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Novela donde se advierten las altas virtudes que sólo pueden encontrarse en el escritor plenamente maduro. El rey viejo recrea la figura de Venustiano Carranza en torno de la cual evoluciona la historia de los turbulentos años de la Revolución Mexicana, sobre todo su huida de la capital y el magnicidio de Tlaxcalantongo.
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Seitenzahl: 260
Veröffentlichungsjahr: 2014
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COLECCIÓN POPULAR 6 EL REY VIEJO
Primera edición (Letras Mexicanas), 1959 Segunda edición (Colección Popular), 1959 Decimosexta reimpresión, 2012 Primera edición electrónica, 2014
D. R. © 1959, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-2489-5 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
5 de mayo de 1920. A las cuatro de la tarde, Secundino, el más cercano ayudante del Presidente, llamó a la puerta de mi casa y, sin hacerse anunciar, de un modo brusco y hasta inoportuno, entró en la biblioteca. No trató siquiera de excusarse. Simplemente me tendió un sobre con las armas de la república, diciéndome:
—Es urgente.
La carta sólo tenía un renglón escrito por la mano del Viejo: Querido Enrique: ¿Podría usted verme? Su presencia me es indispensable.
En el automóvil de Secundino hice el viaje a palacio. Al entrar en su despacho, el Presidente hablaba por teléfono, y con un ademán me señaló la silla reservada a los ministros.
Sucesos del 5 de mayo. Nota añadida el 15 de junio. Ahora que todo ha concluido y mi cabeza está más despejada, recuerdo con precisión el ambiente angustioso que reinaba esa tarde en palacio. Las antesalas se veían desiertas. Los ayudantes tenían las caras serias y hablaban con aire de misterio. No, no era nada concreto, definido, tangible, sino más bien una cierta tensión, el presentimiento de algo que se gestaba fuera y que repercutía sordamente en el interior del antiguo palacio virreinal. En otras ciudades, la agitación política, los desórdenes, se reflejan en el parlamento, en las calles, quizá en los cuarteles, pero en México, donde la mansión oficial del Presidente es el eje en torno del cual gira la vida del país, los menores cambios toman, dentro de esa desmesurada caja de resonancias, proporciones increíbles.
Las banderas y los gallardetes que afuera colgaban lánguidos de los faroles por ser día de fiesta nacional, aumentaban la deprimente sensación que creí advertir en palacio y que, debido a mi turbación, no incluí en la nota del día 5.
Continúa la nota correspondiente al 5 de mayo. Mientras hablaba el Presidente —por deferencia a él no seguía su conversación— dirigí una mirada a la estancia con la que me había familiarizado los últimos cuatro años. El sol de la tarde entraba por los balcones medio abiertos recortándose sobre la roja y espesa alfombra; los muebles de maderas pulidas, los marcos de las pinturas, brillaban con suavidad y en los prismas de las arañas se encendían arcoíris temblorosos y delicados.
El Presidente colgó el teléfono y se volvió a mí:
—El ministro de Guerra me informa que Escobar, jefe del Regimiento de Ametralladoras, enviado este mediodía a combatir a los rebeldes, se pasó con armas y bagajes al enemigo.
El Presidente hablaba con la voz pausada, neutra y carente de inflexiones a que nos tenía acostumbrados. No advertí el menor signo de alteración en su persona debido tal vez al hecho singular de que a él no le estaba permitido alterarse nunca. Su mano, grande y manchada, ordenó los papeles dispersos en la mesa y se reclinó pesadamente en el respaldo del sillón.
—Es la tercera defección ocurrida el día de hoy —añadió—. En la mañana, un regimiento entero, el Regimiento de Lanceros Supremos Poderes, antes de disparar un tiro, se pasó también al enemigo.
La gravedad de la situación se me reveló de golpe. Escobar, como Riojas, eran el orgullo de nuestro ejército. Aun en épocas de estrecheces, nada se había escatimado para dotar a sus regimientos de los mejores pertrechos y el Viejo, no obstante sus naturales recelos, había depositado en ellos una confianza que no vacilaría en calificar de ilimitada.
—¿Me creerá usted, Enrique —dijo cerrando los ojos—, si le confieso que personalmente no me afectan las traiciones?
Yo sabía que en el fondo lo había herido la traición de Escobar y de Riojas, pero el Viejo se mantuvo impasible, según era ya en él una segunda naturaleza, y preferí callar sabiendo que tan inútil resultaba penetrar en sus verdaderos sentimientos como cargar el momento de un sentimentalismo inoportuno.
—Lo que me afecta —prosiguió—, es no poder confiar ya en el resto del ejército. Los jefes que hemos enviado para sofocar esa rebelión cuartelera han venido a este mismo despacho, me han jurado derramar hasta la última gota de sangre por la causa de la legalidad, me han abrazado llorando… aún tengo las huellas de sus lágrimas en el hombro; y apenas salen de aquí se apresuran a buscar al enemigo y a combatirnos con las armas y el dinero que debían emplear en nuestra defensa.
Después de este desahogo, el único que se permitió en aquellos días de prueba, yo me decidí a hablarle con entera franqueza.
—Señor —le dije—, los militares, en nuestro país, siempre han estado con los más fuertes y los más fuertes son ahora, como lo han sido siempre, ellos mismos, los militares rebeldes.
El Presidente había recobrado su impasibilidad habitual:
—¿Cuál es su bandera? ¿Por qué luchan hoy? ¿Podría usted decírmelo?
Reuní todas mis fuerzas para contestarle, aunque sabía de antemano que la respuesta había de lastimarlo.
—Luchan, sencillamente, porque usted piensa que nuestro embajador en Washington debe sucederlo en la Presidencia de la república.
Tardó un tiempo en replicar y al fin lo hizo, con la voz blanca de siempre.
—Yo creí que podía sucederme nuestro embajador no porque sea el embajador, sino porque es un civil. Podía ser él, podía ser usted o el ministro de Hacienda con tal de asegurar el carácter civil que distingue a mi gobierno. En cambio, estoy en contra del gobierno de un militar, de una imposición por la fuerza de las armas. México, en diez años, ha pagado con un millón de muertos su derecho a sacudirse las dictaduras militares.
—El conflicto, señor, planteado en estos términos, no tiene solución —me apresuré a insistir—. Una cosa es que usted juzgue conveniente y benéfico un gobierno civil y otra muy distinta que los militares le permitan realizar su propósito. El ejército siempre ha sido el gran elector, el único elector, y está dispuesto a todo con tal de no dejarse arrebatar su más jugosa prerrogativa.
—¿Cuántos años hace que usted me conoce? —preguntó abruptamente.
—Seis años, tal vez ocho —respondí vacilante.
—Pues bien, en esos seis, en esos ocho años, me habrá usted oído repetir hasta el fastidio que el ejército debe ser una institución subordinada al Presidente de la república y ajena a las contiendas políticas; es decir, que el ejército no debe tomar parte en las luchas electorales, sino limitarse a esperar la decisión del pueblo y servir a quien resulte electo, sin echar la espada en la balanza del sufragio.
Su terquedad principiaba a irritarme:
—Señor —le respondí—, ese principio, que yo hago mío, no pasa de ser una hermosa utopía. De hecho, todo el ejército se ha sublevado y perdóneme mi crudeza, pero el Presidente, sin el apoyo del ejército, no es nadie. Si usted, en lugar de empeñarse en que lo sucediera un civil, hubiera pensado en uno de los caudillos militares sublevados, no tendríamos que lamentar ninguna traición, no existiría ningún conflicto.
El Presidente se quitó las gafas, principió a limpiarlas con el pañuelo y trató de mirarme, pero sus ojos miopes aparecían de tal modo inseguros, que él mismo, dándose cuenta de su debilidad, apresuróse a montarlas de nuevo en su prominente nariz, suspirando y carraspeando como hacen los viejos en los momentos de embarazo.
—Según usted, la forma de evitar la guerra consistiría en apoyar públicamente la candidatura del general Obregón. ¿Ése es su pensamiento?
—Sí, señor Presidente. No hay otro camino.
—¡No hay otro camino! —exclamó, levantándose sin esfuerzo. Los resortes del sillón, liberados de su peso, lanzaron un gemido prolongado. El Presidente caminó hacia el balcón, y al darme la espalda, advertí que los faldones del jaqué (había asistido a la ceremonia celebrada esa mañana en el Panteón de San Fernando) estaban lamentablemente arrugados, lo que disminuía la solemnidad propia de su corpulenta figura.
—Decididamente no debo, no puedo seguir ese único camino —dijo hablando como consigo mismo. Hizo una pausa—. ¿Sabe usted cuántos pronunciamientos hemos sufrido en un siglo? Más de mil, Enrique, más de mil. Todos querían salvar a la patria, todos trataban de restaurar la democracia, a todos los desvelaba el bienestar de los ciudadanos, pero en el fondo, como ellos mismos se apresuraron a demostrarlo con sus hechos, lo que les importaba era su interés personal, su hambre de poder, su ambición de riquezas. El pueblo, vestido de harapos, compra armas costosas, sostiene un ejército para que defienda sus instituciones, y el ejército, en lugar de defenderlas, aprovecha esas armas para sojuzgarlo y convertirse en su amo. ¿Cree usted ahora que yo deba sumarme a los sublevados?
—Si usted desea evitar la guerra —insistí—, le queda otra salida: su renuncia.
Dejó de observar la plaza y se volvió a mí. La suave luminosidad del crepúsculo envolvía su figura poderosa.
—No puedo desertar del cargo que el pueblo mexicano me ha confiado.
Esta frase, pronunciada con sencillez, terminó conmoviéndome. Los arrugados faldones del jaqué, el pelo escaso y entrecano, ligeramente despeinado, el ajado traje de ceremonias, eran detalles superfluos que en ese momento, más que deteriorar su aire majestuoso, contribuían a acentuarlo. El Presidente —porque era todavía el Presidente— cercado de enemigos y traidores, sin tiempo para descansar, disimulaba su fatiga y procuraba sobreponerse al curso de los acontecimientos mostrando la impasibilidad con que había recibido en el pasado tanto la noticia de una derrota como la de una victoria.
—Y bien —pregunté—, ¿cuál es su decisión?
—Salir de esta ratonera.
—¿Adónde va usted?
—A Veracruz. Allí me quedan tropas leales.
—Señor, la vía del ferrocarril está cubierta por el enemigo. Intentar salir equivaldría a un suicidio.
Se disponía a contestar pero lo interrumpió una descarga lejana y poco después, imponiéndose a la sorda explosión, el reloj coronado por un águila, que se alzaba en un rincón de la sala, anunció las seis de la tarde. Había una distancia tan grande entre aquella dulce, apacible, familiar medida del tiempo y el estado de alarma en que nos encontrábamos, entre el orden antiguo que el reloj evocaba y el espantoso desorden que se había hecho en nuestras vidas, que los dos nos miramos involuntariamente. En apariencia, las cosas no habían sufrido cambio alguno. El Presidente estaba sentado frente a su mesa, en el vetusto palacio que había sido de los virreyes españoles, de dos emperadores y de varias docenas de presidentes republicanos. Sin embargo, ya no existía ninguna relación, ningún nexo entre aquellos dos tiempos. Ahora el pasado y el presente aparecían divorciados, aislados por una serie de tumultuosos y agobiadores acontecimientos y a los dos nos asaltó la certidumbre de que nunca más se realizaría el milagro de que el anuncio del reloj lograríamos asociarlo a las victorias y a la paz que sucedía a esas victorias, a los años, en fin, que lo escuchamos pensando que el gobierno —su obra, su razón de ser— era indestructible.
Sucesos del 5 de mayo anotados el día 6. Anoche me fue imposible registrar los acontecimientos ocurridos ayer. A las tres de la mañana me quedé dormido sobre los papeles. Pasadas las cuatro, Cecilia, mi mujer, tuvo que levantarme, quitarme la pluma de la mano y llevarme, casi inconsciente, a la cama.
Mi primer pensamiento, al despertar, ha sido para el Presidente. Lo dejé a las once de la noche. Vestía el mismo jaqué de faldones arrugados y no había tenido tiempo de quitarse el torturante cuello de pajarita. Nos despidió en la puerta de la sala del Consejo y tengo entendido que volvió a su despacho con el objeto de redactar el manifiesto al pueblo, que debe haberse publicado hoy. (No he leído los periódicos ni he podido salir a la calle por estar ocupado en resolver mis asuntos.)
En el consejo de gabinete, celebrado esa misma noche, se acordó, como yo lo temía, evacuar la ciudad y salir rumbo a Veracruz. Allí el Presidente confía estar a salvo, bajo la protección de los soldados de su yerno el general Aguilar. Pero de aquí a Veracruz, más de cuatrocientos kilómetros, ¡cuántos peligros nos acechan!
Fue inútil que algunos generales insistieran en el hecho, harto evidente, de que las fuerzas del traidor González cubrían por lo menos ciento cincuenta kilómetros de la vía del ferrocarril que se pensaba utilizar. La tenacidad del Viejo no sólo logró vencer nuestras reticencias sino contagiarnos con algo de su inquebrantable fe en la victoria de la buena causa.
A estos desaciertos vino a sumarse uno todavía mayor. Como el Presidente no ha querido dar la impresión de una fuga decidióse el traslado del gobierno en masa a Veracruz, lo que hará más difícil nuestra salida.
Acontecimientos del 6 de mayo anotados a las 2 de la madrugada del 7. La ciudad duerme y yo me pregunto qué ocurrirá dentro de unas horas. Mientras escribo a la luz de la lámpara, acariciado por el silencio nocturno, pienso con temor en los preparativos de la fuga que ahora se realizan. Los mexicanos no estamos hechos para las graves contingencias. Irán con nosotros algunos senadores y diputados —los que integran la Comisión Permanente—, diversos magistrados de la Suprema Corte de Justicia, los empleados indispensables de los ministerios con sus archivos, sus papeles y sus máquinas de escribir —no puedo imaginar una mudanza de semejantes proporciones— y con ellos viajará el Tesoro de la Nación que naturalmente no le dejaremos al enemigo.
Los cadetes del Colegio Militar y las tropas que aún se mantienen leales al gobierno deben proteger a tan crecido número de civiles. ¿No supondremos un estorbo excesivo? ¿Los cuarenta o cincuenta trenes que componen el convoy lograrán moverse con la celeridad necesaria? ¿Podremos contar siquiera con la lealtad del personal ferroviario?
Estas incógnitas me abruman. Soy capaz de analizar los acontecimientos una vez ocurridos, pero cuando la realidad me los enfrenta perentoria y brutalmente, no logro entonces abarcarlos en toda su complejidad ni hallarles una solución adecuada. El pro y el contra del problema pesan tanto en nuestro ánimo, quizá debido a un sentido excesivo de la responsabilidad, que paraliza la voluntad de acción y nos vuelve impotentes.
En medio de este torbellino de incertidumbres sólo sé que debo acompañar al Presidente. Ayer en la noche, al despedirme, me llevó aparte y me dijo:
—Deseo que usted permanezca en la ciudad. Su familia lo necesita.
—Señor, también su familia lo necesita y usted la abandona.
—Yo soy un veterano acostumbrado a la vida de campaña. Usted es un joven intelectual y ni siquiera sabe montar a caballo —añadió en tono de broma—. No quiero exponerlo a un riesgo innecesario.
—Si usted no me lleva en su tren, iré en otro cualquiera. Así lo tengo decidido.
—Bien —comentó el Viejo—, no puedo contrariarlo. ¿Hasta mañana en la estación?
—Hasta mañana —respondí con voz insegura estrechando su fuerte mano manchada.
Al principio, Cecilia se opuso enérgicamente a que participara en lo que ella calificó de viaje absurdo y temerario. Debo reconocer que para disuadirme se valió de punzantes razones, basadas todas ellas en el conocimiento, nada lisonjero, que tiene de mi persona. En primer término, hizo referencia a mi acentuada miopía; luego aludió a mi inutilidad y a mi horror por las armas, ya sean blancas o ya sean de fuego; sin darme tiempo a respirar satirizó mi aversión a las incomodidades castrenses y terminó esa parte de su discurso haciendo una cruel pintura de mi propensión irrefrenable a darme una vida regalada, para emplear sus mismas palabras. Viendo que estos argumentos no lograban quebrantar mi decisión, recordó las anginas de Adelaida —nuestra pequeña de ocho años—, habló largamente de los peligros a que se vería expuesta una mujer sola en las manos de la soldadesca victoriosa y, al final, ya fatigada, su boca caliente buscó la mía y declaró —esto ocurrió mucho después— que se sentiría “muy infeliz” si yo no acompañaba al Presidente en su loca aventura.
Concluimos la velada en el salón, rodeados por las antiguallas y los costosos relojes que heredé gracias a la manía coleccionista de mi abuelo paterno.
Sucesos del 6 de mayo anotados el 30 de junio. De vuelta a mi casa, aunque vigilado por la policía, ya que me han dado la ciudad por cárcel, he recordado los últimos momentos pasados con mi mujer la noche del 6 de mayo.
El tictac de los relojes me empujaba a recordar una experiencia de mi vida infantil que yacía oscurecida y sin forma en el fondo de mi conciencia. En cierto modo, nací entre relojes. Hasta los ocho años había vivido en la casa de mi abuelo, un pequeño y vigoroso anciano calvo y de penetrantes ojos azules. La viudez y las decepciones que sufrió de sus hijos, ávidos siempre de dinero, habían acentuado su misantropía y su mal humor. Fumaba todo el día echado en un sillón de su cuarto o sentado en un extremo de la mesa del comedor, casi invisible entre el humo acre de los cigarros. Al bajar a las siete de la mañana para darle los buenos días, el abuelo me besaba y tomándome la mano iniciábamos nuestro diario recorrido. No podía reprimir la alegría, la admiración y el orgullo que experimentaba cuando mi abuelo, con su fuerte y bien cuidada mano, abría la puerta de los altos relojes y tomando la llave de un extraño lugar sólo por él conocido, les daba cuerda con prudentes y regulados movimientos. El olor del cedro se mezclaba al del aceite, la luz se quebraba en el pulido disco del péndulo y las pesas ascendían suavemente sostenidas por sus brillantes cadenas. Luego, el abuelo sacaba de la bolsa del chaleco su abultado cronómetro de oro y con el dedo índice, que remataba una uña amarillenta y encorvada, movía la aguja del minutero.
—Es éste —decía— un viejo retardatario como yo. Siempre señala el pasado.
Su alcoba, velada por cortinajes de pliegues rígidos y en la que flotaba, persistente, el humo frío de los cigarros, estaba amueblada con un pesado ajuar de caoba. Sobre la consola descansaba un reloj de porcelana de Sajonia. Los músicos tocando violines y flautas, las damas con jubones y faldas de anchos vuelos y los caballeros ataviados con gorgueras de encaje y casacas bordadas, componían un conjunto fresco, gracioso y elegante que debe haberle recordado los felices días en que su mujer lo defendía eficazmente contra la codicia de sus hijos.
En una larga cajonera de ébano guardaba, con muchos papeles y retratos de familia, los relojes de bolsa. Suspiraba con fuerza al escuchar sus frágiles campanillas y acariciando mi cabeza exclamaba:
—Tú eras un niño, pero debes recordar lo que me hicieron.
Sí, lo recordaba. Una tarde, me hallaba en los brazos de mi madre frente al balcón de la sala. Mi abuelo, con un balde en la mano, entró pálido y descompuesto. Le temblaba la barbilla y miraba de un modo extraño.
—Mire usted, Lupe, lo que me han hecho esos bribones —dijo, al mismo tiempo que arrojaba a sus pies las monedas de plomo que llenaban el balde.
Mi tío, un hombre de larga nariz y ojillos burlones, se defendió con voz destemplada:
—No he sido yo.
—Eres un ladrón —afirmó el viejo—. Has mandado hacer una llave de mi cajonera y me has robado. De cada montón, sólo dejaste encima una moneda de oro. El resto lo cambiaste por este plomo.
—No te he robado. Han sido mis hermanos.
—¡Lárgate de mi casa! No quiero volver a verte.
—¿Y mis hijos? —gimió el tío—. ¿Qué será de ellos?
—¡Oh, Dios! ¿Por qué me castigas en esta forma? —gritó el abuelo dando bruscamente la vuelta y desapareciendo del salón.
—¿Para quién acumula uno riquezas? —murmuraba el viejo en tanto que sacaba de sus estuches los relojes y hacía brillar los diamantes y los rubíes que los incrustaban. Unos eran panzudos como las cebollas y otros delgados y finos como antiguas monedas. Tenía diminutos relojes de mujer con adornos de perlas y mosaicos, y relojes de hombre en cuyas tapas anónimos artífices cincelaron escenas de cacería o iniciales ornadas de arabescos exquisitos.
Del lejano comedor, del salón, de las alcobas llegaban en oleadas armoniosas los sonidos graves y agudos que emitían regularmente los relojes del abuelo, dominados por la voz secular, profunda y solemne de la campana mayor de la catedral vecina.
—Naciste en una época ruidosa y desorganizada, hijo mío —decía mi abuelo—. Yo nací cuando esa campana gobernaba, espaciada y autoritariamente, nuestras vidas. Me despertaba en la madrugada con su imperioso llamado, a las doce me sentaba a la mesa y a las ocho su mano invisible me llevaba a la cama.
De los relojes del abuelo, uno particularmente ejercía sobre mí un poderoso atractivo. Construido a la manera de un enorme cuadro, representaba la plaza mayor de nuestra ciudad. La hermosa catedral herreriana y el barroco sagrario no estaban pintados, sino que eran de bulto, así como los árboles de la plaza y un escuadrón de soldados seguido de varios chicos desarrapados que figuraban en primer término. Al dar las doce —el pequeño reloj de la catedral era también el reloj del cuadro—, los soldados se ponían en marcha haciendo sonar sus tambores y cornetas y los chiquillos corrían detrás de ellos agitando los brazos alegremente.
El amado reloj fue por muchos años el modelo que yo me había formado de nuestra ciudad, una ciudad movida por un oculto mecanismo de relojería donde todas las cosas sucedían a su hora, con su ritmo propio, donde nada se había dejado al azar y donde todo se hallaba previsto por una sabia y reguladora inteligencia.
Cecilia escuchaba mi relato y nuestros ojos seguían con atención los primorosos detalles de aquella obra maestra de la relojería europea. A las doce, el ruido característico de la maquinaria se dejó oír y los soldados marcharon con sus pasos de autómatas, entre el redoble de los diminutos tambores y chillonas cornetas. De un modo inconsciente, me vino al recuerdo el reloj coronado por un águila que adornaba la estancia del Presidente, su timbre agorero, y la voz de mi abuelo que decía:
—Hijo mío, naciste en una época ruidosa y turbulenta.
Un resorte se le había roto a la ciudad, y el tiempo o nosotros no éramos ya los mismos. El azar presidía nuestras vidas y la barbarie lo había desordenado todo.
7 de mayo de 1920. Tuve que librar otra batalla con Cecilia, que insistía en acompañarme a la estación central. En estos locos trenes mexicanos, que no se sabe nunca cuándo salen ni cuándo llegan, las despedidas son agobiantes. Humanamente no es posible decir adiós tres o cuatro veces. El repertorio de las tiernas efusiones se agota, y uno se queda pegado al cristal de la ventana, hecho un tonto, mientras la mujer, de pie en el andén, agotadas sus fuerzas, nos mira sin saber qué hacer, ni qué decir, ni adónde volver la cabeza.
Asunción, el chofer, se llevó las dos maletas sin esperar a que Cecilia terminara de meter en ellas las pilas de calcetines, camisas y pijamas con que pensaba equiparme, y de una manera imprevista, aunque no despojada de naturalidad, me encontré en los brazos de mi mujer y de mi hija. Vi después sus dos rostros queridos asomar entre las cortinas del balcón y el auto se puso en marcha hacia la estación de Colonia.
La estación todo parecía aquella mañana, menos una estación de ferrocarril. No se veían los trenes; las puertas, que daban acceso a los andenes, estaban abiertas y los empleados habían desaparecido. Afuera y adentro reinaba un tremendo desorden. De los tranvías, de las carretelas y de los automóviles, descendía a cada momento una multitud cargada de estrafalarias maletas, de curiosos bultos, de enormes libros —eran los libros de contabilidad de los ministerios—, de colchones cubiertos con sábanas y amarrados de cualquier modo y hasta de jaulas donde se agitaban pericos, jilgueros y zenzontles.
Los cocheros, de pie sobre el pescante y con el látigo en la mano, lanzaban sus habituales injurias, la gente corría de un lado a otro y, por librarse de los percherones uncidos a los carromatos del ejército, caía frente a los autos de alquiler, lo que aumentaba la confusión y el griterío.
Con todo, no se tenía la impresión de asistir a un éxodo, sino al principio de unas vacaciones largo tiempo esperadas; y si algunas personas sensibles despedían con lágrimas a sus familiares, esto se debía a la poca costumbre que tenían de viajar los empleados del gobierno y no a los riesgos que pudiera acarrear una expedición tan alejada de su diaria rutina.
La presencia de la tropa llenaba de confianza y de irrazonable orgullo a los viajeros. Los batallones de infantería se extendían en largas hileras llevando a la espalda las mochilas. Las mujeres de los soldados, cansadas de aguardar, se habían sentado en el suelo y allí permanecían cubiertas con sus grandes sombreros de palma, unas comiendo, otras charlando y otras más —porque ciertamente las madres han abundado siempre entre las soldaderas—, dándole el pecho a sus hijos.
Unos soldados indios, sin duda recién llegados de sus aisladas montañas, se agrupaban frente a un enorme espejo que yacía olvidado en el piso del andén. Permanecían largos minutos contemplándose las caras, haciendo muecas y visajes, y sólo a duras penas se resignaban a dejar el sitio a otros soldados ansiosos también de verse en el espejo.
Nota añadida el 30 de agosto. Releyendo estas notas tomadas de prisa la tarde del 7 de mayo, descubro que la fascinación demostrada por aquellos soldados —es muy posible que la mayoría haya muerto— se debía al hecho de que se les estaba revelando su propio rostro, antes sólo atisbado en el agua de los arroyos o en un minúsculo trozo de espejo. No resultaba fácil soportar el descubrimiento de nuestra imagen verdadera. Pienso en la fascinación que ejercía sobre Rembrandt su cara y en la complacencia de Durero a pintarse desnudo. Sin embargo, estamos disfrazados de nosotros mismos, pero el disfraz más engañoso es el aparecer desnudos ante nuestros ojos. Entonces descubrimos lo ajeno y repugnante que es el cuerpo que se nos ha dado.
Continúa la nota del 7 de mayo. Lo único que desazonaba a toda aquella gente era la falta de noticias. Nadie informaba sobre los trenes que debían ocupar o sobre la hora en que la expedición habría de ponerse en marcha. Los pobres empleados, seguidos por sus familiares y cargados con sus bultos, vagaban en los andenes, preguntando ansiosamente:
—Perdone usted, ¿podría decirme dónde se halla el tren de Hacienda?
Eran las ocho y el calor de mayo se hacía sentir con fuerza. Liberado de Asunción —le ordené llevar las maletas al Tren Dorado del Presidente—, y deseando tener una idea precisa de las condiciones en que se realizaba la marcha, decidí internarme por las vías y observar el revuelto mundo de la estación.
Los trenes, inmóviles, bloqueaban las vías. Cañones y ametralladoras, sillones de oficina, archiveros, prensas y toda clase de arreos militares, estaban tirados en el suelo o eran cargados en plataformas y furgones por los soldados sudorosos.
En el tren de Hacienda, que terminé descubriendo a causa de su importancia, caían de un modo acompasado y mecánico las bolsas llenas de oro que los empleados sacaban de los camiones de la Tesorería, en medio de soldados armados. La vista de aquella gran riqueza —era la única reserva del país y nuestra sola esperanza de vencer finalmente al enemigo— no asombraba a nadie ni lograba alterar la cara de piedra de los guardianes.
Entre los muchos empleados que despedían a sus familiares me llamó la atención un joven y una pequeña vieja vestida de negro y cubierta con un chal desteñido, que se mantenían apartados de la gente.
—Mamá —le oí decir al joven—, no espere usted más. Sería mejor que aquí nos separemos.
La vieja miró al muchacho, aterrada, y sin que se le ocurriera nada mejor, le abotonó el cuello de la camisa con el ademán delicado y protector con que de niño terminaba de vestirlo, y sin decir una palabra se volvió reprimiendo las lágrimas.
Cuando proseguí mi camino saltando entre mochilas y cajas de parque, tropecé con el ministro de Guerra que hacía una visita de inspección, seguido de los oficiales de su estado mayor. Me tomó del brazo y me dijo:
—Vaya usted al Tren Dorado. No tardará en llegar el Presidente.
—¿Qué noticias me da usted? —le pregunté inquieto.
—Las noticias no pueden ser peores. Los regimientos de dragones que deberían apoyar nuestro flanco, concentrándose en la Villa de Guadalupe, han desertado en masa.
—Lo contrario sería de extrañarse —respondí—. ¿Lo sabe ya el Presidente?
—No se lo he dicho todavía pero lo sabrá más tarde.
—No deseo ocultarle mis temores —le dije—. He visto demasiados empleados, mujeres y niños que viajan en los trenes del convoy. En caso de un combate quedarán abandonados a su suerte.
—Es inevitable —respondió—. El Presidente tuvo buen cuidado de advertirles que estaban en libertad de venir o de quedarse tranquilos en sus oficinas. Ahora lo importante es salir de la trampa.
—¿A qué hora partimos?
—En una hora, quizá dos —respondió alejándose.
—Otra cosa más —le grité haciéndolo volver—. ¿Es cierto que los ferrocarrileros nos sabotean?
—¿Cómo lo sabe usted? —replicó.
—Las desgracias, general, nunca vienen solas. Algunas locomotoras se hallan detenidas por ausencia de maquinistas. Faltan despachadores que ordenen la salida de los trenes…
—Y falta combustible y faltan frenos de aire —completó la frase colérico—. ¿Cree usted que me ocupo de otra cosa? Hemos sustituido a los maquinistas con fogoneros, a los fogoneros con garroteros y a los garroteros con peones de vía. Sin embargo, las sustituciones tienen un límite y si todos se esconden y nos traicionan, ¿qué podemos hacer sino revestirnos de paciencia?
Las noticias que transcribo terminaron de apesadumbrarme. Sin el apoyo de la caballería, con el estorbo de numerosos civiles —entre los cuales debo contarme— y en las manos de estos desleales ferrocarrileros, la suerte de la expedición no se ofrece halagüeña. ¿Y qué otra cosa debíamos aguardar? El rebelde general Obregón es el joven y victorioso caudillo, el sol que nace y al que se vuelven los ojos de estos carneros uniformados, carentes de nobles ideales y de entereza varonil. Los ferrocarrileros son los menos culpables. Ellos se quedan en la ciudad que hoy mismo será ocupada y deberán responder de su conducta. El sabotaje los limpiará de la mancha de ser leales a su gobierno, y no transcurrirá mucho tiempo antes de que se apresuren, desde este mismo lugar, a despachar nuevos trenes militares con la esperanza de contribuir a nuestro aniquilamiento.
