FALSAS CARTAS DE AMOR - Nicola Cornick - E-Book
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FALSAS CARTAS DE AMOR E-Book

Nicola Cornick

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Beschreibung

Lady Lucy MacMorlan podía haber renegado de los hombres y del matrimonio, pero eso no le impedía obtener algún beneficio escribiendo cartas de amor para los amigos de su hermano. Cartas que llegaron a ser cada vez más picantes conforme su fama fue creciendo. Hasta que, inadvertidamente, arruinó el compromiso matrimonial de un conocido laird… Robert, el gallardo marqués de Methven, estaba al tanto del secreto de Lucy. Y ciertamente no pretendía dejar que la encantadora lady Lucy tuviera la última palabra, sobre todo cuando sus cartas sugerían que era bastante experimentada. Sin embargo, el conocimiento de Lucy no se fundamentaba de manera empírica. Si continuaba escribiendo cartas iba a necesitar documentarse de primera mano. Y Robert estaba absolutamente dispuesto a ayudar a una dama en apuros, sobre todo cuando necesitaba desesperadamente una novia…

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Seitenzahl: 461

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Nicola Cornick. Todos los derechos reservados.

FALSAS CARTAS DE AMOR, Nº 44 - octubre 2013

Título original: The Lady and the Laird

Publicada originalmente por HQN™ Books

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-687-3818-5

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

A Margaret McPhee, que escribe deliciosos libros y comparte deliciosas tartas.

Prólogo

Castillo Forres, Escocia, junio de 1803

Era una noche hecha para la magia.

La luna estaba en cuarto creciente y el mar era una reluciente lámina de plata. El viento suspiraba a través de los pinos, dejando un rastro de sal en el aire.

–¡Lucy! ¡Ven a ver!

Lady Lucy MacMorlan se dio vuelta en la cama tapándose los oídos con las sábanas. Estaba cómoda y abrigada, y no tenía ninguna gana de abandonar el calor de las mantas para ponerse a temblar con la corriente que entraba por la ventana. Además de que no deseaba sumarse al conjuro que estaba recitando su hermana Alice. Esos conjuros eran estúpidos y peligrosos, y no servían más que para darles problemas.

–No voy a levantarme. Yo no quiero un marido.

–Por supuesto que sí –Alice parecía impaciente.

A sus dieciséis años, la hermana gemela de Lucy estaba fascinada con los bailes, los vestidos y los hombres. Esa misma tarde, Alice había dado tres veces la vuelta corriendo al antiguo reloj de sol del jardín del castillo, mientras recitaba el igualmente antiguo hechizo de amor que, en una noche de luna, le permitiría vislumbrar al hombre con el que se casaría. Lucy, por su parte, se había quedado en la biblioteca, leyendo los Ensayos morales y políticos de Hume. En ese momento, ocultado ya el sol, Alice estaba esperando el resultado de su conjuro.

–Por supuesto que te casarás –insistió Alice–. ¿Qué otra cosa si no podrías hacer?

«Leer», pensó Lucy. Leer, escribir y estudiar. Era más divertido.

–Todo el mundo se casa –Alice había adoptado un tono de mujer adulta, razonable–. Tenemos que establecer alianzas y tener hijos. Es lo que hacen las hijas de un duque. Lo dice todo el mundo.

«Casarse. Tener hijos».

Lucy reflexionó sobre ello, analizando la idea de manera racional, como siempre hacía. Era verdad que eso era lo que se esperaba de ellas, y sin duda era también lo que su madre habría querido. Su madre había fallecido cuando Lucy y Alice no tenían más que unos pocos años de edad, pero todo el mundo decía que había sido la joya de su generación, la elegante hija del conde de Stratharnon, que había hecho una magnífica boda y engendrado una perfecta camada de hijos. La hermana mayor de Lucy y Alice, Mairi, tenía dieciocho años y ya se había casado. Lucy no se oponía a la idea, pero consideraba que para ello tendría que conocer a un hombre que fuera más interesante que un libro, y eso era todavía más difícil de lo que parecía.

–¡Lucy! –el tono de Alice se había vuelto perentorio–. ¡Mira! ¡Oh, mira... algunos caballeros están saliendo a la terraza, con su brandy! ¿A cuál veré primero? Ese será mi verdadero amor.

–Tienes la cabeza llena de pájaros –le dijo Lucy– para creer en tales tonterías.

Alice no se dio por enterada. Nunca escuchaba cuando estaba ilusionada con algo. Aquella tarde su padre estaba celebrando una cena, pero sus hijas menores no habían sido invitadas ya que se hallaban todavía en edad escolar. A través de la ventana abierta, Lucy podía oír el rumor de voces del piso de abajo, las risas masculinas. Una viruta de humo de cigarro le hizo cosquillas en la nariz. Se oyó un ruido de cristal al chocar contra la piedra.

–¡Oh! –Alice parecía intrigada–. ¿Quién es? No puedo verle bien la cara...

–Eso será porque está de espaldas a ti –le dijo Lucy, irritada. Estaba intentando dormir pero le resultaba imposible si Alice no dejaba de hablar–. Acuérdate del conjuro. Si está de espaldas quiere decir que será un falso amor, que no verdadero.

Pero Alice no le dio importancia.

–Es uno de los hijos de lord Purnell, ¿pero cuál?

–Son demasiado mayores para ti –repuso Lucy–. Que no te vea nadie –añadió–. Papá se pondrá furioso si se entera de que una de sus hijas ha sido vista asomándose a la ventana en camisón. Te deshonrarás antes de que empieces a salir con alguien.

Alice seguía sin escucharla. Nunca escuchaba cuando no quería escuchar. Era como una mariposa, brillante e insustancial, siempre revoloteando sin prestar nunca atención.

–Es Hamish Purnell –dijo. Parecía decepcionada–. Ya está casado.

–Ya te dije que todo esto era una tontería –le recordó Lucy.

–¡Oh, están discutiendo! –la excitación volvía a teñir la voz de Alice. Era tan voluble como una veleta, olvidada de pronto su anterior decepción. Miró a su hermana y alzó un poco más la ventana, para apoyarse sobre el alféizar de piedra–. ¡Lucy! –siseó–. ¡Ven a ver!

Lucy había detectado el cambio operado en las voces de la terraza. Tan pronto habían sonado suaves y corteses, como al momento siguiente habían destilado un tono de furia, violento incluso, que le había puesto la carne de gallina y el vello de punta. Se deslizó fuera de la cama y camino descalza hasta donde se encontraba Alice, arrodillada sobre el banco de la ventana, tensa como una cuerda de arco, presenciando la escena que se desarrollaba en la planta baja.

Dos hombres se estaban enfrentando en la terraza, justamente debajo de ellas. Estaban de perfil, de manera que Lucy no podía distinguir bien sus caras. Reconocía sin embargo la voz de su primo Wilfred, suave, aristocrática, levemente desdeñosa.

–¿Qué habéis venido a hacer aquí, Methven? Sois un don nadie. Un simple segundón. No puedo creer que mi tío os haya invitado.

Era un tono cargado de desprecio y de deliberada provocación. Alguien rio. Los demás hombres se acercaron, rodeándolos como una jauría de perros, presintiendo la pelea.

–¡Oh! –exclamó Alice–. ¡Qué grosero y qué horrible es Wilfred! ¡Cuánto lo odio!

A Lucy le sucedía lo mismo: siempre había detestado a su primo. Wilfred tenía dieciocho años, era heredero del condado Cardross y se vanagloriaba tanto de su estatus como de su relación familiar con el duque de Forres. Había pasado el último año en Londres, donde, según los rumores, había malgastado toda su fortuna en la bebida, los naipes y las mujeres. Wilfred era altanero, cateto y engreído, y allí, rodeado por sus parientes y seguidores, se tenía por muy valiente.

–Quizá el duque me haya invitado porque tiene mejores modales que su sobrino –replicó el otro hombre. Su voz era varios tonos más grave que la de Wilfred y con un leve acento escocés.

No retrocedía ante las intimidaciones de Wilfred. Cuando se volvió, Lucy logró vislumbrar su rostro a la luz de la luna. Era duro: de pómulos, cejas y mandíbula inequívocamente duros. Era también fuerte, ancho de hombros y muy alto. Mientras lo estudiaba, pudo ver que todavía era joven; no tendría más de diecinueve o veinte años.

Un murmullo se alzó entre los hombres de la terraza. La atmósfera pareció cambiar. En ese momento era aún más abiertamente hostil, pero también había otra cosa, como un punto de incertidumbre, casi miedo.

Evidentemente, Alice también lo sintió. Se había refugiado detrás de las gruesas cortinas de terciopelo de la ventana.

–Es Robert Methven –musitó–. ¿Qué está haciendo él aquí?

–Papá lo invitó –susurró Alice–. Dice que no tiene tiempo para viejas enemistades de ese tipo. Las considera poco civilizadas.

Los clanes de los Forres y los Methven siempre habían sido enemigos. Los Forres y sus parientes, los condes de Cardross, habían apoyado a la Corona escocesa desde tiempo inmemorial. Los Methven habían sido bandidos del lejano norte, descendientes de los condes vikingos de las islas Orcadas... Lucy sabía muy poco sobre los Methven, aparte de su reputación como seres tan feroces y desalmados como sus ancestros. Miró el rostro de Robert Methven, de planos tan nítidos y afilados a la luz de la luna, y experimentó un escalofrío primario, primitivo, todo a lo largo de la espalda.

«Enemigos durante generaciones...». Una enemistad que estaba en su sangre, en las historias que había escuchado desde la cuna. Las guerras entre clanes podían ser un asunto del pasado, pero no hacía tanto tiempo que habían sucedido, y las viejas enemistades tardaban en morir.

–Un día –estaba diciendo Wilfred– recuperaré las tierras que vuestra familia robó a nuestro clan, Methven, y os lo haré pagar. Lo juro.

–Esperaré ansioso ese momento –Robert Methven parecía divertido–. Hasta entonces, ¿podemos seguir disfrutando del excelente brandy del duque?

Y pasó de largo a su lado como si la conversación hubiera dejado de interesarle. Wilfred, en un ridículo impulso, lo adelantó como para afirmar su primacía y entró en el salón antes que él. Methven se limitó a encogerse de hombros con indiferencia.

Alice volvió a dejar caer la cortina de la ventana.

–Tengo frío –rezongó–. Me vuelvo a la cama.

Fue Lucy la que tuvo que estirarse para bajar la hoja de la ventana que había subido su hermana. Aquello era típico de Alice: era negligente y descuidada, y era Lucy la que tenía que ir detrás ordenándolo y arreglándolo todo.

–Hamish Purnell... –oyó a Alice murmurar mientras se deslizaba bajo las mantas–. Bueno, supongo que es bastante guapo.

–Está casado –le recordó Lucy–. Además, estaba de espaldas la primera vez que lo viste.

–Se volvió en el último momento –replicó su hermana–. Se puso de cara a mí, y de espaldas al mar. El verdadero amor. Quizá su esposa se muera. Asegúrate de cerrar bien la ventana, Lucy –añadió–. Que nadie se entere de que hemos estado espiando.

Lucy suspiró, forcejeando todavía para bajar la ventana, que parecía obstinadamente atascada. La pesada cortina de terciopelo chocó en ese momento con el jarrón de porcelana azul y blanca que estaba en el alféizar, junto a su codo. Impotente, vio cómo la pieza se tambaleaba en el borde y escapaba a sus dedos para caer al vacío por la ventana todavía abierta... y estrellarse en la terraza. Se quedó mirando la oscuridad durante unos segundos, estupefacta. Nada sucedió. Nadie se acercó. Podía distinguir los fragmentos rotos a la luz de la luna, dispersos por el suelo de baldosa.

–Tienes que bajar a recogerlos –la voz de Alice llegó hasta ella en un urgente murmullo–. De lo contrario lo descubrirán y sabrán que hemos estado espiando.

–Baja tú –le dijo Lucy, irritada.

–Yo no tiré el jarrón –replicó su hermana.

–¡Ni yo tampoco! –pese a su edad, había peligro de que aquello degenerara en una pelea de chiquillas–. Baja tú –insistió Lucy–. Fue idea tuya lo de asomarse a la ventana con medio cuerpo fuera.

–Si me sorprenden, volveré a tener problemas –de repente adoptó una expresión ansiosa y desesperada, y Lucy experimentó la punzada de algo sospechosamente parecido a la piedad–. Ya sabes lo que siempre anda diciendo papá de mí: que mamá se habría avergonzado de lo mala y desvergonzada que soy...

Lucy suspiró. Sabía que se estaba ablandando por dentro. No podía dejar que Alice se metiera en problemas. Formaba parte del pacto que tenían las dos, y que las unía para siempre como hermanas y grandes amigas. Volvió a suspirar mientras descolgaba su bata y se calzaba las zapatillas.

–Si bajas por la Torre Negra, hazlo rápido para que nadie te vea –le dijo Alice.

–¡Ya lo sé! –le espetó Lucy.

De todas formas, experimentó un estremecimiento de inquietud cuando tomó su vela y abrió la puerta unos pocos centímetros, lo suficiente para escabullirse fuera. Caminó luego sigilosamente hacia las escaleras de la torre. No era el castillo Forres lo que la aterraba. Había crecido allí y se conocía cada rincón de aquel antiguo edificio, todos sus secretos y todos sus fantasmas. Eran los seres de carne y hueso los que le daban miedo, no los sobrenaturales. No podía permitirse que la sorprendieran. Ella nunca se metía en problemas, nunca hacía nada malo. Era Alice la impetuosa de las dos, la que se metía en un lío tras otro. Lucy era la hija buena.

A pesar de todo, no bien hubo descorrido el cerrojo de la pesada puerta del pie de las escaleras, se permitió disfrutar por un momento de la noche. Sintió la leve caricia de la brisa en el rostro, impregnada del aroma del mar y de las aulagas. El rumor de las distantes olas se mezclaba con el suspiro del viento a través de los pinos. La luna semejaba una hoz de oro en un cielo de terciopelo oscuro. Por un instante, se vio asaltada por el enloquecido impulso de echar a correr por el césped hacia el mar, de sentir la fresca arena bajo sus pies y el chapoteo del agua fría en sus piernas desnudas.

Por supuesto, nunca haría nada parecido. Era demasiado formal y correcta.

Con un leve suspiro, se inclinó para recoger los fragmentos del jarrón. Las doncellas lo echarían en falta e informarían debidamente. Su padre se enfadaría porque se trataba de una de las piezas favoritas de la difunta duquesa. Habría preguntas y explicaciones, y tanto Alice como ella tendrían que admitir que lo habían roto, solo que no mientras habían estado asomadas a la ventana espiando a los jóvenes caballeros. Confiaba en que su padre no se sintiera demasiado decepcionado con su persona.

–¿Puedo ayudaros?

Lucy dio un respingo y se volvió, dejando caer los fragmentos al suelo. Robert Methven estaba ante ella, de espaldas al mar. A esa distancia era tan alto e imponente como le había parecido desde su aventajada posición en la ventana.

–No sabía que había alguien... –balbució Lucy, y vio que sonreía.

–Lo siento. No he querido asustaros –se agachó para recoger los fragmentos, que le entregó con gesto grave–. ¿Por qué no los dejáis sobre la balaustrada, para que no se os vuelvan a caer? –sugirió.

–Oh, no –dijo Lucy–. Tengo que irme. Quiero decir... –pero no hizo ningún intento de escabullirse de nuevo hacia la puerta de la torre–. ¿Qué estabais haciendo aquí fuera, en lo oscuro? –inquirió al cabo de un momento.

Vio que se encogía de hombros con un gesto de indiferencia.

–La compañía no es muy de mi gusto.

–Wilfred, supongo –dijo Lucy–. Lo siento. Es una persona horrible.

–No es que me importe demasiado –explicó Robert Methven–, pero preferiría no pasar demasiado tiempo con él.

–Ni yo. Y eso que es mi primo.

–Mala suerte la vuestra. Eso quiere decir que vos sois...

–Lucy –se presentó–. Lucy MacMorlan.

–Es un placer conoceros, lady Lucy.

–Y vos sois Robert Methven.

A modo de respuesta, le hizo una reverencia.

–Sois muy amable –comentó ella.

Methven sonrió al reconocer el acento de sorpresa de su voz.

–Gracias.

–¿No se suponía que éramos enemigos?

Su sonrisa se amplió.

–¿Queréis que lo seamos?

–Oh, no –respondió Lucy–. Esa es una historia muy antigua.

–Las historias antiguas suelen ser muy pertinaces –replicó él–. Nuestras familias se han odiado durante generaciones.

–Papá piensa que las viejas enemistades de ese tipo son una estupidez –se quedó contemplando el reflejo de la luz de la luna en su rostro, la manera en que acentuaba sus planos y sus ángulos, destacando unos rasgos y escondiendo otros. El efecto resultaba curiosamente fascinante. Experimentó una extraña punzada de emoción, en lo más profundo de su ser.

–Es justamente por eso por lo que estoy aquí esta noche –dijo Robert Methven–. Para dejar atrás la historia entre nosotros –señaló los fragmentos del jarrón que sostenía todavía en las manos–. ¿Cómo sucedió?

–Oh... –Lucy se ruborizó–. La ventana estaba abierta. La cortina chocó contra el jarrón y lo derribó.

Methven se echó a reír.

–Mi hermano Gregor y yo siempre nos estamos metiendo en problemas por cosas como esas.

–No os creo –dijo Lucy, alzando la mirada a su alta silueta recortada contra el azul oscuro del cielo–. Sois demasiado mayor para meteros en problemas.

–Podéis pensar lo que queráis –rio–, pero os aseguro que mi abuelo es un tirano. Por una razón o por otra, siempre estamos contraviniendo sus reglas.

Los punzantes fragmentos del jarrón se le clavaban en las palmas, a la vez que los dedos de los pies se le estaban quedando helados por culpa de las finas zapatillas de seda. Por un momento, se preguntó qué diantres estaba haciendo allí fuera, en camisón, hablando precisamente con Robert Methven.

–Debo irme –dijo de nuevo.

No hizo intento alguno por detenerla. Pero sí sonrió.

–Que paséis entonces una buena noche, lady Lucy.

Una vez que llegó a la puerta, se volvió para mirarlo:

–No me delataréis, ¿verdad? –inquirió, prudente–. No quiero meterme en problemas.

Él se echó a reír.

–Jamás os delataré.

–¿Lo prometéis?

Se acercó a ella. Lucy podía oler su aroma a tabaco y aire fresco, y ver el blanco fogonazo de sus dientes mientras sonreía. Todo lo cual la aturdió ligeramente, sin que supiera bien por qué.

–Os lo prometo.

De repente, se inclinó y la besó. Fue un beso breve y ligero, pero que la dejó tan estremecida que por unos segundos permaneció absolutamente inmóvil por la sorpresa, con los fragmentos del jarrón olvidados en sus manos.

–¿Es el primer beso que habéis recibido? –le preguntó Robert.

Lucy podía detectar una sonrisa en su voz.

–Sí –respondió sin pensar, demasiado sincera e inocente como era para fingir artificio alguno.

–¿Y os ha gustado?

Lucy frunció el ceño. Las sensaciones que estaba experimentando eran demasiado novedosas y desconcertantes para que pudieran ser descritas con facilidad, pero sabía que lo que sentía era muy distinto de lo expresado por aquella palabra.

–No lo sé.

Robert se echó a reír.

–¿Queréis que os vuelva a besar, para que podáis decidirlo?

Un súbito y perverso entusiasmo se apoderó entonces de ella, proporcionándole la respuesta.

–Sí –aceptó en un susurro.

Él le quitó cuidadosamente los fragmentos de jarrón de las manos para depositarlos sobre la balaustrada de piedra. La envolvió luego en sus brazos y la atrajo hacia sí, de manera que a Lucy no le quedó otro remedio que apoyar las manos sobre su pecho.

De repente se sintió extraordinariamente tímida, y se habría apartado si él no la hubiera besado en ese mismo instante, llenándola de una sensación de dulzura y calor que acabó haciéndole vibrar de entusiasmo. Mareada, hundió los dedos en su chaqueta para sujetarse y no caer. El corazón le latía a un ritmo feroz. Se sentía extremadamente frágil y no pudo evitar ponerse a temblar.

Pero entonces, demasiado pronto, todo terminó cuando él se apartó de golpe y la soltó suavemente. Por un momento la luz de la luna iluminó su expresión: de sorpresa y asombro, quizás, con el brillo de algo que Lucy no consiguió leer ni interpretar en sus ojos. Pero cuando habló, volvió a ser exactamente el mismo de antes.

–Gracias –dijo.

Lucy no sabía lo que se suponía tenía que decir después de besar a alguien, y en ese momento volvió a sentir un horrible acceso de timidez, así que recogió los fragmentos del jarrón, murmuró un apresurado «buenas noches» y se retiró con tanta rapidez que casi tropezó con el borde de su bata. Subió la oscura escalera en espiral de la torre casi sin notar los escalones de piedra bajo sus pies. Su mente estaba demasiado llena del beso de Robert Methven como para que le permitiera pensar en otra cosa.

Alice estaba dormida para cuando regresó al dormitorio. Mirando su rostro sereno, Lucy no pudo evitar sonreírse. Los enfados con su hermana gemela nunca le duraban. La quería demasiado: aquella hermana suya que tan diferente era y que sin embargo se complementaba tan bien con ella como la otra mitad de una misma manzana.

Colocó cuidadosamente los fragmentos del jarrón sobre el alféizar y se metió en la cama. Soñó con el gajo de la luna brillando sobre el mar, con la poderosa magia de lo que acababa de vivir y con los besos de Robert Methven. Sabía que él no la delataría nunca. Sus vidas estaban ya ligadas.

Capítulo 1

Castillo Forres, Escocia, febrero de 1812

–Lucy, necesito que me hagas un favor.

La pluma de ganso de lady Lucy MacMorlan se detuvo bruscamente sobre el papel, dejando un gran borrón de tinta. Había estado concentrada en un cálculo matemático particularmente complejo cuando su hermano Lachlan irrumpió en la biblioteca. Una fuerte corriente de helado aire invernal entró con él, agitando levemente los tapices que colgaban en las paredes y levantando el polvo del embaldosado de piedra. El fuego de la chimenea crepitó y siseó cuando más aguanieve cayó por el tiro. Los preciados cálculos de Lucy volaron del escritorio para resbalar por el suelo.

–Por favor, cierra la puerta, Lachlan –dijo Lucy con tono cortés.

Así lo hizo su hermano, cortando el paso a la corriente que subía por la escalera de caracol. Inmediatamente se dejó caer cuán largo era en uno de los antiguos sillones que estaban dispuestos frente al fuego.

–Necesito tu ayuda –dijo de nuevo.

Lucy procuró dominar su instintiva irritación. Se le antojaba injusto que Lachlan, que con sus veintiséis años le sacaba dos, siempre necesitara que ella lo sacara de sus problemas. Lachlan tenía un encanto despreocupado y la convicción de que alguien más terminaba arreglando los problemas que él mismo causaba. Ese alguien parecía ser siempre Lucy.

Todos tenían su papel en la familia. Angus, el primogénito y heredero, era insípido y aburrido. Chistina, la hermana mayor, era la clásica solterona que había consagrado su vida a cuidar de su familia tras la muerte de su madre y, a esas alturas, venía a ser como el ama de llaves de su padre. Mairi, la otra hermana de Lucy, era viuda. En cuanto a Lachlan, se había descarriado. Y Lucy siempre había sido la buena chica, la hija perfecta.

«¡Qué bebé tan perfecto!», había exclamado todo el mundo, inclinándose sobre su cuna para admirarla. Más tarde la habían llamado la perfecta damisela, y después la debutante perfecta. Había sido incluso, al poco de abandonar la escuela, la perfecta prometida de un caballero mayor que era noble y además erudito. Y cuando el caballero falleció antes de la boda, Lucy se convirtió en la perfecta dama casadera.

Y antaño había sido la hermana perfecta, y la amiga perfecta. Había tenido una hermana gemela con la que había compartido todo. En aquel entonces había estado convencida de que su vida era tranquila y segura, y había estado equivocada. Pero Lucy cerró en ese momento su mente a aquellos pensamientos, como un portazo que hiciera retumbar toda la casa. Porque no le producía ningún bien pensar en el pasado.

–¿Lucy? –Lachlan parecía impaciente por contar con su atención.

Había apoyado descuidadamente una pierna sobre uno de los brazos del sillón y sonreía. Lucy lo miró a su vez con desconfianza.

–¿En que estás trabajando? –le preguntó, señalando los papeles dispersos por el escritorio.

–Estaba intentando demostrar el último teorema de Fermat –respondió.

Lachlan se mostró perplejo.

–¿Por qué habrías de hacer eso?

–Porque disfruto con los desafíos.

–Yo no me pondría a hacer cálculos matemáticos a no ser que tuviera una absoluta necesidad de hacerlos.

–Ni cálculos matemáticos ni ninguna otra cosa –lo corrigió Lucy.

La sonrisa de Lachlan se amplió. Parecía como si pensara que su hermana acababa de dirigirle un cumplido.

–Eso es verdad –clavó en ella sus ojos de color castaño dorado–. ¿Y qué tal la escritura? ¿Avanza?

–Estoy trabajando en una guía para damas. Una guía para encontrar al perfecto caballero –explicó Lucy, toda digna. Sabía que Lachlan se estaba riendo de ella. Él pensaba que su afición a la escritura era ridícula, una afición absurda. Todas las hijas del duque de Forres escribían: era un interés que habían heredado de su madre, que había sido una mujer muy cultivada. Los hijos, por contraste, no lo eran en absoluto. Lucy quería a sus hermanos... bueno, quería a Lachlan por mucho que la exasperara tanto, e intentaba querer al envarado Angus, pero no eran precisamente unos intelectuales...

Como para confirmar esa conclusión, Lachlan soltó una risotada.

–¿Una guía para encontrar al perfecto caballero? ¿Y qué sabes tú del asunto?

–Estuve prometida con uno –replicó Lucy–. Por supuesto que sé del asunto.

El brillo de humor desapareció de los ojos de Lachlan.

–Duncan MacGillivray no era precisamente el perfecto caballero. Como tampoco la pareja perfecta para ti. Era demasiado viejo.

Lucy sintió un extraño nudo de emoción en el pecho.

–Eres tan grosero... –lo acusó, irritada.

–No. Digo la verdad. Solo consentiste en casarte con él porque papá deseaba que lo hicieras. Todavía estabas dolida por lo de Alice y no podías pensar bien, a derechas.

Alice...

Una nueva corriente se deslizó bajo la puerta para provocarle un escalofrío. Estremecida, se arropó mejor con el chal. Alice llevaba muerta ocho años, pero no pasaba un solo día sin que Lucy pensara en su hermana gemela. Dentro de ella había un espacio vacío. Se preguntó si siempre se sentiría así, tan hueca, como si una parte de su ser le hubiera sido arrebatada, no dejando en su lugar más que oscuridad. La ausencia de Alice era como un dolor sordo y constante, una sombra en su corazón, un paso en falso en lo oscuro. Incluso después de todo el tiempo transcurrido, el dolor era tan fuerte que hasta le quitaba el aliento. Su infancia había terminado con la muerte de Alice.

Pero ahuyentó aquel pensamiento, como siempre hacía. No iba a ponerse a hablar de Alice.

–El caso –dijo– es que sé lo que es un comportamiento caballeroso y, lo más importante –miró ceñuda a su hermano–, sé lo que no lo es.

–También sabes lo que es la pornografía francesa e italiana –repuso Lachlan con una sonrisa– y tus textos eróticos han sido mucho más exitosos y provechosos que el resto de tu escritura. Me pregunto por qué no has escrito más.

Lucy le lanzó una feroz mirada.

–¡Sabes perfectamente por qué no lo hago! No hablemos de eso, Lachlan. Todo aquello es agua pasada y nadie sabe nada al respecto. ¿Quieres arruinar mi reputación?

Lachlan la miró a su vez, ceñudo. Aquella conversación parecía haberse reducido de pronto a una riña de escuela.

–Por supuesto que no. Yo no se lo he contado a nadie.

Lucy suspiró. Se suponía que era injusto echarle toda la culpa a su hermano cuando ella misma había sido tan negligentemente estúpida e ingenua, pero lo que estaba claro era que Lachlan no era de fiar. Un año atrás había acudido a pedirle un favor, como estaba haciendo ahora. Necesitaba su ayuda para escribir una carta, le había dicho. Tenía que ser extremadamente romántica, muy sensual, lo suficiente para arrojar a la dama de sus sueños en sus brazos.

En aquel entonces, Lucy había tenido una desesperada necesidad de ganar algún dinero, por lo que había aceptado. En un principio había copiado varios versos de Shakespeare y añadido alguna poesía de su propia cosecha. Pero Lachlan se había reído en su cara, diciéndole que necesitaba algo más excitante.

Fue entonces cuando se acordó de los escritos eróticos de la biblioteca del castillo. La biblioteca siempre había sido un auténtico tesoro para ella. Había explorado sus estantes desde el mismo momento en que aprendió a leer, devorando la vasta colección que su abuelo se había traído de su grand tour por Europa. Hasta que un día, entre los pesados tomos de historia política y los trabajos de los autores clásicos, había encontrado algo mucho más incendiario que aquellos áridos textos: varios folios de dibujos y bocetos de hombres y mujeres en las más extraordinarias y eróticas posturas. Algunas le habían parecido anatómicamente imposibles, pero verlas había resultado una actividad tan interesante como educativa, por lo que las había contemplado con una intensa curiosidad intelectual.

Junto a los dibujos también había encontrado escritos, vívidos y sensuales, igualmente interesantes para su curiosa mente académica. Fueron esos textos los que acudieron a su memoria cuando Lachlan le solicitó algo más excitante que Shakespeare. Había terminado utilizando aquellos escritos como inspiración. Quizá se había excedido: no estaba segura de ello. Pero ciertamente su hermano no había tenido queja alguna. Se lo había contado a sus amigos y varios amigos se habían dirigido a él para pedirle una similar asistencia para con sus amores. Y ella se había sentido obligada a complacer esas peticiones.

Hasta que de pronto todo se malogró terriblemente. La primera noticia que tuvo Lucy del escándalo fue en un encuentro de la Sociedad de las Damas Cultivadas de las Tierras Altas de Escocia. Todo el mundo estaba hablando de una misteriosa escritora de cartas que ayudaba a los jóvenes caballeros de Edimburgo a seducir a las mujeres de su círculo. Aparentemente, Lachlan se había visto enredado en un tórrido romance con una bailarina, mientras sus amigos se dedicaban a escandalizar a la ciudad entera con su licencioso comportamiento. Uno había dejado encinta y abandonado a la hija de un posadero y otro se había fugado con la esposa del gobernador del castillo de Edimburgo. En todos los casos, las damas se habían dejado seducir por medio de falsas promesas y una prosa erótica.

Lucy se había sentido terriblemente culpable, convicta de una aterradora ingenuidad por no haber preguntado a Lachlan por sus motivaciones antes de aceptar escribir las cartas, y sin cuestionarse tampoco las posibles consecuencias. Su necesidad de conseguir algún dinero la había cegado y no había pensado en nada más. Solo podía esperar que nadie descubriera nunca que había sido ella la autora de aquellas cartas, porque si eso se producía, su reputación quedaría arruinada. Se había prometido a sí misma no volver a escribir jamás aquella provocativa poesía. No era la clase de comportamiento que una heredera de buena familia debería tener, con lo que en el futuro tendría que procurarse su dinero por otros medios.

Lachlan la estaba observando. Había una expresión decididamente calculadora en sus ojos dorados, que hizo desconfiar a Lucy.

–En cualquier caso –dijo, sonriente–, olvidemos todo eso y pasemos a hablar de mí.

Se pasó una mano por el pelo, despeinándoselo de una manera encantadora. Lucy pensó que era una lástima que ninguna de sus amigas estuviera en aquel momento allí para dejarse impresionar. Todas pensaban que Lachlan era maravilloso, pese a que las palabras «egoísta» y «frívolo» parecían especialmente inventadas para describirlo.

–Me he enamorado –dijo Lachlan con aire de quien anunciaba una gran noticia.

–¡Otra vez! ¿Quién es la afortunada dama en esta ocasión?

–Dulcibella Brodrie. La amo, ella me ama y queremos casarnos.

Lucy se quedó callada. La señorita Dulcibella Brodrie no habría sido su primera elección como cuñada. Dulcibella era hermosa, pero también absolutamente inútil de una manera completamente irritante. No dudaba de que era precisamente eso lo que había atraído a Lachlan de ella, pero dado que él era igualmente inútil e incapaz, la combinación de ambos era una buena receta para el desastre.

–Dulcibella es... una joven muy dulce –comentó precavida.

Se enorgulleció de haber respondido de una manera tan educada, a la vez que se alegró de haber encontrado algo positivo que decir de ella. Dulcibella podía ser algo caprichosa y egoísta, y los espejos la volvían loca, pero tenía sus buenas cualidades si una se esforzaba por encontrárselas.

De repente, la expresión de Lachlan se tornó más trágica que la de un spaniel abandonado.

–Pero ella no es libre. Está comprometida para casarse con Robert Methven. El acuerdo ya ha sido firmado.

Robert Methven.

Los papeles volvieron a resbalar de los dedos de Lucy. Se agachó para recogerlos y se irguió lentamente.

–¿Estás seguro? –inquirió. Podía sentir un desconcertante nudo de inquietud en la boca del estómago. Le temblaban los dedos. Tenía las mejillas acaloradas. Se puso a alisar un papel con gesto automático.

Afortunadamente para ella, Lachlan era el menos observador de los hombres y estaba demasiado ocupado con sus propios sentimientos como para fijarse en los de ella.

–Claro que estoy seguro. Es un desastre, Lucy. Yo amo a Dulcibella, estaba a punto de pedir su mano... pero Methven se me adelantó.

–Probablemente lord Brodrie quiera para su única hija un pretendiente de más categoría que un segundón... –repuso Lucy con un suspiro, evitando la mirada de su hermano mientras se esforzaba por recobrar la compostura.

–¡Pero yo soy el segundón de un duque! –protestó Lachlan.

–Y lord Methven es marqués. Es mejor partido que tú –su voz volvía a ser firme, aunque su pulso todavía seguía acelerado y se sentía tan inquieta como acalorada.

Robert Methven iba a casarse.

Estaba aturdida y conmocionada, sin que tuviera la menor idea del motivo. No podía decirse que conociera bien a lord Methven. Poco después de aquella lejana noche de hacía ocho años, cuando se conocieron en la terraza del castillo Forres, Methven tuvo una grave desavenencia con su familia y abandonó Escocia. Se marchó a Canadá, y se rumoreaba que con el tiempo había hecho fortuna comerciando con maderas. Aquello había sucedido poco antes de la muerte de Alice, con lo que Lucy no le había prestado demasiada atención. Conservaba de hecho muy pocos recuerdos de aquella época, aparte de la abrasadora sensación de dolor y el vacío que empezó a abrirse en su corazón.

Pero entonces su abuelo falleció y, heredado el título, Robert Methven regresó a Escocia, Lucy lo había visto recientemente unas pocas veces en eventos de invierno en Edimburgo, pero la cómoda y fluida amistad que habían compartido aquella noche en Forres se había evaporado. No habían intercambiado más que unas cuantas palabras sobre los tópicos más triviales.

Lucy encontraba asimismo a Robert Methven físicamente intimidante. Los hombres de su familia eran todos altos y delgados, pero lord Methven era tan alto como corpulento. Su cuerpo era puro músculo, duro, como dura era la línea de su mandíbula y la mirada de sus ojos azul zafiro. Era abrumadoramente viril. De una virilidad tan arrolladora que era como una bofetada en plena cara. Lucy no había conocido a un hombre igual.

Había cambiado también en otros aspectos. Era un hombre sombrío, y la antigua luz había desaparecido de sus ojos. Todo el poder y la autoridad que Lucy había percibido en su persona aquella lejana noche seguía allí, pero como más fuerte y oscura. La tragedia tenía una manera especial de apagar la luz interior de la gente: Lucy lo sabía por experiencia. Se preguntó qué le habría sucedido a Methven para que hubiera cambiado tanto.

En ese momento no tenían nada en común. Y sin embargo... Lucy cerró los puños. Podía sentir el fino papel arrugándose bajo sus dedos. Robert Methven seguía teniendo algo especial. La atracción que sentía hacia él era tan intensa como incómoda. No quería pensar en ello, porque cada vez que lo hacía acababa encendida, sin aliento, con una inquietud que le recorría todo el cuerpo. Era extraño, muy extraño...

Sentándose ante su escritorio, se puso a alisar sus papeles con dedos levemente temblorosos. Era consciente de un sentimiento nada familiar, una curiosa sensación en la boca del estómago... una sensación semejante a los celos.

«No estoy celosa», pensó, irritada. «No puedo estar celosa. Yo nunca estoy celosa de nada ni de nadie. Los celos no son un sentimiento apropiado ni conveniente, y menos para una dama».

Pero lo estaba. Estaba celosa de Dulcibella.

Se presionó las sienes con las puntas de los dedos. Aquello no tenía sentido. No podía estar celosa de Dulcibella. Dulcibella no tenía nada que ella pudiera desear. Lucy no quería casarse, y aunque así fuera, lord Methven no encarnaba en absoluto su idea de un esposo perfecto. Era demasiado intimidante, y demasiado hombre. Demasiado todo.

–¿Qué puedo hacer, Lucy? –le preguntó Lachlan reclamando su atención y alzando las manos en un gesto de súplica–. Dulcibella nunca se atrevería a contrariar los deseos de su padre. Es demasiado delicada para plantarle cara.

«Delicada» no era el adjetivo que habría utilizado Lucy. Dulcibella era débil. No tenía el espinazo duro. Más de una vez se había preguntado si acaso tenía espinazo...

–No hay nada que puedas hacer –dijo con energía–. Lo lamento, Lachlan –«pero te enamorarás de otra dama en menos que canta un gallo», añadió para sus adentros.

–Necesito que escribas una de tus cartas –le pidió Lachlan de pronto con tono urgente, inclinándose hacia delante–. Necesito que me ayudes a convencerla. Por favor, Lucy.

–Oh, no. No, no y no. ¿Has escuchado una sola palabra de lo que te he dicho antes, Lachlan?

–Lamento lo de la última vez.

Al menos tuvo la deferencia de mostrarse un tanto avergonzado.

–Lo dudo –repuso ella.

Lachlan se encogió de hombros, admitiendo la mentira.

–Está bien. Pero mis intenciones son honorables esta vez, Lucy. Amo a Dulcibella y sé que tú querrías que ambos fuéramos felices. Quiero casarme con ella, Lucy. Por favor…

Dejó la frase sin terminar, como si tuviera el corazón demasiado roto para hacerlo. «Un efecto muy artístico», pensó Lucy.

–No –insistió–. Aparte de que dudo que Dulcibella pudiera ser persuadida con esa clase de cartas. Es una dama muy prudente.

–Bueno –sonrió Lachlan–, no creas que tanto.

–No –se negó por sexta vez. En ese momento estaba pensando en Robert Methven–. Están prometidos, Lachlan. Sería además injusto para con...

–Por favor, Lucy –repitió su hermano, ya con un tono de auténtica súplica–. Yo amo realmente a Dulcibella. ¿Cómo podría ella ser feliz casada con Methven? ¡Ese hombre es un salvaje! No es como yo.

–No. Ciertamente que no es como tú –Robert Methven no tenía una pizca del refinamiento de Lachlan. Era todo dureza: una dureza que había estado frotándose contra los sentidos de Lucy durante los tres últimos meses como el acero contra la seda. Una vez más sus nervios experimentaron un familiar estremecimiento de excitación.

–No puedo ayudarte, Lachlan. Será mejor que me dejes en paz.

Lachlan adoptó entonces la expresión extremadamente cerril que Lucy recordaba de cuando era un niño malcriado, cada vez que no se salía con la suya.

–No sé por qué te niegas –insistió–. Nadie se daría cuenta.

–Porque es injusto –replicó con tono enérgico. Sabía que tenía que negarse incluso aunque los sentimientos de Lachlan fueran sinceros. No era justo de ninguna de las maneras sabotear el compromiso matrimonial de Robert Methven. Además, desde un punto de vista práctico, enfadar a un hombre como él tampoco era prudente. Era duro y peligroso, y ella sería una estúpida si hiciera algo que pudiera ponerlo en su contra. Si él llegaba a enterarse, Lucy sabía que podría meterse en un problema muy grave.

–Necesitas el dinero –le recordó de pronto su hermano–. Yo sé que lo necesitas. Te oí comentar a tu doncella el otro día que tu pensión cuatrimestral estaba agotada.

Lucy vaciló. Era cierto que ya se había gastado su pensión, entregada al orfanato de Greyfriars y a la inclusa tan pronto como la hubo recibido. Eso no lo sabía Lachlan, por supuesto. Pensaba que ella era tan derrochadora como él y no veía motivo alguno de vergüenza en ello. No tenía la menor idea de que sus remordimientos por la muerte de Alice la impulsaban a donar hasta el último penique a empresas benéficas. Para intentar compensar una culpa que nunca podría ser aliviada.

–Te compraré el sombrero con lazos verdes que estuviste admirando ayer en Princes Street –dijo Lachlan, inclinándose de nuevo hacia delante.

–Preferiría el dinero, gracias –repuso Lucy. Por un instante se permitió pensar en todo lo que podría comprar con aquella suma: ropa nueva y calzado para los niños, y libros y juguetes también.

Sintió como una vertiginosa sensación de culpa en el estómago cuando se dio cuenta de que iba a hacer lo que Lachlan le pedía. Se esforzó por ignorarla. Intentó decirse que no habría peligro alguno de que lord Methven descubriera su papel en todo aquello, ya que sería el nombre de Lachlan el que apareciera en las cartas y, siempre y cuando su hermano se mordiera la lengua, nadie sospecharía de ella. Se recordó que de esa manera podría comprar más medicinas para los niños de la inclusa. La bronquitis era particularmente grave aquel invierno.

–¿Cuánto? –inquirió Lachlan mientras levantaba su larguirucha figura del sillón.

–Diez chelines por carta –dijo Lucy con tono decidido.

Su hermano la fulminó con la mirada:

–Las escribiré yo mismo.

–Pues que tengas suerte –repuso ella, sonriente.

Lachlan se la quedó mirando. Lucy le sostuvo la mirada sin vacilar. Sabía que su hermano acabaría cediendo: su voluntad era mucho más fuerte que la de él.

–Podrías hacerlo por amor –rezongó.

Lucy volvió el rostro. El amor no era una moneda que ella utilizara.

–Prefiero el dinero en efectivo.

–Cinco chelines, entonces. Y, por ese dinero, mejor que sean buenas.

–Siete –replicó Lucy–. Y lo serán.

Mientras Lachlan se retiraba a buscar el dinero, Lucy abrió el cajón de su escritorio para sacar otra pluma, cuya punta afiló con mano experta, y rellenó el tintero. Le diría a Lachlan que copiara las cartas con tinta verde. La escritura debería tener un aspecto tan romántico como su contenido.

Una ráfaga de aguanieve azotó la ventana, haciendo temblar el cristal. El viento ululaba por el tiro de la chimenea. Lucy se estremeció. No podía sacudirse la inquietud que pesaba como un plomo en su ánimo. Podía ver a lord Methven con los ojos de la imaginación: su rostro duro como la piedra, su mirada azul oscuro tan helada como un torrente de montaña.

Era injusto que fuera a ayudar a Lachlan en su empeño de quitarle a Dulcibella. Lo sabía bien. No solo era moralmente injusto, sino que también agravaría la tensión que existía entre ambos clanes, una tensión que nunca había llegado a desaparecer del todo. Sabía que había algún tipo de pleito pendiente entre su primo Wilfred, conde de Cardross, y el marqués de Methven. Que Lachlan le arrebatara la novia a Methven sería como echar combustible al fuego.

Sabía que debería guardar la pluma y levantarse, pero ansiaba desesperadamente conseguir más dinero para ayudar a la inclusa. Empuñando la pluma, empezó a escribir. Intentó decirse que todo saldría bien. Estaba a salvo. Robert Methven jamás llegaría a descubrir lo que estaba a punto de hacer.

Capítulo 2

Dos meses después, abril de 1812

La novia se retrasaba.

Robert, marqués de Methven, se aflojó discretamente el cuello almidonado. Le apretaba demasiado. Como también le apretaba la inmaculada camisa blanca que se tensaba sobre sus anchos hombros. La pequeña iglesia estaba atestada y hacía calor: la densa fragancia de las lilas impregnaba el aire. Robert siempre había pensado que las lilas eran una flor de funerales.

«Muy apropiado» pensó.

Los invitados se impacientaban. Hacía rato que había pasado el lapso de un retraso convencionalmente razonable. La única excusa para tanta tardanza por parte de la novia podía ser un accidente en su vestuario, o quizá el súbito e inoportuno fallecimiento de un miembro de la familia. Pero Robert dudaba de cualquiera de las dos posibilidades.

Dulcibella. Qué absurdo nombre. Durante los dos meses que había durado su compromiso, Robert había dudado de que alguna vez pudiera terminar acostumbrándose a llamarla así. Pero ahora parecía que ni siquiera iba a tener la oportunidad.

Se volvió. La iglesia estaba abarrotada de invitados, ya que se trataba de la principal boda de la temporada. Doscientos miembros de la nobleza escocesa habían hecho el viaje hacia el norte, hasta aquella diminuta iglesia del señorío de los Brodrie, para ver a la hija de un laird casarse con el hombre que se había reincorporado a sus filas tan escandalosamente como las había abandonado ocho años atrás.

–Creo que has sido burlado, amigo mío –le comentó por lo bajo su primo y padrino, Jack Rutherford.

Jack se estaba sonriendo, de hecho, y Robert lo maldijo por ello. Frunció el ceño. La humillación pública le resultaba indiferente, pero lo cierto era que no había querido perder a Dulcibella. Porque ella había sido precisamente la llave del acceso a su herencia.

De repente, una dama sentada cerca del fondo de la iglesia llamó su atención.

Lady Lucy MacMorlan.

Sintió que la sangre empezaba a arderle, como siempre ocurría cuando miraba a Lucy. Solo el hecho de mirarla le hacía reaccionar como si hubiera elegido un pantalón dos tallas más pequeño: una reacción física de lo más inapropiada en una iglesia, cuando supuestamente estaba a punto de casarse con otra dama.

No sabía muy bien cuándo había empezado aquella condenadamente inoportuna atracción hacia lady Lucy. Sospechaba que había empezado a desarrollar cierta tendre por ella cuando ambos habían sido jóvenes, ella mucho más que él: un sentimiento que desde entonces jamás lo había abandonado. El beso que le había dado años atrás en el castillo Forres había obedecido a un impulso, ciertamente. Pero su reacción al beso, a su contacto, había sido tan potente e inesperada que acto seguido se había apresurado a apartarse, consciente de que ambos se habrían visto inmersos en graves problemas si no lo hubiera hecho. El tiempo y la tragedia habían intervenido entonces para arrastrarlo lejos de Escocia tanto en mente como en espíritu, pero cuando hubo regresado y visto a Lucy en uno de los eventos de Edimburgo… Había sido como si la chispa que durante años había dormido en su corazón hubiera cobrado una nueva vida, convirtiéndose en llama.

Él había cambiado, pero ella también. La niña espontánea y sin artificio de antaño se había vuelto mucho más cauta. Seguía siendo encantadora, pero ahora con el barniz urbano de la sofisticación. Y Robert se había visto sorprendido por la imperiosa curiosidad de descubrir lo que escondía detrás de aquella fachada.

Sentía otros igualmente urgentes impulsos hacia lady Lucy, también. Pero que estaban destinados a no ser satisfechos.

Ese día, Lucy estaba sentada cerca del fondo de la iglesia entre sus hermanas mayores y su padre, el duque de Forres, y su primo, el abominable Wilfred, conde de Cardross, a quien Robert simplemente no podía soportar. Tenía un aspecto delicado, exquisito y voluptuoso, con aquella llamativa melena rojiza y aquellos ojos azul lavanda llenos de luz y de vida. Era su cabello lo que había causado la perdición final de Robert: quería saber si su tacto entre sus dedos era tan sensual como parecía. Lady Lucy también tenía un precioso rostro en forma de corazón y unos labios rojos como fresas, un cutis de porcelana y unas pecas enternecedoras. Robert quería asimismo saber a qué sabían aquellos labios, y hasta donde se extendían aquellas pecas...

Lucy era la perfección. Todo el mundo lo decía. Era la hija perfecta, la dama perfecta y sería un día también la esposa perfecta. Robert había oído que había estado comprometida, cuando apenas era todavía una colegiala, con un anciano noble que falleció antes de la boda. Desde entonces, lady Lucy había rechazado todas las proposiciones porque, aparentemente, ninguno de sus pretendientes había estado a la altura de su perfección. Robert encontraba eso extraño, aunque sobre gustos no había nada escrito.

Lanzó otra subrepticia mirada al perfecto perfil de lady Lucy. Era una verdadera lástima que no hubiera podido hacerle él mismo una proposición, pero estaba completamente incapacitado en ese sentido por los términos de su herencia. Dulcibella Brodrie era una de las escasas mujeres, si no la única, que cumplía con los requisitos.

Se dio cuenta de que seguía mirando a Lucy. Él no era precisamente un caballero, pero sabía que era de mal gusto mirar con aquella fijeza a cualquier dama que no fuera su novia.

–Vista al frente, Methven –ladró su abuela con voz de sargento mayor en un pase de revista.

La marquesa viuda de Methven estaba sentada sola en el primer banco, una menuda aunque imponente figura forrada de seda roja y diamantes. Cuando su abuelo cortó toda su relación con Robert sin mediar una palabra, ella fue el único familiar que no dejó de creer en él durante todo el tiempo que pasó en el extranjero. Y lo hizo desafiando a su esposo y enviando incluso a su primo Jack al Canadá, con él, cuando el joven expresó su deseo de conocer mundo. Robert la adoraba, aunque se guardaba mucho de decírselo. Ambos, Jack y su abuela, eran la única familia que le quedaba a Robert en el mundo.

La puerta de la iglesia se abrió de golpe y el órgano empezó a tocar La llegada de la reina de Saba, de Haendel. Robert pudo sentir el alivio del sacerdote. Se oyó un rumor de sedas mientras los presentes estiraban sus cuellos para ver entrar a la novia.

Pero la música se interrumpió, insegura. Lord Brodrie, el padre de Dulcibella, avanzaba a grandes zancadas hacia el altar. Sin la novia del brazo.

Robert había observado con anterioridad que lord Brodrie era un hombre en estado casi constante de irritación, y en ese momento su cólera resultaba evidente. Tenía el rostro colorado de rabia, el pelo blanco de punta y los ojos azules relampagueantes de ira. En una mano blandía varias hojas de papel. Una de ellas fue a caer a los pies de Robert.

–¡Se ha fugado! –anunció Brodrie.

El asombro que antes había dejado muda a la congregación estalló en un motín de sonidos. Todo el mundo se puso a hablar a la vez, gesticulando, volviéndose cada uno hacia su vecino para diseccionar la escandalosa noticia.

Robert se agachó para recoger la hoja. No era, como había imaginado en un principio, una carta de explicación, ni siquiera una disculpa. Formaba parte de una misiva de amor.

–No puedo soportarlo más –empezó a leer–. Vivo atormentado noche y día. No puedo hablar. No puedo comer. El pensamiento de imaginarte en los brazos de otro hombre me resulta intolerable. El pensamiento de Methven haciéndote el amor cuando eres mía... ¡Tú eres el aliento de mi vida! Huye conmigo antes de que sea demasiado tarde...

Seguían muchas más frases de la misma guisa, pero Robert se las saltó. Ya había leído las suficientes como para que se le revolviera el estómago. Parecía, sin embargo, que a Dulcibella le habían gustado, dado que el autor de la carta la había convencido de que se fugara en su compañía.

–¿Quién ha escrito esto? –inquirió Jack. Estaba intentando leer algo por encima del hombro de su primo.

–Lo firma un tal Lachlan –dijo Robert.

–Debe de ser Lachlan MacMorlan –dedujo su primo, examinando la firma–. Estaba completamente obsesionado con la señorita Brodrie. Pero no imaginé que haría nada al respecto. Es demasiado vago.

–¡Colgaré sus tripas de las almenas de mi castillo! –estalló Brodrie, violento. Su rostro estaba moteado de rojo y blanco: parecía que fuera a estallarle una vena. Agitaba en el aire un puño, con el que aferraba más hojas escritas–. ¡Corromper a mi hija con poesía romántica! –rugió–. ¡El maldito cobarde! Si tanto la quería, ¿por qué no podía luchar por ella como un hombre?

Robert estrujó a su vez en el puño el papel que había recogido.

–Presumiblemente porque esta táctica le convenía mejor –dijo–. No sabía que la señorita Brodrie fuera de disposición romántica.

En realidad no había sabido casi nada de Dulcibella. Era un poco tarde para reconocerlo, pero la joven no le había interesado en absoluto excepto como medio de acceder a su herencia. Necesitaba una esposa, y un heredero, urgentemente. Si había pedido la mano de Dulcibella había sido por aquella única razón. Había advertido que era bonita. Por lo demás, su risa había sonado chillona a sus oídos y había encontrado irritantes su desvalimiento y su apocado carácter. Nada más.

–La muy boba se pasaba las horas leyendo –dijo Brodrie–. En eso ha salido a su madre. Yo no le prestaba mayor atención. Le gustaban esas noveluchas sentimentaloides, la Pamela de Richardson y demás...

Todo aquello estaba empezando a cobrar mucho más sentido para Robert, que golpeaba impaciente la arrugada carta contra la palma de su mano.

–No creo que MacMorlan haya escrito esto –dijo de pronto Jack–. Yo estudié con él. No es precisamente un hombre muy letrado.

–Quizá se mostrara demasiado tímido para darte a leer sus poesías –repuso Robert, sarcástico. Leyó unas cuantas líneas más–. Talento para escribir sí que tiene.

–Si Lachlan MacMorlan es tímido –replicó Jack–, yo soy el papa de Roma.

–Caballeros... –habló el sacerdote, con la angustia escrita en su rechoncho rostro–. ¿Va a continuar la ceremonia...?

–Evidentemente no –respondió Robert–. Con solo que la señorita Brodrie se hubiera atrevido a confiarme sus sentimientos, lord Lachlan habría estado ocupando mi lugar ahora mismo.

Pero tanto lord Brodrie como el sacerdote lo miraban perplejos. Robert se dio cuenta de que se estaban preguntando cómo podía mostrar semejante frialdad e indiferencia... Dulcibella no le había importado un ardite, pero perder su herencia sí que le importaba. Los invitados se removían cada vez más inquietos, esforzándose por entender algo de lo que estaba pasando y transmitírselo a su vecino. Sus expresiones oscilaban entre el asombro, el escándalo y la diversión, dependiendo de la disposición de cada quien. Wilfred Cardross no hacía intento alguno por disimular su regocijo. Él, más que nadie, se alegraría de la ruina de los planes de Robert por la oportunidad que ello le daba de reclamar para sí las tierras de Methven.

Cerró los puños. No pensaba darle a Cardross la oportunidad de que se apoderara de Golden Isle y del resto de sus propiedades norteñas. Eran la parte más antigua de su patrimonio y las retendría por la fuerza, si era necesario.

Su mirada se encontró con la de Lucy MacMorlan. Lo estaba mirando directamente. No parecía asombrada, ni escandalizada ni divertida.

Lucy parecía culpable.

Robert sintió una punzada de interés. Sabía que lady Lucy estaba muy unida a su hermano. Los había visto juntos en distintos eventos sociales y sabía que compartían una cómoda amistad. Por ello, muy bien Lachlan habría podido confiarle lo de la fuga. Ciertamente, ella sabía algo.

Robert se la quedó mirando durante un buen rato. Un leve rubor cubrió las mejillas de la dama. Vio que se mordía el labio inferior. Hasta que rompió deliberadamente el contacto visual con él, volviéndose para recoger su pequeña retícula de cuentas verdes a juego con la cinta de su sombrero y tocar suavemente el brazo de su padre, para avisarlo de que deseaba marcharse. Los invitados se estaban levantando ya de los bancos, apelotonándose inseguros en los pasillos como esperando a que alguien les explicara lo ocurrido.

–¿Y bien? –inquirió Brodrie–. ¿Qué vais a hacer? ¿No pensáis ir tras ellos?

–Señor –respondió Robert–. Vuestra hija se ha tomado grandes molestias en evitar casarse conmigo. Sería una grosería por mi parte salir tras ella para obligarla a volver –se volvió hacia su primo para entregarle la hoja que había recogido–. Anuncia a los invitados que son bienvenidos a disfrutar del almuerzo nupcial, Jack. Sería una lástima desperdiciar una buena fiesta.

Había sido él quien había sufragado los gastos de la celebración, dadas las estrecheces económicas de Brodrie.

–¿Fiesta? –Brodrie se había quedado boquiabierto–. ¿Celebraréis que mi hija se haya fugado con otro hombre, señor?