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Esta novela relata un viaje singular por la prehistoria y la historia indígena del noreste de México. Su protagonista, un joven estudiante de matemáticas y montañista de la época de los 80s, se ve envuelto en las aguas turbulentas de las sierras de Santiago, Nuevo León, y se abre ante él un camino místico. Una senda de aventuras que combina el conocimiento de un pasado del que apenas quedaron resquicios, de la naturaleza indómita de los bosques y los desiertos, las matemáticas, la diversidad biológica, los embates del Huracán Gilberto y las enseñanzas de un hombre sabio.
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Veröffentlichungsjahr: 2022
© Manuel Humberto Reyes Valdés
Segunda edición, 2022
ISBN: 978-607-8801-25-1
D.R. Quintanilla Ediciones
Imagen de portada: Detalle del mural "Historia de la Comarca Lagunera", de Alberto Ruiz Vela. Fotografía cortesía del Museo del Algodón. Torreón, Coah.
Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio impreso o electrónico, sin la autorización escrita por parte del autor, a menos que sean citas breves de referencia.
Dirección General: Dolores Quintanilla Rodríguez
Coordinador de Producción: Miguel Gaona
Editor de Contenido: Valdemar Ayala Gándara
Editora de Arte: Jazmín Esparza Fuentes
Diseño Editorial: César Nájera Zapata
Enlace Administrativo: Carmen González Cruz
Ventas: María Isabel Reyna Ibargüengoitia
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D.R. Quintanilla Ediciones
Josefina Rodríguez 1027, Col. Los Maestros. C.P. 25260. Saltillo, Coahuila
www.quintanillaediciones.com / [email protected].
El remolino
Agradecimientos
Prólogo
La Garganta del Diablo
La tormenta
Pedro Joseph Coyote
Cover
Agradecimientos
Las siguientes personas leyeron esta obra y contribuyeron con valiosos comentarios: María Dolores Méndez, Rufino Rodríguez Garza, Carlos Manuel Valdés Dávila y Hermila García Osuna. Sus atinados comentarios, respaldados con sus valiosos conocimientos, fueron de gran ayuda. Zeferino Moreno González revisó el manuscrito y me hizo muchas valiosas sugerencias para mejorar su redacción. No obstante, el contenido de esta obra es responsabilidad del autor. Vaya también mi agradecimiento a mi familia y al clan del grupo X de Scouts Kuahu Katcina, por compartir conmigo las caminatas bajo el sol y las deliciosas noches de campamento en la tierra que habitaron los bravos guerreros de Aridoamérica.
Prólogo
El epicentro de esta historia es la sierra de Arteaga, una región montañosa y agreste del noreste de México situada en la Sierra Madre Oriental, al sureste de Coahuila, y con extensión hacia Nuevo León. Ocupa un área de 1 285 kilómetros cuadrados y la surca una serie de cañones de Norte a Sur. Su altitud es variable y supera en su mayor parte los 2 000 metros, con algunas cimas que se elevan por encima de los 3 600 metros. El clima predominante es semiárido templado, y en las zonas más altas aun las noches de verano pueden ser gélidas. En la sierra de Arteaga hay áreas con vegetación tipo chaparral, pero predominan los bosques de coníferas y encinos. Entre las coníferas más elegantes se encuentran los abetos Douglas o acahuites y los oyameles blancos o huallames. Estas especies, en el marco del paisaje montañoso, han dado a la sierra de Arteaga el calificativo de La Suiza de México. Su fauna comprende, entre otras especies, el oso negro, el venado cola blanca, la zorra gris, el aguililla cola roja, el halcón peregrino y la cotorra serrana.
Vista y sentida en su conjunto, la sierra de Arteaga constituye un lugar inigualable, donde se puede disfrutar de la naturaleza aún salvaje, donde se puede caminar por bosques sombríos cubiertos de musgo y adornados con hongos multicolores, donde se puede escalar las rocas y hacer rappel, donde es posible explorar cuevas ocultas y bañarse en pequeñas cascadas de arroyos perdidos.
Desde algún puerto de la sierra de Arteaga aparecen, a lo lejos, rumbo al Oriente, los picos escarpados de la sierra que corresponde a Nuevo León. En especial llama la atención una montaña que se bifurca en dos picos, como los Cuernos del Diablo de la deliciosa historia El tesoro de los cóndores de Gérard Le Roux. Hacia el norte y hacia el este de la sierra de Arteaga continúan esas escarpadas y misteriosas montañas de riscos inaccesibles y profundos cañones, con manantiales, ríos y cascadas; se dibujan así paisajes contrastantes que van desde los típicos de las regiones frías hasta los espacios matizados de ambientes tropicales y húmedos.
Al oeste del epicentro de nuestra historia, al otro lado de Saltillo, se extiende el desierto. Éste parece yermo, árido y desolado, pero está repleto de vida, y también de misterios. Al recorrerlo podemos encontrar, en las rocas de las crestas de las lomas, dibujos ancestrales. Son los petrograbados y las pinturas rupestres, testimonio silencioso de la presencia prehistórica de los indios nómadas, los chichimecas, los hombres del desierto.
Para amar y respetar ese desierto, habrá que caminar por él, saborear tal vez el agua que se juntó en el hueco de una roca en la última lluvia, aspirar el aroma de las flores del huizache, acampar a la luz de una fogata de leña de mezquite y mirar un cielo cuajado de estrellas.
Es en estas regiones donde gira nuestra historia. Gira como el tiempo de los chichimecas, que transcurría a través de los ciclos de la lluvia y de la sequía, de la floración de los nopales y luego la presencia de tunas, de las noches que se acortan hasta el solsticio de invierno, y se alargan hasta el solsticio de verano. Todo ello da vueltas como un remolino que pareciera interminable, como un remolino que puede ser, a su vez, parte de algo más grande que también gira.
La Garganta del Diablo
Era la época prefénsica, como la llamaba Adrián. No había en aquel tiempo cercas de alambre de púas o rejas electrificadas que cerrasen su paso a las montañas, y su ruta desde la Villa de Santiago hasta la Garganta del Diablo era ininterrumpida. Las corrientes de agua de esos cañones se deslizan aún cristalinas y profundas, y cantan suavemente al acariciar las rocas. Sin duda la magia persiste, pero el lugar donde nace esta historia era especial y místico, como el paso a otro mundo.
Adrián era muy joven entonces y estudiaba matemáticas en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Le gustaban mucho las ciencias exactas, pero más que todo amaba escalar montañas; no importaba si lo hacía solo. La gran estatura y la constitución atlética, que siempre llamaron la atención del entrenador de fútbol americano, contrastaban con la cara de niño bueno y su mirada profunda. Además, su inteligencia era una prueba viviente de la inexactitud del dicho que reza: “Las personas altas son como las casas de varias plantas: el piso de arriba es el peor amueblado”.
Esa mañana, la espalda de Adrián sudaba al contacto con la mochila, cuyo armazón y ataduras rechinaban con cada paso. El calor del verano y el esfuerzo físico lo abrazaban en los sofocantes rincones del cañón que olían a plantas húmedas. Los mosquitos se le paraban en la cara y le hacían el cansancio más desesperante, y las ansias de llegar más grandes.
El sol del mediodía clavó los rayos en el cañón y en la cabeza de Adrián. Su sombrero estaría bogando en las aguas del río donde cayó arrastrado por el viento. El joven avanzaba con cautela por la vereda pedregosa que a veces se perdía o se fundía con las laderas rocosas del río. Las lagartijas se asomaban y miraban con curiosidad al bípedo que pasaba junto a sus madrigueras. Los pájaros azules, siempre en parvada, graznaban al pararse entre los pinos y los grandes encinos.
A media tarde llegó a la zona de los exuberantes lampazos, o malangos como les llamaba Jorge, porque así les decían en su tierra. Cortó una de las grandes hojas y se cubrió la cabeza para sentarse junto al río, sobre las rocas resbalosas. Sucedió como siempre, cuando, tras largas horas de caminata, descansaba y se dejaba envolver por el paisaje. Su espíritu entró en un estado apacible, pero sintió como si un viento frío soplara sobre su corazón, y ante él adquirieron extraordinaria nitidez la soledad, deseos no cumplidos, el sufrimiento de los suyos y amigos que se fueron. Fue entonces cuando, con deleite, unas lágrimas rodaron de sus ojos. Con esa terapia se sintió mejor y descansado, así que dejó la hoja de lampazo en el río, subió la pesada mochila sobre la rodilla y, con un rápido movimiento, la cargó sobre su espalda.
El río, cuya anchura no era mayor de cuatro metros, corría cristalino y profundo sobre un lecho rocoso. A ambos lados, coronadas por rocas que asomaban entre los pinos, se elevaban las pronunciadas pendientes del cañón, inaccesibles y tal vez nunca tocadas por la mano humana. A lo lejos se escuchaban los graznidos de una parvada de cotorras serranas, cuyos plumajes verdes brillaban a la luz del sol, y sus sonidos rebotaban al chocar contra las peñas.
Cuando llegó a la Garganta del Diablo, el sol había desaparecido tras las rocas. Decidió buscar leña antes de colocar su tienda de campaña, hecha de mezclilla impermeabilizada con parafina. Recordó que la plancha de su madre olió a parafina durante varias semanas, lo mismo que la ropa de sus hermanos. Después de recoger leña, encendió una fogata sobre una roca desnuda. En la sartén, que ya había alcanzado un color negro mate a fuerza del humo de fogatas, preparó huevo revuelto con frijoles que devoró con gran placer.
La oscuridad cayó en el fondo del cañón. Cigarras y grillos iniciaron un concierto polifónico en un escenario iluminado aquí y allá por luciérnagas que enviaban incansables señales de apareamiento. Además de los puntos brillantes, lo único que parecía moverse era el agua del río que brotaba inagotable y brillante de la Garganta del Diablo. Un sorbo más de té de hierbabuena del río, una respiración profunda, una pregunta en su mente: “¿Qué habrá más allá?”.
¿Era acaso hurgar en los misterios la razón de vagar por las montañas? ¿Mirar desde aquella cumbre? ¿Atisbar dentro de esa cueva? Sí, el misterio tenía un gran atractivo. O tal vez era la libertad de poder ser él mismo, ahí, sin miradas de sorpresa, de aprobación o desaprobación.
La Garganta del Diablo no podía cruzarse a pie. Las vertientes rocosas se inclinaban una hacia otra y formaban un túnel por donde corrían las aguas. Las paredes del cañón se alzaban a más de cien metros por ambos lados; era, pues, casi imposible pasar sin mojarse. Al día siguiente cruzaría nadando aquel estrecho y continuaría la excursión de verano por todo el cañón. Una excursión a la que nadie quiso acompañarlo o, al menos, así fue a última hora. Sus compañeros de matemáticas imaginaron pretextos muy originales para permanecer en Monterrey.
Esa noche tuvo sueños extraños. La clase de Fortran IV se entretejía con la Garganta del Diablo. Soñaba que cuando entraba por el túnel, caía en un lazo infinito, donde había olvidado poner un comando condicional IF que lo liberara de la repetición interminable de ciclos. Parecía continuar así eternamente, como si estuviera condenado por una deidad hinduista al interminable juego de vida y muerte. Despertarse lo liberó del remolino, una forma poco ortodoxa de escapar de un ciclo de un programa en Fortran IV. Cuando todo parece perdido y se antoja imposible fugarse, queda siempre la esperanza de que todo sea un sueño. Despejó su mente, salió de la tienda y miró las Pléyades. La constelación se asomaba en esos momentos al fondo del cañón; la siguió cautivado hasta que la cauda de estrellas desapareció tras las rocas del Poniente. Se acostó a dormir y esta vez soñó con Celeste. Dulces, muy dulces sueños.
Amaneció nublado y ventoso, los mosquitos ya no molestaban. Las copas de los árboles que se aferraban a las pendientes del cañón sonaban como si fuesen también agua de río. Antes de atreverse a tocar el agua, preparó un té de hierbabuena. Lo saboreó mientras planeaba su estrategia para nadar por la Garganta del Diablo, y continuar con su caminata. La principal dificultad era la pesada mochila.
Decidió colocar equipo y ropa en la gruesa bolsa de plástico que siempre llevaba a las excursiones. Con una cuerda de ixtle ató la boca de la bolsa a fin de que actuara como un flotador y las cosas se mantuviesen secas. Luego, ató la punta libre de la cuerda a la cintura y se lanzó al agua. El torrente nacía muy arriba, en la región de los abetos Douglas y los oyameles, y estaba tan frío que, al lanzarse al agua, su diafragma se movió espasmódicamente. Empezó a nadar de lado, a la marinera; avanzó lentamente contra la corriente, hasta que el agua lo venció y retrocedió. Lo intentó de nuevo, pero esta vez nadó junto a la pared rocosa donde se formaba una contracorriente. Llegó a una roca que sobresalía del agua, y se sujetó a ésta para descansar un poco. Tiró de la mochila, la cual avanzó suavemente. Se sentía entumido. Con las manos sumamente torpes ató su equipo a la roca con un nudo que se desataría tan pronto tirase de la cuerda al otro extremo. Reanudó el desplazamiento y avanzó de nuevo con lentitud. Sintió miedo al ver que cada vez más las rocas de la Garganta del Diablo formaban un techo que se acercaba a la superficie del agua; sin embargo, un rayo de luz le dijo que pronto estaría del otro lado.
Salió del túnel, tembloroso y con los músculos tensos; había nadado solamente veinticinco metros, pero a Adrián le pareció un kilómetro. Jaló la cuerda y sintió la tensión originada por la fuerza del río que estiraba la mochila. Siguió estirando hasta recuperarla. Temblando desató la bolsa, retiró el talego de dormir para envolverse y sintió un calor delicioso. Ya no soñó que la Garganta del Diablo era un lazo infinito de un programa en Fortran, sino que era una función cuya inversa no podía encontrar. Intentó un método numérico para lograrlo, el de Newton-Raphson, pero de nuevo cayó en una serie interminable de ciclos sin convergencia.
Cuando despertó pudo ver a lo lejos una tormenta eléctrica. Nubes y cumbres se iluminaban, y el aire se sentía pesado y cargado de humedad. Fue un momento decisivo, donde su destino pudo haber tomado un rumbo muy diferente. Muy bien pudo haber colocado la mochila en la bolsa de plástico, y atarla a una roca con un nudo fugitivo para lanzarse río abajo. Pero le ganó la terquedad y no regresó, a pesar de que intuía que algo estaba mal. Debió haber puesto una instrucción IF al programa y no lo hizo.
Agua/Petrograbado en General Cepeda
La tormenta
Caminaba por las rocas resbalosas que sobresalían de las aguas frías. Tenía unos centímetros disponibles entre las paredes del cañón y el río; se sentía aprisionado. Ya no se percibía la presencia humana. No había cajetillas de cigarros ni latas apachurradas, ni siquiera un letrero que rezara Pepe was here. Era como otro mundo, lejano y solitario, en el que el único ser humano era él.
A lo lejos, río arriba, la atmósfera se oscureció; casi podría decirse que la noche había llegado, aunque apenas eran las cinco de la tarde. Las plantas y animales callaron por completo y dejaron oír el interminable correr del agua. Parecía como si los seres vivos guardaran silencio ante el suspenso que precedía la siguiente acrobacia de la naturaleza.
Una descarga eléctrica estremeció las rocas del cañón e interrumpió el pesado silencio. “Adrián, regresa ahora mismo”, se dijo en tono imperioso. Entonces escuchó otro estruendo. Fue un sonido que jamás había oído en su vida. No era una descarga eléctrica, sino como un ronco quejido de las gargantas del cañón. Después vino la gran tribulación, como diría Angélica.
Adrián pudo ver una muralla de agua acercársele. En un rápido reflejo soltó la mochila y trepó hacia la pendiente del cañón. Un árbol arrastrado por el río lo golpeó y se lo llevó, mientras daba tumbos contra las salientes de las rocas. Se aferraba a las ramas del árbol, y en momentos la cabeza estaba sumergida en las aguas turbulentas. Otros troncos lo golpeaban, aunque más tarde no recordaría haber sentido dolor, sino la certeza de que el fin de sus días había llegado. Por su mente desfilaron escenas del pasado: la primera travesura, cuando enterró un clavo en el vaso favorito de su padre, la patada del burro que hizo sangrar su cintura, la exhumación de los restos óseos del tío abuelo Genaro, cuyo cráneo aún ostentaba el hoyo de bala 30-30, su gran amigo José Alberto que lloraba cuando escuchaba A través de la ventana, con Roberto Carlos, la única vez que vio llorar a su padre, y el beso de Celeste.
Cuando despertó estaba entumido y atrapado entre las ramas del árbol, que estaba sujeto precariamente a una saliente de las rocas mientras flotaba en el agua. Río abajo, a unos metros, estaba la Garganta del Diablo bajo el agua y la succionaba formando un fuerte remolino. Con un esfuerzo supremo liberó las manos de las ramas para sujetarse a la roca; sacudió los pies que estaban atorados y sólo pudo destrabar el izquierdo. Con éste pateó la rama y trató de soltarse. Lo logró al mismo tiempo que en un crac el árbol se desprendió de la roca y fue a entregarse al remolino.
Su condición era precaria, estaba golpeado y entumido; pasar la noche en ese estado sería morir de enfriamiento o caer a las turbulentas aguas y ser tragado por el remolino. Miró hacia arriba, la roca parecía escalable y ahí, en medio del ruido ensordecedor del agua, evaluó su situación. Había perdido el equipo que incluía comida, bolsa de dormir y tienda de campaña. Le quedaba la ropa que llevaba puesta, el cuchillo aún sujeto al cinto y tal vez cerillos. No tenía otra opción más que escalar y buscar dónde pasar la noche.
Escalaba penosamente. De vez en vez algún agave Reina Victoria le hería las manos con las espinas que, como agujas, remataban los blancos extremos de las hojas duras. Este maguey, considerado el más bello de todos, ahora no le parecía tan bonito. Siguió avanzando y procuraba no ver las turbulentas aguas que estaban a más de cincuenta metros abajo y que iban a ser tragadas por la Garganta del Diablo. Apoyó su pie sobre una roca que, a simple vista, parecía segura, pero ésta se desprendió y cayó. Así, sujeto con ambas manos a un agave y con un pie apoyado en una saliente, con los brazos atrofiados que se negaban a continuar, quedaba sólo mantener los ojos cerrados, pedir a Dios un fin rápido y aflojar las manos; al fin y al cabo tendría que llegar ese momento. Y, quién sabe, tal vez la muerte sería como despertar de un sueño.
Con los ojos cerrados vio la imagen de José Alberto que le decía: “No te me rajes, comanche; no te vayas, hermano”. Estaba en ese punto por el que seguramente han de pasar los que se ahogan, donde el dolor de resistir parece tan grande como el de morir. Un poco más allá de este punto de equilibrio se abandonan a la muerte como si fuera un alivio. Miró hacia abajo y vio el remolino que seguramente lo tragaría. En su mente confundida le pareció que el vórtice se reía, que había triunfado y que se lo comería, haciéndolo girar en un lazo infinito. “Olvidé poner un IF en mi programa y debo pagar por ello”, pensó.
La juventud es un tesoro de reservas insospechadas que bajo ciertas circunstancias permite hacer milagros. Adrián, a sus veinte años, lo poseía. En ese momento la operadora del milagro fue la rebelión. Se negó a pagar el error, más que por miedo a la muerte, por no satisfacer el hambre insaciable de la Garganta del Diablo. Sintió una extraña presión en el vientre, como una respuesta atávica a la decisión de abandonarse. Exigió a sus músculos el movimiento al cual ya se negaban, y alcanzó, profiriendo un grito, la siguiente saliente rocosa.
Tras relajarse, continuó su lento ascenso, apoyándose de las hendiduras y de las plantas enraizadas en las rocas, impulsado por su intención férrea de salir de aquel cañón. Continuó por horas y sentía cada vez el viento más gélido, por el incremento de altitud y porque el día llegaba al fin. Cuando cayó la noche, Adrián avanzaba como un autómata. Una descarga eléctrica iluminó súbitamente el entorno y lo sobresaltó de tal manera que lo hizo perder su precario equilibrio y cayó al vacío. Su mundo se desplomó en un vórtice, más negro que la noche, más oscuro y tenebroso que las entrañas de la Garganta del Diablo.
Cráneo humano/Petrograbado histórico en Ramos Arizpe
Pedro Joseph Coyote
La claridad lo despertó, aunque su mente aún estaba confundida. Un tenue rayo de luz entraba por lo que parecía ser la estrecha boca de una cueva. Cambió dolorosamente de posición para mirar en sentido contrario a la luz y vio como una aparición. Era un hombre sentado que parecía estatua sobre roca: el cabello liso llegaba a los hombros y estaba recogido con una banda de tela que pasaba por su frente; la piel, aunque morena, era pálida, sobre todo los labios; su enjuto cuerpo estaba cubierto por una vieja camisa de lona y kakis raídos.
La mirada del hombre se cruzó con la de Adrián. Algo extraño y misterioso que tenía que ver con el tiempo parecía emanar de él. Se podría decir que, por la piel de la cara y la estructura de su cuerpo, no tendría más de cuarenta y cinco años, pero la mirada parecía de viejo, de alguien que vive más de recuerdos que del presente, de alguien a quien cada cosa y cada suceso le hace evocar una vivencia pasada. Tenía, en la mirada, la tranquilidad de espíritu que se logra cuando las grandes luchas en la vida han terminado.
–¿Cómo llegué aquí? –fue lo único que Adrián acertó a preguntar.
El hombre esbozó una sonrisa y miró hacia la entrada de la cueva:
–Cachiripa –contestó.
Adrián no encontró fuerza para preguntar más. Se abandonó a la comodidad de los costales de ixtle y las pieles de coyote sobre las cuales estaba acostado, con su pierna izquierda entablillada. “¿Cachiripa?”, pensó, y se sumergió de nuevo en el mundo onírico.
Transcurrió el día, y las fuerzas de la juventud de Adrián lo hicieron despertar con un hambre atroz, cuando el sol ya se escondía en el Poniente. El hombre se acercó con un tazón de caldo de carne y hierbas aromáticas.
–Come –le dijo–. Más tarde te diré dónde te encuentras. Ya habrá tiempo, al cabo tendrás que esperar algunos días antes de irte.
Aunque el hombre hablaba con rastros de español antiguo –el que hemos traducido al español moderno y del que tratamos de mantener su sentimiento y significado–, su acento sonaba extraño; un poco como el de la niña de habla náhuatl que conoció en Taxco, pero menos musical y más sólido. Adrián sintió que la voz sonaba a roca, a desierto y a cueva. Comió la sopa que, aunque sin sal, le supo más deliciosa que el caldo de las comidas corridas del café Roma.
Una vez terminada la reconfortante comida, Adrián tuvo fuerzas para inquirir de nuevo.
–¿Dónde estoy? –preguntó.
–Bien –dijo el hombre–. No sé qué estabas haciendo colgado de estas rocas. Pudiera ser que estés loco. Lo cierto es que resbalaste y caíste milagrosamente en una cornisa. Esa que se encuentra ahí, a la entrada de mi cueva. Puedes asomarte afuera si así lo quieres, hay luna llena.
Adrián se incorporó y, con la ayuda del hombre, se asomó. Le dio vértigo mirar las turbulentas aguas que corrían golpeando las rocas. Luego vio arriba y se dio cuenta que la cima del acantilado estaba aproximadamente a cuarenta metros.
–¿Cómo te llamas? –preguntó Adrián.
El hombre se quedó quieto, sorprendido y vacilante, como si esa fuera una pregunta que no había escuchado en décadas, como si dudara sobre la certidumbre misma de la respuesta. Finalmente miró hacia afuera y, con una expresión de decisión, dijo:
–Pedro Joseph Coyote, ése es mi nombre –sus labios se cerraron y se sentó de nuevo sobre la roca, hundido en profundas cavilaciones.
Pasaron los días. Pedro Joseph cuidó a Adrián y el silencio se fue rompiendo entre ellos. Pedro callaba siempre que Adrián le preguntaba sobre su origen, pero en forma afable lo alimentó y le enseñó un pasaje más en su cueva: un salón amplio con más pieles de coyote. Poco a poco se establecía un fuerte lazo de simpatía entre los dos singulares hombres, que se reforzaba con la risa y con largas pláticas en las que Pedro sorprendía a Adrián con su vasta cultura, si bien una cultura que parecía la de un hombre de principios del siglo XX.
Tampoco dejaba de sorprender a Adrián el aspecto de Pedro Joseph. El cabello liso, ojos estrechos y nariz aguileña revelaban rasgos indígenas, pero lo que más impactaba era el aire de joven-viejo, que se proyectaba sobre todo en los ojos y en el timbre apacible de su voz. Un examen más cercano le reveló viejas cicatrices en manos y mentón. Aunque su cara no revelara dolor y sus movimientos eran ágiles, se apoyaba en un bastón para caminar. Sin embargo, cuando usaba el mismo bastón para señalar, continuaba caminando como si la rama de encino fuese un adorno.
Dos semanas después, Adrián se encontraba ya recuperado de su pierna lastimada. Era el tiempo de partir, muy difícil por cierto. Implicaba un tremendo riesgo el escalar sin equipo la roca, que examinaba sin cesar. Pedro Joseph Coyote se dio cuenta de su tribulación.
–Adrián –le dijo–, no tendrás que trepar como ardilla por estas rocas para marcharte. Te mostraré el camino. No es que sea bueno que partas, porque había yo pasado muchos años sin la compañía humana, y ahora he recobrado su significado. Cachiripa te trajo hasta mí y he decidido no esperar otra oportunidad de este dios caprichoso. Siéntate, te voy a contar una historia.
Coyote/Petrograbado histórico en Ramos Arizpe
