aquello que desde siempre había temido.
Para Renzo, lo ocurrido había sido algo totalmente inesperado: aunque supiera más que nadie de los riesgos que corría su hijo como Caballero de la Corte Real, lo cierto era que no estaban en tiempos de guerra ni se había producido por aquellos días ningún enfrentamiento armado con ejércitos enemigos. Tampoco Rencillo había tomado parte en alguna misión que pudiera poner en riesgo su vida. Era claro que el padre del joven sólo podía medir el peligro de esa manera, de hecho, ni siquiera comprendía la existencia de El Otro Reino.
Las horas pasaban y los padres no se movían de la tumba de su hijo, las brujas seguían acechando a lo lejos, hechas pájaros, mientras que, al mismo tiempo, en lo alto de la torre de Rilar, éste intentaba sin éxito explicarle a la princesa las leyes de la vida para los mortales.
—Debes comprender, no hay nada que se pueda hacer. Sé que es doloroso y lamentable, pero así es la vida…
—No… Usted no comprende, no se trata de eso…
—Debes aprender a vivir con este dolor… Me duele mucho decirte esto, pero tu amigo ya no está…
—Tiene que verlo… Él me escribió mensajes… ¡Necesita ayuda! ¡Mi ayuda!
—Rosalila, por favor, escúchame —y tomándola por los hombros, la miró fijo a los ojos y le explicó—: Yo mismo examiné el cuerpo de Renzo, créeme… Ningún mortal habría sobrevivido a una caída semejante, él está muerto. Lamento tener que decírtelo así, pero es necesario que aceptes la realidad… Rencillo… Renzo… ya no está.
En ese momento la torre tembló por un instante, fue una pequeña sacudida de escasos segundos que apenas hizo sonar los cristales de los frascos con pócimas del laboratorio y, aunque ninguno de estos en definitiva llegó a caerse, resultó suficiente para poner en estado de alerta al brujo y a la princesa, quienes de inmediato bajaron por las empinadas escaleras para ver qué estaba pasando. Al llegar a los pisos superiores preguntaron a los guardias. Todos los miraron sin comprender, nadie había percibido el temblor. Siguieron descendiendo hasta la planta baja y la respuesta era la misma, ni siquiera los reyes habían notado nada. La noche era absolutamente oscura pero totalmente calma, sólo ellos dos estaban alertas.
Tras un momento de meditación, Rilar le preguntó a la princesa.
—¿Dónde dices que viste los mensajes de Rencillo?
—En los espejos de la sala de coronación… Estaban como empañados y…
Sin dejarla terminar su relato, Rilar dio media vuelta y allí se dirigió a toda prisa, seguido por la princesa y algunos guardias. Alertado por los movimientos en los pasillos, también Rigoberto se sumó inmediatamente a la comitiva.
Al llegar al gran salón, abrieron las enormes puertas. Allí dentro la oscuridad era absoluta, sólo contaban con la escasa luz de la vela de un candelabro de mano, por lo que nada podían ver, apenas el blanco piso de mármol que reflejaba el tenue resplandor de esa vela. Rilar, quien necesitaba observar todo con minuciosidad, extendió su dedo índice señalando las arañas que colgaban del techo y pronunció:
—Brujus, brújulus, lyrus.
Todos los cirios de las grandes arañas se encendieron al instante, hasta los candelabros de pie se prendieron solos. Un trabajo que a los pajes les llevaba horas el brujo lo había hecho en un santiamén, quedando así el salón completamente iluminado como para una gran celebración.
—¡Renzo! —exclamó para sí la princesa al observar los espejos y salió de allí corriendo.
—¿Qué sucede? —le preguntó su madre al cruzarla saliendo del lugar, pero Rosalila apenas la miró y siguió a toda carrera hacia las afueras del palacio.
Rosaura ingresó a la majestuosa sala del trono Real y pudo contemplar, horrorizada, que todos, absolutamente todos los espejos que decoraban las paredes estaban rotos, no había quedado ni uno sano.
El rey, el brujo y los guardias salieron tras la princesa, la reina se quedó sola contemplando aquel desastre donde cientos y cientos de fragmentos de espejos yacían en el suelo. Los marcos dorados habían quedado sosteniendo sólo algunos pocos trozos que colgaban como cuchillas amenazantes.
La princesa atravesó corriendo el jardín principal para dirigirse a toda prisa a la gran puerta de entrada. Luego bajó por la explanada de acceso, la cual exhibía los arreglos florales que miles de almas asistentes al funeral habían llevado como ofrendas para su amigo, pero de pronto se detuvo al percibir ese aroma que nada se parecía al perfume de las flores silvestres o incluso a las del jardín. Giró por un momento, mirando a su alrededor. Todo allí olía a muerte, nada parecía tener que ver con el huracán Rencillo a quien ella sentía más vivo que nunca.
Una vez decidida a dejar atrás ese escenario gris y continuar su marcha, fue alcanzada finalmente por su padre y por el brujo.
—¡Rosalila! ¡Hija, por favor, detente! No sé qué extraña conexión ves con lo ocurrido con los espejos, pero por favor, debes comprender… ¡Debes aceptar! —trataba de explicarle el Rey.
—No entiendes, papá. Renzo necesita ayuda y la está pidiendo a gritos. ¡No puedo quedarme sin hacer nada!
—¡Tu amigo está muerto! No hay forma de cambiar lo sucedido…
En ese momento Rilar lo detuvo con una mirada que Rigoberto conocía muy bien, puesto que en su juventud esta le había advertido en más de una ocasión que no intentara entrometerse en aspectos de la magia que ignoraba. Con esa misma mirada, levantando sólo una ceja e inclinando apenas su cabeza, había logrado que el maduro rey se sintiera intimidado, como le pasaba al jovencito Rigoberto de antaño.
—Déjala, hijo… —al oírse llamarlo así se generó un incómodo silencio y tras el exabrupto continuó—: Yo iré con la princesa, ordena a los guardias que nos escolten hasta la Puerta Sur.
Y así, sin más, el rey obedeció las indicaciones del brujo, como si los roles de pronto se hubieran intercambiado.
Los guardias los escoltaron rumbo al sur, atravesando todo el pueblo y al llegar a la enorme puerta de la muralla la princesa percibió un débil resplandor en el horizonte. Una delgada línea de luz anaranjada anunciaba el inminente amanecer, algo tan simple y sencillo evocó en su mente aquella vieja promesa incumplida de ver junto a Renzo el amanecer frente al mar…
Todavía frente a la tumba de su hijo, Raquel se encontraba de pie sostenida por los fuertes brazos de Renzo padre, quien, cada tanto, le frotaba la espalda con sus grandes manos para consolarla. Al llegar, Rosalila no pudo evitar aproximarse a ellos.
—Raquel —pronunció con ternura.
—¡Oh! Mi niña —sollozó tomándose la cara y la abrazó fuertemente—. Perdóname. ¡Perdóname! Debí haberlo cuidado… Soy su madre. ¡Debí haberlo cuidado!
Mientras la cocinera era contenida por la princesa, Rilar se acercó al ex leñador y, tras observar la tumba, indagó.
—¿Qué sucedió aquí?
—No lo sé… Raquel estuvo aquí toda la noche de rodillas frente a la lápida, yo estuve junto a ella y, de repente, la tierra del sepulcro… se hundió. Así. Sin más. Fue hace apenas unos momentos, juro que no entiendo lo que pasó…
Todavía en brazos de Raquel, Rosalila frunció el ceño con la mirada clavada en la tumba de su amigo. Le costó zafarse del abrazo de aquella compungida madre, pero acariciando su rostro y mirándola a los ojos la hizo comprender. Caminó entonces hacia esa tierra hundida.
—Rosalila, no —le advirtió Rilar.
—Es necesario.
Parada frente a la tumba, extendió sus manos hacia adelante y las elevó hacia el cielo, provocando que la tierra saliera despedida como las cenizas de un volcán. Los padres de Rencillo contemplaron perplejos lo que ocurría: la tierra parecía llegar al infinito, ya que no caía en ningún sitio. Y al instante siguiente, aquel ataúd que habían enterrado hacía apenas algunas horas atrás, esa misma caja de madera que Rosalila se había negado a contemplar con su amigo dentro, comenzó a levitar hasta quedar suspendido frente a ella. Lo miró fijamente y, extendiendo sus brazos hacia cada lado, hizo que el féretro se abriera para el tormento de todos.
—¡¡Ohh!! —exclamaron los presentes.
—Lo sabía —sentenció Rosalila, dejando el cajón apoyado en el suelo para que Rilar lo examinara, mientras la claridad del cielo se abría paso sobre ese oscuro panorama.
El ataúd estaba vacío. A la altura de los pies, la madera de la base estaba rota y entre las astillas había varios trozos de telas del atuendo de Caballero Real con el que había sido enterrado. No había explicación ni consuelo para esos padres, no había manera de entender lo ocurrido para los guardias que habían presenciado tan macabro espectáculo, sólo había un razonamiento posible que echaría algo de luz en este oscuro misterio: la magia.
Capítulo 3
Primera mañana
La tradición en el reino establecía para un funeral de Estado como el que había tenido Rencillo cuarenta días de riguroso duelo. Las banderas y estandartes estarían a media asta durante todo ese tiempo, todos los habitantes del pueblo llevarían al menos alguna de sus prendas de color negro y los campanarios darían el toque de los difuntos rigurosamente cada mañana. Todo estaba previsto de esa manera, pero muy pocos sabían que el cuerpo del fallecido al que iban a honrar ya no estaba en su tumba: había desaparecido o, mejor dicho, lo habían hurtado.
