El templario negro - Juan José Sánchez Milla - E-Book

El templario negro E-Book

Juan José Sánchez Milla

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Beschreibung

Pasada la segunda mitad del siglo XIII, nace en el Condado de Arienzo Fernando, el quinto hijo del Conde. Las crónicas relatan sus aventuras cuando entra al servicio de su mentor, el templario Iñigo de Aretxaga y posteriormente, profesa los votos y se incorpora a la Orden. Su vida transcurre coincidente con el declive y posterior desaparición de la Orden del Temple. Presentes en la batalla de San Juan de Acre en 1291, reciben el mandato del Gran Maestre de los templarios, Guillaume de Beaujeu, de custodiar y guardar una reliquia que ha estado en posesión de la Orden más de ciento cincuenta años. Sin embargo, Maxim de Montfort, un templario astuto y codicioso, conocedor de la existencia del tesoro, intenta a todas luces quitárselos, urdiendo trampas y poniéndolos en peligro constantemente.

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Seitenzahl: 247

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Este libro está dedicado

A Miguel Sanz Bou, que ha sido para mí, el hermano mayor que nunca tuve.

A Álvaro García Martínez, que ha sido el hermano pequeño que uno siempre querría tener.

NOTA DEL AUTOR

Los antecedentes históricos que aparecen en esta novela son auténticos en un sentido amplio, aunque la mayoría de los personajes son de ficción. Cualquier parecido con personas reales, vivas o difuntas, son pura coincidencia.

Al ser una novela, me he tomado la libertad de realizar una interpretación libre de los hechos que en ella se relatan.

PERSONAJES EN ORDEN DE APARICIÓN

Los nombres de los personajes de ficción aparecen totalmente en mayúsculas. Los personajes históricos están representados solamente con la primera letra en mayúscula.

FERNANDO: 5º hijo del conde de Arienzo.

MOSSÉN AYMERICH: Tutor de Fernando.

ROMUALDO DE ARIENZO: Padre de Fernando.

CONSTANCIO: sargento de armas del Conde.

BRAULIO: Soldado del Conde.

JUAN: Soldado del Conde.

CONSTANCIO: sargento de armas del Conde.

BRAULIO: Soldado del Conde.

JUAN: Soldado del Conde.

IÑIGO DE ARETXAGA: Templario, amigo del Conde.

FROILÁN: Armero del Conde.

ENRIC ROUERGUE: Senescal del Temple en Sainte Eulalie.

Hugo de Paynes: Fundador de la Orden del Temple.

Fray Bernardo de Claraval: Monje que escribió las reglas de la

Orden del Temple.

Jaime I: Rey de Aragón, Mallorca y Valencia.

Muhammad Abu Abdallah Ben Hudzail: Responsable de la insurrección de los moriscos en Valencia en 1275.

Alfonso X: Rey de Castilla.

Mossén Torregrossa: Capellán de Jaime I.

Guillaume de Beaujeu: Gran Maestre del Temple.

Saladino: Líder musulmán, luchó contra los cruzados en

Jerusalén.

Baibars: Jefe de los ejércitos turco-egipcios en la batalla de San

Juan de Acre, en 1291.

Luis IX: Rey de Francia en 1291.

Eduardo de Inglaterra: Rey de Inglaterra en 1291.

Enrique II: Rey de Jerusalén en 1291, en el exilio.

Sultán Malik al-Mansur:

Sultán Qalaun:

Pachá Al-Ashraf Jalil: Líder de las fuerzas mamelucos en la batalla de San Juan de Acre de 1291.

Al-Malik: Comandante del ejército de Hama.

Ruk ad-Din Toqsu: Comandante del ejército de Damasco.

Konrad von Feuchtwangen: Mariscal del Ejército del rey en San

Juan de Acre en 1291.

Pedro de Sevrey: Mariscal de Campo del Temple en San Juan

de Acre en 1291. Sucedió como Gran Maestre a Guillaume de

Beaujeu.

Roger de Flor: Templario. Capitán del "Halcón" en la batalla de

San Juan de Acre en 1291.

BRUNO: Tabernero. Amigo de Iñigo de Aretxaga.

MAXIM DE MONTFORT: Caballero templario.

GIOVANNI: Malhechor contratado por Montfort.

ROLAND: Tabernero. Amigo de Iñigo de Aretxaga.

CRISÓFORO: Capitán del Aurora.

FILIPPO: Contramaestre del Aurora.

COSME: Capellán de la Orden del Temple.

AMBROSSIO DELLA FORTEZZA: templario.

Berenguer de Cardona: Maestre del temple.

Arnaldo de Banyuls: Comendador de Peñíscola.

Rodrigo Díaz de Vivar: Caballero cristiano.

Zayyán Ibn Mardanish: Rey musulmán de Valencia.

Bernat Guillem d´Entença: Tío de Jaime I.

Guillém de Cardona: Maestre del Temple en España.

MIGUEL DE FORTALENY: Templario.

ALQABAL: Andalusí sefardí. Boticario.

Non nobis, Non nobis, Domine Sed nomini tuo da gloriam

(No para nosotros, no para nosotros, Señor, sino para la gloria de tu nombre)

Indice

Capítulo UNO

Capítulo DOS

Capítulo TRES

Capítulo CUATRO

Capítulo CINCO

Capítulo SEIS

Capítulo SIETE

Capítulo OCHO

Capítulo NUEVE

Capítulo DIEZ

Capítulo ONCE

Capítulo DOCE

Capítulo TRECE

Capítulo CATORCE

Capítulo QUINCE

Capítulo DIECISEIS

Capítulo DIECISIETE

Capítulo DIECIOCHO

Capítulo DIECINUEVE

Capítulo VEINTE

Capítulo VEINTIUNO

Capítulo VEINTIDOS

Capítulo VEINTITRÉS

Capítulo VEINTICUATRO

Capítulo VEINTICINCO

Capítulo VEINTISEIS

Capítulo VEINTISIETE

Capítulo VEINTIOCHO

Capítulo VEINTINUEVE

EPÍLOGO

UNO

Nací en el año de gracia del Señor de mil doscientos cincuenta y nueve, en el castillo de Arienzo. Fui el quinto hijo del señor Conde, bautizado con el nombre de Fernando.

Arienzo se encuentra situado en lo alto de unos riscos que le ofrecían protección natural ante el asedio. A sus pies, un río serpenteaba por entre un extenso robledo, ofreciendo meandros de aguas claras que invitaban al baño en verano, y daban la posibilidad de pescar para alimentar los habitantes de los poblados. Algún embarcadero avistado al final de una curva señalaba la proximidad de una aldea de pescadores.

Algunas zonas del bosque se mostraban cortadas, dejando hueco para que en su interior se construyeran casas que constituían las villas pertenecientes al condado de mi padre. Al lado de estas, campos de cultivos, mostraban según la estación del año, un mar ondulante de colores cambiantes de verdes a ocres conforme nos encontrásemos en primavera o en otoño.

Mi infancia transcurrió entre juegos con otros niños de mi edad y aprendiendo las primeras letras con el Mossén Aymerich. Mientras mi padre viajaba por su condado acompañado del primogénito, para impartir justicia en las aldeas y villas del entorno, y salía a guerrear con los infieles que se adentraban en sus dominios, yo jugaba en castillo y sus aledaños con los otros niños del castillo, siempre bajo la atenta vigilancia del aya.

Inquieto como era, no pasó mucho tiempo hasta que no quedó un sitio del lugar que no hubiera recorrido. Me acercaba a los mozos de cuadras para poder ver los caballos y acariciarlos. Ellos me dejaban acercarme, aunque teniendo cuidado de que no me pasase nada, lo que era difícil por lo travieso que era, teniendo que acudir en más de una ocasión a ver a mi madre con cortes o magulladuras. Tras reprenderme suavemente, me acariciaba la cabeza y me mandaba a que me curasen, volviendo al rato a juntarme con mis amigos.

Los días transcurrían entre las clases de Mosén Aymerich y los juegos. Por las mañanas, tras lavarme la cara y tomar un tazón de leche con sopas de pan, mi maestro, tras haberme enseñado en mis primeros años, las letras y luego, a leer y escribir, había pasado a impartirme nociones de matemáticas, historia y geografía. Después de un par de horas, salía corriendo, oyendo a mi espalda sus gritos y quejas por acabar la clase demasiado pronto, y bajaba a las cocinas donde robaba una manzana antes de salir al patio de armas, para ver como los soldados practicaban la lucha con espadas y tiraban a los blancos apoyados en un lateral del patio con arcos y flechas.

Con los años, el señor Conde ordenó al sargento de armas que comenzara a enseñarme las artes de la guerra. De esta manera, al acabar las clases con mi tutor, me encaminaba al patio del castillo donde, tras pertrecharme con un jubón acolchado y ponerme en la cabeza un yelmo puntiagudo, cuyo forro olía a humanidad, entraba en un círculo donde me esperaba Constancio, uno de los soldados de confianza de mi padre.

Constancio era a primera vista, impresionante, y mucho más si tenéis en cuenta que delante lo miraba un muchacho de once primaveras. Cuando levantaba la miraba, ante mí se erguía una mole de más de metro ochenta de músculos. Su mirada, bajo unas cejas prominentes y muy pobladas, era penetrante y parecía observarte con un brillo malévolo que no hacía presagiar nada bueno para mí. No se ponía el casco para pelear y su melena, sobre los hombros, era negra como ala de cuervo, desgreñada, confiriéndole un aspecto si cabe más fiero. No sonreía mucho ni era locuaz, lo que no facilitaba el trato con él. El torso enorme, protegido por un chaleco acolchado que dejaba los brazos, enormes como jamones al aire. Su mano izquierda empuñaba una espada de madera y asía una rodela pequeña con la derecha.

Con una sonrisa torcida, me indicó con un gesto que le atacase. Eso hice y me recibió con un mandoble que me tiró hacía un montón de paja. Me levanté enojado, y volví a arremeter contra él. Esta vez, pude cruzar la espada un par de veces antes que, con un fuerte golpe de escudo, me volviese a tirar al suelo. Cuando me levanté y me preparaba para volver a atacar, me paró con el brazo y me dijo:

- Fernando, la primera lección que te voy a dar es la siguiente. Aunque seas generoso de cuerpo y espíritu, y creas en tu fuerza, nunca comiences un combate sin saber bien contra quien te enfrentas. Lo primero que has de hacer siempre, es estudiar a tu adversario. Aprovecha los primeros momentos para estudiar cómo se mueve, a que altura deja la espada suelta, como se cubre con el escudo, la posición de sus piernas. Eso te dará la información necesaria para cuando cruces tu espada con él, sepas cual puede ser su punto flaco, si te atacará de frente o por un lateral. Tendrás mucho ganado.

Asentí y me acerqué a él de nuevo, pero esta vez, más pausadamente. Cuando estaba a dos pasos de Constancio, fui girando a su alrededor. Comprobé de esta manera, como se iba desplazando lateralmente, arrastrando los pies, para ofrecerme la menor superficie de ataque. De pronto, amagué un golpe y dirigí una estocada recta al estómago. Con un rápido movimiento, paró el ataque con su rodela, y en el mismo movimiento, su otra mano bajó la espada verticalmente contra mi casco. Apenas tuve tiempo de levantar el brazo del escudo, pero la potencia del golpe me hizo doblar la rodilla. Constancio asintió y dijo:

- Bien hecho. Para el golpe, y aunque dobles la rodilla, no pierdas de vista a tu enemigo. Desde abajo. También puedes contraatacar con un movimiento semicircular segando los tobillos que están peor protegidos.

Así transcurrieron dos horas, pasadas las cuales Constancio dio por finalizado el entrenamiento y nos dirigimos a la pileta para lavarnos la cara y los brazos.

A la noche, mi padre el Conde se me acercó, y me dijo que Constancio le había hablado bien de mis aptitudes, y me insistió en que perseverara en mis clases de armas, porque algún día me serían útiles.

DOS

Pasaron tres años, los ejercicios en el patio de armas y los trabajos manuales – me gustaba ayudar a los mozos en las caballerizas – fortalecieron mis hombros y brazos. Ya era más alto que Constancio y podía pelear con él sin descanso durante más de una hora. Cuando acabábamos, y después de lavarnos en la pileta, le acompañaba para ver como ejercía de sargento de armas de mi padre, el conde.

El año siguiente, el invierno llegó brusca y ferozmente a nuestras tierras. Sin apenas otoño, los campos y las cimas de las montañas se cubrieron con un manto blanco. La última cosecha se perdió con el frío y los aldeanos temblaban pensando en que pudiera golpearles un período de hambruna. Para más males, los lobos, ante la falta de piezas que cazar en las montañas, descendieron al valle y atacaron a las ovejas y vacas. Una mañana, un grupo de labriegos comandados por el tendero que hacía las veces de portavoz de la aldea, llegaron al castillo y pidieron audiencia. El conde les recibió en el salón donde expusieron entre lamentos, su preocupación por el invierno que se avecinaba y el miedo que sentían por el daño que los lobos pudieran ocasionar a sus hijos y a los rebaños.

Tras escucharlos pacientemente, el conde los calmó diciéndoles que tomaría las medidas adecuadas para protegerlos. Al salir el cortejo, mandó llamar a su sargento de armas.

Constancio apareció al momento. Puso rodilla en tierra y se aprestó a escuchar.

- Constancio. Quiero que prepares una partida, subas la montaña y des caza a esa manada de lobos. Llévate contigo a Fernando. Ya es hora de que desarrolle fuera lo que ha aprendido en el castillo.

Sin más palabras, lo despidió y se levantó y salió del salón. Constancio me miró y dijo.

- Fernando. Mañana al amanecer subiremos a la montaña. Prepara ropa para un par de días. – Y apoyando su mano en mi hombro se despidió.

La partida salió del castillo al amanecer. Encabezaba el grupo el propio Constancio. A su lado, yo conducía mi montura con semblante serio y circunspecto. Les seguían Braulio y Juan, dos hombres de armas del conde. Braulio era un hombretón de cara ancha y rubicundo. De carácter bondadoso, era fácil conversar con él después de los entrenamientos. Te decía que hacía bien o mal según su entender. Juan era el contrapunto físico, delgado, casi enteco, era un hombre alto y fibroso, sin grasas que le sobraran. Siempre con barba de varios días que nacía alta bajo los ojos. Las mejillas hundidas le conferían a la cara un aspecto triangular con el vértice en el mentón, prominente y afilado. Gran luchador, sobre todo en el cuerpo a cuerpo, Fernando había podido apreciar cómo tumbaba a contrincantes mucho más pesados que él en combates con cuchillo.

Ambos iban ataviados con gruesos jubones y calzas de cuero. Calzaban botas forradas y se cubrían los hombros con capas de pieles. Todas las monturas llevaban enganchada a la silla, una lanza y escudo. Constancio había atado a la parte de atrás de la silla de montar, un hacha de combate de doble filo. Por mi parte, me decanté por llevar un arco, que puse en bandolera y atada a la silla, una alijaba de donde asomaban los astiles de las flechas.

Cuando llevábamos cabalgando más de dos horas, y un rato subiendo las primeras estribaciones de la montaña, llegaron a un claro del que se abrían dos sendas a ambos lados de un peñasco. Constancio levantó la mano y el grupo se arremolinó a su lado.

- Juan, tú y Braulio tomad el camino de la izquierda. Cabalgad no más de quince minutos, y si no veis nada raro, volved aquí. Si encontráis huellas, soplad el cuerno dos veces. Nosotros haremos lo mismo en el otro camino.

Sin una palabra más, tiraron de las riendas de sus monturas y se adentraron en la espesura del bosque. Constancio y yo, hicimos lo mismo tomando la senda de la derecha. A los pocos minutos, así con la mano las riendas de la montura de Constancio y señalé con la otra unas ramas rotas a la izquierda del camino. Constancio asintiendo, descabalgó y llegó junto a los arbustos, se arrodilló y tras estudiar detenidamente la escena, giró el cuello y dijo:

- Estas ramas se han tronchado recientemente. Las marcas continúan por esa vereda, pero los caballos no van a poder pasar por ahí. Sopla el cuerno para que vengan los otros.

Giré el torso, cogí el cuerno que pendía de su silla, y soplé con fuerza dos veces. No había pasado ni un cuarto de hora cuando oyeron como se aproximaban los dos soldados.

- Escuchad – Constancio los miró fijamente – Vamos a dejar las monturas aquí. Juan, tú quédate a su cuidado, atento a que puedan aparecer los lobos.

Juan, conforme le iba hablando su jefe, desmontó y cogió de la silla la jabalina, la destrabó e hincó el astil en tierra. Descolgó la rodela y se la fijó en el codo izquierdo y desenvainó la espada, clavándola junto a la lanza. De esta pinta quedó al pie de los caballos que sus compañeros habían amarrado a unas ramas cercanas. Sin mediar una palabra, los despidió con un gesto de cabeza.

Constancio, Braulio y yo mismo, nos habíamos pertrechado con las armas que pendían de nuestras cabalgaduras. El sargento de armas había cogió el hacha de combate de doble filo, y la llevada horizontal asiendo por la mitad del mango. Braulio había elegido, al igual que su compañero, la jabalina y el escudo, llevando al cinto su espada. Yo elegí la rodela, que colgué sobre mis hombros para proteger la espalda y llevaba en las manos el arco y colgando, la alijaba rellena de flechas. Una espada recta ceñía su cintura. llevábamos caminando entre la espesura más de veinte minutos en silencio, cuando Constancio que encaminaba la fila, levantó el brazo izquierdo con el puño en alto. Braulio y yo nos situamos uno a cada lado de él y miraron delante de ellos, donde Constancio señalaba.

Un claro se abría un poco más adelante delante de una cueva. En el exterior, vieron cuatro lobos, uno tumbado a un lado de la entrada de la cavidad y los demás correteando.

Afortunadamente el viento soplaba en contra de ellos, y no había podido olerles. El que parecía el jefe de la manada, era un lobo grande, de pelo entreverado gris y blanco, con marcas de pelada en el lomo que insinuaban luchas anteriores. Sus colmillos, amarillentos, se mostraban a ambos lados de los morros del animal.

Constancio puso la mano sobre mi hombro y me señalo al líder de la manada. Asentí, y tras poner una flecha en la cuerda, apunté con cuidado al líder de la manada mientras tensaba la cuerda y notaba como las palas se combaban con la tensión. Cuando estuve seguro, solté la cuerda. La flecha salió disparada recta, con un ligero cimbreo y sonreí cuando impactó en el lomo del animal, cerca de su pata delantera.

Raudamente, Constancio y Braulio salieron de la espesura y se adentraron en el claro enfrentándose a las demás fieras. Al llegar junto a ellas, Constancio descargó un golpe feroz con el hacha en semicírculo que prácticamente partió en dos al primer lobo que encontró en su camino. Con el mismo movimiento, y aprovechando la inercia que llevaba, descerrajó otro golpe a un lobo que quería saltar sobre él desde el lado contrario, y que se encontró con el filo del arma entre los ojos, dividiendo su cráneo en dos.

Ensangrentado como estaba de las salpicaduras de los animales, giró la cabeza buscando a Braulio. Este, había acorralado al tercer animal junto a la entrada de la cueva. Se fue acercando hasta que la tuvo al alcance de la jabalina y se la clavó en el flanco. No vio como salía una loba negra de la cueva y se dirigía a él por detrás. Cuando la fiera iba a saltar sobre su espalda, le llegó la flecha que se había disparado desde el linde del claro, donde me había posicionado por si veía algún movimiento raro. Afortunadamente, puede ver la salida del animal e intervenir antes de que hubiera causado algún daño.

Todo terminó en unos minutos. Cuando nos reunimos en el claro, el aspecto de Constancio y Braulio era sobrecogedor. Ambos estaban cubiertos de sangre, aunque por la gracia de Dios nuestro señor, no era de ellos. A nuestros pies, cinco lobos yacían tumbados a nuestro alrededor.

Decidimos llevárnoslos con nosotros. Con unas varas que cortamos de los árboles construimos unas parihuelas que rellenamos con ramas de pino entrecruzadas. Echamos sobre ellas los lobos y fuimos arrastrándolas hacia donde nos esperaba Juan.

Cuando nos reunimos, Braulio insistió en contarle la pelea, adornándola con todo lujo de detalles, y poniendo los ojos en blanco para exagerar la situación y dramatizar el encuentro. Juan lo miraba con una sonrisa sardónica, que sólo se traslucía en sus ojos, pues el resto de su cara se mantuvo impertérrita.

Como se había hecho tarde, y la niebla caía sobre el bosque disminuyendo mucho la visión, decidimos acampar en el primer claro en el que paramos. Hicimos una hoguera para ahuyentar a las alimañas y calentar algo de carne que comimos con un poco de pan y queso. Un trago de vino aguado ayudó a bajar la comida. Nos tendimos sobre las pieles que llevábamos alrededor de la hoguera y nos dispusimos a dormir unas horas.

Al amanecer, recogimos el campamento y tras ensillar las monturas, enganchamos la parihuela al caballo de Juan. Girando los caballos, retomamos el camino de vuelta al valle.

A mediodía, vimos las primeras viviendas del pueblo. Unos niños, que jugaban en el ribazo nos vieron aparecer por la ladera y corrieron gritando hacia las casas. Al momento, comenzaron a salir los lugareños y a la cabeza, el mismo hombre que había ejercido las veces de portador en el castillo. Al coincidir en el camino, se abrieron para dejarnos paso y empezaron a musitar y señalar los lobos que colgaban de la cabalgadura de Juan.

Constancio, mandó adelantarse a Braulio al castillo para que le dijese al conde que habíamos cumplido con la misión encomendada, y nos paramos en la plaza, junto a una fuente. La gente se iba arremolinando a nuestro alrededor. Sus caras mostraban satisfacción y también aprecié signos de relajación tras la tensión sufrida por el ataque de las fieras.

Al poco, vimos aparecer a nuestro señor, con Braulio y cuatro soldados más como sequito acompañante. Cuando llegó a la plaza, se empinó sobre su montura y dijo:

- Os aseguré que me haría cargo de vuestro problema y que lo haría mío. Aquí veis las alimañas que os han tenido preocupados. Ya no volverán a molestaros. Podéis quedároslas y hacer con ellas lo que queráis.

Nos dirigió un gesto con la cabeza y girando su corcel, retomó el camino hacia el castillo. Nosotros nos pusimos tras él y cabalgamos orgullosos hasta casa.

TRES

Habían pasado seis meses desde el episodio de los lobos, y la primavera se apreciaba a nuestro alrededor, mirases donde mirases. Los prados, cubiertos de verde salpicados de notas de color provenientes de las flores silvestres que crecían en los campos. Los árboles reverberaban con un verde brillante. Los frutales mostraban ya sus frutos, aún verdosos, pero pronto a dar una nota de color más acentuado. Las aguas de los ríos bajaban de la montaña limpias y cristalinas. Esa mañana, fui llamado por mi padre al salón. Cuando llegué, despidió a los criados y me hizo acercar con un gesto de su mano.

- Fernando, anoche llegó el mensajero que había enviado a Larzac. Mi amigo Iñigo Aretxaga, que vive en Sainte Eulalie de Cernon, me devuelve saludos y me manda decir que está contento de recibirnos.

Partiremos al alba, y te quedarás con él como su armígero1 unos años para terminar de formarte en las artes de la guerra.

Luego volverás aquí para ser nombrado caballero, y si Dios, Nuestro Señor lo quiere, podrás como mi amigo Iñigo, entrar en la orden del Temple.

- ¿Tu amigo es templario? - Preguntó curioso.

- Sí. Participó en la última cruzada y tras su vuelta a Francia, decidió ingresar en la orden si se le admitía. Es un guerrero y a la vez una persona de gran vocación cristiana. - Calló un momento y continuo - Nos acompañaran en este viaje tu maestro Constancio y algunos hombres de armas.

- Como ordenes, padre - Fernando asintió con la cabeza y esperó en silencio.

- Ve pues a despedirte de tu madre y hermanos. Luego, busca a Constancio y preparad lo que tengas que llevarte.

Una hora después, me encontré con Constancio al pie de las escaleras. Venía cargado con un hato grande, por cuyas aberturas asomaban trozos de ropa y una daga.

- ¡Fernando, me alegra verte! Tenemos que preparar tus armas.

- Venía a buscarte para ello. ¿Puedo coger de la armería lo que piense que pueda necesitar?

- ¡Por supuesto! Yo te ayudare. - Sonriente, dejo el hato en el suelo y dijo a dos criados que pasaban a su lado señalándolo ¡Recoger esto y llevarlo a mi cuarto! ¡Y que no se pierda nada!

Los sirvientes se miraron, y se agacharon a la vez para levantar el bulto. Con un gesto de la cabeza se despidieron y se encaminaron hacia los barracones.

Constancio y yo nos dirigimos a la armería, donde, como siempre Florián estaba ocupado bruñendo y afilando las armas que había sobre un mostrador de madera.

- ¡A ver Froilán! Saca para Fernando una espada larga, de hoja ancha y un hacha de combate. También un par de cuchillos - Se giró hacia mí y me preguntó - ¿Tú quieres llevar algo más?

- Sí. Froilán, por favor. Dame el arco que uso habitualmente un una alijaba llena de flechas.

- Te has acostumbrado mucho al arco. el arma del caballero es la espada y la lanza.

- Lo sé, pero ya viste que me manejo bien con él. Si entro en combate en el futuro, creo que haré buen provecho de él. Pon además, Froilán una jabalina.

- Bien. Nos vamos. - Se giró al armero y continuo - Ten todo preparado para recogerlo al alba.

- Así se hará, Constancio.

A continuación, se encaminaron a los establos donde prepararon los arreos y guarniciones que llevar para cargar en las mulas. Cuando terminaron se fueron a la cantina para tomar una copa de vino aguado. Fernando escuchaba las aventuras y anécdotas que Constancio le contaban de las muchas veces que había entrado en combate. En el fondo sabía el viejo sargento que Fernando iba a añorar el castillo, y no quería que pensara en la próxima partida. Después de una ocurrencia picaron, Constancio se río fuertemente y dio por terminada la velada. Se levantó despidiéndose de todos y se fue a su habitación para intentar dormir, lo cual, en ese momento, se le antojaba difícil.

Apenas había despuntado el sol por el Este cuando el conde descendía por las escaleras del castillo al patio. Ya estábamos en él Constancio, los soldados que nos llevábamos de escolta y yo mismo. El sargento había elegido, sabiendo que me llevaba muy bien con ellos, a Braulio y Juan, además de otros cuatro hombres de armas. Los caballos estaban ensillados, con las alforjas llenas. Llevábamos además tres mulas con los hatos para el viaje y las armas.

Mi padre, ayudado por un criado, se irguió sobre su alazán y empuñando las riendas, giró la cabeza de este hacia la puerta. En ella, dos soldados formaban firmes, cada uno a un lado, con la lanza inclinada saludando y el escudo sobre el lado izquierdo del pecho. - Vámonos -. Y sin más palabras, hincó espuelas sobre los ijares de su montura y emprendió la marcha. Constancio y yo nos situamos detrás de él, y la escolta nos siguió situándose tras nosotros en columna de a dos.

Erguidos, pasamos bajo el portón. Yo giré la cabeza mirando hacia la torre del homenaje. Allí, en una ventana alta, asomaba mi madre. Al verme girar, levantó su mano y la agitó sonriendo. Con los ojos húmedos, volví la cabeza al frente y sin decir nada, fijé la mirada en la espalda de mi padre y me alejé de mi hogar.

1 armígero: Escudero de armas

CUATRO

Cabalgamos durante una semana antes de ver desde lo alto de una loma la villa de Sainte Eulalie de Cernon, encomienda de la orden del Temple en la zona de Larzac.

La villa se erigía en medio de un valle, en plena meseta, a orillas del río Cernon. Desde nuestra posición se aprecia como se elevaba la torre de la iglesia, entre un mar de tejados de color pizarra. Algunos torreones circunvalaban el perímetro fortificado de la población. Llegamos a ella atravesando un frondoso bosque. Cuando llegamos al portón, salieron de la garita unos soldados preguntándonos que queríamos. Mi padre les explicó que venía a ver al caballero Iñigo Aretxaga, el cual les esperaba. El sargento al cargo de la puerta se apartó para darnos paso. Mi padre les preguntó dónde podían dejar las caballerías y descansar un rato. Éste les recomendó un figón detrás de unos establos que se encontraban nada más pasar la puerta a la izquierda.

Dentro del recinto, nos encaminamos a las cuadras, donde dejamos las monturas al cargo de un empleado. Constancio, después de que quitáramos las sillas a los animales, dejó también de guardia a dos de sus hombres, con la promesa de un relevo rápido.

Nos dirigimos al figón, que lucía ostentoso sobre la puerta un cartel hecho sobre una tabla en la que ponía "El jabalí dorado".

- ¡Buen hombre! - Exclamó Constancio - Si lo que dice el cartel es cierto, bien nos podremos alimentar y esperar, mi Señor.

- En efecto Constancio - Respondió mi padre - Espero que Iñigo aparezca pronto.

Penetraron en el local bajando unos escalones. El interior, enorme, era una antigua bodega sostenida por arcos de medio punto entre los que se abrían espacios diáfanos en los que el posadero había colocado mesas corridas de madera con tablones a modo de asientos. A la izquierda, una barra formada por barriles atados entre sí, coronados por un ancho tablón envejecido y cuarteado. Al fondo se apreciaba un gran horno del que, pinchado por un espetón manejado por dos mozos que daban vueltas al mismo, se asaba un enorme jabalí que iba soltando grasa mientras su carne se doraba. Gotas de grasas caían sobre la rejilla, encima de las llamas, y levantaban una humareda que transportaba el olor del animal y hacía segregar los jugos del estómago.

El grupo se acercó a la barra. Tras ella, un hombretón corpulento, calvo y barbudo, con la tez sonrosada y de amplios carrillos, nos sonreía atento.

- Buenos días, señores. ¿Desean que les atienda?

- ¡A eso venimos hombre! - Se adelantó Constancio al conde Mi señor quiere una mesa para todos nosotros, y probar ese cochino que estás asando y que tan bien huele.

El dueño, buscó con la mirada a un camarero y se lee señalo con la barbilla una mesa grande situada al fondo del local. Mirando de nuevo a Constancio dijo - En seguida tendremos la mesa lista para Vos. Si me permitís, os iré poniendo las bebidas. ¿Querréis probar un vino que me han traído de Toulouse este año? No probaréis por aquí nada mejor.

- Sea el vino. Un par de jarras y un par más de agua para acompañar.