El recuerdo que dejas - Alejandro Martín Pecenti - E-Book

El recuerdo que dejas E-Book

Alejandro Martín Pecenti

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Beschreibung

Mercedes descubre un cofre que revela la historia secreta de su madre Isabel. Es un viaje al pasado, que abarca generaciones de mujeres que, a través de la lucha y la valentía, vivieron sus vidas de diferentes maneras, pero siempre compartieron el mismo legado: el amor. Amor, secretos, engaños, soledad. Todo hace que los personajes experimenten sus emociones, el misterio y la conspiración, revelando los más profundos secretos familiares.

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Seitenzahl: 133

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Alejandro Martín Pecenti

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-592-5

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

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A mi abuela y mi madre, por su lucha continua y por su legado más preciado: el amor.

EL RECUERDO QUE DEJAS

Ese día, mi mundo se desmoronó. Sentí una especie de escalofrío recorrer todo mi cuerpo. Sabía que tarde o temprano iba a suceder; había fantaseado con ese momento en múltiples ocasiones y lo tenía muy claro en mi mente. Todos sabemos que ese día nos llega, pero no quería aceptarlo. No quería que se fuera, que nos dejara, que no pudiéramos besarla, abrazarla y mimarla de nuevo. No quería perderla. Sin embargo, todo se había acabado. En un instante, una parte de mí desapareció y se esfumó. Me sentí desnuda, con una sensación extraña. No sabía si reír o llorar, no sabía cómo actuar. Es una situación difícil de explicar. Desde pequeña, sentía que no podía comprenderla, no entendía por qué era así, con ese carácter tan fuerte, tan firme. Hasta que un día descubrí el porqué; pero sigo sintiendo aflicción, sigo creyendo que ese momento llegó tarde. Aunque atesoro la satisfacción de haberle demostrado cuánto la admiraba y amaba. Hoy, sigue presente en mi memoria, en mis recuerdos, y cada pensamiento me transporta al pasado, permitiéndome apreciar lo grandiosa que fue, con sus defectos y virtudes, con su pasión, con su lucha y su amor.

Cuando mi hermano Marcos me llamó ese día con la voz quebrada, comprendí de inmediato lo que sucedía. No hubo necesidad de palabras. Me quedé inmóvil, sin responder. Dejé caer el teléfono lentamente. Miré hacia el cielo gris y recordé el día en que encontré aquel cofre repleto de recuerdos, ese bendito cofre que me condujo a descubrir su verdadera historia, la historia de mi madre.

CAPÍTULO 1 Frágil

Cada mañana que tenía libre, visitaba a mi madre. La ayudaba con los quehaceres de la casa, aunque a ella nunca le gustó que tocaran sus cosas; era minuciosa y detallista. Cuidaba su casa como nadie. Cada vez que iba a la cocina a prepararme un café o a buscar algo y me demoraba más de lo normal, ella me gritaba desde el comedor, sentada en la cabecera de la mesa: «¡Mercedes! ¿Qué estás haciendo en la cocina?». Siempre intuía que hacíamos algo que no quería, mucho menos que alguien quisiera limpiar. La limpieza era primordial, siempre lo fue; era una costumbre arraigada, casi un hábito excesivo. Podía llegar a enfadarse muchísimo si alguien le cambiaba algo de lugar o ensuciaba dentro de su casa. Sabía cómo dejar claro que nadie lo hacía tan bien como ella. Aunque tengo cierta similitud con ella en ese aspecto, no llego a ser tan exagerada, simplemente tengo un apego considerable por la limpieza. Mi madre siempre se ocupó de todo sola, tenía la habilidad innata de mantener todo sumamente prolijo y limpio. Sin embargo, esos momentos de obsesión ya habían quedado atrás, ya no tenía la energía para continuar con esa costumbre. Su edad avanzaba con rapidez, y desde el día en que se desplomó en el suelo, toda su vida cambió por completo.

Por lo general, celebramos la Navidad en casa con mi familia, una tradición que hemos mantenido, aunque cada vez seamos menos. Aun así, un año decidimos cambiar las cosas. Optamos por alquilar una casa en el campo, lejos de la ciudad, con la intención de relajarnos y vivir una experiencia distinta. La idea surgió de mis hijos y de Marcos, siempre dispuestos a innovar. Sin embargo, no los culpo, yo también quería dar un giro a ese día y me agradaba la propuesta. Suelo permitir que tomen esa clase de decisiones, no me molesta. Con Jorge, mi marido, ya estamos mayores y no tenemos ganas de discutir para organizar ese tipo de eventos como solíamos hacer cuando los chicos eran más pequeños. Siempre intentábamos reunir a toda la familia, de las dos partes, pero, inevitablemente, algo salía mal. Por eso ahora dejamos que los más jóvenes se encarguen. La idea principal era disfrutar de una Nochebuena tranquila, sin tanto bullicio, y al día siguiente aprovechar el sol y la piscina. Asimismo, ello, por esas cosas de la vida, no fue así.

El 24 de diciembre transcurría con normalidad. Todo seguía el curso habitual: la preparación de la comida, sándwiches, arrollados, ensaladas, dulces, llevar las bebidas, cambiarnos y todo lo que una familia acostumbra a hacer en una sola noche como si fuera la última cena de nuestras vidas —o al menos eso creía yo—. Marcos había llegado el día anterior con Pablo, su pareja. Aunque vivían en Buenos Aires, cada año venían a Rosario para compartir la Navidad en familia y disfrutar juntos de la ciudad que nos vio crecer y en la que seguimos viviendo, a pesar de nuestro fuerte vínculo con Buenos Aires, la exorbitante capital. Ellos se quedaban en la casa de los abuelos y se encargaban de prepararlos y llevarlos en el auto al campo. Mis hijos iban cada uno por su cuenta, acompañados por mis nietas y los animales. Jorge y yo íbamos solos, y desde temprano, ya teníamos todo listo.

Todo marchaba normalmente. Una noche única de verano, donde la luna iluminaba el ambiente, la brisa era suave y la temperatura, perfecta. Cada año, aunque mis otros hermanos y sobrinos no estén presentes, disfruto de un momento único con toda la familia reunida. Para mí, es una noche llena de sueños e ilusiones, mientras esperamos la medianoche para abrir los regalos, brindar y decirnos lo mucho que nos queremos. El ritual de siempre. Pero esa vez no pudo ser. Entretanto, escuchábamos música, charlábamos y algunos bailaban. Como familia, siempre nos gusta festejar a lo grande, tratamos de divertirnos y desconectarnos de todas las cosas que nos pasaron en el año.

Si no me equivoco, faltaban aproximadamente unos cuarenta minutos para la medianoche y ya casi estábamos listos. En ese momento, a mi madre se le ocurrió continuar bailando, sola, moviendo sus hombros y sus pies, como siempre lo hacía. Sin embargo, esta vez nadie la acompañaba y, de repente, ¡PUM!, cayó de golpe al piso, sin trastabillar, sin decir una palabra. Todos nos quedamos anonadados, la observamos un instante pensando que había sido una simple caída, pero no fue así; se quedó inmóvil. No pudimos levantarla; nos indicó que le dolía mucho la cintura, por lo que tuvimos que llamar urgentemente a una ambulancia. Pero era Nochebuena, casi la medianoche, el momento menos indicado. Nadie nos quería ir a buscar al medio de la nada, alejados de la urbanización, adentrados en el bosque, donde solo se escuchaba algún que otro pájaro a lo lejos, o el ladrido de unos perros. Era una hora muy crítica en la ciudad, todos deseaban festejar y, además, los mayores accidentes suelen ocurrir a esa hora.

Tras intentar comunicarnos con todos los hospitales y sanatorios, supimos que nadie vendría. Nos daban excusas, nos decían que tardarían mucho en llegar o que no tenían ninguna ambulancia disponible. Aunque podría ser cierto, el enojo y la impotencia no nos permitían pensar con claridad. La desesperación se apoderaba de nosotros, así que decidimos llevarla nosotros mismos al primer lugar que encontramos. Con mucho cuidado, la levantamos del suelo entre todos y la subimos al coche de mi hermano. Llegamos a un hospital de un pueblo pequeño, algo precario y que parecía no tener todo lo necesario ni estar preparado para una situación así. De todas maneras, nos atendieron rápido, lo único que nos importaba. Afuera, en el pueblo, se escuchaban gritos, festejos y estruendos, señal de que ya eran las doce. Sin ánimos para saludarnos y desearnos una feliz Navidad, no podíamos quitarnos de la cabeza lo que le había sucedido a mi madre y la incertidumbre de qué le podía ocurrir. Ella, tan fuerte y tan frágil al mismo tiempo.

Marcos y Pablo esperaban pacientemente sentados en un banco del hospital, mientras que yo daba pasos agigantados queriendo intervenir de alguna manera. En ese instante, se acercó un médico y nos explicó lo que había sucedido. Desafortunadamente, mi madre se había quebrado la cadera, no había sido consecuencia de la caída, sino que sus huesos ya no aguantaron la carga, lo que provocó que se desplomara en el suelo. No podíamos creerlo, viéndola ahí, tan vulnerable, y sin poder hacer nada. Con Marcos, siempre nos ocupábamos de todo, bastaba con una mirada para saber cómo actuar. A primera hora de la mañana siguiente, decidimos trasladarla a un sanatorio en la ciudad, con la firme determinación de hacer todo lo posible para su mejoría. En el hospital, la operaron de urgencia. Pasaron varios días hasta que finalmente le dieron el alta. Era momento de cuidarla, ayudarla con el proceso de rehabilitación para que pudiera volver a caminar y retomar su vida cotidiana.

Desde ese día, la vida de todos nosotros cambió, incluida la de mi madre. Dejó de ser esa mujer a la que todos conocíamos: fuerte, de tacones altos, arrabalera y con carácter. De a poco, se fue convirtiendo en una niña pequeña, indefensa. La recuperación llevó años. Después de varios tratamientos y ayudas, logró volver a caminar por sí misma, aunque con dificultades, pero pudo continuar; aun así, ya había perdido esa fuerza de voluntad que la destacaba. Y, si bien todo volvía a encaminarse, lo peor aún estaba por venir.

Yo me dedicaba más tiempo a cuidar de mi madre, siendo la única que vivía cerca, a solo dos calles. Su marido, Miguel, todavía trabajaba, así que, por las mañanas, ella se quedaba sola. Decidimos contratar a Sofía, una chica que la ayudara y la acompañara en esos momentos, aparte de mí, que trataba de estar allí casi a diario. Con el transcurrir de los días, notaba a mi madre cada vez más apagada, más desorientada; era evidente que ya había perdido las ganas. Tenía claro que su estado le impedía realizar actividades cotidianas, se apreciaba cómo había abandonado todo: su forma de vestir, sus maquillajes, su impronta. Sin embargo, algo me llamó mucho más la atención, no sé por qué, pero era algo muy importante para ella: su casa. Esa casa a la que cuidó y protegió. A la que todos los años le cambiaba los muebles y siempre la mantenía con buen gusto. Se notaba que ya todo estaba perdido para ella. No quise permitir que eso sucediera, así que me puse firme y, a pesar de saber que nunca le gustó que tocaran sus cosas, sentí la necesidad de ayudarla. Decidí comprarle ropa nueva, maquillajes y devolverle a su casa ese brillo de antaño. Sin que se diera cuenta, por supuesto, tratando de desechar cosas sin que nos viera. Había muchos papeles y recuerdos que ya no tenía sentido guardar. Con la ayuda de Sofía, todos los días sacábamos una bolsa de basura, de a poco, porque si nos veía, podía llegar a insultarnos de arriba abajo. Ya la conocíamos, y eso no lo perdía.

Así fue como una mañana llegué al armario del fondo, a ese lugar en donde mi madre guardaba miles de cosas, todo muy ordenado, como siempre, pero objetos que ya no tenía sentido guardar. Comencé a limpiar y a desechar algunos, hasta que me topé con un cofre de madera tallada, muy antiguo, pero con un cerrojo para el cual no tenía la llave. Ese cofre me cambiaría la vida o, al menos, la forma de verla. El mismo estaba al fondo, casi oculto, difícil de ver a simple vista, tapado con revistas y diarios viejos. Era obvio que permanecía ahí a propósito, como si alguien la hubiera escondido. Lo abrí muy fácilmente —seguramente no estaba cerrado o ya estaba estropeado de antes— sin anticipar lo que encontraría, creyendo que sería una simple caja, similar a muchas otras que ya había visto, pero no. El cofre contenía recuerdos, cartas, fotos y escritos, muy diferentes a los que ya conocía: estos eran recuerdos muy antiguos, algunas cartas eran ilegibles y otras fotos estaban manchadas e irreconocibles. Al principio, pensé que podían ser de mi padre o de mi abuela. Sin embargo, no tenían nada que ver. Eran cosas de mamá, con personas que yo no conocía, cartas con nombres extraños y fotos sin sentido para mí.

No podía leer todo y dedicarme a explorarlo con calma, ya que mi madre se había despertado y estaba a punto de aparecer. Sofía se puso nerviosa y comenzó a mover sus ojos con rapidez para que dejara todo en su lugar lo más rápido posible, así que guardé el resto de forma apresurada, pero me quedé con la caja. La metí dentro de una bolsa y la llevé al comedor, y pensé en que, si mi madre me preguntaba, le diría que eran cosas mías, productos que había comprado. Cualquier cosa para poder llevármela. Si ella la había escondido en el fondo del armario, debía tener algún motivo. Me intrigaba mucho saber de qué se trataba.

Ella no me preguntó nada, todavía estaba un poco dormida. La saludé con prisa, quería irme, ella se sorprendió de mi apuro. Le mentí. Le dije que tenía que hacer un trámite. Las dos me miraron sin entender por qué. Salí casi corriendo, algo me decía que no leyera esas cosas, pero yo quería saber qué era. La incertidumbre me carcomía, aunque me sentía culpable por hurgar en los asuntos de mamá.

Llegué a casa y, por suerte, Jorge no estaba. Me encontraba sola en el comedor, con el tiempo necesario para explorar el contenido de ese cofre. Las fotos eran antiguas, las cartas también, pero unos manuscritos se veían a la perfección, como si los hubieran escrito no hacía mucho. Eran de ella, no cabía duda. Su letra era única, una cursiva impecable, sin ningún error, una caligrafía intachable. Era imposible no darse cuenta.

Comencé a leer algunos párrafos y algo me llamó la atención: eran historias que no conocía, eran relatos de una persona que, seguramente, era ella, aunque no podía comprobarlo. Podía serlo, nunca supe qué había hecho mi madre antes de trabajar en el hospital, cuando éramos chicos.

Cuando era pequeña, me sentía abandonada por mis padres. Nuestro padre aparecía una vez al año y, en ocasiones, ni siquiera eso; no era una presencia constante en nuestras vidas. Mi madre, por su parte, siempre estaba trabajando, llegaba tarde a la casa y, a veces, ni siquiera regresaba. En esos momentos, nos cuidaba mi abuela Lucía. Ella siempre nos decía que mi mamá salía a buscar el pan para que a nosotros no nos faltara nada, pero lo único que yo deseaba era que mi madre estuviera presente, con nosotros. Mi abuela, mi gran sostén, mi ángel, sabía todo de mí y mis hermanos. Nos daba el cariño que mi madre no supo darnos. Mi abuela era única, con tanta dulzura…, una mujer pacífica y vulnerable.

La verdad es que no nos faltaba nada. Éramos una familia humilde, de clase media, no podíamos considerarnos pobres, ya que lo teníamos todo: la mejor vestimenta, los mejores zapatos, íbamos impecables a la escuela, y siempre teníamos un plato de comida sobre la mesa. Pero no estaba ella, mi madre, que era a quien más necesitábamos. Con el tiempo, la entendí, ya que muchas veces tuve que dejar a mis hijos al cuidado de otros para poder darles lo necesario. Mis hermanos y yo la perdonamos, aunque nunca expresamos nuestras emociones con palabras. Mi madre poseía un carácter arrogante, era prepotente y tenía una autoestima demasiado elevada, pero a la vez era inteligente y fuerte, siempre con la cabeza en alto, lo que la hacía muy llamativa. Nunca fue muy cariñosa con nosotros, pero era diferente con sus nietos, a quienes disfrutó de otra manera. Le reprochamos lo mismo siempre, y ella nunca nos