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Alicia vive en una vieja casa destartalada y llena de secretos, el más grande de todos es la extraña desaparición de su mamá, Abu le cuenta que un día salió a trabajar y no regresó. Alicia busca la manera de sobrevivir a esa ausencia y mantener el buen ánimo en compañía de su mejor amiga Cele, quien la anima a investigar el paradero de su madre. Abu parece tener mucho que contar, tanto como los documentos y diarios arrumbados en el cuarto de los trebejos. Encontrar la verdad no será sencillo, pero aceptarla y vivir con ella será todavía más desafiante.
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Seitenzahl: 292
Veröffentlichungsjahr: 2023
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A Camila, siempre.
A mis padres, Irma y Miguel, por todo.
A mi hermana Valeria,por su enorme generosidad y sabiduría.
La historia, para entenderse, necesita ser contada.
Lleva tiempo. El archivo, en cambio, existe
para no terminar de hacer su aparición.
Luis Jorge BooneSueltenalos perros
Caminaba de espaldas, a contraluz. Parecía a punto de romperse, rama seca de cerezo; el cabello revuelto, río desbocado a cuestas. Las luces de los semáforos y los pocos autos que circulaban todavía a esa hora teñían de verde, rojo, amarillo el pavimento mojado, como una placa de acero oscuro.
Un objeto alargado colgaba de su mano derecha; el brazo desmayado casi dejaba caer eso que podría ser casi cualquier cosa, incluso un arma larga, una escopeta.
El auto frenó unos metros antes de colisionar con ella. Las luces largas explotaron en sus ojos oscuros, idos. Pero no pestañeó. La cara, de mármol. El claxon sonó cinco veces y el conductor la esquivó con una maniobra apenas justa para no chocar contra su cuerpo frágil y al mismo tiempo contundente, absoluto.
Cuando pasó junto a ella, le lanzó un escupitajo por la ventanilla.
—¿Qué te pasa, pendeja?, ¿crees que eres de hule?
La saliva espesa del hombre le escurrió por la mejilla. Pero no se inmutó. Siguió su marcha mientras el auto se alejó con las llantas embarrándose en la calle, y las luces blancas de los faros se hicieron cada vez más pequeñas en la vía rápida sobre la que ella parecía flotar, y la noche se hizo más noche.
La luz entra por la ventana de la sala. Es un haz del color y la consistencia de la leche que casi no permite distinguir las figuras que se mueven en la pantalla, frente a la cual Abu se quedó dormida otra vez. Veíamos una de esas películas viejísimas, en blanco y negro, que le gustan, donde salen chicas bonitas y hombres guapos vestidos de rancheros o de charros y siempre se oye un tsss de fondo. Abu dice que ella no lo nota, pero yo sí. Es porque antes las películas no tenían audio digital.
También la imagen es distinta: esas películas siempre se ven antiguas, como deslavadas. Si te quedas viendo la pantalla, hasta puedes descubrir pequeños puntitos en donde no tendría que haber: por ejemplo, en el cielo, o peor, en la cara del galán ranchero o de la chica con vestido vaporoso y trenzas apretadas.
Temo que si se acaba de pronto todo se volverá puro ruido blanco, estática, como pasa con las teles viejitas que aparecen en las películas de terror.
Pero tampoco me agrada la idea de apagarla y que Abu despierte de pronto y se enoje, creo que no tanto porque le apagué la tele, sino porque me di cuenta de que se durmió.
Abu se queda dormida enfrente de la tele cada vez más seguido. Después de comer siempre le agarra fuerte el sueño. Veo cómo batalla para que no se le cierren los ojos. Cabecea; el cuello se le va de lado, descuajeringado. Le pasa más cuando hace calor. De pronto escucho el ruido que hace el bordado cuando cae al suelo; ese aro de madera con el que mantiene la tela estirada. A veces cae nada más a sus piernas, cuando está sentada en el sillón. Si la cabeza se le ladea o se le va hacia el frente, corro a acomodar los cojines que la rodean para que no se vaya a lastimar.
Aunque no es, para nada, una mujer frágil, me da miedo que Abu se lastime, pero me da terror que se enferme o se muera. Mi vida ya está llena de ausencias; no quiero una más.
Me llamo Alicia. Vivo con mi abuela en una casa que fue bonita pero ahora ya está vieja, medio destartalada, en Coyoacán, en la Ciudad de México. Ésta es la casa donde Abu fue niña, se casó con el abuelo y luego nació mi mamá. Aquí creció; aquí murió el abuelo. Aquí también nací: es el único lugar que he habitado. Me gusta, aunque a veces casi me da miedo.
Por fuera parece que las enredaderas se la comen. Hace mucho que no queda un espacio libre de hojas y ramas, de verdes, ocres y cafés; tanto, que no recuerdo de qué color está pintada la fachada.
En un sueño (o eso creo) la vi, atravesada a la mitad por un árbol gigante. De hecho, era como la casita del árbol de algún cuento, porque el tronco grueso la sostenía en el aire.
Era curioso, pero no tenía miedo. Me gustaba la sensación de abrir la puerta principal, la del zaguán, y ver sólo el vacío: tierra llana, casi arena, casi polvo, muy abajo; viento; las nubes a la altura de la vista. Sólo tenía que estirar las manos y podía tocarlas: estaban gordas, como si fuera a llover, aunque todavía blancas. El árbol sembrado en medio de la nada, y esa nada ahí, invitante.
Esta casa, al igual que mi abuela, guarda secretos; el más grande es: ¿dónde está mi mamá? Ya volveré al tema, pero cada día que pasa siento que si no lo averiguo pronto me quedaré sin respiración.
Cuando no estoy soñando, la casa me parece gris y triste, aunque Abu se ha ocupado de llenarla de plantas también por dentro, para ver si así le cambia el espíritu.
Hay algo que me gusta mucho: cuando empieza la primavera, todas las plantas se tiñen de un verde intenso y se llenan de flores. Los claveles sueltan su tenue olor a limpio por las noches. Las lavandas, los geranios y las violetas que están en el zaguán explotan en distintos tonos de rosa y morado, y empiezan a atraer a los pájaros, que cantan y cantan, y entonces rompen el silencio que se empeña en instalarse aquí la mayor parte del tiempo.
No soy una chica triste, si acaso algo callada. No me gusta hablar mucho. Creo que las palabras se gastan y pierden su significado si las usas a lo tonto.
Desde que me acuerdo tengo pelada la piel de la mano izquierda, entre el índice y el pulgar. Mi abuela me regaña porque no puedo dejar de rascarme con la uña del pulgar derecho hasta que me saco sangre. Ha intentado de todo: me venda la mano, me corta las uñas, de más chica me llegó a dar uno que otro manazo, hasta que se dio cuenta de que nada servía. Ahora sólo me recuerda a cada rato que me lave las manos para que «no se me vaya a infectar». Creo que en eso, como en muchas otras cosas, ya se dio por vencida.
Voy en tercer semestre de prepa. Algunos de mis compañeros sienten que las pueden todas y me chocan. Sé que muchos me ven como a una estúpida. Sólo Cele es mi amiga. Se llama Celeste, pero yo le digo Cele. Es fuerte; parece que no le tiene miedo a nada ni a nadie y siempre me defiende. No le da miedo pelear con los hombres si es necesario. Cuando empiezan a molestar, les dice que me dejen en paz, y si no lo hacen les grita que son unas mierdas porque se meten con una chica como yo, que saben que no les va a contestar, en lugar de con los de sexto semestre, por ejemplo, que sí les parten todita la cara.
Antes sí me importaba que nadie me hablara excepto ella. Me dolía. Me hacía sentir incómoda, inadecuada, sobrante. Después entendí que soy diferente y siempre lo seré; a quien le guste, bien. A quien no, ni modo.
Y si lo pienso mejor, todos somos diferentes, hasta ésos que se esfuerzan tanto por parecerse a los demás para poder encajar. Yo, aunque quisiera, no podría. No soy como los otros. Vivo con mi abuela desde que era muy chica porque no tengo papás.
Sé quién fue (o es, ojalá) mi madre. Conservo su recuerdo en fragmentos que se vuelven cada vez más borrosos con el paso del tiempo: el cabello largo que me hacía cosquillas cada que se agachaba para darme un beso, las manos largas y finas, con callos en las yemas de los dedos… Pero de mi padre no recuerdo nada. No sé siquiera si lo conocí.
Esta casa está poblada de silencios y fantasmas.
La primera vez que Cele me defendió estábamos en cuarto de primaria. Nunca lo voy a olvidar. Santiago, uno de los niños más traviesos, de ésos que nomás no se pueden estar sentados y callados un ratito, sin estar molestando, me dijo que mi mamá se había largado y me había dejado con mi abuela porque nunca me había querido.
Si ahora me dijera lo mismo me valdría tres pepinos. Pero entonces no. Recuerdo que se me pusieron las orejas calientes, como cuando Abu se preocupa porque se da cuenta de que regresaron los que me hablan. No le digo que nunca se fueron, porque creo que eso sólo empeoraría la situación: la haría sentirse más desesperada. Mejor dejo que piense lo que la haga sentir un poco menos peor.
Antes de ésa, muchas veces Santiago ya me había dicho cosas desagradables. Pero siempre tenían que ver conmigo, nunca con mi mamá. Eran insultos estúpidos, como «gorda», «cuatro ojos», «india» o «naca».
Pero entonces era muy chica y a veces no podía evitar llorar, aunque intentaba que Santiago no me viera. Me escondía en el baño de las niñas y me quedaba ahí, sorbiendo mocos y limpiándome las lágrimas con la manga del suéter, rascándome la piel entre el índice y el pulgar hasta que sangraba, y entonces, como si fuera un bálsamo, se me pasaba la tristeza.
Me decía «cuatro ojos» porque usé lentes durante un par de años, en primero y segundo de primaria, pero fue por culpa de un oftalmólogo que quiso cobrarle de más a Abu; la verdad es que no los necesitaba y por eso siempre me mareaba. Cuando volteaba para abajo, el piso se veía lejísimos y sentía que tenía que dar unos pasotes para alcanzarlo, porque si no me iba a hundir en su superficie, que además se veía como de hule.
No supimos qué me sucedía hasta que Abu me llevó con un médico general que sugirió que viéramos a otro oftalmólogo, porque después de mandarme a hacer un chorro de análisis no encontraba nada que justificara los mareos y los dolores de cabeza que me traían como caminando encima de una nube todo el día.
Y tuvo razón. La nueva oftalmóloga dijo que no tenía por qué usar lentes, y menos con esa graduación tan alta. Así que para tercero los lentes ya se habían ido hasta el fondo del cajón de las cosas olvidadas, en el mueble del comedor, donde Abu guarda todo lo que ya no sirve.
El caso es que cuando Santiago dijo eso sobre mi mamá sí me enojé mucho. Le grité que no era cierto, que era un mentiroso y un tonto, que él no sabía nada de ella; pero él seguía y seguía, escupiendo palabras como vidrios rotos, los ojos brillosos y la boca torcida por la burla.
De pronto me vi en medio de un círculo de niños que me señalaban y se reían: «Tu mamá se largó porque no te quería», gritaban ellos, y gritaban los que hablan dentro de mí otras cosas que no entendía. Había demasiado ruido adentro y afuera. Vueltas y vueltas. El cielo cada vez más alto, más lejos. El patio de la escuela, en cambio, me quería tragar.
Empecé a llorar, primero muy quedito. No sé a dónde se me fue la valentía. El círculo de niños se cerraba cada vez más y sus carcajadas e insultos se oían más fuerte. Las voces de las personas que viven dentro de mí eran más agudas. Me costaba distinguir de dónde provenían tantos gritos. Sentí que algo muy malo estaba a punto de pasar.
Entonces, quién sabe de dónde, salió Cele. Apareció de pronto, con ese vozarrón suyo que hace temblar hasta a los que se sienten más fregones, gritando que me dejaran en paz, que eran todos unos cobardes, que era muy fácil echarle montón a una niña sola entre varios. Que si no les daba vergüenza, que los iba a acusar con la maestra y, si eso no era suficiente, también con la directora.
Me impresionó su fuerza, su decisión, su valentía. Me gustó que no se acobardaba, aunque era sólo una niña, igual que ellos. Ni siquiera era la más alta ni se veía fuerte. Pero todos se quedaron calladitos, como si fuera una maestra o una mamá o cualquier otra figura de autoridad.
Me tomó de la mano y me sacó de ahí, sin decirme nada. Olía a fresas, a chicle, un poquito a sudor seco. A mí me daba mucha pena que fuera a descubrir mi piel pelada, pero si se dio cuenta no dijo nada. Caminamos hasta el salón. Sacó su lonchera de la mochila y abrió su paquete de Chocorroles. Me dio uno, todavía sin hablar.
Apenas pude decirle gracias. Todavía me escurrieron un rato las lágrimas, sólo que ahora eran de felicidad: algo calientito me bañó el corazón.
Ese día, hace ya varios años, aprendí que Cele se iba a convertir en mi amiga para siempre, y que si algún día lo necesitara, yo la iba a defender también.
Abu no quiso contarme mucho esa vez, por más que le dije lo que pasó con Santiago y los otros, y lo triste y enojada que me sentí. No era la primera vez que le preguntaba sobre mi mamá y apenas me contestaba. Fue cortante. Lo más que logré sacarle fue lo que siempre repetía: que nunca me habría abandonado porque me amaba y que un día íbamos a saber qué le había pasado. No sé por qué insistía en tratarme como tonta: si en todos estos años no habíamos averiguado nada, ¿qué le hacía pensar que «un día», como por arte de magia, se nos iba a revelar la verdad?
Me enojaba mucho que me tratara como una niñita. Me daban ganas de salir corriendo y no regresar, como mi madre.
Tengo que decir que casi no tengo recuerdos de Abu cuando mamá estaba todavía con nosotras. Es como si sólo hubiera empezado a existir a partir de la ausencia de mi madre. Tal vez porque yo era muy chica, sí, pero quizá también porque esos años nada importaba demasiado, excepto la presencia de Ana, mi mamá. Por eso es tan curioso que hoy la recuerde tan poco: su voz, sus gestos, su olor ya se hicieron polvo y se desintegraron en la nebulosa de mi memoria.
Me quedé con la impresión de que Abu sabía más de lo que me quería decir. Y me tragué el coraje y la frustración. No me podía ir. No todavía.
No es nada lindo crecer sin papás. Muchos chicos tienen sólo mamá; otros sólo papá; pero somos muy pocos los que de plano no tenemos a ninguno de los dos. Ya sé que ya estoy grande para esto, pero no puedo evitar sentirme siempre como si estuviera manca o coja.
Abu ha hecho todo lo que puede por cuidarme. Tampoco soy tan estúpida como para no reconocerlo. Pero está cansada, y muchas veces también triste. O, más bien, como está triste la mayor parte del tiempo, se siente cada vez más cansada.
También se pone de mal humor y se enoja por todo, hasta por cosas que creo que son puras tonterías. Antes, cuando era más chica, no entendía por qué me regañaba tanto. Creí que me odiaba. Me sentía triste, y en esos momentos extrañaba más a mi mamá. Era muy chica cuando desapareció; tenía un poco más de dos años. En mi memoria tiene el pelo largo y negro, y huele a klínex nuevo, perfectamente doblado, como los que Abu lleva siempre en la bolsa.
Después descubrí que ese aroma era del perfume que usaba. Lo encontré en su tocador, que desde que se fue es mío, como todo el resto de su recámara. Es una botellita blanca con flores rosas. Empecé a ponerme un poquito cada día antes de irme a la escuela, y así sentía que me acompañaba. Cuando se acabó lo busqué en todas las tiendas hasta que lo encontré, lo cual no fue fácil. Es un perfume viejo; dejaron de fabricarlo un tiempo, pero luego se puso de moda todo lo retro y lo volvieron a vender. Se lo pedí de Navidad a Abu.
No pudo negarme ese regalo, aunque creo que no estaba muy convencida de que fuera una buena idea, porque a lo largo de estos años que hemos estado juntas, solas ella y yo, la he visto hacer cosas muy raras.
Por ejemplo: escondió (o tiró, no sé) todas las fotos de mamá. Nunca entendí por qué, y cuando se lo preguntaba me decía que «para que no me angustiara», porque me podría enfermar. Que yo necesitaba estar tranquila.
Eso me daba mucho coraje porque no entendía qué demonios tenían que ver las fotos de Ana con que me enfermara. Pensé que Abu no tenía derecho a privarme también de eso, si la vida (o quien fuera) ya me había quitado a mi mamá. Así que hacía unos tremendos berrinchotes y me iba a encerrar a mi cuarto.
Ahí me quedaba horas, sentada en la cama, sin moverme y sin darme cuenta del paso del tiempo. De repente la luna ya habitaba la noche oscura, su brillo se abría paso por la ventana, y entonces algo, quizá la brisa helada que se colaba a mi recámara, me hacía volver.
Me arañaban las hormigas que se meten por debajo de la piel cuando llevas mucho rato sentada y te recorren los muslos, bajan por las rodillas y llegan a los pies. Ahí es que se vuelve insoportable el cosquilleo y hay que sacudir las piernas muy fuerte, antes de que te devoren desde adentro.
Un día, mientras buscaba un arete que se me cayó cuando me peinaba frente al espejo del tocador, me topé con una foto de Ana. Estaba arrumbada hasta el fondo de un cajón, medio doblada; de alguna manera logró escaparse de Abu y esperarme hasta que la encontrara.
Me entraron muchas ganas de llorar cuando la vi: su silueta apenas trazada en un espacio mínimo; el cabello, una cortina de terciopelo negro que le llega al borde de la cintura; los ojos oscuros, inquietos, febriles; la piel color madera, como la mía. Tiene una expresión seria, concentrada, con una mueca mínima a manera de sonrisa.
Lleva un vestido largo, negro, con lentejuelas que arrojan algunos destellos afilados. El cuerpo cubierto de noche, pero de noche cálida, de fiesta y luces de colores; noche de gente y celebración. No la noche que viene a visitarme a veces, incluso de día.
Mi madre carga un violín. No lo toca, sólo lo sostiene con cariño, diría que hasta con veneración. Gracias a esta fotografía, cuyos colores ya se empiezan a deslavar, recordé que era una artista. Aunque alguna vez me lo dijo Abu, ese detalle se desintegró en mi memoria, como muchos otros, con el paso de los años.
Claro que no le dije a mi abuela que había encontrado la foto, y la guardé muy, muy bien.
Sólo yo sé dónde está, y a veces, cuando la rabia, la tristeza, la soledad o esta sensación de no pertenecer me retumban en los huesos y me abren un hoyo en la panza (y no, no es hambre, porque se siente muy distinto; vaya que lo sé: toda la vida escuché a Abu decir que dejara de comer, y toda, también, me escabullí con un sándwich o una galleta o un chocolate al estudio del abuelo para devorar en paz), saco el pedazo de papel y le hablo a mi madre. Le pregunto si le gusto al chico en turno, si me va a hacer caso o qué demonios tengo que hacer para que eso suceda. A veces me contesta. Le inventé una voz, supongo, porque ya no me acuerdo de la suya. Ésta, la voz que le di, suena a las últimas gotas de lluvia que golpean contra la banqueta después de un día de tormenta. Responde que soy hermosa, que seguro le gustaré. Y que si no es así ni siquiera vale la pena que me preocupe, y mucho menos que me ponga triste.
Pero cuando le pregunto dónde está, por qué se fue, sólo me responde la nada. A veces supongo que lo sabe, pero no me lo dice porque no quiere que me hunda más en este pozo del que a veces me cuesta mucho trabajo salir.
Otras, simplemente pienso que ella tampoco lo sabe. Que su silencio es lo único que le queda.
La tristeza es una sustancia pegajosa. Como ese cemento transparente que usamos en clase de Dibujo técnico para pegar las partes de las maquetas, que se queda en los dedos y forma pellejitos que nos quitamos Cele y yo, una a la otra, con cuidado para no llevarnos un pedazo de piel.
Algunas noches, cuando cree que ya estoy dormida, Abu saca su botella de mezcal, se sirve en un caballito y empieza a tomar, sentada en la mesa del comedor, casi a oscuras. Sólo enciende una lámpara vieja que tiene una pantalla de tela medio rota. Creo que piensa que así no me va a despertar, pero son precisamente esas figuras que se forman cuando la luz pasa por el encaje, que escalan las paredes y llegan hasta el techo, lo que me hace salir de la cama.
Así que bajo despacio las escaleras, persiguiéndolas, para cerciorarme de que esas formas existen fuera de mi cabeza. Entonces la veo llorar. Tomar un trago de mezcal y llorar. Servirse otro trago y medio hablar sola, o quizá con un fantasma. El de su hija que no está.
No entiendo muy bien lo que dice; arrastra las palabras. Así que, entre lo que escucho y lo que adivino —y lo que quiero oír—, me parece escuchar cosas como: «¿Algún día podrás perdonarme, hija mía?».
Me inquieta esa súplica. ¿Perdonar qué? ¿Cuántos secretos esconde la ausencia de mi mamá?
Luego vuelve a llorar quedito; trata de no ahogarse con las lágrimas y los mocos, de no hacer escándalo, no sea que me vaya a despertar. A veces voltea hacia arriba, como para comprobar que no estoy por ahí, husmeando, y entonces tengo que hacer acrobacias para esconderme en una milésima de segundo sin hacer ruido o caerme de la escalera (lo cual está medio difícil porque estoy lejos de ser ágil como un gato). Me sigue tratando como a una niña, lo cual a veces me enoja, aunque también creo que la entiendo: no debe ser fácil vivir con alguien como yo: a veces lloro sin razón; otras me enojo mucho o me angustio y siento que me falta la respiración.
Ya que estoy en mi cama se me pega al cuerpo la tristeza de Abu. Me rasco la piel de entre los dedos y me saco sangre. Lloro hasta que me vacío y luego se me trepa la rabia. No entiendo por qué tuvo que pasarme esto a mí. Por qué mi mamá se fue. Por qué me dejó aquí. Quién es mi padre. ¿Sabe que existo? ¿Le importa?
No he dejado de ser la niña de dos años que un día no la volvió a ver.
Como dije: algunos de mis compañeros no tienen papá, pero eso ya no es raro. Muchos tipos se enamoran de otras mujeres, se largan, se casan otra vez y a veces envían algo de dinero para esos hijos que dejaron. Como si con eso pudieran borrar todas las lágrimas que andan por ahí, regadas en las casas en donde se han quitado sus fotos, en las juntas con la maestra a las que nunca llegaron, en las fiestas infantiles en las que no jalaron el mecate para sostener la piñata ni soplaron, junto a sus hijos, las velitas del pastel.
A Cele le pasó. Su papá se fue cuando estábamos en primero de primaria. Dice que manda un poco de dinero cada mes. Durante años creyó que ella había hecho algo malo y por eso su familia se había ido a la mierda. Sólo el paso del tiempo y la insistencia de su mamá en que ella no tuvo nada que ver con la decisión de su papá han terminado por convencerla.
O quizá no se lo crea del todo, pero por lo menos ya no le duele tanto.
Cele y yo somos amigas desde hace años. Pero, aunque me salvó de Santiago y sus amigos buleadores, nunca le conté —ni ella me preguntó— qué pasó con mi mamá.
Bueno, «nunca» es una palabra muy grande. Nunca, hasta el otro día, cuando fui a su casa a hacer el trabajo de Química en equipo. Después de que se fueron Poncho, Valeria y Chava, me dijo que si me quería quedar un rato a ver una peli. Aunque me moría de ganas, le dije: «Pero si ya sabes que Abu se preocupa demasiado y la hace de tos», pero ella le pidió a su mamá que la llamara y la convenciera. Creo que el argumento definitivo para tranquilizar a mi abuela fue que me llevaría a casa en cuanto terminara la película. Una vez más: como si fuera todavía una niña de diez años.
Imelda me cae retebién. Es muy chistosa; nos hace reír un montón. Cuenta unos chistes buenísimos, un poco pasados de lanza, nada «políticamente correctos». De ésos que si te atreves a publicar en las redes seguro te cancelan. Pero también tiene su carácter. Dice Cele: «Nomás no hago la parte de chamba de la casa que me toca, y no sabes cómo se pone». Le creo, pero me cuesta trabajo imaginarla. Aunque, eso sí, tiene un vozarrón como si fumara.
A veces me da envidia la relación que tienen ella y Cele. Claro que se pelean, pero la mayor parte del tiempo parecen entenderse muy bien. Fantaseo con que así nos llevaríamos Ana y yo si estuviera conmigo.
El caso es que esa tarde ya ni le pudimos poner atención a la peli porque me sentí triste y mi amiga se dio cuenta. Cuando me preguntó qué me pasaba, no quise echarle mentiras; le dije: «Cuando te veo con Imelda, cómo se la pasan tan bien, me da mucha tristeza pensar que mi mamá y yo podríamos estar así».
Fue entonces que me preguntó, por primera vez después de años de conocernos: «Ali, ¿pues qué onda con tu mamá?».
Antes de que pudiera responderle, como que se arrepintió de haber sido tan directa y me dijo que si no le quería contestar no pasaba nada, que entendía. Pero le dije, ya medio impaciente, que ella era mi mejor amiga y que además ya era tiempo de hablar del tema. Ya no soy una niña, y lo que pasó no va a cambiar sólo porque no quiera contarlo.
Así que le platiqué lo poco —o, más bien, casi nada— que sé, porque es lo que me dijo Abu: que un día Ana se fue a trabajar y ya no regresó. Que ella la buscó durante un tiempo, pero que al final se cansó de que la policía no hiciera su trabajo y sólo se burlara de ella. Le dijeron que mi mamá era mayor de edad y si se había ido por su voluntad no había nada que hacer.
Le conté que también la googleé, pero no encontré mucho: era una violinista que alcanzó cierta fama porque llegó a tocar con la Filarmónica de Nueva York, pero un día salió de su casa en Coyoacán (o sea, la nuestra) y nunca más se supo de ella. Que la policía cerró la investigación porque, aunque dejó a su madre y a su hija pequeña, muchas mujeres desaparecen todos los días, y como Ana ya era una mujer adulta quizá había sido su decisión alejarse de todo.
Para cuando terminé de contarle, la piel entre mis dedos ya sangraba otra vez.
Cele abrió muy grandes los ojos; parecía que se le iban a salir. Estuvo a punto de decir algo pero se arrepintió, así que nos quedamos calladas. Algo sólido, pesado, se metió por la ventana y se instaló en la sala de su casa. No me dejaba moverme, casi ni respirar.
Las personas que viven dentro de mí empezaron a murmurar y a reír. Me dijeron: «Cómo eres tonta, acabas de asustar a la única amiga que tienes, ahora sí te vas a quedar muy sola».
Traté de no hacerles caso, pero sus voces sonaban cada vez más fuerte y me picoteaban el cerebro: unas eran agudas, de ave; otras parecían de vidrios rotos.
Como si quisiera expulsarme, el sillón comenzó a trepidar. Lo único que pude hacer fue quedarme muy quieta y agarrarme fuerte del asiento para no caer. Las personas ya gritaban. No quise mirar a Cele; iba a pensar que me estaba dando un ataque de epilepsia o algo así.
En eso llegó Imelda y nos preguntó si pasaba algo. Su presencia fue un martillazo que hizo estallar la burbuja de lo extraño: el sillón volvió con suavidad a su sitio en el piso; las personas que viven dentro de mí dejaron de gritar. Respiré.
Le contestamos que no, pero ella, que siempre intuye las cosas, se nos quedó viendo con esos ojos de «a mí no me ven la cara». Yo no tenía ganas de repetir la historia que le acababa de contar a Cele. De pronto me sentía muy cansada, como si hubiera corrido un maratón —o como me imagino que se siente, porque jamás lo he hecho ni creo que lo haré—. Imelda me cae muy bien, pero sólo quería ir a casa y meterme debajo de las cobijas.
Como me conoce tanto, mi amiga se dio cuenta de lo mal que estaba y le dijo a su madre que ya era hora de llevarme a casa.
Nunca había hecho un trayecto tan silencioso en su carro como el de esa tarde.
Tengo un sueño recurrente. Lo veo como una película vieja, de las que le gustan a Abu, aunque no está en blanco y negro. A lo mejor es por el tsss que escucho de fondo, todo el tiempo, a veces más bajito y otras más fuerte. No sé de qué depende, pero es lo único que cambia.
Soy muy pequeña. Lo sé porque estoy sentada en el tapete de la sala, enfrente de la televisión. Estoy viendo Laschicassuperpoderosas. Me gustan las tres, pero mucho más Bellota, porque aunque todos piensan que es una gruñona, en realidad es la más fuerte e inteligente. No se anda con tonterías. Mi cabello negro, cortado estilo hongo en esa época, me da un aire a ella. Eso me gusta.
Abu coloca un tapete de colores en el piso, en donde me siento. La mesa de centro tiene un mantel individual, un plato de palomitas y un vaso con agua de limón. Desde siempre me encanta el olor a mantequilla de las palomitas recién hechas. Como en una toma subjetiva, observo cómo apenas alcanzo a cerrar el puño de tantas que agarro, así que decido tomarlas con las dos manos, regordetas y torpes, de niña chiquita, y me las como rápido, como si alguien me las fuera a quitar. Entonces se escucha la voz en off de Abu diciendo que tenga cuidado, que coma más despacio porque me puedo atragantar.
Le respondo que sí, pero vuelvo a llenarme las manos de palomitas y a meterme el puño completo, con todo y los dedos, que después chupo uno a uno, a la boca. De vez en cuando le doy un trago al agua de limón, que es la más rica que he probado, porque mi abuela la prepara como nadie.
De la cocina llega un olor a jitomate frito, ajo, cebolla y algo picante. Abu es experta en salsas. Nunca las compra ya hechas; las prepara y las guarda en envases de vidrio con tapa.
Cocina y al mismo tiempo canta sin palabras, tararea. Está muy concentrada y parece contenta. Ésta es mi casa. Mi mundo. Estoy feliz. Me siento segura.
Terminan Las chicas superpoderosas y Abu llega de la cocina y apaga la televisión. Desde mi estatura de niña pequeña, y sobre todo porque estoy sentada en el tapete, la veo en contrapicado, inmensa. Insiste en que ya es la hora de dormir, pero yo le digo que quiero esperar a mi mamá para que me dé el beso de las buenas noches.
Mi abuela contesta que quizá se le hizo tarde, pero que ya regresará. Mientras, tengo que irme a la cama. Que le dirá a mi mamá que vaya a mi cuarto a darme un beso cuando llegue, no importa la hora que sea. Me resisto a creerle, pero supongo que al final me vence el sueño. Aquí la proyección de la película en mi mente se desvanece. No recuerdo muy bien y no sé hasta qué punto mi mente se ha ocupado de inventar las partes en las que falla la memoria.
Al día siguiente lo veo todo desde otra perspectiva: en un plano abierto en el que estoy incluida. Mi abuela tiene cara de no haber dormido en toda la noche. Está sentada en la misma mesa en que hoy se pone a tomar mezcal, y tiene el teléfono y el enorme y desencuadernado directorio telefónico a un lado. Incluso se sorprende —y hasta se sobresalta— cuando me descubre, parada al pie de las escaleras.
Trata de distraerme, pregunta si tengo hambre: «¿Te preparo unos hotcakes, mija?». Pero yo sé, lo siento, que algo muy malo está pasando. Oigo el tsss cada vez más fuerte y sólo recuerdo que le pregunto en dónde está mi mamá.
Una vez más regresa la toma subjetiva. Dentro de mí todo se vuelve rojo. Abu no sabe qué contestar.
Quiere aparentar que todo está normal. Que ese día no cambió mi vida —nuestras vidas— para siempre.
Sube el volumen del tsss.
Me duelen los oídos de tanto ruido.
Ya no puedo entender nada de lo que dice Abu.
Ella disimula; apuesta a que lo olvidaré, a que se me pasará pronto. Al fin y al cabo soy muy pequeña.
Pero no se me pasa. No lo olvido. Hay algo en su cara, quizá las sombras negras debajo de los ojos, tal vez las arrugas más marcadas alrededor de los labios, o esa película quebradiza, como pergamino, que cubre todo su rostro y me provoca una angustia que desde entonces se resiste a irse.
El recuerdo —¿o la pesadilla?— termina ahí. O, mejor dicho: a veces, porque otras se disuelve en una neblina gris que da paso a una segunda parte en la que el tiempo es de hule; parece que alguien lo estira de los extremos, sin piedad. Así como torturaban a la gente para obligarla a confesar en esos libros del abuelo con ilustraciones muy antiguas, a tinta china, que a veces veo a escondidas en lo que era su estudio.
Y a pesar de ello no se rompen ni los huesos ni el tiempo. Y pasa un día, y luego el siguiente, después el otro. Ana no regresa y Abu ya no puede ocultar que algo pasa.
El tsss aumenta de volumen e intensidad; se queda dentro de mi cabeza. Luego, empieza a hablar con muchas voces. Me doy cuenta de que mamá no volverá.
Después del día en que le conté a Cele lo que pasó con Ana no volvimos a tocar el tema por un tiempo. Ella trataba de comportarse normal, como si nada hubiera pasado, pero nomás no le salía. Creo que se esforzaba demasiado y eso lo volvía todo raro, como falso, como artificial. Por ejemplo: se reía de cosas que no tenían ningún chiste, en los momentos menos oportunos, o hablaba demasiado y en voz muy alta, como si estuviera nerviosa, como si no fuera ella sino otra persona que ocupara su cuerpo para ir a la escuela —o por lo menos para tratar conmigo, porque no estoy segura de que se portara así con los demás—.
Se me volvió a meter la tristeza. Aunque ese sentimiento no es nuevo, pues algunas veces a lo largo de estos años que tengo de vida me pasa: parece que habito entre nubes. Pero no es una sensación agradable; al contrario: es como si no pudiera moverme rápido, como si el aire alrededor pesara demasiado y mis fuerzas no alcanzaran para moverlo. Bueno, ni siquiera para perturbarlo.
Transcurren los días y sólo quiero estar acostada. Ni siquiera me da hambre, a mí, que siempre he sido de buen comer.
