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El sueño de Torba, publicada en 1983 en Ediciones Cátedra, narra una serie de historias cruzadas que tratan de la incomunicación y la precariedad de las relaciones humanas, con personajes que se mueven en el cotidiano espacio cerrado de una ciudad marítima. Jaime Sarduy, profesor, taxidermista de un mundo de objetos y recuerdos. José Radek, librero amigo que aborda sin éxito la narración objetiva que autor y protagonista no quieren hacer. Berta, madre e hija, soplos de vida en la ordenada rutina de Jaime. Clara, indecisa en el tedio de su matrimonio. Y el Rolls, un Rolls Silver Wright 1956, mudo notario. Asienta Soler una manera original de novelar en nuestras letras, con una deslumbrante desnudez de lenguaje. Francisco J. Satué, Diario 16 Saber escribir. Libertad. Saber escribir. Libertad. Rafael Soler saca a patinar su libertad sobre el folio, esparce un vocabulario rico y nuevo. J. M. Nasarre, Heraldo de Aragón Hay mucho instinto narrativo abocado a estructuras modernas —que no novísimas— propias de la inquietud de este autor con universo propio. Alfonso Martínez Mena, ABC
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Seitenzahl: 223
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Rafael Soler
EL SUEÑO DE TORBA© Rafael Soler
© de esta edición: Olé Libros, 2021(Primera ed.: Novela Cátedra, 1983)
ISBN: 978-84-18208-92-8
Producción del ePub: booqlab
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).
KALOSINI, S. L.Grupo editorial [email protected]
A Fae, Alejandro y Caleb. Con Lucía.
Los escritores de brújula, y es mi caso, mantenemos una relación muy especial con los personajes que vivaquean en nuestras páginas, sin demasiado orden, es cierto, pero con la determinación de quien sabe que llegó a la historia por méritos propios, sin ficha previa ni guión que encarrile sus pasos por donde decida el amo y señor de su futuro. Así que cuando en 1980 di por terminada mi novela El corazón del lobo y la mandé al Premio Cáceres para que se buscase la vida, sentí el desamparo de quien es abandonado por los suyos, con afecto, sí, pero ahí te quedas, autor de nuestras entretelas. Así fue, y así lo cuento ahora. La novela fue reconocida con el premio, pero confieso que regresé de aquella cena en Cáceres huérfano y desorientado. Como un escritor es un lector que, a veces, también escribe, busqué amparo en libros de digestión lenta y en los otros, que de todo hay en la viña del Señor. Hasta que un día vino en mi socorro un personaje nuevo, construido en conversaciones que no atendí pues ya estaba otra vez a lo mío, dejándome llevar por esa corriente benéfica que bien pudiera llamarse inspiración, con ganas siempre de volver al tablero porque ya estaba perpetrando otra novela. Yo escribía entonces un poco al tantarantán, con pasión, sí, y todos los días, también, pero siempre robando al sueño más horas que folios. Así que pedí a Lucía, tan generosa siempre con mis descuidos creativos y vocación itinerante de poeta que escribe novelas y viceversa, pedí a Lucía el regalo de un mes de escritura sosegada y nocturna: ella se ocuparía de los tres críos durante las vacaciones de agosto, permitiendo que llevásemos cambiados los horarios, escritor de noche, y corto padre vespertino pues hasta la hora de Verano azul no aparecía por la puerta, buenos días, dirás buenas tardes, eso, buenas tardes. Los tres chavales aceptaron sin preguntas aquel régimen de vida tan extraño, con un padre cariñoso pero ausente y una madre más bronceada que nunca, pues bajaban prematuros a la playa y eran los últimos en marcharse. Recuerdo que alquilamos un apartamento en Fuengirola, y cuando regresamos a Madrid llevaba en el zurrón muy avanzada esta novela, lo que son las cosas y lo que puede dar de sí un mes enterito con los tuyos: Jaime Sarduy, el protagonista, que es un tipazo; José Radek, que se ganó el pan en cada página, pasando de secundario con frase a pedir foco descarado, y las mujeres, que también se hicieron querer y de las que nada cuento pues toca ya decir «pasen y lean». Diré antes, y termino, que ya en el otoño recibí, aún me cuesta creerlo, una carta de Ediciones Cátedra interesándose por publicar una novela mía, gracias a la intermediación de don Ricardo Senabre, excelente crítico y persona que siempre me mostró su afecto y amistad. Hay que decir también, y también cuesta creerlo, que guardé la carta en un cajón, con esa intrepidez sobrevenida que algunas veces adorna a quien no quiere que nadie ni nada perturbe su trabajo, terciada como está la historia pero vete a saber cuántas páginas me faltan y a saber cómo terminará todo esto. Cosas de los escritores de brújula, ya dije. Quedaban cincuenta páginas, por decir algo, y cuando pasadas las fiestas de Navidad llamé a la editorial y se pusieron al teléfono, «¿Soler? ¿Eres tú? ¿Pero dónde te has metido?», yo sentí de nuevo la misma sensación de orfandad cuando me despedí nervioso de todos subiendo el ascensor, adiós Jaime Sarduy, adiós Berta O’Sullivan, adiós mi indecisa Clara, vayan cada uno a sus afanes, y ellos asintieron, separándose con daño, “adiós, pero tú sigue escribiendo, que historias hay”. Así que me dejaron solo ante mi nuevo editor, muy a lo suyo todos ellos en las páginas del ejemplar que llevaba encuadernado. Dediqué el libro a Lucía y nuestros hijos, firmamos, en un arrebato que a día de hoy sigo sin entender pedí que no hubiera presentación alguna, lo aceptaron, salieron en muy poco dos ediciones y hasta hoy. Casi cuarenta años después, y yo con estos pelos.
RAFAEL SOLER
«Tres minutos. La mosca».
Menos mal, la mosca. Entra veloz por el tapacubos de enfrente, saluda con esa desvergüenza de las moscas jóvenes y luego pica vuelo hacia la izquierda, evitando la mesa sin apenas rozarme pues sabe que un milímetro de error en su vuelo kamikaze, solo un milímetro que se dice pronto, supondría su muerte, au revoir, estúpida mosca fulminada por el rayo, qué rayo. Pero vuela, chisporrotea traviesa para bajar luego a ras de suelo, tan divertida, tan liviana su tripa peluda que a lo mejor mañana se cuela de verdad, atraviesa el cristalito, hola, mosca.
«Pero en la jaula nunca. Aquí, imposible entrar. Salir. Mira tus correas».
Tranquilo, muchacho. Correas.
«Correas».
Aquí te quisiera, Lupita, tumbada boca arriba frente al plomo. Y a ti, Vicente. Que coges un papel, subrayas el membrete y, hala, ¡al pozo! «Te conviene», dices. «Oye, pero mira, verás, el ascensor». Y te largo la historia del ascensor con pelos y señales. Que íbamos doce (siete), que se paró entre dos pisos maldita sea sin ver el rayito de la puerta (veíamos la puerta), que nos tuvieron allí tres horas (media) sin saber qué hacer, cómo ponernos, cuándo diablos saldríamos hasta que un alma de dios (una bellísima, excelente y ejemplar criatura) nos sacó a trompicones, el freno chirriando y servidor dale que te pego al padrenuestro. Hasta eso le conté, padrenuestroquestásenloscielos. Y tú erre, «es necesario, algo hará». «Pero hombre, pero Vicente». Pues ni por esas, y aquí te quería yo, embalado empalado sin una triste mosca que llevarte al oído, sin mover el párpado derecho, ay de ti si mueves el párpado derecho.
«Ya queda menos».
Dieciocho minutos encogido en esta jaula. Por favor, Lupita, encanto, ráscame.
«Quieeeto».
En la nariz. Junto a los pelillos del sobaco rasca que rasca. Por favor. Me pico. Me hiervo. Pienso: es imposible en esta playa del Caribe, tan dorado el mar. Sofisticada técnica. Pero siento un crudo picor en las axilas, junto al labio limosnero. Rasca, Lupita.
«Quizá ella te observa. Quizá piensa pobrecillo diez minutos más así, inmóvil, sin toser, sin levantar un dedo...».
¿Toc, toc? Adelante, Lupita, tanto trajín con don Vicente y su santísima madre. Pasa, mujer, me rasco encima de pensar que estoy atado.
«Muy bien. Respira, respira».
Floto. Desde que Lupe apretó los correajes, «por favor estese quieto, ni un solo movimiento, no se le ocurra», y dio el portazo de plomo en la cámara de plomo.
«Ya. Un minuto. Quieeeto».
Y quedan todavía tres sesiones.
«¿Ves? Ya».
—Hale, hemos terminado. A ver esas correas.
—Gracias, Guadalupe.
***
—¿Qué tal fue?
Jaime suspiró. Resultaba especialmente penoso revivir aquel rito verduzco de la cámara y Lupita. Además, la pregunta de Clara era, ante todo, una cortesía. Que cómo estás y qué tal esas radiaciones.
Estaba guapa Clara.
—Pues muy requetebién. Disfrutando.
Clara se limitó a sonreír con aquel gesto suyo de la mujer más gorda del circo. Qué pregunta es esa.
—Sudo como un pollo.
Y, sin embargo, allí sentado con casi una hora por delante, parecía imposible sudar, enredarse con estúpidas historias de moscas y cangrejos, que aún no te conté lo del cangrejo, Clara.
—Anda, desayuna algo.
Entonces Jaime se acordó del sueño.
—La mermelada. Pues que cruzo y en ese momento qué mala suerte un camionazo rojo enorme se echa encima y nada de dolor pero una sensación de aplastamiento y la gente dios mío, dios mío, y yo debajo mirándoles a todos que solo asomaba la cabeza. Gracias.
—Qué horror.
—Y aquello se anima que hasta vino Jorge, figúrate, que si quería algo, y tu marido, y el mismísimo Manuel Arenas.
—¿Quién es Manuel Arenas?
—Un amigo de Sarrión. La de años.
—Bebe.
—Con ganas de quedarme solo y vomitar, figúrate. Sangre. Digo yo. Pero la gente allí hasta que el dueño del camión, circulen, carajo, circulen.
—¿Y se fueron?
—Se fueron. La mantequilla.
—¿Yo no estaba?
—Tú llegaste luego, cuando al fin rompía la marea, dentro, en olas iguales, espumosas, que subían por la tráquea.
Clara no quiso escuchar más —«por dios, Jaime, basta»— y él sostuvo la última tostada con gesto teatral.
—A ver, qué te sugiere.
—Pues no sé, la verdad.
Un camión verdugo junto al tazón de leche: sus encuentros resultaban cada vez más extravagantes.
—¿Qué harás estos días?
Quería decir: «¿Qué harás sin mí estos días?».
—Vicente dice que saldremos el viernes.
—Lo sé. Quiere acabar conmigo en tres sesiones.
***
Jaime Sarduy salió a la calle con el firme propósito de llamar a José Radek tan pronto llegase al instituto. Era el cuarto intento en los últimos días: «Soy yo, José, el libro, acuérdate del libro».
Se sentía mejor, un paso con otro dudando entre la empedrada calle de Cisneros o el falso atajo del paseo junto al mar. Optó por este último: daban las once en el reloj de la plaza, y a esas horas habría profesores corrigiendo. Él llevaba su lista en el bolsillo, Isabelandújar suficiente, Anselmoaparicio suficiente, buenos chicos. Así que eligió el paseo, dispuesto a pisar únicamente las baldosas rojas, esta sí, esta también, caminando como un viejo (qué mira el viejo, todo el día suelto entre los bancos, sin periódico, sin sopa, moqueando; y la niña, anda que la niña). Sonrió al pasar junto a ellos, y el viejales levantó un poco la mano derecha —«a las buenas», parecían decir sus ojos arrugados— y la niña se limpió la nariz, enfurruñada.
Al llegar al quiosco de música Jaime Sarduy sintió un leve punterazo, y se inclinó un poco y aspiró, espiró, aspiró, espiró. Era un dolor suave y familiar, un golpe rastrero que insistía por sorpresa. Aspirar. Espirar, nunca expirar. Aire salobre a los pulmones, aire viejo fuera. El aire que entraba era azul, salpicado de chispitas. Verdoso el otro. Tenía que contárselo a Clara. Lo del color.
Tosió. El dolor cedía, y aquella tos que tanto le costaba era un aviso al sucio perro, «anda, vuelve a por otra». En el escaparate comprobó que nada delataba su reciente y victorioso encuentro. Hasta dudó en acercarse un poco más por ver si tenía marcadas las ojeras. Castigador.
Ahora prefería caminar al cobijo de los soportales en sombra, todavía despacio, lejos ya su juego rojo piso piso. Llegaría al instituto, firmaría los papeles y au revoir. Jorge era un esclavo. Él también, a su manera. Pero Jorge tenía que ejercer su condición de director, querido mío, y él era un siervo humilde y aplicado. Hola, Jorge, adiós.
«Qué harás estos días sin mí», ¿había dicho Clara? Qué harás sin mí, qué. Pues poner orden en el refugio apartamento. Quizá. Archivar las facturas, los rastros diminutos de sus poemas matinales: un pecio aquí, una servilleta manuscrita más allá. Encuadernarse con el libro de José Radek, si aparecía. Vicente tenía razón: quince días en Galicia era mucho tiempo. Y luego añadía: pero nos largamos. Así que eran vacaciones de tres para ninguno. Claro que él podía refugiarse en Cuzcurrita de Río Tirón, el pueblo mágico de Teresa. «Muy cerca de Eldorado, un clima», decía siempre ella. Con ese nombre, Cuzcurrita. Eldorado era casi evocador. Pero Cuzcurrita.
Qué harán estos chicos sin mí. Isabelandújar, Anselmoaparicio. Maru. Le gustaba sentirse póstumo, respirar póstumamente la brisa del paseo y sonreír en clave a la señora del puesto de periódicos —«La Hoja, por favor», pedía siempre con voz llena de oscuras resonancias— levantando un poco el agostado perfil ante el envite de tanta jovencita. «Si no tuviera prisa». Y la joven pasaba junto a él dejando un rastro de tomillo, un taconeo de gaviota que se aleja, muchacho, dónde vas. El reloj de Churruca —alto, entreverado en su mástil de aguardiente— escupía los cuartos con esa parsimonia pirata que tienen los relojes marineros.
***
—Pasa, Jaime.
—¿Estás ocupado? —preguntó él desde la puerta.
Jorge siempre estaba ocupado. «Ocupado de ocupar», decía Teresa. Alto barrigón, atrincherado en las gruesas palas de sus tirantes blancos, Jorge transpiraba actividad. «Pasa, pasa».
—Siéntate —invitó—. Es solo un segundo.
A la ventana, enmarcada por lacios cortinajes, llegaba un trotecillo de jalea real, sordina de grúas en el puerto. «Qué desperdicio, con un despacho como este». Pero Jorge era el director, y tenía derecho a una vista así. Por tener, Jorge tenía cierta propensión al bostezo inoportuno, y una espumilla constante en sus labios azulados.
—Ya está —repitió.
Villagrasa, Vinader, Zaragoza. Suspiró con alivio.
—Bueno, qué.
Sus largos brazos se juntaron en la nuca. Estirándose, dejó que una brisita acariciase los pliegues sudorosos. Trabajaba demasiado.
—Las notas —anunció Jaime, entregándole el sobre.
—Ajá.
Limpiando las abultadas dioptrías de sus gafas, Jorge se preguntó si era el momento, y cómo hacerlo. Confiaba en Sarduy. Después de cuatro años juntos, su amistad aún mantenía esa penumbra saludable de las confidencias compartidas, algún vaso de cazalla a la salud de herr Hipólito, inspector, talabartero, monstruo. Se prestaban, al correr del trimestre, palabras de ánimo, golpecitos animosos en sus hombros de tiza. Cuando Jorge llegó a la ciudad, dispuesto a merendarse a sus alumnos y estrenar la vara y mando de su cargo, Jaime se ofreció, «si en algo puedo», para esfumarse después por el largo, entarimado corredor. Y aunque todos pasaron al despacho con la misma cantinela, «ya sabe dónde nos tiene», fue él, precisamente, quien estuvo a las duras del primer invierno, cuando todas las caras parecían igualitas, y un grueso sabañón se interponía, recio y zalamero, entre él y sus alumnos.
Carraspeó. Verás, Jaime.
—Se trata de un favor.
Jaime Sarduy levantó las cejas invitándole a seguir, «cuál». Le costaba imaginar a Paquebote George necesitado.
—Tú dirás —ofreció.
—Es solo hasta el viernes.
Entonces, Jorge se lanzó. Que le habían llamado urgentemente. Que el informe de herr Hipólito, al parecer, no tenía desperdicio. Que iba en serio, y si un inspector quiere meterte el cuerno, pues te mete el cuerno. Que bajo ningún concepto estaba dispuesto a consentirlo. Él, un veterano. Que se iban a enterar cuando volviesen las aguas a su cauce, si volvían, y que en su próxima visita herr Hipólito comía en el gimnasio. Y que.
—¿Qué?
Paquebote George cambió la estilográfica por una pistolita que era la envidia de Sarduy, y que él usaba de vulgar pisapapeles. Necesitaba tener las manos ocupadas, clic seguro, clac disparo. Clic, clac. Pues.
—Bueno, qué.
Pues que esa era la historia que tuvo que inventarse para su esposa Charo. Menuda era Charo. Y que hiciese el grandísimo favor de reemplazarle hasta el jueves, viernes, jueves noche o viernes tempranito según dispusieran los aviones.
—¿Te vas? —indagó Jaime sin mucha convicción.
—Sí. Shopping.
—Pero cómo que te vas.
—A Londres —aclaró paciente Jorge—. Shopping.
—Ya. Y Charo no lo sabe.
Nooo. Él iba con Julia.
—¿Julia?
—Julia Andújar, la hermana de Isabel.
—Estás chiflado.
Paquebote George asintió. Mal de la cabeza largarse de shopping con una antigua alumna hermana de tu alumna. Tenía poco tiempo y quería saber si él, compañero al fin, estaba dispuesto a guardarle el secreto, ocupar su lugar y tranquilizar a Charo si llamaba. Favor de amigo.
—Sí, hombre —vaciló Jaime Sarduy, «vaya encerrona», «sí».
—Gracias —correspondió Jorge, poniendo en sus manos la pistolita de cachas nacaradas—. Para tu colección.
Solo entonces supo Jaime Sarduy cuánto representaba ese viaje para Jorge. Había soñado con aquella pistola. Soñar de suplicarle, de inventar un trueque imposible, «total, para pisar cartas». Pero aquel deseo estimulaba en Jorge su condición de propietario, «ni hablar, recuerdo de familia, tú ya tienes muchas y yo piso lo que me da la gana». Él tenía, en efecto, cerca de cuarenta.
—¿Qué pasa? —preguntó Jorge al bedel, plantado en la puerta.
—Era para don Jaime. Una alumna. Que si hacía el favor de atenderla un momentito.
—¿Quién es? —preguntó.
—Isabel Andújar.
***
Entraba en la sala de profesores cuando el dolor volvió. Primero con sordina, ramoneando en las partes bajas del vientre; después, rota la esclusa, a secos zarpazos de machete —así imaginaba al sucio perro, un machete largo avanzando por su cordón de tripas— hasta que todo adquirió el mismo tono mortecino y abismal. Con el tacón del pie derecho empujó la puerta, cerrándola tras de sí, y de un rápido vistazo comprobó que nadie iría en su socorro: el mobiliario observaba, displicente, la sorda batalla ganada perdida de antemano. Optó (aspira) por apoyarse en la pared.
Unos segundos más y el dolor volvería de puntillas a la cueva. Jaime Sarduy conocía con gran exactitud los devaneos de su perro, cuándo tenía el día atravesado y cuándo sus patas codiciosas le acechaban. Este era un perro nuevo, hambriento. Igualito al que atacó cuando pasaba junto al quiosco de música, fuera, largo, vete. Recorrían ambos la estrecha pista de su vientre con un ir a costalazos, un dejar al descuido las zarpas estiradas y, raaas, rojo, sangre, compruébalo en el baño. Pero su ataque —el del sarnoso perro loco— era un acto suicida, imposible vencer a Jaime el Grande. Solo una vez, en la última fila de un cine de continua, sintió próximo ese cepo oscuro del abrazo, cuando el dolor del vientre se transforma en un sonido intermitente, tip, tiiip, tip. Pero del cine salió entero y por su pie, y de allí, hedionda sala cenicienta, saldría también como los héroes: ligeramente blanco, húmedo el mechón, sano.
Unos minutos más y dejaría aquel refugio miserable. No quería salir en esas condiciones, desarbolado, sudoroso, y tropezar con Isabel, «permiso, señorita». Jaime Sarduy sentía un interés lejano, impersonal, por sus alumnos. Llegaban en octubre, con los primeros fríos, cuando el mar se enfundaba la verdosa gabardina del otoño, y allí se quedaban, retozando hasta el cansancio, desgreñados, incansables. Él explicaba su lección buscando en los rostros quinceañeros un guiño suspicaz. Después, se iban. Alguna vez el guiño brillaba en el aula como un faro, ¡aquí!, y él mimaba al extraño ejemplar regalo de los dioses. Julia fue un regalo especialísimo de nariz aguileña y rápidos reflejos. Quería saber. Necesitaba comprender por qué Picasso —por ejemplo, Picasso— y cosas así, inexplicables. Jorge, recién llegadito al instituto, le avisó «oye, tengo una en el grupo de la mañana», y él estuvo rápido «te la cambio». Pero nadie con dos dedos de frente cambiaría a Gregoriouceda, granos, expresión ausente, onanista, por aquel sístole diástole de Julia, qué te pasa. Así que se conformó con avistarla en las suplencias a Jorge. Menos es nada.
—Usted dirá.
La señorita Isabel tenía la nariz de su hermana Julia. Recia, adelantada. Isabel Andújar, que respondía siempre con un aleteo de sus ojos castaños cuando él la llamaba «señorita», quería saber si había corregido su ejercicio, y él le explicó que tenía un aprobado justito y por los pelos, señorita. Luego, sintió de nuevo el acoso de la fiera, «¿algo más?» «pues no, muchas gracias».
Jaime Sarduy se dirigió al espejo del baño y comprobó que seguían algo marcadas las ojeras, decrépito el mirar de los ojos huidizos. Pero, al tiempo, la barba. Veteada de grises. Una de cal. Una de arena. Calvo. Pero amplia frente tostada por el sol. Delgado. Pero en forma. Cuarentón, sí cuarentón. Pero viajado. Cal. Arena. Ya quisiera el perro.
¿Qué hacía aún en el despacho? Llegaba hasta él, amortiguado, el chapoteo de las barcas, ocultas por un fondo verde de palmeras. Buscó en la ventana el mástil de Churruca: daba la una y la plaza era un trasiego de bastones, cada niño un bastón, cada pareja, cada padre encadenado.
Decidió regalar un bastón a Paquebote George. Falta le hacía.
Seguía sin hablar con Radek. Judío.
En su bolsillo la pistola caminaba con él, caminaba, caminaba.
***
La penumbra confortable del cuarto. El sofá irlandés de un tapicero que nunca pisó las jóvenes praderas de Irlanda, suyo ahora por ciento cuatro libras. El acondicionador, brisa, suavecito. Todo invitaba a olvidarse de los perros.
Una musiquilla le rondaba, y era la canción en aquel bar junto al teléfono, «¿Vicente? Ah, mira, vaya mañana que llevo con dolores». Vicente le había preguntado dónde, cuánto, con qué intervalo de parto miserable. Luego, calló un momentito, «Vicente, eh, Vicente», y él dijo que sí, que seguía al aparato y que fuera por la tarde a eso de las seis. Vicente estuvo muy amable, y la canción era una melodía preciosa y pegadiza, if I sing you a loove song, will you always remeember. Pero él estaba preocupado.
Se levantó. En la chaqueta —¿dónde había dejado la chaqueta?— tenía su pistola. Era un regalo excepcional, que merecía incluso el precio del insomnio. De eso se trataba: tiempo para que ella encontrase su lugar en el lugar de todas. «Tú tienes muchas», decía Jorge. Treintaisiete.
Te llamarás Cristina, decidió llevándola al armario. Colocó la pistola en la penúltima bandeja, junto al revólver del abuelo Ramón, una pieza única de gatillo labrado y puntiagudo empeine matamoros. Era el lugar. Aunque luego pensó si Cristina no estaría mejor en la primera, con Pizca y Amaranta, todo un compromiso encontrar su puesto en aquel armario múltiple donde cada ciudadano —sello, lupa, farthing— tenía su lugar. Hasta la colección de saltamontes de Birmania, con sus tallos minúsculos y verdes, había encontrado plaza y domicilio muy cerca de las quince botellitas germanas de licor. Pobre Cristina.
Jaime Sarduy volvió al sofá acariciando las mullidas cachas de Cristina. Dormirían juntos if I sing you, o velarían juntos a love song, o morirían juntos de insomnio precoz will you always remember. Además, tenía que llamar a Radek. Nunca estaba en casa. «Le habla el contestador automático de». «José, dónde te metes». ¿Y si había llamado él? «Este es el contestador automático de Jaime Sarduy». Y el judío pues eso, «soy yo, José, tengo tu libro».
En un súbito arrebato, Jaime Sarduy se dirigió al teléfono.
Había una llamada.
Escuchó:
«Soy Berta O’Sullivan estoy en la ciudad llamaré de nuevo».
Incapaz de reponerse, Jaime Sarduy escuchó otra vez el mensaje. Y otra. Y otra más. Era Berta O’Sullivan. Estaba en la ciudad. Llamaría de nuevo.
—¿Voy?
—Jaime.
—Voy. Entonces el tipo, un negrazo de dos metros con una boca enorme, fuerte, camiseta ceñida de un color como amarillo, oreja izquierda con esos aritos dorados, lo estás viendo, pues el tipo dice sujetádmelo bien, no sujetadle, sujetádmelo, ojo, y los otros cuatro que sí, pega, uno la muñeca derecha y el cuello, el otro, el del tatuaje de puntitos verdes Bristol Oil, y como un velero de tres palos, ese, el marino, sujetando el brazo izquierdo en doble nelson, otro la cintura que ya en el vagón me pareció un individuo peligroso, de cuchillada, me entiendes, pues cogido a la cintura con risita de mujer, ji ji ji, le oía yo vigilando los puños del negrazo mientras otro, el último, el que al salir del metro me dijo aquello de sing your dirty song, qué esperaría aquel tipo de cutis granujiento, sentado en la gravilla y tirando del badajo de mis piernas cuando va el negrazo y dice sujetádmelo.
—Jaime...
—Sujetádmelo, cobarde, con puños como bolsas de papas y un aliento marrón, cariado, todos sus dientes rotos y picudos ahora verás listo de mierda quien manda aquí, y el de las gafas se reía, y yo vigilando el tatuaje Bristol Oil que ganas me daban de morderle, tan cerca apretando cuando, bac, el negrazo dispara un obús y la noche del parque tomó un color violeta. Entonces le miré a los ojos y comprendí que estaban empezando.
—Jaime, por favor...
—Un dolor. Porque el golpe, cada nuevo golpe me refiero, daba exactamente en el sitio del golpe anterior, es decir, en el sitio del golpe anterior al golpe anterior, y así hasta que el negro acabara su provisión de obuses, o alguien escuchase mis quejidos porque, mira, no importa si te sacan del metro, si en volandas te llevan detrás de un aligustre, de una tapia blanca con ese tatuaje Bristol Oil que aún no me explico qué pinta en el sueño. Pero los golpes, Clara, los golpes...
... ya está bien.
—Es que fue así. Calcadito.
—Pues vale.
Sorprendido por ese rasgo suyo de firmeza, tan poco habitual, Clara apuró a sorbos pequeños su café. Sabía que Jaime se presentaría con el cuento del sueño, con ese enredo de besarla y «escucha, escucha». Y no es que a ella le importase —había escuchado ya los sueños más caníbales, y todos a las diez, con pan y mantequilla—, pero sí, le importaba mucho perder la hora que tenían en un trasiego tonto de espadas y camiones.
—Te quiero, Jaime.
De pronto, la ternura.
—Mandona.
A sus treinta y ocho años Clara llevaba con soltura unos pechos todavía firmes y en su sitio, una corta melena, y el tedio insufrible de vivir en la ciudad del mar, junto a Vicente, su elegido. Vicente había resultado un marido médico, un médico marido, médico. Fiel, enamorado, aburridísimo. Hacían el amor, y ella sentía una exploración ginecológica con diagnóstico incluido: la matriz, algo fibrosa. Sus amigos, los pocos amigos en aquella cárcel provinciana, eran sus pacientes. Tenían una casa común. Y un fracaso común: Jaime Sarduy Catania, cuarenta y tres años, pulso estable, astenia.
—Es que te disparas —se disculpó ella.
—Necesito contártelo.
¿Dónde la ternura de aquel ascensor como un cuarto de estar, el cartelito «peso máximo autorizado» y una luz suave, con sordina? Lo recordaba bien. Ella entró despacio después de un largo paseo escaparate, aquí las medias color niebla, aquí un gorro para el baño, aquí yo mirándome idiota, trajeada sin perrito que me ladre, entró Clara Puig Valverde, treinta y ocho dicho queda, alergia al chirimiri del polen, soledad, «hola Jaime, hola Clara». Llegaron al quinto, y fue ella, entonces, quien pulsó el botón de planta baja, levísimo roce su blusa por el cuarto, será, presión que nace y crece en el tercero. Aquel día, paseando despacio por la ciudad del mar, Jaime ya le contó una historia, extraña, de pájaros grandes y feroces que picaban sus ojos asustados mientras él corría, corría. Jaime estaba en horas bajas, y eso no lo supo hasta la noche, por Vicente, «mañana empezamos a radiarle, y no sé yo». Llegaban a la escollera cuando Jaime señaló un punto blanco, «como esa», y ella sintió un escalofrío al verla tan altiva, tan viajera, gaviota. Entonces Jaime la besó, y acercándose a su oído murmuró «llegarás tarde», y ella sin entender a dónde tarde, y él «tienes gente a cenar». Clara se puso un vestido discreto —punto de seda, sin escote— y adornó la mesa y compró a toda prisa un postre de circunstancias, sorbete de limón, «Vicente, querido, avísame con tiempo». Acariciando su corta barba de truhan, Jaime le lanzaba indiscretos punterazos, gaviota, gaviota, para volver después a lidiar el solomillo au chef
