El Segundo Elegido - Salvatore Cutugno - E-Book

El Segundo Elegido E-Book

Salvatore Cutugno

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Beschreibung

El Segundo Elegido, ¿quién es este elegido? ¿Un nuevo Jesucristo? ¡No! Aunque haría falta que alguien bajara de nuevo para educar a los humanos en el amor a la Tierra. En aquella época el plástico no existía y el undécimo mandamiento: ama a tu Tierra como a ti mismo, no era necesario.

Hermes, por orden del Supremo, se presenta ante Elio explicándole lo que le está sucediendo y el incrédulo muchacho, llevado por la curiosidad, acepta el papel de elegido. Aquí comienza su viaje a bordo de la Carabela salvadora y, entre la ciencia ficción y el sentimiento, se pondrán de relieve diversas cuestiones críticas que asolan la Tierra, incluida la naturaleza humana.

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Seitenzahl: 166

Veröffentlichungsjahr: 2024

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El Segundo Elegido

de

Salvatore Cutugno

Género

(Aventura)

***

El tema principal de la historia es la lucha entre el deber y el amor.

.

© 2023 Salvatore Cutugno

© 2023 Traducido por Gala de la Rosa

Índice

Prólogo

La Reunión de los Inmortales

La Vida de Hermes

El Encuentro

El Viaje de Elio

Elio Quiere su Mundo

El Encuentro con Elisa

La Enviada Especial

El Viaje a Armenia

La Cena

El Regreso a Irán

El Regreso

Prólogo

En una cálida noche de agosto de los años 80, cuatro amigos descienden lentamente por una larga escalera iluminada junto a una montaña. La escalera está abarrotada y es estrecha, pero a lo lejos ya se vislumbra la bola estroboscópica y la música, cada vez más brillante. Las camisas blancas destacan ahora en la pista de baile junto al mar. Finalmente, encuentran una mesa y piden cuatro Jack con Coca-Cola para calentar el ánimo, pero las luces se atenúan, comienza el baile lento y uno de ellos decide moverse, dejando a los demás en la barra. Echa un último vistazo a la camisa de seda con botones de perlas que su abuelo había conservado cuidadosamente del día de su boda, e invita a bailar a una hermosa chica en minifalda. Tras “On my own” de Nikka Costa, se acercan cada vez más, hasta que, en el último baile lento, abandonan la pista acompañados por las notas de “Mandy” de Barry Manilow. Ahora están solos, lejos de todos, o eso creen. Un inmortal les observa desde su planeta. Preocupado por el destino de la Tierra, reflexiona sobre el don del sentimiento que poseen los humanos, pero no conoce la clave para activarlo. Así que, en ese momento, decide confiar esta misión a un terrícola. Considera que el sentimiento es la última carta a jugar para guiar a los humanos a amar la Tierra.

Aquella pareja no sabía lo especial que sería la persona concebida aquella tarde en la playa, por quién sabe qué voluntad. Los humanos, gracias a Elio que nacerá, tienen una última oportunidad de aprovechar este regalo llamado amor, con la esperanza de que se dirija hacia la Tierra. ¿Tendrá éxito Elio en su misión?

La Reunión de los Inmortales

—Mi Supremo —dijo el Primer Consejero—, estamos observando la destrucción del planeta Tierra según nuestros cálculos cósmicos. Sin embargo, no comprendo a sus habitantes, una población que siempre ha vivido en el odio y que, a día de hoy, no encuentra la paz. Sin embargo, tienen agua abundante, aire limpio y su Tierra les proporciona múltiples recursos minerales. ¿Por qué se matan entre ellos.

—No viven solo en el odio, sus mentes desarrollan un proceso químico que no puedes comprender, que les une y les hace únicos en su especie. Esta es mi única esperanza para ellos: que enciendan esa cepa latente de la vida que les llevará a amar a su Tierra con la misma intensidad con la que se unen para amarse unos a otros.

—¡Mi Supremo, no puede introducir el undécimo mandamiento ahora!

—Es cierto, sin embargo, en aquella época no existía el plástico, el mar estaba limpio y no existía todo lo que están creando.

—Ama a tu Tierra como a ti mismo. ¿Se acuerdas? Yo se lo sugerí.

—Sí, mi Primer Consejero, pero no es solo el plástico lo que me preocupa, están transformando su mágico planeta celeste y no lo protegen por no ver la necesidad. Creen que la Tierra es un pozo sin fondo.

—¿Vamos a dejar que destruyan el planeta o vamos a esperar a que la raza humana se extinga? —preguntó el Primer Consejero.

—Ni lo uno ni lo otro, le consulté a Dios, y ya lo he decidido: les daremos una oportunidad, por ser terrícolas, mis descendientes directos por la justa voluntad del inmenso Creador. En las guerras que vivieron, no estaban sus armas en condiciones de destruir el planeta, y no intervenimos en su naturaleza de suicidarse porque, consideramos esto su peculiaridad, a la par del equilibrio natural de la vida silvestre y su cambio. Como ves la población de terrícolas, a pesar de las guerras, es mucho mayor.

—Mi Supremo, con todas las artimañas que están inventando, sabe mejor que yo que están cerca de la extinción, pero ahora también está en juego el planeta y es suyo.

—Cierto, pero yo veo esperanza —replicó el Supremo desde su sillón rodeado de majestuosas columnas, pero sin poder apartar la vista de aquellos ojos de buey por donde se veía el torbellino ritual de todos aquellos planetas que se preparaban para hacerse con el siglo XX. Su movimiento simbolizaba una danza alegre, desgraciadamente la Tierra estaba perfilada por una línea única, casi plana, su latido era como un ruido sordo, lento y pesado.

—¿Recuerda, mi Supremo, cuando crucificaron al último portador de la paz? —preguntó el Primer Consejero para distraerle de aquella imagen de la Tierra que no podía dejar de mirar.

—Por supuesto, su ejemplo perdura hasta nuestros días, pero hubo un error, si no recuerdas mal.

—¿Cuál, mi Supremo?

—Dejamos demasiado margen a la interpretación, y eso ha provocado aún hoy en día conflictos sangrientos, a pesar del progreso evolutivo de la humanidad en nuestro planeta. Es hora de corregir ese error, para que aquellos que han comprendido el mensaje de paz y respeto a las reglas divinas puedan progresar en armonía.

—Es demasiado tarde para esta intervención, mi Supremo, ¿no cree? —El Primer Consejero se percató de la prolijidad del Supremo y quiso evitar que tocara temas que no podían actualizarse.

—¡No! Solo la minoría de la población utiliza ese mensaje de paz para sembrar la confusión entre los suyos. Otros, a pesar de la evolución humana, viven sobre la frágil Tierra, explotándola en el presente mediante una imprudencia deliberada. Muchos, sin embargo, rezan para que no suceda, pero a pesar de sus plegarias, se comportan con ligereza.

—Si, su naturaleza es tal, deje que este equilibrio continúe, sabe que no podemos moldear a los anfitriones de su planeta a nuestro gusto —sugirió el Primer Consejero.

—Desgraciadamente, falta una pieza importante en los mandamientos y quiero arreglarlo.

—¡Mi Supremo, usted sabe que no puede hacer eso! —replicó el Primer Consejero con la misma firmeza de siempre. Notó su inclinación hacia la tabla de mandamientos y tuvo que impedirlo absolutamente.

—Mi Primer Consejero, no voy a tergiversar la forma en que los terrícolas han interpretado la Fe, lo que me preocupa es el desarrollo de armas de diferentes especies, incluso invisibles. Con ellas amenazan seriamente al planeta celeste, aunque sea una minoría quien las utilice.

—Mi Supremo, permítame, ¿y usted llama a eso evolución?

—Desgraciadamente sí, pero la base de su naturaleza sigue siendo la misma, lo que ha cambiado es la velocidad con la que causan estragos en el planeta Tierra. Por eso creo que hay que actuar: por los que lo merecen y por los más jóvenes que, ya a su pequeña y particular manera, contrarrestan el egoísmo de los adultos. Solos, no lo conseguirán.

—Tal vez se extingan antes de destruir el planeta, pero puede que sea al revés, ¿cómo piensa salvar a ambos? ¡Mi Supremo! —afirmó perplejo el Primer Consejero.

—Como he hecho en el pasado, asignaré a Hermes la tarea de vigilar, durante treinta y cinco años, a diez candidatos nacidos en la medianoche de 1985. Si se encuentra uno con sólidos principios morales, se le encomendará la tarea de intervenir y contrarrestar el Mal según su ideología.

—¡Conozco la naturaleza humana, es un poco extraña! ¡Será un fracaso! —replicó el Segundo Consejero.

—Nosotros, por orden del Inmenso Creador, no podemos hacer otra cosa que observar, ¡pero tengo esperanza en el sentimiento humano! Y a partir de hoy, ninguno de nosotros tendrá el poder de predecir un futuro lejano.

—Mi Supremo, nadie se atreve a desafiar el recorte de poderes, sabemos que es el precio que se paga cuando se decide intervenir, pero el sentimiento humano es como el agua, puede tomar muchos caminos, ¿cómo creer que un humano puede tomar el camino deseado por el bien del planeta y de todos los terrícolas? —sugirió el escéptico Segundo Consejero.

—¡Llamadme a Hermes! Solo él está dotado de poderes especiales para está misión en la Tierra —replicó el Supremo, sin mostrar que estaba irritado por aquella intervención, pero el Segundo Consejero comprendió que quería ayudar a sus descendientes directos y cualquier otra observación habría sido inútil.

Hermes, por voluntad del Supremo, descendió a la Tierra en 1976, a las 00:30h del 19 de septiembre, mucho antes del nacimiento de los diez candidatos debido a un error de cálculo por su parte. Así se lo hizo creer al Supremo.

En aquella ocasión, muchos testigos vieron en el cielo de Teherán una luz brillante en forma de diamante entre rojo, amarillo y naranja. La base aérea de Mehrebad envió sus cazabombarderos para derribar el extraño fenómeno, pero al activar los pilotos el sistema de lanzamiento de misiles, este no funcionó, por lo que tuvieron que regresar a la base. El avistamiento también fue objeto de debate en Estados Unidos. Según algunos científicos, el fenómeno apareció debido al planeta Júpiter, muy brillante en ese momento; otros, sin embargo, atribuyeron la causa a un meteorito, y el mal funcionamiento de los equipos y la incompetencia de los pilotos explicaron el resto.

La Vida de Hermes

Al principio, Hermes experimentó la vida junto a los humanos como un invisible y poco a poco, de forma algo torpe, también como un terrícola. Aunque quería parecer un terrícola corriente, vestía trajes oscuros y zapatillas de tenis, vivía dentro de una nave espacial mutante, podía elegir convertirla en autocaravana, coche, barco, no tenía límites, ni siquiera para desplazarse a voluntad de un continente a otro a la velocidad de la luz.

Intrigado por los helados, la pasta y el perrito caliente, decidió probarlos aunque, para ello, tenía que comprarlos y se equipó para hacerlo: la moneda apareció en su mano en el momento en que tenía que pagar, no podía ser visto por los humanos y quería estar seguro de que estaba entregando el billete de esa nación. Para no equivocarse, siempre preguntaba al cajero, pero, a su pesar, aquel día estaba en Roma.

—Tengo que pagar un perrito caliente, ¿cómo se llama vuestra moneda?

—Dame diez sacos* —respondió el panadero desde detrás del mostrador.

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Nota de la traductora:

* Palabra de un dialecto romano que significa “euro”

—¿Sacos? No conozco los sacos, puedo pagar con otras monedas, no tengo la que me has pedido.

—¡Vaya patán! ¿Tienes de estos? —dijo el calvo cabezón que era uno con el cuello y la voz como un trombón, mientras con la mano agitaba un billete.

—¡Son diez euros! Claro que lo tengo.

Hermes incómodo por la circunstancia, abrió sus manos y aparecieron diez euros, el panadero, para ver mejor estiró su cuerpo, parecía una montaña en movimiento mientras se acercaba a las manos de Hermes con los ojos fuera de su cabeza.

—¡Caíste en la trampa, eh! —replicó Hermes bromeando.

—Pero qué... ¡me has engañado! —El panadero se recompuso rápidamente, sin explicarse el truco, y dejó escapar aquel suspiro parecido a un ronquido. Hermes se alejó pensando, que la próxima vez tenía que tener mucho más cuidado.

Le gustaba aquella vida de humano, sobre todo le gustaba gastar, se había adaptado a aquella nueva civilización diferente a la que había vivido dos mil años antes. Podía comprar cualquier cosa, pero se delataba un poco en sus conversaciones con la gente que encontraba al azar, pero también a propósito; a menudo le ocurría que recordaba personajes de hacía dos mil años, relatando sucesos como si hubieran ocurrido ayer. En la cafetería cometió una nueva metedura de pata:

—Este café es excelente, el último que tomé fue en Galilea y te garantizo que no tiene comparación. Hasta Herodes se moriría de envidia.

El elegante camarero le miró fijamente, pero sin replicar. No sabía qué decir. Hermes trató inmediatamente de distraerle de su torpeza.

—¿Cuánto pago por el café?

—Un euro.

Hermes giró sobre sí mismo...

—¡Voilà! Aquí tienes un euro.

—Eso es lo bueno de mi trabajo, todos los días conozco a todo tipo de gente —dijo aquel camarero con una risa simpática.

Hermes se contentaba con interpretar el papel de no ser tomado en serio por los mortales, aquellos nueve años en la Tierra habían pasado volando. Era 30 de abril de 1985 y solo quedaban unas horas para el nacimiento de los diez candidatos. A partir de ese momento, todo cambiaría. El Supremo le tenía en la más alta estima y no quería decepcionarlo en absoluto. Enamorado de Italia, decidió permanecer allí hasta el nacimiento de los candidatos. Nueve meses antes, había elegido a mujeres embarazadas debidamente casadas, todas ellas de diferentes ámbitos de la vida: jefes de Estado, directivos y gente corriente de todo el mundo, elegidas al azar en su portal del futuro. Todas darían a luz a medianoche, hora italiana. Esperaba serenamente sentado en un pub de Milán, junto a él, mucha gente corriente se reunía en las mesas. En la mano sostenía lo que parecía una tablet corriente, pero él también podía ver el mundo entero en el futuro, pero a no más de un año de su tiempo real. De repente, a medianoche en punto, diez cuadrados se iluminaron en la pantalla simultáneamente, en cada uno de ellos había un bebé recién nacido, los diez empezaron a llorar, la emoción de las madres asombró incluso a Hermes.

Vigiló en secreto el crecimiento hasta los treinta y cinco años. Finalmente, entre los posibles candidatos destacó el hijo de un granjero nacido en Gala, una pequeña aldea de un municipio de la provincia de Mesina, Italia. Estaba dotado de una inteligencia que le distinguió durante todo su desarrollo y de los principios morales necesarios para ser el destinado a la misión en la Tierra.

Informó de la trayectoria de este joven al Supremo y, juntos, estudiaron su pasado. Los demás fueron excluidos, porque cometieron errores como el engaño y la avaricia, por lo que el juicio sobre ellos no fue indulgente.

El elegido, Elio Sacci, asistió durante su adolescencia a una escuela de fútbol en el Oratorio Salesiano de Don Bosco en Barcellona Pozzo di Gotto. Conocido por sus habilidades como futbolista, se le permitió jugar en equipos importantes, por lo que consiguió ahorrar algo de dinero para matricularse en la universidad. A pesar de ello, se salió del curso debido a las tasas, y se vio obligado a ayudar a su padre en el campo, para agilizar sus únicos ingresos. Con el tiempo, sin embargo, Elio consiguió licenciarse en ingeniería nuclear con 110 cum laude*.

A lo largo de su vida, se puso del lado de los ganaderos y agricultores para sensibilizar al gobierno sobre el tema del “Made in Italy” y exigió que se promocionaran los productos italianos. No consiguió nada del Estado Italiano, pero, por el mero hecho de dar que hablar, se convirtió en un referente en su país. Incluso el

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Nota de la traductora:

* Con alabanzas, con elogios.

alcalde, que pronto fue reelegido, le apoyó en sus esfuerzos políticos, pero solo cuando le consideraba un posible adversario político. Otros políticos tomaron ejemplo de sus críticas razonadas al país y ganaron ascendencia en la política con las habituales promesas de narices largas.

Elio no puede permitirse ropa de marca, pero tiene buen gusto y cuida su aspecto. Es alto, atlético y tiene un carácter honesto; su barba incipiente está siempre un poco despeinada. Consciente de que ejerce una buena influencia, con las mujeres se aprovecha un poco. Las mujeres, de hecho, son una debilidad para él y apunta alto. Lo hace con éxito, en detrimento de su rango social que, en su país, constituye una preclusión selectiva natural por parte de las personas generalmente acomodadas.

El Encuentro

Una calurosa mañana de agosto, mientras Elio estaba ocupado dando de comer a las ovejas, se le acercó un hombre de aspecto distinguido.

—Elio, has sido elegido para salvar la Tierra del Mal, ¿aceptas?

Ni siquiera se dio cuenta de que se acercaba; sorprendido, giró la cabeza e intentó disimular su asombro frunciendo el ceño, como si estuviera molesto.

—¿Podemos volver a hablar de esto después de que las ovejas hayan comido? Al menos, las salvaré primero.

—No bromees, Elio, no estoy aquí para perder el tiempo. Me ha llevado treinta y cinco años, elegir a uno de vosotros. Seleccioné a diez personas, todas nacidas en 1985 en un momento determinado, y tú estabas entre ellas. Tú has destacado en tu trayectoria. Si quieres, te diré lo que vales.

Elio se mantuvo cínico: le miró y sonrió, seguro de poder manejar aquel encuentro insólito.

—¡Dime! ¿Quién soy? Ya que llevas treinta y cinco años observándome…

Hermes empezó a hablar, pero no quiso darle la satisfacción de escucharle, así que continuó con su trabajo. Ciertamente, no había esperado oír aquellos detalles de su pasado, pero, Hermes, profundizaba cada vez más. Demasiado, para un desconocido. Tras contarle que se había graduado en la universidad a los treinta y tres años, le dio el golpe de gracia.

—Por la mañana, cuando te miras al espejo, te preguntas con qué chica salir por la noche. ¿Es suficiente para ti, o debo seguir con esto?

—Sí, sigue —respondió, mostrando indiferencia por su propio orgullo personal. Entonces, de repente, dejó de trabajar y añadió—: No sé si debo ponerme nervioso o quedarme aquí y escucharte, pero quiero ver hasta dónde llegas. Luego me dirás cuál es el verdadero motivo de tu visita a mi casa. Y no quiero oír gilipolleces, ¿vale?

Hermes continuó y siguió, pasando a algunos matices íntimos de su carácter.

Elio, después de todo, sintiéndose halagado, permaneció callado frente a él con los brazos cruzados; ahora, lo escuchaba con asombro. Le habló de su pasado y de sus actuales circunstancias económicas, y finalmente también mencionó a Michela, la última chica con la que había salido.

Desconcertado, Elio bajó la mirada.

“¿Quién es este hombre tan interesado en mi vida? ¿De dónde viene? ¿Es el padre de Michela? Será, una broma. No, no es posible, mis amigos no saben esas cosas de mí. A Michela, en cambio, apenas la conozco.”

No se desanimó; aunque molesto, quería llegar al fondo del asunto. En un tono visiblemente enervado, aplicó su encomiable paciencia y comentó:

—Comprendo que hayas venido hasta aquí para decirme lo que he hecho, ¡pero aún no me has dicho por qué!

—Puedo decirte más —respondió con calma, sin prestar atención a la ira de Elio—. Y puedo asombrarte con cosas que ni siquiera imaginas, representando el viaje más íntimo de tu vida, pero soy cauto, te conozco demasiado bien en eso también. ¿Puedo presentarme? Te aseguro que, después, tendrás tus respuestas.

El tono de voz de Hermes cambió: el distinguido hombre se volvió autoritario y resuelto. Elio, aunque todavía escéptico, se sintió como un libro abierto ante aquel hombre y, como persona reservada que era, se sintió un poco avergonzado, pero decidió escucharle.

—Soy Hermes, de la galaxia de la Fe. Se llama XY77. Nuestro planeta es J1133-XY; los humanos podéis compararlo con vuestro sol en tamaño. No tiene montañas ni árboles, ni flora ni fauna, pero podemos visualizarlo todo, tanto el pasado como el futuro, y todo se materializará ante nosotros del mismo modo que vosotros, hoy, experimentáis vuestra Tierra, que es el primer paso obligado para venir a vivir a la eternidad, también con vuestros descendientes, a nuestro Hogar sin pecado. A nuestra manera.

—Has dicho cosas exactas, sobre mí, y has logrado intrigarme. Todos imaginamos que más allá de la muerte hay algo, pero ¿no crees que exageras? —replicó, sintiéndose disminuido en su inteligencia.

—Tengo el privilegio de hablar por fin contigo y tú tienes el privilegio terrenal de comunicarte conmigo. ¡Escúchame!