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¿Alguna vez soñaste que tenías mucho miedo, pero no podías gritar porque algo tapaba tu boca? ¿Alguna vez soñaste que mirabas el abismo a los ojos de tal forma que caías en él? ¿Alguna vez soñaste que los monstruos de tu infancia te perseguían hasta llevarte al límite entre la vida y la muerte? ¿Alguna vez despertaste y, al abrir los ojos, te diste cuenta de que tus pesadillas seguían ahí? Emma nos va a contar su historia; una historia llena de miedos, sueños, recuerdos y abismos. Ella se animará a adentrarse en la oscuridad de su alma para buscar sus monstruos y enfrentarlos. Luchará contra todo lo que es, y contra lo único que conoce: machismo, violencia y dolor. De la mano de su terapeuta, recorrerá los rincones más sombríos de su ser, intentando no perderse en ellos. Intentará romper el silencio que la enferma y soltar el pasado para vivir un presente libre. Querrá tomar de una vez las riendas de su vida para, al fin, empoderarse. Pero… ¿lo logrará?
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Seitenzahl: 146
Veröffentlichungsjahr: 2020
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Romero, Jésica
El silencio roto / Jésica Romero. - 1a ed . - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
150 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-596-9
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Psicológicas. 3. Psicodrama. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2020. Romero, Jésica
© 2020. Tinta Libre Ediciones
Agradecimientos
A Santiago, que relegó horas de juego para que mamá pudiera seguir escribiendo. ¡Gracias por la paciencia y la comprensión! Deseo que algún día leas este libro y aprendas de él que la vida es simple con la compañía indicada, que muchas veces hay que dar un paso al costado para cuidarse a sí mismo y que la fortaleza de una persona nace en el amor a sí mismo.
A mi familia y amigos, que siempre me alentaron a escribir esta historia y me leyeron con paciencia y amor.
Carlos, gracias por ayudarme a ser quien soy hoy. Espero que puedas estar orgulloso de mí.
Claudia, ojalá hubieses podido romper tu silencio a tiempo.
Siempre estarás en mi corazón y presente en mi vida.
El silencio roto
Jésica Romero
Prólogo
Emma es una chica común, en sus treintas, con ambiciones personales, un espíritu magnánimo y con un corazón libre, pero algo oscuro turba su alma: una cárcel cuyos barrotes son los lazos enfermizos que la han tenido atada desde que tiene memoria.
Se siente invisible, atormentada, acorralada por el dolor y la tristeza.
Es momento de cambiar, y se decide a intentar la última terapia de su vida. Se promete a sí misma no volver a otro terapeuta nunca más... Esta es, sin duda, su última oportunidad.
Se adentra en una oscuridad habitual para ella, pero aun así desconocida, se encuentra con monstruos de su infancia y se anima a enfrentarlos.
¿Estará dispuesta a cambiar en su vida todo aquello que la ata?
¿Estará dispuesta a soltar y comenzar de nuevo?
Emma nos presenta su historia, una historia que cuenta en primera persona las consecuencias de haber sufrido violencia y maltrato constantes. ¿Estas consecuencias la llevarán a la muerte? ¿O será acaso capaz de renacer a tiempo?
I
—Él no va a encontrarme acá… Shhhhh... Mami, no le digas nada… Shhhhh…
Abrí un ojo para espiarlo, vi que le da un beso a mami… lo cerré rápido antes de que me viera… la sábana me tapaba… pero sabía que si yo no lo veía, él tampoco me podía ver…. «Nunca va a encontrarme acá», pensé. Me dieron ganas de reírme, pero hice fuerza con la boca para aguantarme… Hice fuerza con los ojos para no abrirlos… y escuché su voz:
—¿Dónde está Emma? ¿Se fue? Justo que hoy tenía ganas de jugar a las cosquillas…
Sin poder aguantarme, tomé el borde de las sábanas de la cama de mis papás con mis dos manos, las hice a un lado tan rápido como pude y abriendo grandes los ojos, grité:
—¡¡¡¡Buuuuuuu!!!!
Papá se asustó y luego empezó a hacerme unas interminables cosquillas que hicieron que me doliera la panza y que me pusiera totalmente chinita de tanto reír…
—¿Por qué llorás? ¿Por qué un recuerdo tan feliz te entristece tanto?
—A veces no sé si fueron realmente recuerdos felices… o es un invento de mi imaginación para creer que alguna vez fui feliz.
—¿Y ahora? ¿Sos feliz ahora?
—Es difícil pensar que con la vida que tengo hoy puedo ser feliz.
—¿Sabías que la felicidad es un concepto totalmente independiente de las circunstancias de la vida? La felicidad no es un sentimiento, es un estilo de vida… Es la decisión y voluntad de darle sentido a todo lo que hagas, sientas, vivas… aun si aquello que vivís no es lo que quisieras ni lo que elegís.
—¿Vos me estás diciendo que con la vida de mierda que llevo tengo que conformarme y sonreír?
—No, te digo que entre la vida de mierda que llevás y la vida perfecta que soñás, hay grises. Y en esos grises se puede ser feliz. Nadie tiene todo lo que pretende ni hay perfección en cada momento. Pero uno puede hacer cada momento perfecto si le pone la voluntad de positivizar aquello n… —La interrumpí.
—¿En qué universidad te enseñaron la psicología barata por la que me cobrás una fortuna? Y hablando de eso, estoy pensando en mandarle a él las facturas. Después de haberme arruinado la vida, como mínimo puede pagarme la terapia…
—No creo que tu vida deba darse por arruinada…
Caminaba por la avenida mirando los cordones de mis All Stars. Estaban desatados. No quería atarlos. Necesitaba sentirme rebelde. ¿Quién dijo que los cordones deben atarse?
¡Él me dijo que los cordones van atados… mierda! “Atate esos cordones que si te caés, encima te pego”. No creo que me haya pegado alguna vez por haberme caído por unos cordones sueltos. Pero tampoco me animé jamás a no atarlos cuando él lo decía.
«¡Hoy no voy a atarlos… y ojalá me caiga! ¡Y fuck you! A vos, a los cordones, a caerse por los cordones sueltos y a las malditas zapatillas que vienen con cordones».
Cuando llegué a la plaza, me di cuenta de que había caminado unas diez cuadras solo peleándome con los cordones. «No sé para qué hago terapia, si sigo enojada, cada vez más». Lloré de bronca y porque pagarle a esa robasueldos no cambió mis deseos ni mi no-feliz vida.
Llegué a casa después de caminar por casi una hora y media. El frío me congelaba las mejillas, sentía la boca reseca del viento y necesitaba que me amputaran la mano derecha por venir fumando todo el camino. Pero fumar y caminar ¡era lo único importante en este día!
Entré a casa. Subí la calefacción al máximo, me puse las pantuflas, me saqué la campera y pegué el culo al calefactor… Alejé la ropa de mi cuerpo buscando el calor inmediato en mi piel y al primer parpadeo me vino la imagen nítida:
—¡Bajá el calefactor! Si tenías tanto frío, no hubieses caminado tanto, ¡hueca!
En realidad, no creía que esa imagen hubiera pasado realmente, pero era lo que él me habría dicho. Apreté los ojos bien fuerte y sacudí la cabeza diciéndome a mí misma que ya fue suficiente por un día. Me froté las manos al calor del calefactor. Unos segundos después, volví a ponerlo en piloto.
II
El cuchillo golpeaba los barrotes de la reja de la ventana… Él caminaba de un lado hacia el otro y me decía con una voz calma:
—Abrime. —Aunque se notaba que apretaba sus dientes.
Corrí a cerrar la puerta. Él corrió también hacia la ventana más cercana de donde yo estaba. Quería esconderme, sentirme segura, pero era imposible: él estaba afuera, pero sentía también que estaba adentro, anticipando cada paso que yo daba y hasta las palabras que me decía…
—No tengas miedo, mirame por la ventana.
Sabía que mirarlo no era bueno, pero ¿cómo hacer algo contrario a lo que él dijera? Lo espié a través de la cortina, esperando que no me viera. De golpe, el vidrio explotó en mil pedazos y logró tomarme la mano y acercarme a él. Antes de darme cuenta, el cuchillo estaba en mi cuello y él con los dientes apretados diciéndome:
—Basura, te voy a matar.
Salté del susto intentando, con una bocanada, tomar todo el aire que había faltado en mis pulmones por más tiempo del que debía. Me sentí perdida, asustada y con un dolor muy fuerte en donde él había apretado con el cuchillo. Salté de la cama para poder mirar por la ventana. Me volví a acostar silenciosamente, escuchando los ruidos de afuera. Mi corazón latía tan rápido que todavía no entiendo si estaba afuera o solo dentro de mi mente. Volví a taparme, cerré los ojos e intenté dormir, con las manos en mi garganta….
—Quizás de ahí venga tu miedo a que te toquen el cuello.
—No me digas…
—Me refiero a que tu miedo a no poder respirar, a morir asfixiada, a que te ahorquen tiene un por qué. ¿Alguna vez él hizo algo de esto a tu mamá o a vos?
—A mí jamás, pero recuerdo que una vez la ahorcó contra la puerta, yo los vi. Creo que quise defenderla. La puerta siempre quedo marcada, todavía lo está.
—Y ese día, ¿él tenía un cuchillo?
—No sé. No lo recuerdo. No sé si ese día también intentó matarla con un cuchillo. Sé que eso pasó algunas veces, no sé si fue el mismo día que la quiso ahorcar.
—¿Vos creés que él quería matarla?
—Yo creo que, si ella no se moría, iba a llegar el momento en que él la matara. Mamá tuvo suerte…
—¿Por morirse?
—Por no morir ahorcada o acuchillada.
—¿Por qué tanto miedo ahora? Pasaron los años, ya no vivís con él. Es más, varias veces me dijiste que su relación mejoró.
—No sé. Decime vos por qué estos sueños de mierda siguen ahí, ¡si supuestamente te pago para que no pase más!
—Me pagás para que te ayude a resolver tus miedos, angustias. No puedo manejar tus sueños.
—Si volviera a tomar algo para dormir... no soñaría.
—Tenerte medicada no va a solucionar la razón de tus sueños. Volvamos al por qué… ¿Por qué seguís teniendo el miedo?
—No le tengo miedo, solo sé de lo que es capaz…
Bajé las escaleras casi corriendo. Abrí la puerta y al poner un pie en la vereda, el viento pegó como con un látigo en mi cara. Abroché mi campera, puse las manos en los bolsillos y empecé a caminar. Las lágrimas recorrían mis mejillas y se secaban con el viento antes de caer en mi ropa.
A veces no sé de dónde saco esta cantidad de lágrimas… Mis hermanos siempre se burlan de mí, hasta se enojan porque lloro fácil. Ojalá fuera más fuerte… Es que, las cosas me duelen, me duelen con facilidad, rápido, de manera profunda. Me duele y lloro. Es mi forma de ser. No es que exagero… Exagerar sería hacerlo adrede, sentir algo y maximizar lo que muestro de ese sentimiento. Yo no hago eso, yo realmente muestro lo que siento y siento lo que muestro…. Creo que es porque estoy profundamente lastimada y cuando pasa algo que apenas roza una de esas heridas, hace que el dolor más profundo se renueve, se reavive como una brasa apagada que se sopla.
Y así como las lágrimas brotan por mis ojos, miles de imágenes y recuerdos vuelven a mi mente. Y todo vuelve a empezar… Como una maldita rueda. Una rueda que gira y gira, aplastando todo lo que está a su paso, sin poder parar, sin saber si la rueda gira sola, solo porque debía girar, o si gira porque alguien la obligó a ello. ¿Puede la rueda dejar de girar? Y si ya no lo hiciera, ¿no dejaría de ser aquello que la hace ser lo que es, una rueda?
Volví corriendo. Toqué el timbre del portero.
—¿Quién es?
—Tengo miedo a dejar de ser rueda.
—¿Qué?
—Si lo dejo atrás… si dejo de tenerle miedo, no soy nada. Soy esto gracias a él. No sé ser de otra forma.
La puerta se abrió, y me di cuenta de que quería que subiera. Pero ya no estaba cerca del portero eléctrico, así que no entendía que decía. Solo sostenía la puerta. Sabía que si volvía, ella iba a querer convencerme de lo mucho que valgo y de cuánto logré por mí misma. Seguí escuchando su voz sin entender lo que me decía… Solté la puerta y salí corriendo. El miedo a no ser nada fue más fuerte que el miedo a ser este ser deprimente que vive atado al pasado.
Llegué a casa cansada. El cuerpo me pesaba como nunca antes. Sentía un dolor terrible en las piernas, en los brazos. Imagino que en algún momento tensé tanto mi cuerpo que cada músculo sintió el pánico que sentía mi cabeza.
No abrí las cortinas, la luz del día no era algo que quería dentro de mi casa... Me saqué la mochila vacía que llevaba, la campera y las tiré en el sillón. Prendí la tele y busqué algo para comer. Abrí la heladera y puse en un plato todo lo que encontré: papas fritas que habían sobrado de la cena de ayer, pizza y un poco de esa salsa rara que trajo Germán. Miré el plato, era mucho, pero poco considerando la angustia oral que tenía, en realidad estaba segura de que ni toda comida del mundo llenaría el vacío interior que sentía. Empecé a comer, solo quería sentirme mejor.
Mientras comía, comencé a preguntarme si alguien me extrañaría ante la posibilidad de que yo dejara de existir. No sé si estaba pensando en matarme, sé que necesitaba encontrar una razón para creer que era lo suficientemente valiosa como para que alguien me extrañara…
Creo que las horas pasaron mientras pensaba en eso, no recuerdo si lloré o no. De pronto, decidí que hablar con él podría calmarme y, quizás con suerte, hasta me hiciera sentir mejor.
—Hola, perdón si te molesto, te llamo en otro momento.
—Hola, puedo hablar. ¿Qué paso?
—No, nada.
—Okey. ¿Vas a hablarme?
—Perdón, no debí llamarte. No quería molestarte, so…
—No molestás. ¿Qué pasa?
—Solo quería preguntarte si me amás.
—…
—No, no quería preguntarte eso. Yo sé que no me amas. En realidad, quiero saber por qué, ¿qué hice para que dejaras de amarme? ¿Por qué no fui suficiente para que me eligieras?
—No sos vos. Solamente no puedo. Es lo que soy.
—¿Nunca vas a volver a amarme?
—Creo que no.
—¿Creés? ¿Eso quiere decir que no estás seguro?
—No sé. Yo estoy bien, y estar juntos no es algo bueno, algo que nos haga bien.
—Claro, yo siempre soy el error en tu vida. —«Y en la vida de todos», pienso.
—No es así. Lo sabés. Soy yo.
—No, soy yo.
Corté el teléfono sin escuchar la respuesta, me tapé la boca intentando ahogar un grito de dolor…. Mi cuerpo se tensó tanto que no podía evitar apretar mis manos, golpear mis pies uno con el otro ni enrollar mi cuerpo todo lo posible. Mis manos se llevaron la peor parte… mis uñas empezaron a lastimar el interior de ellas hasta dejar marcas, no las podía ver, no podía dejar de apretar mis ojos y llorar casi a gritos, pero me dolían y sabía que tenía marcas. Sentía que el aire que entraba a mis pulmones no era suficiente, mi cabeza empezó a doler fuerte, muy fuerte, y mi corazón latía rápido, como si fuera a salir de mi pecho.
No sé si pasaron segundos u horas, solo sé que el dolor que sentía necesitaba salir de mi cuerpo e intentaba hacerlo con la fuerza de mil caballos salvajes. Quería terminar con ese dolor, necesitaba que terminara. Me levanté del sillón, me tambaleé como pude hasta la cocina, busqué arriba del microondas. Revolví todo rápido, quería que el dolor se terminara, me dolía todo, no tenía equilibro, mi cuerpo estaba abrumado, tenía espasmos de dolor… quería que se terminara. Las encontré, las puse en mi mano y las tomé. Haberlas tomado me tranquilizó instantáneamente, mientras me repetía el mantra: “Ya va a pasar”. Llegué al sillón de nuevo y me dormí.
III
Escuché golpes, quise abrir los ojos, pero no pude… estaban pesados. Volví a dormirme.
Terminé de servirme jugo y al estirar el brazo para apoyar la jarra, lo volqué. No terminé de darme cuenta de lo que acababa de hacer que ya escuché un grito estrepitoso que iba directo de mis oídos a mi corazón, que empezaba a latir tan rápido que creí que iba a salirse de mi pecho:
—¡Sos pelotuda, no pensás! ¡Te dije que tengas cuidado! Sos una inútil.
—Perdón.
Salí corriendo a buscar lo que fuera para limpiar, mientras mi mamá salía detrás de mí sin decir una palabra. Aunque me miraba con desaprobación y sabía que interiormente se estaba preguntando: «¿Siempre lo mismo?», no se animaba a hablar por miedo a merecerse un grito. Volvimos a la mesa, intentamos limpiar todo cuanto pudimos, pero los gritos siguieron, ya no para mí sola. Solo pensé por qué se metió, si yo ya estaba recibiendo gritos, no me defendió, pero se metió, y eso para él era lo mismo.
Sentí una luz brillante dándome en la cara, volví a escuchar golpes, pero esta vez hice el esfuerzo de abrir los ojos. Todo me daba vueltas. Agarrándome muy fuerte del apoyabrazos del sillón, intenté componerme. Quise gritar “Ya voy” solo para que dejaran de golpear; me dolía mucho la cabeza, pero mi voz no salía... Llegué a la puerta tambaleándome, me agarré del picaporte y espié por la ventana. Mi corazón dejó de latir: era él.
Intenté abrir todo lo más rápido que podía, cuando escuché del otro lado:
—Dale, nena, apurate. ¿Qué mierda te pasó? Tu hermana me llamó preocupada, porque no le atendés el teléfono.
Ya había abierto la puerta de madera, podía verlo, pero no quería abrir la puerta-reja, así que me hice la que no encontraba la llave. Una puerta que me mantuviera alejada de él era lo que necesitaba. Necesitaba sentirme a salvo.
—Me siento muy mal. Creo que estoy enferma. No escuche el teléfono —le dije mientras intentaba recordar qué día era y por qué había dormido tanto.
Recordé las pastillas, mientras me daba cuenta de que estaba viva. De golpe, sentí de nuevo un pesar interior, como si el techo bajara de golpe, el aire se pusiera espeso, se redujera el espacio y ese peso incalculable me empujara hacia el suelo: no me había muerto, pero me sentía muerta. Mis piernas me pesaban, mis brazos hormigueaban, mi cuerpo emanaba un olor espantoso, casi cadavérico. Me di cuenta de que este hombre que me mató por dentro durante años acababa de salvarme la vida. No le bastó con dármela, ahora también la salvaba.
