El síndrome Chéjov - Miguel Ángel Muñoz - E-Book

El síndrome Chéjov E-Book

Miguel Ángel Muñoz

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"El mundo del relato es el del atajo, y para desbrozarlo no sirve el machete, sino la navaja". Con estas palabras incluidas en el prólogo de "El síndrome de Chéjov", nos encontramos ante un libro de cuentos que deslumbra desde la contundencia y la claridad de sus propuestas preliminares en torno al género. Miguel Ángel Muñoz se nos muestra como un cuentista puro, en estado constante de acierto narrativo en su propuesta literaria, en incesante búsqueda de la dicha del lector a través del arte de la sugestión y la sugerencia. Y todo ello bajo el síndrome de la buena literatura, bajo el síndrome de Chéjov. "Un dominio de la narración exuberante, con una contención y una atención por los detalles excepcional" Emiliano Molina "Construye un mundo particular consciente de que con su mirada ofrece ese curioso envés que nos proporcionan los detalles más nimios de nuestra vida" Pedro M. Domene "Su escritura congrega materiales diversos, pero siempre regidos por esa humanidad que no es producto de la evasión ni del sentimentalismo, sino de una visión tan ecuánime como insobornable ante los desastres de la especie" Marta Aponte Alsina

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Seitenzahl: 198

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Miguel Ángel Muñoz

Miguel Ángel Muñoz, El síndrome Chéjov

Primera edición digital: mayo de 2016

ISBN epub: 978-84-8393-566-8

© Miguel Ángel Muñoz, 2006

© De la fotografía de cubierta, Gettyimages, 2006

© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2016

Voces / Literatura 59

Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Editorial Páginas de Espuma

Madera 3, 1.º izquierda

28004 Madrid

Teléfono: 91 522 72 51

Correo electrónico: [email protected]

Para Blanca.

El relato, que nació como cuento –contar un cuento, acto intenso y breve de transmisión de historias– se enfrenta, cuando el escritor lo toma como modo de expresión propia, con educadas reticencias y censuras. El escritor de relatos, de libros de relatos, envidia la suerte del novelista, a quien le basta la culminación de su obra y la confianza de un editor para que cesen las suspicacias y su novela pase a existir: criticada en casos excepcionales, reseñada las más de las veces, será objeto de burla o ­halago, escarnio o alabanza. Vendida o maldita, recomendada o ignorada, la novela ha conseguido que no se la cuestione per se, como artefacto, que nadie conceda o niegue el privilegio de la existencia a la marca registrada «novela». Sus perfiles –que el escritor contemporáneo sabe imprecisos– parecen nítidos para el reseñista y el público en general. Por más que se les disfrace de nivolas o de purgas del corazón, en la novela puede despertar desconfianza la carga que atesta la sentina, el rostro mal­encarado del capitán que conduce la nave o el agua veloz o pútrida que recorre el casco del barco, pero lo que no suele ser objeto de discusión es el barco mismo. Parece que todos, como Larsen, hayamos trabajado en un astillero y conozcamos sin esfuerzo la diferencia entre un ­balandro y una goleta, una corbeta y un velero, y admiremos esos inventos sin preguntarnos para qué sirven hoy día o a qué logros nos conducen, extasiados por el prestigio de su belleza como en aquel western, Winchester 73, en el que un rifle perfecto, «uno entre mil», pasaba de mano en mano deslumbrando a los que lo poseían por breve tiempo sin que la naturaleza metálica y guerrera del arma despertase inquietud alguna, ni preguntas, únicamente el ferviente deseo de poseerla y dispararla. Del mismo modo, comprar la novela y leerla.

El novelista, astuto, escribirá de vez en cuando, eso sí, artículos a doble página en los que proclamará sin género alguno de dudas la consabida y quejosa «muerte de la novela». La reflexión sobre la muerte de la novela no es más que el intento elegante del escritor por seguir haciéndose oír como intelectual en una época que sólo le admite como novelista.

Añora protagonizar una sorda lucha en la que se debata, pero nunca se cuestione, su influencia social. Si el escritor ha perdido ya el control de los ricos salones sociales y su voz suena hueca al oído del poder político, permítasele al menos la presencia constante en los medios de comunicación y el control de la mayoría de los países que recorren el mapa en que se convierte la superficie habitable de las librerías.

Debería alejar de mí esta nociva ironía. Al escritor de relatos siempre le quedará el estímulo gozoso de la lectura de aquellos escritores que le enseñaron a amar el género y que siguen siendo publicados y leídos. Porque se publican más libros de relatos que nunca, y debería colegirse de esto que lo insinuado más arriba no es sino la neurótica necesidad del novato escritor de reclamar un espacio propio. La maquinaria industrial atiende a este género como es debido, podría replicarse. Quizás sea cierto, y ante esa relativa buena salud literaria –con magníficos autores que dedican bellas colecciones a este género; todas las editoriales publican sin parar libros de relatos–, este prólogo, del que los lectores impacientes ya se deberían haber evadido, no exista sino como réplica también quejosa a los lloros de los amigos novelistas.

Para mí está claro. En España al relato se le respeta, pero no se le admira. El escritor, que por naturaleza es uno y a veces hasta trino –novelista, cuentista, poeta–, una vez se ha integrado en la maquinaria productiva edi­torial, se alejará con rapidez –por grande que sea su amor hacia él– del cultivo del relato. Las editoriales aconsejan a los autores de relatos el paso a la novela, también los agentes literarios –la venta del autor es su venta, su beneficio se mira en el beneficio del escritor, y será siempre mayor en la novela– y uno ha sentido pesar al leer reseñas de críticos por lo general atentos y brillantes sobre fantásticos libros de relatos escritos por autores españoles en las que la coda final era una invitación urgente al autor a su paso a la novela. «Si uno sortea el vado del relato, el siguiente obstáculo que superar es el ­arte mayor», parecen decir. Así, se provoca en el escritor una prematura y maligna escisión, por lo que normalmente decide mantener la cometa del relato a resguardo de los vientos, y entregarse a la voracidad playera y alegre y ­rica de la novela. Será precisamente en los aburridos veranos de la costa cuando se echará mano del obsceno doctor Hyde y se le pedirá al novelista que vuelva al antiguo redil y escriba alguna pequeña y fresca historia con la que entretener los enflaquecidos periódicos de agosto.

Afortunadamente, hay maestros vivos que se niegan a aceptar la consigna de que el relato sea el arte menor de la literatura, la serie B del ejercicio de la imaginación. Su tenaz persistencia en el apego a los mundos propios del relato parece un asidero calmo para los que amamos ­cada vez más este género, sin dejar de admirar también profundamente –y pretender transitar igualmente ese camino– la novela. De entre los muertos se pueden rescatar tres nombres que ratifican que la dedicación al relato como género es estimulante y plena para el escritor: Antón Chéjov, Raymond Carver y Katherine Mansfield nunca escribieron novelas, y no las necesitaron para ahondar en el mundo con sus historias. Aunque Borges, otro corto genial, añadía que en su biblioteca personal incluía novelas «porque también ellas entraron en mi vida». Así con todos los autores; pese al estamento literario –por qué no utilizar este término vagamente sociológico–, la vocación, la pasión literaria del escritor debe ser lo suficientemente fuerte para cumplir únicamente con sus íntimos proyectos literarios, sean del género que sean.

Tras esta ingenua soflama sobre el derecho del autor a escoger el medio de expresión literaria que prefiera en cada momento –y que parecería obvia e innecesaria si estos tiempos no fueran los que son– me queda responder a un último reproche que se les hace comúnmente a muchos libros de relatos: la exigencia de una coherencia interna, de una cohesión narrativa, de un tema que a modo de reconocible estribillo recorra cada uno de los cuentos que componen una colección de relatos –la palabra colección, con su aura fetichista, reconforta al que urde estas tramas leves y concisas–. Se les pide que sean un Mahler y no un Debussy. El motivo, otra vez, parece ser esa lejana añoranza de la forma novelística, ese autoritario deseo del río caudaloso y no de la bella laguna mórbida. Ese lector pretende cruzar los relatos como si saltara capítulos engarzados por una comunión de personajes identificables. El que lee de ese modo un libro de relatos pretende tan sólo permanecer a salvo, y en absoluto disfrutará de la esencia del relato corto como miniatura, principio fundamental que entendió a la perfección aquel nadador de John Cheever que recorrió el mundo atravesando las piscinas de su urbanización: «Se le ocurrió que si atajaba por el sudoeste podía llegar a su casa nadando». El mundo del relato es el del atajo, y para desbrozarlo no sirve el machete, sino la navaja.

¿Por qué el libro de relatos, propongo, no puede ser leído del mismo modo en que vivimos las semanas? Un día descubrirá intensidades o matices distintos a otro, bendito sábado, sesteado domingo, aburrido lunes, excitante martes, y así. A nadie se le ocurre opinar sobre la escasa sustancia vital de tal existir y pretender que nos expresemos en una permanente orgía megalómana con vidas anuales o quinquenales, pero nunca diarias. Un ­libro de relatos no ha de tener necesariamente un novelístico tono general, porque los libros de relatos, las colecciones de relatos pueden ser perfectamente nada más que sucesivas historias editadas con una encuadernación bella, y que el lector puede ir leyendo en el ­modo en que mejor le plazca o convenga, como imagino que se hacía en las antiguas veladas con radio de fondo.

Pero es que además, estilísticamente hablando, ya lo advirtió Francisco Ayala en el prólogo de Los usurpadores, la mejor colección de relatos escrita en España en el siglo pasado –según pienso en el momento en que esto escribo–: «El lector reparará sin ajena ayuda en cómo los requerimientos internos de cada relato han determinado la técnica de su desarrollo literario».

Tal convencimiento ha regido la elaboración de estos modestos primeros relatos: cada relato ha de buscar su voz íntima, aun a riesgo de no encontrarla en muchas ocasiones; hasta tal punto el relato ha de generar una vida propia que sólo dentro de sí puede hallar los recursos con que ser expresado, con que «nacerse», diría. Pessoa lo expresó en parecidos términos refiriéndose al hombre –siempre acaba por aparecer Pessoa–: «Somos cuentos contando cuentos, nada». En este libro se han incluido once relatos creados por otras once voces que se han pretendido distintas; he buscado en cada historia la perspectiva que más intensamente pudiera llegar a contarla, desde una prudente distancia o purgado por las ­palabras ajenas de un personaje con el que no siempre estaba ­de acuerdo. Me gustaría pensar que este volumen pue­de trasladar al lector a una sensación de feliz lectura de una hipotética recopilación de relatos de once ­autores distintos. Pienso, en todo caso, que ese puede ser un camino que seguir. Walter Benjamin distinguía entre el escritor que señalaba y el que tocaba. Quisiera investigar esta segunda opción.

Ojalá el tiempo me dé la oportunidad, a lo largo de los años, de escribir más de cien relatos que me convenzan. Sueño con recorrer la escritura de esa colección íntima con la difícil dicha absoluta que con mucha más facilidad me hicieron vivir los relatos de los otros, los mundos de los otros. Cuando veo en mis estanterías los volúmenes de cuentos completos de John Cheever, de Julio Cortázar, de Katherine Mansfield, de Raymond Carver –nunca me haré con los más de mil que se le calculan a Antón Chéjov– tengo la seguridad de que los caminos que puedo recorrer al leerlos son tan amplios y sugestivos como la más estimulante de las novelas.

Mientras tanto, sirva el anhelo de Maupassant –que algo sabía de relatos y novelas– cuando imaginaba un público que pidiera a los escritores: «Háganme algo ­bello, de la forma en que más les convenga y según su temperamento».

Soy dueño de la lluvia

–¡Mosquis, podría sacaros los ojos con un rápido mo­vimiento de esta mano!

Los niños le soltaron el traje y se alejaron corriendo por el brillante pasillo. Patinaron sobre el suelo encerado hasta chocar con las palmas de las manos abiertas contra el escaparate de la perfumería, donde acabaron sus carreras. Los padres compraban dentro de la tienda. Apenas apartó la vista un momento para fijarse en la procesión de gente que se dispersaba superadas las ­­­esc­a­­­leras mecánicas, y que muy pronto llegaría a su ­altura, pero cuando se giró los dos niños habían desapare­cido. Papá Homer Simpson-Noël –nombre artístico que ­fi­guraba en su contrato de trabajo– envidió el sabroso anonimato de la ropa y la gente común. Al cabo de tres días moviendo un cencerro de sonido hueco para llevar hasta los compradores del centro comercial el tintineo lejano de la Navidad, regalando a niños de distintos tamaños caramelos de sabores ácidos, y acariciando sus pelos suavizados por el champú del sábado por la mañana, los brazos se le dormían intermitentemente. Notaba en el estómago una angustia desmedida, provocada por la gran hebilla de metal del cinturón de su uniforme, que se le hincaba en el ombligo; aquel diminuto foso oscuro en el centro de la barriga era la marca de nuestro nacimiento, había leído una vez en una revista de divulgación científica.

Imaginó al diseñador del uniforme sentado en su regazo, contándole al oído con voz temblona los regalos que prefería ese año, y rodeó las escaleras mecánicas para regresar a su base de operaciones. Allí permanecía congelado su ostentoso trineo, con seis renos de cartón cuyas cabezas escrutaban el cielo, exhaustos por el ­esfuerzo, las patas en posición de trote y con gruesas lenguas colgando de la boca. Bramaban de alegría en la noche polar por las dádivas que el patrón barrigudo guardaba en el trineo, en un ancho saco naranja, preparadas para los niños que por ver al papá imaginario ha­bían arrastrado a sus verdaderos padres hasta el centro comercial.

Empujó la puerta enana que daba acceso a su trono y se sentó en él. A pesar de la rígida careta amarilla que figuraba al personaje de dibujos animados y del largo calcetín rojo que cubría su cabeza –fabricado con una tela arisca de tacto desagradable, y cuya borla, al caérsele el día anterior, había ennegrecido por el pisotón de un comprador despistado– apreciaba el murmullo constante de la gente que cruzaba delante del trono, refiriéndose a él como si fuera un posible regalo con el que sorprender a los sobrinos. Afortunadamente la expresión de su máscara era feliz, imperturbable, y aunque debía medir el tono mantenido y afable de su voz, sus verdaderos gestos podían entregarse relajadamente bajo la careta al cultivo de una rabia que nadie notaría. El diseñador de la máscara había procurado en el centro de los exagerados ojos saltones dos pequeños orificios, levemente estrábicos, tras los que se esforzaban por encuadrar la realidad los llamativos ojos azules del trabajador temporal.

Hacía más de una hora que ninguna madre se acercaba con su pequeño hasta él; únicamente niños salvajes y molestos se habían divertido irritándole con sus bromas malvadas. Temió que uno de los jefes pudiera estar en esos momentos observándole, sentado abúlico sobre el ciclópeo culo de espuma con que habían falseado su cuerpo, y transmitiera de él una fama indeseable a la empresa de trabajo temporal que le había procurado aquel empleo.

Activó la cinta promocional que motivaba su presencia en el cielo de aquella navidad, y en el aire metálico, encerrado, del centro comercial se oyó la sintonía de la serie de dibujos animados, y la voz del actor que doblaba a Homer Simpson invitó a todos los niños a acercarse a Papá Homer-Noël para pedirle cualquier regalo que desearan, incluido el vídeo con los capítulos de la serie.

Él se levantó del trono y cuando la música de su puesto promocional, de su palacio de felicidad infantil, se ­sobrepuso a los villancicos que el hilo musical llevaba horas repitiendo sin cansancio, comenzó a bailar respetando escrupulosamente el ritmo que le habían enseñado en un fugaz cursillo de formación. «Lo importante –le había dicho su instructor– es que los niños vean en tu cuerpo la misma felicidad que en tu cara. Esfuérzate un poco.» Había logrado en los tres días del curso que aquella danza absurda no ofendiera su educación, el respeto que aún atesoraba por su pasada carrera universitaria, ni dañara la ambición que cada periodista cultiva en su interior hasta el momento de licenciarse o un poco después. Nunca había trabajado como periodista de verdad, y su dominio del baile de Los Simpson era tan completo que en esos momentos distraía la mente reparando en el modo erróneo en que tal vez escogió sus estudios.

Los padres dirigieron la atención de sus hijos hacia aquel títere gigante. Dejaban en el suelo la bolsa con los regalos navideños seleccionados en familia la tarde antes. En su fondo, bajo una camisa o un decorativo bote lleno de flores secas, el padre había escondido algunos juguetes de pequeño tamaño, mientras la madre distraía al niño señalándole los prodigios que surgían ante ellos a cada paso. La animación creció así frente a su puesto, y él se sentó de nuevo en el solio fantástico, recuperando su majestuosa presencia.

Una madre le hizo el bondadoso ofrecimiento de su hijo. Pequeño para su edad –aunque él no fuera capaz aún de distinguir con justedad la relación entre el tamaño y la edad de los niños–, con mal color y modales tímidos, antes de que Papá Homer pudiese oponer algún ­reparo se encontró con el niño sentado sobre sus rodillas, las pezuñitas colgando en el aire y los ojos dirigidos sumisos hacia la máscara. La madre contempló la escena unos breves momentos y se volvió con disimulo hacia el escaparate de una tienda de ropa que había a sus espaldas. Papá Homer miró al niño y recorrió su cabeza con una caricia que alargó hasta el cuello. El niño miró al frente, buscando a su madre, y él notó que por el ojo derecho la bizquera de la careta le impedía la visión del pequeño. Tuvo que girar la cabeza hacia el lado y reparó en que debía parecer un ventrílocuo con su muñeco.

El niño seguía inquieto, pero le prestó una mínima atención. El ojo izquierdo de Papá Homer se inundó con el tono ictérico de la piel del pequeño, que a él le recordaba la época en que Teresa, su esposa, enfermó siendo novios, y que en el rostro del niño presagiaba un destino infeliz. Deshizo esa analogía: no quería castigar a su ­mujer con un futuro de tristeza simplemente por una enfermedad del pasado, sin importancia, con idéntico color pero matices distintos a los de la presumible enfermedad del niño. Teresa habría salido ahora de su trabajo, y daría vueltas por la casa sin saber qué hacer: salir a dar un paseo, tomar una cena liviana, hojear una revista hasta que él volviera de su trabajo.

Papá Homer la había engañado. Le contó que los del trabajo temporal le habían ofrecido un inventario en una empresa de suministros. Él había aceptado aquel trabajo ridículo para afrontar la hipoteca de ese mes, pero ella no había mostrado gesto alguno de alegría. Papá Homer estaba al tanto del progresivo desdén que sus precarios proyectos de trabajo producían en su mujer. Varias veces ella le había señalado el modo equivocado en que había conducido su vida durante los últimos años. Empeñado en conseguir un empleo consecuente con sus estudios, aceptó un trabajo de asistente en un periódico local por el que cobró unas dietas simbólicas y del que se había visto obligado a marcharse al quebrar el diario por las nulas ventas. Entonces advirtió, cuando se presentó en otros periódicos y emisoras de radio ­para pedir un empleo, hasta qué punto su callada y esforzada labor de cuatro años como chico para todo de la redacción le habían convertido en un hombre invisible, un periodista desconocido cuyo nombre vulgar no decía nada a nadie. «Fue un error que te metieras a trabajar en ese sitio; ahora has perdido un tiempo precioso», le dijeron todos los que podían contratarlo como periodista. Desde ese momento la palabra error inundó, como un río desmandado, cada parcela de su vida. Se asentó en su cabeza la cansina seguridad de que había sido un error desempeñar aquel trabajo, y un error casarse con Teresa simplemente por amor –sin estabilidad, sin seguridad monetaria alguna–, y un error estudiar aquella carrera –todos le hacían sentirse indigno: «¡Periodista!», como si fuese un vulgar abogado– y un error una vez licenciado no marcharse a vivir a Madrid, y volver a la pequeña provincia natal. Un error, en fin, haber nacido en un año como el setenta –cinco años antes o después, quizás, pero nadie previó que sus años más fértiles, los años de su formación, coincidirían con una cíclica crisis económica–.

Un error, por supuesto, seguir buceando en el loda­­zal de la desconfianza vital aceptando aquella pantomima de Papá Noël, que había ocultado a su esposa con ver­güenza. Esa sensación, irreprimible, le hacía tomar conciencia de la extrema línea de peligro por la que ­ambos danzaban, al borde del desamor definitivo y la ofensa mutua.

El niño había aprovechado sus repetitivos pensamientos para tirar de la borla del calcetín que llevaba por sombrero. «No me toques el gorro», le advirtió. El niño le observó con asco y le escupió a la máscara: «Tienes mala cara». Él sintió que el cinturón se le clavaba cada vez más en el vientre. Ofuscado, contestó: «Nene, a ti te faltan glóbulos rojos». Los intestinos se le retorcían y no pudo evitar que sus aires más íntimos salieran a la luz festiva del centro comercial, repleto a esa hora. Su olfato demostró estar alerta y le envió las primeras señales. El niño le miró con atención. «Huele raro.» «Nene, vete con tu mamá.» «¿Y los regalos, y los regalos, y los regalos...?», chilló, y la madre acudió en auxilio de su hijo. «Tus deseos serán cumplidos.» Escenificó un gesto de reverencia, se deshizo del pequeño entregándolo a su madre y decidió moverse por el centro comercial. Abandonó el trineo y se alejó recorriendo con su campana y su saca naranja los escaparates iluminados y brillantes, donde los objetos relucían en esas fechas como un insulto a los bajos sueldos. Los visitantes caminaban lentamente mirando tras los cristales, imaginando que esas cuevas de tesoros guardaban sus futuras pertenencias, deslizando los pies con lentitud por el suelo encerado como si todavía fuesen arrastrados por la relajante escalera mecánica. Muchas parejas se hacían comentarios en voz baja, señalaban algún objeto, un traje especialmente elegante, y evaluaban qué hueco podría ocupar en sus vidas. Un súbito cariño les hacía dejarse en las mejillas o en los labios un beso fugaz.

Papá Homer-Noël, con el andar torpe y desmañado que le procuraban las botas ajustadas de cuero blanco, movía entonces con mayor fuerza su campana, aunque el estruendo que alcanzaba su oído apenas era advertido por los demás.

Llegó hasta la entrada del centro comercial. Las grandes puertas deslizantes de cristal se abrían y cerraban espontáneamente cuando alguien se acercaba, y en otras ocasiones por algo a lo que daba miedo llamar decisión propia. Él movió con vigor su campana y la hizo sonar, pero su clamor no fue suficiente para derribar los muros transparentes de aquella pequeña ciudad.

Siguió acercándose a los padres y a sus hijos, y se agachaba frente a ellos con una actitud agresiva que no evocaba precisamente la época navideña. Intuía que su comporta­miento no resultaba en esos momentos especial­mente profesional, pero continuó con su novedosa danza. Metía sus guantes de ladrón elegante en un bolsillo y ­sacaba caramelos que ofrecía a los niños: los padres anima­ban a sus hijos a hacerse con el regalo, que los pequeños aceptaban con temor, como si los caramelos ­fuesen bombas peligrosas, altamente tecnológicas, dis­puestas ­para la explosión. Las altas puertas de cristal, enloquecidas por sus constantes idas y venidas agasajando a los visitantes, no dejaban de abrirse, franqueando aquel paraíso laico a los fieles, que eran bendecidos por el televisivo Papá Noël.

Entonces ocurrió: su mano enguantada se acercó abierta, francamente cariñosa, a una joven que pasó junto a él, rechazando con un gesto de desprecio su caramelo de limón, que resbaló por el brusco movimiento de la chica desde la mano hasta el suelo. Papá Homer-Noël no se agachó a recogerlo. Dejó de danzar, sus escasos ánimos se evaporaron nuevamente. La miró conforme ella se alejaba y comenzaba a recorrer el común sendero acristalado de los escaparates.