Vidas de escándalo - Nicola Cornick - E-Book
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Vidas de escándalo E-Book

Nicola Cornick

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Beschreibung

Merryn Fenner había esperado durante diez años para satisfacer su sed de venganza contra el misterioso y atractivo Garrick Northesk, duque de Farne. El mismo duque que empañó el buen nombre de su familia y posteriormente la arruinó. La intención de Merryn era devolverle el favor encontrando al verdadero heredero del ducado y desheredando a Garrick. Sin embargo, cuando por culpa de un accidente la reputación de Merryn se vio comprometida, ella tuvo que hacer lo único que se creía incapaz de soportar: aceptar la propuesta de matrimonio del hombre cuya vida quería arruinar.

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Seitenzahl: 455

Veröffentlichungsjahr: 2011

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56 28001 Madrid

© 2010 Nicola Cornick.

Todos los derechos reservados.

VIDAS DE ESCÁNDALO, Nº 280 - agosto 2011

Título original: Mistress by Midnight

Publicada originalmente por HQN™ Books

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios.

Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9000-675-7

Editor responsable: Luis Pugni

Epub: Publidisa

Nota de la Autora

Al igual que los otros libros de esta trilogía, Vidas de escándalo está inspirada en acontecimientos de la vida real. En este caso, en una inundación de cerveza que tuvo lugar en Londres en mil ochocientos catorce, cuando una enorme tina de fermentación de cerveza explotó en Tottenham Court Road, anegando las calles cercanas y arrebatando varias vidas. Una de ellas, la de un hombre que murió por intoxicación etílica.

Vidas de escándalo cuenta la historia de Merryn. La hermana más joven de lady Joanna Grant, la celebrada anfitriona de la alta sociedad, es una joven ilustrada que oculta tras sus actividades intelectuales el trabajo que realiza para el investigador Tom Bradshaw. Merryn también busca su particular venganza contra Garrick, flamante duque de Farne y responsable de la muerte de su hermano. Cuando, por culpa de la explosión de la tina, Merryn y Garrick se ven obligados a permanecer juntos para salvar vidas, comienza a surgir entre ellos, a partir del odio que hasta entonces les unía, una nueva conexión nacida de una intensa pasión. Pero ¿sobrevivirá la pasión al terror de la inundación?

Para mi madre, Sylvia

Ah, amor! Si pudiéramos conspirar con el destino, para adueñarnos del triste esquema de las cosas, ¿no lo romperíamos en mil pedazos, para volver a moldearlo siguiendo los deseos del corazón?

Los Rubaiyat, de Omar Khayyam, verso 108.

Contenido

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

1

Londres, noviembre 1814

—No os esperábamos, Su Excelencia —señaló Pointer, el mayordomo.

Garrick Northesk, duque de Farne, se detuvo cuando estaba a punto de quitarse la capa. Las gotas de lluvia que cubrían los hombros brillaban como diamantes bajo la tenue luz de las velas del vestíbulo antes de deslizarse y romperse contra el suelo.

—Yo también me alegro de volver a verte, Pointer —le saludó.

El mayordomo no cambió de expresión. Era evidente, pensó Garrick, que su padre, ya fallecido, no era un hombre dado a las bromas con sus sirvientes. Por supuesto que no. El decimoctavo duque de Farne había sido un hombre conocido por muchas cosas, pero el sentido del humor no era una de ellas.

—No hemos tenido tiempo de preparar vuestra habitación, Su Excelencia —continuó Pointer—, y tampoco hay comida en casa. Hace sólo unas horas que recibimos vuestro mensaje y no hemos tenido tiempo de organizar el servicio —señaló los muebles cubiertos por sábanas y los espejos mugrientos—. Esta casa lleva mucho tiempo cerrada. Ni siquiera hemos tenido oportunidad de limpiar.

Era más que evidente. Desde la lámpara de araña del enorme vestíbulo crecían las telarañas en todas direcciones. El polvo y la arenilla de las calles londinenses crujían bajo las botas de Garrick mientras éste cruzaba el vestíbulo. El aspecto fantasmal de las estatuas y los muebles protegidos por sábanas acentuaban la sensación de misterio. Dos tristes velas iluminaban el vestíbulo, proyectando lúgubres sombras en suelos y paredes. Y hacía frío, mucho frío. Garrick deseó no haberse quitado la capa.

—Esta noche no necesito nada, gracias —tranquilizó al mayordomo—. Sólo una vela y un poco de agua caliente.

—¿No lleváis equipaje, Su Excelencia?

—Pointer arrugó la nariz en un gesto de desaprobación.

—Viene detrás de mí —respondió Garrick.

Ningún carruaje habría conseguido alcanzar la velocidad con la que había cabalgado hacia allí. —¿Y vuestro valet?

—Llegará con el equipaje. Garrick tomó una de las velas del candelabro de la pared, dejando a Pointer farfullando en medio de la oscuridad. Estaba cansado, agotado, en realidad. La fatiga le llegaba hasta lo más profundo de los huesos. Le dolían los brazos y las piernas tras haber pasado el día entero cabalgando. Hacía cinco días había enterrado a su padre en el mausoleo que la familia poseía en Farnecourt, en la Costa Oeste de Irlanda. Aquel viejo demonio había decidido que lo enterraran en su propiedad irlandesa con un gran despliegue de pompa y boato, y generando a la familia los máximos inconvenientes. El duque de Farne no se había preocupado por Farnecourt en su vida. Despreciaba la belleza del paisaje irlandés por considerarla bárbara y salvaje, y despreciaba también a sus gentes.

No era extraño que sólo hubieran acudido al funeral sus familiares más cercanos. Seguramente, casi todos ellos para asegurarse de que realmente estaba muerto. En cualquier caso, el ataúd ya estaba sellado y bajo tierra y ni siquiera el decimoctavo duque de Farne podría regresar de su tumba.

Garrick era el nuevo duque de Farne y no tenía descendencia que pudiera heredar su título. Tampoco la tendría.

Su primer matrimonio ya había sido suficientemente desastroso. No tenía intención alguna de volver a intentarlo.

Garrick se detuvo a medio camino de la escalera. También el parqué, de intrincado diseño, estaba cubierto de polvo. Las elegantes volutas de la barandilla de hierro estaban cubiertas de telarañas blancas. La casa entera parecía una tumba. Muy apropiado, dadas las circunstancias.

Su padre estaba furioso por tener que morir en un momento tan inoportuno, cuando todavía no había visto satisfechas todas sus ambiciones. Se había revuelto contra su enfermedad, una reacción que, probablemente, había acelerado su muerte. Y Garrick se había convertido en el dueño y señor de aquel mausoleo y de otras veintiséis propiedades en diez condados diferentes, además de en el propietario de una obscena fortuna. Tenía mucho más de lo que un hombre tenía derecho a poseer.

Impulsado por la costumbre, más que por una decisión consciente, Garrick empujó la puerta del sexto dormitorio situado al final de un interminable pasillo. En las raras ocasiones en las que se alojaba en el domicilio paterno, aquélla había sido siempre su habitación. Era más pequeña que el resto de los dormitorios, aunque no podía decirse que fuera acogedora. Aquella casa había sido diseñada para impresionar, no para acoger a nadie. Hasta un pequeño ejército podría perderse durante días en aquel laberinto de pasillos. La chimenea estaba apagada y la habitación helada, aunque conservaba cierto olor a humo, como si alguien hubiera apagado recientemente unas velas. En el suelo habían dejado un ejemplar de Mansfield Park. Garrick lo recogió con aire ausente y lo dejó en la mesilla.

Llamaron a la puerta: era una doncella con el agua caliente. Evidentemente, Pointer había conseguido una sirvienta para que le ayudara. La joven dejó el aguamanil a un lado de la mesa e inclinó temerosa la cabeza. Miró a Garrick con sus ojos enormes, antes de salir prácticamente corriendo cuando el duque le dio las gracias. A lo mejor tenía miedo de que fuera como su padre. Los rumores sobre la conducta del fallecido duque debían de correr por todas las agencias de servicio de Londres. El padre de Garrick consideraba la violación de las doncellas como un privilegio de los hombres de su clase, y no como el abyecto delito que era. El decimoctavo duque de Farne pegaba a sus sirvientes y pateaba a sus perros, y viceversa. A Garrick se le revolvió el estómago al recordarlo.

En cuanto la doncella salió, se quitó las botas y suspiró. No teniendo un valet que le ayudara, era una suerte no haber sido nunca un auténtico dandi. Le gustaba el cuero fino, pero no quería un par de botas tan estrechas que tuviera que quitárselas a la fuerza. Tampoco la casaca requería de la ayuda de nadie. De hecho, hasta había conseguido cierta maestría en el arte de atarse el pañuelo. Siempre había considerado poco práctico no ser capaz de vestirse o desnudarse sin ayuda, como si fuera un niño o un inválido. Además, durante muchos años había vivido y trabajado en lugares a los que ni siquiera el más devoto sirviente le habría seguido.

Utilizó el agua caliente para desprenderse de la suciedad del viaje; un agua caliente que le hizo desear un baño con el que aliviar su dolorido cuerpo, pero era tarde y no quería volver a molestar a los sirvientes. Al día siguiente tendría que comenzar con el tedioso asunto de hacerse cargo de las propiedades de su padre. Era una pena que para él no representara nada más que una monstruosa carga. Pero no la eludiría. Era un hombre consciente de sus obligaciones, aunque en aquel momento, lo único que quería era dormir.

Vio una licorera sobre la cómoda. En un impulso, se sirvió una copa de brandy, esperando que le ayudara a entrar en calor. Pero el brandy consiguió mucho más que eso: el estómago le ardió, recordándole que no había comido nada en todo el día. Pero no importaba. Volvió a llenar la copa, una vez, dos veces. La cabeza le daba vueltas, efecto de la combinación del alcohol con el cansancio, pero por lo menos tenía la certeza de que podría dormir.

Esperaba encontrar las sábanas húmedas, pero, para su sorpresa, aunque frías, estaban bastante secas. Se deslizó entre ellas con un hondo suspiro y volvió la cabeza en la almohada. Le atrapó entonces una dulce y elusiva esencia, un olor a jardín de verano, con las fragancias etéreas de las campanillas y las madreselvas. Era un olor que inundaba sus sentidos y despertaba urgencias tan inesperadas como inoportunas. De pronto, el tacto de las sábanas de seda se le antojaba como la caricia de una amante contra su pecho desnudo. Podía saborear la tentación, dulce, provocativa y oscura. Tenía el cuerpo tenso de excitación.

Estaba soñando. Fantaseando.

Con un gemido, Garrick dio media vuelta en la cama e intentó someter a su caprichoso cuerpo. La mente podía dominar el cuerpo. Lo había hecho cientos de veces. Pero en aquella ocasión, el deseo era demasiado fuerte y se había inflamado con demasiada rapidez. Le envolvió sinuosamente hasta dejarlo indefenso entre sus garras. Garrick permaneció tumbado y respiró hondo, pero sólo consiguió llenar sus pulmones de aquel olor a flores y nostalgia. Si no hubiera sido algo tan descabellado, habría jurado que alguien se había deslizado en su cama, un espectro, un fantasma, y estaba dejando su huella en él.

Pero tenía que tratarse de una ilusión de los sentidos. No podía ser otra cosa. Estaba cansado, borracho, hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer y su cuerpo comenzaba a rebelarse, a recordarle todo lo que se estaba perdiendo.

En otro tiempo, antes de su matrimonio, había sido un auténtico vividor y después de la muerte de su esposa, había retomado aquella vida durante una temporada. Había intentado ahogar la tristeza y la culpa en una vida disoluta. No había funcionado. Desde entonces, vivía como un monje, de modo que era inevitable cierta frustración física. O por lo menos, eso se decía a sí mismo.

En los círculos de la alta sociedad se hablaba de él. Llevaban años especulando sobre su situación. Lo sabía y lo ignoraba.

Garrick Farne, el hombre que había asesinado a su mejor amigo, al amante de su esposa.

Habían pasado ya doce años, pero todavía no era capaz de recordarlo sin que se le desgarrara el corazón, o sin verse arrastrado por el dolor y la culpa. Y así debería ser. La penitencia no tenía por qué ser fácil.

Giró en la cama para apagar la vela y reparó en el libro que había dejado sobre la mesilla. Era un libro de tapa roja y caracteres negros. Y a su lado había unas lentes. Garrick arqueó las cejas. ¿Habría utilizado Pointer aquel dormitorio para entretenerse con un buen libro? No era muy probable. Aquel mayordomo tan correcto jamás utilizaría el dormitorio del duque, y, seguramente, tampoco era aficionado a la literatura.

Tomó el libro y lo hojeó. Había una inscripción en la primera página, las iniciales M y F entrelazadas. Y sus páginas emanaban aquel olor a flores. Garrick dejó el libro sobre la colcha y pensó vagamente que quizá debería mirar en el armario o bajo la cama, en busca de aquella intrusa con gafas y olor a campanillas, pero estaba demasiado cansado. Dejaría el registro para el día siguiente. De momento, lo único que le apetecía era olvidar todas las responsabilidades propias de su rango, olvidar el legado de su padre y hundirse en el sueño.

Estaba a punto de conseguirlo cuando se abrió la puerta de forma inesperada y sin la cortesía de una llamada previa. En el marco de la puerta, descubrió a una auténtica belleza. Desde sus rizos negros hasta los zapatos de satén rosa exudaba sofisticación y un aire inconfundible de sensualidad. Garrick se sentó en la cama y lanzó un juramento.

—¿Harriet? ¿Qué demonios…?

Era fieramente consciente de su erección, una erección que no había provocado Harriet, sino las imágenes previas conjuradas por su mente. Gracias a Dios, había conservado los pantalones puestos. No quería que se evidenciara su estado bajo las sábanas.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó. Debería hacer cerrado la puerta, pensó. Pero lo último que esperaba era tener que enfrentarse a un intento de seducción en su propia casa.

La última vez que había visto a Harriet Knight había sido cinco días atrás, en el funeral de su padre. La joven se había presentado rigurosamente vestida de negro, y no vestida o, mejor dicho, semidesnuda, con aquella tela rosa y casi transparente. Era una suerte que hubiera decidido adelantarse al resto de la familia en el viaje a Londres. Tenía ante él a Harriet, la última protegida de su padre. Y estaba a su lado, permitiendo que el camisón se deslizara por sus hombros desnudos, cayera sobre sus senos llenos y la voluptuosa curva de sus caderas. Estaba al lado de la cama en toda su gloriosa desnudez. A Garrick le daba vueltas la cabeza. Él ya sabía que Harriet era una descarada, peor incluso que una descarada, pero jamás se le había ocurrido pensar que pudiera ser tan atrevida.

—Garrick, cariño —su voz, aquella voz ronca y seductora, pareció bañarle—. He venido para dar la bienvenida al nuevo duque.

Hacía mucho tiempo que Harriet quería convertirse en la duquesa de Farne, pensó Garrick. Jamás lo había ocultado. Pero nunca había empleado tácticas tan contundentes.

Dio un paso hacia él y Garrick estuvo a punto de desmayarse ante la fuerza de su perfume. Era un perfume que ahogaba la esencia más delicada y dulce de las campanillas con la sutileza de un mazo.

—¿Pointer te ha dejado entrar? —preguntó—. ¿A esta hora de la noche? ¿Y así vestida?

No podía haber formulado una pregunta más estúpida. Tenía a Harriet desnuda, sentada a los pies de su cama, y no se le ocurría otra cosa que ponerse a hablar de asuntos de etiqueta. Estaba desorientado, bebido y aturdido. Harriet rozó su brazo con su seno desnudo y Garrick respingó. Estaba cansado y se sentía perdido, y estaba deseando una mujer que no era aquélla, una mujer que no era más que un espectro, un sueño… Aunque Harriet era completamente real, y tenía unos senos magníficos.

Pero también tenía unas ganas terribles de ser duquesa y él corría un enorme peligro. Se apartó de ella. Pero Harriet le persiguió retorciéndose con el más sensual de sus movimientos.

—¿Dónde está tu carabina? —preguntó Garrick, casi sin aliento—. No me puedo creer que la señora Roach tolere…

—Si quieres que hagamos un trío, iré a buscarla — los ojos entrecerrados de Harriet brillaban como los de una gata—. Querido Garrick, tenemos muchas cosas que celebrar.

—No creo que la muerte de mi padre sea un motivo de celebración —la cabeza continuaba dándole vueltas—. Harriet, no…

—Al contrario —colocó un muslo sobre él, reteniéndole en la cama. Su húmedo calor atravesaba las sábanas—. Todos estamos encantados con su muerte, ¿por qué fingir lo contrario? Y ahora tú y yo podemos celebrar una reunión muy especial —comenzó a deslizar la mano sobre la colcha hasta encontrar su erección—. Umm, estupendo, parece que ya has empezado.

Comenzó a retorcerse sobre él, presionando al mismo tiempo sus labios contra los de Garrick.

—Brandy —susurró—, me encanta.

Ella, en cambio, tenía un sabor ligeramente agrio. Garrick se sintió como si estuvieran intentando ahogarle con una almohada. Gimió a modo de protesta, pero Harriet interpretó aquel gemido como un síntoma de entusiasmo. Posó las manos sobre su pecho desnudo, sin abandonar sus labios y apresándolo con las piernas a través de la sábana. En cuestión de segundos, se deslizaría también ella entre las sábanas, se colocaría encima de él y entonces…

Y entonces se produciría el mayor de los escándalos, Harriet Knight se convertiría en duquesa de Farne y Garrick sería testigo de cómo se arruinaba su vida por segunda vez.

Tener una mujer infiel podía ser considerado como una cuestión de mala suerte. Tener dos sería peor que un descuido. Él no quería una esposa de tan laxa moral. De hecho, él no quería una esposa.

De pronto, Garrick recuperó la sobriedad. Su cuerpo podía desear a Harriet, a veces le costaba discriminar, pero desde luego, su razón, no. Ya había disfrutado de suficientes encuentros sexuales en los que no mediaba sentimiento alguno y no iba a ser ésa la vía por la que se viera atrapado en otro matrimonio.

—Harriet, no —la agarró del brazo y la apartó de él con más fuerza que delicadeza.

Harriet rebotó en la cama y cayó al suelo con un grito.

—Me estás haciendo un gran honor —dijo Garrick con falsa amabilidad. Se levantó de la cama para entregarle el camisón—. Entiendo que necesites consuelo tras la muerte de tu tutor, y me siento enormemente privilegiado al saber que has pensado en mí para entregarme tu virginidad —esperaba que el cielo le perdonara por haber dicho dos mentiras en una sola frase—, pero no puedo aceptar tal sacrificio. Sé que estás destrozada por la muerte de mi padre.

Envolvió a aquella desconcertada belleza en la tela traslúcida del camisón y la empujó hacia la puerta. Pero Harriet era una mujer obstinada.

—Se lo diré a la señora Roach —le amenazó, fulminándole con la mirada—. Se lo contaré a tu madre. ¡Le contaré a todo el mundo que me has seducido!

Garrick sacudió la cabeza.

—No creo que seas capaz de hacer una cosa así, querida —respondió en un tono glacial.

Harriet se le quedó mirando tan fijamente que Garrick se preguntó por lo que estaría viendo en sus ojos. ¿Estaría reconociendo en ellos la frialdad de un hombre que hacía ya años había dejado de amar? Por un instante, Harriet pareció horrorizada.

—Maldito seas, Farne.

Garrick se encogió de hombros.

—Si así lo quieres…

Harriet giró entonces sobre sus talones y abandonó el dormitorio dando un portazo. La casa volvió a quedarse en silencio. Y fue entonces cuando Garrick oyó un estornudo.

Lady Merryn Fenner permanecía bajo la cama con la cara presionada contra las polvorientas tablas de madera que conformaban el suelo. Llevaba ya media hora allí atrapada. Durante su corta, pero variada, carrera como trabajadora a sueldo del detective Tom Bradshaw, jamás se había encontrado en una situación parecida. Jamás había caído en una trampa como aquélla.

Merryn estaba leyendo cuando había entrado el duque de Farne en el dormitorio y apenas había contado con unos segundos para esconderse. Tenía la esperanza de poder escapar en cuanto se quedara dormido. Pero entonces había aparecido esa mujer. Merryn había oído su voz ronca y seductora, había visto caer la bata al suelo, había sentido cómo cedía el colchón de la cama y había sido consciente de que estaba a punto de recibir una clase magistral sobre una materia en la que hasta entonces era una completa ignorante.

De modo que había dado media vuelta en el suelo y había rezado para que el ardor de Garrick Farne fuera tan intenso y rápido que los dos amantes aliviaran enseguida su pasión y cayeran rápidamente en el sopor provocado por el sexo. Los sonidos y los movimientos que no había podido evitar presenciar le habían hecho sentirse incómoda y acalorada al mismo tiempo.

Sentía que irradiaba un extraño calor de su cuerpo, producido en parte por la vergüenza, pero también por un sentimiento mucho más desconcertante. La ropa le resultaba de pronto agobiante y le entraban ganas de retorcerse en el suelo. Era una sensación de lo más extraña.

Inhaló entonces una telaraña. Cuanto más intentaba contener el estornudo, más fuerte era el cosquilleo de la nariz, hasta que al final, terminó estornudando con una fuerza casi explosiva.

Oh, oh. Ya no tenía escapatoria. Un estornudo como aquél habría alertado hasta a los más apasionados amantes.

Efectivamente, un segundo después, alguien la agarró del brazo, la sacó de debajo de la cama y la obligó a ponerse de pie. Con los ojos llenos de lágrimas y otro estornudo a punto, Merryn se irguió en su metro sesenta y cinco de altura.

¿Cómo iba a explicar su situación? Pero no, aquél no era momento de explicaciones. El verdadero problema era saber cómo escapar de allí.

—Al parecer, mi dormitorio se ha convertido en una avenida particularmente concurrida esta noche — se lamentó el hombre que tenía ante ella.

Que no era otro que Garrick Farne, el mejor amigo de su hermano, Stephen. El asesino de su hermano.

Merryn se estremeció. Años atrás, y le dolía enormemente recordarlo, había sido una colegiala locamente enamorada de Garrick Farne. Para ella era como un dios, una criatura que habitaba en un mundo diferente. Merryn y sus hermanas vivían prácticamente encerradas en casa y su existencia se limitaba a la aldea de Fenridge, a sus padres y a sus conocidos más cercanos. Stephen y sus amigos, entre ellos Garrick, estudiaban entonces en Oxford, se jugaban su patrimonio en Londres y, si era cierto lo que se rumoreaba de ellos, vivían entregados a las mujeres, la bebida y el vicio. ¡Y con cuánto entusiasmo recibía Merryn las noticias sobre aquellos escándalos! Para los oídos de una adolescente de trece años que nunca había viajado más allá de Bath, eran algo excitante y peligroso.

Por supuesto, Garrick nunca se había fijado en ella. No tenía motivos para ello. Merryn tenía dos hermanas mayores muy bellas, que se convertían siempre en el centro de todas las miradas, atenciones y cumplidos. Además, en aquel entonces Garrick estaba enamorado de Kitty Scott, la hija de un amigo y aliado político de su padre. Siempre se había sabido que Kitty y Garrick terminarían contrayendo matrimonio. Kitty también era una auténtica belleza, una de las mujeres más hermosas de la ciudad. Sin lugar a dudas, ésa era una de las razones por las que Stephen también se había enamorado de ella.

El impacto de aquel pensamiento la atravesó como un rayo y la dejó tan temblorosa como si de pronto le hubiera subido la fiebre. Garrick Farne. Aquel nombre se había convertido en sinónimo del diablo. Era el nombre de un asesino que le había arruinado la vida y había destrozado también la de su padre y sus hermanas. Cuando todavía estaba exiliado en el extranjero, Merryn había sido capaz de ignorar, aunque nunca olvidar, los desgraciados acontecimientos de aquel trágico verano de tantos años atrás. Pero quince meses antes, Garrick había regresado, había vuelto a presentarse en los círculos de la alta sociedad, en donde, en vez de tratarle como a un asesino, le habían recibido como a un héroe. Había vuelto para ser alabado como uno de los nobles más ricos y atractivos de la élite.

Y, en cambio, o al menos así se lo parecía a Merryn, nadie parecía acordarse de Stephen. Había sido completamente olvidado. No había quedado un solo recuerdo de él, ni un solo retrato, nada. Todas sus pertenencias habían servido para pagar deudas a la muerte de su padre. El condado de Fenner se había extinguido. La familia había perdido sus tierras mientras Garrick Farne continuaba siendo un noble rico y, lo más importante, vivo. El regreso de Garrick había reavivado algo en el interior de Merryn. Había despertado los terribles recuerdos de la muerte de Stephen. El pasado había vuelto a convertirse en algo tan doloroso, descarnado y desgarrador como cuando se había producido aquel homicidio.

Merryn se frotó los ojos y miró a su alrededor buscando a la amante de Garrick, a aquella mujer de voz ronca, ideas atrevidas y perfume arrollador. Pero al parecer, estaban solos.

—¡Vaya! —exclamó sin pretenderlo—. ¡Se ha ido!

Garrick arqueó una de sus oscuras cejas.

—¿Es que no me habéis oído echarla?

—Me había tapado los oídos —respondió Merryn—. Prefería no oír nada. Ya tenía bastante con ser aplastada por una enorme cama.

—Lo siento —se disculpó Garrick en tono educado—. Si hubiera sabido que estabais ahí, la habría echado mucho antes —la recorrió de pies a cabeza, prestando particular atención a las telarañas que la cubrían.

—Los bajos de la cama están bastante sucios —señaló Merryn a la defensiva.

Garrick inclinó la cabeza en un gesto marcadamente irónico.

—De nuevo os pido disculpas. La próxima vez que penséis en esconderos debajo de mi cama, me aseguraré de que la habitación esté limpia.

—Os lo agradecería.

¿Por qué estaban teniendo aquella conversación?, se preguntó Merryn. Aquello no tenía ni pies ni cabeza. No era así como había imaginado un encuentro con el duque de Farne.

Merryn le observó con atención. En realidad, no había imaginado ningún encuentro. Por lo menos allí y en aquel momento, por eso no estaba preparada. Ella creía que Garrick estaría en Irlanda durante por lo menos una semana más. Al fin y al cabo, no hacía ni siete días que había enterrado a su padre, de modo que era perfectamente razonable asumir que la casa estaría vacía.

Garrick permanecía entre ella y el marco de la puerta. Le parecía enorme. En parte, porque ella era una mujer pequeña. Y en parte también porque aquel hombre medía casi un metro noventa y tenía un físico imponente, algo que podía ver con meridiana claridad, puesto que estaba medio desnudo. Llevaba el pecho al descubierto y los pantalones se pegaban como una segunda piel a sus muslos.

Por lo menos llevaba los pantalones puestos. Gracias a Dios.

Merryn suspiró con alivio al advertirlo. Ligeramente aturdida, cerró los ojos durante un instante. Después de la escena con Harriet, esperaba encontrárselo completamente desnudo.

—¿Os encontráis bien?

La voz de Garrick se abrió paso entre las especulaciones de Merryn sobre el aspecto que podría tener aquel hombre estando desnudo. Abrió los ojos rápidamente y se encontró frente a su sardónica sonrisa.

—Perfectamente, gracias —contestó.

Garrick era un hombre de ojos oscuros, cejas negras como el azabache, pómulos marcados y mandíbula perfectamente cincelada. Era un rostro austero, pensó Merryn, frío y distante, lo suficientemente duro como para hacer estremecer a cualquiera. El resto de su cuerpo era rojo y oro. Tenía la piel dorada, el pelo castaño y el pecho cubierto de un vello rojizo oscuro que descendía en forma de flecha hasta los pantalones.

Merryn se descubrió mirándole fijamente. Jamás había visto a un hombre semidesnudo y la imagen le resultaba fascinante. Eran tantas las ganas que tenía de tocarle que estuvo a punto de alargar la mano hacia él sin ser siquiera consciente de que lo estaba haciendo. Se ruborizó y esperó que el polvo que cubría su rostro ocultara su rubor. En ese mismo instante, se recordó que le odiaba.

Un escalofrío recorrió su espalda. —¿Y bien? Estoy esperando una explicación que justifique vuestra presencia en esta casa.

La voz de Farne era dura como un látigo y Merryn respingó. Efectivamente, tenía que salir de allí antes de que la situación empeorara. Porque, por supuesto, no iba a confesar los motivos que le habían llevado a aquella casa. No podía decirle que, tres semanas atrás, había descubierto que había mentido a todo el mundo en lo referente a la muerte de su hermano. Ya era suficientemente terrible que le hubiera matado, le bastaba saberlo para odiarlo. Pero había descubierto, además, que había ocultado la verdad, y quería justicia. Quería que le colgaran.

Obviamente, no iba a alertar a Garrick Farne sobre sus intenciones.

—Os suplico que me perdonéis. No era consciente de que estabais esperando una explicación. Al fin y al cabo, no habéis dicho nada.

Garrick curvó los labios en una sonrisa. Merryn se estremeció e, inmediatamente, se dijo que el efecto que aquel hombre tenía en ella no era otro que repulsión, odio y repugnancia.

—Mi buena mujer, cualquier persona en su sano juicio querría saber qué estáis haciendo aquí —se interrumpió—. O debería consideraros una niña, en vez de una mujer. No parecéis muy mayor…

Antes de que Merryn hubiera tenido oportunidad de escapar, alzó la mano y le quitó las telarañas que cubrían sus mejillas. Fue un gesto delicado. Merryn volvió a estremecerse y retrocedió.

—Tengo veinticinco años —anunció con toda la dignidad de la que fue capaz.

Se le escapaban los motivos por los que le estaba dando aquella explicación. Por los que estaba hablando siquiera con él.

—No soy una niña.

—Una mujer, entonces.

Se intensificó la inquietante sonrisa de sus ojos. Y también el nudo que Merryn tenía en el estómago. Un nudo que deseaba, fervientemente, atribuir a su odio.

Tenía que concentrarse. Pensar en la manera de salir de allí.

—Supongo que os parece extraño que esté en vuestro dormitorio —aventuró precipitadamente.

—Así es —no había apartado la mirada de sus ojos ni durante un segundo—. Estaría encantado de oír vuestra explicación.

—Bueno, yo…

No se le ocurría ninguna mentira. A Merryn nunca se le había dado bien disimular. Normalmente, ni siquiera tenía que molestarse en hacerlo. Nadie se fijaba en ella, era demasiado pequeña, sencilla e insignificante.

—Pensaba que la casa estaba vacía —contestó por fin—, y necesitaba un lugar en el que dormir.

En parte era cierto. Llevaba varias noches durmiendo en aquella casa mientras iba buscando pistas, cualquier cosa que pudiera aportar alguna información sobre las circunstancias en las que se había producido la muerte de su hermano. Al principio había sido de forma accidental. Estaba agotada y se había quedado dormida en una de las butacas de la biblioteca. Cuando horas después se había despertado, había descubierto, asombrada y divertida al mismo tiempo, que nadie había reparado en su presencia.

Se había enterado entonces de que alguno de los sirvientes de la familia vivía en la casa, pero nadie la había molestado. Ni siquiera se habían dado cuenta de que estaba allí. La casa Farne era enorme y llevaba meses abandonada, prácticamente desde que el difunto duque había contraído su enfermedad estando en una de las propiedades que poseía en Irlanda al principio del año. De modo que había tomado la decisión de quedarse allí mientras buscaba alguna prueba que pudiera incriminar a Garrick Farne. Curiosamente, dormir en casa de Garrick le había hecho sentirse más cerca de él. Había sido una manera de alimentar el odio y la determinación de averiguar la verdad.

Garrick frunció el ceño al oírla.

—¿Habéis decidido irrumpir en esta casa porque estáis en la indigencia? ¿No tenéis un hogar en el que refugiaros?

—Exacto.

Merryn decidió que era preferible seguir con aquella versión. Londres era una ciudad llena de casas abandonadas. De todos era sabio que si uno se quedaba sin un techo bajo el que cobijarse, siempre podía encontrar refugio en el mercado o en algún taller abandonado de Dyot Street, pero también había mendigos más osados que optaban por ocupar las casas de la nobleza. Muchas de aquellas mansiones apenas se utilizaban, se cerraban cuando la familia estaba fuera de Londres y quedaban vacías y abandonadas.

Sin embargo, Garrick no parecía muy convencido. Dio un paso hacia ella y posó la mano en su hombro. Merryn respingó asustada, pero él se limitó a deslizar el dedo por la suave lana de su vestido, como si quisiera comprobar su textura. Desgraciadamente, no bastaba una capa de polvo para disimular su calidad.

—Buen intento —parecía casi divertido—, pero esta indumentaria no es propia de alguien a quien ha abandonado su suerte.

Que el cielo la ayudara. Era un hombre perspicaz.

—Este vestido es robado.

Tras la primera mentira, parecía haberse avivado su imaginación.

—De una colada tendida.

Garrick asintió con expresión pensativa.

—Mentís muy bien. Tenéis una gran imaginación.

Maldición. No la había creído ni por un segundo. Pero por lo menos se había apartado de la puerta.

—¿Quién sois y qué estáis haciendo aquí? —insistió Garrick.

—No puedo decíroslo —contestó Merryn, recuperando su verdadero carácter tras aquella breve y fracasada incursión en el mundo de la mentira.

—Querréis decir que no queréis decírmelo.

Garrick inclinó la cabeza y continuó observándola detenidamente. Tenía una mirada muy sagaz. Merryn comenzaba a sentirse ligeramente mareada. Cada vez era mayor el miedo a ser descubierta.

Tenía que concentrarse, se dijo. Tres pasos hacia la puerta y...

—Exacto. No quiero hablar con vos.

—Pero no estáis en condiciones de negaros.

—Eso es bastante discutible.

Garrick se echó a reír.

—¿Queréis que tengamos una discusión?

—No, lo que quiero es marcharme.

Garrick negó con la cabeza.

—Debería enviaros a Bow Street por haber irrumpido ilegalmente en mi domicilio.

—En ese caso, os quedaríais sin explicación de ningún tipo.

Los ojos de Garrick resplandecieron.

—Eso es cierto —se encogió de hombros—. Por lo tanto, no me queda más remedio que reteneros aquí hasta que me digáis la verdad.

Merryn miró a su alrededor. ¿Pretendía dejarla encerrada en su dormitorio? La cama, tan grande y tentadora, parecía estar burlándose de ella. Recordó la fría suavidad de las sábanas y lo mullido del colchón. Por un instante, imaginó el cuerpo de Garrick desnudo contra el suyo en medio de la seda, las manos de Garrick sobre su piel desnuda, sus caricias... Desvió la mirada desde la cama hasta Garrick. Éste arqueó las cejas durante una fracción de segundo y Merryn sintió arder todo su cuerpo.

—Podríais leer un libro para pasar el rato —le tendió el ejemplar de Mansfield Park.

—Gracias —contestó Merryn.

Alargó la mano para tomarlo y tiró ligeramente del libro. Garrick aprovechó el gesto para dar un paso hacia ella. Sus dedos prácticamente se rozaban sobre la roja cubierta, los de Merryn largos y pálidos, los de Garrick, fuertes y bronceados. Merryn recordó el tacto de aquellos dedos contra su mejilla y cerró los ojos al tiempo que intentaba detener un escalofrío.

Garrick dio el paso final. Estaban muy cerca. Él frunció el ceño, intensificando la fuerza de su mirada bajo las cejas oscuras. Se inclinó hacia ella e inhaló con delicadeza, como si estuviera apreciando la fragancia de una flor.

—Campanillas —musitó.

Sacudió la cabeza y volvió a oler. Alzó la mirada con expresión incrédula y la miró con los ojos entrecerrados.

—¿Habéis estado durmiendo en mi cama? —preguntó.

—Yo...

Merryn sintió la boca repentinamente seca. Todo su ingenio parecía haberla abandonado.

Garrick desvió la mirada hacia sus labios y allí la detuvo con tal intensidad que a Merryn se le hizo un nudo en el estómago.

—¿No os parece de una extraordinaria intimidad? —musitó.

A Merryn nunca la habían besado, pero supo, con una intuición tan profunda como el tiempo que, con telarañas y todo, Garrick Farne iba a besarla de un momento a otro. El fiero calor que podía ver en sus ojos la atrapaba y la inmovilizaba. El corazón le latía con fuerza en el pecho.

Garrick acortó la distancia que los separaba y buscó sus labios. Fue un beso infinitamente suave, apenas la rozó, pero bastó aquella caricia para despertar algo indómito y ardiente en su interior. La cabeza le daba vueltas. Podía oler su masculina esencia y, por alguna razón desconocida, le temblaban las piernas. Todo su cuerpo estaba siendo presa de una sensación que jamás había experimentado. Entreabrió los labios con una exclamación de sorpresa.

Garrick retrocedió con gesto desconcertado. Merryn comprendió entonces que aquél era su momento. Le arrebató el libro y le golpeó con él en la cabeza. Garrick soltó un juramento. El canto del libro era muy frágil y las páginas comenzaron a soltarse, cayendo sobre él como el confeti y cegándolo durante unos segundos. Merryn no necesitó nada más. Giró hacia la puerta y salió al pasillo. La llave estaba en la cerradura. La giró a toda velocidad y salió corriendo.

2

Al día siguiente, sentado en el que había sido el despacho de su padre, Garrick le preguntaba al mayordomo:

—Pointer, ¿crees que es fácil entrar en esta casa? ¿La consideras vulnerable a los intrusos? —¿A qué os referís, Su Excelencia? —el mayordomo parecía ligeramente nervioso.

—Lo pregunto porque ayer encontré a una dama en mi dormitorio.

—Lady Harriet... —comenzó a explicar el mayordomo.

—Ah, sí —respondió Garrick.

Había mandado a Harriet y a su carabina al campo, con su madre. Puesto que la duquesa recientemente enviudada estaría todavía llorando por lo que le deparaba su inmediato futuro, le parecía un castigo más que suficiente para aquella pícara promiscua.

—No quiero volver a ver a lady Harriet en esta casa, Pointer. Bajo ningún concepto.

—Así será, Su Excelencia —contestó Pointer sumiso—. Intenté detenerla, pero fue la última protegida del duque y está acostumbrada a hacer siempre cuanto desea.

—Desde luego —contestó Garrick—. Lady Harriet puede llegar a ser muy persuasiva. Pero esa otra mujer...

Se interrumpió. ¿Qué más podía decir?

No podía explicar que había encontrado a una mujer debajo de su cama. Una mujer pequeña, con unos ojos azules que resplandecían como ágatas y el pelo rubio y suave como la seda. Una mujer que olía a campanillas y sabía a polvo y a inocencia.

No, decididamente, no podía explicarle a Pointer lo que estaba pensando. En la vida de un duque, una vida hecha para el deber y las responsabilidades, no cabían aquellas vívidas fantasías. Sin embargo, no pudo evitar moverse con cierta inquietud al recordar la boca de aquella joven. El suspiro que había escapado de sus labios cuando la había besado, la impactante sensación de querer abrazarla, tumbarla en la cama y quitarle aquel vestido cubierto de telarañas para descubrir los placeres que su cuerpo encerraba. Quería saborear aquella tentadora boca una y otra vez. Quería besar a aquella joven hasta dejarla sin sentido. Sintió que se excitaba.

E inmediatamente se maldijo.

Pointer se aclaró la garganta y Garrick se sobresaltó.

—Su Excelencia...

—¿Pointer?

—A lo mejor era una de las sirvientas, que quería asegurarse de que estuvierais cómodo —señaló Pointer. Parecía muy tenso—. Le pediré al ama de llaves que les diga a las doncellas que no vuelvan a molestaros.

—Te lo agradecería —contestó Garrick.

Sabía que aquella intrusa no era una de las sirvientas. Hablaba con la confianza de una dama, a pesar de que fingiera ser una mendiga. Aquella mañana, había encontrado una nueva prueba de la ocupación de su dormitorio: los restos de una carta quemada en la chimenea. Y también un pirulí sobre la cómoda, envuelto en papel. Un descubrimiento muy alentador. Además, había encontrado algunas prendas íntimas, que sería descortés mencionar, dobladas en el armario. Aquello le había hecho detenerse. ¿Cuánto tiempo habría estado durmiendo aquella mujer en su cama?

Pointer esperaba pacientemente. Garrick suspiró.

—Volviendo a mi pregunta original. ¿Hasta qué punto es segura esta casa?

—Volveré a inspeccionarla

—Pointer parecía molesto por la insinuación de que no controlaba la seguridad de la casa—. Si no tenéis nada más que decirme, Su Excelencia, me ocuparé de ello inmediatamente.

Garrick sabía que el mayordomo estaba ofendido. Era su segundo desacuerdo de aquella mañana. Tras el desayuno, Pointer le había ofrecido visitar la oficina de empleo con intención de contratar sirvientes para poder abrir de nuevo la casa. Cuando Garrick le había contestado que no pretendía hacer de aquella casa su hogar, Pointer no había podido evitar mostrar su desaprobación.

—Pero Su Excelencia —había comenzado a decir el mayordomo, olvidándose de su habitual discreción—. Esta casa es vuestro buque insignia. ¡Es el reflejo de vuestra posición! La demostración de vuestro estatus...

—Esta casa es fea, vieja, fría y muy cara de mantener —había respondido Garrick—. No me gusta. Yo no soy un hombre dado a las diversiones, Pointer, y tampoco estoy casado con una duquesa obligada a cumplir con determinadas responsabilidades sociales. En cuanto pueda poner todos los asuntos de mi padre en orden, regresaré a mi casa de Charles Street.

—¡Charles Street! —había exclamado Pointer, como si Garrick hubiera sugerido una aberración—. Ése era un domicilio decente cuando erais el marqués de Northesk, Su Excelencia, pero ahora sois duque. Tenéis una dignidad que defender. Vuestro padre... —se había interrumpido cuando Garrick le había taladrado con la más dura mirada.

—Yo no soy mi padre, Pointer.

En aquel momento, tras aquel segundo desacuerdo, esperó a que Pointer se retirara, con la indignación patente en cada uno de sus movimientos.

Cuando la puerta se cerró tras él, Garrick regresó a su mesa y revisó metódicamente cuantos documentos encontró, tomando nota de las personas con las que necesitaba ponerse en contacto y de todo lo que tenía que hacer. A pesar del rechazo que sentía hacia su padre, o del odio, quizá fuera mejor expresarlo así, tenía que admitir que el duque había sido un hombre extraordinariamente organizado. Todos los documentos estaban en orden, los ingresos del condado al día y perfectamente anotados. El ducado funcionaba como una máquina perfectamente engrasada.

El reloj de la repisa de la chimenea marcó las doce. De pronto, Garrick se levantó inquieto y se acercó a la ventana. Unas cortinas cubiertas de polvo impedían la visión de la calle. Su madre, que podría haberse hecho cargo de aquella casa, hacía años que no iba a Londres. Cansada de las indiscretas infidelidades de su marido, se había convertido en una viuda antes de tiempo y se había retirado a una de las posesiones de la familia en Sussex.

Garrick se preguntó cómo recibiría su madre a la ingobernable Harriet en sus dominios. Estaba convencido de que sufriría una crisis nerviosa. Ésa era su manera habitual de responder a cualquier dificultad.

Afuera hacía un día claro y soleado, la típica mañana de noviembre luminosa en la que sólo algunos jirones de nubes blancas cubrían el cielo. Garrick se sentía como si estuviera atrapado en un mausoleo. Y deseaba escapar de allí, montar su caballo y cabalgar, pero no por aquellos parques abarrotados de multitudes parlanchinas, sino por un lugar vacío y salvaje en el que su montura pudiera desahogarse. Había vivido durante muchos años en el extranjero y había saboreado los espacios vacíos bajo el cielo azul e inmenso de España y Portugal. Y aunque llevaba cerca de un año en Londres, la ciudad continuaba resultando agobiante y opresiva para un hombre que sólo se sentía realmente bien en los espacios abiertos.

Pero le llamaba el deber, de modo que regresó a ocuparse de los documentos que tenía sobre la mesa. Era el duque de Farne y por penoso que le resultara haberse convertido en el defensor de la dignidad de la familia, no podía escapar a sus responsabilidades. Le habían inculcado aquella obligación desde que era niño. Volvió a sentarse tras el escritorio. También en el despacho que tenía en su casa de Charles Street le esperaba trabajo, en aquel caso, relacionado con sus estudios sobre astronomía del siglo XVII, además de algunos documentos que traducir para el Ministerio de Guerra. Mientras estaba en el exilio, había trabajado para el conde de Bathurst, secretario de estado del Ministerio de Guerra. También había realizado algunas tareas de carácter menos oficial para el gobierno. Ésa era una de las razones por las que su padre se había enfadado con él: el heredero del duque de Farne no debía ponerse en peligro para servir a su país. Pero ¿qué podía hacer él? Durante años había soportado la carga de haberle quitado la vida a Stephen Fenner. Había intentado entregar la suya a cambio, pero al parecer, los dioses no tenían el menor interés en ella.

Tomó la pluma y volvió a dejarla en su lugar. Lo que de verdad le apetecía hacer en aquel momento era descubrir la identidad de la mujer que había irrumpido en su casa y había sido capaz de penetrar sus defensas. Quería saber quién era su visitante nocturna, aquella mujer de ojos azules y piel de porcelana que había salido huyendo como la Cenicienta del cuento.

Se acercó a una de las estanterías de roble del estudio. Allí se detuvo y sintió que se le erizaba el vello de la nuca al cobrar conciencia de que alguien había inspeccionado recientemente aquellas estanterías. Había marcas en el polvo, como si alguien hubiera retirado los libros con cuidado y hubiera vuelto a colocarlos en su lugar intentando no dejar huella.

Se volvió hacia el escritorio. ¿También habría estado buscando algo entre sus documentos aquella mujer? Y si así era, ¿con qué intención?

Se preguntó cómo localizar en una ciudad como Londres a aquella dama. Por supuesto, siempre podía contratar a un detective, aunque apenas podía proporcionarle pistas con las que empezar a buscarla. Suponía que una descripción física basada en todas las cosas que le habían seducido de aquella mujer no sería particularmente útil.

Sacudió la cabeza en un gesto de exasperación y retomó el trabajo. Desató la cinta que sujetaba el siguiente fajo de documentos.

Título de propiedad de la finca de los Fenner, en el condado de Dorset...

Se quedó completamente helado. Un gélido recuerdo invadió su cuerpo. No sabía que su padre había comprado propiedades a los Fenner. Revisó aquellos documentos. Al parecer, su padre no sólo se había quedado con la casa de los Fenner, sino también con las tierras y con todo lo relacionado con los derechos de explotación de las minas de carbón. Había comprado todo diez años atrás, cuando la propiedad había entrado en bancarrota tras la muerte del conde. Las minas de carbón había resultado ser un lucrativo negocio: le habían proporcionado cerca de cien mil libras.

El frío continuaba instalado en el interior de Garrick, un frío oscuro y profundo. Su padre se había aprovechado de la muerte de Stephen Fenner y de la consiguiente ruina del condado. Mientras él intentaba expiar la muerte de Fenner, su padre se había aprovechado económicamente de ella. Qué típico del duque actuar de forma tan vil. A Garrick se le revolvió el estómago. Le parecía intolerable heredar una propiedad que había llegado a sus manos a través de la violencia, más aún cuando era por culpa de una sangre que él mismo había derramado. Con un repentino arranque de furia, barrió la mesa con la mano, tirando todos los documentos al suelo, se sentó en una de las butacas del despacho e intentó pensar. Hacía quince meses que había vuelto a los círculos de la alta sociedad, tiempo más que suficiente como para haberse enterado de que la mayor de las hijas del conde de Fenner era la famosa Joanna, lady Grant, casada con el igualmente famoso explorador del Ártico, Alex Grant. La hermana mediana, Teresa Darent, también era conocida, en su caso por haber sobrevivido a cuatro maridos. Naturalmente, no había coincidido con ellas en ningún acontecimiento social. Era lógico que aquellas damas no quisieran invitar a sus bailes y fiestas al hombre que había dado muerte a su hermano en un duelo. Las élites londinenses podían ser muy flexibles, pero hasta cierto punto. Recordó que había una tercera hermana, la más pequeña. Por lo visto estaba soltera y si los rumores eran ciertos, era una mujer ilustrada que vivía prácticamente recluida

Garrick alargó la mano hacia la pluma, la hundió en el tintero y comenzó a escribir. Tras terminar la carta y escribir la dirección, tomó los documentos relacionados con la propiedad de los Fenner, pero, al cabo de un momento, dejó caer la carta sobre la mesa.

Stephen Fenner había sido su mejor amigo en Eton y en Oxford. Era un vividor, un jugador y un jinete notable. Su rostro atractivo y su innegable encanto les abrían la puerta de numerosos burdeles y también de los dormitorios de algunas damas. Había sido divertido ser uno de los amigos de Stephen, formar parte de aquel grupo de jóvenes que vivían para el placer. Garrick se había dejado seducir por el glamour que exudaba su amigo. Era un ambiente muy alejado de la vida de servicio y obligaciones para la que le habían educado. Pero entonces, Stephen había decidido conquistar a la esposa de Garrick y la traición y la desgracia habían puesto fin a su amistad.

Llamaron a la puerta. Al parecer, pensó Garrick, Pointer había superado su desaprobación y había decidido retomar sus obligaciones.

—Tengo la certeza de que una de las ventanas del ala este ha sido forzada, Su Excelencia —informó el mayordomo. Pareció disgustado al ver todos los papeles esparcidos por la habitación—. Es posible que haya entrado por ella algún intruso.

—Así que rompió la ventana —musitó Garrick—. Gracias, Pointer.

—Me aseguraré de proteger por completo la casa para que Su Excelencia no tenga más motivos de preocupación.

—Dejo toda la cuestión relativa a la seguridad de la casa completamente en tus manos, Pointer —dijo Garrick. Le tendió la carta—. ¿Tendrías la amabilidad de asegurarte de que envíen esta carta a las oficinas de Churchward en Holborn, por favor?

—Por supuesto, Su Excelencia —contestó Pointer

Inclinó la cabeza con exquisita precisión y tomó una bandeja de plata para que Garrick pudiera dejar allí la misiva.

—Después, me gustaría que me buscaras un detective.

Pointer arrugó su larga nariz.

—¿Un detective, Su Excelencia? —repitió, como si Garrick le hubiera pedido algo tan indignante que no tuviera la menor idea de cómo responder—. Vuestro estimado padre jamás habría solicitado un servicio de ese tipo.

—Lo sé —respondió Garrick, sonriendo—, pero me temo que vas a tener que acostumbrarte a algunos cambios, Pointer. Te agradecería que te ocuparas rápidamente de este asunto. Necesito encontrar a alguien urgentemente.

Y en cuanto supiera quién era aquella bibliófila nocturna, iba a descubrir exactamente lo que quería de él. Y en esa ocasión no permitiría que escapara tan fácilmente.

—Gracias por vuestro encargo, lord Selfridge. Ha sido un placer poder proporcionaros la información que requeríais.

Merryn permanecía sentada en un rincón de la sala de espera mientras su socio, Tom Bradshaw, conducía al lord hacia las escaleras. Selfridge apenas se fijó en ella y, desde luego, no la reconoció. A Merryn le habría extrañado enormemente que lo hiciera. En su vida diaria, era prácticamente invisible. Apenas asistía a aquellos acontecimientos sociales que sus hermanas adoraban y cuando lo hacía, era raro que saliera a bailar. Las personas que se tomaban la molestia de entablar conversación con ella, terminaban arrepintiéndose, porque Merryn sólo tenía interés en temas de cierta erudición y evitaba las conversaciones frívolas. La mayor parte de los jóvenes la temían o se aburrían con ella. En los círculos de la alta sociedad era despreciada por aquéllos que deploraban los libros y la falta de habilidades sociales.

Pero el hecho de ser una mujer tan insignificante le permitía vivir tal y como deseaba, centrándose, por una parte, en los estudios y, por la otra, en el trabajo con Tom. Si sus hermanas se enteraran de que trabajaba para ganarse la vida, probablemente sufrirían un ataque de nervios. Y si hubieran sabido que trabajaba para un detective privado, ni siquiera las sales más fuertes habrían podido reanimarlas. Y si además hubieran descubierto que a veces pasaba la noche fuera de casa e inventaba amigas ficticias para cubrir sus ausencias... Afortunadamente, se dijo, jamás lo averiguarían. No serían capaces de imaginarlo siquiera porque era algo prácticamente impensable.

El único problema era el error cometido la noche anterior. Era la clase de error que podía desenmascarar la que hasta entonces había sido su vida secreta. Había cometido el pecado capital de ser descubierta, y nada más y nada menos que por Garrick Farne. Si había habido una ocasión en la que debería haber sido particularmente cuidadosa había sido aquélla, cuando estaba trabajando para destapar al hombre que había matado a su hermano y arruinado a su familia. Pero ya era demasiado tarde para arrepentimientos. Farne no sólo la había visto, sino que la había besado. Un escalofrío de desasosiego, mezclado con algo más profundo e inquietante, recorrió su espalda.

—¿Piensas entrar o quieres que hablemos aquí?

Tom, que mantenía abierta la puerta del despacho, inclinó la cabeza con los ojos resplandecientes y una sonrisa en los labios. Era un hombre engreído, pero a Merryn le gustaba. Tom, hijo de un estibador que trabajaba cargando barcos en el Támesis, conservaba su despacho a un tiro de piedra del río. Era uno de los más exitosos detectives londinenses, encontraba a cualquiera que se propusiera, desde herederos desaparecidos hasta sirvientes que se habían fugado con la cubertería de plata de la familia a la que servían.

Merryn se levantó y precedió a Tom al interior del despacho. Había una silla, pero sabía por experiencia que era muy incómoda, de modo que optó por permanecer de pie. Tom se apoyó en el borde del escritorio.

—Entonces, ¿has encontrado alguna información relacionada con el duelo? —le preguntó—. ¿Algo que pueda resultar sospechoso?

—Estoy muy bien, gracias, Tom —contestó Merryn con ironía—. ¿Y tú qué tal estás?

Tom esbozó una sonrisa deslumbrante.

—Ya sabes que no soy un hombre educado.

—Desde luego.

Alzó la mirada hacia él. Nadie podía tomar a Tom Bradshaw por lo que no era. Tom era un hombre que se había hecho a sí mismo, el hijo de un trabajador. Su elegante indumentaria no ocultaba su innata dureza.

—No —le dijo, y volvió la cabeza—. No he encontrado nada.

Tres semanas atrás, Tom le había ofrecido una información que, pensaba, podía ser de su interés. En cuanto la había leído, el enfado y la indignación se habían apoderado de ella. Era un pequeño artículo encontrado en un periódico de Dorset. Al parecer, lo había encontrado de manera casual cuando estaba ocupándose de otro caso. Era un periódico que tenía más de doce años y en él, entre referencias al robo de cerdos y a los ladrones de las ferias de ganado, había un artículo sobre la muerte de Stephen Fenner.

Merryn recordaba aquel artículo palabra por palabra. Y pensaba que jamás lo olvidaría.

El funcionario encargado de investigar la muerte de Stephen Fenner encontró dos balas en el cadáver de la víctima. Una en el hombro y la otra en la espalda.

Y más adelante continuaba:

Daniel Scrope, guardabosques de la finca de Starcross, dijo haber oído un altercado seguido por tres disparos.