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Tras su divorcio, Lottie Cummings, una de las damas más célebres de la sociedad londinense, tuvo que convertirse en cortesana. Hasta que un peligroso libertino decidió rescatarla haciéndole una escandalosa oferta. Ethan Ryder, oficial del ejército de Napoleón, fue apresado y trasladado a Inglaterra como prisionero de guerra. Una vez en libertad bajo fianza, Ethan comenzó a planificar el más audaz de sus golpes. Pero para ello necesitaba la ayuda de Lottie. Y aquel pacto encendió una pasión capaz de escandalizar incluso a aquellas dos indecorosas almas.
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Seitenzahl: 459
Veröffentlichungsjahr: 2011
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2010 Nicola Cornick. Todos los derechos reservados.
SIN MIEDO AL ESCÁNDALO, Nº 276 - junio 2011
Título original: One Wicked Sin
Publicada originalmente por HQN™ Books.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
® Harlequin, logotipo Harlequin y Mira son marcas registradas por Harlequin Books S.A.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
I.S.B.N.: 978-84-9000-376-3
Editor responsable: Luis Pugni
ePub: Publidisa
Nota de la Autora
Hace varios años, estaba leyendo un libro sobre la Batalla de Trafalgar, cuando me llamó la atención una nota a pie de página. Se hablaba en ella de los prisioneros napoleónicos que vivieron en libertad condicional en Tiverton, una pequeña población de Devon. Me intrigó la idea de que hubiera prisioneros extranjeros en libertad en pequeñas ciudades de la Gran Bretaña. No fue fácil encontrar fuentes en las que recabar información de un aspecto olvidado de la historia británica, pero poco a poco, fui descubriendo datos sobre estos prisioneros y terminé obsesionada con la idea de escribir una novela en la que la protagonista terminara enamorándose del enemigo.
Esta novela cuenta la historia de Lottie. Una sofisticada mujer de mundo, una veterana en cuestiones amorosas que, sin embargo, descubre que su vida se desmorona cuando su marido decide divorciarse de ella. Un futuro como meretriz de un prisionero irlandés parece ser su única esperanza, pero, por supuesto, es difícil que dos personas tan experimentadas y escarmentadas por la vida como Lottie y Ethan puedan llegar a enamorarse. ¿O quizá no?
En noviembre de 1813, las autoridades británicas consiguieron frustrar el levantamiento de sesenta mil prisioneros de guerra. La historia de amor de Lottie y Ethan está entrelazada con este acontecimiento.
Para Andrew, con todo mi amor, ahora y siempre
Cita
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Promoción
Cuando una mujer hermosa se entrega hasta la locura
Y termina descubriendo que los hombres la han traicionado
¿Qué magia podrá consolar su melancolía?
¿Qué arte borrar su culpa?
Oliver Goldsmith
Julio de 1786
La despertó el sonido de la gravilla contra las ventanas; gravilla que repiqueteaba como la lluvia intensa en los días de invierno. Permaneció tumbada, envuelta todavía en el sueño, hasta que el sonido volvió a repetirse con la fuerza de un disparo. Abrió entonces los ojos y fijó la mirada en las sombras que bailaban en el techo. Rompía el amanecer, se filtraba en el dormitorio, compitiendo con la luz de las velas. La puerta que conectaba las dos habitaciones estaba abierta y podía oír a la señorita Snook, su institutriz, roncando en el otro dormitorio.
Una tercera lluvia de piedras le hizo correr hasta la ventana, apartar las cortinas y abrir las hojas de la ventana. Era una hermosa mañana. El cielo amanecía azul y el sol comenzaba a elevarse sobre la pradera, adornándola con jirones de oro.
—¡Papá!
Vio a su padre bajo la ventana. Mientras Lottie le miraba, dejó caer las piedras que quedaban todavía entre sus dedos y alzó la mano a modo de saludo.
—¡Lottie, baja!
Fue un susurro que llevó hasta ella la brisa liviana. Lottie dirigió una mirada dubitativa hacia el dormitorio, pero los ronquidos de la señorita Snook sonaban con fuerzas renovadas. Descalza, recorrió el pasillo, bajó las escaleras y cruzó el suelo de baldosas del vestíbulo hasta llegar a la puerta. La casa continuaba envuelta en la mágica quietud del amanecer que precedía a los primeros movimientos del día. Todo el mundo dormía.
Su padre salió a su encuentro, se arrodilló y la envolvió en sus brazos. Lottie supo que no había dormido aquella noche en casa porque olía a humo y a cerveza. Aquel olor impregnaba su pelo y su ropa. Cuando presionó la mejilla contra la suya, la niña advirtió también la aspereza de su barba. Bajo el olor del tabaco y el alcohol, distinguía la débil, pero exótica fragancia de la colonia de sándalo, un olor que Lottie siempre había adorado.
Su padre la retuvo entre sus brazos y le susurró al oído:
—Lottie, me voy. Quería venir a decirte adiós.
Aquellas palabras y la urgencia que Lottie percibía en su abrazo tuvieron el efecto del hielo; el frío se filtró por sus pies descalzos e invadió su cuerpo, haciéndole temblar.
—¿Te vas? ¿Lo sabe mamá?
Vio una sombra en sus ojos, aquellos ojos castaños tan parecidos a los suyos. Después, su padre le sonrió y, por un momento, Lottie se sintió como si hubiera vuelto a salir el sol, aunque por alguna razón, continuaba teniendo miedo.
—No —respondió él—. Éste será nuestro secreto, cariño. No le digas a nadie que me has visto —se enderezó—. Vendré a buscarte pronto, Lottie. Te lo prometo —le acarició la mejilla—. Pórtate bien.
Mientras se alejaba, el reloj de la iglesia marcó el segundo cuarto de las cinco. Lottie permaneció donde estaba, escuchando las campanadas y el crujido de la grava bajo los pies de su padre, hasta que aquella figura alta giró al final del camino y se desvaneció en la niebla de la madrugada. Lottie quería correr tras su padre, aferrarse a él y suplicarle que volviera. Estaba aterrada. El corazón le latía con tanta fuerza como cuando corría y podía sentir las lágrimas agolpadas tras sus párpados. El sol comenzaba a elevarse por encima de las colinas, inmenso, radiante, transformando la niebla en oro. Pero Lottie tenía mucho frío.
Tenía seis años y fue así como sintió por primera vez que se acababa su vida.
Londres, julio de 1813
—Ésta es la quinta vez en una semana que viene un caballero a pedirme que le devuelva su dinero —la señora Tong, regente del Templo de Venus, entró en el dormitorio con un siseo de faldas, producto de su caminar furioso—. ¡Me estáis costando cientos de guineas!
Puso los brazos en jarras y miró exasperada a la mujer que estaba sentada ante el tocador.
—Se suponía que erais una buena inversión, madame —bajo aquella dureza, continuaba distinguiéndose su acento refinado—. Os contraté como una novedad, como una atracción para los hombres más notables de Londres. No esperaba encontrarme con una virgen tímida y cohibida —elevó los brazos al cielo—. ¡Este último caballero me ha dicho que os habéis mostrado tan fría que ha perdido todo interés! Se suponía que erais una mujer desvergonzada y escandalosa, de modo que, ¡sedlo! ¡Si lord Borrolade quisiera encontrarse con un bloque de hielo en la cama, se quedaría en casa con su esposa!
Lottie Cummings permanecía sentada en silencio, presionando una mano contra otra para evitar que le temblaran mientras soportaba aquella diatriba. Durante las semanas que llevaba viviendo en aquella casa de citas, bajo el mismo techo que la señora Tong, había aprendido que era propensa a los estallidos de cólera cuando las chicas la irritaban, ¿y qué podía ser más irritante que un cliente insatisfecho reclamando que le devolvieran el dinero? Para la señora Tong, el dinero lo era todo en la vida; no le extrañaba que estuviera enfadada.
Lottie odiaba aquel lugar, odiaba aquel trabajo. Sentía una repugnancia hacia él que la asaltaba cuando se despertaba y no cesaba hasta que intentaba escapar de aquella pesadilla a través del sueño. Jamás había imaginado que ser una cortesana fuera algo así. Ella se consideraba a sí misma una mujer sofisticada y con mucha experiencia. Incluso, que el cielo la ayudara, había llegado a pensar que podría desenvolverse como una profesional en aquel mundo de dudosa moralidad. Al fin y al cabo, no podía ser tan difícil. Ella era una mujer conocedora del mundo y segura de sí misma. Incluso había llegado a considerar en algún momento que tenía un talento considerable en lo que se refería a las artes amatorias. Antes de conocer cómo era realmente la vida de una cortesana, incluso había llegado a pensar que sería capaz de sacar dinero a sus clientes y disfrutar de sus atenciones.
Pero su valentía estaba hecha añicos. La confianza le había fallado. Y había comprendido que no sabía nada de aquella vida.
No sabía lo que era la degradación de que hablaran de ella como si no estuviera presente, como si fuera un trozo de carne. No sabía nada del desprecio de los clientes que, por el hecho de ser los pagadores, se creían con derecho a comportarse como se les antojara. No sabía nada, si quería ser brutalmente honesta, de la intensa repugnancia que podían llegar a provocarle algunos hombres. Hasta entonces, sólo había mantenido relaciones con hombres atractivos y eso no le había supuesto ninguna dificultad. Siempre había elegido a sus amantes. Pero desde hacía quince días, eran los hombres los que la elegían a ella.
No podía soportarlo. Si permanecía un segundo más en aquella casa, terminaría volviéndose loca. ¿Pero adónde ir?
No tenía dónde refugiarse. Su familia la había echado de casa y sus amigas la habían repudiado. No estaba capacitada para realizar ningún trabajo y era demasiado conocida como para que se lo ofrecieran. Además, le debía una considerable cantidad de dinero a la señora Tong: estaba por una parte la fianza que había depositado para garantizar su salud y, por otra, el dinero que había tenido que invertir en ella para que tuviera la apariencia de una prostituta. Le habían obligado a endeudarse para asegurarse de que no escapara.
Miró a su alrededor, contempló las sillas doradas con respaldos de caracolas marinas y la cama envuelta en colchas de color rojo. Todos los colores eran chillones y de un gusto pésimo. Habría odiado aquella habitación por ser tan ridículamente pretenciosa incluso en el caso de que no fuera un recuerdo constante de aquello en lo que se había convertido.
—No os comprendo —como Lottie no decía nada, la señora Tong se sentó bruscamente en la cama. El colchón gimió bajo su peso—. Se decía que os habíais entregado libremente a todo tipo de hombres durante vuestro matrimonio. Sin embargo, ahora que os están pagando, os comportáis como una virgen ultrajada.
Lottie apretó los labios para reprimir las palabras que estaban a punto de salir de su boca. No podía permitirse el lujo de enemistarse con la señora Tong, a no ser que quisiera terminar en la calle. Aquélla era su realidad: venderse o morir de hambre. Y no podía ser demasiado exigente con los posibles compradores.
Jugueteó con los frascos que tenía sobre el tocador: las cremas con esencia de rosa y lavanda para la piel, unas cremas con un olor tan penetrante, que le provocaban estornudos, y aquellos cosméticos de colores chillones que, supuestamente, debían realzar su belleza y en realidad le marcaban de tal manera como cortesana, que bien podría haberse puesto un letrero anunciando su condición.
En aquel momento, deseaba dar un puñetazo en el tocador y tirarlos al suelo.
—Lo encuentro difícil, eso es todo —respondió.
La señora Tong endureció el rostro con un gesto de desaprobación.
—El cielo sabrá por qué. ¿Con cuántos hombres habéis estado?
—No con muchos.
Al menos, no con tantos como decían los chismosos.
La señora Tong suspiró. Durante un breve segundo, apareció en sus ojos un brillo que suavizó su mirada. Quizá fuera el recuerdo de lo que había sido en otro tiempo, antes de venderse y de vender a otras mujeres para amasar su fortuna.
—Deberíais esforzaros —le aconsejó con ruda compasión—, a no ser que queráis terminar vendiéndoos por un chelín a la puerta de los teatros, y eso no está hecho para una dama como vos. Por lo menos, aquí tenéis un techo sobre vuestra cabeza —recorrió a Lottie de los pies a la cabeza con su cínica mirada—. Ya no sois joven, ¿verdad? ¿Y qué podéis hacer ahora que estáis divorciada y habéis sido repudiada?
—Nada —respondió Lottie—. Nada —repitió con voz queda.
El cielo sabía cuántas veces había pensado en ello. Había buscado una alternativa desesperadamente. Pero se le habían cerrado todas las puertas y era imposible cualquier acuerdo respetable. En otra época de su vida, tener que trabajar para vivir le habría parecido algo ridículo, algo que otras personas menos afortunadas que ella se veían obligadas a hacer. En aquel momento, le parecía que su única posibilidad de sobrevivir era ganarse la vida.
—Lo intentaré —prometió, tratando de alejar cualquier deje de desesperación de su voz.
No quería que la señora Tong la advirtiera. No quería darle a aquella mujer más poder sobre ella.
—Eso espero —aquella prostituta ya madura se levantó—. Mañana por la noche se organiza una fiesta. Asistirán varias chicas y algunos de los caballeros más selectos —taladró a Lottie con la mirada—. Espero que hagáis vuestro trabajo.
Lottie sintió una oleada de horror. Tuvo que tragar saliva para contener la náusea que le subió a la garganta.
«No voy a vomitar», se prometió. «No voy a vomitar».
Llamaron a la puerta y Betsy, otra de las chicas, bajita, morena y regordeta, asomó la cabeza.
—Perdón, señora Tong, pero ha llegado el siguiente cliente de Lottie.
—Ah —la señora Tong parecía satisfecha—. Bueno —le dirigió a Lottie una dura mirada—, procurad que quede satisfecho.
La puerta quedó abierta de par en par. Afuera, sobre la alfombra roja y dorada, esperaba un hombre. Vestía un abrigo verde y miraba a su alrededor con expresión excitada y lasciva. John Hagan. Un caballero al que Lottie conocía de su vida anterior, un hombre que siempre la había deseado y que estaba dispuesto a pagar para cumplir su fantasía. No podía rechazarle. El pánico se aferraba a su pecho y le impedía respirar.
—No puedo.
La señora Tong se volvió hacia ella con la rapidez de una serpiente.
—En ese caso, podéis iros inmediatamente.
Llegó entonces la desesperación por aniquilar su fuerza de voluntad. En muchas ocasiones durante aquellos meses había estado a punto, pero no había cedido en ningún momento. Al principio, cuando Gregory había dicho que quería divorciarse de ella, había pensado que se trataba de un terrible error. Después, la había alejado de su lado, se había negado a verla, le había devuelto sus cartas sin abrir con una frialdad despiadada y Lottie había comprendido que, efectivamente, se trataba de un error, pero el error había sido suyo. Había roto el acuerdo no escrito que había entre ellos al ser demasiado indiscreta. La prensa había informado de sus hazañas y había convertido a su marido en un hazmerreír. Había dañado abiertamente la reputación de Gregory y de forma excesivamente flagrante para ser perdonada. Por eso la habían castigado.
Había escrito a su familia, pero su familia había decidido no perdonarla. Sus amistades habían demostrado no serlo, pues nadie quería saber nada de ella. Las únicas dos personas que podrían haberle ayudado estaban en el extranjero y no tenía manera de ponerse en contacto con ellas. Gregory había pagado una cantidad extraordinaria para llevar su divorcio rápidamente a los tribunales y el día que habían recibido la notificación del divorcio, la había echado de casa. La había dejado en la indigencia, algo que durante el largo y doloroso proceso del divorcio le había parecido imposible que llegara a ocurrir.
Pero ya no le quedaba otro remedio que creerlo: estaba arruinada.
Hagan se acercaba en aquel momento, hinchando pecho e irradiando confianza. La señora Tong se deshacía en sonrisas mientras le acompañaba al interior de la habitación.
—Mi querida Lottie, qué alegría volver a verte.
Hagan se mostró exageradamente empalagoso; se inclinó hacia ella y le besó la mano, fingiendo comportarse como un caballero. Él, un hipócrita que la había visto caer en el arroyo y estaba dispuesto a aprovecharse de su desgracia. Recorrió con la mirada su bata transparente, deteniéndose durante algunos segundos en sus senos. A Lottie se le secó la boca y el corazón comenzó a latirle con tanta fuerza, que le hacía temblar. Inclinó la cabeza y fijó la mirada en la alfombra.
—Son cien guineas —oyó decir a la señora Tong y vio que la madama tendía la mano pidiendo el dinero por adelantado.
—Mi querida señora Tong... —Hagan parecía afligido—. He oído decir que nuestra pequeña ramera —el desprecio le helaba la voz—, puede llegar a ser decepcionante. De manera que pagaré después, no antes, y sólo en el caso de que quede satisfecho.
La señora Tong vacilaba. Lottie sentía el calor de la mano de Hagan sobre su hombro a través de la fina tela de la bata. Estaba temblando por dentro. Cuando había tenido que elegir entre morir de hambre o vender lo único que todavía le quedaba, no había vacilado. Había tomado una decisión, en el caso de que pudiera definirse como tal cuando una se encontraba en una situación en la que no había alternativa. Había vendido su cuerpo para sobrevivir y estaba dispuesta a hacerlo una y otra vez hasta que fuera una anciana desdentada y nadie la deseara. Algo que no tardaría mucho tiempo en llegar, puesto que, como la propia señora Tong había señalado, había superado ya la juventud. Volvió a estremecerse al pensar en el futuro.
Hagan deslizó la mano titubeante hasta su pecho. Lottie advirtió que cambiaba el ritmo de su respiración, una respiración que la lascivia hacía más pesada.
«El futuro empieza aquí», pensó.
—Un momento.
Todos se sobresaltaron al oír aquella voz. Se volvieron y descubrieron a un hombre apoyado con gesto negligente en el marco de la puerta. Contra el color estridente de las paredes de damasco y el azul pavo real de las cortinas resultaba muy austero, su vestimenta parecía rigurosa, estricta. Era un hombre alto, de pelo corto y oscuro y ojos asombrosamente azules en un rostro delgado y de expresión atenta. Lottie advirtió que Hagan se tensaba como si estuviera sintiendo la llegada de un rival.
—Señor... —Hagan retiró la mano. Estaba sonrojado—. Me temo que debéis esperar vuestro turno.
El desconocido miró a Lottie a los ojos. Tenía una mirada tan intensa, tan penetrante, que Lottie se quedó sin respiración. Era extraño, pensó, pero parecía querer tranquilizarla. Extraño e imposible, una ilusión, se dijo, porque en cuanto le vio sonreír, desapareció cualquier posible pretensión de caballerosidad. Dio un paso hacia ella con expresión firme y peligrosa.
—Oh, me temo que no —musitó—, no voy a esperar mi turno.
Hagan abrió la boca para decir algo, pero la señora Tong intervino entonces silenciándolo con un gesto.
—Mi señor...
Lottie nunca había visto hablar a aquella prostituta con tanto respeto. Había deferencia en su voz, pero también algo más, ¿recelo, quizá? Lottie había conocido a todo tipo de hombres, desde los más refinados dandis hasta los hombres más salvajes, pero jamás había conocido a ninguno cuya presencia le afectara de una forma tan elemental. Había peligro en aquella habitación. Lo sentía en el aire.
—Estoy segura de que al señor Hagan no le importará esperar —intervino la señora Tong, intentando tranquilizarle—. Si hacéis el favor, señor. ¿Puedo ofreceros un vaso de vino, quizá?
Estaba encaminando ya a Hagan hacia la puerta. El recién llegado se apartó con un estudiado gesto de diversión para permitirle pasar. Lottie dejó escapar un suspiro que había creído silencioso hasta que el hombre la miró de soslayo con evidente admiración.
La puerta se cerró.
—¿Eres Charlotte Cummings? —preguntó el recién llegado, sin la menor sombra de respeto.
—No —contestó Lottie—. Ya no.
Lo único que habría querido de Gregory habría sido su dinero. Podía haber mantenido su apellido, pero para ella no tenía sentido.
—Ahora soy Charlotte Palliser —aclaró.
El hombre inclinó la cabeza.
—He oído decir que los Palliser te han repudiado.
—Pero no pueden arrebatarme mi nombre —replicó Lottie—. Nací con él.
El hombre no contestó inmediatamente. La observaba con el mismo interés que había mostrado desde el instante en el que había puesto los ojos en ella. Pero su mirada no contenía admiración sexual de ningún tipo, sino un frío cálculo que le hizo estremecerse.
—¿Puedo? —señaló una butaca.
A Lottie le extrañó que se molestara en pedir permiso. Resultaba rara una cortesía de aquel tipo cuando tenía la sensación de que aquél era un hombre que podía tomar cuanto quisiera.
Aquel misterioso caballero se sentó, cruzó las piernas y se reclinó contra el respaldo de la butaca con elegancia. Su cuerpo entero, tan alto y delgado, exudaba tal relajada distinción, que Lottie pensó que quizá fuera un error considerarlo como un dandi cualquiera. Había demasiada fuerza bajo la superficie, demasiado poder y demasiada intensidad soterrados bajo aquella fachada.
—¿Quién sois vos para que la señora Tong os permita darle órdenes y ni siquiera os haga pagar por adelantado?
Quienquiera que fuera, parecía no tener ninguna prisa por llevarla a la cama.
El desconocido soltó una carcajada.
—Ethan Ryder, a tu servicio —había un brillo travieso en sus ojos azules—. Y prefiero pagar después —arqueó una ceja—. Veo que te sonrojas, algo bastante singular en una cortesana.
Lottie volvió la cabeza. Tenía razón. Se sentía vulnerable, casi tímida. Ethan Ryder parecía capaz de desnudar sus sentimientos con sólo una mirada; Lottie, dijera la gente lo que dijera, no era una desvergonzada prostituta.
—La señora Tong os ha llamado «señor» —dijo.
Sabía que parecía dubitativa. A pesar de su elegante atuendo, aquel hombre tenía más aspecto de caballerizo mayor que de conde. En otra época de su vida, Lottie se había relacionado con toda la nobleza del país y nunca había coincidido con él. Sabía que si le hubiera conocido, no le habría olvidado.
—Qué rápido lo has notado —continuaba pareciendo divertido—. Pero la señora Tong no ha mentido, soy el barón de St. Severin. Ah, y chevalier d’Estrange, por cierto.
—¿Sois francés?
Lottie le miró sobresaltada. No parecía francés en absoluto. Ella no entendía gran cosa de política, y tampoco tenía ningún interés en ella, pero hasta alguien tan desinformado como Lottie sabía que estaban en guerra contra los franceses.
—Soy irlandés —respondió él con una sonrisa que rebosaba encanto—. Es una larga historia.
—¿Un irlandés con un título francés? —preguntó Lottie con extrañeza.
Algo se activó entonces en su mente; fue un recuerdo de algo ocurrido en su salón de Grovesnor, donde un grupo de invitados comentaba entusiasmado los últimos chismes de la ciudad.
¿Qué habían dicho sobre Ethan Ryder, el soldado irlandés? Recordaba que tenía fama de ser un excelente espadachín, un gran tirador y el mejor jinete de su regimiento. Se rumoreaba también que era un hombre capaz de correr riesgos de los que otros muchos hombres huían, que era frío y calculador allí donde otros se dejaban llevar por la precipitación o la locura y que jamás cometía un error. Era capaz de esperar eternamente hasta que sus enemigos daban un paso en falso, ofreciéndole así la oportunidad de ganar el juego... Y por debajo de todas aquellas historias, se contaba entre susurros que había matado a un hombre en un duelo, que había escapado de las más profundas mazmorras y que era capaz de pasarse al ejército enemigo como un fantasma, sin que nadie lo advirtiera.
Napoleón había recompensado la entrega de Ethan Ryder a la causa francesa con títulos y dinero. Se le consideraba, por tanto, un mercenario.
Vio que se ensanchaba la sonrisa en los labios de Ethan y que aparecía una nueva luz en su mirada; parecía saber exactamente lo que estaba pensando, y también lo que estaba a punto de decir.
—¡Ah, sí! —exclamó Lottie—. Sois el hijo bastardo del duque de Farne y de una artista del trapecio. Traicionasteis a vuestro padre y huisteis a Francia siendo apenas un niño para uniros al ejército napoleónico. Después os capturaron los británicos y os hicieron prisionero de guerra.
—Sí, exactamente —se mostraba imperturbable, como si las palabras, hasta las más duras, hubieran perdido mucho tiempo atrás la capacidad de hacerle daño—. Y tú eres la ex esposa de un banquero fabulosamente rico, una de las favoritas de la alta sociedad que ha caído en desgracia y ahora se ve obligada a vender su cuerpo para sobrevivir.
Aquellas palabras fueron dichas quedamente, pero Lottie se encogió al oírlas. Al parecer, pensó, Ethan Ryder se sentía mucho más cómodo consigo mismo que ella.
—Habéis expresado mis circunstancias de modo muy gráfico —señaló con voz tensa.
Ethan inclinó la cabeza y la miró con los ojos entrecerrados.
—¿No te gusta que te describan de esa manera, Lottie Palliser? —no era un tono duro, pero no había delicadeza en su voz. No había compasión alguna. Lottie se preguntó si sería capaz de ver en el interior de su alma y darse cuenta de lo sucia que estaba—. No quieres enfrentarte al hecho de que has elegido convertirte en una cortesana porque has preferido sobrevivir a morir de inanición —continuó diciendo—, pero ésa es la verdad, de la misma forma que todo lo que has dicho sobre mí también es cierto —curvó los labios en algo que pretendía ser una sonrisa—. Creo que tú y yo nos parecemos mucho, Lottie. Los dos somos supervivientes, los dos somos aventureros. Y ninguno de nosotros cree en el martirio.
—Y ambos somos prisioneros —replicó Lottie, incapaz de borrar la amargura de su voz. Apoyó sus palabras con un gesto—. ¿No deberíais estar encerrado, mi señor?
Ethan se encogió de hombros con suprema elegancia, y también con suprema despreocupación.
—Mucha gente así lo cree, entre ellos, mi padre.
—Y, sin embargo, estáis libre —apuntó Lottie.
En aquella ocasión, su interlocutor cambió de postura; la tensión pareció reflejarse en sus hombros.
—Si es que esto puede considerarse libertad. Prometí no intentar escapar y, a cambio, estoy condenado a permanecer encerrado en un pueblo situado en medio de ninguna parte, sin nada que hacer durante todo el día, salvo esperar a que termine la guerra.
—En ese caso, ¿qué estáis haciendo aquí en Londres? —preguntó Lottie—. ¿Os habéis escapado?
Ethan negó con la cabeza. La luz de las velas arrancaba destellos azules de su pelo negro y confería a sus ojos una calidad profunda e insondable.
—A todos los oficiales se nos permite venir a la ciudad de vez en cuando, siempre que se solicite la visita por motivos personales y urgentes —señaló a su alrededor—. ¿Y qué puede ser más urgente y personal que visitar un burdel en el Covent Garden? —sonrió—. Necesito una cortesana, por eso estoy aquí. Y he venido a preguntarte si estás dispuesta a aceptar el puesto.
Lottie no contestó inmediatamente. Ethan la vio levantarse y alejarse de él. La habitación era pequeña, no había forma de escapar. Pero Ethan sintió que era eso lo que ella necesitaba. Lottie era como un pájaro atrapado en una jaula, como el canario que compartía con ella aquella habitación y permanecía mudo frente a la ventana.
—Odias esta vida, ¿verdad?
No era una pregunta, sino una afirmación, expuesta además sin el menor sentimiento, sin la menor delicadeza. Hacía mucho tiempo que Ethan había dejado de sentir compasión por nadie.
—Sí.
Lottie no se volvió para mirarle. Tenía los hombros hundidos. La indiscreta bata transparente que llevaba era como un recordatorio burlón de su estatus.
Al cabo de unos segundos, Ethan la vio retirar un chal de la cama y envolverse en él, como si hubiera sentido frío de pronto.
—No debería odiarla —respondió desafiante—. Ni yo misma entiendo por qué me siento tan degradada. Tenéis razón cuando decís que he elegido esta vida para no pasar hambre —se volvió hacia él y alzó la mirada—. Y, además, solía disfrutar del sexo —parecía vagamente sorprendida—. Era bastante buena en ese terreno.
Ethan soltó una carcajada. No era habitual oír una declaración tan explícita en labios de una mujer y resultaba refrescante. Había oído decir que Lottie Palliser era una mujer muy especial, pero no esperaba que fuera tan franca.
—Eso no significa necesariamente que tengas que ser una buena cortesana —señaló—. Ni tampoco que tenga que gustarte el trabajo. El dinero lo cambia todo. Es como ser un mercenario. Cuando uno ofrece sus servicios por dinero, no siempre puede elegir al pagador o lo que debe hacer a cambio de dinero.
Lottie se rió entonces; la suya era una risa rica y profunda.
—Una bonita analogía —el humor desapareció de su voz—. Fui una ingenua al pensar que podría dedicarme a algo así.
Pero no había sido ése su único problema, pensó Ethan. Estaba al tanto de lo que le había ocurrido y sabía que el escándalo del divorcio y su posterior ruina habían hecho añicos su mundo y, seguramente, le habían robado todas las certezas. Nadie podía salir indemne de un cataclismo como aquél. Los rumores la pintaban como una mujerzuela promiscua y sin escrúpulos, pero la mujer que tenía frente a él estaba muy lejos de responder a esa descripción. Ciertamente, era una mujer experimentada, pero no se trataba de una prostituta desvergonzada.
Ethan se levantó, se acercó a ella, la tomó por la barbilla y le hizo volver el rostro hacia la luz. Sentía la suavidad de su piel bajo sus dedos, pero resultaba difícil reconocer el verdadero rostro de aquella mujer debajo de tantas capas de pintura.
—Lávate la cara —le pidió bruscamente.
Lottie giró la cabeza; evidentemente, no le gustaba aceptar órdenes de nadie. Pero, tras un breve instante, se apartó y se dirigió al lavamanos. Vertió agua de una jarra de porcelana y se lavó la cara. El resultado, cuando regresó a su lado, fue asombroso. Una vez desnuda de cosméticos, asomaba libremente un cutis cremoso y salpicado de pecas. Ethan observó detenidamente su rostro. Era un rostro con forma de corazón y una barbilla pequeña y limpiamente dibujada. Los ojos eran grandes, castaños y rodeados de oscuras pestañas. Los labios, de un rosa pálido y también inesperadamente eróticos, lo que tuvo un inesperado efecto en su cuerpo. El deseo clavó sus garras en él, unas garras fuertes y afiladas. Lo último que esperaba Ethan era desear a aquella mujer. La necesitaba, necesitaba específicamente a Lottie Palliser a causa de su escandaloso pasado, pero no entraba en sus cálculos el llegar a desearla también. Continuó observándola con los ojos entrecerrados, consciente de que se había acelerado ligeramente el latido de la sangre en sus venas y de que quería saborear aquella tentadora boca.
Había unas finas arrugas alrededor de sus ojos que les conferían carácter y un cierto cinismo. El color de aquellos ojos, tan profundos y oscuros como un buen café, le resultaba fascinante: era una promesa de placeres infinitos.
Ethan alzó la mano para quitarle el broche que sujetaba su pelo, y liberó una melena otoñal, con sombras castañas y cobrizas en un pelo del color del oro viejo. Lo acarició y lo descubrió tan suave como el satén. Lottie permanecía inmóvil como un ratón asustado bajo su escrutinio. Ethan apartó el chal de sus hombros y dejó que cayera a sus pies.
Bajo la enagua de encaje, Lottie estaba completamente desnuda. Estaban tan cerca, que Ethan podía sentir su calor y la delicada fragancia del jazmín en su piel. Sus senos, redondos y voluptuosos, se presionaban contra el encaje y los pezones oscuros se adivinaban a través de la tela blanca. Ethan volvió a experimentar la fuerza del deseo. Se miraron a los ojos. Apareció en la comisura de aquellos labios sensuales algo parecido a una sonrisa. Sabía que la deseaba y eso parecía gustarle. Un nuevo acicate para su deseo. Se inclinó hacia ella y la besó.
Lottie no hizo ningún movimiento para profundizar su beso, tampoco se presionó contra él como habría hecho otra cortesana más experimentada y ansiosa por complacer a un cliente. Permaneció quieta y se limitó a abrir ligeramente los labios.
Ethan retrocedió, deseándola cada vez más.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó bruscamente.
La sonrisa de Lottie desapareció y Ethan distinguió un brillo diferente en sus ojos, ¿un brillo calculador, quizá? Pero Lottie contestó rápidamente:
—Veintiocho.
—He oído decir que tienes treinta y tres.
Lottie no se molestó en disimular su enfado. Retrocedió, agarró el chal con un gesto brusco y volvió a envolverse en él para ocultar su desnudez.
—Si lo sabéis, ¿por qué lo preguntáis? —le espetó.
—¿Y tú por qué mientes? —preguntó él a su vez.
—Porque, como la señora Tong no ha tenido ningún escrúpulo en señalar —respondió con amargura—, no me quedan muchos años para terminar en la calle. De modo que, si puedo ganar alguno más, ¿por qué no hacerlo?
Ethan sintió una compasión inesperada. De modo que allí había algo más que orgullo herido. Lottie tenía miedo al futuro. Ethan sospechaba que aquello la haría más proclive a aceptar su ofrecimiento. Estaba desesperada por escapar de la tiranía de un burdel y la amenaza de terminar viviendo en la calle. Era increíble que alguien como ella hubiera caído tan bajo.
Ethan regresó a la butaca, se reclinó en ella y la observó con atención.
—Entonces, ¿qué piensas de mi proposición? —volvió a preguntar Ethan—. ¿La aceptas o no?
Lottie se sentó en el borde de la cama, meciendo los pies bajo el borde emplumado de la bata.
—Por lo visto, no os gusta andaros con rodeos —dijo, mirándole con aquellos enormes ojos castaños.
Ethan sonrió.
—Es una propuesta muy sencilla —replicó—. Soy consciente de que no te gusta esta nueva vida en la que te has embarcado. Jamás obligaré a una mujer a meterse en mi cama. De modo que... —se encogió de hombros—, si no te gusta mi oferta, será mejor que me vaya a otra parte.
Lottie pensó en ello detenidamente. Ethan respetó su silencio. No esperaba que fuera una mujer particularmente inteligente. Seguramente, ninguna mujer que lo fuera habría terminado en la situación en la que Lottie Palliser se encontraba, repudiada por su familia y sus amigos y en la miseria. Ethan se preguntó si habría algo más en aquella caída de lo que todo el mundo sabía, pero inmediatamente se advirtió que en realidad no importaba. Él necesitaba una mujer que hubiera perdido su reputación, una mujer que fuera el escándalo personificado, y Lottie encajaba en aquel perfil a la perfección. Quería que aceptara su ofrecimiento porque era ideal para su propósito.
—¿A los prisioneros de guerra se les permite mantener meretrices? No sabía que disfrutaban de tantas libertades.
—Si lo deseara, podría tener hasta un cachorro de león —replicó Ethan—, siempre y cuando pueda pagarle la comida y la casa. Tengo libertad para todo, excepto para ser realmente libre.
Lo dijo con más amargura de la que pretendía. Alzó la mirada y advirtió que Lottie le miraba con interés, pero con tan poca compasión como la que había mostrado él por ella. De hecho, podría decirse que le miraba como si fuera un espécimen de laboratorio. Le resultó extraño sentirse observado con el mismo distanciamiento con el que él acostumbraba a analizar el mundo. Y, por un instante, tuvo la sensación de encontrarse ante un espíritu afín.
—¿Y podéis? —preguntó Lottie—. ¿Podéis proporcionarme, alojamiento y comida?
Se estiró. Su cuerpo pareció estremecerse bajo la bata. Fue un movimiento intencionadamente erótico y el cuerpo de Ethan reaccionó al instante, a pesar de que él era consciente de que estaba intentando manipularle.
—Debo advertiros —continuó diciendo Lottie—, que soy mucho más cara que una mascota. Mi ex marido —pronunciaba aquella palabra sin disimular su disgusto—, se quejaba de que le costaba más mantenerme a mí que a su mejor caballo de carreras.
—Lo creo —Ethan sonrió con admiración—. Sí, soy rico —añadió—. Las cosas me han ido bastante bien, teniendo en cuenta que soy el hijo bastardo de una trapecista.
Sacó varias bolsas de monedas y las dejó sobre la mesa. Las monedas tintinearon suavemente y Ethan vio que Lottie abría los ojos de par en par. Al parecer, eran ciertas algunas de las cosas que se decían de ella: Lottie Palliser tenía alma de mercenaria y era una mujer de naturaleza codiciosa. Eso le beneficiaba. Significaba que podía comprarla si estaba dispuesto a pagar su precio.
—Parecen guineas —señaló Lottie.
—Y lo son.
Ethan abrió una de las bolsas, dejando que las monedas doradas cayeran sobre la mesa, y estudió con atención los sentimientos que cruzaban el rostro de la cortesana: cálculo, codicia...
—Hay dinero suficiente como para pagar a la señora Tong por tener que prescindir de tus servicios, comprarte un nuevo guardarropa y pagar un billete a Wantage en el coche de correos del viernes.
—De aquí al viernes no tendré tiempo suficiente para hacerme un guardarropa nuevo —replicó Lottie—. Y en esas cuestiones no hay que andarse con excesivas prisas.
Ethan sonrió.
—Tendrás que comprar vestidos ya hechos.
Lottie frunció el ceño.
—Eso es barato y vulgar.
—Pero necesario. Tengo que regresar a Berkshire dentro de dos días. Así que sólo tienes un día para salir de compras antes de reunirte conmigo —miró alrededor de aquella habitación decorada con colores chillones—. Te daré el dinero suficiente como para pagar un alojamiento hasta entonces. No creo que la señora Tong quiera que te quedes aquí y supongo que tampoco tú tienes muchas ganas de quedarte.
Lottie se mordió el labio inferior con expresión pensativa.
—¿A Wantage habéis dicho? —arqueó sus finamente perfiladas cejas—. Tengo familia viviendo cerca de allí. Por lo que recuerdo, eso está en medio de la nada.
—No es tan terrible, aunque posiblemente te parecerá muy provinciano. En cualquier caso, eres tú la que tienes que tomar una decisión —añadió con delicadeza—. Puedes continuar siendo una prostituta en un burdel de Londres, convertida en presa de caballeros que hasta ahora te trataban con respeto en los salones, o puedes convertirte en mi meretriz en un lugar dejado de la mano de Dios, pero con suficiente dinero como para que, cuando pongamos fin a nuestro acuerdo, puedas instalarte donde te plazca.
La observó volver a sopesar los beneficios y los inconvenientes de su oferta. Era un cálculo en el que no parecían entrar los sentimientos, que era, precisamente, lo que cabía esperar de una meretriz.
Lottie se levantó de la cama y se acercó a la mesa. Le miró con recelo y abrió una de las dos bolsas para comprobar su contenido; incluso mordió una de las guineas.
—No son falsas —le aseguró Ethan—, no soy un tramposo —sonrió—. ¿Es que no confías en mí?
—No lo sé —Lottie le escrutó con la mirada—. Hay algo en todo este asunto que no termina de encajar.
Lottie esperó en silencio. La expresión de Ethan continuaba siendo insondable. Era un jugador de naipes consumado y no estaba dispuesto a revelar su mano. Sí, Lottie tenía razón, había mucho más en aquel asunto de lo que le había contado, pero cuanto menos supiera ella, mejor.
Al cabo de unos segundos, Lottie se echó a reír.
—No, no hace falta que me lo digáis. Me pagaréis para que, además de compartir vuestra cama, mantenga la boca cerrada y no haga preguntas —suspiró ligeramente—. Se me considera una mujer tremendamente indiscreta, pero supongo que puedo intentar mantener la boca cerrada en el caso de que haya dinero en juego.
—Eso sería ideal.
Lottie asintió.
—¿Por qué queréis una meretriz? —preguntó entonces Lottie con la misma franqueza con la que Ethan había hablado con ella.
Ethan le dirigió una mirada que le hizo sonrojarse.
—¿Por las mismas razones que cualquier otro hombre? —preguntó.
Vio que a los ojos de Lottie asomaba una expresión de cinismo.
—Hay muchas razones por las que a un hombre le gusta presumir de sus proezas sexuales —dijo secamente—. A veces es su impotencia, o porque prefiere los hombres a las mujeres y desea ocultarlo... —se le quebró la voz y se encogió ligeramente de hombros, invitándole a responder.
—Mis motivos no son tan retorcidos —respondió Ethan—. Estoy aburrido. Probablemente tenga que seguir siendo prisionero de guerra hasta el fin del conflicto y necesito entretenerme de alguna manera, así que… ¿qué mejor forma de hacerlo que en la cama?
Parecía una respuesta convincente, pero aun así, Lottie vaciló. Le miró con los ojos entrecerrados, como si supiera que le estaba ocultando información.
—¿Y por qué yo? Habéis preguntado específicamente por mí.
—Es cierto —reconoció Ethan. Lottie había vuelto a sorprenderle no sólo al recordar aquel detalle, sino también al ser consciente de su importancia—. Tengo cierta fama de escandaloso —añadió—. Si voy a tener una meretriz, quiero que sea la mujer más conocida de todo Londres —la agarró suavemente por la muñeca y la atrajo hacia él—. Quiero una mujer que pueda resultar escandalosa, ostentosa y...
—¿Solícita? —volvió a dirigirle aquella media sonrisa capaz de acelerarle el pulso. Vio algo oscuro y titilante en su mirada—. Sí, solía ser todas esas cosas —hablaba casi con nostalgia.
Ethan respondió con una carcajada.
—Eso he oído.
Trazó la línea de sus labios con el dedo y la sintió estremecerse ante su contacto. Su propio cuerpo estaba ya tenso, duro, anhelante.
—Así que… Lottie Palliser, ya tienes suficiente información como para decidir. ¿Qué dices?
—Sí —respondió Lottie.
No vaciló. Sabía que había algo en todo lo que Ethan le había contado que no respondía a la verdad, algo que la obligaba a estar alerta. Pero no podía ignorar aquellas bolsas llenas de oro, de monedas que no había visto durante meses. Y a Lottie le atraía el peligro que ardía en los ojos de Ethan Ryder. Por primera vez desde hacía meses, volvía a sentir que corría la emoción por sus venas.
—Sería una estúpida si rechazara el ofrecimiento de un hombre tan rico y me quedara aquí para someterme a los caprichos de una multitud de pobres.
Le vio sonreír.
—Me parece un planteamiento de un pragmatismo admirable.
Lottie señaló dubitativa hacia la cama.
—¿Querríais...?
Advirtió la inseguridad de su propia voz. La confianza comenzaba a fallarle. Sabía que debía parecer tan torpe y falta de aplomo como una virgen debutante. Había habido una época de su vida en la que la seducción le parecía algo muy fácil. Pensó amargamente en James Devlin, el hombre con el que había compartido su última aventura. Había sido entonces cuando todo había comenzado a torcerse. Se había enamorado desesperadamente de Dev y aquélla había sido la mayor estupidez que podía haber cometido.
Cuando había terminado su aventura, estaba tan destrozada, que había buscado consuelo y solaz en otros hombres en un desesperado intento por ocultar su dolor. No había sido fácil, vivía en una jaula de oro, en los cerrados círculos de la élite londinense, sometida siempre al más despiadado escrutinio. A posteriori, era capaz de comprender que la tristeza la había convertido en una mujer indiscreta. Cuando ella pensaba que estaba actuando con secretismo, todo el mundo estaba al tanto de lo que hacía. Y Gregory había perdido la paciencia.
Había oído decir que Gregory iba a volver a casarse con una de las herederas más codiciadas de la temporada. Evidentemente, él había salido sin mácula del escándalo que había echado por tierra el nombre de Lottie. Pero era lógico, Gregory tenía el poder y el dinero necesarios para mantener una reputación intachable. De hecho, era tal su influencia, que cuando Lottie había confesado la verdad sobre las preferencias sexuales de su marido, nadie había querido escucharla. Esperaba que para aquella virgen heredera no fuera una sorpresa demasiado impactante, pero temía que no iba a tener tanta suerte.
Se volvió para mirar a Ethan Ryder. Era un hombre guapo, atractivo, y emanaba aquella sensación de peligro que en otro tiempo a Lottie le había resultado irresistible. Dos años atrás, le habría bastado una mirada para decidir que quería acostarse con él. En aquel momento, temblaba nerviosa. ¿Qué le había pasado? No estaba segura, sólo estaba segura de que su divorcio no sólo había acabado con su reputación. También ella había cambiado. A lo largo de aquel doloroso camino, había perdido la confianza y las certezas que hasta entonces la habían acompañado.
Jugueteó con el lazo de la bata, pero Ethan posó una mano cálida y firme sobre la suya para detenerla.
—No —le dijo—, ahora no.
Lottie cerró los ojos un instante. Experimentó una curiosa mezcla de alivio y disgusto. Era una tontería enfadarse porque no parecía desearla cuando, al mismo tiempo, se sentía profundamente aliviada por no tener que ejercer el papel de prostituta en aquel entorno. A lo mejor, al igual que Gregory, Ethan también prefería el sexo con hombres. Gregory se había casado con ella porque quería una mujer que pudiera hacer las veces de anfitriona, pero, sobre todo, quería el camuflaje que le proporcionaba. Pero dudaba que fuera aquél el caso de Ethan. Cuando la había besado, Lottie había advertido en él un deseo firme y afilado como el filo del acero.
Ethan apartó la mano y dio un paso hacia ella. Estaba tan cerca, que Lottie sentía la caricia de su respiración en el pelo. Ethan rozó su barbilla con los labios, haciéndole consciente de aquel contacto en todo su cuerpo. Lottie le miró a los ojos y volvió a ver en ellos el duro brillo del deseo.
—Nos están observando y nos están escuchando para asegurarse de que esta vez haces bien tu trabajo —le susurró.
Lottie miró a su alrededor, escrutando con la mirada las paredes de la habitación. Por supuesto, estarían mirándola a través de mirillas, cerraduras... de cualquier mecanismo lascivo propio de un burdel. Incluso era posible que la señora Tong le hubiera sacado dinero a John Hagan con la promesa de que le permitiría contemplar a Lottie con Ethan antes de estar con ella. Lottie sintió náuseas, y se sintió ridícula e ingenua por no haber pensado antes en ello.
—Yo no actúo para nadie —aclaró desafiante.
Ethan sonrió, haciendo que se marcaran las arrugas que rodeaban sus ojos y que apareciera un hoyuelo en su mejilla. Tenía otro en la barbilla, pero ninguno de ellos suavizaba la dureza de su imagen. De hecho, le daban incluso más determinación a un rostro en el que no había la más mínima delicadeza.
—Y yo tampoco —dijo. Se apartó de ella—. Vístete. Nos vamos.
Lottie dejó escapar un suspiro de alivio.
—Gracias.
Ethan le sostuvo la mirada durante varios segundos. Conservaba en los labios una sonrisa. La temperatura pareció elevarse entre ellos, robándole a Lottie la respiración. Fue una sensación que la tomó completamente por sorpresa.
Pero Ethan se volvió rápidamente y recogió las bolsas de las monedas.
—No me des las gracias —respondió—. Lo único que estoy haciendo es proteger mi inversión —de pronto parecía impaciente—. Esa vieja prostituta sería capaz de robarte el alma si dejo que trates a solas con ella, y no quiero tener que pagar por ti más de lo necesario.
Lottie buscó en su armario un vestido y unos zapatos. La mayor parte de los vestidos que la señora Tong le había proporcionado eran de pésima calidad; estaban diseñados de manera que realzaran todos sus encantos y pudieran quitarse al más ligero contacto. Las únicas prendas decentes eran el vestido y la chaquetilla de lana que conservaba de su antigua vida. Se los colocó bajo el brazo. El armario olía a rancio. Con una punzada de nostalgia, Lottie recordó los perfumes que solía comprar en Piver’s y Rimmel’s. Los guantes perfumados con esencia de flores eran uno de los caprichos que se permitía en su época de esplendor.
—¿Estás lista?
Ethan continuaba pareciendo impaciente. ¿Cuánto tiempo necesitaba una mujer para vestirse? Lottie no tenía siquiera una doncella que la ayudara. La vio abrir de nuevo el armario y sacar un abrigo antes de agarrar la jaula del canario.
—¿Ese pájaro es tuyo o lo estás robando?
—Es mío —era lo único que se había llevado de su antigua casa. Miró a su alrededor y alzó la barbilla—. No quiero nada de este sórdido lugar.
—Un sentimiento comprensible —respondió Ethan—, pero no muy práctico. No estoy dispuesto a pagarte un vestuario completo.
Gruñendo, Lottie reunió parte de su ropa interior, medias, guantes, un chal, dos abanicos, un tocado de plumas, un par de vestidos y una sombrilla y los guardó todos en una sombrerera que sacó del fondo del armario.
Ethan le tomó la mano; aquel contacto hizo que Lottie se pusiera a temblar. Estaba muy nerviosa, volvían a asaltarla las dudas. Tenía que tomar una decisión trascendental para su vida: quedarse en aquel infierno o marcharse con un desconocido.
Ethan la miró con abierta ironía.
—¿Estás asustada?
Lottie deseó que no interpretara con tanta perspicacia sus sentimientos. Le parecía increíble, y profundamente inconveniente, que fuera capaz de hacerlo. Alzó la mirada para mirarle abiertamente a los ojos.
—No, claro que no.
Una sonrisa curvó los labios de Ethan. Había un brillo de hielo en su mirada.
—Tú decides.
—Vos sois el mejor de dos demonios —replicó Lottie.
Ethan profundizó su sonrisa.
—O quizá el más conocido —musitó en respuesta.
—No os conozco —respondió Lottie.
—Pero me conocerás. Claro que me conocerás.
Sus palabras sonaron como una peligrosa promesa.
Aquella alcahueta avariciosa se había quedado prácticamente hasta con la última guinea que llevaba encima. A Ethan no le sorprendió, pero se preguntaba si merecería la pena.
Iba sentado frente a Lottie Palliser en un carruaje de alquiler y la observaba mientras las sombras se deslizaban sobre su rostro, sometiéndolo al contraste de la luz y la oscuridad. No era en absoluto como él se imaginaba. ¿Cuántas veces se lo había repetido en una sola noche? ¿Y cuántas veces había tenido la oportunidad de cambiar de opinión, de renunciar a ella y elegir como meretriz a una prostituta más experta y sumisa? ¿Cómo era posible que él, el hombre más frío y calculador del reino, hubiera terminado con una cortesana que parecía casi tan nerviosa como una virgen, y acompañado de un canario que ni siquiera sabía cantar? Cambió de postura con un gesto de irritación: estaba enfadado consigo mismo, con ella y con el maldito canario. Estaba comprometido en una misión demasiado importante. No podía permitirse el lujo de echarlo todo a perder por la única e inexplicable razón de que prefería estar con Lottie Palliser que con cualquier otra prostituta más dócil y complaciente.
A pesar del divorcio y de la desgracia en la que había caído, aquella mujer conservaba parte de su espíritu. Un espíritu un tanto dañado quizá, pero Ethan era capaz de vislumbrar a la mujer que en otro tiempo había sido. Ésa era la mujer que él necesitaba, una mujer escandalosa, hedonista, capaz de soliviantar a los habitantes de una población rural y de convertirse en el centro de atención mientras él se ocupaba de sus propios asuntos lejos de miradas curiosas. Necesitaba un señuelo, una distracción. Lottie Palliser iba a ser la que se lo proporcionara.
La primera parte del rompecabezas estaba ya compuesta. La señora Tong se había mostrado convenientemente sorprendida y furiosa por la pérdida de los servicios de la más famosa cortesana de Londres, aunque hasta entonces se hubiera mostrado absolutamente inútil como prostituta, pero había sido incapaz de resistir la tentación del dinero. Evidentemente, aquella mujer proclamaría a los cuatro vientos que el mismísimo Ethan Ryder había entrado en su burdel y había pagado una cantidad digna del rescate de un rey para llevarse a Lottie Palliser como meretriz. A esas alturas, en Londres no debía de hablarse de otra cosa, y ésa era precisamente su intención. Antes de que hubieran llegado a Wantage, Lottie ya sería la más famosa meretriz del país.
—La noche londinense... —Lottie estaba inclinada hacia delante, sosteniendo la cortina para poder ver los lugares por los que pasaban—. He echado mucho de menos las diversiones de la ciudad.
Había nostalgia en su tono, arrepentimiento por todo lo perdido, quizá. Porque por mucho que le pagara al final de aquel negocio, jamás podría recuperar su antigua posición, pensó Ethan. No podría volver a disfrutar de aquella vida. Los círculos de la alta sociedad estarían cerrados para ella eternamente.
—¿Cómo has llegado a esta situación? —le preguntó.
No estaba seguro de por qué le interesaba su respuesta. La desgracia de Lottie no era asunto suyo. Pero aun así, quería saber cómo era posible que una mujer aparentemente inteligente hubiera llegado a esa situación.
En medio de la oscuridad del carruaje, podía sentir sus ojos fijos en él, como si estuviera pensando qué debería contarle, si era preferible mentir y mostrar su caso como algo más digno de compasión de lo que en realidad era. Ethan se mostró tan indiferente a su escrutinio como lo sería a sus mentiras. Lottie no sería capaz de interpretar nada en su rostro. En realidad, él sólo quería conocer su historia. Era una manera de matar el tiempo a una hora de la noche en la que el tráfico londinense era particularmente lento.
—Ya sabéis lo que me ocurrió —contestó Lottie al cabo de unos segundos de silencio—. Vos mismo lo dijisteis.
—Sé lo que te pasó, pero no por qué.
Lottie volvió la cabeza y se encogió ligeramente de hombros.
—Mi marido se divorció de mí porque fui descuidada e indiscreta con mis aventuras —durante una décima de segundo, aprovechando un rayo de luz, Ethan pudo ver su expresión remota y distante—. Siempre había sido una mujer imprudente. Me gustaba el peligro. Pero dejé que las cosas fueran demasiado lejos. Fui excesivamente temeraria.
Así que le gustaba el peligro... La comprendía porque a él también le gustaba. Le gustaba el riesgo, el rugido de la sangre en las venas, sentir como se le aceleraba el pulso. ¿Por qué otra cosa merecía la pena vivir cuando a uno le habían arrebatado todo lo que realmente importaba? Sí, no se había equivocado. La intuición le decía que Lottie Palliser era tan intrépida como él, un alma gemela, y estaba en lo cierto. Sería la mujer perfecta para sus propósitos.
Había un silencio absoluto, roto solamente por el ruido de las ruedas sobre los adoquines y el sonido de los cascos de los caballos. Afuera, la noche giraba a su alrededor con sus brillos y alegrías, con el bullicio de las multitudes y el sabor de la emoción vibrando en el aire.
—Entiendo por qué te repudió tu familia —dijo Ethan. El divorcio era un anatema en determinados círculos—. Pero seguro que tienes amigos que podrían ayudarte...
Lottie le interrumpió negándolo con firmeza.
—Intenté seducir al marido de mi mejor amiga —contestó—. Era su segundo marido. Él me rechazó. Ya me había acostado con el primero.
Hacía falta mucho para sorprender a Ethan. Aquello ni siquiera le inmutó. Además, había advertido algo en la voz de Lottie que la había traicionado, un ligero temblor que desmentía la dureza de sus palabras.
—¿Estás intentando escandalizarme? —le preguntó.
Los ojos de Lottie resplandecieron.
—¿Lo he conseguido?
—Ni remotamente.
—Oh, bueno... —parecía enfadada, como una niña frustrada—. Podría intentarlo con más énfasis, pero, para ser sincera, creo que no merece la pena que me tome tantas molestias.
—Así que querías al marido de tu mejor amiga —dijo Ethan—. ¿Por qué? Ethan advirtió que había conseguido sorprenderla con aquella pregunta.
