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Después de sufrir incontables infidelidades durante su matrimonio, lady Joanna Ware estaba acostumbrada a los escándalos. Pero nada la había preparado para la impactante noticia de que su difunto marido le había legado como herencia una hija ilegítima, tanto a ella como a su colega lord Alex Grant. Mientras los rumores corren desenfrenadamente por la alta sociedad de la capital, Joanna y Alex viajan al Ártico para reclamar a la huérfana. Batallando contra las tormentas, la dureza de la vida en el Polo Norte y contra un traicionero complot, Alex deberá proteger a Joanna, pero no antes de seducirla perversamente…
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Seitenzahl: 445
Veröffentlichungsjahr: 2011
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A. Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid
© 2010 Nicola Cornick. Todos los derechos reservados. EL RUMOR DE UN ESCÁNDALO, Nº 272 - abril 2011 Título original: Whisper of Scandal Publicada originalmente por HQN™ Books.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV. Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia. ® Harlequin, logotipo Harlequin y Mira son marcas registradas por Harlequin Books S.A. ® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9000-275-9 Editor responsable: Luis Pugni
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Es un gran placer para nosotros recomendar una nueva novela de Nicola Cornick, en la cual nuestra autora bestsellers se nos revela como la escritora excepcional de novela romántica que es.
El rumor de un escándalo es la historia de lady Joanna Ware, una joven viuda que ha sufrido un infierno a manos de un marido cruel, tirano y sádico.
Cuando cree que por fin ha dejado atrás ese miserable capítulo de su vida, Joanna descubre que su marido tenía una hija ilegítima y que ella debe viajar al Ártico para hacerse cargo de la huérfana. Para ello necesita la ayuda del guapo y audaz explorador Alex Grant.
Alex piensa que la mujer de David Ware es una cabeza hueca frívola y egoísta por la descripción que de ella le había hecho su colega y amigo.
Pero a pesar de la hostilidad inicial, en cuanto la conoce siente un deseo irresistible por ella.
Como en todas sus novelas históricas, Nicola ha cuidado meticulosamente los detalles históricos, la descripción de los personajes y de los escenarios donde trascurre la historia. Pero ha dado un nuevo giro en esta historia al sacar a la alta sociedad de los salones y dormitorios de Londres para llevarlos a los bellos y fríos parajes del Polo Norte, donde nuestros protagonistas tendrán que luchar contra tormentas de nieve, peligrosos enemigos y una pasión prohibida. En definitiva, una apasionante aventura y descubrimiento de lo desconocido.
Los editores
Con una hueste de furiosas fantasías por mí comandada, con una ardiente lanza y un caballo de aire hacia la tierra salvaje me aventuro. Por un caballero de fantasmas y sombras soy convocado a torneo, diez leguas más allá del fin del ancho mundo. Paréceme que ya no hay viaje.
Anónimo,La Canción de Tom O'Bedlam, en torno a 1600.
La viuda de hierba
Definición: una «viuda de hierba» es una esposa cuyo marido se espera que retorne después de un plazo limitado de ausencia, habitualmente tras un viaje. La «hierba» se refiere al colchón, generalmente relleno de la misma. La «viuda» es abandonada sobre la hierba-colchón. Ello podría sugerir la idea de que la esposa abandonada ha sido «puesta a pastar», según la coloquial expresión. El término suele aplicarse «con una sombra de malignidad», a modo de comentario ambiguo y provocador.
Londres, mayo de 1811
Llegaba tarde. Año y medio tarde.
Alex Grant se detuvo en la entrada de la casa londinense de lady Joanna Ware, en Half Moon Street. De haber esperado ver alguna señal de duelo, se habría quedado profundamente decepcionado. No había crespones negros en las contraventanas, y la aldaba de plata que daba la bienvenida a los visitantes había vuelto a ser instalada. Lady Joanna, según parecía, ya había dado por concluido el luto justo un año después de que la noticia de la muerte de su marido llegara a sus oídos.
Alex alzó la aldaba y la puerta principal se abrió silenciosamente. Un mayordomo apareció ante él, todo vestido de negro. Era demasiado temprano para la hora de las visitas. El mayordomo consiguió hacer evidente ese hecho, así como su desaprobación, con un leve arqueamiento de cejas.
—Buenos días, milord. ¿En qué puedo serviros?
«Milord». Aquel hombre no lo conocía y sin embargo había reconocido su categoría social con cierta exactitud. Era impresionante: justo lo que habría esperado del mayordomo de una figura tan prominente y destacada de la alta sociedad como lady Joanna Ware.
—Me gustaría ver a lady Joanna, por favor.
Eso no era exactamente verdad. Tenía muy pocas ganas de ver a lady Joanna Ware: únicamente un férreo sentido del deber, la obligación que sentía para con un colega fallecido, lo había empujado a presentar sus condolencias a la viuda. Además, la evidente falta de luto, que en el fondo no era más que falta de respeto a una persona tan eminente y respetada como David Ware, había despertado su indignación.
El mayordomo se había hecho a un lado para dejarlo entrar en el vestíbulo, pese a que su expresión todavía reflejaba dudas. El elegante suelo de baldosas blancas y negras se extendía hasta el nacimiento de una escalera curva. Dos altos criados de librea, gemelos idénticos, según pudo observar Alex, montaban guardia como estatuas a cada lado de una puerta cerrada. De repente, desde el otro lado llegó hasta Alex una estridente voz femenina que consiguió estropear de algún modo aquella escena de aristocrática elegancia:
—¡Primo John! ¡Haced el favor de levantaros y cesar de acosarme con todas esas ridículas propuestas de matrimonio! Además de aburrirme, me estáis ensuciando mi alfombra nueva. La he comprado para lucirla, no para que se deteriore bajo las rodillas de molestos pretendientes.
—Lady Joanna está ocupada, señor —informó el mayordomo a Alex.
—Al contrario. Acaba de anunciar que no lo está —atravesó el vestíbulo y abrió la puerta, ignorando la ahogada exclamación de escándalo del mayordomo y disfrutando con las consternadas expresiones de los criados gemelos.
La sala en la que entró era una luminosa biblioteca, pintada en blanco y amarillo limón. La chimenea estaba encendida, pese a la calidez de aquella mañana de mayo. Un perrito gris, adornado con un lacito azul en lo alto de la cabeza, que descansaba al lado del fuego, alzó la cabeza para clavar en Alex una inquisitiva mirada. Un aroma a lilas y a cera de abejas flotaba en el aire.
La habitación era cálida y acogedora. Alex, que hacía cerca de siete años no conocía la placidez de un hogar y que tampoco había sentido la necesidad de disfrutar de ninguno, se quedó sorprendido. Descansar en una sala semejante, elegir un libro de aquellas estanterías y servirse un brandy de la licorera, antes de hundirse en una cómoda butaca frente a la chimenea, se le antojó de pronto la mayor de las tentaciones.
Pero se equivocaba. Porque la mayor de las tentaciones era la mujer que se hallaba al pie de los altos ventanales, con el sol arrancando reflejos entre dorados y cobrizos a su preciosa melena color castaño. Su rostro era un óvalo perfecto; los ojos, de un azul violeta; la nariz, pequeña y recta. Todo ello se completaba con una boca de labios indecentemente sensuales, de tan rojos y llenos como parecían. No era convencionalmente bella en ningún aspecto. Demasiado alta, demasiado esbelta, demasiado angulosa, pero nada de eso importaba un ápice. Con un vestido mañanero rojo cereza y una cinta a juego en el pelo, estaba deslumbrante. No había allí rastro alguno de luto que oscureciera la vida y la vitalidad que emanaba de su persona.
Pero Alex dispuso de poco tiempo para apreciar la belleza de lady Joanna Ware, porque ésta ya lo había visto y corría en ese momento hacia él.
—¡Querido! ¿Dónde os habíais metido? ¡Llevo horas esperándoos! —se lanzó a sus brazos—. ¿Tan mal estaba el tráfico en Piccadilly?
Sintió su cuerpo cálido y suave, como si hubiera sido diseñado específicamente para encajar con el suyo. Un estremecimiento de asombro lo recorrió ante aquella sensación de íntimo reconocimiento. Olía a flores de verano. Por un instante vio su rostro alzado hacia él, con sus ojos violeta muy abiertos... antes de que lo tomara de la nuca para atraerlo hacia sí y darle un beso en los labios.
Entró en un estado de excitación tan intenso como instantáneo. El cuerpo entero de Alex reaccionó a la irresistible seducción de sus labios, tan frescos, tan suaves, tan tentadores. De pronto ya no fue capaz de pensar en otra cosa que no fuera la presión de su cuerpo contra el suyo, o la absoluta necesidad de llevársela a la cama. O a la cama de ella, que presumiblemente estaba más cerca.
Pero ya lady Joanna había empezado a apartarse, dejándolo con nada más que la promesa del paraíso y una incómoda excitación. Sus labios se detuvieron sobre los suyos durante un segundo más y Alex casi gruñó en voz alta. Para entonces un brillo travieso ardía en sus ojos violeta mientras bajaba la mirada a su pantalón.
—¡Vaya, querido, qué contento os habéis puesto de verme!
Si le estaba llamando «querido», era precisamente porque no tenía la menor idea de quién era, se recordó Alex mientras se refugiaba estratégicamente detrás de un escritorio lleno de libros, con la intención de esconder su demasiado obvia incomodidad. Pero le sonrió, desafiante. Si ella podía utilizarlo de una manera tan descarada, él bien podría comportarse con la misma falta de escrúpulos. Se lo merecía por manipularlo de aquella forma cuando no tenía la menor idea de quién era, y a buen seguro le importaría aún menos. Decidió, pues, seguirle el juego:
—¿Qué clase de hombre no reaccionaría así, cariño mío? Mi impaciencia es absolutamente disculpable. Tengo la sensación de que han pasado días, más que horas, desde que abandoné vuestro lecho —ignoró su ahogada exclamación y se volvió hacia el otro ocupante de la sala, un tipo rubicundo y de mediana edad que los había estado observando boquiabierto y con ojos como platos—. Lamento no recordar vuestro nombre, señor... —murmuró Alex—, pero me temo que habéis llegado tarde en vuestras demostraciones de amor. Lady Joanna y yo... —dejó la frase sin terminar, de manera insinuante.
—¡Querido! —en ese momento había un claro reproche en la voz de Joanna. Y también una cierta chispa de ira—. No es de caballeros revelar ese tipo de detalles...
Alex se acercó para tomarle una mano y depositar lentamente un beso sobre su palma.
—Disculpadme, pero creía que ya habíamos revelado la intimidad de nuestra relación con aquel delicioso beso —su piel era maravillosamente suave bajo sus labios. El deseo volvió a asaltarlo, implacable en su demanda. Nunca se había caracterizado por su afición a los affaires amorosos, pero desde la muerte de su esposa no le había faltado compañía femenina, agradables aventuras sin complicaciones. Aquella mujer, sin embargo, la «viuda alegre» de David Ware, no podría ser nunca uno de sus amours. Era la viuda de su mejor amigo: una mujer en la que Ware le había advertido que no confiara. Y sin embargo, pese a reconocer todas las razones por las que debía mantenerse alejado de Joanna Ware, su cuerpo se encargaba de recordarle que no sólo le gustaba mucho, sino que la deseaba. Y con desesperación.
En aquel momento, lady Joanna retiró bruscamente la mano. Un toque de color iluminó sus mejillas al tiempo que un brillo acerado asomaba a sus ojos.
—No sé si perdonaros. Estoy muy enfadada con vos, querido —la última palabra fue siseada entre dientes.
—No me extraña nada, querida —replicó Alex con toda tranquilidad.
Enredado en aquella curiosa mezcla de hostilidad y deseo, casi se había olvidado del hombre, que justo en aquel instante improvisó una envarada reverencia.
—Considero que esto ya es demasiado, madame —fulminó a Joanna con la mirada, se despidió de Alex con un tenso asentimiento de cabeza y abandonó la biblioteca dando un portazo.
Se hizo un silencio, solamente turbado por el crepitar del fuego en la chimenea. Joanna se volvió entonces hacia él para mirarlo de arriba abajo, entornando los ojos, con las manos en las caderas y la cabeza ladeada. Toda pretensión de encontrar algún placer en su compañía había desaparecido de golpe, una vez que se habían quedado solos.
—¿Quién demonios sois vos?
En realidad, Joanna sabía perfectamente quién era: su reacción se debía precisamente al beso. Ya ni se acordaba de la última vez que había besado a un hombre: con su marido, la experiencia no había sido en absoluto tan dulce, arrebatadora y perversa como la que acababa de disfrutar con aquel hombre. Ella sólo había querido darle un rápido beso en los labios: algo superficial, insignificante. Pero tan pronto como aquella boca se apoderó de la suya, había sentido un irrefrenable deseo de acariciar los duros rasgos de su rostro. Y también de explorar su cuerpo, deleitándose con la textura de su piel, su aroma, su sabor. Lo había deseado tanto que todavía le flaqueaban las rodillas sólo de recordarlo. Una feroz espiral de deseo se enroscaba en su vientre. Precisamente ella, que nunca había esperado volver a sentir algo parecido en toda su vida.
Pero aquel hombre era Alex Grant, el mejor amigo de su marido, compañero de exploraciones, que, como David, no cesaba de navegar por el mundo en busca de guerras, gloria o aventuras, intentando encontrar alguna secreta ruta comercial hacia China o cualquier otra sandez semejante. Se acordaba perfectamente de él. Alex Grant había sido padrino de boda de David, cuando se casaron diez años antes.
Todavía sentía una punzada en el pecho cuando recordaba lo muy feliz e ilusionada que se había mostrado aquel día. Las altas expectativas y la falta de buen juicio siempre habían sido la mejor receta para un matrimonio desgraciado. Pero aquella soleada mañana de mayo toda aquella desilusión aún no había existido. Se acordaba del Alex Grant de aquel día. Ya en aquel entonces había sido extraordinariamente atractivo, y lo seguía siendo, aunque con rasgos algo más suavizados. Siempre acompañado de su preciosa esposa, una deliciosa criatura rubia. ¿Annabel, Amelia? Joanna no recordaba bien su nombre, pero sí la expresión de adoración con que había mirado a Alex.
Experimentó una punzada de culpabilidad. Por lo general no tenía costumbre de besar a los maridos de otras mujeres, principalmente por lo mucho que había detestado que tantas mujeres casadas hubieran besado al suyo. Las infidelidades de David no habían constituido ningún secreto, pero tampoco tenía intención de imitarlo. Besar a Alex había constituido un error en muchos aspectos, según parecía. Todavía aturdida por su propia reacción física a su contacto, a esas alturas ya lo odiaba por ser, sencillamente, otro canalla mujeriego.
Alex le hizo una elegante reverencia que contrastó con su tosco aspecto de marinero, enfundado en su viejo uniforme de capitán. Un uniforme que, por cierto, le sentaba demasiado bien, resaltando como resaltaba sus anchos hombros y su figura musculosa. Era un hombre de gran presencia física, que emanaba fuerza y autoridad.
«Al igual que David», se recordó, estremecida.
—Alexander, lord Grant a su servicio, lady Joanna.
—Demasiado a mi servicio, más de lo que me gustaría, creo —replicó fríamente ella—. No tengo deseo alguno de hacerme con un amante, lord Grant.
—Estoy desolado —sonrió: un fogonazo de dientes blancos que contrastó con su atezado rostro.
«Mentiroso», pronunció Joanna para sus adentros. Sabía que su persona le disgustaba tanto como a ella la suya.
—Lo dudo. ¿Qué os ha movido a idear una patraña tan humillante?
—¿Y qué os ha movido a vos a besarme como si lo pretendierais, cuando en realidad no era así?
Una vez más, el aire de la sala se cargó de tensión. Ah, el beso. En eso tenía razón. Nunca antes había besado a un desconocido con tal grado de entusiasmo.
—Si hubierais sido un caballero, habríais fingido que estábamos prometidos, y no que éramos amantes —lo fulminó con la mirada—. Aunque supongo que el hecho de que vos tengáis esposa habría vuelto imposible tal curso de acción.
Por un instante, lord Grant se la quedó mirando estupefacto.
—Soy viudo.
Al contrario que David, que siempre había intentado ganar popularidad con frases largas y cumplidos, aquel hombre era lacónico hasta niveles casi groseros. Se notaba que no le importaba la opinión de nadie, fuera buena o mala.
—Lo siento —murmuró una formal pero sincera condolencia—. Me acuerdo de vuestra esposa. Era encantadora.
Su expresión se cerró como una puerta que hubieran cerrado de golpe, para tornarse fría, implacable. Evidentemente no quería hablar de Annabel... o de Amelia o comoquiera que se hubiera llamado.
—Gracias —dijo, brusco—. Pero yo creía que era yo quien debía presentaros mis condolencias, y no al revés.
—Si sois hasta ese punto tan convencional...
—¿No le guardáis luto? —su tono contenía una nota de censura y de furia.
—David murió hace cerca de un año, como bien sabéis. Vos estuvisteis allí.
Alex Grant le había escrito desde el Ártico, donde la misión de David de hallar el paso del noroeste que atravesaba el polo había muerto, literalmente, en aquellas interminables y heladas tierras. La carta había sido tan directa y lacónica como su autor, aunque Joanna había sido capaz de discernir en sus palabras su profundo dolor por la pérdida de un noble camarada. Pero ése era un dolor que ella no podía compartir, y tampoco pensaba disimularlo.
Conforme la recorría con su oscura mirada, Joanna pudo percibir los esfuerzos que estaba haciendo por dominar su ira. El aire parecía arder con su desprecio.
—David Ware era un gran hombre —pronunció entre dientes—. Se merecía algo mejor que esto... —abarcó con un gesto de su brazo la luminosa sala, carente de cualquier símbolo de luto.
«Se merecía algo mejor que vos». Joanna pudo escuchar las palabras, pese a que no llegó a pronunciarlas.
—Estábamos separados —le dijo con un tono ligero que enmascaraba realmente el dolor que latía debajo—. Vos erais su amigo. Por fuerza debíais saberlo.
—Sabía que él no confiaba en vos —apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea.
—El sentimiento era recíproco. ¿Pensáis, acaso, que debería añadir la hipocresía a mis pecados y fingir que lamento su muerte?
Vio algo feroz y violento relampaguear en sus rasgos, y casi retrocedió de miedo antes de darse cuenta de que era la lealtad, y no la furia, el sentimiento que lo impulsaba.
—Ware fue un héroe.
Había escuchado tantas veces aquella frase que le entraron ganas de ponerse a gritar. Al principio se la había creído ella también: arrancada de una oscura vicaría rural, deslumbrada por el espíritu aventurero de David, traicionada por él antes de que se hubiera secado del todo la tinta de la escritura de boda... Y vuelta a traicionar años después de una manera todavía más cruel. Cerró los puños de rabia. Alex Grant la estaba mirando y su oscura expresión era demasiado penetrante. Se obligó a relajarse.
—Por supuesto que lo fue —reconoció con tono ligero—. Lo dice todo el mundo, así que supongo que será cierto.
—Y sin embargo, tal parece que ya habéis considerado la idea de sustituirlo. En los clubes he oído historias sobre pretendientes que se desviven por ganar vuestra mano.
El descaro de su acusación la dejó en un principio sin palabras; luego la puso aún más furiosa. Se preguntó por lo que David le habría contado sobre ella. Suficiente para provocar su disgusto: eso era seguro.
—Escuchando los rumores de los clubes, no oiréis más que mentiras. Os equivocáis, lord Grant. No tengo deseo alguno de volver a casarme.
«Jamás», añadió para sus adentros. Alex arqueó una ceja.
—¿Acostumbráis entonces a besar a desconocidos?
Aquel hombre era un insufrible provocador. Pero no podía replicar nada a eso: ella lo había besado a él, al fin y al cabo. Había obedecido a un impulso, a un intento desesperado por disuadir a John Hagan, primo de su marido, que se había mostrado especialmente insistente y molesto con sus atenciones durante las últimas semanas.
—Creo que descubriréis —replicó fríamente— que, al anunciar nuestra ficticia asociación, acabaréis causando un gran revuelo social. John Hagan no perderá el tiempo en difundir el escándalo. No puedo creer que ésa fuera vuestra intención cuando vinisteis aquí a darme el pésame.
—Simplemente os seguí el juego.
Sus ojos oscuros volvieron a estudiarla, pensativos. En ellos, Joanna no veía ni la apreciación ni la admiración a las que estaba acostumbrada, sino una fría y calculadora especulación. ¿Habría sido realmente amigo de David? Le resultaba extraño. Aquel hombre era firme como una roca cuando David había sido puro azogue, arena que se escurría entre los dedos. El gesto de sus labios era firme y decidido, mientras que el de David había sido blando, irónico. Cada rasgo del rostro de Alex era duro y afilado, como esculpido en la roca de su herencia escocesa.
—¿Por qué me besasteis entonces? —su voz contenía también un leve acento escocés, que sonaba ciertamente exótico—. Os lo he preguntado antes, pero parecéis tener la mala costumbre de eludir aquellas preguntas que os disgustan.
Joanna lo maldijo para sus adentros. ¿También se había dado cuenta de eso? Alzó la barbilla.
—Necesitaba... persuadir a John Hagan de que cesase en sus atenciones para conmigo —cruzó los brazos con fuerza en un intento por combatir el miedo que la envolvía cada vez que John Hagan estaba cerca. Los efectos de su visita aún no habían desaparecido del todo—. Es el primo de David —explicó— y, como tal, pretende erigirse ahora en cabeza de la familia.
—De modo que pretende apropiarse del estatus de su primo... así como de la viuda.
Joanna entrecerró los ojos al escuchar su tono.
—Algo habréis oído al respecto.
—Pues recurristeis a una solución bastante extrema.
—Mi primo no habría aceptado una negativa más sutil. Llevaba semanas importunándome.
—Entonces fue una suerte que apareciera yo. ¿O habríais llamado a alguno de vuestros criados, uno de esos atractivos gemelos, para besarlo en mi lugar?
Aquello fue demasiado: rara vez Joanna se descomponía tanto. Aquel hombre tenía algo que atravesaba todas sus defensas, algo provocador que se le metía debajo de la piel. No podía negar que era terrible, fatalmente atractivo, pero ella no tenía absolutamente ningún deseo de sucumbir a esa atracción. Los hombres, según había descubierto, representaban por lo general demasiados problemas: más de los que merecían. Eran preferibles los perros. Max, que yacía tan plácidamente en su cojín de borlas, la adoraba con una devoción sencilla que superaba con mucho cualquier otra atención que hubiera llegado a recibir de los veleidosos varones.
—Efectivamente, sí que son atractivos mis criados, ¿verdad? —le dijo con tono dulce—. Aunque me sorprende que vos también os hayáis detenido a admirarlos.
—Os equivocáis —repuso Alex, divertido—. Sólo era una observación objetiva, ya que parecéis rodearos de objetos caros y atractivos. Los criados de librea, el perro... —paseó la mirada por la biblioteca, deteniéndose en el ramo de lirios que Joanna había dispuesto tan cuidadosamente en el centro de la mesa de palisandro, así como en la elegante porcelana del paño de la chimenea y su colección de acuarelas—. He oído también que habéis alcanzado una gran popularidad en la alta sociedad, y no dudo de que sea cierto. Supongo que todo esto os agrada.
—Es muy gratificante —nunca había pretendido destacar, pero de algún modo la popularidad y la prominencia le habían salido al paso. En realidad, lo que había sucedido era que se había servido de amigos y conocidos para ahuyentar la soledad resultante del abandono en que le había tenido su marido. En sus nueve años de matrimonio, calculaba que habría estado con David quizá una quinta parte de todo ese tiempo, tal vez menos. Sus amistades más estrechas, en cambio, siempre habían estado a su lado.
—Vos disfrutasteis de una popularidad similar la última vez que estuvisteis en Londres —le recordó bruscamente.
Tres años antes, David y Alex habían regresado de una expedición naval a América del Sur cargados de historias sobre incursiones en la selva, descubrimientos de antiguas ruinas y ataques sufridos a manos de extrañas y salvajes criaturas. Al menos David había presumido de ello; incluso había mostrado a quien quisiera verlas las huellas de los colmillos que algún felino gigante le había dejado en el brazo. Joanna, por aquel entonces, habría deseado que el puma lo hubiera devorado vivo, en lugar de perecer bajo sus disparos. Había detestado la manera en que se había regodeado en su popularidad, volviendo a casa borracho al amanecer siempre procedente de algún burdel, apestando a perfume de mujerzuela. David había alardeado de sus hazañas por todo Londres, desde las mesas de juego hasta los salones de baile, pasando por las casas de citas. Se había comportado de una manera soez y vulgar, pero la gente lo había disculpado como parte de su extraordinaria figura: David Ware, el héroe. Joanna se había imaginado una vida muy distinta cuando se casó con él. Un amante marido, una familia numerosa. Había sido increíblemente ingenua.
Alex, por el contrario, según creía recordar, se había burlado de aquellas desmedidas atenciones de la buena sociedad y había escapado a Escocia, mientras su camarada monopolizaba todo el reconocimiento de las hazañas y disfrutaba de los beneficios de la fama.
—Yo no voy buscando fama —lo dijo como si ella hubiera sugerido su implicación en alguna actividad ilegal o repulsiva, o ambas cosas a la vez—. Mientras esté aquí, no me veréis cortejando a la alta sociedad. De hecho, pienso abandonar Londres tan pronto como reciba mis órdenes del almirantazgo.
—Antes tendré que despacharos de mi cama —le dijo Joanna con tono mordaz—, dado que habéis anunciado a todo el mundo que la ocupáis.
Una vez más, Alex le lanzó aquella desconcertante e inesperada sonrisa. Era la mirada de un adversario, que no de un admirador.
—Imagino que lo disfrutaréis.
—Desde luego que sí.
—¿Cómo pensáis hacerlo?
Joanna ladeó entonces la cabeza y se lo quedó mirando con expresión pensativa.
—No lo sé muy bien todavía. Pero podéis estar seguro de que será algo público y humillante. Y probablemente vos seréis el último en enteraros. Es lo menos que os merecéis por haberme ofendido de esta manera.
—Mereció la pena —comentó él, profundizando su sonrisa.
Joanna apretó los dientes. Era conocida por su frialdad glacial, y ciertamente no iba a dejar que eso cambiara por culpa de aquel hombre. Sabía que Alex sólo había proclamado ser su amante para castigarla por haber intentado manipularlo. Lo mejor que podía hacer era no enzarzarse en discusiones con él. Le tendió la mano.
—Bien, lord Grant. Os agradezco la visita y os deseo buena suerte en vuestros futuros viajes.
Él volvió a tomarle la mano. Probablemente había sido un error ofrecérsela, porque sólo su contacto, transmitiéndose a través de sus nervios, le hizo temblar de pies a cabeza. Durante un enloquecedor instante temió que fuera a besarla de nuevo, y el corazón empezó a latirle desbocado. Pudo sentir casi el seductor calor de sus labios contra los suyos, respirar el aroma de su cuerpo, saborearlo...
—Me habéis despachado con buen juicio, lady Joanna —le dijo él, sin soltarle la mano—. Pero si alguna vez volvéis a requerir un amante...
—No temáis, que no os llamaré a vos. Los héroes no son de mi gusto.
Lo último que quería era otro héroe, reflexionó fríamente. Había creído encontrar uno en David. Lo había idolatrado. Y todo para acabar descubriendo que era un canalla. Un ídolo con pies... y también otras partes... de barro.
Alex le sonrió. Cálida, íntima, su sonrisa la aturdió. De repente le resultó imposible respirar, hasta que él le soltó la mano.
—Entonces os deseo que paséis un buen día.
Le había hecho una reverencia y se había retirado antes de que ella pudiera recuperarse lo suficiente como para llamar al mayordomo y pedirle que lo acompañara hasta la puerta. Incluso después de que la puerta se hubo cerrado a su espalda, Joanna tuvo la sensación de que el aire de la biblioteca seguía ardiendo por la intensidad de su presencia.
Se sentó entonces en la alfombra y se abrazó a Max, que aceptó el abrazo con un tolerante suspiro. «No quiero otro héroe», pensó. «Sería una estúpida si volviera a casarme». Por un instante el dolor amenazó con asaltarla, pero estaba tan acostumbrada a ignorarlo que desapareció en un santiamén, dejando detrás únicamente el habitual vacío. Apoyó la barbilla sobre el lacito de Max, reconfortada por el calor de su cuerpecillo.
—Saldremos a comprar, Max. Como siempre.
Compras, bailes, fiestas, salidas a montar en el parque. La monótona repetición de todas aquellas actividades conseguía devolverle la seguridad. Como siempre.
Mientras doblaba la esquina de Half Moon Street y Curzon Street, Alex seguía pensando en la encantadora viuda de David Ware. No era de extrañar que fueran tan numerosos los hombres que llamaran a su puerta. Era una mujer impresionante y espectacular con una fría confianza en sí misma que escondía una pasión interna: una pasión lo suficientemente intensa como para incendiar los sentimientos de un hombre. Era como el máximo trofeo al que podía aspirar a conquistar cualquier varón. ¿Quién no habría deseado tener a semejante mujer adornando su hogar y calentando su lecho?
Alex imaginaba que él debía de ser el único hombre en todo Londres al que desagradaba lady Joanna Ware, y que además no albergaba deseo alguno por poseerla. Recordaba bien las últimas y amargas palabras que pronunció Ware sobre su mujer mientras yacía en su lecho de muerte, con su cuerpo devorado por la fiebre, pálido como la cera y lívido de dolor.
—No necesito pedirte que cuides de Joanna... Ella siempre ha sido perfectamente capaz de cuidar de sí misma...
Ahora lo entendía mejor. Joanna Ware poseía una dura y fría autosuficiencia que distaba mucho de atraer a aquellos hombres que gustaban de mujeres dóciles y obedientes. Y sin embargo también había percibido una cierta vulnerabilidad acechando detrás de aquella fortaleza. La había visto en sus ojos cuando ella intentó manipularlo para defenderse de John Hagan. O quizás simplemente fueran imaginaciones suyas: probablemente se había dejado engañar. Lady Joanna era sin duda una mujer manipuladora que utilizaba a los hombres en su beneficio. Ciertamente había intentado utilizarlo a él, y al final había salido escaldada.
El amante de lady Joanna... Se tensó de sólo pensarlo. Nunca se había tenido por un hombre imaginativo, pero acababa de descubrir que no era cierto. Porque podía imaginarse perfectamente a sí mismo acostándose con Joanna Ware, despojándola de aquel tentador vestido rojo cereza para exponer su blanquísima piel a su mirada y a la caricia de sus labios, hundiéndose en ella para volar juntos hacia cotas de intolerables placeres...
Estuvo a punto de chocar contra una farola mientras lo pensaba. Su cuerpo entero se constreñía con una necesidad que jamás antes había experimentado. Una necesidad que nunca podría permitirse satisfacer. Joanna Ware estaba fuera de su alcance: ni siquiera le gustaba. Y él era un hombre que mantenía un férreo control sobre sus necesidades físicas, porque emocionales no tenía. Así había sido desde que murió Amelia, una situación que no tenía intención alguna de cambiar.
Instintivamente apresuró el paso, aún consciente de que nunca podría escapar a los recuerdos o a la culpabilidad que envolvían la muerte de su esposa. Nunca había podido escapar a aquellos fantasmas. Y en aquel momento, por alguna razón, tampoco podía escapar a las últimas palabras de David Ware:
—Joanna... que el diablo se la lleve.
¿Qué podía haber hecho para que Ware le tuviera una aversión tan grande? No, la palabra «aversión» no alcanzaba a describir aquella ponzoña, aquel odio... Alex se encogió de hombros, decidido a ahuyentar aquellos pensamientos. Había cumplido con su deber. Había visitado a la nada doliente viuda, como también había entregado al abogado de Ware la carta que éste le había encomendado en su lecho de muerte. El asunto quedaba cerrado.
Se retiraría a su hotel hasta que recibiera noticias del almirantazgo sobre sus nuevas órdenes. Confiaba en que no le hicieran esperar demasiado. Al contrario que tantos oficiales que disfrutaban de sus permisos en tierra, Alex ansiaba volver a marcharse. Londres en mayo anunciaba ya la promesa del verano y no quería quedarse hasta entonces. Quizá la capital le evocara demasiados recuerdos. Quizá había pasado ya demasiado tiempo fuera de Inglaterra como para que pudiera volver a sentirse como en casa. En realidad, no tenía casa alguna. No la quería, no la había querido durante siete años... hasta que entró en la biblioteca de Joanna Ware y experimentó aquella sensación de calor y de intimidad. Pero semejantes comodidades domésticas nunca existirían para él.
—¡Alex!
Alguien lo llamó desde el otro lado de la calle, y se volvió para ver a un alto y atractivo joven que se abría paso entre la multitud de paseantes y carruajes. Pese a su relativa juventud, desplegaba una suprema seguridad en sí mismo al tiempo que atraía las miradas de cada mujer con quien se cruzaba, fuera joven o mayor, impresionable debutante o matrona respetable. Las cabezas femeninas se volvían a su paso. Las damas se agitaban y contoneaban como un campo de amapolas bajo una guadaña, y a cambio él repartía sonrisas tan traviesas y seductoras que Alex llegó a temer que tarde o temprano alguna acabara desmayándose.
—¿Parando el tráfico como siempre, Dev?
—¿Qué remedio me queda? —replicó su primo al tiempo que estrechaba entusiasmado su mano—. Eres un hombre difícil de localizar, Alex. Llevo tiempo buscándote por todo Londres.
Continuaron conversando mientras caminaban, con Dev adaptando su paso a la leve cojera de Alex.
—Creía que estabas con el escuadrón de East India —le dijo Alex—. ¿Cuándo has vuelto?
—Hace dos semanas —respondió James Devlin—. ¿Dónde te alojas? Pregunté por ti en White's, pero no supieron decirme nada.
—Estoy en Grillon's.
Su primo se lo quedó mirando de hito en hito.
—¿Por qué, si puede saberse?
—Porque es un buen hotel. Y porque no quiero que me encuentren.
Devlin se echó a reír.
—Eso sí que puedo entenderlo. ¿Qué has hecho? ¿Deshonrar a unas cuantas debutantes? ¿Saquear algún mercante español?
Los labios de Alex se curvaron en una reacia sonrisa.
—Deshonrar debutantes no es mi estilo. Como tampoco lo es la piratería —se quedó mirando pensativo a su primo—. He oído que el año pasado entraste en Plymouth con varios candeleros de oro español de metro y medio de altura colgados de la cofa del palo mayor.
—Te equivocas —repuso Devlin, sonriente—. Ése fue Thomas Cochrane. Yo hice colgar una araña de diamantes de la vela gavia.
—Por los dientes de Belcebú... ¿no interfirió eso en tu navegación? No me extraña que el almirantazgo te considere un verdadero pillo —lo miró de arriba abajo. Su primo lucía un extravagante chaleco de un azul a juego con sus ojos y una perla en una oreja. Debería haber parecido afeminado, pero no era así, probablemente gracias a su innegable virilidad. Sacudió la cabeza—. Y esa perla que luces en la oreja no te ayuda en nada. ¿A quién pretendes parecerte? ¿A Barbanegra? Por el amor de Dios, quítatela si tienes intención de presentarte ante la junta del almirantazgo.
—A las damas les encanta. Por cierto... pensé que quizá habías venido a la capital a buscar novia.
—¿De veras? —inquirió secamente Alex.
—No te hagas el tonto conmigo. Todo el mundo sabe que la muerte de Alasdair significa que Balvenie anda necesitado de un heredero, y dada tu afición a las aventuras peligrosas tal vez quieras engendrar uno antes de tu próxima expedición.
—Para eso tendría que darme prisa.
—Puedo ver que no deseas ponerme al tanto de tus planes —repuso Dev.
—Tienes buena vista —se encogió de hombros.
Su mayorazgo escocés de Balvenie se encontraba indudablemente sin heredero desde que su primo Alasdair Grant falleció el pasado invierno. La muerte del joven a causa de la escarlatina había supuesto un doble golpe, dado que Alasdair había sido el único heredero de la baronía Grant. Alex, que hasta el momento se las había arreglado para ignorar las presiones que lo empujaban a casarse y engendrar un heredero mientras su primo estuvo vivo, era ahora incómodamente consciente de la situación en que se encontraba: otro deber que no tenía ningún deseo de cumplir. Elegir a alguna estúpida debutante, o a alguna mustia viuda, y convertirla en lady Grant sólo para poder concebir un hijo era algo que le repugnaba profundamente.
Volver a casarse era lo último que deseaba hacer. Y sin embargo... ¿qué otro remedio le quedaba si quería salvaguardar Balvenie para el futuro? Sentía la culpabilidad y la obligación, esos dos fantasmas gemelos que siempre le seguían los pasos, acercándose poco a poco, cada vez más.
—No tengo actualmente plan alguno de matrimonio, Devlin —le confesó, algo cansado—. Sería un pésimo marido.
—Otros, por el contrario, dirían que serías perfecto... ya que estarías ausente.
—Supongo que tienes razón.
—En cualquier caso, me alegro de haberte encontrado, Alex. No me vendría mal una pequeña ayuda por tu parte.
Alex reconoció aquel tono de voz. Era el mismo que solía usar Dev cuando era niño y sus disparatadas hazañas terminaban haciendo que Alex tuviera que sacarle de todo tipo de problemas. Dev tenía ya veintitrés años, pero seguía protagonizando las mismas hazañas y las consecuencias solían ser igual o más funestas. En su opinión, si su primo había escapado por los pelos de la horca había sido únicamente gracias a su legendario encanto.
—¿De qué se trata esta vez, Dev? —inquirió, exasperado—. De dinero no puedes andar mal. ¿Has seducido a la hija de algún almirante? Si es así, mi consejo es que te cases con ella. Redundaría en beneficio de tu carrera.
—Tus orígenes calvinistas escoceses siempre acaban saliendo a la luz —replicó Dev con tono alegre—. He seducido a la hija de un almirante, pero ni ha sido la primera ni será la última.
—Entonces ardo en curiosidad —dijo Alex, irónico.
Se hizo un silencio mientras Dev guiaba a su primo por una calle lateral, hasta un café cercano. El Cabeza de Turco estaba oscuro y olía a granos de café y ricas especias. Se sentaron en un tranquilo rincón; Alex pidió café y Dev chocolate.
—¿Chocolate? —inquirió Alex, aspirando la dulce fragancia de la taza cuando le fue servida.
—Alégrate de que no haya pedido sorbete con gusto a violetas —pronunció Dev, riendo—. Francesca lo adora.
—¿Cómo está tu hermana?
—No lo sé. Ya no me habla. Creo que está triste.
—¿Triste? —Alex se sobresaltó, aguijoneado nuevamente por la culpabilidad.
James y Francesca Devlin eran ahora sus únicos parientes vivos y apenas los había visto durante el último par de años. Cuando falleció su madre, la hermana del padre de Alex, pudo salvar su conciencia consiguiéndole a Devlin una comisión de servicio en la marina y a Francesca un hogar con una tía lejana como carabina, antes de zarpar hacia el otro lado del océano. No era un hombre rico; sólo tenía su salario de oficial y pequeños ingresos de sus fincas en Escocia, pero sabía asumir sus responsabilidades, materialmente al menos. Emocionalmente la cosa cambiaba. No quería compromisos ni gente que dependiera de él. Siempre estaba deseando abandonar Londres y volver al mar, encontrar algún nuevo desafío, alguna nueva aventura...
«Pero Balvenie necesita un heredero», se recordó. Había responsabilidades de las que nunca podría escapar. Una vez más, se encogió de hombros como para sacudirse aquella indeseada imposición. Devlin tenía razón, pero él no podía contemplar la posibilidad de volver a casarse. Sería otra carga, otra cadena.
—¿Hay algo que Chessie necesite? —preguntó—. Si necesitaba dinero, debiste habérmelo dicho...
—No es eso —lo miró directamente a los ojos—. Has sido más que generoso con ella, Alex —de repente frunció el ceño—. Es compañía lo que necesita Chessie. La tía Constance no es una compañera muy divertida para una chica de su edad. Oh, es una mujer muy buena... —se apresuró a añadir al ver que Alex enarcaba las cejas—, pero demasiado buena, si sabes lo que quiero decir. Se pasa media vida rezando, una actividad que no resulta muy excitante para Chessie. Y la pobrecita quiere disfrutar de su primer baile para el año que viene, pero dudo que la tía Constance se muestre de acuerdo. No hay duda de que lo considera algo demasiado frívolo... —se interrumpió, jugueteando con su cuchara—. Escucha, Alex —alzó de repente la mirada—. Necesito tu ayuda.
Alex esperó. Se notaba que su primo estaba nervioso.
—Tiene que ver con el dinero, si entiendes lo que quiero decir.
—No entiendo nada. ¿Qué pasó con los beneficios de esa araña de diamantes?
—Se gastaron hace tiempo —respondió Dev, un tanto desafiante—. El caso es que he terminado con la marina, Alex, y he comprado acciones en un barco con Owen Purchase. O al menos estoy intentando recaudar los fondos para hacerlo. Planeamos organizar una expedición a México.
Alex maldijo entre dientes. Owen Purchase había sido camarada suyo en la batalla de Trafalgar: uno de los estadounidenses que habían luchado junto a los ingleses contra el francés. Purchase era un brillante capitán, casi una leyenda, y para Dev siempre había sido un héroe, un modelo a seguir.
—¿Por qué México?
—Oro.
—Paparruchas.
Dev se echó a reír.
—¿No crees en las historias de tesoros perdidos?
—No. Tú tampoco deberías creer en ellas, y Purchase aún menos —Alex se pasó una mano por el pelo. ¿Maduraría alguna vez su primo? No podía creer que Dev hubiera renunciado a su comisión de servicio en la marina por una empresa tan disparatada—. Por el amor de Dios, ¿por qué tienes que estar siempre ideando juegos tan alocados y peligrosos?
—Eso es mejor que congelarme el trasero en alguna remota región helada en busca de una ruta que no existe. El almirantazgo te está utilizando, Alex. Te pagan una magra pitanza por arriesgar tu vida por la noble causa del imperio... y, sólo porque te sientes culpable por la muerte de Amelia, dejas que te envíen a un lugar dejado de la mano de Dios tras otro... —interrumpiéndose cuando Alex hizo un involuntario gesto de enfado, alzó las manos en un gesto de rendición—. Te pido disculpas. He ido demasiado lejos.
—Desde luego que sí —gruñó Alex, dominando su furia.
No pensaba hablar de la muerte de Amelia con nadie. Sin excepciones. Pero el comentario de Dev le había dolido. Amelia había muerto cinco años antes, y desde entonces, Alex había aceptado misiones y destinos extremos, los más arriesgados y peligrosos posibles. No había deseado otra cosa. Incluso en aquel preciso momento, sentado allí con Dev, sentía la urgencia de escapar, el deseo de dar la espalda a todas aquellas tediosas responsabilidades y cargas familiares. Pero por el momento estaba atrapado en Londres, a la espera de que el almirantazgo decidiera qué hacer con él.
—Uno de estos días —masculló, desahogando parte de sus frustraciones con su primo—, alguien te atravesará con una bala, y ese alguien bien podría ser yo.
Dev se relajó.
—No lo dudo —replicó con tono alegre—. Y ahora, respecto al favor que quiero pedirte...
—Eres un descarado.
—Eso siempre, pero... —arqueó una ceja—. Es fácil y no te costará ni un penique de tu patrimonio. Además de que me lo debes en tu calidad de hermano mayor que nunca tuve.
Alex suspiró. Una vez más se preguntó cómo conseguía su primo salirse siempre con la suya.
—Tu lógica es errónea —le espetó—. Pero continúa.
—Necesito que asistas a la velada que ha convocado para hoy mismo la señora Cummings en Grosvenor Square.
—Estás de broma.
—No.
—Pues entonces no me conoces lo suficiente después de veintitrés años. Detesto los bailes, las veladas, los almuerzos y las fiestas de cualquier tipo.
—Éste te encantará —repuso Dev, sonriendo—. Porque será en tu honor.
—¿Qué? Ahora sí que has perdido el juicio.
—Y tú te estás convirtiendo en un viejo huraño y cascarrabias. Necesitas salir más y disfrutar un poco. ¿Qué tenías planeado para esta noche? ¿Pasar la tarde leyendo un libro en tu hotel?
Eso, reflexionó Alex, se había acercado peligrosamente a la verdad.
—No hay nada de malo en eso.
—Pero una velada será mucho más divertida —se rió Dev—. Y la señora Cummings es terriblemente rica y yo necesito convencerla de que financie mi viaje a México. Así que pensé...
—Entiendo —dijo Alex. Ahora veía exactamente adónde quería llegar su primo.
—Tanto el señor como la señora Cummings son grandes admiradores de los exploradores, y a ti te tienen por el más avezado de todos. Así que cuando se enteraron de que yo era primo tuyo, pues, bueno... Prometieron ayudarme a cambio de que yo consiguiera persuadirte de que asistieras a la velada.
Alex puso los ojos en blanco.
—Devlin... —masculló en tono de advertencia.
—Ya lo sé. Pero es que pensé que asistirías de todas formas, dado que lady Joanna Ware estará allí y como ella es tu amante...
—¿Qué? —Alex dejó su taza en el plato con tanta fuerza que hizo temblar la mesa.
—Es lo que se dice por ahí. Yo me enteré por lady O'Hara justo antes de que nos encontrásemos. Estás en boca de todo el mundo.
—Ah —según sus cálculos, había transcurrido una hora entera desde que John Hagan abandonó Half Moon Street. Evidentemente, el tipo no había perdido el tiempo en difundir el rumor sobre la supuesta relación de lady Joanna Ware.
—Admito tu buen gusto —le estaba diciendo Dev—. Siempre había oído que lady Joanna era fría como una tumba... yo habría intentado probar suerte de haber sabido lo contrario.
—Puedes irte quitando la idea de la cabeza, muchacho —replicó Alex secamente. La sensación de masculina posesión que se apoderaba de él cada vez que pensaba en Joanna Ware resultaba tan intensa como desconcertante. Se dio cuenta de que había reaccionado puramente por instinto. Era una sensación completamente ajena a su carácter—. Y tampoco hables con descortesía de lady Joanna —añadió, preguntándose por qué sentía aquella necesidad de defenderla.
Dev arqueó las cejas.
—Muy vehemente te veo, Alex.
—Y ella no es mi amante —terminó, rotundo.
—¿A qué viene ese mal genio? —sonrió Dev—. ¿O es que te sientes frustrado precisamente de que no sea tu amante?
—Basta.
Dev se encogió de hombros.
—¿Pero estarás allí esta noche? —no consiguió borrar del todo la nota de súplica de su voz.
—Deberías habérselo pedido a Purchase —pronunció Alex, sombrío—. A él le gustan esas cosas.
—Purchase está cenando con el Príncipe Regente. Una invitación que tengo entendido que tú declinaste, Alex.
—Detesto toda esa estupidez de la fama y la popularidad.
Dev se echó a reír.
—Pero esto es diferente. Esto es por mí.
Alex reflexionó sobre ello. No aprobaba la decisión de Dev de renunciar a su comisión de servicio en la marina, pero el daño ya estaba hecho, Podía intentar disuadir a su primo de su desquiciado plan mexicano, pero dudaba que llegara a tener éxito; por algo había heredado Dev la legendaria obstinación que caracterizaba a la familia. Y Alex sabía que corría el riesgo de pasar por un completo hipócrita si jugaba el papel de responsable y aburrido hermano mayor. Ciertamente, había organizado sus propias expediciones con la aprobación y el apoyo de la Marina Real, pero... ¿qué diferencia había entre buscar aventuras bajo la bandera de su país o embarcarse para probarse a sí mismo de una manera diferente? Lo que movía a Dev era el coraje y el deseo de aventura e independencia. Y él no estaba huyendo de ningún fantasma del pasado, un cargo del que Alex sí era culpable, al menos en parte.
Alex tamborileó impaciente con los dedos en la mesa. Tal y como le había dicho a Dev, detestaba los eventos sociales. Y, sin embargo, si asistía a aquella velada y ayudaba a Devlin, podría atenuar un tanto la culpabilidad que lo acosaba por haber descuidado a su familia.
Además de que volvería a ver a lady Joanna Ware.
Por un instante volvió a sentirse como si fuera un adolescente en Eton, esperando entusiasmado a ver a la hija del director. El deseo de ver a Joanna no podía ser más fuerte, pese a que él mismo sabía que era la cosa más estúpida que podía hacer. Si lo que quería era una mujer, bien podía contratar una cortesana para una noche, o dos noches o las que fueran con tal de desahogar su deseo. Ésa sería una solución sencilla, sin complicaciones. Desear a la tentadora viuda de David Ware no era ni una cosa ni la otra.
El problema estribaba en que se trataba de Joanna Ware, y no de alguna dama de cascos ligeros de Covent Garden. Dudaba que acostarse con alguna cortesana aliviara su ansia. Podía decirse que su deseo no era más que la consecuencia natural de una prolongada abstinencia de compañía femenina, pero eso habría significado mentirse a sí mismo.
Joanna Ware era la tentación hecha persona. Resultaba irritante. Aquella mujer le estaba prohibida. Incluso le disgustaba profundamente.
Iría a aquella velada y la pondría a prueba: a ver si tenía el coraje de despedirlo públicamente como amante suyo, delante de todo el mundo.
Recordó que, cuando en su lecho de muerte David Ware le entregó la carta dirigida a su abogado, una singular y triunfante sonrisa asomó a sus labios mientras susurraba:
—A Joanna le gustan las sorpresas. Que disfrute de ésta.
Alex dudaba que lady Joanna fuera a mostrarse especialmente encantada con aquella sorpresa en particular. Con toda seguridad no esperaba volver a verlo. Su presencia le desagradaba tanto como la suya a él.
Devlin seguía esperando su respuesta.
—Muy bien. Allí estaré.
—¿Cómo es lord Grant? —la señora Lottie Cummings, gran anfitriona de la alta sociedad y una de las más estimadas amigas de lady Joanna Ware, ignoraba a los invitados que se amontonaban en las salas de recepción para acribillarla a preguntas sobre la escandalosa noticia de su affaire—. Ya sabes que yo solamente he oído hablar de él, Jo querida, y ni siquiera he visto un retrato suyo.
—Bueno —dijo Joanna—. Es alto.
—También lo es mi tía Dorotea —Lottie soltó una risita impaciente—. Querida, tendrás que mejorar esa descripción.
«En realidad no es mi amante». ¿Por qué había dejado deteriorarse la situación hasta tal punto? ¿Por qué no contestar simplemente que no eran amantes? ¿Que todo había sido un rumor infundado? Joanna no estaba muy segura de ello. La furia contra el altivo comportamiento de Alex, y lo que ella misma reconocía como una mezquindad infantil en respuesta al desagrado que él parecía profesarle, la impulsaban a castigarlo. El problema era que, si a esas alturas negaba la relación, provocaría un escándalo casi tan grande como el anuncio original.
Pero una verdad todavía más profunda y turbadora era que de hecho le gustaba la idea de que Alex Grant fuera su amante. Le gustaba demasiado mientras se imaginaba lo que sería llevarlo a su lecho, sentir sus manos en su cuerpo, entregarse a él con todo aquel deseo que nunca había sentido por ningún hombre antes. Había amado apasionadamente a David cuando se casó con él, pero la intensidad de aquel sentimiento nunca había tenido su correlato en el deseo físico. Siempre que David la había tocado, había sentido una vaga expectación, como si algo excitante hubiera estado a punto de suceder. Sólo que, desafortunadamente, nunca había sucedido nada. Y después la relación se había tornado tan horriblemente agria que nunca más había querido que David volviera a tocarla.
Durante los últimos años, su lecho matrimonial se había asemejado a las nevadas llanuras del Ártico, vacías e inexploradas. Se había sentido terriblemente sola a lo largo de todo su matrimonio, pero incluso una vez muerto David, Joanna no se había permitido acercarse a ningún otro hombre: no había confiado lo suficiente en ninguno para hacerlo. Y Alex Grant no podía ser ese hombre. David lo había envenenado con historias en contra de ella, estaba segura. Pero lo más importante era que estaba cortado según el mismo patrón que David: era un aventurero, un explorador, un hombre capaz de abandonar su hogar y su familia para partir hacia lo desconocido.
—¿Y bien? —Lottie seguía esperando, impaciente.
—Es moreno —dijo Jo.
—Querida... —Lottie suspiró profundamente, alzando las manos—. ¡Sabes que llevo una vida tan aburrida! Sólo te pido un poquito de excitación, por favor.
—Es lo más que puedo hacer, Lottie. Lord Grant y yo no somos realmente amantes. El rumor no es cierto.
Para entonces, Lottie la estaba mirando con expresión compasiva.
—Jo, querida, no tienes que explicarte ni disculparte conmigo. ¡Nadie te está culpando por haber tomado un amante! Ha transcurrido una eternidad desde la muerte de David. Y tengo entendido que el encantador lord Grant es muy, muy seductor. ¿Es cierto... —sus oscuros ojos relampaguearon de repente— que unas horribles cicatrices surcan su pecho como consecuencia de una pelea con un oso polar?
—No tengo ni idea —repuso Joanna—. ¿Quién querría pelearse con un oso polar? Eso suena altamente peligroso.
Recordó la leve cojera de Alex. Recordaba también vagamente que David le había mencionado que Alex había resultado gravemente herido en una expedición anterior. Al contrario que su difunto marido, sin embargo, Alex no se había mostrado nada inclinado a hablar de ello.
—Lottie, no me estás escuchando. Lord Grant y yo ni siquiera nos conocemos apropiadamente, y por favor, no sigas hablando así: estás impresionando a Merryn —miró a su hermana pequeña, que permanecía sentada en silencio mientras Lottie parloteaba. Merryn era tan contenida como locuaz era Lottie, y su serenidad era un antídoto contra la legendaria indiscreción de la señora Cummings.
