El río - Ana María Matute - E-Book

El río E-Book

Ana María Matute

0,0
8,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Tras once años de ausencia, el protagonista de El río vuelve a los escenarios de su niñez.   El pueblo por el que correteó durante varios veranos ya no existe. Ha sido cubierto por las aguas del pantano y solo emerge, como inquietante aparición, cuando baja el nivel con el calor de agosto. Desde esa presencia irreal y envolvente, Ana María Matute nos ofrece la visión de una infancia tan mágica como irrecuperable. Los lobos, los mendigos, los disfraces, la muerte de un niño, la lluvia, las nubes o el eco son algunos de los elementos de esa evocación, que integra la realidad y el misterio, la vida y la muerte.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 152

Veröffentlichungsjahr: 2019

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Ana María Matute

EL RÍO

A mis padres

Después de once años, he vuelto a Mansilla de la Sierra, el paisaje de mi niñez. El pantano ha cubierto ya el viejo pueblo, y un grupo de casas blancas, demasiado nuevas y como asombradas, resplandecen en el verdor húmedo de otoño.

Después de tanto tiempo, regresar al antiguo paisaje remueve y reaviva las imágenes borrosas, al parecer olvidadas, que saltan ante nosotros con un extraño significado actual y, a veces, patético. Pero todo está ahogado, viviente y ahogado a un tiempo, bajo esa capa de cristal verde oscuro, que me impide el paso hacia la vertiente de los bosques de Aranguecia, Ombrihuelas, allí donde tanto amé las hayas, los robles. El agua cubre lo que fueron vegas hermosas y dulces, bordeadas de álamos y chopos. Allí enfrente, al otro lado del pantano, están los árboles, las hojas que nos vieron niños, adolescentes. El agua lo cubre todo: el fantasma de la casa, los muros de piedra, el prado, la huerta, la chopera… Cuántos nombres, cuántas carreras de niño, ya mudos.

Cualquier niño hubiera pintado la casa: era cuadrada, simple, con ventanas simétricas y un largo balcón de hierro que cruzaba de lado a lado la fachada. Pero nadie sabrá de ella sin haber sido niño dentro, cerca de sus muros o sus árboles; nadie sabrá de ella sin haber corrido con diez años sobre la hierba de su prado; nadie que no haya caído, rendido y sudoroso, a la sombra de sus grandes nogales. Nadie sabrá de ella si no se ocultó alguna vez entre las varas de la huerta, o en la chopera, si no trepó, a escondidas, a las ramas más altas del cerezo, en busca del fruto aún ácido.

Y el río, ¿cómo ha desaparecido de forma tan extraña? Yo recuerdo el río, limitando el prado, con sus anchas losas cubiertas de liquen y de musgo; los juncos tiernos, las flores blancas, moradas y amarillas, las pequeñas «matas del jabón», las libélulas, que al sol se volvían fosforescentes; las oscuras pozas bajo los árboles inclinados, puentes cojos sobre el agua. Sabíamos que el río se desbordaba a veces, en el invierno, y que derribaba trechos del muro de piedras. Pero nunca lo vimos así, rebasado, superado: como huido. Ya sé que ese río vuelve a formarse más abajo. He leído su nombre, lo he oído bajo un puente, ya en el llano, entre las huertas y la tierra fértil de la Rioja. Pero no es nuestro río, no es aquel que nosotros sabíamos. No es el que corría y se llevaba nuestras voces, aquel que nos hurtó, más de una vez, corriente abajo, el pañuelo o la sandalia. No sé adónde fueron su agua verde y oro, su caz umbrío, sus orillas invadidas de menta. Dicen que está ahí, donde el agua se ha ensanchado, tomando un tinte espeso, del color del miedo, e inundándolo todo. Pero no entiendo estas cosas. En el fondo del pantano vivirá aún aquel río. Y, cerrando los ojos, lo veo intacto como un milagro. Un río de oro que corre hacia algún lugar de donde no se vuelve, como la vida.

El pan, bárbaro y apacible

En el campo, entre gentes que viven y mueren de forma larga y quieta; en medio de sus alegrías, tristezas, miserias, y aún, abundancia, pensamos, a veces —como yo junto a ese nuevo cementerio de tapias rojas y tiernos cipreses que aún no rebasan la pared—, en cómo los hombres y mujeres enturbiamos y acortamos la vida. Junto a los muros de ese cementerio, demasiado nuevo en lo insólito de la campiña otoñal, y a la vez contemplando el pan redondo, dorado, crujiente, salido de las manos pueblerinas, me he preguntado si es cierta la vida lejos de esos lugares perdidos; si es cierta la vida y la muerte, lejos de ahí, o, simplemente, si es una de tantas mentiras como nos forjamos, en las que ciegamente nos sumergimos.

Ahí, en el pueblo perdido, con sus docenas de casas blancas, sin cine, sin televisión, sin periódicos, sin eso que en los labios campesinos —no sin cierta ironía— se denomina «las diversiones de la ciudad», es donde la vida y la muerte saltan ante nuestros ojos vigorosos, poderosamente, en medio de su extraña paz —casi me atrevería a llamarla insensibilidad—, que lo ensancha y acrece todo. Hasta cuando una vida de niño se trunca, adquiere ahí, en ese cementerio de pueblo, con su crucecilla dorada y su nombre leve, borroso, una sensación de cosa cumplida, exacta. Ahí está esa pequeña tumba, sin melancolía. Y ahí está, también encima de la mesa campesina, o en la era, el pan redondo, bárbaro y apacible. Deberíamos vivir de pan, de agua. Nacer y morir, simplemente. Escuchar con recogimiento el ulular del viento que baja al pueblo, ciertas noches de marzo, entre el rocío de la hierba o la sequía; vigilar el cielo como estos hombres que hablan de lobos, de malos inviernos, de la helada o de la prematura lluvia; centrar el trabajo en el suelo, el amor en el prójimo, la inquietud en los hijos. No quiero decir que en el campo no existan la maledicencia, la envidia, el dolor y el odio. Existen estas cosas, pero, sobre todas ellas, se abre el sentido de solidaridad humana, de perdón. Y, sobre todo, algo inapreciable y pocas veces comprendido: el olvido. Basta que un hombre caiga en desgracia —incendio, inundación, malaventura, enfermedad—, para que el pueblo se una y le ayude. Alguien dijo: «Un pueblo es un monstruo», porque en el pueblo pequeño la envidia y el odio, la falta ajena, se hacen claros y patentes, como escritos en la frente o en el cielo que a todos cobija. Pero esta cruel realidad asienta los pies sobre la tierra, y la vida es más simple, más verdadera. En torno al pan se reúnen todos los días estos hombres que trabajan juntos, que se aman o se aborrecen juntos, y se dicen: «Bien, esta es la hora de comer el pan: mañana ya hablaremos», o «Después ya veremos».

Así llega la muerte. Y pienso, de nuevo, en ese muchachito que está ahí debajo, en esa tierra recién removida. Pienso en su vida y en su muerte demasiado breve y que, sin embargo, tiene tan larga significación para mí.

La pequeña vida de Paquito

Una tarde de octubre, radiante de luz, fui a contemplar una tumba sencilla, con su pequeña cruz de hierro. Allí estaba enterrado Paquito.

Recuerdo muy bien el bautizo de Paquito. Yo era aún muy niña, y cierto día de septiembre —parecido a este que me sorprendió junto al cementerio nuevo—, una mujer del pueblo llegó llorando hasta nuestra casa. Mis padres iban a apadrinar a una niña, y esta mujer dijo: «Mi marido no quiere que bauticemos al niño; alguien le envenenó, tiene la cabeza llena de ideas torcidas. Si ustedes quisieran apadrinar a mi niño, al tiempo que a la otra, mi marido no se atrevería a protestar: les tiene a ustedes mucha ley y, me digo yo, pensará que sería ofenderles». A la tarde, entre la turba de chiquillos descalzos, de hombres y mujeres suntuosamente vestidos de negro, entre rosas de papel rojo y amarillo, almendras rebozadas de una cáscara blanca, azul y rosa, calderilla de cobre, copas de cristal verde pálido y mantelerías a punto de cruz, bautizaron a los dos niños: Paquito y Felisa. Me sorprendió que el padre de Paquito (aquel ser que por sus famosas «ideas torcidas», yo imaginé una especie de Satanás con boina) avanzaba, a la cabeza de todos, el primero de la comitiva. Iba muy elegante, en su traje de los domingos: impoluto su cuello blanco, el botoncillo de nácar brillaba bajo su barbilla como una perla. Parecía contento. «¿No iba a enfadarse?», pregunté a mi padre.

Paquito creció enclenque. Era un niño muy delgado, con cara de calavera. Los demás muchachos abusaban de su debilidad para divertirse: en cierta ocasión vi cómo intentaban enterrarlo bajo un montón de piedras. Pero él no era un niño triste. Tenía ojos redondos y grandes, poco comunes. Siempre vagaba en su rostro una media sonrisa, casi me atrevería a decir que de conmiseración. Apenas hablaba, excepto con mi padre. No era niño afectivo, pero a mi padre le quería. Todos los años, cuando llegábamos al pueblo, venía a verle. Se sentaban uno frente a otro. Mi padre, en una de las arcadas del zaguán; él, en un taburetito. Y hablaban. Lamento ahora no haber escuchado nunca aquellas conversaciones, pero recuerdo bien que a Paquito no le gustaba recibir regalos. Los tomaba con gesto como de resignación, con aquella inquietante sonrisa en los labios, y no daba las gracias. A mi padre le gustaba Paquito, yo lo notaba en sus ojos.

Una vez, mientras bebía en la fuente de la plaza, los muchachos le empujaron y se clavó el borde del caño en torno al ojo derecho; fue extraño que no quedara tuerto, pero aquella cicatriz rosada, en forma de media circunferencia, quedó para siempre alrededor de su ojo de pájaro. Al año siguiente quedó huérfano, y sus hermanos mayores, muy jóvenes todos, le enviaron a la Beneficencia. Allí, por lo visto, le enseñaron el oficio de zapatero. No lo vimos durante un par de años, y más tarde una vez oí a mi padre preguntar a la hermana mayor:

—¿Qué es de Paquito?

Le mandaba paquetes, y yo suponía en Paquito, al recibirlos, aquel gesto indiferente, levemente molesto.

Cuando tenía trece años, vino al pueblo con permiso, durante los días de la Fiesta; exactamente el 14 de septiembre. Había crecido algo, pero seguía muy delgado. No venía a vernos al resto de la familia, tenía un gusto especial en decir que venía a ver «única y exclusivamente a mi padre». Mi padre bajó la escalera, y aún no había salvado el último escalón, ya Paquito, de pie, como un soldadito, le tendía la mano. Les oí:

—¿Cómo te va, chico?

—Muy bien.

—Dicen que vas a ser zapatero.

—Sí, el año que viene, cuando usted venga, le habré hecho un par de zapatos.

—¿Y te gusta ese oficio?

—Sí. El año que viene le haré un par de zapatos; ya seré oficial.

—Pues estás muy adelantado.

—Ya verá qué par de zapatos le voy a hacer.

Se agachó, y en un papel, con un lápiz aplastado y ancho, le tomó el contorno del pie.

—Hasta el año que viene, Paquito.

—Adiós, ya verá qué zapatos.

Se fue, dando la mano, y rechazó todo obsequio.

Al año siguiente, Paquito no trajo su par de zapatos, ni vino a ver a mi padre.

—¿Y Paquito? —preguntamos a los hermanos.

La hermana mayor torció la cabeza, con una leve pena:

—Ah, perdón, no se lo dijimos: Paquito se murió. Ya saben, nunca fue gran cosa.

El tiempo resurgido, el tiempo nuevo

A mediados de agosto el pantano empezó a descender de nivel, y el declive de las vertientes apareció roído como un hueso. Bajo el agua todo había tomado un tinte de cosa vista a través de un lente ahumado. Las gentes de Mansilla me dijeron:

—Está apareciendo el pueblo otra vez.

Me extrañó su falta de melancolía. Aún no hace mucho vi a un hombre que se fue, que no quiso vivir en el pueblo nuevo, y que volvía, desde hacía dos años —el tiempo que lleva sumergido el viejo Mansilla—, para increparles por haberse quedado y menospreciar las nuevas viviendas. Luego acababa llorando y marchándose. Y las mismas gentes que con indiferencia indicaban la fantasmal aparición del nuevo pueblo, comentaron ante su patética salida del pueblo, ladera arriba, cargados con sus enseres. Fue en Semana Santa, con una insultante primavera en los campos invadidos de la rosa salvaje del escaramujo, de la flor blanca de la endrina, del rojo violento de los arzadús y amapolas; con la ladera de Las Viñas cubierta de violetas, como una espesa y embriagadora alfombra. «El agua fue subiendo, casi sin sentir», decían. Y cuando fueron los tres hombres a sacar al Cristo de la Victoria, el agua les llegaba ya a los tobillos. «¿Pero cómo puede ser?». Me sorprendí. Y volvía el típico laconismo de la tierra: «Dieron poco tiempo para marcharse. Se portaron mal, muy mal».

Por eso, cuando Francisco el pastor dijo: «Ha aparecido el pueblo otra vez», me chocó la indiferencia de su voz.

Fui, con cierto miedo, carretera adelante, a asomarme a lo que fue valle. Más allá del cementerio nuevo, tras la última revuelta, ya se apreciaban montones de tejas, cuidadosamente apiladas, vigas, puertas, contraventanas, clavos cuidadosamente apilados, hierros enmohecidos.

Los hombres y las mujeres del nuevo Mansilla venían con los caballos cargados con despojos de allá abajo, de su tan llorado y amado pueblo sumergido. Era como ver a los buitres devorar una carroña, como ver a alguien despojando un muerto. Allí abajo estaba el cadáver, ciertamente. Apareció entero, con plazuelas y soportales, huertecillas, muros de piedras, y aquellos terribles árboles ahogados, que no hubo tiempo de talar. Aquel era el viejo tiempo de mi infancia, roído, como un esqueleto. Casi nada faltaba, excepto la vida. La plata difuminada de los árboles ahogados contrastaba en el granate de la tierra que nunca olvidaré. La torre de la iglesia seguía en pie, roja —antes fue dorada, al atardecer, cuando los cuervos volaban a su alrededor dando gritos—. Y en lo alto se mantenía, intacto, el nido de la cigüeña: lo único que el agua no llegó a cubrir. Sobre la silenciosa torre, tan digna siempre, el nido semejaba el anacrónico sombrero de una destituida dama que no quisiera perder el último resto de su antiguo esplendor. Sin saber cómo, bajé otra vez al pueblo. Sin querer, casi. Fue inundándome un olor peculiar, mezcla de moho, raíces podridas, humedad, frío. Un olor a muerte, que levantaba náuseas y miedo. En las calles mudas cantaban irritantes, ignorantes, los estúpidos pájaros que en otro tiempo ensordecían desde las moreras. Aún quedaban escudos de piedra en alguna fachada, crecían hongos amarillos y venenosos en las junturas de las piedras de la calle de Fernán González. El tiempo resurgía, pero como encerrado en una urna, tiempo donde no se oían voces, donde todo se volvió opaco, sordo. Ahora, el tiempo era solo un gesto, un ademán; aquella viga saliente, una contraventana de la casa de la abuela, aún batiendo contra el muro.

Contemplé cómo los hombres y las mujeres del nuevo pueblo bajaban a despojar sus propios recuerdos; cómo cargaban con tejas, piedras y vigas sus caballos. Me decían:

—Hemos de hacer nuevos pajares y así nos ahorramos mucho material.

Sin saber cómo, me encontré recogiendo viejos pestillos de hierro, cerraduras, clavos mohosos que me tiñeron las manos de rojo. Por el centro de la plaza, un niño conducía un caballo cargado de tejas. El tiempo nuevo se impone sobre el tiempo viejo, lo sofoca, lo pisa, y sigue. Atrás queda el pueblo resurgido, inútil, triste. Con recuerdos y nidos muertos, y el cementerio cubierto de una capa de cemento. La vida continúa siempre, los años ruedan siempre, los muchachos crecen. El agua crecerá de nuevo este invierno, y se llevará definitivamente el anacrónico sombrero de la vieja dama.

«Moro»

Moro es un perro negro, grande: quizá sus bisabuelos fueron un terrier y un perro de pastor vulgar, cruzados en mil caminos. Pero Moro, sin raza concreta, sin amo, es hermoso. Tiene los ojos de color de miel y una alegre y despreocupada manera de huir del trabajo, de buscar el afecto, la amistad.

En Mansilla no quieren a Moro. No les sirve para cuidar el ganado, ni para vigilar las casas, ni para cazar.

—Es un vago, un sinvergüenza —dicen.

Moro tomó la costumbre de venir a nuestra casa. Agradecía con sonrisas perrunas, ladridos, saltos, cuanto se le daba, y era el amigo entrañable de mi hijo. Juntos iban a bañarse al río, juntos iban de excursión y partían la merienda. Más de una vez les sorprendí hablando.

Pero los muchachos del pueblo no quieren a Moro. En varias ocasiones llegó a nuestra puerta herido por pedradas, por palos. Parece ser que la alegría, la despreocupación, el simple gozo de vivir tienen su precio. Una vez, Moro trajo en el morro una herida larga, sangrante, parecida a una cuchillada. Se tendió a nuestra puerta respirando fatigosamente. Mi hijo se sentó a su lado, llorando en silencio, y así estuvieron juntos mucho tiempo. Pero Moro cura de sus heridas siempre. Moro sale siempre intacto de todas las asechanzas, ataques, de toda la inquina y mala voluntad. Intacta también su alegría, su rara confianza en el prójimo y su alegría de vivir. Parece que nada puede herir su —llamémosle— espíritu, por más que ataquen su cuerpo.

—Cuánto os va a echar en falta —nos solían decir en el pueblo.

La primera despedida fue la del niño. A principios de octubre tuvo que volver a la ciudad, al colegio. De madrugada, con los ojos llenos de sueño y lágrimas, se quejaba:

—¡No me he despedido de Moro!

Durante una semana después de la partida del niño, Moro le esperó, fiel, a la puerta, levantando el morro y sus redondos ojos de oro hacia la ventana del muchacho, ladrando largamente. Cuando se convenció de su partida, no pude despegarlo de mi lado.

Moro adora los coches. Apenas viene uno, intenta, y suele conseguir, meterse dentro. Más de una vez, por ese procedimiento, consigue paseos o azotes. A Moro le entusiasma el olor de la gasolina, el ronquido del motor.

El último día, Moro ladró lastimeramente a nuestro alrededor. Los muchachitos del pueblo le amenazaban:

—¡Ahora verás, ahora verás, que se te marchan los defensores!

En la mañana lluviosa Moro temblaba. La tierra estaba húmeda, roja, la hierba de un verde exultante, los árboles granate y oro. El aire se sentía lleno de vida, exaltada y hermosa; de una vida sin márgenes ni rencor, como la vida de Moro. Pero también había miedo: ese miedo raro, sutil, que vaga como polvo de oro por los campos de otoño.

—Sujetad a ese perro —pidió mi hermano.

Los muchachos quisieron retenerlo por las orejas, por el rabo, mientras el coche arrancaba.

Sentí una gran pena viendo sus ojos, su boca abierta, oyendo sus gritos.