El resplandor de Dios en nuestro tiempo - Joseph Ratzinger - E-Book

El resplandor de Dios en nuestro tiempo E-Book

Joseph Ratzinger

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"Las fiestas cristianas son más que tiempo libre, y por eso son tan indispensables: si abrimos los ojos para contemplarlas nos encontramos en ellas con lo totalmente otro, con las raíces de nuestra historia, con las experiencias primordiales de la humanidad, y, a través de ellas, con el amor eterno, que es la verdadera fiesta del hombre". Benedicto XVI – Joseph Ratzinger

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Cubierta

JOSEPH RATZINGER BENEDICTO XVI

EL RESPLANDOR DE DIOS EN NUESTRO TIEMPO

Meditaciones sobre el año litúrgico

Traducción de

ROBERTO H. BERNET

Herder

www.herdereditorial.com

Título original: Gottes Glanz in unserer ZeitTraducción: Roberto H. BernetDiseño de cubierta: Claudio BadoMaquetación electrónica: Manuel Rodríguez

Imágenes: Archivo de la editorial Herder, Friburgo de Brisgovia

© 2005, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano © 2005, Verlag Herder, Friburgo de Brisgovia © 2008, Herder Editorial, S.L., Barcelona © 1986, S. Fischer Verlag GmbH, Frankfurt del Meno, por la reproducción del poema de la p. 136. © 2012, de la presente edición, Herder Editorial, S. L., Barcelona

ISBN DIGITAL: 978-84-254-2998-9

La reproducción total o parcial de esta obra sin el consentimiento expreso de los titulares del Copyright está prohibida al amparo de la legislación vigente.

Herder

www.herdereditorial.com

ÍNDICE

Prefacio

Prólogo del autor al libro Suchen, was droben ist (Buscar lo de arriba)

Prólogo del autor al libro Bilder der Hoffnung (Imágenes de la esperanza)

ADVIENTO

Una memoria que suscita esperanza

La audacia de ir al encuentro de la presencia misteriosa de Dios

Dejar atrás la noche

NICOLÁS DE MIRA (6 de diciembre)

La luz de una nueva humanidad

NAVIDAD

El mensaje de la basílica de Santa Maria Maggiore en Roma

LA CONVERSIÓN DEL APÓSTOL SAN PABLO (25 de enero)

El luchador y el sufriente

NUESTRA SEÑORA DE LA CANDELARIA (PRESENTACIÓN DEL SEÑOR) (2 de febrero)

El encuentro entre el caos y la luz

LA CÁTEDRA DEL APÓSTOL SAN PEDRO (22 de febrero)

«Presidencia en el amor»

CARNAVAL

El fundamento de nuestra libertad

PASCUA

Buscar lo de arriba (Col 3,1)

No es la causa de Jesús, sino Jesús mismo el que vive

Juicio y salvación

«Levantaos, puertas antiquísimas» (Sal 24,7)

La palabra de los testigos

Por la noche llanto, a la aurora alegría

«Escucho, sí, el mensaje...»

MES DE MARÍA

Piedad con color y sonido

Detenerse a meditar, como María, para llegar a lo esencial

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (cuarenta días después de Pascua)

El comienzo de una nueva cercanía

PENTECOSTÉS

Despertarse para recibir la fuerza que brota del silencio

Nueva conciencia de un comportamiento acorde con el Espíritu

El Espíritu Santo y la Iglesia

CORPUS CHRISTI (Jueves de la segunda semana después de Pentecostés)

Estar, caminar, arrodillarse

El mosaico del ábside de San Clemente en Roma

LA PORCIÚNCULA (1 ó 2 de agosto)

El significado de la indulgencia

VACACIONES

Ponerse en búsqueda

Buscar la vida verdadera

Poder descansar

FRANCISCO DE ASÍS (4 de octubre)

La preocupación por la creación de Dios

TODOS LOS SANTOS (1 de noviembre)

A los pies de la basílica de San Pedro

TODOS LOS FIELES DIFUNTOS (2 de noviembre)

Las catacumbas de Roma: lugares de esperanza

MISCELÁNEA

El juego y la vida: sobre el Campeonato Mundial de Fútbol

Iglesia abierta y cerrada

Paz

ANEXO

Notas

Relación de fuentes

PREFACIO

EL presente volumen reúne dos libros anteriores de Joseph Ratzinger que se complementan apropiadamente: Suchen, was droben ist [Buscar lo de arriba] (1985), que contiene meditaciones provenientes sobre todo del tiempo en que el autor era arzobispo de Múnich, y Bilder der Hoffnung [Imágenes de la esperanza] (1997), que fue compuesto cuando Joseph Ratzinger era cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe en Roma. Los textos fueron redactados para un círculo amplio de oyentes y lectores en forma de sermones, artículos periodísticos o discursos radiofónicos.

Ya desde hace tiempo existía el plan de editar en un solo tomo esos dos libros, muy apreciados pero ya agotados. Las últimas conversaciones con Joseph Ratzinger acerca de este propósito coincidieron con los momentos de su elección como Papa el 19 de abril de 2005. Las meditaciones aquí contenidas muestran a Joseph Ratzinger, ahora Benedicto XVI, más como hombre espiritual, que sabe hablar tanto al pensamiento como al corazón.

Los diferentes capítulos de ambas obras originales han sido colocados en una secuencia tal que cada uno de ellos ocupa aproximadamente el lugar que le corresponde dentro del ciclo anual, complementándoselos además con una homilía alusiva al tema. La relación de fuentes que se encuentra al final de nuestro volumen informa detalladamente al respecto.

Editorial Herder

Friburgo de Brisgovia

PRÓLOGO DEL AUTOR AL LIBRO

SUCHEN, WAS DROBEN IST

(BUSCAR LO DE ARRIBA)

EN respuesta a una amable invitación de la Editorial Herder de Friburgo de Brisgovia presento nuevamente en este opúsculo algunos fragmentos de la actividad de predicación y anuncio que desarrollé durante mis años en Múnich. El tronco principal está constituido por los sermones y meditaciones acerca de la fiesta de Pascua. En torno a ellas se agrupan breves discursos radiofónicos emitidos en diferentes ocasiones del año eclesiástico o civil. El carácter casual de su surgimiento trae consigo algunas reiteraciones y coincidencias, que, sin embargo, pueden también ayudar a captar más profundamente un mismo pensamiento desde diferentes ángulos y contextos. No obstante, todo este material sigue siendo un fragmento de los grandes temas sobre los que versa. Tengo la esperanza de que justamente el carácter inacabado y fragmentario de estos breves textos pueda propiciar la reflexión y acción propias de los lectores.

PRÓLOGO DEL AUTOR AL LIBRO

BILDER DER HOFFNUNG

(IMÁGENES DE LA ESPERANZA)

EN el curso de mis años en Roma fui reiteradamente invitado por la Radio y Televisión de Baviera (Bayerischer Rundfunk) a pronunciar meditaciones con ocasión de las fiestas más importantes del año litúrgico. En la mayoría de los casos se me propuso interpretar alguna de las grandes imágenes que tanto abundan en las iglesias romanas. Al acercarse mi septuagésimo cumpleaños, mi hermano me propuso reunir esos textos y ver si con ellos se pudiese compilar un pequeño volumen que retuviese esas imágenes y reflexiones más allá del encuentro momentáneo a través de la radio o la televisión, y pudiese ofrecer así una ayuda para la compresión de las fiestas cristianas. El proyecto se estudió con el encargado eclesiástico de la Radio y Televisión de Baviera, monseñor Willibald Leierseder, que había tomado la iniciativa de la mayoría de las meditaciones y había seleccionado las imágenes, así como con la Editorial Herder de Friburgo de Brisgovia. Así surgió por fin este opúsculo, por cierto no exento de contenidos casuales, pero que aun a pesar de ello puede tal vez ayudar a captar con más nitidez el mensaje de esperanza y a aprender de nuevo aquella forma interior de mirar cuya presencia extrañamos a menudo tan dolorosamente entre la avalancha de imágenes y de ofrecimientos que se abate sobre nosotros.

Quisiera agradecer sobre todo a mi hermano Georg Ratzinger, ex maestro de capilla de la catedral de Ratisbona, sin cuya iniciativa yo no hubiese acometido la compilación de estos textos. Mi gratitud se dirige asimismo a monseñor Leierseder y a las autoridades de la Radio y Televisión de Baviera, que señalaron los temas y las imágenes para las meditaciones. Agradezco también a la Editorial Herder de Friburgo de Brisgovia, que, como ocurrió también con el emparentado opúsculo titulado Suchen, was droben ist, ha puesto todo su empeño y cuidado para que los lectores pudiesen tomar con alegría entre sus manos este opúsculo.

ADVIENTO

Ilustración de la página anterior: Rafael (1483-1520): «Visitación. María e Isabel» Madrid, Museo del Prado

UNA MEMORIA QUE SUSCITA ESPERANZA

EN una de sus historias de Navidad, el escritor inglés Charles Dickens narra la historia de un hombre que perdió la memoria del corazón. Es decir, el hombre había perdido toda la cadena de sentimientos y pensamientos que había atesorado en el encuentro con el dolor humano. Tal desaparición de la memoria del amor le había sido ofrecida como una liberación de la carga del pasado. Pero pronto se hizo patente que, con ello, el hombre había cambiado: el encuentro con el dolor ya no despertaba en él más recuerdos de bondad. Con la pérdida de la memoria había desaparecido también la fuente de la bondad en su interior. Se había vuelto frío y emanaba frialdad a su alrededor.

El mismo pensamiento que persigue Dickens en esta historia aborda también Goethe en su relato de la primera celebración de la fiesta de San Roque en Bingen junto al Rin, fiesta que podía realizarse nuevamente después de la larga interrupción provocada por las guerras napoleónicas. Goethe observa cómo los hombres que han acudido a participar de la fiesta se dejan arrastrar en medio de la apretada aglomeración para pasar frente a la imagen del santo y observa sus rostros: los de los niños y de los adultos están iluminados; reflejan la alegría del día festivo. Sólo los rostros de los jóvenes son diferentes, comenta Goethe. Éstos pasan por el lugar sin emoción, indiferentes, aburridos. Su explicación del hecho resulta iluminadora: nacidos en tiempos difíciles, esos jóvenes no tenían nada bueno que recordar y, por eso, tampoco nada que esperar. Es decir, sólo quien puede recordar puede también esperar: quien nunca ha experimentado el bien y la bondad, los desconoce.

Un sacerdote cuyo servicio pastoral consiste en mantener numerosas conversaciones con personas que se encuentran al borde de la desesperación relató en una ocasión lo mismo acerca de su propia actividad: cuando logra despertar en la persona desesperada el recuerdo de una experiencia del bien, esa persona se ve nuevamente en condiciones de creer en el bien, aprende a esperar de nuevo, se le abre un camino de salida de la desesperación. Memoria y esperanza forman una unidad indisoluble. Quien ha envenenado el pasado, no da esperanza, sino que destruye las bases anímicas de la esperanza.

A veces la historia de Charles Dickens se me antoja como una visión de las experiencias del presente. En efecto: a ese hombre a quien se le ha borrado la memoria del corazón a través de un engañoso espíritu de falsa liberación, ¿no lo reencontramos acaso en una generación a la que una determinada pedagogía de la liberación le ha envenenado el pasado y, con ello, convencido de que no hay esperanza? Cuando leemos con cuánto pesimismo mira una parte de nuestra juventud hacia el futuro, nos preguntamos de qué dependerá. ¿Le faltará, en medio de la superabundancia material, el recuerdo de lo humanamente bueno que podría esperarse? Con el desprecio de los sentimientos, con la parodia de la alegría, ¿no habremos pisoteado al mismo tiempo la raíz de la esperanza?

Con estas reflexiones entramos directamente en el significado del tiempo del Adviento cristiano. En efecto: Adviento designa justamente la conexión entre memoria y esperanza que el hombre necesita. El Adviento quiere despertar en nosotros el recuerdo propio y el más hondo del corazón: el recuerdo del Dios que se hizo niño. Ese recuerdo sana, ese recuerdo es esperanza. En el año litúrgico se trata de recorrer una y otra vez la gran historia de los recuerdos, de despertar la memoria del corazón y, de ese modo, aprender a ver la estrella de la esperanza. Todas las fiestas del año litúrgico son acontecimientos de la memoria y, por eso, acontecimientos de esperanza. En la plasmación de los tiempos sagrados a través de la liturgia y de los usos y costumbres, los grandes recuerdos de la humanidad que el año de la fe guarda en su interior y nos hace accesibles deben tornarse en recuerdos personales de la propia historia de vida. Los recuerdos personales se alimentan así de los grandes recuerdos de la humanidad; y esos grandes recuerdos sólo se preservan a su vez mediante su traducción a la esfera personal. El que los hombres puedan creer depende también de que, a lo largo de su camino vital, hayan ganado apego a la fe en que la humanidad de Dios se les ha manifestado a través de la humanidad de las personas. Seguramente, cada uno de nosotros puede contar en ese sentido su propia historia de lo que significan para su vida los recuerdos festivos de Navidad, de Pascua o de otras celebraciones.

La hermosa tarea del Adviento es regalarse mutuamente recuerdos del bien y abrir así las puertas de la esperanza.

LA AUDACIA DE IR AL ENCUENTRO DE LA PRESENCIA MISTERIOSA DE DIOS

DESDE tiempos remotos la liturgia de la Iglesia ha encabezado el Adviento con un salmo en que el Adviento de Israel, la inconmensurable espera de ese pueblo, halla una expresión condensada: «Hacia ti, Señor, elevo el alma mía, en ti, mi Dios, confío» (Sal 25 [24],1). Tal vez esta frase nos resulte trillada y gastada, puesto que ya estamos desacostumbrados a las aventuras que llevan a los hombres hacia su propia interioridad. Mientras que nuestros mapas se han hecho cada vez más completos, el interior del hombre se ha convertido cada vez más en terra incognita, a pesar de que en él habría que hacer descubrimientos aún mayores que en el universo visible.

«Hacia ti, Señor, elevo el alma mía»: el sentido dramático que subyace en este versículo se me ha hecho consciente de manera renovada en estos días al leer el relato que publicara el escritor francés Julien Green sobre el camino de su conversión a la Iglesia católica. Green narra que en su juventud se hallaba atrapado por los «placeres de la carne». No tenía convicción religiosa alguna que pudiese haberle servido de contención. Y sin embargo, hay en su experiencia algo notable: de cuando en cuando entraba en una iglesia, impulsado por el anhelo —que él no se admitía a sí mismo— de verse súbitamente liberado. «No hubo milagro alguno», continúa Green, «pero sí, desde la lejanía, el sentimiento de una presencia.» Esa presencia tenía algo cálido y prometedor para él, pero todavía le molestaba la idea de que para su salvación tuviese que pertenecer, por ejemplo, a la Iglesia.

Quería la presencia de lo nuevo, pero la quería sin renuncias, casi como por autodeterminación y sin ninguna imposición. Es así como se encontró con la religiosidad india y esperó encontrar a través de ella un camino mejor. No obstante, no faltó la decepción, e inició su búsqueda en la Biblia. Y con tanta intensidad la llevó a cabo que comenzó a aprender hebreo tutelado por un rabino. Un día le dijo el rabino: «El próximo jueves no vendré, pues es feriado». «¿Feriado?», preguntó Green sorprendido. «Es la fiesta de la Ascensión —¿tendré que decírselo yo a usted?—», fue la respuesta del rabbi. En ese momento, el joven buscador se sintió alcanzado como por un rayo: era como si sobre él llovieran fragorosas las palabras del profeta. «Yo era Israel», dice Green, «a quien Dios clamaba, suplicante, que regresara a Él. Sentía que para mí regía la frase: «Conoce el buey a su dueño y el asno el pesebre de su amo; Israel no conoce, mi pueblo no entiende»» (Is 1,3).1

Una experiencia tal de la verdad de la Escritura en nosotros mismos sería el Adviento. Esto es lo que quiere significar el versículo del salmo que nos habla de elevar el corazón, un versículo que puede pasar de moneda desgastada a algo novedoso y grande, en una aventura, si uno comienza a adentrarse en su verdad.

Lo que Julien Green cuenta de su agitada juventud reproduce de una forma asombrosamente precisa la lucha a la que también se ve expuesto nuestro tiempo. Es la obviedad del tráfago de la vida moderna, que por un lado nos parece la forma imprescindible de nuestra libertad, pero que al mismo tiempo sentimos como una esclavitud de la que lo mejor sería que nos librara un milagro —pero ciertamente no el camino de la Iglesia, que ha pasado de moda y no nos parece digno de consideración alguna como alternativa: antes que él cuenta en todo caso el extraño atractivo de religiones exóticas—. Y sin embargo, algo decisivo acontece ya en el hecho de no pisotear el anhelo de liberación y que, de cuando en cuando, ese anhelo pueda ejercer su acción en momentos de silencio vividos en la iglesia. Tal disposición a exponerse a una presencia misteriosa, a aceptar lentamente esa presencia, a dejarla entrar en uno mismo, es lo que hace que se dé el Adviento: una primera luz en medio de la noche, por oscura que sea.

En algún momento se hará pasmosamente claro: sí, yo soy Israel. Yo soy el buey que no conoce a su dueño. Y cuando entonces descendemos, estremecidos, del pedestal de nuestra soberbia, sucede lo que dice el salmista: el corazón se eleva, gana altura, y la presencia oculta de Dios penetra más hondamente en nuestra enmarañada vida. Adviento no es ningún milagro súbito, como prometen los predicadores de la revolución y los mensajeros de nuevos caminos de salvación. Dios actúa para con nosotros de forma muy humana, nos conduce paso a paso y nos espera. Los días del Adviento son como una llamada silenciosa a la puerta de nuestra sepultada alma para que tengamos la audacia de ir al encuentro de la presencia misteriosa de Dios, lo único capaz de liberarnos.

DEJAR ATRÁS LA NOCHE

¿QUÉ es propiamente el Adviento? Muchas son las respuestas que pueden darse a esa pregunta. Con ánimo malévolo podrá decirse que en realidad el Adviento no es más que una excusa para el ajetreo y los negocios adornada con rutinas sentimentales en las que hace mucho tiempo se ha dejado de creer. Podría ser que tal juicio fuera acertado en muchos casos, pero no todo se reduce a eso.

También puede decirse, a la inversa, que el Adviento es un tiempo en que, en medio de un mundo incrédulo, pervive y se hace aún visible algo del brillo de la fe perdida. Del mismo modo como las estrellas pueden verse mucho tiempo después de su desaparición porque su luz de entonces sigue estando todavía en camino hacia nosotros, así también el misterio guarda a menudo todavía algo de su calidez y esperanza para aquellos que ya no pueden creer más en él.

Ilustración de la página anterior: Melozzo da Forli (1438-1494): «Anunciación» Florencia, Galería de los Uffizi

Por eso puede decirse también que el Adviento es un tiempo en que se moviliza una bondad que, en general, ha caído en el olvido: la disposición a pensar en los demás y a darles una señal de bondad. Y por último puede decirse que el Adviento es un tiempo en que cobran vida antiguos usos y costumbres, como el canto de villancicos de Adviento, que se realiza de forma itinerante recorriendo las comarcas en todas las direcciones. En las melodías y los textos que escuchamos, algo de la sencillez, de la imaginación y de la alegre fortaleza de fe de nuestros ancestros llega hasta nuestro tiempo, nos consuela y nos alienta a tener tal vez también nosotros de nuevo la audacia de esa fe que podía hacer tan alegres a los hombres en épocas muy difíciles.

Con este tipo de experiencia del Adviento nos encontramos en la inmediata cercanía de lo que la tradición cristiana pensaba y deseaba en relación con ese tiempo litúrgico. Ella expresaba su concepción del Adviento mediante frases bíblicas en que veía las señales del camino para estos días. Sólo quiero hacer referencia a una de ellas: a algunos versículos del capítulo 13 de la Carta de Pablo a los romanos. Dice Pablo: «Ya es hora de que os despertéis del sueño [...] La noche está muy avanzada, el día se acerca. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, caminemos con decencia: no en orgías ni en borracheras; no en fornicaciones ni lujurias; no en discordias ni envidias. Al contrario, revestíos del Señor Jesucristo y no pongáis vuestro afán en la satisfacción de los deseos de la carne» (Rom 13,11-14). Según estos versículos, Adviento significa levantarse, despertar del sueño y dejar atrás la noche.

Ahora bien, muchos son quienes nos invitan a levantarnos y a despertar: «Que despierte Alemania», nos dijeron en otro tiempo quienes querían enceguecer el país, y todavía hoy hay sublevaciones y levantamientos que conducen hacia la noche, que no llevan a dejarla atrás. ¿Qué piensa Pablo? Él expresó con toda claridad su comprensión de la «noche» con las palabras «orgías», «borracheras», «fornicaciones», «lujurias», «discordias», «envidias». La orgía nocturna con todas sus manifestaciones es para él la expresión de lo que significa la noche del ser humano, el sueño del hombre. La orgía se convierte para Pablo en imagen del mundo pagano en general, que se hunde en lo material, que permanece en la tiniebla de la ausencia de verdad y, aun en medio del bullicio y la agitación, duerme, porque permanece ajeno a lo auténtico de la realidad, a lo auténtico de la vocación humana.

La orgía nocturna como imagen de un mundo equivocado: ¿no hemos de reconocer con espanto cuánto se acerca la descripción de Pablo a nuestra actualidad, en su deriva hacia un nuevo paganismo? Levantarse del sueño significa levantarse del conformismo con el mundo, con esta época, y, con el coraje de la virtud, con el coraje de la fe, sacudirse el sueño que nos hace perder de vista nuestra verdadera vocación y nuestras mejores posibilidades. Tal vez los cánticos de Adviento que escuchamos una y otra vez todos los años podrían tornarse para nosotros en señales de luz que nos muestren el camino, que nos hagan alzar la mirada y reconocer que hay promesas más grandes que las del dinero, el poder y la diversión. Despertar para Dios y para los demás hombres: ése es el tipo de vigilia al que se refiere el Adviento; la vigilia que encuentra la luz y hace que el mundo se vuelva más luminoso.

NICOLÁS DE MIRA

(6 de diciembre)

Ilustración de la página anterior: «San Nicolás, obispo de Mira». Icono ruso antiguo (siglo XII) Nóvgorod, Museo de Arte Ruso

LA LUZ DE UNA NUEVA HUMANIDAD

QUIEN camina por nuestras calles en los primeros días del mes de diciembre es probable que se encuentre con san Nicolás vestido con un atuendo más o menos correcto de obispo,2 y nunca sin una larga barba, con la que, por lo demás, viene representándosele ya desde el siglo VIII. Más o menos episcopal es también lo que estas figuras de san Nicolás dicen y hacen: a menudo se dedican más a jugar al coco que a hacer presente el amor del santo que la leyenda nos narra en numerosas variaciones. Apenas sabemos aún con exactitud histórica quién fue este hombre. Con todo, si prestamos atención a las fuentes más antiguas podemos reconocer todavía, a través de la niebla del pasado, el brillo de una figura que abre una puerta hacia el Adviento, es decir, que puede servir de intermediario para un encuentro con la realidad de Jesucristo.

El biógrafo más antiguo de san Nicolás, un tal archimandrita Miguel, cuenta en su biografía que Nicolás recibió su dignidad de la majestad de Dios como el lucero del alba recibe su fulgor del sol naciente. Según Miquel, Nicolás fue un trasunto vivo de Cristo: «En el brillo de sus virtudes», escribe el biógrafo, «resplandece la justicia del sol».3 La tradición ha identificado siempre a san Nicolás con aquel obispo llamado Nicolás que participó en el Concilio de Nicea y que, junto con aquella primera gran asamblea de obispos, formuló la profesión de fe en la verdadera divinidad de Jesucristo. En ese concilio se trataba acerca del núcleo del cristianismo, o sea, de decidir si el cristianismo habría de convertirse en una secta cualquiera o en lo verdaderamente nuevo, en la fe en la encarnación de Dios. Se trataba de la pregunta acerca de si Jesús de Nazaret era sólo un gran hombre religioso o si, en él, Dios mismo se había hecho uno de nosotros. De ese modo, lo que estaba en juego en última instancia era la pregunta de si Dios es tan poderoso como para hacerse pequeño, de si es tan poderoso como para poder amarnos y entrar realmente en nuestra vida. Porque si Dios está demasiado lejos como para poder amarnos eficazmente, también el amor humano es sólo una promesa vacía. Si Dios no puede amar, ¿cómo habría de poder hacerlo el hombre? Así pues, en la profesión de fe en la encarnación de Dios estaba también en juego en última instancia la posibilidad del hombre de vivir y de morir humanamente. Este contexto pone de relieve de forma original la figura de san Nicolás.

Theodor Schnitzler lo ha formulado con gran belleza cuando escribe: «Quien coloca su firma creyente bajo el misterio del Hijo de Dios hecho hombre puede llegar a ser alguien que ayude a los hombres y que traiga alegría a los niños, a las familias, a los oprimidos. La fe en la encarnación contribuye a la salvación de los hombres y a la realización de los derechos humanos».4

Pero hay otra perspectiva desde la cual las fuentes más antiguas sobre Nicolás nos conducen en la misma dirección. Nicolás es uno de los primeros santos venerados como tales sin que fuera mártir. En la época de las persecuciones de los cristianos, quienes se habían convertido naturalmente en los grandes indicadores del camino de la fe eran aquellos que se habían opuesto al poder estatal pagano y que habían respondido de su fe con su propia vida. En el tiempo de paz entre la Iglesia y el Estado, los hombres necesitaban nuevos modelos. Nicolás se les quedó grabado en tal sentido como el hombre que ayudaba. Su milagro no era el del gran héroe que se deja torturar, encarcelar y matar. Su milagro era la constante bondad cotidiana.

Otra leyenda de santo dice al respecto que también los magos y los demonios pueden imitar todo tipo de milagros, de modo que los milagros no dejan de ser ambiguos. Sólo una cosa es inequívoca y acaba con todo engaño: ser bueno toda una vida; toda una vida vivir cotidianamente la fe y probar el amor. Éste es el milagro que los hombres del siglo IV conocieron en Nicolás, y todas las historias de milagros que la leyenda inventó después no hacen más que introducir variaciones sobre este milagro fundamental que los hombres sentían con asombro y gratitud como el lucero del alba en el que resplandece la luz de Cristo. En la figura de este hombre comprendían qué significa la fe en la encarnación de Dios; en él, el dogma de Nicea se traducía para ellos en algo tangible.

Lucero del alba que recibe la luz del Sol naciente: esta antigua descripción de san Nicolás es al mismo tiempo una de las imágenes más antiguas del significado del Adviento. Sólo de la luz del Dios hecho hombre podemos encender una y otra vez las candelas de la humanidad, que traen esperanza y alegría a un mundo oscuro. Éste debería ser el mensaje más profundo de todas las imágenes de san Nicolás: encender en la luz de Cristo la luz de una nueva actitud de humanidad, la luz del amor y la cercanía a los perseguidos, a los pobres, a los pequeños, todo lo cual pertenece al núcleo de la leyenda de san Nicolás.

NAVIDAD

Ilustración de la página anterior: Icono de la Virgen «Salus Populi Romani», Roma, basílica de Santa Maria Maggiore

EL MENSAJE DE LA BASÍLICA DE SANTA MARIA MAGGIORE EN ROMA

CADA vez que, procedente de las ruidosas calles de Roma, entro en la basílica de Santa Maria Maggiore, me viene a la memoria la invitación del salmista: «Deteneos y mirad» (Sal 46 [45],11). En los momentos en que no precisamente legiones de turistas presurosos recorren en verano la iglesia convirtiéndola también en una suerte de calle, la misteriosa atmósfera crepuscular de ese ambiente transmite una invitación a detenerse, a recogerse y a contemplar, a una experiencia por la cual los ruidos de la cotidianidad pierden peso por sí solos. Es como si la oración de los siglos hubiese permanecido en el lugar para incorporarnos también en su camino. Los ámbitos más silenciosos del alma, que en otras circunstancias se ven marginados por la fuerza absorbente de las preocupaciones y los quehaceres cotidianos, quedan liberados cuando nos abandonamos al ritmo de esta casa de Dios y a su mensaje.

Pero ¿cuál es ese mensaje? Quien así pregunta se encuentra ya en peligro de sustraerse al llamamiento especial que quisiera llegarle en el ambiente de esa iglesia. Su contenido no puede trasponerse a una respuesta de diccionario que se encuentra rápidamente. Implica la exigencia de retirarse del fuego cruzado de los interrogatorios y el llamamiento a un detenerse y aquietarse en que se despiertan la escucha y la visión del corazón, a un detenimiento que trasciende lo que se capta rápidamente y después se descarta. Por eso, en lugar de ofrecer una respuesta acuñada en fórmulas y conceptos, quisiera invitar a contemplar conmigo dos imágenes de esa iglesia, y, deteniéndose frente a éstas, escuchar de ellas lo que yo sólo puedo traducir insuficientemente en palabras.

Ante todo hay algo digno de atención: Santa Maria Maggiore es una iglesia de Navidad. Quiere transmitirnos como obra arquitectónica la invitación que el ángel dirigió primeramente a los pastores: «Mirad: os traigo una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo. Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo Señor» (Lc 2,10s). Pero, al mismo tiempo, este templo quisiera incorporarnos a nosotros en la respuesta de los pastores: «Pasemos a Belén, a ver eso que ha sucedido, lo que el Señor nos ha dado a conocer» (Lc 2,15). Esperaríamos, por tanto, que la imagen de la Nochebuena fuese el centro de este ámbito y de sus caminos internos. Y así es realmente, aunque, por otra parte, no es del todo así.