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El ejército republicano se encuentra acorralado por la aviación y las tropas franquistas. Corre el año 1939. Sebastián y Daniel consiguen escapar del puerto de Alicante a bordo de un barco que les llevará a Buenos Aires, donde intentarán rehacer sus vidas. Sebastián conoce a Sonia, el amor de su vida; pero años después el golpe de Estado del General Videla cambiará una vez más todos los pronósticos de futuro, Sebastián, además de revivir los fantasmas de la Guerra Civil Española, tendrá que sufrir los horrores de la virulenta represión militar argentina en la carne de su hija. El tango del anarquista, ganadora del Premio Enric Valor de Novela 2005, nos muestra, con el trasfondo histórico de las guerras y las dictaduras a una orilla y otra del Atlántico, una historia llena de dolor, de fragilidad, y de cómo el ser humano es capaz de hacer y sentir lo que nunca hubiera imaginado. Una novela realista, emotiva e inolvidable.
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Seitenzahl: 224
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Editorial Milenio
Lleida
Título original en catalán:
El tango de l’anarquista
© Publicada por Bromera en 2006
© Albert Hernández Xulvi, 2009
© de la traducción: Ana Hernández Padilla, 2009
© de esta edición: Editorial Milenio, 2009
Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición: junio de 2009
Depósito legal: L-654-2009
ISBN: 978-84-9743-295-5
Impreso en Arts Gràfiques Bobalà, S L
© de esta edición digital: Editorial Milenio, 2010
Primera edición digital: mayo de 2010
ISBN digital (epub): 978-84-9743-358-7
Conversión Digital: O.B. Pressgraf, S L
Jaume Balmes, 52, bxs.
08810 Sant Pere de Ribes
Para Ana como siempre, también a Reme, Alberto y Jesús.
Cuando murió su amada
pensó en hacerse viejo
en la mansión cerrada,
solo, con su memoria y el espejo
donde ella se miraba un claro día
Antonio Machado
...l´últim horitzó
és l´últim somni
Ramon Guillem
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
El puerto de Alicante parecía un hormiguero que alguien hubiera pateado con furia. Los soldados republicanos en desbandada intentaban una huida desesperada de la manera más segura posible, embarcando en buques de diferentes nacionalidades que también se veían amenazados por la aviación fascista. El capitán del Neuquén había visto tanta gente desesperada en el muelle que optó por retrasar la partida y que así pudiera embarcar el mayor número de viajeros.
Los fugitivos albergaban en su alma la noche más negra. El barco argentino Neuquén parecía, por el exceso de tonelaje, que en algunas de las sacudidas provocadas por las grandes olas, fuera a desaparecer en el fondo del mar con aquellas personas que apenas tenían aliento para proseguir en otro lugar una vida de incertidumbre, llena de heridas abiertas, imposibles de cicatrizar; los recuerdos eran amargos y de difícil olvido. Sebastián Herrando había luchado en el V cuerpo de ejército, ahora iba en cubierta y no se arrepentía de encontrarse allí. Había tanta carga de humanidad humillada en la bodega, y era tan desagradable y fuerte el olor, que optó por pasar la fría noche a la intemperie. Los retretes estaban atascados, llenos de orines y de excrementos. Los soldados salían de allí tapándose las narices y tosiendo al borde del vómito. Los que no podían contenerse preferían hacer sus necesidades, con diarreas inacabables, cogidos a la maroma de la nave dando el culo a la mar. A causa de su debilidad muchos de ellos caían al agua. Tenían que lanzar rápidamente los salvavidas por encima de las cabezas de la multitud que se asomaba gritando y señalando con los brazos el lugar donde se habían hundido. La mayoría fueron salvados, a otros se los tragó el mar.
Sebastián estaba acostumbrado a las madrugadas de escarcha del terrible y caótico frente de Teruel. En aquel momento se quedó como el hielo, la mirada se le volvió turbia, y evocó el amanecer de finales de marzo terriblemente frío y los almendros en flor congelados. Sólo tres días antes de embarcarse, Gavarón, un motorista de enlace del Estado Mayor perteneciente a la Unidad de Carabineros de Federica Montseny, encontró a su grupo por casualidad. Siempre tenía noticias de lo que ocurría en los pueblos, que iban cayendo devastados en manos de las tropas franquistas. Gavarón era de un pueblo vecino. Sebastián enseguida lo reconoció, a pesar del casco, las gafas y el pañuelo en el cuello. Aquel joven no contaba más de dieciocho años. Había recorrido casi todos los frentes durante la contienda y muchas veces también había hecho de mensajero, avisando a los habitantes de los pueblos de cuándo iba a producirse un eminente bombardeo enemigo, para que la población civil se escondiera en posibles refugios seguros. Iba montado en una Harley Davidson con sidecar, que en aquél momento se hallaba ocupado por un anciano envuelto con una bufanda roída, y un saco rústico que le cubría las rodillas. Gavarón vestía totalmente de cuero, con unas espectaculares polainas y un naranjero[1] cruzado en la espalda; contrastaba de forma surrealista con su andrajoso acompañante, que parecía dormitar sin querer enterarse de la realidad.
—No podía dejarlo en la acera frente a su casa destruida —dijo sin que ningún soldado del grupo le hubiera preguntado.
Cuando les notificó a Sebastián y a su hermano Javier la tragedia familiar, éste último se derrumbó y, días después, en el puerto de Alicante, desfallecido y con la mirada perdida, se suicidó. El motorista pronunció el nombre de Justo Vendrell, como el principal responsable de la muerte de sus padres; ese nombre y apellido quedarían en la mente de Sebastián como un estigma mezclado con un sentimiento profundo de odio. Después Gavarón se despidió del grupo de combatientes, arrancó la moto dando marcha atrás rozando con su casco las hojas de los almendros. La pesada maquina salió traqueteando por un camino estrecho con un destino tan incierto como el del resto de aquellos soldados.
Sebastián estaba ahora allí, en la cubierta del buque, pensando que no le quedaba nada en España. Ni siquiera había podido enterrar a sus muertos. La costa iba desdibujándose poco a poco en la lejanía. Las imágenes de las batallas perdidas le dolieron al recordarlas de nuevo. Miró a su alrededor: soldados de diferentes cuerpos del ejército escondían sus rostros demacrados y hambrientos entre los cuellos altos de los capotes largos, grasientos y desgastados. Ahora también rugían las tripas; unos momentos antes con retortijones intermitentes, y ahora escociéndoles como si hubiesen derramado sobre ellas una palangana de agua hirviendo. Pensó que se le estaban pegando por el efecto del hambre. Ya no recordaba cuándo comió por última vez como era debido, “como Dios manda”. Dios, uno de los grandes pretextos de aquella maldita guerra fratricida.
Por lo menos, la temida aviación alemana no apareció. La suerte en aquellas horas era decisiva. Si se hubieran encontrado con alguna escuadrilla de Stukes no hubieran podido ofrecer resistencia. De pronto, el barco pareció inclinarse a babor peligrosamente. Muchos de los que se encontraban a estribor resbalaron perdiendo el equilibrio, algunos soldados aún soltaron algunas carcajadas con cierta dosis de amargura.
—Creo que las pasaremos bien putas —sentenció un hombre que no parecía pertenecer al ejercito y que iba envuelto en una manta desgastada, como roída por un batallón de ratas.
Aquellas palabras no obtuvieron respuesta. Sebastián pensó que peor hubiera sido quedarse en la playa de Alicante, a expensas de la furia que comportaba la venganza fascista. Cerró los ojos una vez
recobrada la posición vertical. Su rostro era una máscara indescifrable, en sus prematuras arrugas se dibujaba el sufrimiento de los últimos meses. Acumulaba los recuerdos más salvajes, en los que los hombres se habían vuelto fieras. No podía olvidar a los amigos muertos en mil escaramuzas, en los enfrentamientos y, por fin, en la retirada. Volvió a revivir en su memoria cansada, sin poder evitarlo, las imágenes angustiosas que se le representaban inmediatas, haciéndole sufrir de nuevo.
Recordó un lugar en Fayón, durante la batalla del Ebro y aquel frío que le había paralizado los músculos y la sangre. Los compañeros que manejaban tres ametralladoras polacas fueron destrozados por un obús de cañón de gran calibre disparado desde la otra orilla. Por unos momentos creyó que los músculos le iban a reventar, que la sangre que le salpicaba era la suya. Sus tímpanos parecían estar junto a enormes campanas que provocaban un sonido agudo incesante. De manera instintiva se tiró o cayó —no lo recordaba muy bien— al amplio río; tropezó con unos soldados que flotaban, pero que no se movían. Se hundió por el peso del equipo. No parecía tener voluntad de agarrarse a la hierba mojada y fría como cuchillos verdosos que besaba el agua helada. Una mano anónima tiró de él como si fuese un tronco de árbol a la deriva y lo dejó en un desnivel de tierra, como si de una pequeña isla se tratara, agujereada por la metralla que aún humeaba en el barro abierto. En aquel tramo del río el agua corría casi como el viento, bajaba rojiza, pintada con sangre joven que goteaba despiadada sin poder taponar la herida.
Nunca supo con certeza cuántos días estuvo inconsciente, lo despertó una claridad dorada, y por un instante creyó que estaba muerto, que había fallecido en el río. Un contraluz estalló a través de sus pupilas, de sus párpados pegados llenos de legañas. Su cerebro estaba repleto de colores, como si se encontrara en un calidoscópico paraíso. Extrañamente no sentía dolor.
Un alboroto cortó su evocación. Un guardia de asalto cayó sobre unos compañeros, como si hubiera sido atravesado por un rayo; parecía tratarse de un ataque cardíaco. Se estiró, dando la impresión de que había crecido un palmo. Quedó rígido como una lanza y murió en el acto. Uno de los soldados le buscó el pulso, pero ya no lo encontró; se le había escapado raudo, frente al Estrecho de Gibraltar, a bordo del barco argentino Neuquén. Los compañeros le cerraron los ojos espantados que parecían mirar con sorpresa cristalina. Con una bufanda le taparon el rostro. Aquellos hombres estaban acostumbrados a ver la cara de esa señora que había hecho estragos en los campos de España. No podían hacer nada por él, ni siquiera rezar, porque no tenían esa costumbre. Mientras tanto, el sol también iba muriendo detrás de las montañas andaluzas y el azul del cielo se volvía turbio como si una mano invisible lo hubiera empañado. Uno de los guardias de asalto registró los bolsillos del difunto delante de las miradas compasivas de los que formaban una especie de círculo cercano a la barandilla de la nave. Trajeron una manta gris que olía a mil sudores. El que había registrado el cadáver mantenía en sus manos un reloj dorado, una cartera de piel y un papel que un día fue blanco, con unas letras que parecían escritas precipitadamente y que sólo Sebastián se atrevió a leer. Era una dirección fácil de memorizar: Calle del Mar, 25, 1°, Montevideo. Informaron al capitán del carguero. Era un marinero de cincuenta años con un bigote de gaucho y bastantes quilos encima. Cuando estuvo cerca del grupo que rodeaba el cadáver dijo con voz de cazalla mezclada con la ronquera provocada por el viento de los mares: “Descúbranle el rostro.”
El soldado que sostenía las pertenencias del muerto le retiró la bufanda tirando de ella con cuidado, como si se la arrancara del rostro. Todos notaron la rapidez con la que la tonalidad de la piel del cadáver había cambiado, ahora se mostraba como del color del limón.
Por detrás del capitán apareció un hombre calvo que vestía una chaqueta color hueso, un pantalón negro y una camisa blanca de cuello duro desabotonada. Dijo que era médico y examinó el cadáver.
—Dentro de dos horas tenedlo a punto, mejor al amanecer —ordenó el capitán, y se encaminó al puente de mando, abriéndose paso entre la tropa que se acumulaba en la cubierta.
La nave cruzó el Estrecho de Gibraltar; las costas del territorio del norte de África se divisaban perfectamente. Sebastián pensó que muchos fugitivos tampoco estarían allí seguros, que sería mejor alejarse lo más posible de España.
Mientras, con una manta amplia y con el capote cubrieron el cadáver, hicieron con él un gran paquete sin cordeles, que fueron sustituidos por anchos cinturones del ejército que acababa de capitular. Uno de los soldados trajo tres botes de pintura y con un pincel grueso trazó unas franjas anchas sobre la manta: rojo, amarillo y morado. Los soldados saludaron alzando el puño. Lo dejaron resguardado a popa en una plataforma donde había unos barriles enormes atados con fuertes cuerdas.
La noche fue larga. Sebastián apenas pudo dormir. De vez en cuando daba una cabezada. También se oían ronquidos, pero cuando se despertaba de pronto, dirigía la mirada, furtiva, al equipaje extraño del cadáver que ya estaba preparado para que la mar se lo tragara para siempre.
El sol asomó por el este como un punto de referencia hacia donde el barco de carga había puesto rumbo. El capitán, con un uniforme bastante nuevo, se presentó puntual en el lugar en el que algunos soldados descansaban encogidos. Carraspeó, sacó un libro de tapas rojas que llevaba en el bolsillo de la guerrera y leyó rápidamente unas palabras, que parecía saberse de memoria y que casi nadie entendió. Cuatro compañeros del difunto fueron los encargados de dejarlo caer por la borda, deslizando el cadáver por un tablón de madera. A los presentes, desde el silencio, se les erizó la piel cuando oyeron el impacto del cadáver contra el agua. El mar lo engulló de forma inmediata. No llegó a flotar ni unos instantes; no dejó ni el círculo de ondas de la piedra cuando es lanzada sobre la superficie del agua. Sebastián estuvo unos minutos tristes con la mirada fija en aquella parcela de mar que velozmente dejaban atrás. Siempre recordaría aquella secuencia de la caída del cadáver desde la borda y el chasquido sobre la mar. El punto de referencia desapareció rápidamente y le hizo comprobar la velocidad con la que navegaban. El silencio posterior era el mejor homenaje que aquellos desheredados podían ofrecer al difunto. Después unos marineros del Neuquén trajeron capazos llenos de panes. Su olor llegó antes a las bocas hambrientas, que de pronto se llenaron de saliva. A pesar del ímpetu guardaron la compostura hasta que el repartidor se los entregó en las manos. Sebastián se llevó el suyo a la boca mordiéndolo con fuerza canina. El sabor de harina se mezcló con el cansancio que llevaba en los huesos. En un instante el paladar lo trasladó a otros recuerdos, a su infancia, a la casa de campo donde su madre amasaba y enharinaba las hogazas delante de una mesa cuadrada de madera, para después llevarlas al horno de Narciso el Fart, y recordó que acostumbraba a romper las puntas del pan más cocidas, para comérselas de camino de la escuela a casa... Y a su padre, rodeado de libros de contabilidad hasta las cejas. Aquel mundo de su infancia parecía no haber existido nunca. Acababa de cumplir diecisiete años cuando estalló la guerra. Ahora tenía una familia rota, y la incerteza del país que los acogería. Iría acumulando gran rencor a través del tiempo, cuando se diera cuenta de la pérdida, de la juventud destrozada y de lo que hubiera podido ser su vida con Ana, que también murió a causa de la guerra. Ahora pocas cosas le importaban, pero tenía que encontrar un motivo, un sentimiento que le ayudara a seguir viviendo. Y no era un cobarde, ya lo demostró en el frente de Guadalajara. El chasquido de las ametralladoras le encendió la sangre, o tal vez fue el coñac con pólvora que sin saberlo bebían antes de la ofensiva. Nunca se le pasó por la cabeza suicidarse en la playa de Alicante como hizo su hermano, quien creyó que morir sería más fácil.
—Más vale esto que nada —oyó que decía uno de los soldados con un pan entre las manos, como si se tratara de un tesoro muy valioso, y añadió:
—Han prometido que mañana nos darán carne de vaca con patatas.
Sebastián se dio la vuelta y tropezó con la mirada desgarrada de un joven con barba de unas semanas, sucia y enredada como las patas de mil tarántulas. Tenía la piel de la frente pelada por el viento y el frío y los cabellos revueltos, que parecían nacer anárquicamente; en la ceja derecha tenía una herida seca de unos cuatro centímetros de color marrón oscuro, si se hubiera tocado la costra, aunque lo hubiera hecho con delicadeza se habría caído, pero aun así, se veía debajo una línea color rosa. Era de estatura alta, cerca de un metro ochenta, y se parecía a Gary Cooper en una película en la que el actor también vestía uniforme militar. Sebastián la vio en el cine de su pueblo pocos meses antes de declararse la guerra, la del film trataba de la gran guerra del 14 y el personaje era el de “Adiós a las armas”. ¡Qué lejos quedaban los recuerdos y su país deshecho! Intentó conectar de nuevo con la realidad y dejar los recuerdos para otra ocasión.
Les indicaron que intercambiaran la estancia en la cubierta y la mitad de los soldados se instalaron en la bodega, donde mil olores les esperaban. Una rata se sintió molesta al ver invadido su hábitat y corrió inquieta desapareciendo por un agujero metálico; a aquellos hombres les pareció cercana su condición. Ellos las habían visto actuar en las trincheras cuando los soldados quedaban destrozados y parte de sus miembros a su alcance.
Sebastián tenía tanto sueño atrasado que hubiera podido dormir encima del palo de un gallinero. Dormir sin despertar sobresaltado le producía placer. Ya sabía lo que era la incertidumbre de no saber si al día siguiente volvería ver amanecer, o si quedaría enganchado en la bayoneta de algún africano o mutilado por la explosión de algún obús. Siempre que pensaba, al caer la noche, en los compañeros que día a día iban muriendo, creía que no conseguiría escapar de aquella opresión, de aquella pesadilla. Por eso, no fue exagerado que durmiera tres días con sus correspondientes noches. Escuchó, como a través de un túnel, una voz que decía: “Dejadle dormir, lo necesita más que comer.” Era tanto el placer que sentía que se envolvía y se encogía entre las mantas malolientes, olvidándose de todo, hasta de que navegaba en un barco que lo llevaba hacia la libertad.
Los días pasaron entre largas siestas, bocadillos y paseos por la cubierta, acompañados por la brisa de la mar. También tuvieron la sensación nueva de respirar un aire marinero nunca explorado que les ensanchaba los pulmones y les hacía sentir que la sangre se renovaba en su interior, y que la mente iba olvidando el pasado o, al menos, que se difuminaba más de prisa de lo que creyeron en un principio.
Daniel era el joven que se parecía al actor norteamericano. Las monjas del hospicio donde recién nacido lo dejaron eran la única familia que había conocido, y éstas huyeron en tiempos de la revolución. No había visto nunca la mar, y ahora la tenía toda a su alcance, profunda, poderosa, inacabable. Todo era agua, hasta la línea del horizonte que siempre estaba allí y era como un puente para la huida trágica, desesperada por salvar la vida, lo único que les quedaba. Las nubes de humo parecían asomarse desde el cielo a beber, cansadas de estar en el aire mezclándose con un viento frío que cortaba las pieles y barría la cubierta de la nave. La proa del barco Neuquén levantaba estelas de espuma abriéndose paso hacía su destino. Allá, a muchas millas de distancia parecía formarse un tornado. Los marineros señalaron con los brazos un punto determinado para que los soldados que estaban en cubierta miraran a estribor, y vieron en la distancia algo parecido a una manga, como una gran chimenea que besaba la superficie marina dirigiéndose desde el este hacía el sur. La mar se volvió tumultuosa con altas y gruesas olas que hacían que la nave se balanceara de popa a proa, como un caballo saltando obstáculos. Casi todos los soldados, que eran de tierra de secano, vomitaron lo que habían comido horas antes asomados a la barandilla del barco; y algunos todavía tenían ganas de gastar bromas al verse en aquella situación. Tal vez porque el tiempo en ese momento no ofrecía peligro y aquel tornado se alejaba velozmente precediéndoles. Los soldados más jóvenes encontraron el vaivén del Neuquén hasta un poco divertido, iban de un lado a otro perdiendo en algunas ocasiones el equilibrio. El capitán del barco mordiéndose el mostacho los observaba desde el puente de mando con una mirada entre paternal y comprensiva. Pensó: “Vienen de un gran sufrimiento y una situación nueva les provoca hilaridad.”
Daniel no se cansaba de ver mar, y todo el que no había visto durante su vida lo contempló durante aquellos días con propina incluida; pasaba largas horas en cubierta cogido a la barandilla mirando el agua, como si le hiciera preguntas y esperara las respuestas en el rumor que desprendía el mar.
Uno de los atardeceres, de pronto, se oscureció como el abismo más profundo. El barco seguía navegando pero disminuyó la velocidad, parecía que iban a chocar con algún obstáculo peligroso. Tampoco el cielo Atlántico se veía ni se presentía, sólo las luces de la nave parecían el único vestigio de vida en la inmensidad oceánica. Extrañamente el viento había huido y la mar se mantenía en calma, todos estaban nerviosos, presentían que iba a ocurrir algo inevitable, los pasajeros estaban en silencio como si alguien los amenazara. La tarde se juntó con la noche únicamente delatada por las manecillas de los relojes. Una lluvia tempestuosa arreció sobre la nave. Después todo pareció inmóvil, ni las estrellas asomaban, y aquella incógnita duró hasta el alba, cuando una claridad de plomo apareció, y entonces, el Neuquén puso a trabajar sus maquinas y el barco navegó a velocidad de crucero.
Sebastián se acostó después de comer y siguió durmiendo hasta el día siguiente. Cuando Daniel lo despertó le contó la tormenta de la noche pasada:
—Mejor que no te hayas despertado, yo estaba verdaderamente acojonado. El cielo estaba completamente negro y el mar era como un pozo sin fondo —explicó Daniel.
—Sólo nos hubiera faltado naufragar, no me hubiera dado cuenta de nada —contestó Sebastián.
—He tenido un mal presagio, pensaba que íbamos a ser engullidos por el mar, un mar que no había visto antes ni una sola vez en mi vida. He sentido más pánico que cuando nos atacaba la aviación fascista. Era un silencio angustioso que no acababa.
—¡Vaya! Para mí ha sido como si no hubiera ocurrido nada —dijo Sebastián como disculpándose.
—Mejor así, creo que la mayoría no se han enterado porque también estaban durmiendo —respondió Daniel.
—Vamos a comer algo —dijo Sebastián como si no le diera importancia al relato de su compañero.
A medida que las horas iban trascurriendo la niebla desaparecía como el humo de un cigarro arrastrado por el viento. La mañana surgió esplendorosa con un cielo azul radiante y un sol abrasador, que provocó un cambio en el estado de ánimo de los pasajeros del Neuquén. El optimismo natural se hizo patente en sus semblantes. Hubo incluso bromas entre aquellos soldados vencidos que lo habían perdido todo.
Durante los días que restaban de travesía, la mar no fue violenta, las tempestades hicieron huelga en el Atlántico, el viento del sudoeste parecía haberse concentrado en el Océano Pacífico y el Neuquén soportó perfectamente la singladura sin averías en su vieja estructura.
Al final divisaron tierra, dándoles la impresión de que la costa subía y bajaba por el efecto del vaivén de las olas. Sebastián oyó decir al joven que estaba a su lado y con el cual había hecho amistad:
—Trabajaremos en lo que sea. Argentina es un país joven y nosotros también.
La intención de Daniel tenía mucho que ver con el optimismo inquieto, era como hacerse una promesa y querer compartirla con los que le rodeaban, a quienes parecía invitar a adoptar aquella misma actitud. Sebastián, con las mangas de la camisa enrolladas, había dejado caer por la borda el capote militar, cuyas costuras estaban llenas de piojos. Cayó como un ave inmensa de alas sucias que se desplegaban al viento, abatido por un cazador hipotético. Después, él sintió frío, y se arrepintió de haberse desprendido de aquella especie de andrajo, en que con el tiempo se había convertido el viejo capote que le había acompañado durante el último belicoso invierno.
Sebastián era de complexión fuerte, con espalda de atleta, de facciones correctas y ojos verdosos con destellos marrones, abundante cabellera castaña y de estatura media alta. Ya había contado a muchos compañeros que Durruti lo había felicitado en una de las visitas a su pueblo. Él pertenecía a la CNT. La ola seductora del idealismo revolucionario lo arrastró como a miles de jóvenes que ahora parecían despertar de aquel sueño en un lugar lejano, desconectados de su país tal vez para siempre.
El Neuquén, en aquellos momentos, se acercaba ruidosamente a la dársena sur de la bocana del puerto, como si durante la travesía hubiera realizado una gran hazaña y la recompensa fuera el honor de haber salvado un importante componente humano. El silbido del barco y el ruido de sus máquinas querían hacer notar su llegada. El ancla, semejante a un gran anzuelo que buscara un enorme pez, fue tragada por las aguas portuarias y malolientes, donde la suciedad flotaba y se mecía con la espuma de las olas que golpeaban suavemente la línea de flotación. Los gritos de los pasajeros, a modo de saludo, eran tan expresivos que los trabajadores que descargaban fardos diversos se incorporaron expectantes, a pesar de la considerable distancia que los separaba. El Neuquén, como era habitual, transportaba en su tripa mercancías, especialmente cereales y también ganadería. El capitán del barco lucía una sonrisa de satisfacción cuando desde la borda dejaron caer el tablón con dos cuerdas a los lados, a modo de pequeño puente que recordaba a los de los antiguos castillos medievales. Los trabajadores del puerto dejaron de trabajar, secándose los sudores provocados por el monótono esfuerzo. Los vendedores ambulantes también se arremolinaron cerca del casco del barco, mientras un teniente delgadísimo sin mando legal intentaba que aquellos hombres, que sólo unos meses antes habían sido soldados, guardaran cierta disciplina. Les dirigió unas palabras que sonaron fuera de lugar, porque el tono aún recordaba las arengas que se pronunciaban cuando iba a comenzar una ofensiva, o un golpe de mano. Las últimas palabras fueron: “Suerte a todos y salud.” Sebastián y Daniel, que, tal vez por una cierta química o simpatía personal, hablaban a menudo, se hicieron amigos intentando hacer proyectos juntos.
Las luces y las sombras que Sebastián tenía en el cerebro serían también compartidas por otros fugitivos, y se acentuarían los interrogantes que un país extraño podría ofrecerles. En aquellos momentos ya miraban los rostros de los trabajadores del muelle y a la gente que por allí vagueaba, y les pareció que los acogían con agrado y simpatía.
Un hombre viejo con un bandoneón estaba sentado en un pilón de piedra, con una soga gruesa atada a su alrededor, como una boa, mantenía sujeta la proa de una embarcación de pesca que parecía picotear la superficie del agua sucia de residuos de mercancías que denotaban el abastecimiento continuo a la capital del Río de la Plata. De las tripas de aquel instrumento octogonal fluían, como un quejido, las notas de un pasodoble muy conocido que hacía alusión a una jaca. Los exiliados, conmovidos, tragaron saliva con dificultad mientras sus pupilas se enturbiaban. La música finalizó pronto, el viejo plegó el instrumento, se levantó, y se perdió entre la multitud. El ruido iba en aumento, unos camiones se acercaron al puerto y el gentío protestó al notar que les quitaban espacio. Al atravesar el puente de madera del Neuquén, Sebastián creyó marearse, como si se moviera la tierra y no el barco. El capitán de la nave con un verbo cadencioso ordenó que se agruparan. Aquella voz no tenía nada que ver con la que impartía las órdenes durante la singladura.
