El sonido del silencio - Anahi Acosta - E-Book

El sonido del silencio E-Book

Anahi Acosta

0,0
6,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Una exmodelo rusa se muda a Italia y vive con su amigo que también fue su modista en tiempos anteriores. Luego de un tiempo, ella conoce al mafioso que controla toda la ciudad donde vive y los alrededores, pero él tiene un problema: tiene una doble personalidad muy mala. En este relato todas las historias se entremezclan y cada personaje está estrechamente vinculado a otro de forma atrapante. ¿Ocurrirá alguna traición?

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 111

Veröffentlichungsjahr: 2023

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Acosta, Anahí Dafne

El sonido del silencio / Anahí Dafne Acosta. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

124 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-281-1

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Acosta, Anahí Dafne

© 2023. Tinta Libre Ediciones

El sonido del silencio

AnahÍ Acosta•Artemisa•

El viaje

Katya Sokolov era una chica bonita, graciosa, inteligente, algo arrogante y con una personalidad… ¿cómo decirlo? Fuerte. De su carácter, ni hablemos.

Era modelo, pese a su corta edad (veinticinco años no son muchos, pero tampoco son pocos). Hacía dos meses había terminado sus estudios en Moscú y decidió ir por lo que le gustaba, modelar.

Sus gustos eran sencillos, aunque a la vez solía ser extravagante: usaba ropa que parecía cara aunque no lo fuera, su cabello estaba teñido de azul, sus ojos tan verdes como un campo en primavera eran bellísimos y su sonrisa era hipnotizadora.

Con una mano sobre la maleta y la otra en su móvil, estaba escribiéndole a su mejor amiga, Anya; hacía dos semanas había decidido irse a pasar un tiempo a Italia y despejarse de su vida monótona.

El altavoz sonó, llamaba a los pasajeros del vuelo 114 rumbo a Italia. Katya guardó su celular en el bolsillo y caminó hacia los controles aeroportuarios para poder subir al avión.

—Puede pasar, señorita —dijo, amable, el chico que la registró.

—Muchas gracias —agradeció ella con su clásico acento ruso.

***

Ya pasó los controles, llegará en 7 horas, prepárate.

Mensaje enviado, mensaje recibido, mensaje leído, escribiendo.

Datos.

Contestó el contacto.

Chaqueta blanca, lentes oscuros, remera rosa y falda negra.

Mensaje leído.

***

Sus pies se estiraron cuando se levantó del asiento de aquel avión, había sido un largo viaje; solo quería llegar al hotel y descansar. Cuando menos lo esperaba, ya estaba recostada sobre la cama acolchada y suave de su lujoso hotel.

Unos golpes en la puerta de su habitación le indicaron que había llegado el chico del servicio al cuarto. Perezosamente, retiró su cuerpo de la cama, caminó hacia la puerta y la abrió.

—Buon pomeriggio, signorina, ¿vi serve altro oltre a questi cuscini?1 —preguntó el chico de ojos marrones con una sonrisa.

—Salve, signore, ehhh… no, grazie2 —respondió Katya con algo de dificultad debido a su acento.

El amable chico dejó las almohadas en manos de Katya y se marchó.

***

Está en el cuarto 312, piso 7.

***

Katya miró por la ventana de la habitación; se veía un lugar muy bonito, con piscina y atracciones como bares, tiendas y juegos para los niños. El lugar llevaba el nombre de Albergo Nuovo Gianduja, y era muy bello; algo le decía que iba a triunfar en ese lugar sin ser reconocida ni observada. Un suspiro la hizo salir de su burbuja, y tomó su móvil para llamar a su contacto. Un pitido, dos pitidos y por fin se oyó una voz al otro lado de la línea.

—Hola, ¿qué tal, Katya? ¿Tu viaje estuvo bien? —preguntó una voz masculina.

—Hola, Giovanni, sí, sí, todo fue perfecto, estoy de lujo aquí —respondió la mujer de cabellos azules al tiempo que miraba por la ventana.

—Sí, claro, pero tienes que venir a mi hacienda, querida, sabes que solo estás de paso en ese hotel.

—Claro, Gio, solo debo tramitar algunas cosas aquí en Trieste e iré a Sorrento, ¿sí?

—Claro, querida, te esperaré con los brazos abiertos. Buenas tardes —se despidió el hombre.

—Adiós, Giovanni, nos vemos en unos días. —Katya colgó la llamada y tiro su móvil a la cama.

Se tiró al lado, suspiró, cerró sus ojos y se quedó dormida muy despacio; el ambiente estaba muy calmado, podía descansar en paz.

***

Los días pasaron y ya estaba de camino hacia la casa de su amigo en Sorrento, una ciudad muy bonita y acogedora. La espera se había hecho larga, y los trámites, muy cansadores.

Katya miró por la ventana del coche y sonrió: nuevos aires, nueva vida y nuevos amigos; aquí nadie la conocía, por lo tanto, podía ser quien quisiera.

Pronto comenzó a respirar el aroma a vino, mejor dicho, a uvas, señal de que había llegado a su destino. El coche ingresó por una puerta grande de metal que tenía el nombre de Mansión Mancini grabado. Las ruedas giraron hacia la puerta de la gran mansión.

—Hemos llegado, señorita Katya —anunció el chofer girando su cabeza para verla.

—Gracias, Richard, te daré cinco estrellas en la aplicación —dijo con una sonrisa la joven mientras tomaba su bolso y bajaba del coche.

—La ayudo —dijo amable el chofer mientras bajaba del auto para ayudarle con las maletas.

Katya se despidió con un apretón de manos y caminó hacia la gran puerta de la mansión. Allí sacó su móvil y le envió un mensaje a Giovanni, y se había puesto a esperar que le respondiera para poder entrar cuando una voz le quitó la atención de su celular.

—¡¡¡Nenaa!!! Katya, ¿qué tal estás, querida? —preguntó Giovanni mientras se acercaba a ella con los brazos elevados y abiertos y una gran sonrisa.

—¡Gio! Hola, justo te envié un mensaje para que me abrieras la puerta. —La joven dejó sus cosas y se acercó a su gran amigo.

Ambos se abrazaron, hacía siete meses que no se veían. Se habían conocido cuando ella empezó su carrera de modelo —él era su modista personal—, y se habían separado cuando él tuvo que volver a la hacienda y hacerse cargo de ella y su economía. La había heredado de sus padres, cuando ellos fallecieron tuvo que dejar su carrera de modista y volver a su antigua casa. Pero vamos al grano: el abrazo.

—Ven, querida, entremos —dijo Giovanni al separarse del cálido abrazo y mirar a su amiga.

Ambos tomaron las maletas y cruzaron las puertas de roble oscuro para ingresar en la lujosa mansión. Había que decir que Giovanni la mantenía muy bien, cada rincón brillaba, el piso era de mármol y los muebles no contenían ni una gota de polvo; brillaba cada lugar, los empleados caminaban de aquí para allá llevando cosas y limpiando.

—¡Y esta es tu habitación! —dijo muy emocionado el italiano.

La cara de desconcierto de la joven fue digna de una fotografía, no había escuchado a su amigo desde que se perdió mirando lo hermosa que era la casa.

—No estabas escuchando, ¿verdad? —preguntó riendo levemente el joven.

—Disculpa, Gio, no, estaba mirando… la casa, es muy hermosa.

—Bueno, lo que decía era que esta es tu habitación y esta es tu casa, siéntete cómoda —dijo el modista mientras abría sus brazos para mostrar el lugar.

—Gracias —dijo Katya, y caminó hacia la cama que se veía muy acolchonada y suave.

El joven abandonó la habitación y la dejó sola. Katya se recostó sobre la cama y suspiró. Nuevo comienzo, nueva vida por fin, ahora solo debía disfrutar. No tenía que pensar más en su antigua vida.

Un golpe dado a su puerta la sacó de sus pensamientos; cuando se abrió, mostró la cara de la señora de la limpieza.

—¿Necesita algo, señorita Katya? —preguntó la señora algo mayor pero muy amable.

—¡Hola! ¿Qué tal, señora? Mmm… por el momento no, cualquier cosa me la busco yo. ¿Cómo se llama? —respondió Katya, acercándose a ella y extendiendo su mano para saludarla.

—Me llamo María, señorita.

—Un gusto, entonces.  Puedes retirarte tranquila, si quieres —dijo Katya con una sonrisa.

La señora solo asintió y se retiró de la habitación. Katya suspiró y sus pies se dirigieron hacia la ventana, donde pudo observar a Giovanni hablando con dos hombres. Le dio curiosidad, el rostro de uno de ellos se le hacía familiar… «Mmm no, no lo conozco», se dijo a sí misma.

***

Está aquí.

Mensaje leído. Escribiendo.

Mantenla vigilada.

***

Luego de un rato, Katya bajó con su amigo y juntos fueron a la cocina a tomar algo.

—¿Quieres ir de compras, Katya? —preguntó Giovanni mientras le servía un poco de Cynar en un pequeño vaso.

—Me gustaría, Gio, pero aún no tengo trabajo y no… —Fue interrumpida por el italiano.

—No, no, querida, vamos, que yo pago todo, no te preocupes por el dinero —dijo casi enfadado por pensar en que ella creyera que debía pagar lo suyo.

Ella le dedicó una sonrisa y ambos comenzaron a caminar hacia al garaje.

Ya estaban dentro del coche, Katya prendió la radio y en la emisora comenzó a sonar su canción favorita, “Love”, de Finding Hope. Ella comenzó a cantarla mientras su amigo conducía y la miraba sonriente.

***

Habían llegado al centro comercial, bajaron y comenzaron a recorrer aquel lugar tan grande. Iban entre risas y bromas cuando, de repente, ¡pam!

—¡Katya! ¿Estás bien, querida? —preguntó Giovanni mientras ayudaba a la rusa a levantarse del suelo.

—Idiota, deberías fijarte por dónd… —comenzó a decir Katya mientras se levantaba, hasta que vio con quién había chocado.

Un chico alto, de cabellos oscuros como la noche, ojos más azules que el mar, piel tan blanca como la nieve y embellecida por tatuajes que iban desde su cuello hasta su mano derecha. Portaba una camisa negra y un jean negro también.  Dos hombres musculosos lo acompañaban, Katya supuso que eran los guardaespaldas.

—¡Rizzo! Discúlpanos, no te vimos —se disculpó el italiano.

—Eh… Discúlpeme, señor, no lo vi —dijo Katya cuando comprendió que era un conocido de su amigo.

—No se disculpen, el tonto fui yo. ¡Pero qué modales los míos! Me presento, soy Rizzo, un gusto conocerla —dijo el joven mientras tomaba delicadamente la mano de la chica y depositaba un suave beso en ella como saludo. Su mirada seria y penetrante seguía puesta en los ojos de Katya.

—Un gusto, soy… Katya, señor Rizzo. —Ella le regaló una sonrisa al ver su gesto de caballerosidad.

—¿Que hacías por aquí, Rizzo? Nosotros estábamos comprando ropa y eso.

—Vinimos por negocios, ya sabes, Giovanni, cosas… cosas mías —respondió Rizzo sin quitar la vista de Katya.

—Claro, entiendo, querido. Bueno, adiós.

—¿No me presentarás a tu amiga? —preguntó con una voz gruesa y seductora.

—Claro, pásate por casa uno de estos días y se conocerán mejor —respondió Giovanni.

—Adiós, y un gusto verte. —El chico de los tatuajes se despidió y se fue de allí.

—¿Vamos a casa, Katya? —preguntó el italiano luego de que quedaran solos.

—Vamos, Gio, y debes hablarme luego de ese chico —dijo entre risas la chica.

—Oh, là là, ¿te gusta?

—¡Claro que no! Solo se ve interesante y ya.

—Bueno, vamos a casa y te cuento más sobre él.

Estadía extensa

—Gio, ¿vas a tomar algo? —preguntó Katya mirándole.

—Solo deme un café, señorita —le dijo él a la mesera.

—Está bien, ahora les traigo sus pedidos, señores —respondió la amable chica. Con su libreta en mano, se dirigió a la cocina.

—Entonces cuéntame, querida, ¿cómo están tus padres? —preguntó Giovanni mientras miraba sus manos y jugaba con su anillo de oro.

Ese tema otra vez… Estaba cansada de que le preguntaran por sus padres cuando, claramente, los odiaba a ambos. Su madre, Alexandra Kornilov, era una borracha que siempre tenía una botella de ron en la mano pero jamás estaba con su familia; Katya había pasado toda su infancia y adolescencia prácticamente sin madre. Y, bueno, su padre no se quedaba atrás. Nikolái Sokolov fue un soldado de las fuerzas armadas rusas (trabajaba en la unidad contra los narcotraficantes) hasta que se convirtió en un ladrón bancos y asesino a sangre fría; por ende, estuvo varias veces en la cárcel. Lo último que Katya supo de él fue que estaba fugitivo.

Su familia era solo un fantasma para ella, jamás habían estado allí; solo tres personas la acompañaron: su tía, su mejor amiga y su expareja, con quien había compartido ocho años de su vida. Cuando terminaron, él se convirtió en su mejor amigo.

Por todo ello, la respuesta a la pregunta hecha por su amigo fue:

—Están muy bien.

Giovanni la miró no muy convencido, pero sonrió; sabía que debía cambiar de tema.

Pronto llegó la mesera con los pedidos, un batido de frutilla y banana para Katya y un café simple para Giovanni.

Ambos tomaron un sorbo de su bebida y suspiraron. Pronto sonó el celular de Katya, lo tomó en sus manos y contestó la llamada.

—¿Sí? ¿Diga?

—Katya, te llamaba para avisarte que me pasaré unos días por Italia, por si quieres que nos veamos y hablemos un poco —dijo una voz masculina del otro lado.

—¿Greco? ¡Qué susto me diste, deja de poner tu número en privado, por Dios! —lo retó Katya riéndose.

—Ohh, ¿lo tengo en privado? Disculpa, ahora lo modifico, es que estaba haciendo bromas telefónicas —dijo el muchacho.

—¿Otra vez con eso? ¡Te van a rastrear las llamadas, imbécil!

—Bueno, te dejo, estoy en el aeropuerto y mi vuelo sale en veinte minutos —dijo muy alegre el chico.

—Adiós, Greco, y cuídate mucho. —Katya colgó la llamada y miró a su compañero.

—¿Era él, verdad? Pensé que ya no se hablaban —preguntó el italiano con cierto enojo en su voz.

—Gio, somos solo amigos y ya.

Ese era otro tema, su expareja, Greco D’Angelo. Era un chico muy agradable y lindo, tenía ojos azules como el cielo, un cabello tan rubio como el sol y un físico espectacular. Era lo que todas las chicas amaban, un motero y un rompecorazones. Vestía siempre chaquetas y pantalones de cuero y collares y anillos de oro.