El sendero de la belleza - Zuhary - E-Book

El sendero de la belleza E-Book

Zuhary

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Beschreibung

No hay camino más gratificante que el de quien se atreve a mirar hacia dentro y apartar fantasmas y temores personales, hasta lograr descubrir, en el centro de su ser, un potencial oculto, de dimensiones insospechadas. El sendero de la belleza toma al lector de la mano y, con sus planteamientos, lo guía a través de ese ejercicio de autorrealización, que tiene como objetivo último la expansión del mundo interior propio y la consecución de la armonía, tanto con aquello que conforma el yo como con los componentes de la compleja realidad de la que todos somos parte.

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Seitenzahl: 190

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Zuhary

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-826-1

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

PRÓLOGO

Cada uno de nosotros constituimos un universo particular e irrepetible, al tiempo que, unidos, formamos el tejido de un universo plural insondable: somos un todo para nosotros mismos y, a la vez, parte de un todo complejo y colectivo en el que podemos ser más que meros espectadores… si encontramos la forma de lograrlo. Sin embargo, no se trata de una empresa sencilla: para poder vivir de manera plena en esa realidad externa, debemos, antes, embarcarnos en una odisea privada para conocer todas las islas que conforman nuestro ser. Necesitamos abrir los sentidos; apartar temores, frustraciones, vergüenzas que empañan la lente a través de la cual nos percibimos a nosotros mismos y miramos hacia fuera; y tomar las riendas de nuestra existencia. Convertirnos, en pocas palabras, en protagonistas de nuestra vida para ser parte activa de la humanidad y alcanzar la sincronía con un universo que, a partir de entonces, será mágico para nosotros, una continua fuente de asombro.

El sendero de la belleza nos conduce con maestría por ese camino de desarrollo personal, el viaje de lo que aquí se llama mago: aquel que, imbuido de sabiduría, consigue reconocer la belleza del universo y transformarse en agente creador —para sí mismo y para la realidad que habita— tras haberse liberado de las pesadas cadenas de los conflictos internos.

Invito encarecidamente a los lectores a adentrarse en el sendero íntimo que se abre ante uno, entre las páginas de este libro, para llegar a ser magos: jamás es tarde para reconocerse a uno mismo como fuente de creación y transformación de la realidad propia y externa.

Brindis

Hacemos apertura al contenido de este texto como un brindis o invitación al lector para que se adentre en las propuestas desplegadas en estas páginas y pueda establecer o ampliar la mirada sobre sí mismo, abrir perspectivas que para el autor han ido aclarándose a lo largo de veintiocho años de práctica terapéutica analítica, además de haber incursionado en la escritura como un deseo de participar a otros de ciertas elucidaciones y fascinaciones desde la poesía, ensayos conceptuales, novelas y cuentos (por publicar), junto con seminarios, charlas y conferencias.

El sendero de la belleza busca presentar al lector consigo mismo, invitándole al encuentro con su naturaleza humana profunda, tanto corporal, mental, como espiritual en integración, no porque hagamos un discurso especializado sobre dichos aspectos, sino porque alude a la urgencia de detonar una visión unificada de sí mismos para propiciar alcances de conexión tanto íntima como cósmica.

A lo largo del texto, encontrarás una serie de planteamientos que te hablan de ti propio y se abren como promesa de reivindicación del poder interno, si te decides a emprender y sostener el camino del encuentro adentro. Es bajo la condición de hacerse artífices de sí mismos que podemos graduarnos como humanos, pues primero fuimos mineral y parte indesligable del planeta; luego, fuimos vegetal donde el mineral irguió su apostura y en inusitadas combinaciones levantó su fronda vegetal para beber la luz del cielo; pasamos, luego, por el semoviente, donde la fusión de propiedades mineral y vegetal nos permitió nadar por esteros, charcos, ríos, mares; reptamos, caminamos o volamos sobre la tierra.

Largas eras fueron pasando hasta que logramos juntar razón, emoción y senticierto para recoger la forma humana. Ahora urge decantar la consciencia para cobrar en claridad, hermandad con los fotones y, en sutilidad, reintegrarnos a la fuerza creadora del universo.

Es por la senda de dicha decantación que nos recogemos como creación creadora, fuerza pulsátil del cosmos que apuntala la luz innovadora que re-cuerda1 los orígenes de sí mismo y en relación a la totalidad; y toma en primicia lo sabido, convierte en sabiduría lo que alcanza a comprender para descubrir variantes y derivas hacia realidades nuevas, hacia formas de hacer, pensar y crear vectores de progresión renovada.

El primer capítulo, «La mayor obra de arte», aborda el argumento central que llevó a la propuesta de presentar al público en general lo que significa recoger para sí la mayor obra creada, donde asumirse como creación creadora abre la puerta a la apuesta por descubrir la belleza que tu ser encarna, cultivar la existencia para trascender en el contacto con las verdades profundas y potenciar la creatividad hasta poder cristalizar realidad propia en expansión.

El segundo capítulo, «La palabra sana», nos acerca a las posibilidades que abre, en abanico, la palabra con sentido, es decir, la palabra como experiencia que conecta con las vivencias internas y su fuerza transmutadora; el paso a maneras de nombrar e interpretar el mundo, especialmente interno; el acceso a la generación de nuevas formas de pensar, concebir y crear; la declaración de realidad en coherencia, condición primordial para dirigir en consciencia y cristalizar en producción realidades singulares.

La experiencia expresiva que nos regala la función de la palabra, además de rescatarnos del vacío o sinsentido del vagar de la mente, la cual impone desde lo inconsciente situaciones en compulsión repetitiva, supedita la vida propia a estereotipos desgastantes y cuántas veces degradantes debido al sufrir que generan; ayuda a poner orden a la mente devolviéndonos la potestad del logos en su sentido prístino: «yo declaro, pongo en orden mi realidad».

El tercer capítulo, «Lo bello y la belleza», trae los fundamentos de la belleza en términos de lo que refiere en su sentido dinámico, esto es, lo que acerca al conflicto entre lo siniestro y lo sublime, lo difuso y lo concreto, lo caótico y el orden. Lo que la diferencia de lo bello, entendido como lo aparente o manifiesto, con los beneplácitos del yo, las simetrías y concordancias sociales. Se muestra allí cómo la belleza enlaza un encuentro con lo desconocido, lo diferente, para darle un lugar nuevo en la vida singular y potenciar, desde entonces, la capacidad de asombro, la fuerza creadora de cada uno.

Habitar en belleza es ser consecuente con la consciencia que permite declararse en existencia desde el mismo momento que se emprende el camino interno, desde el cual se van a cultivar los potenciales que cada uno encierra, se despliega el sentido de la magia, se cobra la integración creciente adentro y hacia afuera y se reconoce en potestad generadora de realidades revenas.

Cuarto capítulo, «Belleza y felicidad». Abordamos en este apartado cómo quien se descubre en belleza desarrolla una fuente de felicidad, la cual implica el compromiso ético de cultivarla, ya que propender por lo bueno, lo saludable es no solo cuidarse a sí mismo, también el entorno. De tal modo, belleza y ética están en imperiosa correlación: hay reciprocidad entre las mismas, igual que semejanza.

Quinto capítulo, «Habitar el deseo propio». Es una consecuencia inherente al encuentro consigo mismo, pues el camino interior es justo para descubrir que solemos ubicarnos como objeto, viviendo para la demanda de quienes dicen querernos, del grupo familiar, el contexto social o cultural en el que vivimos, según valores y «virtudes» propios de la época o de grupos a los que pertenecemos.

Aprender a vivir según el deseo hace que asumamos el desafío de ser y sentirnos diferentes al resto como seres únicos; implica, además, afirmar nuestro sentido de realidad hasta crear un contexto tan propio como digno de las más elevadas gratificaciones. Por otro lado, es aprender a «montar el potro» de la incertidumbre, una vez conquistamos también la confianza en que la experiencia, salga como salga, ofrece siempre aprendizajes, divisa imponderable de quienes saben recoger de la vida lo trascendente.

Sexto capítulo, «La sublimación». Mostramos allí cómo dicho mecanismo no solo es inherente a la naturaleza psíquica del ser humano, aunque variante de uno a otro; también se puede fomentar, y el camino de sí mismo es, por excelencia, el apropiado.

El capítulo siguiente, «La magia», trata de cómo es que el universo resulta mágico para quien lo sabe percibir desde el asombro; y de qué manera quien se reconoce en existencia aprende a disfrutar la belleza y a fomentarla, convirtiéndose en exponente de la magia y accediendo a la posición de mago, esto es, quien genera, afirma y expande realidad propia.

El octavo capítulo ronda sobre «El humor», el que, en la gracia del mago o maestro, se rinde a la virtud de la ecuanimidad, la bondad y la disposición al asombro desde la integración propia. Gracia tomada como el brillo singular y, a la vez, como la capacidad de encontrar y contemplar la belleza en cada situación.

«La abundancia» constituye el contenido de un noveno capítulo, donde acercamos para el lector en qué consiste y cuáles son los aspectos correlacionados, poniendo de por medio la gratitud como una virtud y un sentido profundo relacionado con lo sutil, pues ella lleva al asombro, la sublimación y el sentido de reciprocidad con el todo, además de ser fundamento emocional de la abundancia.

Convertirse en mago es, pues, la resultante de ese proceso que aquí hemos llamado El sendero de la belleza, tarea que ha sido pautada por diversas culturas, en diferentes épocas y civilizaciones a lo largo de la evolución humana.

La mayor obra de arte

Podríamos pensar, de entrada, que la mayor creación es este sagrado universo. Sin embargo, no hay creación posible que pueda hacerse digna, por grande o pequeña que parezca, si no hay observador que, mínimamente, la pueda contemplar. Si te asumes como partícipe de esa creación, accedes a la consciencia que te conecta en relación al mallado que sostiene tu existencia y te integras a la totalidad. Si te asumes como observador, ya estás modificando la misma realidad, pues cuánticamente haces parte de lo que observas y, al poner la atención, allí donde pones «el ojo», pones la energía y le imprimes tu vibración, puedes dirigirla en propósito.

Si te concibes como cocreador, te das cuenta de que has participado en desidia de las creaciones colectivas, en decisión y determinación; apropias la existencia y creas realidad nueva, de tal modo que toda creación que alcances es para tu realización y para abrir camino a los contemporáneos y las nuevas generaciones; así como perfilas aristas de elaboración y creación de realidades revenas posibles para el cosmos.

De otro lado, somos condensación de todo lo creado, llevas el universo en ti, pero no es suficiente con que lo sepas, pues si no lo reconoces adentro, no podrás descubrir la función que cumples en ese gran mallado ni podrás potenciar lo que tú singularidad abre en caminos a creaciones nuevas. Así que eres la mayor obra de arte que puede ser vivida, pero como decimos en el poema:

El regalo

Ya no busques en el armario,

no esperes el día de tu santo,

ni trates de corregir el alba desde tus ansias,

mejor encuéntrate en tu centro,

tú eres el regalo.

Recógete en las ocultas verdades,

rebuja tus maletas y los pliegues impensados,

Escarba tras tus barbas,

abre las compuertas secretas del pecho,

confronta tus miedos desde el laberinto de defensas.

Abre tu regalo, está del umbral hacia adentro.

Déjales la candidez a los fatuos,

la tozudez a las piedras,

el orgullo a los garrulos.

Aviéntate por la senda que te conecta al infinito

y aprende a navegar en el gran universo,

entrénate remando los confines del adentro,

reconoce los códigos que desde allí te gobiernan

para que dejes de ser sargazo al vaivén de las olas.

Abre tu regalo, sondea en tus cauces ocultos

y siempre tendrás albricias a rímeles.

Una vez te subes al «coche» de ser la mayor obra de arte, se abren otros caminos en ti:

1. Sabrás que todo lo que emanes en creaciones, ideas, energía, proyectos lleva lo que del todo ha pasado por el tamiz de tu propia esencia.

2. Entenderás que eres el responsable de toda realidad que puedas sufrir o gozar y que a tu puerta llegarán adversidades desde el conflicto por liberar o la creciente gratitud desde verdades redimidas.

3. Cobrarás para ti mismo el poder que concede el dirigir afuera los destinos de tu propio universo: de acuerdo a cómo ordenas tu realidad adentro, funciona la realidad afuera.

4. Accedes a la condición de mago, creador de realidad, tanto para ti mismo como para la totalidad; pues mago y maestro son la misma cosa2, los dos ordenan en la medida que declaran, piensan y actúan en coherencia; y, además, enseñan a dirigirse en el universo, igual que transmiten cómo regentar las fuerzas que en energía obedecen a la voluntad creadora de la consciencia.

Sin embargo, no es simplemente venderse la idea de ser la gran creación, se trata de ser por sí mismo manifestación del arte, si se lo toma desde el punto de vista del mago, el cual es quien crea y mueve realidad; y, para ello, existe el camino que nos reveló Shidharta Gautama Buda: «Si quieres conocer el universo, adéntrate en ti mismo» o «Adéntrate en ti mismo y conocerás el universo y las fuerzas que lo rigen».

Lo anterior significa que crear es aplicar las fuerzas del cosmos que descubres desde adentro; y eso quiere decir que las mismas fuerzas que gobiernan afuera ya gobernaban en ti; por lo tanto, el recorrido íntimo te permite conocer y ordenar la realidad propia para que lo mismo que diriges adentro se replique afuera. Así, recobras a favor la ley hermética de la reciprocidad: «Como es adentro, es afuera; como es arriba, es abajo».

Siendo que no hay magia si no es porque nos asiste el asombro, el mago se reconoce en deslumbre de ser reflejo de la totalidad afuera, lo que lo invita a integrarse adentro, liberando los conflictos que lo separan del disfrute, pues, seducido por la belleza, no puede más que aspirar a la realización de la existencia como forma de sostener en gratitud la alegría y convocar la abundancia; ya que, más allá de los bienes materiales, lo que realmente asegura un devenir en abundancia es el disfrute en el eterno ahora.

En todas las grandes culturas de la historia de la humanidad, el arte ha jugado un papel imprescindible, de tal manera que artista y mago resultan ser cara y sello de la misma moneda; y tanto el mago expresa y crea realidad a través del arte como el artista se descubre y se transforma a través del mismo, cualquiera que aquel sea: la escritura, la oratoria, la pintura, la escultura, la arquitectura, la agricultura, la música, el teatro, recientemente el cine, los cómics, el diseño.

El arte permite la expresión de aquello que solo en la manifestación deja entrever los entramados de lo que se cierne tras bambalinas, ya que aquello que nos abisma en el misterio ha de salir a la superficie para que no nos carcoma la angustia. Lo que se mueve allí es el flujo y reflujo de las polaridades que nos atraviesan: lo negativo, las sombras requieren hacerse manifiestas para su asimilación; lo luminoso pasa a quedar latente para dar paso a nuevos ciclos y que el alfa y el omega se continúen recreando3.

Encarnar a consciencia la mayor obra de arte significa varios aspectos:

a) Que no importa tanto lo que crees como lo que en recreación y realización alcances en el proceso de concepción y elaboración; pues crees lo que crees, por bello o extraordinario que pueda ser, podrá ser duradero, pero nunca eterno, de tal modo que la obra no puede ser más que un medio para tu realización; e igual que un arrebol, durará segundos o se mantendrá en el tiempo hasta ser borrada lentamente.

b) Tu creación es una apuesta de tu ser sensible que busca expresar aquello que en su fuero interno le oprime y reclama liberación.

c) El arte que se mantiene es aquella esencia que lo dimana y lo que se crea es apenas el rizo que forma el agua contra la piedra que se le interpone en la corriente: hoy, puede ser; mañana, será más atrás o más adelante, pasará a ser cascada o presa infranqueable quizá.

d) El arte es una herramienta para recrear el mundo interno, pudiendo así procesar lo que el fuero profundo reclama en elaboración y transformación, a la vez que cumple la función social de transmitir aquello que en humanidad el artista recoge para el colectivo.

e) En consecuencia te asumes como dispositivo en manifestación que fluye desde la conexión creativa, dentro de cualquier contexto que plantee interrogantes o mueva en dirección a lo que significa la expansión de lo ya creado.

En pocas palabras, somos instrumento, observador y fuente de creación, al igual que manifestación en convergencia de la fuerza transformadora del cosmos, aprendiendo a habitar, recrear y crear realidades en coherencia desde la esencia que nos habita.

Reconocerse como la mayor obra de arte es dejarse deslumbrar por la belleza que nuestro ser encarna, la cual adquiere un carácter de mayor originalidad y certeza, justo por ser imperfecta, pues la perfección es un asunto ideológico que ha filtrado todos los campos de la vida. Lo único perfecto es una triada: el momento justo, las condiciones adecuadas y los agentes precisos para reconocerse como ser en evolución y entregarse al disfrute, y, por tanto, dispuesto a tomar los aprendizajes pertinentes para dicho propósito.

Otro significado de arte es el de herramienta, acceder a la decantación de sí mismo. Es, por un lado, acto de creación donde el ser que se pregunta por el sí propio da paso a la depuración, es decir, entra en la forja de su ser genuino. Por otro lado, es acceder a la herramienta que le permita generar realidad propia: el fuero íntimo o la potestad creadora. Se abre así el por donde poder vivir una existencia surtida de posibilidades, ya que allí el protagonista es quien dice lo que quiere4 para la realización de la existencia.

La belleza es imperfecta, es eso lo que le da el carácter de armonía, equilibrio y veracidad: un todo alcanza la belleza por la armonía que suscita por resonancia en quien la contempla, esto es, lo que promueve para quien se reconoce en ello, por la contradicción que encierra, el equilibrio que adquiere entre lo terrible y lo sublime, la veracidad en torno a lo que recuerda del conflicto que atraviesa al ser humano.

En el tiempo actual, vemos que convergen los cuatro campos de conocimiento en el ser humano: arte, ciencia, filosofía y espiritualidad. Ello implica que el conocer intelectual, conectado al saber del espíritu en sensibilidad, dan sentido y razón a la existencia cuando se los integra desde adentro en cada uno, lo que da origen a una filosofía trascendente y, a su vez, abre camino a la creación que deriva en arte. Siendo el sujeto humano la razón de ser de dichos saberes, significa que es cada uno quien ha de tomar para sí los avances si quiere integrarse y ser parte del proceso de civilización que así se abre.

En otras palabras, estamos ad portas de una época de esplendor o era dorada para la civilización humana. Ello nos pone ante la disyuntiva de seguir en las fases periclitadas de separación entre el adentro y el afuera, religión y espiritualidad, ciencia y filosofía, arte y transformación propia…; o accedemos a la mutación que actualiza el orden de evoluciones que nos trae realizaciones crecientes, desde el punto de vista que ordenamos nuestra realidad interna y accedemos a la conexión con lo más granado de nuestro ser íntimo, la esencia en consciencia; al tiempo que posibilita restaurar el nexo al mallado que sostiene desde el universo, la realidad para nosotros.

Cómo nos apropiamos de nuestro deseo es el arte por excelencia, pues accedes a tu ser genuino y aprendes a moverte en el mundo con fluidez; y, desde allí, se perfilan aristas creativas, tanto porque cambias la percepción de la vida como porque las respuestas frente a las problemáticas resultan coherentes con el propósito de la existencia y saltas la barda de viejas programaciones.

Además, porque la creatividad se perfila en direcciones inusitadas, pues el asombro suscita una relación con lo cotidiano que, en apertura, fascina y, por tanto, concita para que el observador se recree en doble sentido: embeleso de contemplación y generación de nuevas producciones por la gratificación alcanzada.

El encuentro íntimo reclama la observación interna y el rastreo de los factores que dan origen a ciertas actitudes, aptitudes, comportares, formaciones sintomáticas, rasgos del carácter, formas de pensar-se y concebir la realidad, cualquiera que ella sea: natural, humana, social, cultural. Lo que señala o deja ver la decisión de quien, bajo la pregunta por el sí mismo, decide encarnar el ser virtuoso, léase no como quien profesa o pretende ser portador de la verdad, cualquiera que se elija, sino quien asume en su actitud y proceder la virtud de ser vehículo y manifestación de la verdad.

Lo anterior, bajo la condición de que no hay verdades en general, más bien hay verdades en singular y cada ser humano está convocado a habitarla, rescatándose a sí mismo del maremágnum de complejidades que su ser encierra y le amenazan con diluirle en lo que deparan las programaciones colectivas, reclaman los demiurgos y las castas de «elegidos» que se les subordinan para asegurar la reproducción de dichos programas.

En ese sentido, podemos decir que quien elige el camino de sí mismo no solo accede a una vida de realizaciones al reconocer y transformar aquello que le aparta de su ser prístino; también asume la tarea de ir decantando, como en la escultura, la obra mayor que se esconde detrás de la masa de roca.

El camino interior depara, además, el encuentro con lo sutil y ayuda al sujeto a reconocer en qué medida lo psíquico en lo sutil ha propiciado las condiciones para la densidad que pueda estar viviendo o haber transitado a lo largo de la vida. Entiéndase lo sutil como las creencias, los pensares y las declaraciones verbales que se convierten en el cerrojo o los barrotes de la cárcel en que pueda estar inmerso el sujeto.

Lo sutil inconsciente lo vemos con facilidad en lo cotidiano en los deslices verbales, las aliteraciones, los equívocos, los olvidos, el uso repetido de ciertas palabras, incluso los nombres propios: quien los elige, el cifrado que contienen en sí mismos, las resonancias según la vibración, etcétera.

Quien accede a los factores causales de su estado actual no solo abre camino de comprensión —esto es, aprehende la realidad subjetiva en el respeto y consideración por el proceso vivido en singularidad, lo cual se hace extensible al resto de la humanidad—. Puede volver a editar aquellas impresiones o esquemas que han gobernado la vida propia y que se le imponían desde lo inconsciente. Además, cambia el enfoque o perspectiva de la vida particular y la existencia en general.

Es así como recobra los armónicos de su propia naturaleza, lo que trae el efecto de una estética cimentada en la ética de responsabilización con relación al ser que encarna, cobrando el efecto que en dicha acrecienta el valor propio, suma al deseo de aportarse a los demás desde el deseo genuino de querer participarles a otros de sus propias conquistas.

La belleza tiene un sentido comunicacional en cuatro sentidos:

• Expresa el mensaje de aquello que, para el artista, significa la perspectiva abstracta o concreta de su propia esencia.

• Da ritmo de fluidez a un conflicto que, en su naturaleza, se mueve entre lo positivo y lo negativo, la luz y la oscuridad, lo misterioso y la claridad; esto es, genera algo con aquello que le problematiza íntimamente; es