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El titán narra el resurgir del financiero Frank A. Cowperwood en la ciudad de Chicago, la cual vive a finales del siglo XIX un crecimiento inexorable gracias a los grandes descubrimientos en el campo de la industria y de la tecnología. En ella Cowperwood desea borrar un pasado donde la palabra fracaso no tiene cabida, sino tan sólo la superación y el deseo más vivo si cabe de triunfar en el mundo de los negocios. En pugna con las convenciones de una sociedad cerrada, elitista y conservadora, se traslada allí con su nueva mujer, Aileen, a la espera de encontrar el reconocimiento que inmerecidamente se le ha negado. Pero el Oeste americano no es muy diferente del Este de donde él procede, y aunque es tierra de pioneros, le esperan los mismos obstáculos: la alta sociedad aferrada a sus conquistas, el juego sucio de los políticos que gobiernan la ciudad, la todopoderosa prensa y la hipocresía que rige las relaciones humanas. Pero Cowperwood tiene algo muy claro y no lo va a dejar escapar: que el negocio de los transportes es el futuro, y que ese futuro es sólo para los que arriesgan. El titán es la segunda novela que compone la "Trilogía del deseo", junto con El financiero y El estoico.
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Seitenzahl: 1120
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Akal / Clásicos de la Literatura / 10
Theodore Dreiser
EL TITÁN
Traducción: María José Martín Pinto
El titán narra el resurgir del financiero Frank A. Cowperwood en la ciudad de Chicago, la cual vive a finales del siglo XIX un crecimiento inexorable gracias a los grandes descubrimientos en el campo de la industria y de la tecnología. En ella Cowperwood desea borrar un pasado donde la palabra fracaso no tiene cabida, sino tan sólo la superación y el deseo más vivo si cabe de triunfar en el mundo de los negocios. En pugna con las convenciones de una sociedad cerrada, elitista y conservadora, se traslada allí con su nueva mujer, Aileen, a la espera de encontrar el reconocimiento que inmerecidamente se le ha negado. Pero el Oeste americano no es muy diferente del Este de donde él procede, y aunque es tierra de pioneros, le esperan los mismos obstáculos: la alta sociedad aferrada a sus conquistas, el juego sucio de los políticos que gobiernan la ciudad, la todopoderosa prensa y la hipocresía que rige las relaciones humanas. Pero Cowperwood tiene algo muy claro y no lo va a dejar escapar: que el negocio de los transportes es el futuro, y que ese futuro es sólo para los que arriesgan. El titán es la segunda novela que compone la «Trilogía del deseo», junto con El financiero y El estoico.
Diseño de portada
RAG
Imagen de cubierta
Keppler & Schwarzmann, «Wall Street bubbles-Always the same», Puck, 1901.
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Título original
The Titan
© Ediciones Akal, S. A., 2017
para lengua española
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
ISBN: 978-84-460-4473-4
INTRODUCCIÓN
El periodista que quería escribir novelas
En 1892 Theodore Dreiser (1871-1945) alcanzó su gran sueño: convertirse en reportero del Chicago Daily Globe. Su infancia, repleta de penalidades económicas, se alejaba al tiempo que triunfaba el ánimo de un joven que ya siendo muchacho sólo soñaba con escribir. Los inexistentes recursos económicos de sus padres, Johann Paul y Sarah Schänä Dreiser, un católico alemán emigrado y una protestante menonita, no fueron un obstáculo para que Theodore siguiera empeñado en formarse, ganándose el apoyo de una de sus profesoras de escuela, Mildred Fielding, quien vio en el chico grandes dotes para la escritura. Fue ella quien financió la matrícula de Dreiser en la Universidad de Indiana, pero su ansia de aprender y salir del mundo de miseria en el que había vivido desde su niñez no podía saciarse entre clases teóricas y libros, y tan sólo un año después la abandonó con la idea de que el ejercicio del periodismo sería su maestro.
El primer intento de trabajar como periodista lo haría en el Chicago Herald, pero tan sólo pudo ocupar un puesto temporal en el departamento comercial para repartir obsequios a niños necesitados y sus esperanzas de formar parte de su plantilla de reporteros pronto se vieron frustradas. Mas no por ello cejó en su empeño y empezó a frecuentar otros periódicos en busca de empleo. Fue John Maxwell, del Chicago Daily Globe, quien le diera su primera oportunidad con motivo de la celebración de la Convención Nacional del Partido Demócrata en 1882. Los artículos de Dreiser gustaron tanto que entró a formar parte del equipo de redactores. Diez años después marcharía a St. Louis, para trabajar en el St. Louis Globe Democrat, donde escribió columnas con un toque de ficción, y pronto sus facultades como novelista comenzaron a llamar la atención de sus colegas de profesión. Tras su estancia en St. Louis marchó a trabajar a periódicos de Toledo, Cleveland, Pittsburgh y Nueva York, y fue en el frío y desalmado corazón financiero del país donde Dreiser comenzara ya seriamente a compaginar el periodismo –escribiendo para la publicación mensual Ev’ry Month– con la literatura. Animado por su amigo y editor Arthur Henry, a quien había conocido en Toledo, emprendió la tarea de publicar su primera novela, Sister Carrie(Nuestra hermana Carrie) (1900), en la que recoge sus experiencias y recuerdos con la gente más necesitada con la que convivió como reportero de calle. El periodismo fue no sólo un punto de partida para curtirse como escritor y tener un sueldo medio digno con el que mantenerse, sino un auténtico pozo de ideas, de personajes, de vivencias, de historias en definitiva, que plasmar en una novela. Como él mismo diría en una entrevista:
El trabajo en el periódico me dio una idea de las brutalidades de la vida: los tribunales de policía, las cárceles, las casas de mala reputación, los fracasos comerciales y los engaños. Curiosamente, todo me pareció maravilloso, no triste. Era como un magnífico espectáculo. De repente empecé a leer a Spencer, a Darwin, a Huxley y a Tyndall y la vida comenzó a tomar un nuevo aspecto[1].
Su mundo literario comenzó entonces a abrirse y a enriquecer sus historias, pero su experiencia como periodista siempre estaría presente, como un poso que determinaba qué cosas contar y el modo de contarlas. Sister Carrie causó un gran revuelo debido al tratamiento que el autor hizo de la sexualidad de la mujer y de las relaciones extramatrimoniales y los ejemplares fueron retirados por el editor, lo que sumió a Dreiser en una depresión que le llevó a abandonar la literatura durante unos años. No sería hasta 1911 cuando publicase su segunda novela, Jennie Gerhardt, que de nuevo fue censurada, si bien su carrera como escritor ya no fue cuestionada y pudo dedicarse a ella por completo. En 1912, vio la luz la primera obra de la «Trilogía del deseo» con The Financier(El financiero), a la que seguiría The Titan (El titán) en 1914. La tercera obra y última de esta trilogía se publicaría póstumamente, en 1947, con el título The Stoic (El estoico). En 1915 publicó el semiautobiográfico The Genius (El genio), que también fue censurado, esta vez por la Sociedad para la Supresión del Vicio de Nueva York, entre otros motivos por sus críticas a la burguesía americana.
Durante estos años también cultivó otros géneros como el teatro, el relato corto, la autobiografía y el ensayo filosófico. No obstante, su gran éxito vendría con An American Tragedy (Una tragedia americana, 1925), que fue llevada al teatro y al cine dos veces, la segunda vez con el título de A Place in the Sun (Un lugar en el sol) y merecedora de dos premios Oscar: a la mejor dirección y al mejor guion. Theodore Dreiser se convirtió en un autor de éxito y a partir de entonces se dedicó con más empeño que antes a denunciar en sus obras la desigualdad, la discriminación y la pobreza. Ideológicamente afín al socialismo, Dreiser escribió una visión favorable sobre la Unión Soviética, que había visitado en 1927, en Dreiser Looks at Russia (Dreiser mira a Rusia, 1928), y denunció el capitalismo feroz, la censura y la falta de libertad en obras como Tragic America (América trágica, 1932) y America Is Worth Saving (América merece salvarse, 1941). En 1930 fue nominado para el Premio Nobel de Literatura, pero este fue concedido al también escritor americano Sinclair Lewis. Sus últimas novelas, The Bulwark (El baluarte, 1946) y The Stoic (El estoico, 1947), fueron publicadas póstumamente, pues murió el 28 de diciembre de 1945 en Hollywood (California) a la edad de setenta y cuatro años.
El titán. Corrupción, política y periodismo en un mundo cambiante
A finales del siglo XIX e inicios del XX la sociedad, la economía, la cultura, la política… sufrían a un ritmo de vértigo transformaciones impulsadas por los grandes descubrimientos tecnológicos y científicos. Pensemos que el hombre de hoy está preparado para casi cualquier cosa, su mente está abierta al progreso y la innovación, pero hace siglo y medio, que alguien pudiera ir de una punta a otra del país en un vehículo, pudiera volar o comunicarse en la distancia era algo casi increíble para el ciudadano medio, y no digamos para aquellos que vivían aislados en el mundo rural. Pero tales cosas y otras muchas –hasta el momento ciencia ficción– estaban pasando en el cambio de centuria anunciando que el mundo sufría una profunda transformación y no había freno. La economía vivía una globalización sin precedentes con la colonización previa de nuevos territorios y las nuevas comunicaciones, la riqueza se repartía entre los que más tenían, pero también a estos asolaban los hasta ahora desconocidos pánicos financieros, que se propagaban como la pólvora cuando se desataban sorprendiendo a los más incautos. Hombres audaces y emprendedores pero también sin escrúpulos comenzaban a manejar los hilos de esta nueva economía, a crear grandes empresas que monopolizaban servicios y recursos y con las que alimentaban una manera de entender la vida endogámica y conservadora. Al tiempo, la política seguía siendo un instrumento de la aristocracia –nada nuevo–, pero ahora esta se servía de los periódicos como medios para influir en las más importantes decisiones que afectaban a ciudades o naciones enteras. La diferencia era, pues, que la corrupción, connatural a muchos hombres, tenía un enemigo o un aliado, según el caso, capaz de difundir los argumentos a favor o en contra a todas las capas de la sociedad, a grandes distancias y en tiempo récord. Ya no había secretos si un periodista andaba cerca. Es en este contexto en el que nació la prensa amarilla, nombre que surgió como resultado de la rivalidad mantenida por el New York World y el New York Journal para denominar a la prensa sensacionalista. En El titán Dreiser comenta sobre aquellos que se dedican a la que, por otra parte, era su profesión:
Nunca ha habido gente más rapaz que los periodistas. Estos granujas (empleados por periódicos de la oposición que se dedicaban a lloriquear y a revolver el fango con el hocico) no sólo entraban en consejo con los políticos, sino que estaban a sueldo de sociedades rivales, gozaban de la confianza del gobernador, estaban al tanto de los secretos de los senadores y de los representantes locales, sino que además, entre ellos, confiaban unos en otros.
Fue en este mundo abrumado por el discurrir trepidante de los acontecimientos en el que surgió la brillante narrativa de Theodore Dreiser, quien habituado por su formación periodística a ser testigo y portavoz de los acontecimientos más variopintos de la vida humana supo plasmar en sus obras de una forma sincera y desinhibida el tiempo que le había tocado vivir y ficcionar de forma sorprendente los personajes que habían dado y estaban dando forma a la América de entonces. Estos hombres, los titanes, se enfrentaban sin embargo a algo nuevo, fuerte y poderoso: los movimientos obreros. La capacidad de los periódicos de movilizar al pueblo con sus noticias, de difundir los rumores reales o inventados, daba alas a una conciencia de clase pujante y reivindicativa, que amenazaba con poner patas arriba el sistema capitalista naciente así como el modo de vida y los valores de la clase acomodada.
¿Qué era el anarquismo? ¿Y qué el socialismo? ¿Y además, qué derechos tenía el pueblo llano en el desarrollo económico y gubernamental? Se trataba de cuestiones interesantes, y tras la bomba –cuyo efecto fue como el de una piedra lanzada al agua−, las ondas de pensamiento siguieron ensanchándose y ampliándose hasta impregnar lugares tan supuestamente remotos e inexpugnables como las redacciones de los periódicos, los bancos e instituciones financieras en general, y las guaridas y trabajos de los dignatarios políticos.
Efectivamente, el miedo al inmigrante, a lo desconocido, a lo desestabilizador rezuma en los comentarios que en El titán se hace desde la perspectiva de políticos, financieros, empresarios y editores de los principales periódicos de la ciudad de Chicago:
Últimamente, debido a la fuerte afluencia de población tanto nativa como extranjera […] y debido a la difusión de ideas desestabilizadoras por parte de individuos radicales pertenecientes a grupos extranjeros, referentes al anarquismo, al socialismo, al comunismo y otras similares, la conciencia cívica de Chicago se había vuelto muy acentuada.
Los obreros se organizan y los titanes se escandalizan al verse amenazados por gente tan despreciable:
A partir de entonces se vieron en las calles, en los distritos y en las zonas de las afueras, e incluso, ocasionalmente, en el corazón comercial, los clubes de marcha […] grupos numerosos compuestos de gentes grises, estúpidas y nada distinguidas –empleados, obreros, pequeños comerciantes y los vástagos menos ilustres de la religión o la moral; y todos ellos se pasaban la tarde entera deambulando de un lado para otro tras salir del trabajo, reuniéndose en salones baratos y en las sedes de los clubes de los partidos, y haciendo instrucción…
Frente a estas nuevas ideas es el dinero quien presta el escudo protector a los titanes. Con dinero se soborna y se compran hombres (el germen de las organizaciones mafiosas se retrata en la obra a la perfección), con dinero se crean nuevas empresas y negocios, con dinero se puede postular a entrar en los clubes más selectos y en la alta sociedad, con dinero se paga el ocio, con dinero se hace más dinero. El dinero compra todo; todo menos la felicidad, sobre todo si esta sólo puede satisfacerse ganando el reconocimiento de la rancia aristocracia pero sin cumplir sus estrictas, si bien las más de las veces hipócritas, normas morales. Y Cowperwood, el gran financiero, el aspirante a titán, no tiene intención de hacerlo.
El amor, la mujer, el paso del tiempo… y el efecto Cowperwood
De que Cowperwood, el alter ego ficticio del magnate Charles Yerkes y protagonista de la «Trilogía del deseo», es un hombre inusual, por su carisma y su inteligencia, no hay lugar a dudas. No hay momento en el relato que al lector no se le recuerde que está ante un personaje de una talla superior a todos sus contemporáneos. Máximo defensor del individualismo, el problema para él es lidiar con la idiosincrasia de la alta sociedad americana: puritana, hipócrita, endogámica, desconfiada… («“Yo me satisfago a mí mismo” era su norma particular, pero para poder hacerlo, debía aplacar y controlar los prejuicios de otros hombres».) Porque Cowperwood es un hombre liberal, atento y abierto a los cambios de la época, audaz pero sensato, que no entiende por qué la sociedad de su época pone tantos límites a aquellos que pueden ofrecer progreso y prosperidad. No obstante, no nos engañemos, su fin no es el bien público sino el beneficio personal; Cowperwood ansía la riqueza, pero por encima de esta lo que más desea es el reconocimiento, entrar a pertenecer a la alta sociedad de Filadelfia, Chicago, Nueva York… de aquellas ciudades a las que se va mudando en busca de la gloria definitiva, siempre tan cerca pero siempre inalcanzable.
Sin embargo, la barrera más difícil de superar es para Cowperwood la conquista del amor. Es la búsqueda del amor perfecto la que puede llevarle a la perdición una y otra vez, y no los hombres que dominan la política y la sociedad norteamericana, algo que el protagonista también reconoce: «En este mundo sólo hay una cosa ideal para mí, y esa es la mujer que me gustaría tener». Su marcha de Filadelfia a Chicago, el abandono de su primera esposa, su divorcio y el nuevo matrimonio con la joven Aileen Butler suponen un desafío para la moral de su época, pero Cowperwood siempre quiere más y teme ver mermadas sus posibilidades de conquistar Chicago si la juventud de su nueva esposa se evapora sin que se vea compensado por una inquietud intelectual comparable a la suya, por un refinamiento que supla el paso de los años. Su sensibilidad artística, también rompedora con la visión tradicional de la cultura de la alta sociedad norteamericana, no cautiva a Aileen, caprichosa y frívola, más preocupada por los compromisos con la alta sociedad que nunca llegan. Y mientras Cowperwood sigue ganando en las finanzas, busca a la mujer ideal rompiendo todas las reglas sociales y provocando la ira de los titanes; mas pierde todas las manos, porque no encuentra quien esté a su altura, pues es en última instancia la virtud de la mujer la que procuraba el éxito del esposo: «Era algo que sólo las mujeres podrían arreglar, se decía con frecuencia, y que nunca estaría en su sitio hasta que contara con la mujer adecuada».
Efectivamente, el problema radica en que la sociedad no juzga por igual a las mujeres que a los hombres, y pese a que Cowperwood se muestra abierto y comprensivo, no puede dejar de pensar a menudo como todo hombre de su época: «Se diga lo que se diga, la fidelidad de la mujer, tanto si se debe a un condicionamiento de su naturaleza, como si es algo accidental fruto de la evolución de la sociedad, continúa siendo una idea dominante en al menos una parte de la raza humana». Ante la nueva mujer que surge en los inicios del siglo XX, y que Dreiser sabe retratar magistralmente en sus novelas, Cowperwood siente fascinación, pero también miedo, miedo a que ellas hagan lo que él, como el resto de los hombres, no tiene el menor reparo en hacer: vivir su vida sexual plenamente y en libertad. No lo censura, pero, ay, no quiere sufrirlo. Es precisamente lo que siente con una mujer como Antoinette, quien «pertenecía al nuevo orden que comenzaba a cuestionar de manera privada la ética y la moral. Tenía derecho a vivir su vida, la llevara donde la llevara. Y a lo que pudiera depararle», o con Stephanie Platow, quien «a Cowperwood le parecía, por expresarlo suavemente, que […] llevaba una vida demasiado trivial y que gozaba de demasiada libertad, aunque también pensaba que era un reflejo exacto de ella; del color de su alma. Pero él empezó a tener dudas».
Dreiser refleja así la evolución de un personaje cuya historia, desde su infancia, se inicia en un libro anterior, El financiero; muestra al lector su maduración y cómo algunas cosas se mantienen inmutables en su carácter (el individualismo, la tenacidad, la inteligencia, su debilidad por las mujeres), pero otras cambian a la fuerza. Cowperwood se está haciendo mayor y la primera constancia de este hecho, de que ya no goza del poder y la fuerza que otorga la juventud, se la da también una mujer, Berenice Fleming. Mas Berenice Fleming se postula como la próxima víctima del «efecto Cowperwood», del que las mujeres no pueden escapar, como Rita Sohlberg, «inoculada con el virus de Cowperwood, que estaba teniendo un efecto mortífero», o la desgraciada Aileen Butler, quien «a pesar de su determinación y de su furia, que unas veces mantenía en secreto y otras mostraba abiertamente, no lograba curarse de la infección de Cowperwood». Pero Berenice es juventud y futuro, es vitalidad, energía y esperanza de algo nuevo; aunque también es duda e incertidumbre… «¡Ay, la vida! ¡Ay, la juventud! ¡Ay, la esperanza! ¡Ay, los años! ¡Ay, el capricho, cuyas alas tejidas de dolor hace batir el miedo!»
[1] F. E. Rusch y D. Pizer, Theodore Dreiser: Interviews, Urbana, University of Illinois Press, 2004.
CRONOLOGÍA
1871
Nace Theodore Herman Albert Dreiser en Terre Haute, Indiana, el duodécimo hijo de un inmigrante germano, John Dreiser.
1889
Tras su graduación en un colegio de Warsaw, Indiana, asiste a la Universidad de Indiana durante un año.
1892
Comienza a trabajar como reportero del Chicago Daily Globe y como enviado especial en Saint Louis para el St. Louis Globe Democrat.
1893
Trabaja durante un año para el St. Louis Republic.
1898
Se casa con Sara Osborne.
1900
Publica su primera novela Nuestra hermana Carrie [Sister Carrie].
1901
En respuesta a un linchamiento del que fue testigo, publica en Ainslee’s Magazine el relato «Niger Jeff».
1906
Trabaja durante un año como redactor jefe de la revista femenina Broadway Magazine.
1907
Trabaja durante un año como editor de la revista Butterick Publications.
1909
Se separa de su esposa Sarah debido a su relación con Thelma Cudlipp, hija de un compañero de trabajo.
1911
Publica su segunda novela, Jenny Gerhardt.
1912
Publica la primera novela de su Trilogía del deseo: El financiero [The Financial].
1913
Publica su ensayo A Traveler Forty. Inicia una relación con la pintora y actriz Kyra Markham.
1914
Publica la segunda novela de su Trilogía del deseo: The Titan [El titán].
1915
Publica El genio.
1916
Publica su primera obra teatral, Plays of the Natural and Supernatural, y su ensayo A Hoosier Holiday.
1918
Publica The Hand of the Potter [La mano del alfarero], y otros relatos cortos con el título de Free and Other Stories.
1919
Publica su ensayo Twelve Men. Inicia una relación con su prima Helen Patges Richardson.
1920
Publica el ensayo Hey Rub-a-Dub-Dub: A Book of the Mystery and Wonder and Terror of Life.
1922
Publica el ensayo A Book About Myself; reeditado posteriormente en Newspaper Days.
1923
Publica el ensayo The Color of a Great City.
1925
Publica la novela considerada como su gran obra maestra: Una tragedia americana.
1926
Publica el ensayo MOODS Cadenced and Declaimed, con una tirada única y numerada de 550 ejemplares autografiados.
1927
Publica una colección de relatos cortos con el título de Chains: Lesser Novels and Stories.
1928
Publica su ensayo Dreiser Looks at Russia, resultado de su viaje a la Unión Soviética.
1929
Publica una colección de relatos cortos con el título de Una galería de mujeres y el ensayo My City. Su poema «The Aspirant» es publicado en The Poetry Quartos, una colección de poemas reunidos por Paul Johnston.
1930
Dreiser es nominado al Premio Nobel de Literatura.
1931
Se estrena en el cine Una tragedia americana. Asume la dirección del Comité Nacional para la Defensa de los Presos Políticos (NCDPP). Publica Tragic America, una crítica al capitalismo americano, y Dawn.
1941
Publica America Is Worth Saving, en la misma línea de crítica al capitalismo.
1944
Se casa con Helen Patges Richardson.
1945
Se une al Partido Comunista en el mes de agosto. Muere en Hollywood, Los Ángeles, el 28 de diciembre.
1946
Se publica póstumamente The Bulwark.
1947
Se publica postumamente la tercera y última novela de su Trilogía del deseo: The Stoic [El estoico].
EL TITÁN
CAPÍTULO I
La nueva ciudad
Cuando Frank Algernon Cowperwood salió de la Penitenciaría del Estado para el Distrito Este de Filadelfia, se dio cuenta de que la vida que había llevado en aquella ciudad desde su infancia había terminado. Se le había pasado la juventud, y con ella, se habían perdido las grandes perspectivas comerciales de los primeros años de su vida adulta. Debía empezar de nuevo.
Quizá sea innecesario repetir que se produjo un segundo pánico que siguió a una quiebra tremenda –la de Jay Cooke & Co.− y que había vuelto a poner en sus manos una fortuna. Haber recuperado la riqueza lo había suavizado en cierta medida. Parecía que el destino ya se encargaba de mantener su bienestar personal. En cualquier caso, estaba harto de la bolsa como medio de vida y ahora decidió que la dejaría de una vez por todas. Pensaba dedicarse a otra cosa –a los tranvías, a la especulación del suelo o a alguna de las ilimitadas oportunidades que ofrecía el lejano Oeste–. Filadelfia ya no le resultaba un lugar agradable. Aunque era libre y rico, seguía siendo motivo de escándalo para los impostores, y el mundillo social y financiero no estaba dispuesto a aceptarlo. Debía seguir su camino solo, sin ayuda, o si la recibía debía ser en secreto, mientras sus antiguos amigos observaban su carrera desde lejos. Y así, con estos pensamientos, cogió el tren un día, y su encantadora amante, que tenía entonces sólo veintisiete años, fue a la estación a despedirlo. La miró con ternura, porque ella representaba la quintaesencia de cierto tipo de belleza femenina.
—Adiós, querida –le dijo sonriendo, mientras la campana del tren anunciaba la inminente salida−. Tú y yo saldremos de esta muy pronto. No sufras. Volveré dentro de dos o tres semanas, o mandaré a buscarte. Te llevaría conmigo ahora, pero no sé a qué clase de sitio voy. Elegiremos algún lugar y entonces verás cómo soluciono el asunto de la fortuna. No vamos a vivir siempre en el descrédito. Conseguiré el divorcio y nos casaremos, y todo se solucionará de maravilla. Eso se consigue con dinero.
La miró con aquellos ojos grandes, serenos y penetrantes, y ella le apretó las mejillas entre sus manos.
—¡Oh, Frank! –exclamó− ¡Te voy a echar mucho de menos! Eres lo único que tengo.
—Dentro de dos semanas –le dijo él sonriendo, cuando el tren comenzó a moverse−. Te mandaré un telegrama o volveré. Sé buena, querida.
Lo siguió con los ojos llenos de adoración –loca de amor, una niña mimada, la preferida de su familia, amorosa, ilusionada, afectuosa, de ese tipo de mujeres que suelen gustar a los hombres fuertes−, sacudió su preciosa cabeza de pelo dorado rojizo y le lanzó un beso con la mano. Después se marchó con ese paso ligero, insinuante y vigoroso que hace que los hombres se giren para mirar.
—Ahí va; es la joven Butler –le comentó un empleado del ferrocarril a otro−. ¡Muchacho! No creo que ningún hombre pudiera desear nada mejor, ¿no te parece?
Era el tributo espontáneo que invariablemente rinden la pasión y la envidia a la salud y la belleza. Y ese es el eje sobre el que gira el mundo.
Jamás en su vida antes de este viaje había estado Cowperwood más allá de Pittsburgh. Sus impresionantes aventuras comerciales, a pesar de lo brillantes que habían sido, se habían limitado casi exclusivamente al mundo aburrido y convencional de Filadelfia, con su dulce refinamiento en algunos sectores, sus pretensiones de supremacía social en los Estados Unidos, su serena arrogación de considerarse los líderes tradicionales de la vida comercial, su historia, su riqueza conservadora, su afectada respetabilidad, y todos los gustos y distracciones que estos llevan aparejados. Como ahora recordaba, había llegado casi a dominar aquel bello mundo y a hacer suyos sus sagrados recintos cuando se produjo el crac. Prácticamente ya lo habían admitido. Y ahora era un Ismael[1], un exconvicto, aunque fuese millonario. ¡Pero, espera! La carrera es de los veloces, no paraba de repetirse. Sí, y la batalla de los fuertes. Ya se vería si el mundo lo pisoteaba o no.
Cuando al fin cayó en la cuenta, Chicago se le echó encima de repente a la segunda mañana. Había pasado dos noches en un llamativo vagón de primera clase de los que existían entonces –un coche que pretendía contrarrestar parte de los inconvenientes de su disposición con un exceso de lujo y de cristal recargado– cuando comenzaron a aparecer los primeros asentamientos solitarios de la metrópolis de la pradera. Los apartaderos paralelos a la capa de balastro sobre la que él viajaba a toda velocidad se fueron haciendo cada vez más numerosos, los postes del telégrafo tenían cada vez más brazos y soportaban tantos cables que parecían velados por humo. A lo lejos, en dirección a la ciudad, se veía aquí y allí la cabaña solitaria de algún trabajador, el hogar de algún alma aventurera que la había plantado a aquella distancia para beneficiarse de la pequeña aunque segura ventaja que el crecimiento de la ciudad le proporcionaría.
El terreno era llano –plano como una mesa− y conservaba los menguados restos de hierba parda del año anterior, que se mecía levemente con la brisa de la mañana. Por debajo asomaba de nuevo el verde; abanderado del despliegue de un nuevo año. Por alguna razón una atmósfera cristalina envolvía el contorno borroso de la ciudad, rodeándola como si se tratara de una mosca atrapada en ámbar y confiriéndole una sutileza artística que lo conmovió. Era ya un entusiasta del arte que ansiaba convertirse en entendido, y que había disfrutado del placer y del entrenamiento que le había supuesto la colección que había logrado reunir en Filadelfia, y por la que también había sufrido el dolor de la pérdida, y apreciaba prácticamente cualquier imagen deliciosa que la naturaleza pudiera ofrecerle.
Las vías, unas al lado de otras, eran cada vez más numerosas. Aquí se reunían por millares vagones de mercancías procedentes de todas las partes del país –amarillos, rojos, azules, verdes, blancos–. (Chicago, recordó, contaba ya con treinta líneas de ferrocarril que terminaban allí, como si se tratara del fin del mundo.) Las pequeñas casas de madera de una o dos plantas, bastante nuevas, estaban con frecuencia sin pintar y ya aparecían manchadas por el humo –en algunos lugares se veían incluso sucias–. En los pasos a nivel, donde esperaban los lentos tranvías, las carretas y las calesas con las ruedas llenas de barro, pudo apreciar lo llanas que eran las calles sin pavimentar y que las aceras subían y bajaban a intervalos rítmicos –aquí un tramo de escaleras, una auténtica plataforma ante una casa, allí un largo trecho cubierto de tablones dejados caer sobre el barro de la pradera–. ¡Menuda ciudad! Al instante, se dejó ver un brazo del inmundo, arrogante y autosuficiente pequeño río Chicago con sus masas de renqueantes remolcadores, el agua negra y grasienta, los altos silos rojos, marrones y verdes, los inmensos depósitos de carbón y los almacenes de madera de color marrón amarillento.
Aquí había vida; se dio cuenta al instante. Aquí se estaba construyendo una ciudad en ebullición. Hasta en el aire percibió algo dinámico que le resultó de lo más atrayente. ¡Y qué diferente a Filadelfia! Aquella también era una ciudad estimulante. En algún momento le había parecido maravillosa, todo un mundo; pero esta de aquí, aunque obviamente era infinitamente peor, era mejor. Era más joven y estaba más llena de esperanza. En el resplandor del sol matutino que se colaba entre dos depósitos de carbón, y como el tren se había parado para permitir que el puente basculara para dejar paso a media docena de grandes barcazas que transportaban grano y madera –media docena de ellas en cada dirección−, vio a un grupo de estibadores irlandeses desocupados en la orilla junto a un almacén de madera cuyo muro bordeaba el agua. Eran hombres saludables que iban en mangas de camisa, rojas o azules, ceñidos alrededor de la cintura con fuertes correas, con una pipa corta en la boca, excelentes y robustos especímenes humanos de piel tostada. Por qué resultaban tan atrayentes, se preguntó. Esta ciudad sucia y en bruto parecía componerse de manera natural para dar lugar a estimulantes imágenes artísticas. ¡Casi se la oía cantar! Aquí el mundo era joven. La vida estaba creando algo nuevo. Quizá no debiera continuar hasta el noroeste; más tarde lo decidiría.
Mientras tanto, tenía cartas de presentación para distinguidos chicagüenses que tenía intención de entregar. Quería hablar con algunos banqueros y comisionistas de grano. Le interesaba la bolsa de Chicago, ya que conocía las complejidades de aquel negocio del derecho y del revés, porque allí se habían hecho grandes transacciones de grano.
El tren finalmente pasó junto a la parte trasera de unas míseras viviendas para adentrarse en toda una serie de andenes cubiertos con tejados desvencijados –unos cobertizos que constaban únicamente de un tejado− y entre el estrépito de los vagones de mercancías que transportaban los baúles, de los motores que vomitaban vapor y de los pasajeros que se movían apresuradamente de un lado para otro, se dirigió hacia Canal Street y le hizo señas a uno de los taxis que allí esperaban –uno de la larga hilera de vehículos, indicativa del espíritu de una metrópolis–. Se había decidido por el hotel Grand Pacific[2] porque era el más importante –el de mayor relevancia social− y allí pidió que lo llevaran. Por el camino, estudió las calles como si se tratara de una obra de arte, como habría estudiado un cuadro. Vio los pequeños tranvías amarillos, azules, verdes, blancos y marrones que rodaban de acá para allá, y lo emocionaron los cansados y huesudos caballos que tiraban de ellos haciendo sonar las campanillas que les colgaban del cuello. Aquellos tranvías eran de una estructura endeble, puesto que no eran más que tablillas finas pintadas de colores brillantes adornadas con latón dorado y cristal, pero se dio cuenta de las fortunas que presagiaban si la ciudad crecía. Sabía que los tranvías eran su vocación natural. Aún más que la gestión de las acciones, aún más que la banca y más que la organización de los bonos, le entusiasmaba la idea de los tranvías y de la inmensa vida manipulativa que sugerían.
[1] Ismael y su madre Agar fueron expulsadas por Abraham, padre del primero, a vagar por el desierto acusados de maltratar a Sara, su esposa (Génesis 16, 21).
[2] El Grand Pacific (1873-1895) fue uno de los dos primeros hoteles distinguidos de la ciudad de Chicago tras el gran incendio. Junto con los otros hoteles de lujo de la ciudad contemporáneos suyos, como la Palmer House, la Tremont House y la Sherman House, fue construido al estilo de un palazzo.
CAPÍTULO II
La nueva ciudad
¡La ciudad de Chicago, con cuyo desarrollo la personalidad de Frank Algernon Cowperwood pronto quedaría indisolublemente unida! ¿A quién se iban a otorgar los laureles de poeta ganador de esta Florencia del Oeste? ¡Esta ciudad que era como el canto de una llama, que representaba a todo Estados Unidos, este poeta vestido con zahones[1] y ante, este titán tosco y basto, esta ciudad que era como un nuevo Burns[2]! Asentada junto a su espejeante lago, como un rey vestido de jirones y parches, un palurdo que divaga al narrar una epopeya, un nómada, un vagabundo entre ciudades, con el vigor de César en la mente y la fuerza dramática de Eurípides en el alma. Esta ciudad era como un bardo, que cantaba a las grandes hazañas y a las grandes esperanzas mientras hundía sus pesadas botas en el fango de las circunstancias. ¡Quédate con Atenas, oh, Grecia! ¡Italia, guárdate tu Roma! Esta era la Babilonia, la Troya, la Nínive de un tiempo nuevo. Aquí venían a asomarse el Oeste boquiabierto y el esperanzado Este. Aquí, hombres hambrientos recién llegados de las tiendas y los campos, con la mente impregnada de idilio y romance, construían para sí un imperio mientras invocaban a la gloria metidos en el fango.
Desde Nueva York, Vermont, New Hampshire y Maine había llegado un extraño grupo de hombres, serios, pacientes, decididos, ignorantes hasta de los principios más básicos del refinamiento, hambrientos de algo cuya importancia no pudieran siquiera adivinar cuando lo tuvieran, ansiosos por ser considerados grandes, y decididos a serlo a pesar de no saber siquiera cómo. Aquí llegaban el caballero soñador del Sur al que habían arrebatado su patrimonio; el esperanzado estudiante de Yale, Harvard o Princeton; y el minero liberado procedente de California y de las Rocosas con sus bolsas de oro y plata en las manos. Aquí estaba ya el desconcertado extranjero, confundido por un idioma ajeno –el tudesco, el polaco, el sueco, el alemán, el ruso− en busca de una acogedora colonia y temiéndole al vecino de otra raza.
Aquí estaban el negro, la prostituta, el esquirol, el jugador y el aventurero romántico por excelencia. Una ciudad que contaba sólo con un puñado de personas nacidas allí; una ciudad atestada de la chusma procedente de mil ciudades. Brillaban las luces de los burdeles; sonaban los banjos, cítaras y las mandolinas de las denominadas tabernas; todos los sueños y la brutalidad del día parecían reunirse para alegrarse (y vaya si se alegraban) con la vida metropolitana de esta maravilla recién encontrada en el Oeste.
El primer chicagüense prominente al que buscó Cowperwood fue al presidente del Lake City National Bank, la organización financiera más importante de la ciudad, que contaba con depósitos de más de catorce millones de dólares. Se encontraba en Dearborn Street, en Munroe, sólo a una o dos manzanas de su hotel.
—Averigüe quién es ese hombre –ordenó el señor Judah Addison, el presidente del banco, al verlo entrar en la sala de espera privada del presidente.
La oficina del señor Addison tenía ventanales dispuestos de tal modo que, con sólo estirar el cuello, podía ver a todo el que entraba en su sala de visitas antes de que lo vieran a él, y había quedado impresionado por el rostro y la fuerza del señor Cowperwood. Su prolongada familiaridad con el mundo de la banca y con los asuntos importantes en general le habían conferido a este último un exquisito refinamiento, que se añadía al aire relajado y a la fuerza que poseía de manera innata. Parecía extrañamente satisfecho para ser un hombre de treinta y seis años –fino, templado, incisivo, con los ojos tan alertas como los de un terranova o un collie, e igual de inocentes y cautivadores–. Tenía unos ojos maravillosos, suaves, y en ocasiones primaverales, en los que brillaba con intensidad la comprensión humana, pero que al instante podían endurecerse y lanzar rayos. Eran unos ojos engañosos, inescrutables, pero que resultaban seductores para hombres y mujeres por igual de todas las clases y condiciones sociales.
El secretario al que se había dirigido regresó con la carta de presentación de Cowperwood, y este último lo siguió de inmediato.
El señor Addison se puso de pie de manera instintiva –algo que no siempre hacía.
—Encantado de conocerle, señor Cowperwood –dijo cortésmente−. Acabo de verle entrar. Como ve tengo aquí unas ventanas desde las que puedo espiar a todo el país. Siéntese. ¿No le apetecería una manzana? –Abrió un cajón del lado izquierdo y sacó varias manzanas rojas muy brillantes, ofreciéndole una de ellas−. Yo siempre me como una a esta hora de la mañana.
—No, muchas gracias –le contestó Cowperwood con amabilidad, al tiempo que valoraba el temperamento y el calibre mental de su anfitrión−. Nunca como entre horas, pero le agradezco la amabilidad. Estoy de paso en Chicago, y pensé que quizá podría presentarle esta carta ahora en lugar de dejarlo para más adelante. Pensé que quizá pudiera usted hablarme un poco de la ciudad desde el punto de vista de las inversiones.
Mientras Cowperwood hablaba, Addison, un hombre bajo, pesado y rubicundo, con unas patillas de un castaño grisáceo que se extendían hasta el lóbulo de las orejas, y los ojos grises duros, brillantes y risueños –un hombre orgulloso, feliz y seguro de sí mismo− fue masticando su manzana mientras contemplaba a Cowperwood. Como ocurre con tanta frecuencia en la vida, a menudo la gente le caía bien o mal a primera vista, y se enorgullecía de su capacidad para juzgar a los hombres. Casi tontamente, para alguien tan conservador, se dejó seducir por Cowperwood –un hombre tremendamente superior a él−, y no por la carta de Drexel, que hablaba del «indiscutible genio financiero» de aquel y de lo ventajoso que le resultaría a Chicago que se afincara allí, sino por la asombrosa cualidad líquida de sus ojos. La personalidad de Cowperwood, a pesar de mantener intacta su reserva exterior, sugería una tremenda humanidad que conmovió a su colega banquero. Ambos hombres eran, a su manera, enigmas andantes, aunque el filadelfio era con mucho el más inteligente de los dos. Era evidente que Addison era feligrés de alguna iglesia, un ciudadano modelo; representaba un punto de vista ante el que Cowperwood nunca se habría inclinado. Ambos hombres eran implacables a su manera, ávidos de actividad física; pero Addison era más débil porque aún tenía miedo –tenía mucho miedo− de lo que la vida pudiera depararle. El hombre que tenía ante él no sentía miedo alguno. Addison contribuía a las obras benéficas de manera juiciosa, se plegaba aparentemente a una aburrida rutina social, fingía que amaba a su esposa, de la que estaba cansado, y buscaba sus placeres humanos en secreto.
—Pues, yo se lo diré, señor Cowperwood –le contestó el señor Addison−. Nosotros los de Chicago tenemos tan buena opinión de nosotros mismos que a veces tenemos miedo a decir lo que pensamos por temor a parecer un poco extravagantes. Somos como el hijo menor de la familia que sabe que puede darle una paliza a todos los demás, pero no quiere hacerlo; todavía no. No somos todo lo atractivos que podríamos llegar a ser −¿ha visto alguna vez a un muchacho que aún está creciendo que lo sea?−, pero estamos completamente seguros de que llegaremos a serlo. Cada seis meses se nos quedan pequeños los pantalones, los zapatos, el abrigo y el sombrero, por eso no tenemos un aspecto demasiado elegante, pero tenemos los músculos y los huesos fuertes y duros, señor Cowperwood, como descubrirá cuando eche un vistazo a su alrededor. Y entonces ya no le importará tanto la ropa.
Los ojos redondos y francos del señor Addison se entrecerraron y se endurecieron un momento. Y su voz adquirió una dureza metálica. Cowperwood se dio cuenta de que estaba de verdad enamorado de su ciudad de adopción. Chicago era su adorada amante. Un momento después, unas arrugas surcaron el contorno de sus ojos, su boca se suavizó y sonrió.
—Estaré encantado de contarle todo lo que pueda –continuó−. Hay muchas cosas interesantes que contar.
Cowperwood le respondió con una gran sonrisa que pretendía alentarlo. Le preguntó por las condiciones de alguna que otra industria y de algún que otro oficio y profesión. Era ligeramente diferente al ambiente que prevalecía en Filadelfia –era más despreocupado y generoso–. La tendencia a alargarse hablando sobre algo y de subrayar las ventajas del lugar era propia del Oeste. Sin embargo, a él le gustaba ese aspecto de la vida, tanto si decidía tener parte en él como si no. Era favorable para su futuro. Tenía un historial de prisión del que librarse; una esposa y dos hijos que quitarse de encima –al menos en términos legales (no deseaba desentenderse de sus obligaciones financieras hacia ellos)–. Iba a necesitar mucho aquella actitud relajada y entusiasta propia del Oeste para hacerse perdonar la fuerza y la libertad con las que ignoraba y se negaba a aceptar las convenciones sociales de la época. «Yo me satisfago a mí mismo» era su norma particular, pero para poder hacerlo, debía aplacar y controlar los prejuicios de otros hombres.
—Mi impresión de la ciudad es completamente favorable, señor Addison –dijo, tras algún tiempo, aunque para sus adentros admitía que no era del todo cierto; no estaba seguro de si, en última instancia, podría obligarse a vivir en un mundo como este lleno de socavones y andamios, o no−. Sólo he visto una pequeña parte mientras venía en el tren. Me gusta la vivacidad que tiene. Creo que Chicago tiene futuro.
—Vino por Fort Wayne, supongo –le contestó Addison con altivez−. Ha visto la peor parte. Debe permitir que le enseñe algunas de las mejores zonas. Por cierto, ¿dónde se aloja?
—En el Grand Pacific.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?
—No más de un día o dos.
—Veamos –y el señor Addison sacó su reloj−. Supongo que no le importaría conocer a unos cuantos de nuestros hombres más importantes; tenemos un comedor en el Union League Club[3] por donde nos dejamos caer de vez en cuando. Si le apeteciera hacerlo, me gustaría que me acompañara a la una. Seguro que nos encontraremos con algunos de ellos; algunos de nuestros abogados, hombres de negocios y jueces.
—Me parece excelente –dijo simplemente el filadelfio−. Es usted más que generoso. Hay una o dos personas a las que me gustaría ver antes de esa hora. –Se puso en pie y miró su propio reloj−. Encontraré el Union Club. ¿Dónde está la oficina de Arneel & Co.?
Ante la mención del gran envasador de carne de vaca, que era uno de los mayores impositores del banco, Addison se rebulló ligeramente mostrando su aprobación. Tenía la impresión de que este joven, que era al menos ocho años menor que él, llegaría a ser un futuro gran señor de las finanzas.
En el Union Club, durante el almuerzo, tras hablar con el corpulento, conservador y agresivo Arneel y con el astuto director de la bolsa, Cowperwood conoció a un variopinto grupo de hombres que iban de los treinta y cinco a los sesenta y cinco años, reunidos alrededor de la mesa de un comedor privado de nogal negro profusamente tallado, con cuadros que representaban a ciudadanos respetados de Chicago en las paredes y con pretensiones artísticas en los vitrales de las ventanas. Había hombres altos y bajos, delgados y gruesos, morenos y rubios, y con ojos y mandíbulas que variaban de los propios del tigre, del lince, del oso hasta los del zorro, los del tolerante mastín y los del hosco dogo. En este selecto grupo no había ningún pelele.
A Cowperwood le gustaron mucho el señor Arneel y el señor Addison, ya que le parecieron hombres inteligentes y fuertes. Otro que le interesó fue Anson Merrill[4], un hombre pequeño y cortés, un espíritu exquisito que hacía pensar en mansiones, lacayos y, en general, en el lujo más anticuado, y que le había señalado Addison como el famoso príncipe de los textiles del mismo nombre, prácticamente el comerciante más importante de Chicago, tanto minorista como mayorista.
Hubo otro más, el señor Rambaud, uno de los pioneros del ferrocarril, al que Addison, sonriente, le hizo un comentario en tono jocoso:
—El señor Cowperwood ha venido desde Filadelfia, señor Rambaud, para intentar averiguar si quiere perder dinero aquí. ¿No puede venderle parte de esas tierras malas que tiene usted en el Noroeste?
Rambaud –un hombre enjuto, pálido y con la barba negra, de gran fuerza y corrección, vestido, como observó Cowperwood, con mucho mejor gusto que algunos de los otros– miró a Cowperwood con perspicacia, pero de una manera caballerosa y reservada, y con una sonrisa enigmática y gentil. Recibió a cambio una mirada que no podría olvidar. Los ojos de Cowperwood le dijeron más de lo que las palabras jamás podrían. En lugar de hacer alguna broma insustancial, el señor Rambaud decidió explicarle algunas cosas sobre el Noroeste. Quizá le interesaran a este filadelfio.
Para un hombre que ha tenido que luchar mucho en la vida en una metrópolis, y que ha comprobado todas las fases de la duplicidad, la decencia, la conmiseración y los embustes humanos propios del grupo de hombres que ejerce el control y que se encuentran invariablemente en todas las ciudades, al menos en las norteamericanas, el temperamento y la importancia de otro grupo en otra ciudad no tiene tanto interés, y sin embargo, sí que lo tiene. Hacía mucho tiempo que Cowperwood había desechado la idea de que la raza humana se pudiera ver de manera diferente desde otro ángulo ni en otras circunstancias, tanto si estas eran climáticas como si eran de otro tipo. Para él la característica más sobresaliente de la humanidad era que tenía un extraño componente químico, que podía ser todo o nada, según permitieran la hora y la condición. En sus momentos de ocio –aquellos libres de cálculos, que no eran muchos− a menudo especulaba sobre qué era la vida en realidad. Si no hubiera sido un gran financiero, y sobre todo, un magnífico organizador, quizá se habría convertido en un filósofo sumamente individualista −una vocación que, si se hubiera parado a pensar en aquel momento, le habría parecido bastante trivial−. A él lo que le interesaban eran los aspectos materiales de la vida, o más bien, los teoremas y los silogismos de tercer y cuarto grado que controlan las cosas materiales y, por tanto, representan la riqueza. Estaba aquí para encargarse de las grandes necesidades generales del medio Oeste –para hacerse, si podía, con ciertas fuentes de riqueza y poder, para elevarse a un estatus de reconocida autoridad−. Durante sus conversaciones matutinas, había sabido del alcance y el carácter de las empresas relacionadas con el matadero, cuáles eran los intereses de los grandes ferrocarriles y los barcos, de la tremenda importancia que estaba cobrando la tierra, de la especulación del grano, del negocio de los hoteles y del negocio de la ferretería. También se había informado sobre las empresas manufactureras en general –una que fabricaba coches, otra, ascensores, otra, agavilladoras, otra, molinos de viento, y otra, motores−. Aparentemente, a todas las industrias nuevas les iba bien en Chicago. Durante su conversación con el director de la Junta de Comercio, para el que tenía una carta, se enteró de que allí la bolsa gestionaba pocas, o más bien casi ningunas, de las acciones locales. Allí se especulaba fundamentalmente con el trigo, el maíz y el grano de todo tipo. Se comerciaba con las grandes acciones del Este a través de contratos con casas de corretaje que operaban en la Bolsa de Nueva York; y no de otro modo.
Mientras miraba a estos hombres, todos agradablemente educados, que hacían comentarios generales al tiempo que se guardaban para sí sus magníficos planes, Cowperwood se preguntaba qué tal le iría en aquella comunidad. Aún tendría que hacer muchas cosas difíciles. Ninguno de estos hombres, todos los cuales eran amables en el aspecto social y comercial, sabía que él había estado en la penitenciaría hacía poco. ¿Hasta qué punto afectaría eso a su actitud? Ninguno de ellos sabía que, aunque estaba casado y tenía dos hijos, tenía intención de divorciarse de su esposa para casarse con la muchacha que se había apropiado del papel que su esposa había desempeñado en otro tiempo.
—¿Está sopesando seriamente la posibilidad de indagar en el Noroeste? –le preguntó el señor Rambaud con mucho interés cuando el almuerzo casi tocaba a su fin.
—Esos son los planes que tengo en este momento, una vez que termine aquí. He pensado que podría hacer un viaje rápido hasta allí.
—Permítame que le ponga en contacto con un grupo que va a viajar hasta Fargo y Duluth. Hay un coche privado que saldrá el jueves y que llevará mayoritariamente ciudadanos de Chicago, excepto algunos del Este. Me gustaría que se uniera a nosotros. Yo viajaré hasta Minneapolis.
Cowperwood le dio las gracias y aceptó. Después siguió una larga conversación sobre el Noroeste, su madera, trigo, la venta de tierras, el ganado y las posibles plantas manufactureras.
Los principales temas de conversación versaron sobre lo que se esperaba de Fargo, Minneapolis y Duluth en términos de población y financieros. Naturalmente, el señor Rambaud, que tenía bajo su dirección enormes líneas de ferrocarril que penetraban en aquella región, tenía confianza en su futuro. Cowperwood se dio cuenta de todo, casi por instinto, y sus pensamientos giraron principalmente en torno al gas, los tranvías, la especulación del suelo y los bancos, se hallaran donde se hallaran.
Finalmente abandonó el club para atender a sus demás compromisos, pero su personalidad dejó rastro tras él. El señor Addison y el señor Rambaud, entre otros, estaban sinceramente convencidos de que se trataba de uno de los hombres más interesantes que habían conocido desde hacía años. Y él prácticamente no había dicho nada; se había limitado a escuchar.
[1] El zahón es un mandil, generalmente de cuero, con perneras abiertas, que se pone para proteger la ropa.
[2] Conocido como el «bardo de Ayshire», Robert Burns (1759-1796) está considerado como el poeta nacional de Escocia. [N. de la T.]
[3] El Union League Club of Chicago hunde sus raíces en 1879. Desde entonces ha estado comprometido en dar apoyo a las instituciones culturales, promover el embellecimiento de la ciudad y apoyar a los militares en los momentos de conflicto. Sus recursos han sido destinados a numerosas acciones sociales, como la World’s Columbian Exposition que tuvo lugar en 1893 en la ciudad de Chicago.
[4] En la época en la que se ambienta la novela, Chicago contaba con un gran empresario textil: Marshall Field (1834-1906), fundador de los grandes almacenes Marshall Field and Company, aparte de un filántropo que proporcionó fondos para el Museo de Historia Natural y donó tierras para el campus de la Universidad de Chicago.
CAPÍTULO III
Una tarde en Chicago
Tras su primera visita al banco que presidía el señor Addison y una cena informal en casa de este último, Cowperwood había decidido que no quería ser hipócrita, al menos con Addison. Era demasiado influyente y estaba muy bien relacionado. Además, a Cowperwood le caía extremadamente bien. Al ver que el hombre le mostraba una fuerte inclinación, que, de hecho, estaba fascinado por él, lo visitó temprano una mañana un día o dos después de su regreso de Fargo, hasta donde había viajado por sugerencia del señor Rambaud, y antes de viajar de vuelta a Filadelfia, había decidido exponerle con calma sus pasadas desventuras, confiando en que, gracias al interés de Addison, este las contemplara de manera favorable. Le contó toda la historia de cómo lo habían condenado por malversación técnica y del tiempo que había cumplido en la Penitenciaría del Este. Y también le mencionó el divorcio y su intención de casarse de nuevo.
Addison, que era el más débil de los dos, pero a pesar de eso, también un hombre enérgico, admiró la valiente postura de Cowperwood. Era algo aún más admirable que cualquier cosa que él pudiera haber conseguido. Le atraían los aspectos dramáticos de la vida de Cowperwood. Aquí tenía a un hombre que aparentemente se había visto arrastrado hasta lo más bajo, al que le habían metido la cabeza en el fango, y que ahora volvía a resurgir con fortaleza, con esperanza, con insistencia. El banquero conocía a muchos hombres respetados de Chicago cuyos inicios, como muy bien sabía, no soportarían una inspección detallada, pero nadie le daba a eso ninguna importancia. Algunos de ellos formaban parte de la sociedad, otros no, pero todos ellos eran poderosos. ¿Por qué no habría de permitírsele a Cowperwood que empezara de nuevo? Lo miró fijamente a los ojos, observó su cuerpo fornido, la cara atractiva, tersa y con bigote, y le ofreció la mano.
—Señor Cowperwood –dijo finalmente, intentando escoger bien las palabras−. No hace falta que le diga que me agrada que me haya hecho esta confesión tan interesante. Me gusta. Me alegro de que lo haya hecho. No es necesario que vuelva a decir nunca nada más. Ya llegué a la conclusión, el día que lo vi entrar en ese vestíbulo, de que era usted un hombre excepcional; ahora ya lo sé. No es necesario que se disculpe conmigo. No he vivido en este mundo durante cincuenta años o más sin aprender algo de la vida. Tanto este banco como mi casa están a su entera disposición siempre que usted piense que puedan servirle de provecho. En el futuro, iremos actuando según marquen las circunstancias. Me gustaría que se viniera a Chicago, simplemente porque me cae usted bien. Si decide instalarse aquí, estoy seguro de que podré ayudarle y usted a mí también. No le dé más vueltas; no diré nunca nada, pase lo que pase. Aún tiene usted mucho que hacer, y le deseo suerte. Recibirá de mí toda la ayuda que pueda buenamente brindarle. Olvídese de que me lo ha contado, y cuando haya arreglado sus asuntos matrimoniales, traiga a su esposa a conocernos.
Habiendo terminado con estas cosas, Cowperwood cogió el tren de vuelta a Filadelfia.
—Aileen –dijo cuando se reencontraron; ella había ido a esperarlo al tren−, creo que nuestra respuesta está en el Oeste. Fui hasta Fargo[1] y eché un vistazo por allí, pero no creo que queramos irnos tan lejos. En aquella zona no hay más que indios y una pradera cubierta de hierba. ¿Qué te parecería vivir en una chabola de tablas, Aileen –le preguntó en tono de broma−, sin otra cosa aparte de serpiente de cascabel frita o perro de las praderas para desayunar? ¿Crees que serías capaz de soportarlo?
—Sí –contestó ella alegremente y agarrándose al brazo de él, porque ya se comportaban como un matrimonio−; si tú fueras capaz de soportarlo, también podría yo. Iría a cualquier parte contigo, Frank. Me buscaría un bonito vestido indio cubierto de piel y cuentas, y un adorno de plumas para la cabeza como el que llevan ellas, y…
—¡Sí, señor! ¡Cómo no! Lo primero sería la ropa bonita, estando en una choza de mineros. Eso es.
—No me amarías durante mucho tiempo si no le diera tanta importancia a la ropa bonita –le contestó ella de manera enérgica−. ¡Oh, me alegro tanto de que hayas vuelto!
—El problema es –continuó él− que aquella zona tan al norte no resulta tan prometedora como Chicago. Creo que estamos destinados a vivir en Chicago. Hice una inversión en Fargo, y tendremos que viajar hasta allí de vez en cuando, pero terminaremos afincándonos en Chicago. No quiero volver a irme solo. No me resulta agradable. –Le apretó la mano−. Si no podemos solucionar esto enseguida, simplemente tendré que empezar a presentarte como mi esposa.
—¿No has vuelto a tener noticias del señor Steger? –intervino ella. Estaba pensando en los esfuerzos que Steger había hecho para conseguir que la señora Cowperwood le concediera el divorcio.
—Ni una palabra.
—¡Qué mala suerte! –dijo ella con un suspiro.
—Bueno, no sufras. Las cosas podrían ir peor.
Estaba pensando en los días que había pasado en la penitenciaría, y lo mismo le pasaba a ella. Después de comentar sus impresiones de Chicago, decidieron que en cuanto las circunstancias lo permitieran, se mudarían a aquella ciudad del Oeste.
No tendría sentido extenderse ahora más allá de un leve bosquejo para relatar el periodo de tres años durante el que tuvieron lugar los diversos cambios que llevaron finalmente a la total desaparición de Cowperwood de Filadelfia y a su presentación en Chicago. Durante un tiempo no hubo más que viajes de ida y vuelta; al principio, especialmente a Chicago; después a Fargo, adonde su secretario, Walter Whelpley, se había trasladado para encargarse, bajo su dirección, de la construcción de edificios comerciales en aquella ciudad, de una línea corta de tranvía y de un recinto para ferias y exposiciones. Esta interesante aventura llevaba el nombre de Compañía de Construcciones y Transportes de Fargo, y Frank A. Cowperwood era su presidente. Su abogado de Filadelfia, el señor Harper Steger, era por el momento el director general de contrataciones.
Durante un corto periodo de tiempo también se le podría haber encontrado alojado en el Tremont[2] de Chicago, evitando, por el momento, y debido a la compañía de Aileen, entrar en contacto, más allá de una leve inclinación de cabeza a modo de saludo, con los hombres importantes a los que había conocido en su primera visita, mientras se informaba con tranquilidad sobre un posible acuerdo para entrar en el negocio de la bolsa de Chicago –una asociación con algún agente ya establecido que, careciendo de excesiva ambición personal, le brindara información sobre el estado de los asuntos de la bolsa de Chicago, los personajes que en ella había y las empresas de la ciudad–. En una ocasión se llevó a Aileen a Fargo con él, donde, con una actitud altiva y de aburrida despreocupación, supervisó el estado de aquella ciudad en crecimiento.
—¡Oh, Frank! –exclamó cuando vio el sencillo hotel de madera de cuatro plantas, la fea y larga calle comercial, con su variopinta colección de tiendas de madera y ladrillo, y las enormes hileras de casas, cuyas fachadas en la mayoría de los casos daban a calles sin pavimentar. Aileen, con su inmaculado acicalamiento de trajes hechos a medida, su fuerza, su vanidad y su tendencia a excederse con los adornos, contrastaba de manera peculiar con la tosca humildad y con la indiferencia hacia el encanto personal que caracterizaba a la mayoría de los hombres y mujeres de esta metrópolis−. ¿No habrás pensado en serio venirte a vivir aquí, verdad, Frank?
