El soltero mas deseado - Linda Lewis - E-Book

El soltero mas deseado E-Book

Linda Lewis

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Beschreibung

Travis Rule, también conocido como «El soltero más rico de Texas», estaba decidido a pedir en matrimonio a su ama de llaves. El millonario tenía que casarse antes de su cumpleaños, y Cindy era la chica más adorable de los alrededores. Pero Travis era un hombre de fortuna y de mundo, y la pobre Cindy no hacía otra cosa que limpiar su casa. ¿Acaso era aquel futuro matrimonio uno de conveniencia o tenía él otras razones, como el amor, para casarse con ella?

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Seitenzahl: 200

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1998 Linda Kay West

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El soltero mas deseado, JULIA 984 - abril 2023

Título original: CINDERELLA AND THE TEXAS PRINCE

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo

Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9788411418164

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

CARIÑO, me está entrando el hormigueo —dijo la señora Fae Rae Beneficent, dueña y propietaria de A su servicio, una agencia de empleo para mayordomos, niñeras, amas de llaves y doncellas, mientras sostenía una carta en la mano y miraba fijamente a una urna.

Su adorado esposo, Benny Beneficent, o lo que quedaba de sus restos mortales, residía por aquel entonces en una urna de mármol encima de un armario de roble, que Fae Rae tenía en un rincón de su despacho. Sin apartar la mirada de la urna, dijo con suavidad:

—No me gusta cuestionar tus decisiones pero, ¿estás seguro? Me parece que lo último que Cindy necesita es estar sola en un rancho dejado de la mano de Dios.

A continuación, miro de nuevo a la carta. ¿Conocía él con exactitud lo que pedía la carta? Fae Rae no tenía ni idea de la forma en que su marido conseguía la información por aquel entonces.

—¿Te das cuenta de que el Rancho Monarch necesita un ama de llaves, aunque sería mejor decir una guardesa, y no una niñera? Cindy sólo ha trabajado de niñera. Acudió a nosotros hace cinco años, al salir del orfanato, ¿te acuerdas? Es una buena niñera, aunque los Freret no supieran valorarla. ¡Qué cara la de esa gente de acusar a una joven dulce y honrada como Cindy Ellerbee de… eso! Como si alguien de nuestra agencia fuera…

Fae Rae se enjugó los ojos con un pañuelo de encaje y sacudió la cabeza.

—Realmente —añadió—, no puedo ni repetir las cosas que esa gente dijo de ella. Pobrecilla. Sin embargo, Benny querido, tienes razón en una cosa. Cindy necesita que la quieran, necesita tener su propia familia. Pero no creo que pienses que ella va a encontrar a su Príncipe Azul en aquel lugar… No querido, me temo que sólo se hará más retraída y…

El hormigueo se hizo insoportable.

—Está bien, está bien. Tranquilízate. Siempre tienes razón —continuó con voz tranquilizadora.

A Benny no le gustaba que le llevaran la contraria. Siempre había sido muy autoritario y, por ello, habían tenido muchas peleas espectaculares, aunque también lo habían sido las reconciliaciones. Fae Rae sonrió con melancolía al recordar todos aquellos momentos juntos.

La nostalgia le impidió mencionar todas las veces que Benny se había equivocado. Por ejemplo, había sido él el que colocó a Cindy con los Freret. Pero entonces estaba vivo, y cometía errores como todos los mortales. Sin embargo, desde que había fallecido, nunca se había equivocado. Un hombre que contaba con la ayuda de los ángeles, de los espíritus o de lo que fuera, debería saber lo que estaba haciendo, y lo que ella debería hacer. Fae Rae se levantó y se dirigió al armario y dio un golpecito cariñoso a la urna.

El hormigueo de las manos y de los pies fue remitiendo. Al regresar a su escritorio, Fae Rae tomó la carta que tenía en la mano cuando recibió la señal de Benny y la volvió a leer. La carta requería un ama de llaves para el Rancho Monarch, en el sur de Tejas. El sueldo era excelente y no había mucho que hacer. Nadie vivía en el rancho. Muy de vez en cuando, los dueños, la acaudalada familia Rule, acudían al rancho para recibir a sus amigos o socios de negocios.

Fae Rae frunció los labios. Los Rule tenían un hijo. Aunque, pensándolo bien, eran dos. Si la memoria no le fallaba, los dos andaban por los treinta años y estaban todavía solteros. Entonces, lanzó una sonrisa hacia el lugar donde estaba la urna.

—Ya sé lo que quieres, Benny querido. ¿En qué estaría yo pensando? Nunca debería haber dudado de lo que me decías.

A continuación, apretó el botón del intercomunicador.

—Mary, ¿quiere hacer pasar a la señorita Ellerbee, por favor?

Capítulo 1

 

 

 

 

 

SI le dices a alguien dónde estoy o lo que estoy haciendo, te mato —afirmó Travis Rule, mirando fijamente a su hermano pequeño mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad.

Treat paró el motor del Cessna y le lanzó una mirada burlona a su hermano.

—¡Venga! ¿Por qué no? ¿Tienes miedo de que los periódicos salgan con otro titular? ¿Algo así como «El ojito derecho de su mamá»?

—Preferiría ése al de «El soltero más rico de Tejas». Ninguna mujer iría a la caza de un hombre que todavía se encuentra pegado a las faldas de su madre.

—Te equivocas en eso, hermano. Tienes algo que atrae a las mujeres como moscas a la miel. Aunque no tengo ni idea de lo que puede ser.

—El dinero. Y una madre decidida a casarme antes de la próxima semana.

—Tiene sus razones.

—No creo que el hecho de que vaya a cumplir años dentro de poco sea una razón —le espetó Travis.

—Eso se lo dices a mamá. Durante generaciones —añadió Treat—, todos los hombres de la familia Rule se han casado antes de cumplir los treinta y cinco o se han quedado solteros. ¿Has conocido ya a la señorita X? Es perfecta para ti.

—¡Déjame en paz! —bufó Travis. Llevaba más de un año eludiendo a las posibles candidatas, y el saber que todavía tenía que eludir a dos más antes de poder concentrarse en la dirección de RuleCo le tenía un poco malhumorado.

—Claro, hermano — le dijo Treat a su hermano, dándole un golpecito en el hombro—. Pero, si opinas así, ¿por qué hemos venido?

—Piensa —dijo Travis con sequedad recogiendo el petate de piel en el que llevaba sus pertenencias.

—Sí, bueno. Efectivamente, a mamá se le ocurrieron unas ideas algo extrañas para conseguir que te cazaran antes de tu cumpleaños. Mi preferida era la del concurso. ¿Te acuerdas? «Díganos en veinticinco palabras o menos por qué se quiere casar con Travis Rule, el soltero más rico de Tejas». Mamá te iba a dejar escoger a la ganadora.

—Después de oír algo como eso, la idea de pasar unos días en el rancho con Brooke y Stephanie es de lo más normal. Y estar en el rancho tiene también otra gran ventaja. No hay ningún periodista en cien kilómetros a la redonda.

—No hay nadie en cien kilómetros a la redonda. Pero, ¿por qué has decidido venir con tanta antelación?

—Quiero asegurarme que el nuevo fax que hice que me instalaran en el ordenador del rancho está listo y a punto para trabajar. Necesito mantenerme en contacto con mi despacho.

—Recuerda lo que te digo, hermano. Tanto trabajo sin diversión… —suspiró Treat

—No empieces. Si tú dejaras de intentar parecer un playboy y te casaras, mamá me dejaría a mí en paz, a pesar de lo del cumpleaños.

—¿Qué dices de intentar parecer un playboy? Además, tú eres el mayor. El deber del hermano mayor es casarse y asegurar un heredero para la fortuna familiar.

—¡Y un cuerno! Yo ya he hecho lo que debía para la fortuna familiar, la he cuadriplicado. Tengo una idea —añadió Travis mirando a su hermano—. ¿Por qué no te quedas en el rancho esta semana? Te doblaré el sueldo si te casas con Brooke o Stephanie.

—Yo no les intereso. Además, son tu tipo, no el mío.

—No tengo ningún tipo de mujer.

—¡Eso lo dirás tú! Todas las mujeres con las que has salido han sido menudas, rubias y muy guapas. Y ricas. A las pobres ni siquiera te has dignado a mirarlas. Es tu fobia a las que sólo buscan tu dinero. Quieres que te quieran por lo que eres, y no por tus cuentas bancarias, ¿verdad?

—Eso a ti no te importa.

Treat tenía razón. Travis quería evitar casarse con alguien que sólo buscara su dinero, pero había algo más que le hacía posponer el matrimonio. Travis quería estar enamorado de la mujer con la que se casara. No quería decírselo a su hermano para evitar que se burlara de él durante una buena temporada, ya que aquel deseo le hacía parecer un idiota sentimental. La gente pensaba, o mejor dicho, los hombres pensaban que el amor era cosa de mujeres y no algo en lo que un hombre hecho y derecho se detuviera a pensar. Pero, desde hacía algún tiempo, Travis había estado pensando mucho en el amor.

El amor existía, de eso no cabía la menor duda, ni para él ni para Treat, si éste se parara a pensarlo. Su madre y su padre eran la prueba viviente y ellos habían crecido a su lado. Pero, la esperanza de Travis, después de llevar años esperando el flechazo, el repique de la campana o fuera lo que fuera la señal que advertía a un hombre que estaba enamorado, se estaba desvaneciendo. Llevaba catorce o quince años buscando a la Señorita Perfecta, pero todavía no la había encontrado. Ahora tenía que hacerse a la idea de que tal vez nunca la encontraría. Tal vez el amor verdadero no era para todos, sino sólo para unos pocos afortunados.

Puede que Travis hubiera usado su porción de suerte en los negocios. Tenía un gran talento para hacer dinero. Cuando su padre decidió retirarse anticipadamente, Travis sólo tardó unos pocos años en transformar la Rule Company de un pequeño rancho y una explotación minera en una multinacional. RuleCo era dueña de bancos, compañías de seguros, de la cadena de hoteles Monarch y de ranchos, minas y pozos de petróleo y de gas.

—Tengo una idea —exclamó Treat en tono triunfante, sacando a Travis de sus pensamientos—. Utiliza la idea del concurso, pero a un nivel superior. Haz que Brooke y Stephanie compitan por casarse contigo.

—¿De qué estás hablando?

—Bueno, esa es la finalidad de este viaje, ¿no? Que las conozcas mejor para que elijas con quién casarte.

—Eso es lo que quiere mamá, no yo.

—Pero tú se lo consientes. Así que mientras dure, da un paso más allá y diviértete. En vez de obligarles a que escriban una redacción, haz que te demuestren cómo se defienden con los deberes conyugales.

—¿Deberes conyugales?

—Ya sabes. Cocinar, limpiar, hacer el amor.

—Eres repugnante.

—Y tú idiota si no te aprovechas de la situación. ¿Es que no te gustan Brooke y Stephanie? Las dos parecen tener los atributos que te vuelven loco.

—¿Y tú qué sabes? A ti, cualquier cosa que lleve falda te vuelve loco.

—Estás muy equivocado. Tengo excepciones. Pocas, pero las tengo. Sin embargo, tienes que reconocer que esas dos chicas son un par de bombones.

—Entonces cásate tú con ellas.

—No —replicó Treat con una sonrisa maliciosa—. Sigue mi consejo. Haz el examen final en la cama. La que consiga mayor puntuación se queda contigo y con el anillo de compromiso de la bisabuela.

—Calla y despega ya. Quiero estar solo.

—Ya lo estarás en el rancho. Al menos hasta que mamá llegue con las candidatas dentro de un par de días. Se me ocurre otra cosa, hermano. Si no te gusta la idea del concurso, échalo a cara o cruz. O cásate con las dos —le dijo Treat con otra sonrisa descarada, antes de darle la máxima potencia al motor y dirigirse a la pista de despegue.

Travis observó como despegaba el avión. A continuación, tomó el macuto y se dirigió a la pequeña caseta al otro lado de la pista de aterrizaje del Rancho Monarch.

Manuel Ortega, el capataz del rancho, contestó el teléfono.

—Manuel, soy Travis. Estoy en la pista. Envía a alguien a recogerme, ¿de acuerdo?

—Enseguida voy, jefe —dijo Manuel.

Al cabo de unos pocos minutos, Manuel llegó en una furgoneta negra con el símbolo del Rancho Monarch, una corona real, grabada en las puertas.

—Alguien debe de haberse equivocado —dijo mientras recogía el macuto de Travis y lo echaba en la parte de atrás de la furgoneta—. No le esperábamos hoy. Si hubiésemos sabido que venía, le habría estado esperando.

—Decidí venir unos días antes en el último momento —dijo Travis mientras se acomodaba en la furgoneta, en el asiento del copiloto—. Y no quiero que nadie sepa que estoy aquí, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, jefe. Lo que usted diga.

Una media hora más tarde llegaron a la puerta del rancho. La visión familiar de las blancas paredes de estuco y las rojas tejas parecían darle la bienvenida más que nunca antes lo habían hecho. Travis necesitaba estar solo en aquel lugar, necesitaba tiempo para pensar y diseñar una estrategia para el resto de su vida. ¿Debería resignarse a permanecer soltero para siempre? ¿O debería esperar a que apareciera la mujer ideal unos años más? Puede que lo más sensato fuera no intentar buscar el amor de su vida. Había muchas otras razones para casarse.

Travis se bajó de la furgoneta, tomó su macuto y entró en la casa, todavía absorto en sus pensamientos. Una esposa, aunque no la amara, le reportaría muchas ventajas. Tendría una anfitriona para los acontecimientos sociales que requería su importante posición en el mundo de los negocios, una compañera a quien comentar las muchas decisiones que tenía que tomar cada día, una madre para sus hijos. Tal vez no debiera sentirse tan molesto por la presencia de Brooke y Stephanie en el rancho.

Pero por otro lado, podía seguir actuando tal y como siempre había pensado, es decir, mantener a todas las solteras casaderas a distancia hasta que hubiera cumplido los treinta y cinco. Entonces su madre, fiel a la tradición familiar, le dejaría tranquilo, segura ya de que su primogénito estaba destinado a permanecer soltero y concentraría todos sus esfuerzos en Treat.

A mitad de camino de las escaleras, se dio cuenta de que no estaba solo. Alguien estaba cantando, a voz en grito y desentonando, una vieja canción de los Beatles. Travis dejó el macuto en el descansillo y bajó las escaleras para seguir la voz que llegaba de la biblioteca. Cuando llegó a la puerta no pudo creer lo que veían sus ojos.

La cantante tenía unas piernas estupendas, que no le pasaron desapercibidas, ya que las piernas en cuestión estaban al descubierto y a la altura de los ojos. Travis las recorrió con la mirada desde los tobillos a los muslos, para acabar encontrándose con un trasero muy atractivo apenas cubierto por unos cortísimos pantalones vaqueros. Aquel trasero tan mono se meneaba de un lado a otro, acompañando a aquella melodía tan estridente.

El corazón de Travis empezó a latir mucho más fuerte que de costumbre. La muchacha estaba de pie, a medio camino de la escalera de la biblioteca, limpiando el polvo de las estanterías mientras escuchaba música a través de unos cascos y farfullaba acerca del ayer. El pelo, negro y sedoso, le caía por la espalda, casi hasta la cintura. Como estaba de espaldas, le resultaba imposible ver a Travis y él no podía verle la cara.

¿Quién diablos era?

—¿Señora? —dijo Travis, aclarándose la garganta mientras le daba un golpecito en el tobillo.

La joven, con un grito, apartó el pie de la mano y de la escalera y perdió el equilibrio para ir a caer en los brazos de Travis.

¡Menuda sorpresa! El pelo sedoso le olía a rosas y tenía los ojos grandes, de color gris, flanqueados por largas pestañas oscuras y las mejillas sonrosadas, como la camiseta que llevaba puesta.

—¡Suélteme! —le ordenó ella con voz ronca.

Al oír la voz de aquella mujer, Travis le miró a los labios, que eran gruesos, sensuales y bien delineados. Se sentía mareado. No podía ser verdad lo que había escuchado. Aquellas palabras le resultaban tan agradables como un coro cantando el aleluya. Además, sentía un hormigueo en los dedos de las manos y de los pies. Sin saber por qué, estrechó entre sus brazos a aquella mujer y bajó la cabeza para mirarla.

—¡Le he dicho que me suelte! ¡Ya! —exclamó ella, retorciéndose entre los brazos de él.

Ella apartó la cara de la de Travis. Con aquellas curvas tan suaves y aquel olor tan agradable, él no pudo evitar pensar que era una mujer muy sexy. Su mujer.

—¿Quién eres tú? —preguntó Travis, mientras la soltaba de repente, asombrado de que hubiera tenido aquellos pensamientos.

—¿Qué? —gritó ella.

Travis le quitó los cascos de las orejas y, sin querer, le rozó la mejilla. También tenía la piel suave como la seda.

—¿Quién eres? —repitió.

—Cindy Ellerbee. Su ama de llaves.

—¿Cómo?

—A su servicio, señor Rule, ¿se acuerda? Soy empleada suya.

¿Empleada? ¿Aquella mujer era su empleada? Aquella sí que era una idea sugerente. Él, soberano del reino, y ella, su obediente empleada, obligada a hacer todo lo que él deseara. Para empezar, le pediría que… Pero ella le había llamado por su nombre.

—¿Cómo has sabido quién era? —preguntó Travis, entornando los ojos.

—Por el cuadro que hay encima de la chimenea, las fotos que hay por todas partes. De usted y de su hermano…

—De acuerdo, señora Ellerbee.

—Señorita. No sabía que fuera a venir.

—Señorita Ellerbee. No le dije a nadie que iba a venir. Estaré aquí durante unos pocos días. Puede que más. Dentro de unos pocos días llegaran más invitados.

—¡Ah! ¿Cuántos?

—Tres. Mi madre y dos… más. No quiero que nadie sepa que estoy aquí, así que si alguien me llama, diga que no estoy. O no conteste al teléfono. Ya dejaran un mensaje en el contestador.

—De acuerdo —respondió mirándolo con curiosidad—. Pero el teléfono no ha sonado desde hace seis meses, sin contar las llamadas de Gus y Manuel.

—Eso es porque yo no estaba aquí. Ahora sí habrá llamadas, créame.

—Le creo. Ahora, si me disculpa, iré a prepararle su habitación.

—La mía es la que está a la izquierda según se suben las escaleras.

—Lo sé —dijo, sonrojándose de nuevo, mientras pasaba entre él y la puerta—. Me ocuparé de eso enseguida, en cuanto me cambie. Espéreme aquí.

—¿Cambiarse? ¿Cambiarse de qué?

—De ropa. No llevo puesto el uniforme.

—¿Que tiene uniforme? —exclamó, sin poder evitar imaginársela vestida de negro, con delantal y cofia blancos—. No es necesario. Está bien así. Y no tiene por qué darse prisa. No me voy a ir a la cama todavía.

Cindy no le prestó atención, desapareciendo por el pasillo que llevaba a la cocina y a las habitaciones del ama de llaves. Travis empezó a seguirla, pero luego cambió de opinión. Pensó que sería mejor llevar su equipaje a la habitación para sacar sus cosas. Y recobrar la cordura.

A pesar de todas las historias románticas que se había estado imaginando, no creía en el amor a primera vista. Tenía que haber otra razón que explicara por qué le palpitaba el corazón y le sudaban las manos. Probablemente una descarga de adrenalina por encontrarse con una extraña en la casa. Y en cuanto a lo del coro angelical, seguro que se lo había imaginado. Ningún hombre sensato se enamora a primera vista, ni siquiera de alguien tan atractiva como Cindy Ellerbee.

Cuando Cindy llegó, cargada de sábanas limpias, Travis estaba mirando fijamente a la cama. Ella se había cambiado. Ya no llevaba aquellos pantalones cortos, pero tampoco llevaba el tipo de uniforme que se había imaginado. Llevaba un vestido gris, de manga larga, suelto, con el cuello y los puños blancos. Se había recogido el pelo en un moño, a la altura de la nuca. Si Cindy creía que aquel atuendo y el peinado le hacían parecer poco atractiva, estaba muy equivocada…

—Alguien ha estado durmiendo en mi cama.

—Lo siento —confesó Cindy, esta vez roja como un tomate—. Si hubiese sabido que venía…

—¿Por qué estuviste durmiendo en mi habitación? ¿Es que no le resulta cómoda la del ama de llaves?

—Muy cómoda —dijo ella, sin mirarle a la cara—. He estado durmiendo en todas las camas de la casa. No sé exactamente el por qué. Puede que fuera porque estaba sola en la casa. Pero no volverá a ocurrir.

—No importa.

¿Qué estaba pasando? Aquella encantadora mujer no era la imagen que él tenía de las amas de llaves. ¿Por qué había estado durmiendo en su cama? ¿Qué habría ocurrido si él hubiese llegado por la mañana temprano, y la hubiese encontrado allí? ¿Y si dormía desnuda? ¿Y si…?

Cindy acabó con todas aquellas fantasías cuando empezó a deshacer la cama.

—Déjeme que la ayude —exclamó Travis, quitando la sábana de abajo—. Huele a flores. ¿Es su perfume?

—Es lavanda. Hago bolsas de lavanda para ponerlas entre la ropa. Pero si no le gusta el olor…

—¡No! Me gusta. Pero huele a algo más que a lavanda —dijo, olfateándola de nuevo—. Huele… a usted.

—Siento mucho haber dormido aquí —dijo Cindy, sonrojándose de nuevo.

—No se preocupe. ¿Quién la contrató?

—Usted —replicó Cindy, sorprendida por el cambio de conversación.

—Mi madre fue la que pensó que necesitábamos a alguien para que cuidara de la casa. Hizo que escribiera a todas las agencias de San Antonio, Dallas y Houston —explicó Travis, metiendo la almohada en una funda.

—Y Nueva Orleáns. A su Servicio.

—¿A mi servicio? Es la segunda vez que me hace esa oferta. ¿Cómo cree que me… ?

—A su servicio es el nombre de la agencia para la que trabajo.

—No recuerdo haber escrito a una agencia en Nueva Orleáns. ¿Cómo la habrá descubierto mi madre?

—La agencia es muy conocida entre las personas que buscan ayuda doméstica. «A su servicio» cuenta con mayordomos, cocineros, doncellas y amas de llaves. Y niñeras.

—Usted no me parece un ama de llaves…

—Porque no estaba de uniforme. Como no le esperaba…

—Es más, no creo que sea un ama de llaves.

—Entonces, ¿por qué iba yo a estar aquí? —respondió Cindy sacando la almohada de la funda de un solo golpe.

—Estaba esperando a que yo apareciera —dijo Travis, dándose un manotazo en la frente—. Mi madre ha preparado todo esto, ¿verdad? Debería de haberme imaginado que iba a intentar cualquier cosa para mantener viva la tradición.

—¿Preparar qué? —preguntó Cindy, apretándose la almohada contra el pecho—. No sé de qué está usted hablando.

—De ti. De mí. Aquí solos. Dígame la verdad, señorita Ellerbee —dijo. De repente, se le ocurrió una idea—. Ese no puede ser su verdadero nombre. Cindy Ellerbee. Cindy. Cendi, Ceni…. ¡Cenicienta! ¡Eso es! Mi madre es muy aficionada a los cuentos de hadas. Aunque resulta un poco obvio, ¿no?

—Me está insultando, señor Rule —dijo Cindy, tirando la almohada encima de la cama—. Además, no sé de lo que está hablando.

Travis rodeó la cama y se acercó a ella.

—Te lo diré muy claro. Estás aquí por una única razón. Para conseguir que te lo pida.

—¿Pedir, qué?

—Que te cases conmigo.

—¡Eso es ridículo! —exclamó Cindy, con las manos en las caderas.

—¿Por qué?

—¿Que por qué? En primer lugar, no pienso casarme con nadie. Nunca. Pero si lo hiciera, ¿por qué me iba a casar con usted?

—Seguro que sabes que soy el soltero más rico de Tejas. Todo el mundo lo sabe.

—Yo no. ¿El más rico? —preguntó, levantando las cejas.

—Según el Dallas Tribune