El Señor de Bembibre - Enrique Gil y Carrasco - E-Book

El Señor de Bembibre E-Book

Enrique Gil y Carrasco

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Beschreibung

Este ebook presenta "El Señor de Bembibre", con un sumario dinámico y detallado. Novela histórica de Enrique Gil y Carrasco, publicada en 1846, en pleno apogeo del romanticismo, narra los desgraciados amores de don Álvaro Yáñez, último señor de Bembibre, y doña Beatriz Osorio. La trama se combina con la caída de la Orden del Temple, verdadera protagonista de la obra. El paisaje se asocia a la propia intimidad de los personajes, y les ofrece refugio y consuelo en sus tristezas. Los personajes responden a los caracteres peculiares del drama romántico español. El autor logra una adecuada fusión artística del fondo histórico, de las peripecias novelescas y de su marco geográfico. Escritor español, Enrique Gil y Carrasco (1815 – 1845) pertenció al movimiento literario del romanticismo y es conocido principalmente por El Señor de Bembibre, obra fundamental del romanticisimo histórico español. Escribió, además, numerosos artículos periodísticos, ensayo de viaje y costumbres, algo de poesía e incluso teatro.

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Seitenzahl: 561

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Enrique Gil y Carrasco

El Señor de Bembibre

(texto completo, con índice activo)

e-artnow, 2013 ISBN 978-80-268-0351-5

Nota Editorial: E

Contenido

Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Capítulo XIV
Capítulo XV
Capítulo XVI
Capítulo XVII
Capítulo XVIII
Capítulo XIX
Capítulo XX
Capítulo XXI
Capítulo XXII
Capítulo XXIII
Capítulo XXIV
Capítulo XXV
Capítulo XXVI
Capítulo XXVII
Capítulo XXVIII
Capítulo XXIX
Capítulo XXX
Capítulo XXXI
Capítulo XXXII
Capítulo XXXIII
Capítulo XXXIV
Capítulo XXXV
Capítulo XXXVI
Capítulo XXXVII
Capítulo XXXVIII
Conclusión

Capítulo I

En una tarde de mayo de uno de los primeros años del siglo XIV, volvían de la feria de San Marcos de Cacabelos tres, al parecer, criados de alguno de los grandes señores que entonces se repartían el dominio del Bierzo. El uno de ellos, como de cincuenta y seis años de edad, montaba una jaca gallega de estampa poco aventajada, pero que a tiro de ballesta descubría la robustez y resistencia propias para los ejercicios venatorios, y en el puño izquierdo cubierto con su guante llevaba un neblí encaperuzado. Registrando ambas orillas del camino, pero atento a su voz y señales, iba un sabueso de hermosa raza. Este hombre tenía un cuerpo enjuto y flexible, una fisonomía viva y atezada, y en todo su porte y movimientos revelaba su ocupación y oficio de montero.

Frisaba el segundo en los treinta y seis años, y era el reverso de la medalla, pues a una fisonomía abultada y de poquísima expresión, reunía un cuerpo macizo y pesado, cuyos contornos de suyo poco airosos, comenzaba a borrar la obesidad. El aire de presunción con que manejaba un soberbio potro andaluz en que iba caballero, y la precisión con que le obligaba a todo género de movimientos, le daban a conocer como picador o palafrenero, y el tercero, por último, que montaba un buen caballo de guerra e iba un poco más lujosamente ataviado, era un mozo de presencia muy agradable, de gran soltura y despejo, de fisonomía un tanto maliciosa y en la flor de sus años. Cualquiera le hubiera señalado sin dudar porque era el escudero o paje de lanza de algún señor principal.

Llevaban los tres conversación muy tirada, y como era natural, hablaban de las cosas de sus respectivos amos, elogiándolos a menudo y entreverando las alabanzas con su capa correspondiente de murmuración.

-Dígote Nuño -decía el palafrenero-, que nuestro amo obra como un hombre, porque eso de dar la hija única y heredera de la casa de Arganza a un hidalguillo de tres al cuarto, pudiendo casarla con un señor tan poderoso, como el conde de Lemus, sería peor que asar la manteca. ¡Miren que era acomodo un señor de Bembibre!

-Pero hombre -replicó el escudero con sorna, aunque no fuesen encaminadas a él las palabras del palafrenero-, ¿qué culpa tiene mi dueño de que la doncella de tu joven señora me ponga mejor cara que a ti para que le trates como a real de enemigo? Hubiérasle pedido a Dios que te diese algo más de entendimiento y te dejase un poco menos de carne, que entonces Martina te miraría con otros ojos, y no vendría a pagar el amo los pecados del mozo.

Encendiose en ira la espaciosa cara del buen palafrenero que, revolviendo el potro, se puso a mirar de hito en hito al escudero. Este por su parte le pagaba en la misma moneda, y además se le reía en las barbas, de manera que, sin la mediación del montero Nuño, no sabemos en qué hubiera venido a parar aquel coloquio en mal hora comenzado.

-Mendo -le dijo al picador-, has andado poco comedido al hablar del señor de Bembibre, que es un caballero principal a quien todo el mundo quiere y estima en el país por su nobleza y valor, y te has expuesto a las burlas algo demasiadamente pesadas de Millán, que, sin duda, cuida más de la honra de su señor que de la caridad a que estamos obligados los cristianos.

-Lo que yo digo es que nuestro amo hace muy bien en no dar su hija a don Álvaro Yáñez, y en que velis nolis venga a ser condesa de Lemus y señora de media Galicia.

-No hace bien tal -repuso el juicioso montero-, porque, sobre no tener doña Beatriz en más estima al tal conde que yo a un halcón viejo y ciego, si algo le lleva de ventaja al señor de Bembibre en lo tocante a bienes, también se le queda muy atrás en virtudes y buenas prendas, y sobre todo en la voluntad de nuestra joven señora que, por cierto, ha mostrado en la elección algo más discernimiento que tú.

-El señor de Arganza, nuestro dueño, a nada se ha obligado -replicó Mendo-, y así que don Álvaro se vuelva por donde ha venido y toque soleta en busca de su madre gallega.

-Cierto es que nuestro amo no ha empeñado palabra ni soltado prenda, a lo que tengo, entendido; pero en ese caso, mal ha hecho en recibir a don Álvaro del mismo modo que si hubiese de ser su yerno, y en permitir que su hija tratase a una persona que a todo el mundo cautiva con su trato y gallardía, y de quien por fuerza se había de enamorar una doncella de tanta discreción y hermosura, como doña Beatriz.

-Pues si se enamoró, que se desenamore -contestó el terco palafrenero-; además, que no dejará de hacerlo en cuanto su padre levante la voz, porque ella es humilde como la tierra, y cariñosa como un ángel, la cuitada.

-Muy descaminado vas en tus juicios -respondió el montero-, yo la conozco mejor que tú porque la he visto nacer; y aunque por bien dará la vida, si la violentan y tratan mal, solo Dios puede con ella.

-Pero hablando ahora sin pasión y sin enojo -dijo Millán metiendo baza-, ¿qué te ha hecho mi amo, Mendo, que tan enemigo suyo te muestras? Nadie, que yo sepa, habla así de él en esta tierra, sino tú.

-Yo no le tengo tan mala voluntad -contestó Mendo-, y si no hubiera parecido por acá el de Lemus, lo hubiera visto con gusto hacerse dueño del cotarro en nuestra casa, pero ¿qué quieres, amigo? Cada uno arrima el ascua a su sardina, y conde por señor nadie lo trueca.

-Pero mi amo, aunque no sea conde, es noble y rico, y lo que es más, sobrino del maestre de los templarios y aliado de la orden.

-Valientes herejes y hechiceros exclamó entre dientes Mendo.

-¿Quieres callar, desventurado? -le dijo Nuño en voz baja, tirándole del brazo con ira-. Si te lo llegasen a oír, serían capaces de asparte como a San Andrés.

-No hay cuidado -replicó Millán, a cuyo listo oído no se había escapado una sola palabra, aunque dichas en voz baja-. Los criados de don Álvaro nunca fueron espías, ni mal intencionados, a Dios gracias; que, al cabo, los que andan alrededor de los caballeros siempre procuran parecérseles.

-Caballero es también el de Lemus, y más de una buena acción ha hecho.

-Sí -respondió Millán-, con tal que haya ido delante de gente para que la pregonen enseguida. ¿Pero sería capaz tu ponderado conde, de hacer por su mismo padre lo que don Álvaro hizo por mí?

-¿Qué fue ello? -preguntaron a la vez los dos compañeros.

-Una cosa que no se me caerá a dos tirones de la memoria. Pasábamos el puente viejo de Ponferrada, que como sabéis, no tiene barandillas, con una tempestad deshecha, y el río iba de monte a monte bramando como el mar; de repente revienta una nube, pasa una centella por delante de mi palafrén; encabrítase este, ciego con el resplandor, y sin saber cómo, ni cómo no, ¡paf!, ambos vamos al río de cabeza. ¿Qué os figuráis que hizo don Álvaro? Pues señor, sin encomendarse a Dios ni al diablo, metió las espuelas a su caballo y se tiró al río tras de mí. En poco estuvo que los dos no nos ahogamos. Por fin mi jaco se fue por el río abajo, y yo, medio atolondrado, salí a la orilla, porque él tuvo buen cuidado de llevarme agarrado de los pelos. Cuando me recobré, a la verdad no sabía cómo darle las gracias, porque se me puso un nudo en la garganta y no podía hablar; pero él que lo conoció se sonrió y me dijo: vamos hombre, bien está; todo ello no vale nada; sosiégate, y calla lo que ha pasado, porque si no, puede que te tengan por mal jinete.

-Gallardo lance, por vida mía -exclamó Mendo con un entusiasmo que apenas podía esperarse de sus anteriores prevenciones, y de su linfático temperamento-, ¡y sin perder los estribos!, ¡ah buen caballero! ¡Lléveme el diablo, si una acción como esta no vale casi tanto como el mejor condado de España! Pero a bien -continuó como reportándose, que si no hubiera sido por su soberbio Almanzor, Dios sabe lo que le hubiera sucedido… ¡Son muchos animales! -continuó, acariciando el cuello de su potro con una satisfacción casi paternal-: y di, Millán, ¿qué fue del tuyo, por último? ¿Se ahogó el pobrecillo?

-No -respondió Millán-, fue a salir un buen trecho más abajo, y allí le cogió un esclavo moro del Temple que había ido a Pajariel por leña, pero el pobre animal había dado tantos golpes y, encontrones que en más de tres meses no fue bueno.

Con estas y otras llegaron al pueblo de Arganza, y se apearon en la casa solariega de su señor, el ilustre don Alonso Ossorio.

Capítulo II

Algo habrán columbrado ya nuestros lectores de la situación en que a la sazón se encontraba la familia de Arganza y el señor de Bembibre, merced a la locuacidad de sus respectivos criados. Sin embargo, por más que las noticias que les deben no se aparten en el fondo de la verdad, son tan incompletas, que nos obligan a entrar en nuevos pormenores esenciales, en nuestro entender, para explicar los sucesos de esta lamentable historia.

Don Alonso Ossorio, señor de Arganza, había tenido dos hijos y una hija; pero de los primeros murió uno antes de salir de la infancia, y el otro murió peleando como bueno en su primer campaña contra los moros de Andalucía. Así, pues, todas sus esperanzas habían venido a cifrarse en su hija doña Beatriz, que entonces tenía pocos años, pero que ya prometía tanta belleza como talento y generosa índole. Había en su carácter una mezcla de la energía que distinguía a su padre y de la dulzura y melancolía de doña Blanca de Balboa, su madre, santa señora cuya vida había sido un vivo y constante ejemplo de bondad, de resignación y de piedad cristiana. Aunque con la pérdida temprana de sus dos hijos su complexión, harto delicada por desgracia, se había arruinado enteramente, no fue esto obstáculo para que en la crianza esmerada de su hija emplease su instrucción poco común en aquella época, y fecundase las felices disposiciones de que la había dotado pródigamente la naturaleza. Sin más esperanza que aquella criatura tan querida y hermosa, sobre ella amontonaba su ternura, todas las ilusiones del deseo y los sueños del porvenir. Así crecía doña Beatriz como una azucena gentil y fragante al calor del cariño maternal, defendida por el nombre y poder de su padre y cercada por todas partes del respeto y amor de sus vasallos, que contemplaban en ella una medianera segura para aliviar sus males y una constante dispensadora de beneficios.

Los años en tanto pasaban rápidos como suelen, y con ellos voló la infancia de aquella joven tan noble, agraciada y rica, a quien por lo mismo pensó buscar su padre un esposo digno de su clase y elevadas prendas. En el Bierzo entonces no había más que dos casas cuyos estados y vasallos estuviesen al nivel: una la de Arganza, otra la de la antigua familia de los Yáñez, cuyos dominios comprendían la fértil ribera de Bembibre y la mayor parte de las montañas comarcanas. Este linaje había dado dos maestres al orden del Temple y era muy honrado y acatado en el país. Por una rara coincidencia a la manera que el apellido Ossorio pendía de la frágil existencia de una mujer, el de Yáñez estaba vinculado en la de un solo hombre no menos frágil y deleznable en aquellos tiempos de desdicha y turbulencias. Don Álvaro Yáñez y su tío don Rodrigo, maestre del Temple en Castilla, eran los dos únicos miembros que quedaban de aquella raza ilustre y numerosa; rama seca y estéril el uno, por su edad y sus votos, y vástago el otro, lleno de savia y lozanía, que prometía larga vida y sazonados frutos. Don Álvaro había perdido de niño a sus padres, y su tío, a la sazón comendador de la orden, le había criado como cumplía a un caballero tan principal, teniendo la satisfacción de ver coronados sus trabajos y solicitud con el éxito más brillante. Había hecho su primer campaña en Andalucía, bajo las órdenes de don Alonso Pérez de Guzmán, y a su vuelta trajo una reputación distinguida, principalmente a causa de los esfuerzos que hizo para salvar al infante don Enrique de manos de la morisma. Por lo demás, la opinión en que, según nuestros conocidos del capítulo anterior, le tenía el país, el rasgo contado por su escudero, darán a conocer mejor que nuestras palabras su carácter caballeresco y generoso.

El influjo superior de los astros parecía por todas estas razones confundir el destino de estos dos jóvenes, y, sin embargo, debemos confesar que don Alonso tuvo que vencer una poderosa repugnancia para entrar en semejante plan. La estrecha alianza que los Yáñez tuvieron siempre asentada con la orden del Temple estuvo mil veces para desbaratar este proyecto de que iba a resultar el engrandecimiento de dos casas esclarecidas y la felicidad de dos personas universalmente estimadas.

Los templarios habían llegado a su periodo de riqueza y decadencia, y su orgullo era verdaderamente insoportable a la mayor parte de los señores independientes. De Arganza lo había experimentado más de una vez y devorado su cólera en silencio, porque la orden dueña de los castillos del país podía burlarse de todos, pero su despecho se había convertido en odio hacia aquella milicia tan valerosa como sin ventura. Afortunadamente, ascendió a maestre provincial de Castilla don Rodrigo Yáñez, y su carácter templado y prudente enfrenó las demasías de varios caballeros y logró conciliarse la amistad de muchos señores vecinos descontentos. De este número fue el primero don Alonso, que no pudo resistirse a la cortés y delicada conducta del maestre, y sin reconciliarse por entero con la orden, acabó por trabar con él sincera amistad. En ella se cimentó el proyecto de entronque de ambas casas, si bien el señor de Arganza no pudo acallar el desasosiego que le causaba la idea de que algún día sus deberes de vasallo podrían obligarle a pelear contra una orden, objeto ya de celos y de envidia, pero de cuya alianza no permitía apartarse el honor a su futuro yerno. Comoquiera, el poder de los templarios y la poca fortaleza de la corona, parecían alejar indefinidamente semejante contingencia, y no parecía cordura sacrificar a estos temores la honra de su casa y la ventura de su hija.

Bien hubiera deseado don Alonso, y, aun el maestre, que semejante enlace se hubiese llevado a cabo prontamente, pero doña Blanca, cuyo corazón era todo ternura y bondad, no quería abandonar a su hija única en brazos de un hombre desconocido, hasta cierto punto, para ella; porque creía, y con harta razón, que el conocimiento recíproco de los caracteres y la consonancia de los sentimientos son fiadores más seguros de la paz y dicha doméstica que la razón de estado y los cálculos de la conveniencia. Doña Blanca había penado mucho con el carácter duro y violento de su esposo, y deseaba ardientemente excusar a su hija los pesares que habían acibarado su vida. Así pues, tanto importunó y rogó, que al fin hubo de recabar de su noble esposo que ambos jóvenes se tratasen y conociesen sin saber el destino que les guardaban. ¡Solicitud funesta, que tan amargas horas preparaba para todos!

Este fue el principio de aquellos amores cuya espléndida aurora debía muy en breve convertirse en un día de duelo y de tinieblas. Al poco tiempo comenzó a formarse en Francia aquella tempestad, en medio de la cual desapareció, por último, la famosa caballería del Temple. Iguales nubarrones asomaron en el horizonte de España, y entonces los temores del señor de Arganza se despertaron con increíble ansiedad, pues harto conocía que don Álvaro era incapaz de abandonar en la desgracia a los que habían sido sus amigos en la fortuna, y según el giro que parecía tomar aquel ruidoso proceso, no era imposible que su familia llegase a presentar el doloroso espectáculo que siempre afea las luchas civiles. A este motivo, que en el fondo no estaba desnudo de razón ni de cordura, se había agregado otro, por desgracia más poderoso, pero de todo punto contrario a la nobleza que hasta allí no había dejado de resplandecer en las menores acciones de don Alonso. El conde de Lemus había solicitado la mano de doña Beatriz, por medio del infante don Juan, tío del rey don Fernando el IV, con quien unían a don Alonso relaciones de obligación y amistad desde su efímero reinado en León; y atento solo a la ambición de entroncar su linaje con uno tan rico y poderoso, olvidó sus pactos con el maestre del Temple, y, no vaciló en el propósito de violentar a su hija, si necesario fuese, para el logro de sus deseos.

Tal era el estado de las cosas en la tarde que los criados de don Alonso y el escudero de don Álvaro volvían de la feria de Cacabelos. El señor de Bembibre y doña Beatriz, en tanto, estaban sentados en el hueco de una ventana de forma apuntada, abierta por lo delicioso del tiempo, que alumbraba a un aposento espléndidamente amueblado y alhajado. Era ella de estatura aventajada, de proporciones esbeltas y regulares, blanca de color, con ojos y cabello negros y un perfil griego de extraordinaria pureza. La expresión habitual de su fisonomía manifestaba una dulzura angelical, pero en su boca y en su frente cualquier observador mediano hubiera podido descubrir indicios de un carácter apasionado y enérgico. Aunque sentada, se conocía que en su andar y movimientos debían reinar a la vez el garbo, la majestad y el decoro, y el rico vestido, bordado de flores con colores muy vivos, que la cubría realzaba su presencia llena de naturales atractivos.

Don Álvaro era alto, gallardo y vigoroso, de un moreno claro, ojos y cabello castaños, de fisonomía abierta y noble, y sus facciones de una regularidad admirable. Tenía la mirada penetrante, y en sus modales se notaba gran despejo y dignidad al mismo tiempo. Traía calzadas unas grandes espuelas de oro, espada de rica empuñadura y pendiente del cuello un cuerno de caza primorosamente embutido de plata, que resaltaba sobre su exquisita ropilla oscura, guarnecida de finas pieles. En una palabra, era uno de aquellos hombres que en todo descubren las altas prendas que los adornan, y que involuntariamente cautivan la atención y simpatía de quien los mira.

Estaba poniéndose el sol detrás de las montañas que parten términos entre el Bierzo y Galicia, y las revestía de una especie de aureola luminosa que contrastaba peregrinamente con sus puntos oscuros. Algunas nubes de formas caprichosas y mudables sembradas acá y acullá por un cielo hermoso y purísimo, se teñían de diversos colores según las herían los rayos del sol. En los sotos y huertas de la casa estaban floridos todos los rosales y la mayor parte de los frutales, y el viento que los movía mansamente venía como embriagado de perfumes. Una porción de ruiseñores y jilguerillos cantaban melodiosamente, y era difícil imaginar una tarde más deliciosa. Nadie pudiera creer, en verdad, que en semejante teatro iba a representarse una escena tan dolorosa.

Doña Beatriz clavaba sus ojos errantes y empañados de lágrimas ora en los celajes del ocaso, ora en los árboles del soto, ora en el suelo; y, don Álvaro, fijos los suyos en ella de hito en hito, seguía con ansia todos sus movimientos. Ambos jóvenes estaban en un embarazo doloroso sin atreverse a romper el silencio. Se amaban con toda la profundidad de un sentimiento nuevo, generoso y delicado, pero nunca se lo habían confesado. Los afectos verdaderos tienen un pudor y reserva característicos, como si el lenguaje hubiera de quitarles su brillo y limpieza. Esto, cabalmente, es lo que había sucedido con don Álvaro y doña Beatriz, que, embebecidos en su dicha, jamás habían pensado en darle nombre, ni habían pronunciado la palabra amor. Y sin embargo, esta dicha parecía irse con el sol que se ocultaba detrás del horizonte, y era preciso apartar de delante de los ojos aquel prisma falaz que hasta entonces les había presentado la vida como un delicioso jardín.

Don Álvaro, como era natural, fue el primero que habló.

-¿No me diréis, señora -preguntó con voz grave y melancólica-, qué da a entender el retraimiento de vuestro padre y mi señor para conmigo? ¿Será verdad lo que mi corazón me está presagiando desde que han empezado a correr ciertos ponzoñosos rumores sobre el conde de Lemus? ¿De cierto, de cierto pensarían en apartarme de vos? -continuó, poniéndose en pie con un movimiento muy rápido.

Doña Beatriz bajó los ojos y no respondió.

-¡Ah!, ¿conque es verdad? -continuó el apesarado caballero-; ¿y lo será también -añadió con voz trémula-que han elegido vuestra mano para descargarme el golpe?

Hubo entonces otro momento de silencio, al cabo del cual doña Beatriz levantó sus hermosos ojos bañados en lágrimas, y dijo con una voz tan dulce como dolorida:

-También es cierto.

-Escuchadme, doña Beatriz -repuso él, procurando serenarse. Vos no sabéis todavía cómo os amo, ni hasta qué punto sojuzgáis y avasalláis mi alma. Nunca hasta ahora os lo había dicho… ¿para qué había de hacer una declaración que el tono de mi voz, mis ojos y el menor de mis ademanes estaban revelando sin cesar? Yo he vivido en el mundo solo y sin familia, y este corazón impetuoso no ha conocido las caricias de una madre ni las dulzuras del hogar doméstico. Como un peregrino he cruzado hasta aquí el desierto de mi vida; pero cuando he visto que vos erais el santuario adonde se dirigían mis pasos inciertos, hubiera deseado que mis penalidades fuesen mil veces mayores para llegar a vos purificado y lleno de merecimientos. Era en mí demasiada soberbia querer subir hasta vos, que sois un ángel de luz, ahora lo veo; ¿pero quién, quién, Beatriz, os amará en el mundo más que yo?

-¡Ah!, ninguno, ninguno -exclamó doña Beatriz, retorciéndose las manos y con un acento que partía las entrañas.

-¡Y sin embargo, me apartan de vos! -continuó don Álvaro-. Yo respetaré siempre a quien es vuestro padre; nadie daría más honra a su casa que yo, porque desde que os amo se han desenvuelto nuevas fuerzas en mi alma, y toda la gloria, todo el poder de la tierra me parece poco para ponerlo a vuestros pies. ¡Oh Beatriz, Beatriz!, ¡cuando volvía de Andalucía, honrado y alabado de los más nobles caballeros, yo amaba la gloria porque una voz secreta parecía decirme que algún día os adornaríais con sus rayos, pero sin vos, que sois la luz de mi camino, me despeñaré en el abismo de la desesperación y me volveré contra el mismo cielo!

-¡Oh, Dios mío! -murmuró doña Beatriz-, ¿en esto habían de venir a parar tantos sueños de ventura y tan dulces alegrías?

-Beatriz exclamó don Álvaro-, si me amáis, si por vuestro reposo mismo miráis, es imposible que os conforméis en llevar una cadena que sería mi perdición y acaso la vuestra.

-Tenéis razón -contestó ella haciendo esfuerzos para serenarse. No seré yo quien arrastre esa cadena, pero ahora que por vuestra ventura os hablo por la última vez y que Dios lee en mi corazón, yo os revelaré su secreto. Si no os doy el nombre de esposo al pie de los altares y delante de mi padre, moriré con el velo de las vírgenes; pero nunca se dirá que la única hija de la casa de Arganza mancha con una desobediencia el nombre que ha heredado.

-¿Y si vuestro padre os obligase a darle la mano?

-Mal le conocéis; mi padre nunca ha usado conmigo de violencia.

-¡Alma pura y candorosa, que no conocéis hasta dónde lleva a los hombres la ambición! ¿Y si vuestro padre os hiciese violencia, qué resistencia le opondríais?

-Delante del mundo entero diría: ¡no!

-¿Y tendríais valor para resistir la idea del escándalo y el bochorno de vuestra familia?

Doña Beatriz rodeó la cámara con unos ojos vagarosos y terribles, como si padeciese una violenta convulsión, pero luego se recobró casi repentinamente, y respondió:

-Entonces pediría auxilio al Todopoderoso, y él me daría fuerzas; pero, lo repito, o vuestra o suya.

El acento con que fueron pronunciadas aquellas cortas palabras descubría una resolución que no había fuerzas humanas para torcer. Quedose don Álvaro contemplándola como arrobado algunos instantes, al cabo de los cuales le dijo con profunda emoción:

-Siempre os he reverenciado y adorado, señora, como a una criatura sobrehumana, pero hasta hoy no había conocido el tesoro celestial que en vos se encierra. Perderos ahora sería como caer del cielo para arrastrarse entre las miserias de los hombres. La fe y la confianza que en vos pongo es ciega y sin límites, como la que ponemos en Dios en la hora de la desdicha.

-Mirad -respondió ella señalando el ocaso-, el sol se ha puesto, y es hora ya de que nos despidamos. Id en paz y seguro, noble don Álvaro, que si pueden alejaros de mi vista, no les será tan llano avasallar mi albedrío.

Con esto el caballero se inclinó, le besó la mano con mudo ademán, y salió de la cámara a paso lento. Al llegar a la puerta volvió la cabeza y sus ojos se encontraron con los de doña Beatriz, para trocar una larga y dolorosa mirada, que no parecía sino que había de ser la última. Enseguida se encaminó aceleradamente al patio donde su fiel Millán tenía del diestro al famoso Almanzor, y subiendo sobre él salió como un rayo de aquella casa, donde ya solo pensaba en él una desdichada doncella, que en aquel momento, a pesar de su esfuerzo, se deshacía en lágrimas amargas.

Capítulo III

Cuando don Álvaro dejó el palacio de Arganza, entre el tumulto de sentimientos que se disputaban su alma, había uno que cuadraba muy bien con su despecho y amargura y que, de consiguiente, a todos se sobreponía. Era este retar a combate mortal al conde Lemus, y apartar de este modo el obstáculo más poderoso de cuantos mediaban entre él y doña Beatriz a la sazón. Aquel mismo día le había dejado en Cacabelos, con ánimo al parecer de pasar allí la noche, y, de consiguiente, este fue el camino que tomó; pero su escudero que, en lo inflamado de sus ojos, en sus ademanes prontos y violentos y en su habla dura y precipitada, conocía cuál podía ser su determinación después de la anterior entrevista, cuyo sentido no se ocultaba a su penetración, le dijo en voz bastante alta:

-Señor, el conde no está ya en Cacabelos, porque esta tarde, antes de salir yo, llegó un correo del rey y le entregó un pliego que le determinó a emprender con la mayor diligencia la vuelta de Lemus.

Don Álvaro, en medio de la agitación en que se encontraba, no pudo ver sin enojo que el buen Millán se entrometiese de aquella suerte en sus secretos pensamientos; así es que le dijo con rostro torcido:

-¿Quién le mete al señor villano en el ánimo de su señor?

Millán aguantó la descarga, y don Álvaro, como hablando consigo propio, continuó:

-Sí, sí, un correo de la corte… y salir después con tanta priesa para Galicia… Sin duda, camina adelante la trama infernal… Millán -dijo enseguida, con un tono de voz enteramente distinto del primero-, acércate y camina a mi lado. Ya nada tengo que hacer en Cacabelos, y esta noche la pasaremos en el castillo de Ponferrada -dijo torciendo el caballo y mudando de camino-, pero mientras que allí llegamos quiero que me digas qué rumores han corrido por la feria acerca de los caballeros templarios.

-¡Extraños, por vida mía, señor! -le replicó el escudero-, dicen que hacen cosas terribles y ceremonias de gentiles, y que el Papa los ha descomulgado allá en Francia, y que los tienen presos y piensan castigarles-, y en verdad que, si es cierto lo que cuentan, sería muy bien hecho, porque más son proezas de judíos y gentiles que de caballeros cristianos.

-¿Pero qué cosas y qué proezas son esas?

-Dicen que adoran un gato y le rinden culto como a Dios, que reniegan de Cristo, que cometen mil torpezas, y que por pacto que tienen con el diablo hacen oro, con lo cual están muy ricos; pero todo esto lo dicen mirando a los lados y muy callandito, porque todos tienen más miedo al Temple que al enemigo malo.

Tras de esto, el buen escudero comenzó a ensartar todas las groseras calumnias que en aquella época de credulidad y de ignorancia se inventaban para minar el poder del Temple, y que ya habían comenzado a producir en Francia tan tremendos y atroces resultados. Don Álvaro que pensando descubrir algo de nuevo en tan espinoso asunto había escuchado al principio con viva atención, cayó al cabo de poco tiempo en las cavilaciones propias de su situación y dejó charlar a Millán, que no por su agudeza y rico ingenio estaba exento de la común ignorancia y superstición. Solo si al llegar al puente sobre el Sil, que por las muchas barras de hierro que tenía dio a la villa el nombre de Ponsferrata con que en las antiguas escrituras se la distingue, le advirtió severamente que en adelante no solo hablase con más comedimiento, sino que pensase mejor de una orden con quien tenía asentadas alianza y amistad y no acogiese las hablillas de un vulgo necio y malicioso. El escudero se apresuró a decir que él contaba lo que había oído, pero que nada de ello creía, en lo cual no daba por cierto un testimonio muy relevante de veracidad; y en esto llegaron a la barbacana del castillo. Tocó allí don Álvaro su cuerno, y después de las formalidades de costumbre, porque en la milicia del Temple se hacía el servicio con la más rigorosa disciplina, se abrió la puerta, cayó enseguida el puente levadizo, y amo y, escudero entraron en la plaza de armas.

Todavía se conserva esta hermosa fortaleza, aunque en el día solo sea ya el cadáver de su grandeza antigua. Su estructura tiene poco de regular porque a un fuerte antiguo de formas macizas y pesadas se añadió por los templarios un cuerpo de fortificaciones más moderno, en que la solidez y la gallardía corrían parejas, con lo cual quedó privada de armonía, pero su conjunto todavía ofrece una masa atrevida y pintoresca. Está situado sobre un hermoso altozano desde el cual se registra todo el Bierzo bajo, con la infinita variedad de sus accidentes, y, el Sil que corre a sus pies para juntarse con el Boeza un poco más abajo, parece rendirle homenaje.

Ahora ya no queda más del poderío de los templarios, que algunos versículos sagrados inscritos en lápidas, tal cual símbolo de sus ritos y ceremonias y la cruz famosa, terror de los infieles; sembrado todo aquí y acullá en aquellas fortísimas murallas; pero en la época de que hablamos era este castillo una buena muestra del poder de sus poseedores. Don Álvaro dejó su caballo en manos de unos esclavos africanos y, acompañado de dos aspirantes, subió a la sala maestral, habitación magnífica con el techo y paredes escaqueados de encarnado y oro, con ventanas arabescas, entapizada de alfombras orientales y toda ella como pieza de aparato, adornada con todo el esplendor correspondiente al jefe temporal y espiritual de una orden tan famosa y opulenta. Los aspirantes dejaron al caballero a la puerta, después del acostumbrado benedicite, y uno que hacía la guardia en la antecámara le introdujo al aposento de su tío. Era este un anciano venerable, alto y flaco de cuerpo, con barba y cabellos blancos, y una expresión ascética y recogida, si bien templada por una benignidad grandísima. Comenzaba a encorvarse bajo el peso de los años, pero bien se echaba de ver que el vigor no había abandonado aún aquellos miembros acostumbrados a las fatigas de la guerra y endurecidos en los ayunos y vigilias. Vestía el hábito blanco de la orden y exteriormente apenas se distinguía de un simple caballero. El golpe que parecía amagar al Temple, y por otra parte los disgustos que, según de algún tiempo atrás iba viendo claramente, debían abrumar a aquel sobrino querido, último retoño de su linaje, esparcían en su frente una nube de tristeza y daban a su fisonomía un aspecto todavía más grave.

El maestre que había salido al encuentro de don Álvaro, después de haberle abrazado con un poco más de emoción de la acostumbrada, le llevó a una especie de celda en que de ordinario estaba y cuyos muebles y atavíos revelaban aquella primitiva severidad y pobreza en cuyos brazos habían dejado a la orden Hugo de Paganis y sus compañeros y de que eran elocuente emblema los dos caballeros montados en un mismo caballo. Don Rodrigo, así por el puesto que ocupaba como por la austeridad peculiar a un carácter, quería dar este ejemplo de humildad y modestia. Sentáronse entrambos, en taburetes de madera, a una tosca mesa de nogal, sobre la cual ardía una lámpara enorme de cobre, y don Álvaro hizo al anciano una prolija relación de todo lo acaecido, que este escuchó con la mayor atención.

-En todo eso -respondió por último-estoy viendo la mano del que degolló al niño Guzmán delante de los adarves de Tarifa, y, a la vista de su padre. El conde de Lemus está ligado con él y, otros señores que sueñan con la ruina del Temple para adornarse con sus despojos, y temiendo que tu enlace con una señora tan poderosa en tierras y vasallos aumentaría nuestras fuerzas harto temibles ya para ellos en este país, han adulado la ambición de don Alonso, y puesto en ejecución todas sus malas artes para separarnos. ¡Pobre doña Beatriz! -añadió con melancolía-, ¿quién le dijera a su piadosa madre cuando con tanto afán y, solicitud la criaba, que su hija había de ser el premio de una cábala tan ruin?

-Pero señor -repuso don Álvaro-, ¿creéis que el señor de Arganza se hará sordo a la voz del honor y de la naturaleza?

-A todo, hijo mío -contestó el templario-. La vanidad y la ambición secan las fuentes del alma, y con ellas se aparta el hombre de Dios, de quien viene la virtud y la verdadera nobleza.

-¿Pero no hay entre vos y él algún pacto formal?

-Ninguno. Menguado fue tu sino desde la cuna, don Álvaro, pues de otra suerte no sucedería que doña Blanca, que en tan alta estima te tiene, fuese causa ahora de tu pesar. Ella se opuso al principio a vuestra unión porque quiso que su hija te conociese antes de darte su mano, y don Alonso, doblegando por la primera vez su carácter altanero, cedió a las solicitudes de su esposa. Así pues, aunque su conciencia le condene, a nada podemos obligarle por nuestra parte.

-Conque, es decir -exclamó don Álvaro-, que no me queda más camino que el que la desesperación me señale.

-Te queda la confianza en Dios y en tu propio honor, de que a nadie le es dado despojarte -respondió el maestre con voz grave entre severa y cariñosa-. Además -continuó con más sosiego-, todavía hay medios humanos que tal vez sean poderosos a desviar a don Alonso de la senda de perdición por donde quiere llevar a su hija. Yo no le hablaré sino como postrer recurso, porque, a pesar de mi prudencia, tal vez se enconaría el odio de que nuestra noble orden va siendo objeto, pero mañana irás a Carracedo, y entregarás una carta al abad de mi parte. Su carácter espiritual podrá darle alguna influencia sobre el orgulloso señor de Arganza, y espero que, si se lo pido, no se lo negará a un hermano suyo. Su orden y la mía nacieron en el seno de San Bernardo, y de la santidad de su corazón recibieron sus primeros preceptos. Dichosos tiempos en que seguíamos la bandera del capitán invisible en demanda de un reino que no era de este mundo.

Don Álvaro, al oírle, se abochornó un poco, viendo que en el egoísmo de su dolor se había olvidado de los pesares y zozobras que como una corona de espinas rodeaban aquella cana y respetable cabeza. Comenzó entonces a hablarle de los rumores que circulaban, y, el anciano, apoyándose en su hombro, bajó la escalera y le llevó al extremo de la gran plaza de armas cuyos muros dan al río.

La noche estaba sosegada y la luna brillaba en mitad de los cielos azules y transparentes. Las armas de los centinelas vislumbraban a sus rayos despidiendo vivos reflejos al moverse, y el río, semejante a una franja de plata, corría al pie de la colina con un rumor apagado y sordo. Los bosques y montañas estaban revestidos de aquellas formas vagas y suaves con que suele envolver la luna semejantes objetos, y todo concurría a desenvolver aquel germen de melancolía que las almas generosas encuentran siempre en el fondo de sus sentimientos. El maestre se sentó en un asiento de piedra que había a cada lado de las almenas y su sobrino ocupó el de enfrente.

-Tú creerás tal vez, hijo mío -le dijo-, que el poder de los templarios, que en Castilla poseen más de veinticuatro encomiendas, sin contar otros muchos fuertes de menos importancia; en Aragón ciudades enteras, y en toda la Europa más de nueve mil casas y castillos, es incontrastable, y que harto tiene la orden en que fundar el orgullo y altanería con que generalmente se le da en rostro.

-Así lo creo -respondió su sobrino.

-Así lo creen los más de los nuestros -contestó el maestre, y por eso el orgullo se ha apoderado de nosotros, el orgullo que perdió al primer hombre y perderá a tantos de sus hijos. En Palestina hemos respondido con el desdén y la soberbia a las quejas y envidia de los demás, y el resultado ha sido perder la Palestina, nuestra patria, nuestra única y verdadera patria. ¡Oh Jerusalén, Jerusalén!, ciudad de perfecto decoro, ¡alegría de toda la tierra! -exclamó con voz solemne, ¡en ti se quedó la fuerza de nuestros brazos, y al dejar a San Juan de Acre, exhalamos el último suspiro! Desde entonces, peregrinos en Europa, rodeados de rivales poderosos que codician nuestros bienes, corrompidas nuestras humildes y modestas costumbres primitivas, el mundo todo se va concitando en daño nuestro, y hasta la tiara que siempre nos ha servido de escudo parece inclinarse del lado de nuestros enemigos. Nuestros hermanos gimen ya en Francia en los calabozos de Felipe, y Dios sabe el fin que les espera, pero ¡que se guarden! -exclamó con voz de trueno-, allí nos han sorprendido, pero aquí y en otras partes aprestados nos encontrarán a la pelea. El Papa podrá disolver nuestra hermandad y esparcirnos por la haz de la tierra, como el pueblo de Israel; pero para condenarnos nos tendrá que oír, y el Temple no irá al suplicio bajo la vara de ninguna potestad temporal como un rebaño de carneros.

Los ojos del maestre parecían lanzar relámpagos, y su fisonomía estaba animada de un fuego y, energía que nadie hubiera creído compatible con sus cansados años.

El Temple tenía un imán irresistible para todas las imaginaciones ardientes por su misteriosa organización, y por el espíritu vigoroso y compacto que vigorizaba a un tiempo el cuerpo y los miembros de por sí. Tras de aquella hermandad, tan poderosa y unida, difícil era, y sobre todo a la inexperiencia de la juventud, divisar más que robustez y fortaleza indestructible, porque en semejante edad nada se cree negado al valor y a la energía de la voluntad; así es que don Álvaro no pudo menos de replicar.

-Tío y señor, ¿ese creéis que sea el premio reservado por el Altísimo a la batalla de dos siglos que habéis sostenido por el honor de su nombre? ¿Tan apartado le imagináis de vuestra casa?

-Nosotros somos -contestó el anciano-los que nos hemos desviado de él, y por eso nos vamos convirtiendo en la piedra de escándalo y de reprobación. ¡Y yo -continuó con la mayor amargura-moriré lejos de los míos, sin ampararlos con el escudo de mi autoridad, y la corona de mis cansados días será la soledad y el destierro! Hágase la voluntad de Dios, pero cualquiera que sea el destino reservado a los templarios, morirán como han vivido, fieles al valor y ajenos a toda indigna flaqueza.

A esta sazón la campana del castillo anunció la hora del recogimiento, con lúgubres y melancólicos tañidos que, derramándose por aquellas soledades y quebrándose entre los peñascos del río, morían a lo lejos mezclados a su murmullo con un rumor prolongado y extraño.

-La hora de la última oración y del silencio -dijo el maestre, vete a recoger, hijo mío, y prepárate para el viaje de mañana. Acaso te he dejado ver demasiado las flaquezas que abriga este anciano corazón, pero el Señor también estuvo triste hasta la muerte y dijo: «Padre, si puede ser, pase de mí este cáliz». Por lo demás, no en vano soy el maestre y padre del Temple en Castilla, y en la hora de la prueba, nada en el mundo debilitará mi ánimo.

Don Álvaro acompañó a su tío hasta su aposento, y después de haberle besado la mano se encaminó al suyo, donde al cabo de mucho desasosiego se rindió al sueño postrado con las extrañas escenas y sensaciones de aquel día.

Capítulo IV

La caballería del templo de Salomón había nacido en el mayor fervor de las cruzadas, y los sacrificios y austeridades que les imponía su regla, dictada por el entusiasmo y celo ardiente de San Bernardo, les habían granjeado el respeto y aplauso universal. Los templarios, en efecto, eran el símbolo vivo y eterno de aquella generosa idea que convertía hacia el sepulcro de Cristo los ojos y el corazón de toda la cristiandad. En su guerra con los infieles nunca daban ni admitían tregua, ni les era lícito volver las espaldas aun delante de un número de enemigos conocidamente superiores; así es que eran infinitos los caballeros que morían en los campos de batalla. Al desembarcar en el Asia, los peregrinos y guerreros bisoños encontraban la bandera del Temple, a cuya sombra llegaban a Jerusalén sin experimentar ninguna de las zozobras de aquel peligroso viaje. El descanso del monje y la gloria y pompa mundana del soldado les estaban igualmente vedados, y su vida entera era un tejido de fatigas y abnegación. La Europa se había apresurado, como era natural, a galardonar una orden que contaba en su principio tantos héroes como soldados, y las honras, privilegios y riquezas que sobre ella comenzaron a llover la hicieron en poco tiempo temible y poderosa, en términos de poseer, como decía don Rodrigo, nueve mil casas y los correspondientes soldados y hombres de armas.

Como quiera, el tiempo que todo lo mina, la riqueza que ensoberbece aun a los humildes, la fragilidad de la naturaleza humana que al cabo se cansa de los esfuerzos sobrenaturales y sobre todo la exasperación causada en los templarios por los desastres de la Tierra Santa, y las rencillas y desavenencias con los hospitalarios de San Juan, llegaron a manchar las páginas de la historia del Temple, limpias y resplandecientes al principio. Desde la altura a que los habían encumbrado sus hazañas y virtudes, su caída fue grande y lastimosa. Por fin, perdieron a San Juan de Acre, y apagado ya el fuego de las cruzadas a cuyo calor habían crecido y prosperado, su estrella comenzó a amortiguarse, y la memoria de sus faltas, la envidia que ocasionaban sus riquezas, y los recelos que inspiraba su poder, fue lo único que trajeron de Palestina, su patria de adopción y de gloria, a la antigua Europa, verdadero campo de soledad y destierro para unos espíritus acostumbrados al estruendo de la guerra y a la incesante actividad de los campamentos.

A decir verdad, los temores de los monarcas no dejaban de tener su fundamento, porque los caballeros teutónicos acababan de arrojarse sobre la Prusia con fuerzas menores y más escaso poder que los templarios, fundando un estado cuyo esplendor y fuerza han ido aumentándose hasta nuestros días. Su número era indudablemente reducido, pero su espíritu altivo y resuelto, su organización fuerte y compacta, su experiencia en las armas y su temible caballería, contrabalanceaban ventajosamente las fuerzas inertes y pesadas que podía oponerles en aquella época la Europa feudal.

Para conjurar todos estos riesgos, imaginó Felipe el Hermoso, rey de Francia, la medida política, sin duda, de aspirar al maestrazgo general de la orden que todavía llevaba el nombre de ultramarino; pero el desaire que recibió, junto con la codicia que le inspiró la vista del tesoro del Temple en los días que le dieron amparo contra una conmoción popular, acabó de determinar su alma vengativa a aquella atroz persecución que tiznará eternamente su memoria. El Papa, que como único juez de una corporación eclesiástica debía oponerse a las ilegales invasiones de un poder temporal, no se atrevía a contrariar al rey de Francia, temeroso de ver sujeta a la residencia de un concilio general la vida y memoria de su antecesor Bonifacio, como Felipe con toda vehemencia pretendía. De aquí resultaba que muchas gentes, y en especial los eclesiásticos, que veían la tibieza con que defendía la cabeza de la Iglesia la causa de los templarios, se inclinaban a lo peor; como generalmente sucede, y, de este modo las viles y monstruosas calumnias de Felipe, cada día adquirían más popularidad y consistencia entre una plebe supersticiosa y feroz.

Aunque entre los templarios españoles la continua guerra con los sarracenos conservaba costumbres más puras y, acendradas y daba a su existencia un noble y glorioso objeto de que estaban privados en Francia, también es cierto que los vicios consiguientes a la constitución de la orden no dejaban de notarse en nuestra patria. Por otra parte, el Temple, en último resultado, era una orden extranjera cuya cabeza residía en lejanos climas, al paso que a su lado crecían en nombre y reputación las de Calatrava, Alcántara y Santiago, plantas indígenas y espontáneas en el suelo de la caballería española y capaces de llenar el vacío que dejaran sus hermanos en los escuadrones cristianos. Toda comparación, pues, entre unas órdenes y la otra debía perjudicar a la larga a los caballeros del Temple, y por otra parte, conociendo los estrechos vínculos de su hermandad, difícil era separarlos de la responsabilidad de las acusaciones de la corte de Francia. De manera que los templarios españoles, algo más respetados y un poco menos aborrecidos que los de otros países, no por eso dejaban de ser objeto de la envidia y codicia para los grandes y de aversión para los pequeños, perdiendo sus fuerzas y prestigio en medio de la especie de pestilencia moral que consumía sus entrañas.

Estas reflexiones que, a riesgo de cansar a nuestros lectores, hemos querido hacer para explicar la rápida grandeza y súbita ruina de la orden del Temple, se habían presentado muchas veces al carácter meditabundo y grave del maestre de Castilla, y sido causa de la melancolía y abstraimiento que en él se notaba de mucho tiempo atrás; pero la mayor parte de sus súbditos lo achacaban a la piedad, un poco austera, que había distinguido siempre su vida. Don Álvaro, como ya hemos indicado, más ardiente y, menos reflexivo, no acertaba a explicarse el desaliento de una persona tan valerosa y cuerda como su tío, y así es que al día siguiente caminaba la vuelta de Carracedo, algo más divertido en sus propias tristezas y zozobras que no preocupado de los riesgos que amenazaban a sus nobles aliados. De la plática que iba a tener con el abad de Carracedo pendían tal vez las más dulces esperanzas de su vida, porque aquel prelado, como confesor de la familia de Arganza, ejercía grande influjo en el ánimo de su jefe. Por otra parte, su poder temporal le daba no poca consideración y preponderancia, porque después de la bailía de Ponferrada, nadie gozaba de más riquezas ni regía mayor número de vasallos que aquel famoso monasterio.

Don Rodrigo caminaba, pues, combatido de mil opuestos sentimientos, silencioso y recogido; sin hacer caso, ora por esto, ora por la poca novedad que a sus ojos tenía, del risueño paisaje que se desplegaba alrededor a los primeros rayos del sol de mayo. A su espalda quedaba la fortaleza de Ponferrada; por la derecha se extendía la dehesa de Fuentes Nuevas con sus hermosos collados plantados de viñas que se empinaban por detrás de sus robles; por la izquierda corría el río entre los sotos, pueblos y praderas que esmaltan su bendecida orilla y adornan la falda de las sierras de la Aguiana, y al frente descollaba por entre castaños y, nogales casi cubierta con sus copas y en vergel perpetuo de verdura, la majestuosa mole del monasterio fundado, a la margen del Cúa, por don Bernardo el Gotoso y reedificado y ensanchado por la piedad de don Alonso el emperador, y de su hermana doña Sancha. Cantaban los pájaros alegremente, y el aire fresco de la mañana venía cargado de aromas con las muchas flores silvestres que se abrían para recibir las primeras miradas del padre del día.

¡Delicioso espectáculo, en que un alma descargada de pesares no hubiese dejado de hallar goces secretos y vivos!

Gracias a la velocidad de Almanzor, que don Álvaro había ganado en la campaña de Andalucía de un moro principal a quien venció, pronto se halló a la puerta del convento. Guardábanla dos como maceros, más por decoro de la casa que no por custodia o defensa, que hicieron al señor de Bembibre el homenaje correspondiente a su alcurnia, y tirando uno de ellos del cordel de una campana avisó la llegada de tan ilustre huésped. Don Álvaro se apeó en el patio, y acompañado de dos monjes que bajaron a su encuentro y de los cuales el más entrado en años le dio el ósculo de paz, pronunciando un versículo de la Sagrada Escritura, se encaminó a la cámara de respeto en que solía recibir el abad a los forasteros de distinción. Era esta la misma donde la infanta doña Sancha, hermana del emperador don Alonso, había administrado justicia a los pueblos del Bierzo, derramando sobre sus infortunios los tesoros de su corazón misericordioso, gracioso aposento con ligeras columnas y arcos arabescos con un techo de primorosos embutidos al cual se subía por una escalera de piedra adornada de un frágil pasamano. Una reducida, pero elegante galería, le daba entrada y recibía luz de una cúpula bastante elevada y de algunos calados rosetones, todo lo cual, junto con los muebles ricos, pero severos, que la decoraban le daban aspecto majestuoso y grave.

Los religiosos dejaron en esta sala a don Álvaro por espacio de algunos minutos, al cabo de los cuales entró el abad. Era este un monje como de cincuenta años, calvo, de facciones muy marcadas, pero en que se descubría más austeridad y rigor que no mansedumbre evangélica; enflaquecido por los ayunos y penitencias, pero vigoroso aun en sus movimientos. Se conocía a primera vista que su condición austera y sombría, aunque recta y sana, le inclinaba más bien a empuñar los rayos de la religión que no a cubrir con las alas de la clemencia las miserias humanas. A pesar de todo, recibió a don Álvaro con bondad, y, aun pudiéramos decir con efusión, atendido su carácter, porque le tenía en gran estima; y después de los indispensables comedimientos, se puso a leer la carta del maestre. A medida que la recorría iban amontonándose nubarrones en su frente dura y arrugada; tristes presagios para don Álvaro; hasta que, concluida por último, le dijo con su voz enérgica y sonora:

-Siempre he estimado a vuestra casa; vuestro padre fue uno de los pocos amigos que Dios me concedió en mi juventud, y vuestro tío es un justo, a pesar del hábito que le cubre; pero ¿cómo queréis que yo me mezcle ahora en negocios mundanos, ajenos a mis años y carácter, ni que vaya a desconcertar un proyecto en que el señor de Arganza piensa cobrar tanta honra para su linaje?

-Pero, padre mío -contestó don Álvaro-, la paz de vuestra hija de penitencia, el amor que la tenéis, la delicadeza de mi proceder y tal vez el sosiego de esta comarca, son asuntos dignos de vuestro augusto ministerio y, del sello de santidad que ponéis en cuanto tocáis. ¿Imagináis que doña Beatriz encuentra gran ventura en brazos del conde?

-Pobre paloma sin mancilla -repuso el abad con una voz casi enternecida-; su alma es pura como el cristal del lago de Carucedo, cuando en la noche se pintan en su fondo todas las estrellas del cielo, y ese reguero de maldición acabará por enturbiar y. amargar esta agua limpia y serena.

Quedáronse entrambos callados por un buen rato, hasta que el abad, como hombre que adopta una resolución inmutable, le elijo:

-¿Seríais capaz de cualquier empresa por lograr a doña Beatriz?

-¿Eso dudáis, padre? -contestó el caballero-; sería capaz de todo lo que no me envileciese a sus ojos.

-Pues entonces -añadió el abad-, yo haré desistir a don Alonso de sus ambiciosos planes, con una condición, y es que os habéis de apartar de la alianza de los templarios.

El rostro de don Álvaro se encendió en ira, y enseguida perdió el color hasta quedarse como un difunto, en cuanto oyó semejante proposición. Pudo, sin embargo, contenerse, y se contentó con responder, aunque en voz algo trémula y cortada.

-Vuestro corazón está ciego, pues no ve que doña Beatriz sería la primera en despreciar a quien tan mala cuenta daba de su honra; la dicha siempre es menos que el honor. ¿Cómo queríais que faltase en la hora del riesgo a mi buen tío y a sus hermanos? ¡Otra opinión creí mereceros!

-Nunca estuvo la honra -respondió el abad con vehemencia-en contribuir a la obra de tinieblas, ni en hacer causa común con los inicuos.

-¿Y sois vos -le preguntó el caballero con sentido acento-, un hijo de San Bernardo, el que habla en esos términos de sus hermanos? ¿Vos oscurecéis de esta manera la cruz que resplandeció en la Palestina con tan gloriosos rayos, y que ha menguado en España las lunas sarracenas? ¿Vos humilláis vuestra sabiduría hasta recoger las hablillas de un vulgo fiero y maldiciente?

-¡Ah! -repuso el monje con el mismo calor, aunque con un acento doloroso-; ¡pluguiera al cielo que solo en boca de la plebe anduviese el nombre del Temple!, pero el Papa ve los desmanes del rey de Francia sin fulminar sobre él los rayos de su poder, y ¿pensáis que así abandonaría sus hijos, no ha mucho tiempo de bendición, si la inocencia no los hubiera abandonado antes? El jefe de la Iglesia, hijo mío, no puede errar, y si hasta ahora no ha recaído ya el castigo sobre los delincuentes, culpa es de su corazón benigno y paternal. ¡Oh dolor! -añadió levantando las manos y, los ojos al cielo-. ¡Oh vanidad de las grandezas humanas! ¿Por qué han seguido los caminos de la perdición y, de la soberbia desviándose de la senda humilde y segura que les señaló nuestro padre común? Por su desenfreno, acabamos de perder la Tierra Santa, y ya será preciso pasar el arado sobre aquel alcázar a cuyo abrigo descansaba alegre la cristiandad entera, pero se ha convertido ya en templo de abominación.

Don Álvaro no pudo menos de sonreírse con algo de desdén, y, dijo:

-Mucho será que a tanto alcancen vuestras máquinas de guerra.

El abad le miró severamente, y sin hablar palabra le asió del brazo y le llevó a una ventana. Desde ella se divisaba una colina muy hermosa, sombreadas sus faldas de viñedo al pie de la cual corría el Cúa, y, cuya cumbre remataba, no en punta, sino en una hermosa explanada con el azul del cielo por fondo. Un montón confuso de ruinas la adornaba; algunas columnas estaban en pie, aunque las más sin capiteles; en otras partes se alcanzaba a descubrir algún lienzo grande de edificio cubierto de yedra, y todo el recinto estaba rodeado aún de una muralla por donde trepaban las vides y zarzas. Aquel «campo de soledad mustio collado» había sido el Berdigum romano.

Bien lo sabía don Álvaro, pero el ademán del abad y la ocasión en que le ponía delante aquel ejemplo de las humanas vanidades y soberbias le dejó confuso y silencioso.

-Miradlo bien -le dijo el monje-, mirad bien uno de los grandes y muchos sepulcros que encierran los esqueletos de aquel pueblo de gigantes. También ellos en su orgullo e injusticia se volvieron contra Dios como vuestros templarios. Id pues, id como yo he ido en medio del silencio de la noche, y preguntad a aquellas ruinas por la grandeza de sus señores; id, que no dejarán de daros respuesta los silbidos del viento y el aullido del lobo.

El señor de Bembibre, antes confuso, quedó ahora como anonadado y sin contestar palabra.

-Hijo mío -añadió el monje, pensadlo bien y apartaos, que aún es tiempo, apartaos de esos desventurados sin volver la vista atrás, como el profeta que salía huyendo de Gomorra.

-Cuando vea lo que me decís -respondió don Álvaro con reposada firmeza-, entonces tomaré vuestros consejos. Los templarios serán tal vez altaneros y destemplados, pero es porque la injusticia ha agriado su noble carácter. Ellos responderán ante el soberano pontífice y su inocencia quedará limpia como el sol. Pero, en suma, padre mío, vos, que veis la hidalguía de mis intenciones, ¿no haréis algo por el bien de mi alma y, por doña Beatriz a quien tanto amáis?

-Nada -contestó el monje-, yo no contribuiré a consolidar el alcázar de la maldad y del orgullo.

El caballero se levantó entonces y le dijo:

-Vos sois testigo de que me cerráis todos los caminos de paz. ¡Quiera Dios que no os lo echéis en cara alguna vez!

-El cielo os guarde, buen caballero -contestó el abad-, y os abra los ojos del alma.

Enseguida le fue acompañando hasta el patio del monasterio, y después de despedirlo se volvió a su celda donde se entregó a tristes reflexiones.

Capítulo V