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Crítica en forma de crónica, al estilo de Benítez, cuya objetividad en estas cuestiones no se ve exenta de juicios sobre la desolación que impera en muchas de las localidades aledañas al Distrito Federal y en la ciudad misma.
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Seitenzahl: 506
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Primera edición, 1975 Séptima reimpresión, conmemorativa del 50 aniversario de Colección Popular, 2009 Primera edición electrónica, 2010
D. R. © 1975, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-0485-9
Hecho en México - Made in Mexico
La destrucción del Valle de México
La ciudad, a ojo de pájaro
La isla se convirtió en archipiélago
Únicos oasis: los campos de golf
Política vs. geografía
Un polo de atracción irresistible
La ciudad en el año 2000
El dios de los reporteros acude en mi ayuda
La última ola de inmigrantes
El ambiente de Macbeth
Doña Virgen, cacica de Los Remedios
El ejido de Oro
El nuevo Martín Garatuza
Fraccionadores y paracaidistas
Los nuevos ducados
La invasión desarmada
La adolescencia
Un tuguriano entre millones
Nosotros somos los responsables
La tesis Chamapa
El peligro y sus posibles soluciones
Una ciudad dentro de otra ciudad: Netzahualcóyotl
Los condenados se rebelan
El candidato
La lucha se extiende
Un Cicerón inesperado
Poblando el desierto
La venganza del lago
La transformación de Netzahualcóyotl
Un apólogo moral y un resultado práctico
El milagro de los peces y los panes
Para qué sirve una película
Capacidad o incapacidad del gobernante
¿Cómo frenar el crecimiento?
Hay que llevarse los imanes fuera del valle
El pliego de mortaja
La descentralización política
Dos ciudades muertas y una viva
La ciudad donde nacían los dioses
La Serpiente Emplumada
Estrofas de un canto roto
Una transnacional religiosa: la Compañía de Jesús
Tepotzotlán, semillero de jesuitas
De la cueva de Manresa a la alcoba de madame Pompadour
El santo señor de Chalma
Las deidades negras
Los cristos muertos
No nos expulsan del paraíso, nosotros expulsamos al paraíso
La expulsión
La cadena de las destrucciones
No hay happy end para los patos
Patos y hombres más tontos que los patos
Toluca y sus artes
El tianguis de los viernes
La nueva Toluca
Y después de Teotihuacán, ¿qué?
El volcán
Atenco, otro paraíso expulsado
Calixtlahuaca
Calimaya
Metepec
Mi casa, mi hogaza
Un plan ranchero
El sur: reales de minas y pueblos de tránsito
Texcaltitlán
Temascaltepec
San Diego
Don Quijote
Amatepec
Pedro Ascensio de Alquisiras
La escuela
La tentación
Tejupilco
Los espejismos
El viejo tonto de la montaña
Zacualpan
No estamos “civilizados”
Sultepec
El osario de la divinidad
Coatepec
Tenancingo
Los nuevos alcaldes
El Santo Desierto
Tonatico
Ixtapan de la Sal
El nuevo alcalde
La expulsión del paraíso
Malinalco
El norte: áspero y feudal
Un poco sobre los mazahuas
Lo que no se nombra
Muerte y resurrección de Aculco
Jilotepec
Una confesión personal a modo de prólogo
Las ruinas de Arroyo Zarco
Resumen de una historia feudal
Un ejido como hay millares
La sociedad
Los jóvenes
Todo el poder a los campesinos
La máquina infernal
Enfermedades del cuerpo y del alma
¿Por dónde comenzar?
Con la Iglesia hemos topado, Sancho
La escuela
Los bosques y las tierras
Una agricultura diversificada
Lo tuyo y lo mío
Dinero del gobierno: agua que se evapora
Dos requisitos esenciales
El Rosal
El tiempo congelado
El caballo divinizado
Tlalmanalco
Ozumba
Amecameca
Chimalhuacán
Nepantla
Una niña prodigio
El convento
Engaño colorido
Crisis de toda una vida
El fin
¿Y por qué sor Juana?
El problema no es de tierra, es de hombres
Una descentralización total
Apenas salimos de la barbarie
La colosal paradoja
Notas
Aun los que tenían 10 o 15 años en 1950, cuando se inició el crecimiento explosivo de nuestra ciudad, no son capaces de acostumbrarse a su novedad inquietante ni mucho menos a sacar conclusiones de una situación con la cual debían estar familiarizados.
Para nosotros, los que nacimos con la Revolución, el fenómeno se presenta mucho más oscuro y turbador. Yo, por ejemplo, vivía en una vieja casa de la calle de Mesones y la ciudad, según se me presenta ahora, era una aldea grande, colmada de pregones y repiques de campanas. Asistíamos a misa en el Altar del Perdón de la catedral —hecho que sin duda modeló una parte de mis gustos y mis inclinaciones—, oíamos los rosarios en San Jerónimo o en Balvanera y paseábamos en la Alameda o en el lejano Bosque de Chapultepec.
Por supuesto la época distaba mucho de ser tranquila. Recuerdo que los zapatistas, vestidos de manta y cargados de cananas, tocaban a la puerta y pedían —por el amor de Dios— un taco de frijoles, tratando de ocultar su rifle 30-30. Otro recuerdo que me impresionó fue ver a los soldados venidos del norte pasarse largas horas gesticulando frente a los grandes espejos de los salones porfirianos puestos sobre las aceras de la calle de San Francisco. Entraban en oleadas los revolucionarios y salían en oleadas, pero fuera de estos episodios y de ciertos sustos y carencias, nuestra vida no sufrió alteraciones de gravedad porque mi familia, si bien era rica, no pertenecía a la dictadura ni cometió la torpeza de cambiar su vasta casa colonial por una ridícula mansión francesa.
Todos los vecinos del barrio nos conocíamos bien y tratábamos de ayudarnos. Si alguna vez salíamos de compras o de visitas, mi madre alquilaba una carretela de bandera azul que costaba un peso la hora y desfilaba, despaciosa, por las calles olorosas a pan y a caballo. Las fiestas señalaban el paso imperceptible de las estaciones: los muertos, por ejemplo, anunciaban el fin del otoño; las posadas y la Navidad, el invierno; la primavera, los solemnes rituales de la semana santa —visita de las siete casas, matracas, quema de judas el sábado de gloria— y el lluvioso verano, los altares cargados de frutos y de banderas de oro volador del jueves de corpus.
Nada sabíamos del mar ni del trópico. Permanecíamos prisioneros de las montañas azules dominadas por la nieve de los volcanes y un viaje a Puebla o a Toluca suponía una aventura excitante.
Todavía a finales de los veinte la ciudad no había perdido su vieja cara religiosa de la Colonia. Estudiaba la preparatoria en San Ildefonso, el antiguo y hermoso colegio de los jesuitas, devoraba libros en la fría nave de San Agustín donde funciona desde los tiempos de Juárez la Biblioteca Nacional, o en la no menos fría de la Iberoamericana, recién inaugurada por Vasconcelos —imaginaba que todas las bibliotecas del mundo estarían instaladas en iglesias—, visitaba a mis compañeros provincianos en las derruidas casas de huéspedes contiguas al barrio universitario y yo mismo vivía en una casa semejante de oscuro zaguán, patio de columnas, escalera y corredores adornados con vidrieras de color.
Veinte años después, se construían los primeros rascacielos, nacían nuevos barrios, las calles del centro se vieron invadidas por los automóviles. La Plaza Mayor, la plaza con el palacio virreinal, el ayuntamiento, la catedral, las casas aportaladas, no fue más el centro comercial y administrativo de la ciudad. Se generaron otros centros a lo largo de la Avenida de los Insurgentes, hacia el Bosque de Chapultepec, siguiendo el Paseo de la Reforma, o hacia el norte árido y seco donde de un modo insospechado brotaban sin cesar nuevas fábricas y nuevos poblamientos. En los sesenta, las muchedumbres llenaban las calles y nadie saludaba a nadie. Todos eran desconocidos. Los automóviles que antes causaban admiración, ahora provocaban colosales embotellamientos en las calles diseñadas para que pasaran los jinetes y las carrozas. Desaparecieron las montañas y la nieve de los volcanes bajo el denso velo del esmog. El fragor de los motores acalló el sonido de las campanas. Surgieron los edificios de ventanas oscuras y selladas sustituyendo los balcones. Las casas de los hidalgos se abandonaron a los proletarios. Lo íntimo, lo que tenía cierta integración, cierto orden, cierta coherencia, se desquició atomizándose. Incluso los árboles de la Alameda, del Paseo de la Reforma, del mismo Bosque de Chapultepec se fueron muriendo. Una plancha de 700 km² sepultó bajo su capa de concreto lo que fueron ríos, praderas, campos de labor, huertos, jardines y pueblos. El hombre se diluyó en la masa. Entre el esmog sólo parpadean las luces verdes, rojas y amarillas de los semáforos gobernando el paso de las gentes y de sus automóviles. Andar, pasear, curiosear, lo que fue patrimonio de todos, resulta un lujo prohibido y se piensa con angustia creciente en el reloj, en el estacionamiento sobresaturado, en el viaje diario, en el embotellamiento.
Vivimos este pequeño infierno como parte de nuestra rutina, dentro de un perímetro delimitado y no sabemos muy bien lo que ocurre en la totalidad del valle. Para tener una idea de ese conjunto mal definido, debemos volar, tomar un helicóptero y contemplar desde el aire la imagen de lo que se llamó alguna vez la Venecia americana.
De pronto, con suavidad extrema, el helicóptero me eleva 20, 30, 40 m y siento que yo mismo, nativo y prisionero de este valle, tengo el privilegio que no tuvieron sus anteriores cronistas: el de volar por encima de todos y de todo en una burbuja de plástico y medir con exactitud lo que nosotros hemos hecho, de un paisaje lacustre cuya belleza le recordó a Bernal Díaz del Castillo las historias de Amadís de Gaula.
En tres minutos abarcamos el aeropuerto. Abajo del Peñón, el antiguo coto de caza de Hernán Cortés, se alinean los aviones gigantes, disponiéndose a cruzar el Atlántico en nueve horas, mientras las naos españolas, desde el puerto de Veracruz, empleaban tres meses, desafiando piratas, borrascas o calmas chichas.
Sin transición, enfilamos hacia Netzahualcóyotl, el municipio del Estado de México, que alberga un millón de habitantes, es decir, 10 veces más de los que albergaba la vieja metrópoli colonial en 1800. Es el desierto, un desierto de sal y de pantanos, ennegrecido por el esmog y las azoteas manchadas de las casas. Semeja un gigantesco hormiguero desventrado. ¿Dónde están las hormigas? Han salido —como todas las hormigas— al duro trabajo de ganarse la vida, y quedan las madres atareadas en sus cocinas invisibles. Los niños se agrupan en los patios de las escuelas y casi no circulan automóviles por las amplias calzadas. La clínica de cinco pisos concentra la movilidad. La plaza central, el tecnológico, las secundarias, establecen respiros en el hacinamiento.
Muchos vinieron de fuera, de los pueblos distantes, pero 70% ha emigrado del Distrito Federal. No podían ir a otro lado. No existía para ellos otro lugar de residencia que el lecho del lago tapizado de sal y bordeado de pantanos, si bien ese horror absoluto tenía un dueño y para establecerse debieron comprar su solar con sacrificios inenarrables.
Cambia bruscamente la escena. El helicóptero bordea el vasto cerro de Chimalhuacán y surgen Los Reyes y Chalco. No es posible concebir un contraste mayor. La tierra se ha revestido de su piel verde y el paisaje se humaniza. Praderas jugosas, establos, blancos caseríos. Chalco, el puerto lacustre colonial, tal vez sea uno de los pocos sitios del valle que no ha tocado la epidemia del gigantismo. Sin embargo, Chalco corre peligro. Llegó el momento en que el fraccionamiento urbano puede rendir más ganancias que las vacas y los sembrados de alfalfa, y en cinco, en 10 años más, la paz aldeana será sólo un recuerdo.
No hay mucho tiempo para reflexionar. Están surgiendo los esbeltos husos oscuros de los huejotes que anuncian la inminencia de Xochimilco. Canales cubiertos de lentejuela verde, canales negros, transitados por chalupas y trajineras. Una reminiscencia de lo que fue la vida de Tenochtitlán. Adentrándose en los canales, las diminutas penínsulas de las chinampas, cultivadas primorosamente a la manera china. La despensa del mexicano, su jardín de flores, dominado hoy no por los bosques del Ajusco, sino por los tugurios sombríos de Milpa Alta.
¿La mayor extensión de agua? El Canal de Cuemanco, abierto para la Olimpiada de 1968 y dedicado al costoso deporte del remo, cuyo paralelismo lo encontraremos adelante en el Club de Golf Azteca, reproducción a escala de la dulce campiña francesa.
Reaparece el sur de la ciudad. Los ocho carriles del Periférico, los rascacielos de la Villa Olímpica, las residencias y los jardines de Tlalpan, la gigantesca universidad, nuestro Pedregal de San Ángel, el más original y suntuoso barrio residencial del mundo edificado sobre las lavas que sepultaron las tumbas y la pirámide redonda de Copilco, la primera ciudad edificada en el valle.
Bordeamos la masa basáltica del Ajusco. En el llamado Pedregal de Padierna, situado en sus faldas y perteneciente a un ejido, se han instalado los invasores, levantando una villa miseria. Lo que en Netzahualcóyotl es el desierto de sal y de aguas fangosas, aquí es el cerro áspero y erosionado. Al Pedregal de Padierna no ha llegado el agua y será difícil que llegue. Disfruta de luz y de algunos caminos. Vemos los camiones acarreadores del agua, los tambos —barriles de petróleo vacíos— ordenados afuera de los tugurios. Somos inmensamente generosos. A los pobres del norte les permitimos vivir en el desierto de sal, a los pobres del sur los autorizamos a poblar las taladas laderas del Ajusco. Más abajo, un astuto acaparador no sólo se ha hecho de un inmenso terreno, sino que lo ha bardado con una sólida muralla de piedra, gasto enorme que redituará dividendos en un futuro cercano, como lo está demostrando el rico fraccionamiento levantado a poca distancia, en el que ya se advierten las albercas azules de las nuevas residencias.
En otras épocas, el poblamiento, el inicio de la morada del hombre, revestía una conmovedora solemnidad. Ahora todo eso se ha ido al diablo. El acosado, el paracaidista, se instala en el infierno y el cielo del rico ha sido desacralizado. No hay ceremonia que consagre la inauguración de su nueva morada. Es insensible a la idea de que sobre sus cabezas alientan 50 000 miserables.
Contemplamos otro poco de lo que se ha salvado del desastre: los bosques del Desierto de los Leones, de Contreras, de los Dínamos. A semejanza de Chalco, el viajero tiene ocasión de imaginar lo que fueron los bosques espesos y fragantes de la cordillera antes de ser aniquilados por el hacha del talamontes. Las copas de los altos pinos, en cerrados batallones, escalan los montes y se hunden en los barrancos, componiendo una masa oscura que principia a devastar la carretera Transmetropolitana. En un decenio aquí se instalará mucha gente acomodada y construirá bungalows copiados de Suiza y de Alemania.
Al poniente, en la Serranía de las Cruces que divide al Valle de México del Valle de Toluca, avanzan los campos de labor y los caseríos sobre los espacios ganados al bosque. Estos poblamientos espontáneos tampoco son controlables debido a su gran dispersión. Carecen de un centro a partir del cual se forme un pueblo y en el año 2000 seguirán privados de servicios elementales. Allá lejos, los rascacielos, como inmensas columnas sostienen la nube rojiza del esmog. Parece el humo dejado por un incendio de proporciones cósmicas. Ante las ruinas de la región más transparente del aire, entonemos, hermanos, la palinodia del polvo. Alfonso Reyes se preguntaba: “¿Qué habéis hecho de mi alto valle metafísico?” “Esto hemos hecho querido Alfonso Reyes”, le puedo contestar desde mi helicóptero.
¿De dónde han salido tantas casas? En parte de las areneras, de las ladrilleras, de las pedreras, de las canteras, es decir, de los huesos de la tierra que brotaron cuando le arrancamos la piel de sus bosques. Destrucciones colosales. Y muy cerca de ellas las espléndidas zonas residenciales de La Herradura, de Tecamachalco, de las Lomas de Chapultepec.
Contrapartida del tugurio, de la cueva, del hacinamiento, aquí se concentra una gran porción de la riqueza nacional. Hay jardines, piscinas, terrazas escalonadas que descienden a los barrancos, tejados rojos, mansardas, palacios, avenidas sabiamente dispuestas y los prados y las arboledas de un enorme campo de golf. ¿Y qué esperábamos de una ciudad de 12 millones de habitantes? A mediados del siglo XVI , de una mansión de la calle del Reloj, salía el criollo cubierto con su antigua armadura y montado en un caballo ricamente enjaezado, precedido de su escudo de armas y rodeado de pajes y palafreneros. ¿Adónde iba? A jugar cañas y torneos al prado del Concejo. En la noche danzaba a la luz de las velas perfumadas y recitaba poemas de amor, de corte petrarquista. Más allá de la traza se hacinaban millares de indios. México seguía siendo una isla.
Al finalizar el siglo XVIII la aristocracia se había afirmado. Los condes y los marqueses de reciente cuño salían de sus palacios en sus carrozas jaladas por 10 pares de mulas. Ya no vestían el jubón negro y la blanca golilla del tiempo de los Austrias, sino la casaca bordada de los Borbones, tricornio y peluca blanca. Sus mujeres iban a misa encaramadas en una litera circundada de dueñas y limosneros que distribuían monedas y garrotazos. Llamaban con campana a la comida. Regalaban al monarca navíos de caoba erizados de cañones. Millares de esclavos trabajaban en sus haciendas y millares de barreteros arañaban la tierra de las minas. México seguía siendo una isla.
Principios del siglo XX. El señor Limantour. El señor Romero Rubio. El señor ministro, el señor hacendado, el señor banquero, abandonaban sus palacios franceses para dirigirse al Hipódromo de la Condesa, con sus altos sombreros de copa y sus levitas cortadas por sastres franceses. Despliegue de fastos urbanos y prohibiciones —inútiles— de que los indios anduvieran por la ciudad en calzones. México seguía siendo una isla.
Ahora, ciertamente México no es una isla. De San Ángel y Coyoacán a Tecamachalco se extiende el desfile de las islas. La isla se ha convertido en un archipiélago rodeado de un mar de miseria y la situación se deteriora. Ahora el rico sale en medio de dos autos atestados de guardaespaldas; las colonias, como la del Pedregal de San Ángel, se rodean de murallas y a la entrada de los condominios de lujo se apostan los policías. ¿Ha principiado la guerra?
Cuando desaparecen los árboles, el desahogo, la rigurosa simetría de la urbanización opulenta, reaparecen en el fondo del barranco las ladrilleras, las cuevas y los tugurios del ejido Chamapa. Todo se precipita nuevamente: una mezcla asombrosa de fábricas y viviendas, oleadas interminables de casuchas, el rico Satélite, los caprichosos tapices de Lomas Verdes, el oasis del Club de Golf Hacienda y ya se vislumbran los humos de Tlalnepantla, los barrios y las fábricas de Naucalpan y Atizapán de Zaragoza. El Lago de Guadalupe es una mancha verde en medio de las tierras brutalmente erosionadas y se imponen los caseríos que toman y retoman el paisaje montañoso, lo matizan, lo invaden de su lepra y lo devastan. Allá, el viejo Cuautitlán, con su roñosa iglesia y el nuevo Cuautitlán Izcalli, donde se dibuja la construcción de la nueva universidad. Otra vez los tapices rojizos, blancos, de los fraccionamientos, los tapices verdes de los ranchos. Desfilan Coacalco, Tultitlán, Tultepec, Zumpango: una posible zona de ganadería intensiva y a la vez una invitación al poblamiento.
Nos damos cuenta de que no hemos podido acabar con el Lago de Texcoco, pues ahí está, implacable, avanzando sus pantanos por el rumbo de Venta de Carpio. El piloto lo evita dirigiéndose hacia el Valle de Teotihuacán, que con tanta diligencia estudió el sabio Manuel Gamio. La sombra del helicóptero se desliza por las blancas torrenteras, las piedras grises punteadas de arbustos y magueyales. Y en el paisaje se dibujan la Avenida de los Muertos, la helada geometría de la Plaza de la Luna, la masa geométrica de la Pirámide del Sol, las majestuosas explanadas del Templo de Quetzalcóatl.
De todo lo que nos dejaron los indios en el Valle de México, prevalece la Ciudad de los Dioses. Todo lo demás son restos ahogados y dispersos del pasado esplendor. Otra concepción del urbanismo. En Teotihuacán contaba el espacio sagrado, la voluntad de crear una visión celeste a la que pudiera arribar el ser humano. Desde las alturas, resultan visibles las ruinas de los palacios sacerdotales, con su adoratorio interior y las de los barrios amurallados en que vivían los artesanos y los funcionarios de la corte, demasiado pequeños en comparación al gran conjunto ceremonial.
Nosotros no hemos podido construir algo semejante en ningún sentido. Existía una mística que consolaba al hombre de sus fatigas y de su condición perecedera, haciéndolo emprender obras colosales. Los españoles, más tarde, lograron aprovechar esta hambre ontológica construyendo iglesias, catedrales y monasterios a la vez que palacios y casas oficiales. Dios y el rey conformaban una visión del mundo no muy diferente del antiguo.
Fue a partir de la Independencia cuando los términos principiaron a invertirse y sobre lo sagrado, de un modo paulatino, se impuso lo profano. De cualquier modo, hasta 1940 la ciudad mantuvo sus límites. Diez años después la creciente industrialización atrajo a millares de inmigrantes y el valle cubrió su rostro agrícola, surcado de canales, con una máscara industrial de humos y de esmog.
Fenómeno inquietante: el gran centro minero de Guanajuato exigió la creación en el cercano Bajío de un centro agrícola, capaz de abastecerlo, que a Humboldt le recordó los campos mejor cultivados de Europa, pero nosotros no hemos hecho nada parecido. Descontando las porciones de Chalco, de Zumpango y de Xochimilco, fábricas y casas devoraron los sembrados y la comida debe traerse de lugares cada vez más lejanos. En realidad es terrible lo que ha causado nuestra falta de previsión. Talamos los bosques, desecamos los lagos, acarreamos agua del Valle de Toluca a grandes costos y a grandes costos la expulsamos a la cuenca del Pánuco, permitimos que los calveros se poblaran y que las buenas tierras se las comieran los pueblos. No hubo la sombra de una planificación, de introducir algún orden, de frenar una especulación desorbitada. ¿Por qué? No hay tiempo de responder a esta pregunta. Otra vez aparece implacable el Lago de Texcoco reclamando nuestra atención. Primero son islotes verdes y charcos color de tierra. Luego, de modo uniforme se extiende desnudo, ocre, resquebrajado, leproso, tumefacto. A todo lo visto —remota nieve, pinares del sur, devastaciones, lomeríos desnudos— se añade el paisaje lunar de Texcoco. Aquí trabaja por su cuenta y riesgo la Secretaría de Recursos Hidráulicos, para excavar tres lagos, siguiendo la norma de sustituir lo natural por lo artificial. ¿Cuándo será ese cuándo? Lo ignoramos. En un país donde gobiernos y organismos oficiales hacen lo suyo y tratan de sobresalir y de ganar créditos políticos durante un sexenio, nada se integra ni se hace con una visión de totalidad. ¡Bárbaros, siembren árboles, restañen las heridas, retengan el agua, prevengan el crecimiento futuro, sustraigan las tierras a la especulación, trabajen unidos por el bien común! —me voy diciendo al observar los hacinamientos de Ecatepec, la mezcla infame de tugurios de Tlalnepantla, las invasiones de paracaidistas en el llamado Cerro de la Presa. Estos obreros, estos artesanos, estos comerciantes producen la riqueza de la ciudad pero la ciudad los ha ido expulsando, de preferencia hacia el paisaje lunar, donde nadie pensó que se pudiera humanamente vivir. Hemos llegado al final de la cuenta irreversible. Cada segundo se carga de una importancia decisiva. O nos unimos, con una conciencia clara del problema o se cumplirá la profecía de Edmundo Flores. En 10 años más seremos una Calcuta, no de seres resignados y fatalistas, sino una Calcuta de seres irritados y temibles.
Al terminar el viaje, mi amigo el fotógrafo Héctor García responde a una pregunta mía: “Lo que he visto es una tierra desnuda. La refracción de la luz me hizo cerrar el diafragma a 16 y disparar a un milésimo de segundo”.
Los técnicos hablan de un Distrito Federal, de un área urbana que lo desborda y de una zona metropolitana perteneciente al Estado de México. Respetan límites arbitrarios y jurisdicciones de las que somos tan celosos. ¿Acaso no se trata de una sola ciudad que ha saltado los límites de sus fronteras y casi cubre la extensión del valle? La ciudad, vista a ojo de pájaro, revela que es una ciudad de pobres construida —o destruida— a favor de los ricos. En el océano del caserío no hay otros oasis que los formados por los campos de golf. En el sur, los acomodados viven sobre las lavas basálticas del Pedregal y los pobres en las laderas erosionadas del Ajusco, si bien no es lo mismo obviamente habitar una casa de dos o 10 millones rodeada de jardines, que habitar un tugurio de cartón privado de agua y de caminos. En el centro y en el sur no es tampoco lo mismo, Polanco, las Lomas de Chapultepec, La Herradura o Tecamachalco, que los barrios de la vieja ciudad o los hacinamientos inhumanos del Estado de México. Pocos ricos, millones de miserables. Aniquilamiento de todo río, de todo verdor, de toda naturaleza. Surgimiento de vastos, incalculables infiernos. Esmog en lugar de transparencia, ruido en lugar de silencio. Millares y millares de automóviles paralizados en embotellamientos colosales. Es la Ciudad Doliente. Nos propusimos destruir el valle y lo hemos conseguido. Tal vez sea la única tarea nacional que hemos realizado cabalmente.
El Valle de México tiene 8 153 km². De esta área, el Distrito Federal ocupa 16.2%; 59% el Estado de México; 20% el de Hidalgo y 4.9% el de Tlaxcala. Así pues, una cuenca natural geográficamente autónoma y bien delimitada la comparten en diversas proporciones tres estados y la ciudad capital, centro y cabeza de la República.
El proceso político que ha desembocado en esta arbitraria partición del valle es largo y complicado. Al iniciarse el siglo XIX la Nueva España estaba dividida en 12 intendencias. La Intendencia de México, que lindaba con las de Puebla y Valladolid, hoy Michoacán, era la más rica y poblada del territorio. Por supuesto, no la gobernaba un intendente sino el virrey y al establecerse la República y darse una diferente división territorial y política, la Intendencia, dicho de un modo general, se transformó en el Estado de México. Este hecho sencillo dejaba momentáneamente sin capital tanto a la República como al nuevo Estado. La ciudad de México, construida a lo largo de 300 años, asiento de los poderes coloniales, no podía pasar a la propiedad de un estado libre y soberano ni a ser su capital, pues se crearía entonces una concentración de fuerzas que rompería el equilibrio ya de por sí muy precario de los demás estados. Para resolver estos problemas, el Congreso decretó el 18 de septiembre de 1824 la creación de un Distrito Federal —debería localizarse en un círculo de dos leguas de radio cuyo centro fuera la Plaza Mayor— y se autorizó al Congreso del Estado de México a que funcionara provisionalmente en la misma ciudad mientras buscaba el sitio donde estableciera su capital.
La erección del Distrito Federal supuso una primera mutilación muy pequeña territorialmente hablando, ya que el Estado de México disfrutaba de una extensión aproximada de 120 000 km² y muy grande en términos políticos, pues desde el principio y a despecho del federalismo, aquel círculo de dos leguas implantado en medio de su territorio, se reveló como el tenaz heredero del centralismo virreinal.
La República se desintegraba. Las peleas entre federalistas, centralistas, yorkinos, escoceses, liberales y clero, la lucha en fin por destruir un poder feudal intocado y crear siquiera una sombra de democracia, nos hizo perder en 1830 los territorios del sur —de Guatemala a Panamá— y en 1847, la mitad del resto. No existía una conciencia nacional, un poder que aglutinara lo disperso y estableciera un gobierno fuerte y estable. Al perderse las voces de la inteligencia en medio de las guerras civiles, se perdía la posibilidad de un gobierno capaz de contener la catástrofe y cuando ésta llegó, el país siguió miserable y dividido. No era posible improvisar ni la riqueza destruida ni la democracia deseada: México había heredado la Colonia y seguía siendo en lo interno una colonia.
Salvado Yucatán que pretendía sumarse a los Estados Unidos, conjuradas las veleidades independentistas de otros estados, la nación pareció recogerse en sí misma, en lo que fue siempre su núcleo político y social: la Mesoamérica de los antiguos mexicanos.
Ahora el sur, que había sido el bastión de la Independencia y sería en parte del movimiento reformista, reclamaba su derecho a constituirse en un estado y el 15 de mayo de 1849 nace el de Guerrero con 64 000 km² arrebatados al Estado de México. Perdió sus costas del Pacífico, cordilleras enteras, bosques tropicales y numerosos pueblos y ciudades, mas a nadie pareció preocupar la constitución de un estado despoblado y desértico, que sólo era famoso por sus guerrilleros, su viejo real minero de Taxco y su puerto de Acapulco de donde partía y adonde arribaba cargada de tesoros asiáticos, la Nao de China.
Con todo, la federación seguía considerando que su vecino el Estado de México era demasiado grande y el 15 de enero de 1869 —dos años después de concluida la invasión francesa— erigió el estado de Hidalgo, quitándole 20 000 km, y con una diferencia de tres meses creó el estado de Morelos asentado en otros 5 000 km. El Estado de México perdió esta vez las ricas minas de Pachuca, las haciendas pulqueras de Apan, los arrozales y cañaverales de Cuautla y Cuernavaca y, como si esto no bastara, en 1917 perdió otros 2 000 km a favor del Distrito Federal. De tal modo, un estado que había iniciado su existencia con un territorio de 120 000 km se redujo a 21 000, todos ellos —fuera del Valle de Toluca— situados en las montañas de la Sierra Madre Occidental.
Curiosos juegos de una política que desdeña la geografía para imponer fronteras y divisiones arbitrarias sobre regiones naturales y económicas autónomas en sí mismas. De aquí resultó un Guerrero de montañas desérticas tropicales, de vastos litorales, de caciques salvajes, con una población rebelde y pobrísima; un Hidalgo de desiertos fríos y de regiones cálidas, tierra también de viejos cacicazgos y muchedumbres desamparadas; un Morelos diminuto de tierras fértiles y una opulenta ciudad de veraneantes; un Distrito Federal sobresaturado, sede de poderes no soñados nunca y un Estado de México que ocupa la mayor parte del valle. En el mapa, el estado parece una gigantesca amiba que devora al infusorio del Distrito Federal, pero en la realidad política y económica no sabemos si es este infusorio el que devora al Estado de México. De un modo o de otro lo que fue la Intendencia de México y su ciudad —la capital de la Nueva España— viven unidas como dos hermanas siamesas y la suerte de una la comparte la otra de un modo casi físico, se arrastran y se inculpan mutuamente y es tal su dependencia que el crecimiento, las carencias, los abastecimientos, ambas los comparten en una medida todavía no cuantificada.
De hecho todos salimos de la barbarie. Hace 30 años Acapulco era una aldea tropical rodeada de montes y de bosques incomunicados; en los llanos de Apan y en los desiertos del Mezquital no existía la industria de Ciudad Sahagún ni el portentoso oasis de Tula; Cuernavaca era también una aldea de veraneantes y Pachuca un pueblo triste que sufría la decadencia de su minería. La misma ciudad comenzaba su industrialización y sólo el centro guardaba una apariencia señorial. El viejo adagio de que fuera de México todo es Cuautitlán no se refería precisamente a las diferencias demasiado obvias entre la ciudad y ese poblado miserable del norte, sino a la relación que ofrecía un país semiparalítico con una metrópoli donde se concentraban el poder, la cultura, los transportes, la economía, la suma en fin de los recursos materiales y culturales de México.
Parece que la feliz concurrencia de un extenso valle situado en el paralelo 19, a 2 250 m de altitud, sobre un eje volcánico y dotado de bosques, de lagos, y de nieves eternas, hizo de él un polo irresistible de atracción.
Ya a finales de la glaciación de Wisconsin, hace 20 000 o 25 000 años, en un ambiente de nieblas y de pesadas lluvias, andaban por él pequeños grupos de cazadores que llevaban al mamut hasta los pantanos y ahí, medio hundidos en el fango, le daban muerte con sus lanzas y sus hachas de piedra.
Cuando la caza se extinguió —había entonces manadas de mamuts, de camélidos y de equinos, tigres dientes de sable y grandes perezosos— el hombre emprendió la tarea de domesticar el maíz, los frijoles, la calabaza, basado en la riqueza de sus lagos. Fueron siglos de lentísimo poblamiento. Es decir, 3 000 o 2 000 años a.C. la diminuta espiga del maíz había alcanzado las proporciones de las mazorcas actuales y podía alimentar a pequeños núcleos de una población sedentaria. La vida era rica y compleja, como lo demuestran las vasijas y las preciosas figurillas con que enterraban a sus muertos en Copilco, Tlatilco, Ticomán y Zacatenco.
Había nacido un arte realista, nunca superado después. En aquella infancia del mundo mesoamericano, los ceramistas recreaban los movimientos de las bailarinas, los tatuajes y los tocados de los guerreros, los brujos y los jugadores de pelota, y aun la dualidad de la existencia humana modelando rostros, una mitad de los cuales representaba la vida y otra la descarnación grotesca de la muerte. Prevalece una sensualidad impregnada de gozo representada en millares de mujercitas de hermosas caras expresivas, piernas en forma de bulbo y breves senos, ágiles, sonrientes y encantadoras. Pueblo imaginativo, estilizaba los animales incorporándolos a vasijas y a sellos de extraña belleza.
De tarde en tarde el carácter de la tierra se manifestaba cruelmente sepultando templos, poblados y cementerios como ocurrió en Copilco, al estallar el Xitle, uno de los volcanes del Ajusco.
El valle seguía atrayendo a los inmigrantes y poco a poco fue organizándose y poblando el gran centro ceremonial de Teotihuacán, modelo de futuras urbes religiosas, cuna de dioses y de toda espiritualidad mesoamericana. Al caer Teotihuacán, y ser incendiada y saqueada por los bárbaros venidos del norte, ya las riberas del lago estaban cubiertas de señoríos y principados. Una última oleada de inmigrantes —los futuros aztecas— tuvo que establecerse en un islote del lago y pagar tributo a sus vecinos, pero aquellos recién llegados se hallaban poseídos de una voluntad de grandeza tal, se creían de tal modo instrumentos de un designio divino, que de 1325, fecha de la fundación de Tenochtitlán, a 1519, año de la venida de Hernán Cortés, lograron edificar el imperio más poderoso de la Antigüedad.
Así pues, el valle fue hecho y rehecho varias veces por oleadas sucesivas de bárbaros. Pensaban aniquilar el pasado —los aztecas incluso destruyeron los códices y los monumentos donde se hablaba de su esclavitud, para ser ellos los iniciadores del nuevo orden de cosas— y en realidad nunca lograron sobrepasar su herencia cultural.
El valle ha sido —lo es todavía— el maestro civilizador, entre otras razones porque de los tres valles centrales que ocupan la azotea de nuestra casa por así decirlo, el de México era el mejor y más ricamente abastecido. Digamos 1 000 m, 1 500 m abajo, se inicia el mundo de las serpientes, de los jaguares, de los calores insoportables, de las fiebres y de las pestes. En cambio, el altiplano supone la transparencia, la música de los colores, el aire delgado y salubre, donde la naturaleza cede el paso a la cultura.
Los españoles, sin saber historia, se asentaron también en el valle que les recordaba su patria. Desde el primer momento, rechazaron la vida anfibia de los aztecas. Extremeños, andaluces, castellanos —hombres de pies bien puestos sobre la tierra—, traían consigo su patrón urbano: un tablero de ajedrez en cuyo centro se abría la plaza mayor con su catedral, su palacio, sus casas consistoriales y desde luego, la horca y la picota, símbolos elocuentes del poder real. Amaban los caballos y no las barcas, las casas de cal y canto y no las cabañas, ni los canales, ni los jardines floridos de los indios.
El conquistador y los primeros pobladores enfrentaron desde el inicio los dos problemas de Tenochtitlán: el exceso de agua —las inundaciones periódicas del lago— y la falta de agua potable. A fin de solucionar esta paradoja reforzaron los diques mexicanos y edificaron acueductos. No bastaba. Muchas veces, las inundaciones sucesivas y catastróficas los inclinaron a mudar el sitio de la ciudad, pero siempre se alegaba su creciente valor y en 1607 tomaron una decisión que como todas las primeras decisiones habría de marcar el futuro urbano de la metrópoli: expulsar las aguas a la cuenca del Pánuco excavando un túnel en el bajo lomerío del norte.
Cuando el virrey simbólicamente hundió su azada en la tierra, se iniciaba un proceso irreversible. Un año después a costa del trabajo y de la muerte de millares de indios, ante la corte y el arzobispo, se inauguró el túnel de Nochistongo y la masa de agua acumulada en el valle inició su camino hacia el lejano Golfo de México.
Se había dañado su equilibrio. El túnel, andando los años se convirtió en tajo —Humboldt calculó que lleno de agua sería capaz de albergar a todas las flotas de Europa— y de un modo o de otro, ora reforzando los diques, o levantando otros nuevos, ora ensanchando el barranco artificial, logró conjurarse el peligro y el lago principió a secarse lentamente.
Ya nadie incurrió en la locura de pretender cambiar el asentamiento de la Venecia americana. En la primera década del XIX México era la Ciudad de los Palacios que describió el barón de Humboldt y un siglo después la sede de aquella grotesca corte porfirista donde los ricos, abandonando el patrón español, habitaban en remedos franceses, góticos, alemanes y aun moriscos.
La Revolución mantuvo a la ciudad un poco aletargada. Bajo el callismo, comenzó a invadirnos el estilo de bungalow estadunidense y el barroco californiano que destruyó otra porción del mejor barroco del mundo. Pasada la segunda Guerra Mundial, de esta aldea abigarrada, llena de parches y remiendos, se apoderó un cáncer. Oleadas tras oleadas de silenciosos, furtivos inmigrantes la fueron invadiendo. La nación se reveló impotente ya no para absorberlos y civilizarlos, como había pasado antes, sino incluso para dotarlos de empleos o de los servicios más elementales.
Estamos pues ante una situación totalmente distinta en un periodo de 25 000 años que escapa a nuestro control. Volvimos al pasado para entender algo de nuestro presente y la consideración de este presente, cargado de signos ominosos —los que advirtió Moctezuma, los que se presentaron en el cielo anunciando la caída del porfirismo— puede llevarnos a imaginar el futuro inmediato. ¿Por qué no intentarlo?
Mucho tiempo permanece fija, alucinante la imagen del valle. Más allá de su círculo montañoso, prevalecen campos desiertos, enormes extensiones donde es difícil encontrar algo semejante a un pueblo y esta sensación de vacío, de soledad, contrasta penosamente con esos densos oleajes de apretados caseríos invasores de cerros y de llanos que por alguna misteriosa razón se han quedado inmovilizados.
Su paralización es sólo momentánea. En todas partes, con una intensidad sorprendente, se siguen construyendo nuevos barrios, nuevas fábricas, nuevos caminos, nuevas obras de luz, de agua, de teléfonos, para alojar a los que llegan y a los que nacen.
No se advierte disminución en el empuje de la marea. Actualmente ostentamos sin saberlo y sin desearlo un récord mundial: México es la ciudad del planeta que crece más aprisa. Por lo que hace a población, en 1985 seremos la tercera urbe después de Tokio y de Nueva York y la primera del Tercer Mundo. Si logramos frenar la inmigración y reducir la tasa de natalidad —dos tareas hipotéticas— en el año 2000 tendremos 26 millones y si las cosas continúan como van, la cifra llegará a los 40 millones.
No seamos pesimistas y digamos que dentro de un cuarto de siglo alentarán en el valle, a causa de un crecimiento natural, 25 millones de capitalinos. Ahora bien, aceptando ese número conservador podemos imaginar sin mucho esfuerzo la forma en que vivirán esos 25 millones y el aspecto que presentará el año 2000 la muy noble y muy leal ciudad de México, según acostumbraban llamarla sus cronistas.
Desde luego es posible conjeturar que si en 1975 necesitamos 40 o 42 m³/s de agua, en 2000 necesitaremos un mínimo de 160. Para 1985 resultarán insuficientes todas las actuales obras hidráulicas —escurrimientos y pozos del valle, fuentes del Lerma— y habremos logrado desviar la corriente del río Tecolutla a un enorme costo, pues se requiere elevarla 1 500 m y hacerla descender por gravedad a la metrópoli.
Otro tanto ocurrirá con la energía eléctrica. Necesitados de triplicar al menos el actual consumo, debemos traer el fluido del Grijalva y del Usumacinta por medio de cables de alta tensión y de torres que modificarán el paisaje, lo cual no excluye que funcionen en las cercanías algunas plantas nucleares.
Nuevas y gigantescas refinerías tratarán el petróleo bombeado de Chiapas y de las costas del Golfo para abastecer la creciente demanda de combustible, y estos hechos básicos presuponen que el agua, la luz, el petróleo, deben traerse a costos incalculables de fuentes cada vez más lejanas y profundas. La vida de 25 millones dependerá por lo tanto de un sistema de presas, de plantas, de bombas, de tuberías, y de cables que comprenderán millares y millares de kilómetros.
Habrá poquísimos árboles y cultivos. La comida —verduras, leche, huevos, cereales, frutas, carnes— se traerá de lugares fuera del valle, lo que exigirá la construcción de amplias carreteras, nuevas vías de ferrocarril y depósitos situados en muy diversos lugares, que faciliten su rápida distribución, la cual contribuirá también a modificar el aspecto de la ciudad.
De hecho no existirá una sola ciudad sino 10 o 12. En lo que es hoy el Distrito Federal se acumularán 13 millones de habitantes. En los municipios de Teotihuacán, Texcoco y Chalco tres millones, 1 600 000 en Cuautitlán, un millón en Satélite, dos millones en Cuautitlán Izcalli, un millón en Los Reyes y Acozac, 1.5 millones en Ecatepec, otro millón en Venta de Carpio, dos millones en Naucalpan y dos millones en Netzahualcóyotl. La población, dicho grosso modo, se dividirá en dos partes: la mitad en el Distrito Federal y la mitad en el Estado de México.
Para transportar a tanta gente se habrán construido varias líneas del metro y de trenes eléctricos, autopistas de tres pisos y 10 carriles por los cuales circularán a velocidades calculadas cinco a seis millones de vehículos.
El viejo centro, debidamente remodelado, se mostrará a los turistas como una reliquia de lo que fue en la época colonial la más importante ciudad del continente americano. El resto será una mezcla asombrosa de rascacielos, de compactas masas de viviendas populares, de pequeños barrios, de inmensas avenidas y caseríos envueltos en el esmog y en el fragor constante del tránsito urbano. Es posible que las ricas colonias de Tecamachalco, Satélite, las Lomas, el Pedregal y una parte de San Ángel y Coyoacán estén circundadas de altos muros y entradas protegidas con sistemas electrónicos y docenas de policías armados de metralletas.
Las grandes luchas sociales ocurridas en la década de los ochenta —invasiones de inmigrantes y colonos, mítines, enfrentamientos, robos y secuestros— determinarán la creación de policías especializadas. Centenares de patrullas recorrerán las calles de día y de noche vigilando los sitios neurálgicos. A pesar de ello, los noventa no serán muy tranquilos. Millares de jóvenes armados asaltarán bancos, residencias aisladas o emprenderán peleas salvajes contra millares de policías antimotines. Las islas urbanas, lejos de desaparecer, se habrán fortificado. Los sitios donde se agrupen las oficinas del gobierno, las finanzas, los supermercados, los barrios residenciales, tendrán una vida autónoma y, como hemos sugerido, una costosa protección. Durante el último cuarto de siglo la irritación de la gente habrá ido en aumento y se aprovechará la inflación, las fallas de los suministros y de los transportes, el centralismo político, el desempleo, los sistemas represivos, para estallar en acciones suicidas o en manifestaciones que llegarán a concentrar dos millones de jóvenes airados. Casi no circularán periódicos. Uno o dos seguirán publicando ediciones reducidas a ciertos sectores, pero la mayoría se habrán convertido en bancos de noticias que alimentarán los aparatos caseros de facsímiles. Tampoco existirán muchos teatros y cines. Las películas, las piezas dramáticas, las mesas redondas y los espectáculos deben proyectarse en pantallas gigantes exteriores o en las pantallas hogareñas a tamaño natural, en relieve y con sus propios colores gracias a los rayos láser y a los avances electrónicos.
El teléfono-visión modificará esencialmente el funcionamiento del comercio. Como la gente puede hacer sus compras sin moverse de su casa eligiendo las mercancías necesarias a su arbitrio, se incrementarán enormemente los servicios y se complicará más el tránsito, ya que todo podrá llevarse en pocos minutos a las casas.
La nueva técnica de transportes, transmisiones, computadoras, aparatos de toda índole, contrastará con seis o siete millones de parias que seguirán viviendo como en los remotos setenta del siglo XX y si bien se publicarán enormes cantidades de libros, la cultura será fundamentalmente oral. La palabra viva prevalecerá sobre la letra impresa.
Este cuadro no pertenece a los delirios de la futurología. Un país de 120 millones de habitantes, cuya quinta parte vive hacinada en el Valle de México, es un país condenado a sufrir graves desajustes y problemas de una magnitud incalculable, sobre todo cuando no se advierte un crecimiento equivalente de la producción industrial y agropecuaria.
Por supuesto, ningún urbanista sensato se atreve a predecir el futuro de la ciudad ni mucho menos a incurrir en el pecado de sostener o de apoyar este grosero esbozo del aspecto que presentará el Valle de México en el temido año 2000. Su bola de cristal —como la del economista o la del sociólogo— está cubierta de espesas nubes. Nadie se erige en augur que descorra el velo del porvenir. La ciudad —dicen cautelosos— tendrá ese aspecto aterrador si mantenemos una alta tasa de crecimiento económico, si aceleramos la producción, si afinamos nuestros sistemas administrativos. Y tienen razón, porque los imponderables, en una época de cambios vertiginosos, escapan a todo cálculo. El descubrimiento del petróleo, la reforma fiscal o la atención preferente que se da al campo alteran los esquemas elaborados en 1970 por los grandes especialistas. México es un país de inmensos recursos naturales todavía intocados —el mar, los ríos, los bosques, incluso los desiertos— y al mismo tiempo es un país terriblemente devastado a causa de la miseria, de la ignorancia y de las condiciones que pesan sobre una gran masa brutalizada por una larga colonización. Remover estos obstáculos, atenuar la dependencia, construir sólidas economías rurales, destruir los monopolios, constituye una tarea que no podrá realizarse en el próximo cuarto de siglo.
Tuvimos ciudades. Una, Tenochtitlán, la que cierra y en la que culmina un estilo de vida, era un sueño encantado, con sus pirámides y sus jardines suspendidos mágicamente entre la doble transparencia del agua y del cielo. Otra, la capital del virreinato, monacal y cortesana, fue ciudad de dos colores —blanco y sangre reseca—, donde también culmina una época. Ella cegó los canales floridos para que desfilaran las carrozas de sus señores, se empeñó en expulsar las aguas fuera del valle y en mantener su papel rector de toda política, de toda sociedad, de toda economía como habría de empeñarse esta nueva, que naciendo impetuosa, arbitraria, demente, nadie acierta a decir si abre o cierra un tiempo determinado.
México, de cualquier modo, no será ni la ciudad que describen las historias de la ciencia-ficción, ni tampoco una especie de Brasilia en que palacios de cristales oscuros y portales de formas aéreas surjan de los estanques o sus cúpulas establezcan un nuevo juego con las torres gemelas de los rascacielos. Será más bien lo que ha sido siempre: una isla, un archipiélago en un océano gris, seco, anodino, una tela de Penélope, comenzada y recomenzada sin cesar, destruida y reconstruida hasta convertirse a fuerza de asonadas, saqueos, desigualdades abismales, invasiones, parches y paliativos en una pesadilla urbana.
No nos engañemos. La capital es y seguirá siendo por mucho tiempo el espejo de la nación. Lo que ocurre fuera, sobre todo en las mesetas centrales, se refleja adentro, de acuerdo con un proceso de relaciones inevitables y sólo modificando radicalmente sus estructuras nos será dable asomarnos a su superficie y contemplar otra imagen más halagüeña.
El hombre que envejece tiende a recogerse en sí mismo y a considerar cada vez más extraños su propio mundo y el mundo exterior. Posiblemente antes las cosas eran diferentes. Al permanecer intactas las costumbres, las ciudades, podía reflexionar acerca del significado de su vida y prepararse para la muerte. Ahora cambia todo en decenios.
Nacido en la ciudad, confinado voluntariamente a su centro, México me parece cada vez más lejano e incomprensible, sin duda porque este fenómeno de transformaciones radicales ha ocurrido en muy breve tiempo. De pronto nos damos cuenta que nuestra casa se ha llenado de gente desconocida que habla otro lenguaje, se conduce de otro modo, tiene otra mentalidad —son casi marcianos— y las calles, el aire, la ruptura de una cadencia nos hacen sentir ajenos a ese mundo que fue nuestro y ha dejado de serlo en forma inexplicable.
¿Por qué ha ocurrido esto, cómo ha ocurrido, dónde ha ocurrido? El centro y el sur de la ciudad son todavía reconocibles, pero allá en el norte ha surgido algo nuevo. Basta con recorrer la supercarretera de Querétaro 30 km, es decir, hasta Tepotzotlán, el noviciado de los jesuitas, y contemplar ese empuje del caserío invadiendo los cerros y los llanos, esa asombrosa multiplicación de fábricas, de inmensos centros comerciales o de tugurios, en fin, esa terrible agitación, para entender que muchas claves del fenómeno no están aquí, en nuestros viejos cuarteles del Distrito Federal, sino en la zona metropolitana que corresponde al Estado de México.
Me preguntaba yo cómo hacerme de esas claves, cuando el dios de los reporteros —porque sin duda ese dios existe— me hizo llegar un periódico donde en una página interior y de un modo discreto se leía que el Instituto Auris, dirigido por el doctor Gregorio Valner, había ganado un premio mundial de urbanismo. Comprendí que tenía en la mano la punta del hilo capaz de guiarme a través del laberinto debido a una triple reunión de coincidencias favorables: Auris era la primera organización de urbanistas del país, Auris se ocupaba precisamente de la zona metropolitana y el doctor Valner era un viejo amigo a quien había perdido de vista dos o tres años, a causa del crecimiento y la atomización que sufre nuestra ciudad.
Este Gregorio Valner afortunadamente para mí es un analista de profesión y por lo tanto un maestro en todo aquello relacionado con las motivaciones más profundas del alma humana. Hombre fino, delgado y rubio, agudo y persuasivo, apenas recibió mi llamada de auxilio se apresuró a recibirme en sus cuarteles de Naucalpan, como un general rodeado de su pequeño estado mayor compuesto de arquitectos, urbanistas, abogados y antropólogos.
Me hallaba pues en las entrañas del monstruo. Desde las ventanas del séptimo piso veía a mis pies correr o paralizarse los millares de automóviles que a todas horas llenan el Periférico y más allá, cerrando el horizonte se divisaban fábricas humeantes y caseríos a medias velados por el esmog.
Exteriormente asomaba otro México, un México desconocido, al que correspondía otro México de técnicos, igualmente desconocidos, entregados a la tarea de planificar diferentes condiciones de vida y a introducir un orden en lo que fue y sigue siendo un poblamiento anárquico y brutal.
Auxiliados por grabadoras, de inmediato iniciamos largas conversaciones, me proyectaron documentales y emprendimos algunos viajes, de todo lo cual dan cuenta, resumiendo mucho, las páginas de este reportaje.
Toda inmigración masiva del valle desde la toma y el incendio de Teotihuacán y de Tula ha supuesto una serie de invasiones de bárbaros que si bien permanecen en la oscuridad forman parte de la historia de las civilizaciones. Conocemos la última invasión —la de los españoles— destructora del imperio de Moctezuma y paradójicamente ignoramos en qué condiciones se produjo la irrupción de millones de campesinos, la cual ha modificado enteramente la estructura de la vieja ciudad, así como los resultados a largo y mediano plazos que tendrá sobre el conjunto del país.
En verdad, lo que hay detrás de estos poblamientos multitudinarios no es inferior a lo que pudo ocurrir hace 1 500 años. El hambre de tierras, la necesidad visceral que sienten cuatro o cinco millones de campesinos o descendientes de campesinos por tener un lotecito en que fundar su casa —una casa privada de agua, de luz, de drenaje— y los obliga a sufrirlo todo, sólo es comparable a otra hambre: la de medrar a costa del pobre, la de acumular fortunas explotando al más explotado y esa hambre es tan desmesurada que conforma uno de los problemas más inquietantes de nuestra época.
La tierra del valle la han compartido propietarios privados y ejidatarios. Los primeros —como lo veremos después— ante aquella demanda sin antecedentes vendieron terrenos infames totalmente inadecuados a bajos precios haciendo fortunas fabulosas. Los segundos, los que ocupan de preferencia terrenos del norte —cerros, breñales, escasos campos de labor— permitieron que sus familiares y sus compadres de los pueblos se avecindaran en el ejido mediante un pago o gratuitamente. Estas familias atraían a otras muchas, y al hacerse innumerables los inmigrantes, las autoridades del ejido decidieron que era mejor negocio vender sus parcelas que vegetar de una agricultura de temporal y se improvisaron fraccionadores al margen de la ley, porque las tierras ejidales no pueden ser vendidas ni rentadas.
Tenemos así, por una parte, una población gigantesca sin derecho siquiera a vivir en las peores condiciones y por otra, un grupo de caciques también sin derechos que se arrogaban el privilegio de enriquecerse vendiendo terrenos.
Ante semejante situación, en 1970, la Federación decidió expropiar ocho de esos ejidos superpoblados indemnizando a los ejidatarios. Sólo el problema de otorgarles título de propiedad a millares de colonos suponía, como es el caso de todas las tierras en México, tal cantidad de trámites y papeleos que el gobierno del Estado de México solicitó el derecho de administrar las expropiaciones y confió al Instituto Auris la tarea de regularizar la situación de los colonos y la de mejorar sus casas y la calidad de su vida.
El colono que en muchas ocasiones había comprado su lotecito dos o tres veces, sólo confiaba en los caciques, pues ellos eran los que podían otorgarle alguna protección, y se negaban a tratar cualquier asunto referente a sus lotes, aun sabiendo que los poseía de manera ilegal. Se habían creado sórdidos ducados o si se quiere diminutas cortes de gángsters, estilo Chicago, en las que nadie podía penetrar impunemente. Cada comisario ejidal, erigido en un Padrino, gobernaba su reino en forma despótica y mantenía sus fronteras inviolables. Los ingenieros y abogados de Auris fueron rechazados y amenazados. Hubo necesidad de recurrir a la fotografía aérea para levantar los planos topográficos de los ejidos ya expropiados y emprender negociaciones diplomáticas lentas y difíciles con los nuevos Corleones.
¿Quiénes eran? Aquí se da toda una posible gama de caciques. Uno de ellos, comisario del ejido Tlamapa, llamado Silvestre Pino, no es en modo alguno un personaje vulgar. La primera entrevista que tuvo con Gregorio Valner, se celebró, por exigencia suya, en su casa oficial, situada a la orilla de un barranco.
—Yo trato en mi terreno —le advirtió— y como usted ve, es éste un terreno peligroso.
Se entraba a la selva urbana —un agujero invadido de tugurios en cuyo fondo existe una mina de arena de su propiedad— y el dueño de la selva era una pantera astuta y sanguinaria. La casa estaba dispuesta al estilo de las ricas casas mexicanas que aparecían en las películas de los treinta: muebles ostentosos y de pésimo gusto, enormes cantidades de cristal cortado y de porcelana, cortinas de encaje y de terciopelo, alfombras chillantes, cromos, fotografías familiares, refrigeradores, licuadoras, televisores y todos aquellos objetos propios de los burdeles o de los arribistas que forman el sueño de una sociedad degradada por los reclamos incesantes del cine, las historietas, el radio y la televisión.
Silvestre, sentado a la mesa, se conducía como un gran señor. Dominaba el arte de la conversación y el de los negocios. Matizaba su plática con bromas plebeyas, era ingenioso y sentimental, según las circunstancias lo exigían, pero si tropezaba con alguna resistencia y las negociaciones no marchaban por buen camino, perdía el control y llevándose sus oscuras manos enjoyadas a las cachas de sus dos pistolas, las conminaba diciéndoles: “Quietas, quietas”. Lo que ignoraba Silvestre era la verdadera profesión del doctor Valner. Se creía sentado frente a un funcionario manejable y en realidad estaba acostado en el diván del analista y era estudiado cuidadosamente.
—¿Cuál fue tu diagnóstico de Silvestre? —le pregunto a Valner.
—Silvestre es el psicópata que va detrás de su presa y despedaza al que se interpone en su camino, sea quien sea y cueste lo que cueste. Cuando el psicópata —y lo son en buena medida todos los caciques— trata de satisfacer sus necesidades, no obedece a ningún tipo de esquema ajeno al suyo y si por la fuerza de las circunstancias se le impone, verá la manera de burlarlo sin importarle las consecuencias. Para él no existe siquiera la posibilidad de causar daño. El daño en última instancia es el problema del otro y no el suyo. En medio de la selva se mueve con la agilidad y el tacto de una fiera. Lo acompaña una corte de seguidores que confía ciegamente en él. Silvestre los protege y es protegido por ellos. Nada se hace sin su voluntad. Te diré para completar este esbozo, que Silvestre mantiene siete mujeres, veranea en Miami, viaja en automóvil importado, sus hijos van a Disneylandia y acostumbra desayunarse con sus amigos en el Vips cercano a sus dominios. Cierta mañana en que uno de estos amigos apostó “a ver quién llevaba más dinero encima en ese momento” exhibiendo 50 000 pesos, Silvestre sacó de una bolsa de pan un millón y naturalmente ganó la apuesta.
—¿No es su conducta acaso la de un fraccionador privado? ¿El negocio honorable de la inmobiliaria no pueden hacerlo suyo los comisarios ejidales? Al menos, el cacique imparte una protección efectiva y sabe cobrarla. No se aprovecha de la ley; la infringe jugándose el pellejo. La Revolución le dio una tierra para que viva de ella y él se ha concretado a sacarle el mayor beneficio posible. Como el fraccionador, ha cometido crímenes, sólo que él no es consciente de esos crímenes ni aspira a la respetabilidad. Los otros falsean las leyes, sobornando a los jueces; él dicta la ley y la impone con la ayuda de sus pistolas y de sus guardaespaldas.
—Y extrañamente —me dice Gregorio Valner— la colonia Tlamapa, la que tiene el cacique más fuerte, más brutal, es donde hemos tenido los menores problemas y el mayor orden.
—¿De manera, Gregorio, que tú eres partidario del autoritarismo? —le pregunto.
—No soy partidario de ningún autoritarismo. Yo me concreto a decirte que Tlamapa es la colonia donde se ha llevado mejor la regularización por indicaciones del cacique. Acostumbrados los colonos a obedecerlo, han apoyado una nueva forma de administración, ante un diferente esquema de conducta. Te pondré un solo ejemplo: cuando nosotros hicimos el camino, el cacique comenzó a utilizarlo y aun llegó a cobrar peaje a los camiones areneros que no eran de su propiedad, por lo que nos vimos obligados a intervenir. Alegó entonces que no dejaría de utilizar el nuevo camino a menos que nosotros le arregláramos el viejo, pues sus intereses habían sufrido mucho con el cambio operado en la región. Lo más importante de este asunto es que los colonos estuvieron de acuerdo en que nosotros habíamos lesionado los intereses del líder e incluso la gente que vivía a la orilla del nuevo camino y resultaba directamente la beneficiaria, fue de la misma opinión.
—¿Se trata de un nuevo tipo de cacique? El cacique del campo, el acaparador, el dueño de tierras es un hombre odiado. El campesino lo siente como su enemigo mortal. ¿Aquí los ejidatarios no saben que son robados?
—Se sienten protegidos y pagan la protección que se les da. Ése es el hecho.
—Estamos, Gregorio, ante patrones históricos indestructibles. Estas regiones, en el tiempo anterior a la llegada de Hernán Cortés, estaban dominadas por las cortes principescas. El tirano Maxtla, señor de Chalco, asesinó a cuatro príncipes —dos de ellos hijos de Netzahualcóyotl— y llevaba sus corazones engastados en oro, atados a su cuello, “en señal de reto y de venganza”. Los cuerpos de las víctimas le servían de candeleros. Netzahualcóyotl, siendo un niño, vio caer a su padre acribillado a lanzazos por sus enemigos. Lo que padeció en el destierro este gran monarca constituye un folletón del neolítico. Al morir el usurpador de su trono, asiste a los funerales, él mismo carga el cadáver, entona los cánticos rituales en honor de su enemigo, y ahí habría caído asesinado si los hijos del difunto no luchan entre sí para disputarse el trono vacante. La mujer de su hijo, el rey Netzahualpilli, una princesa hija del rey de México Atzayácatl, llegó a la corte de su marido en Texcoco con un séquito de 2 000 servidores. Netzahualpilli observa que las estatuas de oro que su mujer guarda en una cámara aumentan sin cesar y le pregunta: “Señora, ¿qué significan esas estatuas?” “Son mis dioses” —le contesta ella—. El mismo Netzahualpilli descubrió tardíamente que la princesa abandonaba su palacio dejando en la cama un maniquí, para entregarse a los guerreros más hermosos. Satisfecho su deseo, ordenaba matarlos y hacía que los artífices labraran en oro la efigie de sus amantes ocasionales. El engañado monarca la condenó a muerte, no por asesinato, sino por haber violado la ley vigente en contra del adulterio. Esos príncipes vivían el ambiente de Macbeth. La realidad “es el grito del agonizante, el silbido de la espada, el golpe del puñal” o traducido al mundo azteca, las lágrimas de los que van a morir, el silbido de las flechas, el golpe del pedernal abriendo el pecho de los sacrificados. Y no son los príncipes de los señoríos lejanos los más castigados, sino los de la misma casa, porque como dice Donalbein, el hijo de Duncan:
En donde estemos
hay puñales en las sonrisas y nada hay
más sangriento que lo más cercano a
nuestra sangre.
